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Alma vasca

IV JUNTO A LA CARRETERA

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Illustration from Alma vasca

Arteta. pint.

MI primera visita, apenas me levanto por la mañana, es para la carretera. Yo no sé qué efecto atávico, o qué instinto malogrado de vagabundo, pone en mi alma ese cariño un poco extraño; lo cierto es que me gustan las carreteras, cauces por donde van las vidas hacia fines desconocidos. El aire de azar y de aventura, de fantasía y errabundaje que hay en las carreteras: eso me atrae sobre todo.

Todas las carreteras me gustan; pero reservo un cariño aparte para las del país vasco. En ellas probé de chico las primeras fuerzas de caminante; siguiendo su línea blanquecina ensayé, obstinado soñador, las quimeras de la juventud, y por los recodos solitarios, en las hondonadas que la semibruma de otoño hace misteriosas, más de una vez pretendió el alma reducir a métrica las vagas inquietudes de la melancolía.

Tal como las carreteras de los países extensos nos producen ideas universales, las de los países chiquitos y muy poblados originan en nosotros sentimientos íntimos, cordiales y familiares. Aquellas largas e imponentes carreteras, cruzando por la soledad de las llanuras y dirigiéndose de un horizonte a otro, nos parecen aptas para los viajes trascendentales, como el de los peregrinos remotos que van a Santiago o el de los hombres que marchan a incorporarse a una expedición de Indias. Las carreteras de los países pequeños, si es verdad que reducen la trayectoria de nuestra imaginación, en cambio nos brindan mayor calor de intimidad.

Asisto, pues, desde la mañana al paso de los caminantes, y oigo con especial agrado el ¡aidá!, ¡aidarí! de los boyeros, que bajan con sus carros de piedra rubia, de piedra blanda y tierna. Pasan también las ágiles chicas de andar garboso; sus cuerpos bonitos y firmes diríase que son elásticos sobre las blancas alpargatas. Al verlas pasar, especialmente si es lunes, algún joven boyero asoma al portal de la venta y lanza, rijoso y piropeante, un súbito grito: ¡aufá!...

También me complace entrar abajo, a la taberna, y ver uno a uno a los bebedores. Difícil será que un boyero, tanto al bajar como al retorno, deje de parar el carro a la puerta de la venta. Piden al vehemente vino navarro un refuerzo de brío, y que el alcohol, como un verdadero espíritu, les aligere la amodorrada y rudimentaria fantasía. Luego, enarbolando la aguijada, se van al paso lento de los bueyes. ¡Aidarí, motza!

Esto es a la mañana, en las horas razonables y pacíficas; es cuando vuelven a sus caseríos las lecheras, arreando a los borriquillos de áspero pelaje, con redondos panes de seis libras a la grupa. Por la tarde, una vez que el sol interrumpe su faena de luminaria, es cuando la venta y la carretera adquieren un aire menos ecuánime. Llega entonces el boyero que padece una sed insatisfecha; el que ha detenido su carro ante la venta muchas veces al día; el que todas las noches se duerme, ¡pobre!, un poco borracho; el que se cae en las altas horas de los domingos, por las quebraduras de las canteras, y tiene el rostro sellado de cicatrices. Con su gesto de buen hombre pide el último vaso, y al beberlo sonríe a las venteras como agradeciéndoles la merced de aquel vino vesperal, que tan deliciosamente cierra los episodios del día.

También llegan los troneras del villorrio. Conocen los couplets de moda y entienden de política. ¡Cómo saben comer! Sus merendolas del domingo duran hasta media noche, salpicadas de chistes ciudadanos y de socarronerías aldeanas. Los otros caseros escuchan, admirados de tanto saber. Saben cantar una tonada de zarzuela y un antiguo motivo de Vilinch, un couplet de la Argentinita y un trozo de ópera italiana. También saben tocar el acordeón.

¡Qué triste suena siempre en mi oído la música del acordeón! Me parece un órgano fracasado. Además me recuerda todo el tedio de la vida adolescente. En fin, ese órgano fracasado me recuerda las tardes en los puertos lejanos; un marino, refugiado a proa, en la soledad del malecón, tocaba sonatas de un país septentrional, tiernas y sentimentales, nostálgicas hasta el llanto.

En esos momentos de la noche en que la francachela rebasa y se excede un poco, sólo necesito salir a la carretera para que el milagro quede cumplido. La sombra y el silencio vagan sobre los campos. Una tenue penumbra, largo resto del sol, baña el cielo por la parte del mar. Luce tal vez su fosforescencia supersticiosa un gusano de luz. Un perro ladra distante sin saber por qué. Guiñan los faros. Y estando cerrada la puerta de la venta, viene la música del acordeón cernida, decantada, y adquiere entonces una fuerza de misterio y poesía que conmueve, que invita a soñar... ¿en qué? No se sabe.

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