LA LUZ QUE ACABA DE EXTINGUIRSE
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La luz que acaba de extinguirse ha sido, para quienes pertenecen a mi generación, la más pura que haya irradiado sobre nuestra juventud; porque en el sombrío crepúsculo del siglo XIX que termina, fué la estrella consoladora cuya mirada atraía y tranquilizaba nuestras almas de adolescentes. Entre todos aquéllos (que son muchos en Francia), para quienes Tolstoi fué más que un artista amado, un amigo, el mejor—y para muchos el único y verdadero amigo en todo el arte europeo—quiero rendir a su memoria sagrada un tributo de gratitud y amor.
Los días en que yo aprendí a conocerlo no se borrarán nunca de mi memoria. Fué en 1886. Después de algunos años de muda germinación, las flores maravillosas del arte ruso acababan de abrirse sobre la tierra de Francia. Las traducciones de Tolstoi y Dostoievski se publicaban a la vez en todas las casas editoriales, con febril apresuramiento. De 1885 a 1887 fueron editadas en París La Guerra y la Paz, Ana Karenina, Infancia y Adolescencia, Polikushka, La Muerte de Iván Ilich, los cuentos del Cáucaso y los cuentos populares. En unos cuantos meses, en unas cuantas semanas, se descubría ante nuestros ojos toda la obra de una gran vida, en la cual se reflejaba un pueblo, un mundo nuevo.
Acababa yo de entrar a la Escuela Normal. Éramos, mis camaradas y yo, muy distintos los unos de los otros. En nuestro pequeño grupo, en el cual se encontraban reunidos espíritus realistas e irónicos, como el filósofo Georges Dumas; poetas que se abrasaban en amor al Renacimiento italiano, como Suarés; fieles a la tradición clásica, stendhalianos y wagnerianos, ateos y místicos, se suscitaban frecuentes discusiones y había muchos puntos de desacuerdo. Mas durante algunos meses el amor a Tolstoi nos unió casi a todos. Indudablemente que cada uno de nosotros lo amaba por distintas razones; porque cada uno se reconocía a sí mismo en su obra, y porque para todos era una puerta que se abría sobre el inmenso universo, una revelación de la vida. En torno nuestro, en el seno de nuestras familias, en nuestras provincias, la gran voz que venía de los confines de Europa despertaba las mismas simpatías, algunas veces inesperadas. Me acuerdo de mi sorpresa una vez que escuché a unos burgueses, en mi Nivernais, a quienes no interesaba el arte y no leían casi nada, hablar de la muerte de Iván Ilich con una concentrada emoción.
He leído en críticos eminentes la tesis que sustenta que Tolstoi debía lo mejor de sus ideas a nuestros escritores románticos, a Jorge Sand, a Víctor Hugo. Sin discutir la inverosimilitud que habría en hablar de una influencia de Jorge Sand sobre Tolstoi, que no la podría sufrir, y sin negar el influjo mucho más real que sobre él han tenido J. J. Rousseau y Stendhal, sería dudar de la grandeza de Tolstoi y del poder de su fascinación sobre nosotros, si lo atribuyésemos sólo a sus ideas. El círculo de ideas dentro del cual se mueve el arte es de los más limitados. La fuerza del arte no está en las ideas, sino en la expresión que les da, en el acento personal, en el sello del artista, en el aroma de su vida.
Fuesen o no prestadas las ideas de Tolstoi (y esto lo veremos en seguida), jamás una voz semejante a la suya había resonado antes en Europa. ¿Cómo explicarnos, de otra suerte, el estremecimiento de emoción que experimentamos entonces, al escuchar esta música del alma, que esperábamos desde hacía largo tiempo y de la cual tanta necesidad teníamos? No entraba para nada la moda en nuestros sentimientos. La mayor parte de nosotros, como yo, no conocimos el libro de Eugène-Melchior de Vogüé sobre la Novela Rusa, sino después de haber leído a Tolstoi; y la admiración de Vogüé nos ha parecido demasiado pálida junto a la nuestra, porque él juzgaba, sobre todo, desde el punto de vista del literato. Mas para nosotros, poco era admirar la obra: la vivíamos, era nuestra. Nuestra por su pasión ardiente de la vida, por su juventud de corazón; nuestra por su desencanto irónico, por su clarividencia despiadada y su familiaridad con la muerte; nuestra por los ensueños de amor fraternal y de paz entre los hombres; nuestra por su requisitoria terrible contra las mentiras de la civilización. Y por su realismo, y por su misticismo. Por su vívido aliento de Naturaleza, por su sentido de las fuerzas invisibles y por su vértigo de lo infinito.
Estos libros han sido para un gran número de nosotros lo que fué “Werther” para los de su tiempo: el espejo enigmático de nuestro poder de amor y de nuestras debilidades, de nuestras esperanzas, de nuestros terrores y nuestros desalientos. No nos preocupábamos por poner en acuerdo todas estas contradicciones, ni menos por hacer entrar esta alma múltiple—en la cual resonaba el universo—dentro de las estrechas categorías religiosas o políticas, como lo hacen la mayor parte de quienes en estos últimos tiempos han hablado de Tolstoi, incapaces de apartarse de las luchas de los partidos, trayéndolo al cauce de sus propias pasiones, a los límites de sus banderías socialistas o clericales. ¡Como si nuestras banderías pudieran ser la medida de un genio! ¡Y qué me importa a mí que Tolstoi sea o no de mi partido! ¿Me ha preocupado acaso cuáles fueron los partidos de Dante y Shakespeare, para respirar su soplo de vida y beber su luz?
No digamos con estos críticos de ahora: “Hay dos Tolstoi, el de antes de la crisis y el de después de la crisis; el uno es bueno y el otro no lo es”. Para nosotros no ha habido más que uno, y lo hemos amado todo entero, porque sentimos por instinto que en almas como la suya todo cabe y todo se une.
Lo que nuestro instinto sentía, sin explicarlo, a nuestra razón toca comprobarlo ahora. Esto es posible hoy que esta larga vida, llegada a su término, se ofrece ante todos los ojos, sin velos, con un candor y una sinceridad únicos. Nos sorprende inmediatamente apreciar hasta qué punto permaneció siempre la misma, del principio al fin, a despecho de las barreras que se ha querido levantar contra ella, de trecho en trecho, y a despecho del mismo Tolstoi, quien como todo hombre apasionado, se inclinaba a creer cuando amaba, cuando creía, que amaba y creía por la vez primera y que de ahí databa el principio de su vida. Principiar, volver a principiar. ¡Cuántas veces la misma crisis, las mismas luchas, se produjeron en él! No se podría hablar de la unidad de su pensamiento (no tuvo nunca esta unidad), pero sí de la persistencia en sus ideas de los mismos elementos diversos, ora unidos, ora contrarios, contrarios más a menudo. La unidad no está en el espíritu ni en el corazón de Tolstoi, está en el combate de sus pasiones dentro de sí mismo; está en la tragedia de su arte y de su vida.
Arte y vida están unidos. Nunca ha habido una obra más íntimamente ligada a la vida; casi tiene constantemente un carácter autobiográfico. Desde la edad de 25 años podemos seguir a Tolstoi, paso a paso, en las experiencias contradictorias de su carrera llena de aventuras. Su Diario, comenzado antes de los 20 años y continuado hasta su muerte,[518] y las noticias suministradas por él a M. Birukov[519], completan este conocimiento y no sólo permiten leer casi día por día en la conciencia de Tolstoi, sino también hacen revivir el mundo en el cual arraigó su genio y las almas de las cuales se nutrió su alma.
Una rica herencia: la de una doble raza (los Tolstoi y los Volkonski) muy antigua y muy noble, que se vanagloriaba de remontar hasta Rurik y contaba en sus anales a compañeros de Pedro el Grande, a generales de la guerra de Siete Años, héroes de las luchas napoleónicas, “decembristas” y deportados políticos. A sus recuerdos de familia debió Tolstoi algunos de los tipos más originales de “La Guerra y la Paz”, como el viejo príncipe Volkonski, su abuelo materno, representante rezagado de la aristocracia de los tiempos de Catarina II, volteriano y despótico; el príncipe Nicolás Gregorevitch Volkonski, un primo hermano de su madre, herido en Austerlitz y recogido del campo de batalla bajo la mirada de Napoleón, como el príncipe Andrés; su padre, que tenía algunos rasgos de Nicolás de Rostov;[520] su madre, la princesa María, la fea dulcísima de ojos bellos, cuya bondad ilumina las páginas de “La Guerra y la Paz”.
No conoció a sus padres. Las narraciones encantadoras de “Infancia y Adolescencia”, tienen, como es bien sabido, poco de realidad. Su madre murió cuando él no tenía aún dos años; y no pudo por lo tanto recordar el rostro amable que el pequeño Nicolás Irteniev evoca al través de un velo de lágrimas, el rostro de sonrisa luminosa, que derramaba en torno suyo la alegría...
¡Ah, si pudiera entrever esta sonrisa en los momentos aciagos, yo no sabría qué cosa es la pena...![521]
Pero indudablemente que de ella heredó la perfecta franqueza, la indiferencia hacia la opinión y el don maravilloso que tuvo—según se asegura—de contar historias que ella misma inventaba.
Al menos, de su padre sí pudo conservar algunos recuerdos. Era un hombre amable y burlón, de ojos tristes, que vivía en sus tierras una existencia independiente y desnuda de ambiciones. Nueve años de edad tenía Tolstoi cuando murió; y su muerte le hizo “comprender por la vez primera la amarga verdad, y llenó su alma de desesperación”[522]. Primer encuentro de la infancia con el espectro del terror que una parte de su vida debía consagrar a combatir, y la otra a celebrarlo, transfigurándolo... La huella de esta angustia está contenida en algunas líneas inolvidables de los últimos capítulos de “Infancia”, en las cuales los recuerdos fueron aprovechados para la narración de la muerte y del entierro de la madre.
Cinco niños quedaron en la vieja mansión de Yasnaia Poliana,[523] en donde León Nicolaievich nació el 28 de agosto de 1828, y la cual no debía abandonar sino para morir, 82 años más tarde. La menor, una niña, María, se hizo después religiosa (y con ella fué a refugiarse Tolstoi moribundo, cuando huyó de su casa y de los suyos). Eran cuatro hombres: Sergio, egoísta y agradable, “sincero hasta un grado que no he visto alcanzar jamás a otros”; Dmitri, apasionado, concentrado, quien después, siendo estudiante, también se entregó a prácticas religiosas con vehemencia, sin cuidarse de la opinión pública, ayunando, buscando a los pobres y dando albergue a los enfermos, para de pronto arrojarse en el desorden, con igual violencia; y, en seguida, roído por los remordimientos, rescatar y llevar a su casa a una muchacha que había conocido en una casa pública, para morir de tisis a los 29 años;[524] Nicolás, el mayor, el hermano más amado, quien heredó de la madre su imaginación para contar historias,[525] irónico, tímido y delicado, fué más tarde oficial en el Cáucaso y ahí adquirió la costumbre de alcoholizarse. De éste, que, lleno también de ternura cristiana, vivía en chozas compartiendo con los pobres cuanto poseía, decía Turguenef “que ponía en práctica la humildad en la vida que su hermano León se contentaba con desarrollar en teoría”.
Junto a los huérfanos estaban dos mujeres de gran corazón.
Una era la tía Tatiana,[526] “que tenía dos virtudes, dice Tolstoi: la paz y el amor”; y cuya vida toda sólo era amor. Se consagraba a los demás sin descanso...
“Ella me ha hecho conocer el placer moral de amar...”.
La otra, la tía Alejandra, servía siempre a los demás y evitaba que se la sirviera, se privaba de criados y tenía por ocupaciones favoritas la lectura de vidas de los santos y las charlas con los peregrinos y con los “inocentes”. Muchos de estos “inocentes” vivían en la casa, y uno de ellos, una vieja peregrina que recitaba salmos, era madrina de la hermana de Tolstoi; otro, el inocente Gricha, solamente sabía orar y llorar.
¡Oh, gran cristiano Gricha! Tu fe era tan fuerte que sentías la proximidad de Dios; tu amor era tan ardiente que las palabras brotaban de tus labios, sin que tu razón las ordenara. ¡Y cómo celebrabas su magnificencia cuando, no encontrando ya palabras para loarlo, bañado en lágrimas te prosternabas en el suelo!...[527]
¿Quién no advierte la parte que estas almas humildes tuvieron en la formación de Tolstoi? Parece que en alguna de ellas se insinuaba ya, se bosquejaba, el Tolstoi de los últimos días. Sus plegarias, su amor, arrojaron en el espíritu del niño las simientes de la fe, de las cuales debía el anciano coger los frutos.
Aparte del inocente Gricha, en los relatos de Infancia, Tolstoi no habla de estos modestos colaboradores que lo ayudaron a edificar su alma. Pero, en cambio, ¡cuánto se transparenta en las páginas del libro esta alma de niño, “este corazón puro y amante, como un claro rayo de luz que descubría siempre en los otros sus cualidades mejores”; esta ternura infinita!... Siendo feliz, piensa en el único hombre que sabe es infortunado, llora y querría consagrarse a él; abraza a un viejo caballo, y le pide perdón por haberlo hecho sufrir; es feliz por amar, aun no siendo amado. Se perciben ya los gérmenes de su genio futuro: su imaginación que lo hace llorar con sus propias historias; su cerebro siempre en trabajo, que lucha siempre por saber qué piensan las gentes; su precoz facultad de observación, y de memoria;[528] la mirada atenta que escruta fisonomías, en medio de su duelo y de la verdad de su dolor. A los cinco años sintió, dice él, por la vez primera, “que la vida no es una diversión, sino una tarea demasiado ruda”[529].
Felizmente lo olvidó. En aquel tiempo se arrullaba con los cuentos populares, con los bylines rusos, esos ensueños típicos y legendarios; con narraciones de la Biblia,—sobre todo de la sublime Historia de José que, ya anciano, aun lo presentaba como un modelo de arte;—y de las Mil y una Noches que en la casa de su abuela, cada velada, recitaba un narrador ciego, sentado en el umbral de la ventana.
Hizo sus estudios en Kazan[530]. Estudios tan mediocres que se decía de los tres hermanos:[531] “Sergio quiere y puede; Dmitri quiere y no puede, y León ni quiere ni puede”.
Pasaba por lo que él llamó “el desierto de la adolescencia”, desierto de arena batido por ráfagas de un viento abrasador de locura. Acerca de este período los relatos de Adolescencia, y sobre todo los de Juventud, son ricos en confesiones íntimas. Estaba solo; su cerebro, en un estado de fiebre perpetua. Durante un año investiga por su propia cuenta y ensaya todos los sistemas[532]. Estoico, se martiriza con torturas físicas; epicúreo, se prostituye. Cree después en la metempsícosis; y acaba por caer en un nihilismo demente: le parecía que si se volviese con suma rapidez, podría ver la nada frente a frente. Se analiza, se analiza...
“No pensaba ya en una cosa, pensaba que pensaba en una cosa...”[533].
Este análisis perpetuo, este mecanismo de razonar que giraba en el vacío, le quedará como hábito peligroso que, decía él, “lo perjudicó a menudo en la vida”; pero del cual sacó su arte recursos inesperados[534].
En este juego había perdido todas sus convicciones, o, al menos, así lo pensaba. A los dieciséis años dejó de orar y de ir a la iglesia[535]; pero la fe no había muerto, estaba solamente germinando:
“Sin embargo, yo creía en algo. ¿En qué? No podría decirlo. Creía aún en Dios, o más bien, no lo negaba. Pero ¿en cuál Dios? Lo ignoraba. No negaba tampoco a Cristo y su doctrina; pero en qué consistía esta doctrina, no habría sabido decirlo”[536].
Se sentía poseído, por momentos, de ensueños de bondad. Quería vender su carruaje para dar el dinero a los pobres, hacerles el sacrificio de una décima parte de su fortuna, privarse de sirvientes... “Porque son ellos también hombres como yo”[537]. Escribió, durante una enfermedad[538], sus Reglas de vida. Ingenuamente se atribuyó el deber de “estudiar y profundizar todo: derecho, medicina, lenguas, agricultura, geografía, matemáticas, alcanzar el grado más alto de perfección en música y en pintura”, etc... Tenía “la convicción de que el destino del hombre está en su incesante perfeccionamiento”. Pero en modo insensible, al impulso de sus pasiones de adolescente, de una sensualidad violenta y de un amor propio inmenso,[539] esta fe, en ese extraviado perfeccionamiento, perdía su carácter desinteresado y se hacía práctica y material. Si deseaba perfeccionar su voluntad, su cuerpo y su espíritu, era para vencer al mundo e imponerle el amor[540]. Deseaba agradar.
Esto no era fácil. Tenía entonces una fealdad simiesca: rostro brutal, largo y pesado, cabello corto y calzándole la frente, ojos pequeños que miraban con dureza, hundidos en sus órbitas sombrías; nariz larga, labios gruesos y salientes y grandes orejas[541]. No pudiendo hacerse ilusiones acerca de esta fealdad, que cuando era un niño ya le causaba crisis de desesperación[542], pretendió realizar el ideal del “hombre elegante”[543]. Este ideal lo llevó, para ser como los otros “hombres elegantes“, a entregarse al juego, a endeudarse estúpidamente y a hacer una vida de libertinaje[544].
Una cosa le salvó siempre: su absoluta sinceridad.
—¿Sabéis por qué os amo más que a los demás?—decía Nekhludov a su amigo.—Porque tenéis una cualidad sorprendente y rara: la franqueza.
—Sí, digo siempre todo, aun aquellas cosas que tengo vergüenza de confesarme[545].
Hasta en sus peores extravíos se juzgó siempre con una clarividencia despiadada.
“De hecho vivo bestialmente, escribió en su Diario; estoy completamente deprimido”.
Y fiel a su manía de analizarse, registra minuciosamente las causas de sus errores:
1.º Indecisión o falta de energía; 2.º Engaño de sí mismo; 3.º Precipitación; 4.º Falsa vergüenza; 5.º Mal humor; 6.º Confusión; 7.º Espíritu de imitación; 8.º Volubilidad; 9.º Irreflexión.
Esta misma independencia de criterio aplica, aún siendo estudiante, a la crítica de las convenciones sociales y de las supersticiones intelectuales. Se mofa de la ciencia universitaria, niega toda seriedad a los estudios históricos y se expone a sufrir correctivos por sus audacias de pensamiento. En esta época descubrió a Rousseau, las Confesiones y el Emilio, y fué para él como un golpe de rayo.
“Le rendí culto; llevaba al cuello su retrato, en una medalla, como si fuera una imagen santa”[546].
Sus primeros ensayos filosóficos no son sino comentarios sobre Rousseau (1846-1847).
Sin embargo, disgustado de la Universidad y de los “hombres elegantes”, retornó a soterrarse en sus campos de Yasnaia Poliana (1847-1851), y volvió a ponerse en contacto con el pueblo. Intentó consagrarse entonces a ayudar al pueblo, convertirse en su benefactor y en su educador. Sus experiencias de este tiempo han sido referidas en una de sus primeras obras, La Mañana de un Señor (1852), novela notable, de la cual es protagonista su personaje favorito, el príncipe Nekhludov[547].
Nekhludov tiene veinte años, y acaba de abandonar la Universidad para consagrarse a sus campesinos. Un año hace que trabaja en hacerles el bien; y, en una visita a la aldea, lo vemos estrellarse contra la indiferencia burlona, la desconfianza arraigada, la rutina, la imprevisión, los vicios, la ingratitud. Todos sus esfuerzos son en vano. Regresa desalentado, pensando en sus ensueños de un año antes, en su generoso entusiasmo, en “sus ideas sobre que el amor y el bien constituían la felicidad y la verdad, las únicas verdad y bondad posibles en el mundo”. Se siente vencido, avergonzado y cansado.
“Se sienta ante el piano y su mano inconscientemente acaricia las teclas. Una armonía brota, luego una segunda, otra tercera... Se pone a tocar. Los acordes no eran completamente regulares; a menudo parecían ordinarios hasta la banalidad y no revelaban ningún talento musical; pero en ellos encontraba un placer indefinible, triste. A cada cambio de armonías, con una anhelante palpitación de corazón esperaba la que iba a surgir, y por la imaginación suplía vagamente lo que faltaba. Escuchaba el coro, la orquesta... Y su placer principal nacía de la obligada actividad de la imaginación, que le presentaba aisladas, pero con una sorprendente claridad, las imágenes y las escenas más variadas del pasado y del porvenir...”.
Reveía a los “mujiks”, viciosos, desconfiados, mentirosos, holgazanes y testarudos, con quienes charlaba hacía un instante; pero en esta vez se los representaba con todo lo que tienen de bueno, ya no con sus vicios; penetraba en sus corazones por la intuición del amor; leía en ellos su paciencia, su resignación con la suerte que los abruma, su perdón de los ultrajes, su consagración a la familia y las causas de su fidelidad rutinaria y piadosa al pasado; evocaba sus jornadas de fructuoso trabajo, fatigador y sano...
“Esto es bello, murmuraba... ¿Por qué no soy yo uno de ellos?”[548].
Todo Tolstoi está ya en el héroe de esta primera novela;[549] su visión clarísima y sus ilusiones persistentes. Observa a las gentes con un realismo sin desmayos; pero en el momento que cierra los ojos, vuelven a apoderarse de él sus ensueños y su amor a los hombres.
Tolstoi, en 1850, es menos paciente que Nekhludov; Yasnaia lo ha aniquilado; tan cansado está del pueblo como de la “élite”; su misión le pesa, y no tiene a qué consagrarse. Por otra parte, sus acreedores lo asediaban.
En 1851 huye al Cáucaso, a unirse al Ejército, cerca de su hermano Nicolás, que era oficial.
Y apenas llega a las serenas montañas, se tranquiliza, vuelve a encontrar a Dios.
“La última noche[550] apenas he dormido... Me puse a orar a Dios. Imposible es para mí describir la dulzura de sentimientos que experimentaba mientras estuve orando. Recité mis plegarias habituales y proseguí después largo tiempo en oración. Algo deseaba yo, muy grande, muy hermoso... ¿Qué era? no podría decirlo. Anhelaba confundirme en el Ser infinito, y le demandaba que me perdonase mis faltas... Pero no, yo no demandaba nada: sentía que, pues me había concedido aquel momento de ventura, me perdonaba. Pedía y sentía a un tiempo mismo que nada tenía yo qué pedir, ni podía ni sabía pedir. Y se lo agradecí, pero no con palabras, no con pensamientos... Una hora había transcurrido apenas cuando de nuevo escuchaba la voz del vicio. Me dormí soñando con la gloria, y con las mujeres: era esto más fuerte que yo. ¡No importa! He dado gracias a Dios por este momento de felicidad, porque me ha mostrado mi pequeñez y mi grandeza. Quiero orar, pero no sé; quiero comprender, pero no me atrevo... ¡Me abandono a tu Voluntad!”[551].
La carne no estaba vencida (no lo estuvo jamás); la lucha se proseguía en lo secreto del corazón, entre Dios y las pasiones. Tolstoi anota, en su Diario, cuáles son los tres demonios que lo devoran:
1.º La Pasión del juego. Lucha posible.
2.º La Sensualidad. Lucha muy difícil.
3.º La Vanidad. La más terrible de todas.
En el instante en que soñaba vivir para los otros y sacrificarse, sus pensamientos voluptuosos y fútiles lo asediaban: la imagen de alguna mujer cosaca, o “la desesperación que sufriría si su mostacho izquierdo se levantase más que el derecho”[552]. “¡No importa!” Dios estaba allí y no lo abandonaría. La efervescencia de la lucha misma era fecunda, porque todas las potencias de vida en ella se exaltaban.
Pienso que la idea tan frívola que tuve de hacer un viaje al Cáucaso, me fué de lo Alto inspirada. Me ha guiado la mano de Dios; y no ceso de darle gracias. Comprendo que he llegado a ser mejor aquí, y estoy firmemente persuadido que todo lo que pueda acontecerme no será sino para mi bien, puesto que Dios mismo es quien lo ha querido...[553]
Es el canto de acción de gracias de la tierra a la primavera. La tierra se cubre de flores; todo está bien en ella; todo es bello. En 1852 el genio de Tolstoi da sus primeras flores: Infancia, La Mañana de un Señor, La Incursión, Adolescencia; y él da gracias al Espíritu de Vida que lo ha fecundado[554].
LA HISTORIA DE MI INFANCIA
La Historia de mi Infancia fué comenzada en el Otoño de 1851, en Tiflis, y concluida en Piatigorsk, en el Cáucaso, el 2 de julio de 1852. Es curioso observar que en el cuadro de esta naturaleza que lo embriagaba, en plena vida nueva y en medio de los peligros inquietantes de la guerra, ocupado en descubrir un mundo de caracteres y de pasiones que le eran completamente desconocidos, Tolstoi se haya vuelto hacia los recuerdos de su vida pasada en esta primera obra. Pero cuando escribió Infancia se encontraba enfermo, su actividad militar bruscamente interrumpida; y durante los prolongados ocios de la convalecencia, dolorido y solo, estaba en una disposición sentimental de espíritu en la cual, ante sus ojos enternecidos, revivía lo pasado[555]. Después de la agotadora tensión de los últimos años, tan desagradables, era para él dulce de reanimar “el período maravilloso, inocente, poético y alegre” de la edad primera, y rehacerse un “corazón de niño, bueno, sensible y capaz de amor”. Por otra parte, con el ardor de la juventud y sus ilimitados proyectos, dado el carácter cíclico de su imaginación poética, que raramente concebía un tema aislado y para la cual las grandes novelas no eran sino eslabones de una larga cadena histórica, fragmentos de vastos conjuntos que no pudo nunca ejecutar[556], Tolstoi no podía ver en las narraciones de Infancia, en aquel momento, sino los primeros capítulos de una Historia de cuatro épocas, que también comprendería su vida en el Cáucaso y concluiría, sin duda, en la revelación de Dios por la Naturaleza.
Más tarde, Tolstoi fué muy severo para las narraciones de Infancia, a las cuales debió una gran parte de su popularidad.
“¡Es esto tan malo,—decía a Birukov;—está escrito con tan poca honestidad literaria!... De eso no se puede sacar nada”.
En esta opinión estuvo solo. La obra manuscrita, enviada sin nombre de autor a la gran revista rusa Sovremennik (El Contemporáneo), fué en el acto publicada (el 6 de septiembre de 1832) y tuvo un éxito unánime que después han confirmado todos los públicos de Europa; y sin embargo, no obstante su encanto poético, su finura de colorido, su emoción delicada, es fácil de comprender que más tarde haya desagradado a Tolstoi. Le desagradó por las mismas razones que gustaba a los demás; porque es necesario decirlo claramente: a excepción de la pintura de algunos tipos locales y en un pequeño número de páginas, que sorprenden por el sentimiento religioso o por el realismo en la emoción[557], la personalidad de Tolstoi se acusa débilmente en esta obra. Se extiende por sus páginas un dulce, un tierno sentimentalismo, que después siempre le fué antipático y que proscribió de sus demás novelas. Lo reconocemos, y reconocemos este “humor” y estas lágrimas, que vienen de Dickens. Entre sus lecturas favoritas, de los catorce a los veintiún años, Tolstoi señala en su Diario: “Dickens, David Copperfield. Influencia considerable”. Todavía en el Cáucaso releyó este libro.
Otras dos influencias señala él mismo: Sterne y Toepffer. “Entonces estaba yo bajo la inspiración de ellos”[558].
¿Quién habría pensado que las “Nouvelles Genevoises” fueron el primer modelo del autor de La Guerra y la Paz? Y basta, sin embargo, saberlo para descubrir en las narraciones de Infancia la bonhomía afectuosa y zumbona de Toepffer, trasplantada a una naturaleza más aristocrática.
Encontró Tolstoi, al principiar, que ya era conocido, y su personalidad no tardó mucho en afirmarse. Adolescencia (1853), menos pura y menos perfecta que Infancia, descubre una psicología más original, un sentimiento de la naturaleza más vivo y un alma atormentada, alma con la cual Dickens y Toepffer se habrían sentido a disgusto. En La Mañana de un Señor (octubre de 1852)[559], el carácter de Tolstoi aparece netamente formado, con la intrépida sinceridad de sus observaciones y su fe en el amor. Entre los notables retratos de campesinos que pinta en esta novela se encuentra ya el bosquejo de una de las más hermosas visiones de sus Cuentos Populares: el anciano en el colmenar,[560] aquel viejecito bajo el abedul, con las manos extendidas, los ojos en alto, su cabeza calva luciente al sol, y en torno de ella, las abejas doradas que revuelan sin picarle, formándole una corona...
LAS NARRACIONES DEL CÁUCASO
Pero las obras—tipo de este período son aquéllas que registran inmediatamente sus emociones actuales: las narraciones del Cáucaso. La primera, La Incursión, (concluida el 24 de diciembre de 1852), se impone por su magnificencia de paisajes: una salida de sol en las montañas, a la orilla de un arroyo; un sorprendente cuadro nocturno, en el cual sombras y ruidos están fijados con una conmovedora intensidad; y el retorno, en la tarde, mientras a lo lejos las cimas nivosas desaparecen en una bruma violeta y las voces hermosas de los soldados que cantan ascienden y se pierden en el aire transparente. Muchos de los personajes de La Guerra y la Paz hacen allí su entrada en la vida, como el capitán Khlopov, héroe verdadero, que no se bate por placer sino para cumplir su deber, “una de esas fisonomías rusas, sencillas, tranquilas, que es tan fácil y tan agradable mirar de lleno a los ojos”. Pesado, torpe, un poco ridículo, indiferente a cuanto le rodea, no cambia en medio de la batalla, cuando todos cambian; “permanece exactamente como se le ha visto siempre, con los mismos movimientos tranquilos, la misma voz igual, la misma expresión de sinceridad en su rostro ingenuo y pesado”. Junto a él está el teniente que encarna a los héroes de Lermontov, y que, siendo bueno, pone semblante de sentimientos feroces; y el pobre pequeño subteniente, tan alegre por su primera salida, que desborda en ternura y, presto a saltarle al cuello a cualquiera, adorable y risible, se hace matar estúpidamente, como Petia Rostov. En medio del cuadro está la figura de Tolstoi que observa, sin mezclarse en los sentimientos de sus compañeros, y que hace ya escuchar su grito de protesta contra la guerra.
¿No pueden los hombres vivir con tranquilidad en este mundo tan hermoso, bajo el inmensurable cielo estrellado? ¿Cómo pueden conservar aquí tales sentimientos de maldad, de venganza, de rabia para destruir a sus semejantes? Cuanto de malo hay en el corazón del hombre había de desaparecer al contacto de la naturaleza, que es la más inmediata expresión de la belleza y del bien[561].
Otras narraciones del Cáucaso con observaciones de esta época no fueron escritas sino más tarde, en 1854-1855, como La Tala en el Bosque[562], de un realismo exacto y un poco frío, pero lleno de notas curiosas acerca de la psicología del soldado ruso, (notas para lo porvenir); en 1856 un Encuentro en el destacamento con un conocido de Moscú[563], un hombre de mundo, fracasado, suboficial degradado, haragán, ebrio y mentiroso que no puede acostumbrarse a la idea de que pueda ser muerto como cualquiera otro de sus soldados, a quienes desprecia, y de quienes el peor vale cien veces más que él.
LOS COSACOS
Y por encima de estas obras se levanta, cumbre la más alta de esa primera cadena de montañas, una de las más bellas novelas líricas que Tolstoi haya escrito, el canto de su juventud, el poema del Cáucaso, Los Cosacos[564]. El esplendor de las nevadas montañas que destacan sus nobles líneas sobre el cielo luminoso, llena con su música el libro entero. Y la obra es única por esta flor del genio, “el todopoderoso dios de la juventud, como dice Tolstoi: ese ímpetu que ya no se recobra más”. ¡Cuál torrente primaveral!... ¡Qué efusiones de amor!
“¡Yo amo, amo tanto!... ¡Bravo! ¡Bueno!... repetía y deseaba llorar. ¿Por qué? ¿quién era bravo? ¿qué amaba? No lo sabía bien”[565].
Esta embriaguez del corazón se derrama desordenadamente. El héroe Olenine, que ha llegado como Tolstoi a sumergirse en el Cáucaso en una vida de aventuras, y que se ha enamorado de una joven cosaca, se abandona al torbellino de sus aspiraciones contradictorias. Ora piensa que “la felicidad está en vivir para los otros, en sacrificarse” ora que el “sacrificio de sí mismo no es más que una tontería”; entonces no está lejos de creer con el viejo cosaco Erochka, que “todo está permitido y que Dios ha hecho todo para placer del hombre. Nada es pecado. Gozar con una hermosa muchacha no es pecado, es la salud”. Pero, ¿qué necesidad tiene de pensar? Le basta con vivir. La vida es todo bien, toda felicidad, la vida todopoderosa, la vida universal: la Vida es Dios. Un naturalismo ardoroso enciende y devora al alma. Perdido en el bosque, en medio de “la vegetación salvaje, de la multitud de bestias y de aves, de nubes de moscos, entre la sombría verdura, en el aire cálido y perfumado, entre pequeños caños de agua turbia que espejean por doquiera bajo el follaje”, a dos pasos de las emboscadas del enemigo, Olenine “es embargado de pronto por un sentimiento tal de felicidad sin causa alguna, que, fiel a una costumbre de su infancia, se persigna y se pone a dar gracias a alguien”. Como un fakir indio goza al confesarse que está solo y perdido en este torbellino de vida que le envuelve, en el cual miríadas de seres invisibles acechan en este momento su muerte, ocultos por todas partes, en que millares de insectos zumban en torno suyo, se llaman:
“¡Por aquí, por aquí, compañeros! ¡Aquí hay alguien a quien picar!”
Y era bien claro para él que allí ya no era un gentilhombre ruso, de la sociedad de Moscú, amigo y pariente de éstos y aquéllos, sino simplemente un ser cualquiera como el mosquito, el faisán, el ciervo; como aquéllos que vivían, que rondaban en torno suyo.
—Como ellos, yo viviré y moriré. Y la yerba crecerá encima de mí...
Y su corazón se llena de alegría.
Vive Tolstoi, en esta hora de juventud, en un delirio de fuerza y de amor a la vida. Se abraza a la Naturaleza y se funde en ella; en ella vierte, adormece y exalta sus penas, sus alegrías y sus amores[566]; mas nunca esta embriaguez romántica afecta a la lucidez de su mirada. En ninguna otra página como en este ardiente poema los paisajes son pintados con tamaño vigor, ni los tipos con más verdad. La oposición entre la naturaleza y el mundo, que informa el fondo del libro y que será toda su vida uno de los temas favoritos en las ideas de Tolstoi, un artículo de su Credo, le hace encontrar ya, para fustigar la comedia del mundo, algunos de los ásperos acentos de la Sonata a Kreutzer[567]. Pero no es menos verídico con relación a quienes ama, y los seres de la naturaleza, la hermosa cosaca y sus amigos, son contemplados en plena luz, con sus egoísmos, sus avaricias, sus engaños, con todos sus vicios.
Una ocasión iba a presentársele para poner a prueba esta veracidad heroica.
En noviembre de 1853 fué declarada la guerra a Turquía. Tolstoi entonces hizo que se le pasara al ejército de Rumania, del cual pasó después al de Crimea, y llegó a Sebastopol el 7 de noviembre de 1854. Ardía en entusiasmo y fe patriótica. Cumplió bravamente con su deber y a menudo estuvo en peligro, sobre todo en abril y mayo de 1855, meses durante los cuales cada tercer día estaba de servicio en la batería del cuarto baluarte.
De vivir meses y meses en una exaltación y una agitación continua frente a frente con la muerte, su misticismo religioso se reavivó. Conversa con Dios. En abril de 1855 anota en su Diario una plegaria a Dios, en acción de gracias por haberlo protegido en los peligros y para pedirle que continúe protegiéndolo, “a fin de alcanzar el objeto eterno y glorioso de la existencia, que me es aún desconocido...”. Este objeto de su vida no es ya el arte, sino la religión. El 5 de marzo de 1855 escribía:
“He encontrado una gran idea, a cuya realización me siento capaz de consagrar toda mi vida. Es esta idea la fundación de una religión nueva, la religión de Cristo, pero purificada de dogmas y misterios... Obrar con límpida conciencia, a fin de unir a los hombres por la religión”[568].
Éste será el programa de su vejez.
Sin embargo, para distraerse de los espectáculos que lo rodeaban, se entregó nuevamente a escribir. ¿Cómo pudo encontrar la libertad de espíritu necesaria para componer, bajo una lluvia de granadas, la tercera parte de sus Recuerdos, Juventud? El libro es caótico, y se puede atribuir su desorden a las condiciones en las cuales nació y a veces también a cierta sequedad de análisis abstractos, con divisiones y subdivisiones a la manera de Stendhal[569]. Pero se admira su tranquila penetración en el desorden de pensamientos y de ensueños confusos que se agolpan en un cerebro joven. La obra es de una rara franqueza consigo mismo; y por instantes, ¡cuánta frescura poética, en el hermoso cuadro de la primavera en la ciudad, en el relato de la confesión y del viaje al convento por el pecado olvidado! Un apasionado panteísmo presta a algunas páginas una belleza lírica cuyos acentos recuerdan las narraciones del Cáucaso, como la descripción de esta noche de Estío:
El brillo sereno del luminoso creciente. El estanque resplandeciendo. Los viejos abedules, cuyas ramas melenudas se argentan de un lado, al claro de luna, cubren con sus sombras negras la maleza y el camino. El grito de una codorniz detrás del estanque. El ruido apenas perceptible de dos viejos árboles que se rozan. El zumbido de los mosquitos y el golpe de una manzana que cae sobre las hojas secas; las ranas que saltan hasta los peldaños de la terraza y cuyos lomos verduzcos brillan en un rayo de luna... La luna asciende; suspensa en el claro cielo, llena el espacio; el soberbio fulgor del estanque se hace más brillante; las sombras se vuelven más negras, la luz más transparente... Y yo, humilde gusanillo, manchado ya con todas las pasiones humanas, pero con toda la inmensa fuerza del amor, pienso en este momento que la naturaleza, la luna y yo, somos sólo uno[570].
La realidad presente, empero, hablaba más alto que los sueños del pasado, y se imponía, imperiosa. Juventud quedó sin concluir, y el capitán segundo León Tolstoi, tras la protección de su baluarte, bajo el sordo ruido de los cañones, en medio de su compañía, observaba a los vivos y a los moribundos y recogía sus angustias y las suyas propias en las inolvidables narraciones de Sebastopol.
LAS NARRACIONES DE SEBASTOPOL
Estas tres narraciones, (Sebastopol en diciembre de 1854, Sebastopol en mayo de 1855 y Sebastopol en agosto de 1855), son de ordinario comprendidas en un mismo juicio; y sin embargo, son muy diferentes entre sí. Sobre todo la segunda se distingue de las otras dos por el sentimiento y por el arte. Están dominadas éstas por el patriotismo, mientras que sobre la segunda se extiende una implacable verdad.
Se cuenta que después de haber leído la segunda narración[571] la zarina lloró, y que el zar ordenó, movido por su admiración, que fueran traducidas al francés estas páginas y que pusieran al autor a cubierto de peligros. Se comprende esto fácilmente. Nada hay en ellas que no exalte a la patria y a la guerra. Tolstoi acaba de llegar; su entusiasmo está intacto; se sumerge en el heroísmo. Aún no advierte entre los defensores de Sebastopol ni ambición ni amor propio, ni ningún otro sentimiento mezquino. Para él es aquélla una epopeya sublime, cuyos héroes “son dignos de la Grecia”. Por otra parte, sus notas no atestiguan ningún esfuerzo de imaginación, ningún ensayo de representación objetiva; el autor se pasea por la ciudad; mira con lucidez, pero narra en una forma que carece de libertad: “Veis... Entráis... Advertís...”. Todo esto es periodismo, con algunas hermosas impresiones del natural.
Muy distinta es la escena segunda: Sebastopol en mayo de 1855. Desde las primeras líneas se lee:
El amor propio de millares de hombres ha luchado aquí, se ha apagado en la muerte...
Y más adelante:
...Y como había muchos hombres, había muchas vanidades... ¡Vanidad, vanidad, por todas partes vanidad, aun a las puertas de la tumba! Es la enfermedad particular de nuestro siglo... ¿Por qué los Homero y los Shakespeare hablan del amor, de la gloria, del dolor, y por qué la literatura de nuestro siglo no es más que la historia sin término de los vanidosos y de los advenedizos?
El relato, que no es una simple narración de sucesos, pone en escena directamente a los hombres y las pasiones, muestra todo lo que se oculta tras del heroísmo. La clara mirada desengañada de Tolstoi penetra en el fondo del corazón de sus compañeros de armas, y como en los corazones de ellos en el propio, para leer allí el orgullo, el miedo, toda la comedia del mundo que aún se continúa representando a un paso de la muerte. El miedo sobre todo es confesado, libre de sus velos, mostrado al desnudo. Estas zozobras perennes[572], esta obsesión de la muerte, son analizadas sin pudor, sin piedad, con una sinceridad terrible. En Sebastopol aprendió Tolstoi a perder todo sentimentalismo “esa compasión vaga, femenina, llorona”, como él decía con desdén. Y nunca su genio analizador, cuyo instinto se ha visto despertar durante sus años de adolescencia y que a menudo ha de tomar un carácter casi mórbido[573], alcanzó mayor intensidad sobreaguda, alucinada, que en el relato de la muerte de Praskhoukhine. Dos páginas enteras están consagradas en esta narración a describir lo que pasa en el alma del desventurado durante el segundo que la bomba ha tardado en silbar y caer, antes de estallar; y una página para decir las propias impresiones, después del estallido, y que “ha muerto al punto por un fragmento de casco que lo hirió en pleno pecho”[574].
Como entreactos de orquesta en el drama, se abren en estas escenas de batalla amplios claros de naturaleza y de luz, la sinfonía del día que se levanta sobre el espléndido paisaje, donde agonizan millares de hombres. Y el cristiano Tolstoi, olvidando el patriotismo de su primera narración, maldice la impía guerra:
¡Y estos hombres, cristianos que profesan la misma gran ley de amor y de sacrificio, no caen de rodillas, al contemplar lo que han hecho, arrepentidos, delante de Aquél que al darles la vida ha puesto en el alma de cada uno, con el miedo a la muerte, el amor al bien y a la belleza! ¡No se abrazan, con lágrimas de alegría y de felicidad, como hermanos!
En el momento de concluir esta novela, cuyas páginas tienen una esperanza que antes ninguna de sus obras había mostrado, se siente Tolstoi asaltado por la duda, ¿ha hecho mal en hablar?
Una duda penosa me abruma; quizás no era conveniente decir todo esto; quizá lo que digo es una de esas verdades perversas que, ocultas inconscientemente en el fondo de cada alma, no deben de ser expresadas para que no lleguen a ser perjudiciales, como no debe agitarse la hez, so pena de echar a perder el vino. ¿Dónde está la expresión del mal que es necesario evitar? ¿Dónde la expresión de lo bello que sea preciso imitar? ¿Quién es el malhechor y quién el héroe? Todos son buenos y todos son malos...
Pero se recobra fieramente:
El héroe de mi novela, a quien amo con todas las fuerzas de mi alma, a quien trato de mostrar en toda su belleza, que siempre fué, es y será hermoso, es la Verdad.
Después de haber leído estas páginas[575], Nekrasov, el director de “Sovremennik”, escribió a Tolstoi:
“Esto precisamente es lo que hace falta a la sociedad rusa de hoy: la verdad, la verdad, que, después de la muerte de Gogol, tampoco ha existido en la literatura rusa... Esta verdad que traéis a nuestro arte es algo enteramente nuevo entre nosotros; sólo de una cosa tengo miedo: que el tiempo y la cobardía de la vida, la sordera y el mutismo de cuanto nos rodea os hagan lo que a la mayor parte de nosotros, que os maten vuestra energía”[576].
Nada de eso era de temerse. El tiempo, que consume la energía de los hombres ordinarios, no ha hecho sino templar la de Tolstoi; pero en aquellos momentos, las desventuras de la patria, la toma de Sebastopol, despertaron con un sentimiento de dolorosa piedad, el dolor de su franqueza demasiado ruda. En la tercera narración, (Sebastopol en agosto de 1855), al describir una escena de oficiales que juegan y riñen, se interrumpe y reflexiona:
Pero dejemos caer el telón sobre este cuadro. Mañana, acaso hoy mismo, cada uno de estos hombres irá alegremente al encuentro de la muerte. En el fondo de cada alma se recata la chispa que hará de cada uno un héroe.
Y si este pudor no resta nada de vigor al realismo del relato, la elección de los personajes muestra suficientemente las simpatías del autor. La epopeya de Malakoff y su heroica caída quedan simbolizadas en dos figuras bravas y conmovedoras: dos hermanos, de los cuales uno, el mayor, el capitán Kozeltzov, tiene algunos de los rasgos de Tolstoi[577]; y el otro, el abanderado Volodia, tímido y entusiasta, con sus febriles monólogos y sus ensueños, las lágrimas que sin motivo le brotan a los ojos, lágrimas de ternura, lágrimas de humillación; sus angustias en las primeras horas que pasa en el baluarte (el pobre muchacho tiene aún el miedo a la obscuridad, y cuando está acostado oculta la cabeza bajo el capote), con la opresión que le causa el sentimiento de su soledad y la indiferencia de los otros, más tarde, cuando la hora es llegada, tiene la alegría del peligro. Pertenece éste al grupo de las figuras simpáticas de adolescentes, (Petia en La Guerra y la Paz y el subteniente de La Incursión), que con el corazón lleno de amor, hacen la guerra riendo y se arrojan de pronto, sin comprenderlo, a la muerte. Los dos hermanos caen heridos, en el mismo día, el último día de la defensa. Y la novela concluye con estas líneas, en las cuales gruñe una rabia patriótica:
“El ejército salía de la ciudad; y cada soldado, al mirar abandonado a Sebastopol, con una indecible amargura en el corazón, suspiraba y mostraba el puño al enemigo”[578].
Cuando al salir de este infierno, en el cual durante un año había penetrado hasta el fondo de las pasiones, de las vanidades y del dolor humano, Tolstoi se encontró, en noviembre de 1855, entre los hombres de letras de Petersburgo, experimentó por ellos un sentimiento de desencanto y de desprecio. Todo lo descubría en ellos mezquino y mentiroso. Estos hombres que de lejos le parecieron aureolados por el arte, (Turguenef, a quien había admirado y a quien acababa de dedicar La Tala en el Bosque), vistos de cerca le desilusionaron amargamente. Un retrato de 1856 lo presenta entre Turguenef, Gontcharov, Ostrovsky, Grigorovitch y Drujinine. Sorprende, entre el abandono de los otros, por su aire ascético y duro, su cabeza ósea, sus mejillas hundidas, los brazos cruzados con rigidez. De pie y de uniforme, detrás de estos literatos, “parece,—como escribe espiritualmente Suarés—que custodia a estas gentes y no que forma parte de su sociedad; se diría que está presto a conducirlos a prisión”[579].
Sin embargo, todos se muestran solícitos alrededor del joven colega, que llega a ellos cubierto de la doble gloria del escritor y del héroe de Sebastopol. Turguenef, que había llorado y gritado “¡Hurra!” al leer las escenas de Sebastopol, le tendía la mano fraternalmente; mas estos dos hombres no podían entenderse. Si ambos veían el mundo con igual claridad de mirada, a su visión mezclaban el color de sus almas enemigas: irónica y vibrante la una, amorosa y desencantada, devota de la belleza; violenta la otra, orgullosa, atormentada de ideas morales, poseída por un Dios oculto.
Lo que Tolstoi principalmente no perdonaba a estos literatos, era que se creyesen una casta elegida, cabeza de la humanidad. Entraba en su antipatía hacia ellos mucho del orgullo del gran señor y del oficial hacia burgueses escritorzuelos y liberales[580]. Era también un rasgo característico de su naturaleza (lo reconocía él mismo) “oponerse por instinto a todos los juicios generalmente aceptados”[581].
Una desconfianza de los hombres, un desdén latente hacia la razón humana, le hacían olfatear por todas partes el engaño de sí mismo o de los otros, la mentira.
No creía nunca en la sinceridad de las gentes. Todo impulso moral le parecía falso, y tenía la costumbre de fijar con acritud su mirada extraordinariamente penetrante, en el hombre que sospechaba que no decía la verdad...[582].
¡Cómo escuchaba! ¡Cómo miraba a su interlocutor desde el fondo de sus ojos grises, hundidos en sus órbitas! ¡Con qué ironía contraía los labios![583].
Decía Turguenef que nunca había sentido nada más penoso que esta mirada aguda que, junto con dos o tres palabras de alguna observación corrosiva, era capaz de despertar el furor[584].
Escenas violentas se suscitaron, desde sus primeros encuentros, entre Tolstoi y Turguenef[585]. De lejos, ambos se tranquilizaban y trataban de hacerse justicia. El tiempo no hizo sino agravar la repulsión que sentía Tolstoi hacia aquel medio literario, pues no podía perdonarles a estos artistas la mezcolanza de sus vidas depravadas y de sus pretensiones morales.
“Adquirí la convicción de que casi todos eran hombres inmorales, malos, sin carácter, muy inferiores a cuantos había conocido en mi vida de bohemia militar. Y en cambio, estaban tan seguros y contentos de ellos mismos, como lo puedan estar quienes en verdad sean santos. Me desagradaron”[586].
Se separó de ellos; y sin embargo, por algún tiempo conservó su fe interesada en el arte[587], porque se sentía halagado su orgullo, y era, además, una religión pingüemente retribuida, que “procuraba mujeres, dinero y gloria...”.
De esta religión yo era uno de los pontífices. Situación agradable y muy ventajosa...
Para mejor consagrarse a ella, presentó su dimisión en el ejército (en noviembre de 1856). Mas un hombre de su temple no podía cerrar los ojos por largo tiempo. Creía, deseaba creer en el progreso. Le parecía que “esta palabra significaba algo”. Un viaje por el extranjero (del 29 de enero al 30 de julio de 1857), por Francia, Suiza y Alemania, derribó esta fe. En París, el 6 de abril de 1857, el espectáculo de la ejecución de un hombre “le mostró lo vano de la superstición del progreso...”.
Cuando vi desprenderse la cabeza del cuerpo y caer en el cesto, comprendí, con todas las fuerzas de mi alma, que ninguna teoría acerca de la razón del orden existente podía justificar semejante acto. Aun cuando todos los hombres del universo, apoyándose en alguna teoría, encontrasen esto necesario, yo sostendría que está mal, “porque no es lo que dicen o hacen los hombres lo que decide entre lo bueno y lo malo, sino mi corazón”[588].
El 7 de julio de 1857, en Lucerna, el espectáculo de un pequeño cantador ambulante, a quien unos ricos ingleses, huéspedes de Schweizerhof, rehusaban dar una limosna, le hizo escribir en su Diario del Príncipe D. Nekhludov[589], su desprecio hacia todas las ilusiones caras a los liberales, esas gentes que “trazan líneas imaginarias sobre los mares del bien y del mal...”.
Para ellos la civilización es el bien; la barbarie, el mal; la libertad el bien, y la esclavitud el mal. Y este conocimiento imaginario destruye las necesidades instintivas, primordiales, las mejores. Mas ¿quién me definirá qué es la libertad, qué es el despotismo, qué es la civilización, qué es la barbarie? ¿Dónde, pues, no coexisten el bien y el mal? En nosotros hay solamente un guía infalible, el Espíritu universal, que nos empuja a unirnos los unos a los otros.
De regreso en Rusia, en Yasnaia, nuevamente se ocupa de ayudar a los campesinos. Y no era que se hiciese ilusiones sobre el pueblo. Escribía:
“Los apologistas del pueblo y de su buen sentido hablan bellamente, y la multitud tal vez sea una unión de buenas personas; pero entonces, sólo se unen por sus lados bestiales, despreciables, que no expresan más que la debilidad y la crueldad de la naturaleza humana”[590].
No es, por tanto, a la multitud a quien se dirige, sino a la conciencia individual de cada hombre, de cada hijo del pueblo, porque en la conciencia de cada uno está la luz. Funda escuelas, sin saber claramente qué enseñar; y para aprenderlo, hace un segundo viaje a Europa, del 3 de julio de 1860 al 23 de abril de 1861[591].
Estudia entonces los diversos sistemas pedagógicos. ¿Será preciso decir que rechaza todos? Dos estancias en Marsella le mostraron que la verdadera instrucción del pueblo se hace fuera de la escuela (que encuentra ridícula), por medio de los periódicos, los museos, las bibliotecas, la calle, la vida, lo que él llama “la escuela inconsciente” o “espontánea”. La escuela espontánea, por oposición a la escuela obligatoria, considerada por él como nefasta y perjudicial, es lo que quiere fundar, lo que ensaya, a su regreso, en Yasnaia Poliana[592]. Su principio es la libertad. No admite que una “élite”, la “sociedad privilegiada liberal”, imponga su ciencia y sus errores al pueblo, que le es extraño, porque esa “élite” no tiene para ello ningún derecho. Semejante método de educación forzada no ha podido producir nunca, en la Universidad, “hombres de aquéllos que la humanidad necesita, sino hombres de esos que son necesarios a la sociedad depravada: funcionarios, profesores oficiales, literatos oficiales, hombres arrancados sin ningún objeto a su medio anterior, cuya juventud fué echada a perder y que no encuentran ya lugar en la vida; liberales irritables, enfermizos”[593]. ¡Toca al pueblo decir lo que desea! Si no se inclina al “arte de leer y escribir que le imponen los intelectuales”, razones tiene para ello, porque otras son sus necesidades espirituales, más apremiantes y más legítimas. Tratad de comprenderlas y ayudadlo a satisfacerlas.
Estas teorías libres de un conservador revolucionario, como lo fué entonces, trató Tolstoi de ponerlas en práctica, en Yasnaia, donde más era el condiscípulo que el maestro de sus alumnos[594]. Al mismo tiempo, se esforzaba por introducir en las explotaciones agrícolas un espíritu más humano. Nombrado árbitro territorial en 1861, en el Distrito de Krapivna, se constituyó en defensor del pueblo contra los abusos del poder de los propietarios y del Estado.
No hay que creer sin embargo que esta actividad social le satisfacía y llenaba por completo, pues continuaba siendo presa de pasiones enemigas. A pesar suyo amaba a la sociedad, siempre, y tenía necesidad de ella. Por períodos, el placer lo recuperaba, y tenía también el gusto de la acción. Se ponía en peligros de muerte en la caza del oso; jugaba grandes sumas de dinero; aun llegó a sufrir la influencia del medio literario de San Petersburgo, que tanto despreciaba. Al salir de estas aberraciones, caía en crisis de disgusto. Las obras de esta época muestran lamentablemente las huellas de esta incertidumbre artística y moral. Los dos húsares, (1856)[595] tienen presunciones de elegancia, un aire fatuo y mundano que desagrada en Tolstoi. Alberto, escrito en Dijón en 1857[596], es débil y bizarro, carece de la profundidad y la precisión habituales en el autor. El Diario de un Marcador[597], más sorprendente, más prematuro, parece traducir el desaliento que Tolstoi se inspiraba a sí mismo. El príncipe Nekhludov, su Doppelgánger, su “doble”, se mata en un garito:
Lo tenía todo: riqueza, nombre, talento, aspiraciones levantadas; no había cometido ningún crimen, pero había hecho algo peor: había matado su corazón, su juventud; se había perdido, no teniendo siquiera una fuerte pasión por excusa, falto de voluntad.
La misma proximidad de la muerte no lo hizo cambiar...
La misma extraña inconsecuencia, la misma vacilación, la misma ligereza de pensamiento...
TRES MUERTES
La muerte... En esta época comienza a frecuentar el alma de Tolstoi. Tres Muertos, de 1858-1859[598], anuncia ya el sombrío análisis de la Muerte de Iván Ilich, la soledad del moribundo, su odio hacia los vivos, sus “¿por qués?” desesperados. El tríptico de estos tres muertos, (la dama rica, el viejo postillón tísico y la encina derribada), tiene grandeza; los retratos están bien dibujados, las imágenes atraen la atención, aun cuando la obra, bastante alabada, sea de argumento un poco flojo, y que la muerte del árbol carezca de la poesía necesaria, que tanto valor da a los bellos paisajes de Tolstoi. En su conjunto no se sabe claramente qué le arrastra más, si el arte por el arte o la intención moral.
Tolstoi mismo lo ignoraba. El 4 de febrero de 1859, en su discurso de recepción de la Sociedad Moscovita de Amantes de las Letras Rusas, hacía la apología del arte por el arte[599]; y era precisamente el Presidente de esa Sociedad, Khomiakov, quien, después de haber saludado en Tolstoi al “representante de la literatura propiamente artística”, en su contra tomaba la defensa del arte social y moral[600].
Un año más tarde, la muerte de su amado hermano Nicolás, arrebatado por la tisis[601], en Hyères, el 19 de septiembre de 1860, anonadaba a Tolstoi al punto de “quebrantar su fe en el bien, en todo”, y le hacía renegar del arte:
La verdad es horrible... Sin duda, mientras existe el deseo de conocerla y de decirla, se procura conocerla y decirla. Y es lo único que me ha quedado de mi concepción moral; y es la única cosa que haré, pero no bajo la forma de vuestro arte. El arte es la mentira, y yo no puedo ya amar las bellas mentiras[602].
Pero antes de seis meses retornaba a las “bellas mentiras” con Polikuchka[603], que es acaso su obra más desnuda de intenciones morales, a un lado la maldición latente que en ella pesa sobre el dinero y su poder nefasto; obra escrita puramente para el arte; obra maestra, desde luego, a la cual sólo es posible reprochar su riqueza excesiva de observación, su abundancia de materiales, que habrían alcanzado a desarrollar una gran novela, así como el contraste demasiado duro y un poco cruel, entre el atroz desenlace y el principio humorístico[604].
LA FELICIDAD CONYUGAL
De esta época de transición, en la cual tantea el genio de Tolstoi, en la cual duda de sí mismo y parece enervarse, “sin fuerza de pasión, sin voluntad directora”, como el Nekhludov del Diario de un Marcador, nace en 1859 la obra más pura que haya producido, la Felicidad Conyugal[605]. Es el milagro del amor.
Desde hacía largos años era amigo de la familia Bers; y estuvo enamorado sucesivamente de la madre y de las tres hijas[606]. Y fué en definitiva de la segunda de las hijas de quien se enamoró; pero no osaba confesarlo. Sofía Andreievna Bers era casi una niña, pues tenía diez y siete años, en tanto que él pasaba ya de treinta y se consideraba como un hombre viejo, que no tenía derecho para unir su vida gastada, manchada, con la de una muchacha inocente. Resistió tres años[607]; y más tarde ha contado, en su Ana Karenina, cómo hizo su declaración a Sofía Bers, y cómo le respondió ella, dibujando con gis rojo sobre una mesa las iniciales que no osaban decir. Como Levine, en Ana Karenina, tuvo la cruel lealtad de presentar su Diario íntimo a su prometida, a fin de que ella no ignorase nada de sus pasadas vergüenzas; y como Kitty, en esa misma novela, Sofía tuvo con ello un amargo sufrimiento.
El 23 de septiembre de 1862 fué el matrimonio. Pero tres años hacía ya que esta unión estaba realizada en el pensamiento del poeta al escribir la Felicidad Conyugal[608]. Desde hacía tres años que por adelantado había vivido los días inefables del amor que se ignora, y los días embriagadores del amor que se descubre, y la hora en la cual se murmuran las divinas palabras esperadas, las lágrimas de “una felicidad que se va para siempre y que no retornará jamás”; y la realidad triunfante de los primeros tiempos del matrimonio, el egoísmo amoroso, “la alegría incesante y sin causa”; después, la fatiga que llega, el descontento vago, el tedio de la vida monótona, las dos almas unidas que dulcemente se separan y se alejan la una de la otra; la embriaguez peligrosa para la joven señora, (coqueterías, celos, equivocaciones mortales), el amor que se va, que se pierde; al fin, el tierno y triste otoño del corazón, el fantasma del amor que renace, palidecido, envejecido, más conmovedor por sus lágrimas, sus arrugas; el recuerdo de los días de prueba, la pena por el mal que se ha hecho y por los años perdidos; serenidad de la tarde, tránsito augusto del amor a la amistad, de la novela de la pasión a la maternidad... Todo lo que debía de venir, todo, Tolstoi lo había soñado, gustado de antemano; y para vivirlo mejor, lo había vivido en ella, en la bienamada. Por la primera vez, (la única quizás en la obra de Tolstoi) la novela pasa en el corazón de una mujer y está contada por ella. ¡Con cuánta exquisita delicadeza! Belleza del alma que se cubre con un velo de pudor... El análisis de Tolstoi ha renunciado, por esta ocasión, a su luz un poco cruda; no se encarniza, febril, para poner al desnudo la verdad: los secretos de la vida interior se dejan adivinar, antes que entregarse. El corazón y el arte de Tolstoi están enternecidos. Armonioso equilibrio de la forma y del pensamiento, la Felicidad Conyugal tiene la perfección de una obra raciniana.
El matrimonio del cual presentía Tolstoi con una profunda claridad la dulzura y las inquietudes, debía de ser su salud. Estaba cansado, enfermo, disgustado de sí mismo y de sus esfuerzos. A los éxitos ruidosos que habían acogido sus primeras obras, sucedió el completo silencio de la crítica[609] y la indiferencia del público. De ello afectaba regocijarse altivamente.
Mi reputación ha perdido mucho de la popularidad que me entristecía. Ahora estoy tranquilo, porque sé que tengo algo que decir y la fuerza para decirlo en voz alta. En cuanto al público, ¡que piense lo que quiera![610]
Se alababa, no estaba seguro él mismo de su arte. Era sin duda dueño de su instrumento artístico; pero no sabía cómo emplearlo. Como él lo decía, a propósito de Polikuchka, era una charla sobre el primer asunto que se presentaba, por un hombre que sabía manejar la pluma[611]. Sus obras sociales abortaban. En 1862 renunció a su cargo de árbitro territorial; y en ese mismo año la policía fué a catear Yasnaia Poliana, donde todo lo revolvió, y cerró la escuela. Tolstoi estaba entonces ausente, rendido de fatiga, temeroso de la tisis:
Las querellas de arbitraje habían llegado a ser para mí penosas; el trabajo de la escuela tan incierto, y mis dudas, que nacían del deseo de instruir a los demás, al ocultar mi ignorancia sobre lo que debía enseñar, eran tan desconsoladoras, que caí enfermo. Tal vez entonces hubiera llegado a la desesperación, en la cual habría perecido quince años más tarde, si no hubiera existido para mí un aspecto desconocido de la vida que me prometía la salud: la vida de familia[612].

De ella gozó, desde luego, con el fuego de la pasión que ponía en todo[613]. La influencia personal de la condesa Tolstoi fué preciosa para el arte. Bien dotada literariamente[614], era, como ella decía, “una verdadera mujer de escritor”, que tan de corazón tomaba la obra de su marido. Trabajaba con él, escribía a su dictado, recopiaba sus borrones[615]. Trataba de defenderlo contra su demonio religioso, el terrible espíritu que ya, por momentos, le aconsejaba la muerte del arte; trataba de que estuviese cerrada su puerta para las utopías sociales[616]. Reanimaba en él al genio creador; hizo más aún: aportó a este genio la riqueza nueva de su alma femenina. A excepción de las joviales siluetas de Infancia y Adolescencia, la mujer está ausente de las primeras obras de Tolstoi, o bien asoma apenas en segundo plano. Aparece ya en Felicidad Conyugal, escrita bajo el influjo del amor de Sofía Bers; y en las obras que siguen, los tipos de muchachas y de mujeres abundan y tienen una vida intensa, superior a las veces a la de los tipos masculinos. Queremos creer que la condesa Tolstoi no solamente sirvió a su marido de modelo para la Natacha de La Guerra y la Paz[617], y para Kitty, en Ana Karenina, sino que también por sus confidencias y por su propia visión, pudo ser para él una valiosa y discreta colaboradora. Algunas páginas de Ana Karenina[618], muy particularmente, me parece que descubren una mano de mujer.
Gracias a los bienes de esta unión, Tolstoi gustó durante diez o quince años, de una paz y de una seguridad que le eran desconocidas desde hacía largo tiempo[619]. Pudo entonces, bajo las alas del amor, soñar y realizar en calma las obras maestras de su pensamiento, monumentos colosales que dominan toda la novela del siglo XIX: La Guerra y la Paz (1864-1869) y Ana Karenina (1873-1877).
LA GUERRA Y LA PAZ
La Guerra y la Paz es la más vasta epopeya de nuestros tiempos, una Ilíada moderna. Un mundo de pasiones y de figuras se mueve en ella; y sobre este océano humano, de innumerables olas, priva un alma soberana, que levanta y refrena las tempestades con serenidad. Más de una vez, al contemplar esta obra, he pensado en Homero y en Goethe, no obstante las enormes diferencias así de carácter como de tiempo. Después he visto que efectivamente, en la época en que esto escribía, el pensamiento de Tolstoi se nutría en Homero y Goethe[620]. Más todavía: en sus notas de 1865, en las cuales clasifica los diversos géneros literarios, inscribía como de la misma familia a “La Odisea”, “La Ilíada” y “1805”[621]... El movimiento natural de su espíritu lo arrastraba de la novela de los destinos individuales a la novela de los ejércitos y de los pueblos, de los grandes rebaños humanos, en las cuales se funden las voluntades de millones de seres. Su trágica experiencia del sitio de Sebastopol lo llevaba a comprender el alma de la nación rusa y su vida secular. La Guerra y la Paz, tan inmensa, no debía de ser, según sus proyectos, sino el panneau central de una serie de frescos épicos en los cuales se desarrollaría el poema de Rusia, desde Pedro el Grande hasta los “decembristas”[622].
Para comprender bien el vigor de la obra, es necesario darse cuenta de su oculta unidad[623], pues la mayor parte de nuestros lectores no ven en ella, un poco miopes, sino los millares de detalles, cuya profusión los deslumbra y descamina. Se pierden en esta selva de vidas, cuando es necesario elevarse por encima de ella y abarcar con la mirada el horizonte libre, el círculo de los bosques y de los campos; pues sólo entonces se percibirá el espíritu homérico de la obra, la tranquilidad de las leyes eternas, el ritmo imponente del soplo del destino, el sentimiento del conjunto al cual todos los detalles están subordinados; y, dominando su obra, el genio del artista, como el Dios del Génesis que flota sobre las aguas.
Desde luego, el mar está inmóvil; la paz, la sociedad rusa en vísperas de la guerra. Las cien primeras páginas reflejan, con una exactitud impasible y una ironía superiores, lo vano de las almas mundanas. Hacia la centésima página solamente se levanta el grito de uno de estos muertos vivientes, el peor de entre ellos, el príncipe Basilio:
“Nosotros pecamos, engañamos, y todo esto ¿por qué? Yo he pasado de los cincuenta años, amigo mío... Todo acaba en la muerte... La muerte, ¡qué terror!”
Entre estas almas insulsas, mentirosas y ociosas, capaces de todas las aberraciones y de todos los crímenes, se esbozan algunas naturalezas más sanas: las sinceras, por ingenuidad torpe, como en Pedro Besukhov; por independencia campesina, por sus viejos sentimientos rusos, como María Dmitrievna; por frescura juvenil, como en los pequeños Rostov; las almas buenas y resignadas, como la princesa María; y aquéllas que no son buenas, sino valientes, a quienes atormenta esta existencia malsana, como el príncipe Andrés.
Pero aparece el primer estremecimiento en las ondas de aquel mar. La acción; el ejército ruso en Austria; la fatalidad reina, y en ninguna parte más dominadora que en el desencadenamiento de las fuerzas elementales, en la guerra. Los verdaderos jefes son quienes no tratan de dirigir, sino que, como Kutuzov o como Bagration, “dejan creer que sus intenciones personales están en concordancia perfecta con lo que en realidad es simple efecto de la fuerza de las circunstancias, de la voluntad de los subordinados y de los caprichos de azar”. ¡Beneficio de abandonarse en manos del Destino! Felicidad de la acción pura; estado moral y sano. Los espíritus conturbados recobran su equilibrio. El príncipe Andrés respira, comienza a vivir... Y en tanto que allá, lejos del soplo vivificador de estas tempestades sagradas, las dos mejores almas, Pedro y la princesa María, son amenazados por el contagio de su mundo, por la mentira de amor, Andrés herido en Austerlitz, tiene de pronto, en medio de la embriaguez de la acción, caído brutalmente, la revelación de la inmensidad serena. Tendido sobre la espalda, “no ve ya nada más que arriba, por encima de él, un cielo infinito, profundo, en el cual muellemente bogan ligeras nubes gríseas”.
¡Qué calma! ¡Qué paz, se decía; cuál diferencia con mi desatentada carrera! ¿Cómo no había visto antes este alto cielo? ¡Qué feliz soy de haberlo al fin advertido! Sí; todo es vacío, todo es desengaño, menos él... ¡Nada hay fuera de él!... y que sea Dios alabado!
Sin embargo, la vida lo recobra y la onda vuelve a caer. Abandonadas de nuevo a sí mismas, en la atmósfera desmoralizadora de las ciudades, las almas desalentadas, inquietas, vagan al azar en la noche. Algunas veces, al soplo envenenado del mundo se mezclan los efluvios inebriantes y enloquecedores de la naturaleza, de la primavera, del amor, las fuerzas ciegas que al príncipe Andrés acercan a la encantadora Natacha, y que, un instante después, la arrojan en los brazos del primer seductor que se presenta. ¡Cuánta poesía, ternura, pureza de corazón, que el mundo ha marchitado! Y siempre “el gran cielo que se extiende sobre la abyección ultrajante de la tierra!” Pero los hombres no lo ven, y aun el mismo Andrés ha olvidado la luz de Austerlitz, y para él ya no es más el cielo “que una bóveda sombría y brumosa” que cubre la nada.
Es tiempo de que se levante de nuevo, sobre estas almas anémicas, el huracán de la guerra. La patria está invadida. Borodino. Grandeza solemne de esta jornada. Las enemistades se borran, y Dologhov abraza a su enemigo Pedro; y Andrés, herido, llora de ternura y de piedad sobre la desventura del hombre que más odiaba, Anatolio Kuraguine, su vecino de ambulancia. La unidad de los corazones se realiza, la unidad por el apasionado sacrificio a la patria y por la sumisión a las leyes divinas.
“Aceptar la espantosa necesidad de la guerra, seriamente, con austeridad... La prueba más difícil es la sumisión de la libertad humana a las leyes divinas. La sencillez de corazón consiste en la sumisión a la voluntad de Dios”.
El alma del pueblo ruso y su sumisión al destino se encarnan en el generalísimo Kutuzov:
Este anciano, que ya no tenía más, en cuanto a pasiones, que su experiencia resultante de las pasiones, y en quien la inteligencia destinada a agrupar hechos y a extraer conclusiones, estaba reemplazada por una contemplación filosófica de los sucesos, no inventaba nada, no emprendía nada; pero lo escuchaba todo y todo lo ordenaba, y sabría de ello sacar provecho llegado el momento; no pondría trabas a nada útil, ni permitiría nada que fuera perjudicial. Atisbaba en el semblante de sus tropas esa fuerza que no puede ser sujetada y que se llama la voluntad de vencer, la futura victoria. Aceptaba algo más fuerte que su voluntad: la marcha inevitable de los hechos que se desarrollaban ante sus ojos; los ve, los sigue, sabe hacer abstracción de su persona.
Tiene, en fin, corazón ruso. Este fatalismo del pueblo ruso, tranquilamente heroico, se personifica también en el pobre mujik Platón Karataiev, que es sencillo, piadoso, resignado, con su sonrisa buena en los sufrimientos y en la muerte. A través de las pruebas, de la ruina de la patria, de la espantosa agonía, los dos héroes del libro, Pedro y Andrés, llegan a la liberación moral y a la alegría mística por el amor y la fe, que hacen que los vivientes puedan ver a Dios.
No termina allí Tolstoi. El epílogo, que pasa en 1820, es una transición de una época a otra, de la época napoleónica a la de los “decembristas”; da el sentimiento de la continuidad y del principio de otra vida, pues en lugar de principiar y de concluir en plena crisis, Tolstoi acaba como ha comenzado, en el momento en que una gran ola se desvanece, y la ola siguiente se levanta. Se percibe ya a los héroes por venir, y los conflictos que se levantarán entre ellos, y los muertos que en los vivos resucitan[624].
He tratado de destacar los grandes lineamientos de la novela, porque es raro que alguien se tome la molestia de hacerlo; pero ¡qué decir del extraordinario vigor de vida de estos centenares de héroes, todos individuales y pintados de inolvidable manera, soldados, campesinos, grandes señores, rusos, austriacos y franceses! Nada descubre la improvisación. Para esta galería de retratos, de la cual no hay otra análoga en toda la literatura europea, hizo Tolstoi bocetos sin cuento; “combinó, decía, millones de proyectos”; buscó en las bibliotecas, puso a contribución sus archivos de familia[625], sus notas anteriores, sus recuerdos personales. Esta minuciosa preparación asegura la solidez de la obra, pero no le resta nada de su espontaneidad. Trabajaba Tolstoi con un entusiasmo, con un ardor y una alegría que se comunican al lector; mas sobre todo, lo que constituye el mayor encanto de La Guerra y la Paz, es la juventud de corazón que revela. No hay ninguna otra obra de Tolstoi que ofrezca el espectáculo de esta riqueza de almas de niños y de adolescentes; y cada una es una música de pureza de origen y de gracia que penetra y enternece, como una melodía de Mozart: el joven Nicolás Rostov, Sonia, el pobrecito Petia.
La más exquisita es Natacha, criatura amada, soñadora, risueña, de corazón amante; a quien de cerca se mira crecer, a quien se sigue en la vida con la casta ternura que se tendría por una hermana. ¿Quién no cree haberla conocido?... Admirable la noche de primavera en la cual Natacha, en su ventana que baña el claro de luna, sueña y habla locamente, por encima de la ventana del príncipe Andrés, que la escucha... Emociones del primer baile; amor, espera del amor, desordenada floración de deseos y de ensueños; carreras en trineo, de noche, por la floresta nevada, en la cual se encienden fuegos fantásticos; naturaleza que os oprime con su inquieta ternura; noche en la ópera, en el mundo extraño del arte, donde la razón se embriaga; locura del corazón, locura del cuerpo que languidece de amor; dolor que purifica el alma; piedad divina, que vela a la bienamada moribunda... No es posible evocar esos pobres recuerdos sin la emoción que se tendría al hablar de una amiga, la más cara y la más amada. ¡Ah, qué bien se aprecia, ante una creación semejante, la debilidad de los tipos femeninos en casi toda la novela y el teatro contemporáneos! La vida misma está copiada de manera tan flexible, tan fluida que, de una línea en otra parece que se la ve palpitar y cambiar. La princesa María, la fea, tan bella por la bondad, no es una pintura menos perfecta; y ¡cómo se habría empurpurado, muchacha tímida y torpe, cómo enrojecerían cuantas se le asemejan, al mirar descubiertos todos los secretos de un corazón que se oculta medrosamente a las miradas!
En general, los caracteres de mujeres son, como lo indicaba antes, muy superiores a los caracteres de hombres, sobre todo a los de ambos héroes en quienes Tolstoi puso su propio pensamiento: la naturaleza muelle y débil de Pedro Besukhov, y la ardiente y seca del príncipe Andrés Bolkonsky. Son éstas, dos almas que carecen de centro, que oscilan perpetuamente, más que evolucionar; van de un polo al otro, sin avanzar nunca. Se replicará que, sin duda, por ello mismo son muy rusas; y sin embargo, haría yo notar que algunos rusos han hecho de ellas iguales críticas. Con esta ocasión precisamente Turguenef reprochaba a la psicología de Tolstoi el permanecer estacionaria: “No hay verdadero desarrollo. Eternas vacilaciones, vibraciones de sentimientos”[626]. Tolstoi mismo convenía en haber sacrificado un poco, por momentos, los caracteres individuales[627] en bien del cuadro histórico.
Y en efecto, la gloria de La Guerra y la Paz está en la resurrección de toda una época histórica, de esas migraciones de pueblos, de la batalla de las naciones. Sus verdaderos héroes son esos pueblos; y detrás de ellos, como detrás de los héroes de Homero, los dioses que los mueven, las fuerzas invisibles, “lo infinitamente pequeño que dirige las masas”, el soplo de lo Infinito. Estos combates gigantescos, en los cuales un oculto destino hace chocar a las ciegas naciones, tienen una grandeza mítica. Más allá de la Ilíada, por ellos, se sueña en las epopeyas indias[628].
ANA KARENINA
Ana Karenina señala, con La Guerra y la Paz, la cima de este período de madurez[629]. Es una obra más perfecta, de un espíritu aún más seguro de sus procedimientos artísticos, más rico también de experiencia y para quien el mundo del corazón ya no tiene ningún secreto; pero le falta la llama de la juventud, la frescura del entusiasmo, las grandes alas de La Guerra y la Paz. La tranquilidad pasajera de los primeros días del matrimonio ha desaparecido; y en el círculo encantado del amor y del arte que la condesa Tolstoi había formado en torno suyo, volvían a deslizarse las inquietudes morales.
Ya en los primeros capítulos de La Guerra y la Paz, un año después del casamiento, las confidencias que el príncipe Andrés hace a Pedro, a propósito del matrimonio, señalan el desencanto del hombre que ve en la mujer amada a una extraña, la inocente enemiga, el involuntario obstáculo para su desarrollo moral. Algunas cartas de 1865, anuncian el próximo retorno de los tormentos religiosos. No son todavía sino breves amenazas borradas por la dicha de vivir; pero he aquí que en los meses en que Tolstoi termina La Guerra y la Paz, hay una sacudida más grave: había abandonado a los suyos por algunos días, para visitar un dominio. Una noche, ya acostado, las dos de la madrugada acababan de sonar:
“Estaba yo terriblemente fatigado, tenía sueño y me sentía bastante bien, cuando de pronto fuí presa de tal angustia, de un terror tal, como antes nunca había experimentado nada parecido. Te contaré esto detalladamente[630]; era en verdad espantoso. Salté del lecho y ordené que se enganchara, y mientras se hacía esto me dormí, de suerte que, cuando me fueron a despertar me había recobrado por completo. Ayer se ha producido la misma cosa, mas en grado mucho menor...”[631].
El castillo de ilusiones tan laboriosamente construido por el amor de la condesa Tolstoi se agrietaba. En el vacío en que dejó al espíritu del artista la conclusión de La Guerra y la Paz, éste es nuevamente invadido por las preocupaciones filosóficas[632] y pedagógicas: quiere escribir un Silabario para el pueblo, y en él trabaja con encarnizamiento cuatro años; por él se siente más orgulloso que de La Guerra y la Paz, y cuando lo ha escrito (1872), se pone a escribir otro (1875). Después se consagra al estudio del griego; lo estudia de la mañana a la noche, abandona por él todo otro trabajo y descubre al “delicioso Xenofonte” y a Homero, al verdadero Homero, no el que ofrecen los traductores, “todos esos Jukhovski y esos Voss que cantan con una voz cualquiera, gutural, quejumbrosa, dulzona”, sino “este otro diablo, que canta a plena voz, sin que se le ocurra nunca que alguien puede escucharlo”[633].
“¡Sin el conocimiento del griego, no es posible ninguna instrucción!... Estoy convencido de que, de cuanto es verdaderamente bello, en el verbo humano, con una belleza simple, nada sabía hasta ahora”[634].
Era una locura, y en ello convenía. Se entrega a la escuela de nuevo y con tal pasión que cae enfermo y tiene que ir, en 1871, a Samara, a curarse con el “kumis” entre los bachkires. A excepción del griego, de todo está descontento. Después de un proceso, en 1872, habla seriamente de vender todo lo que tiene en Rusia para ir a instalarse a Inglaterra, con lo que la condesa Tolstoi se muestra desolada:
“Si te absorbes siempre en tus griegos, no curarás nunca. Ellos son quienes te causan esta angustia y esta indiferencia por la vida presente, pues no en vano se llama el griego una lengua muerta; pone en estado de espíritu muerto”[635].
Al fin, después de muchos proyectos abandonados apenas esbozados, el 18 de marzo de 1873, con gran alegría de la condesa, comenzó a escribir Ana Karenina[636]. Mientras trabajaba en esta novela, su vida fué contristada por duelos domésticos[637]; y su esposa estuvo enferma. “La beatitud no reina en la casa...”[638].
La obra conserva un poco huellas de esta experiencia entristecida, de estas pasiones desengañadas[639]. Salvo los hermosos capítulos de las bodas de Levine, el amor no tiene ya la poesía que iguala algunas de las páginas de La Guerra y la Paz con las más bellas poesías líricas de todos los tiempos. En desquite, ha tomado un carácter áspero, sensual, imperioso; la fatalidad que reina sobre la novela ya no es, como en La Guerra y la Paz, una especie de dios Krishna, asesino y sereno, sino la locura de amar, “Venus toda entera...”. Es ella quien en la escena maravillosa del baile, en la cual la pasión—sin saberlo ellos—se apoderó a su vez de Ana y de Wronski, presta a la inocente belleza de Ana coronada de pensamientos y vestida de terciopelo, “una seducción casi infernal”[640]. Es Venus quien, cuando Wronski llega a declararse, hace irradiar el rostro de Ana, “no de alegría, sino con la tremenda irradiación de un incendio en una noche obscura”[641]. Es Venus quien, en las venas de esta mujer leal y razonable, de esta joven madre amorosa, hace correr la fuerza de una savia voluptuosa y se instala en su corazón que no abandonará ya hasta haberlo destruido. Ninguno de cuantos se acercan a Ana deja de sufrir la atracción y el horror del oculto demonio. Kitty, la primera, lo descubrió con espanto. Un misterioso temor se mezcla a la alegría de Wronski cuando va a ver a Ana; Levine, en su presencia, pierde toda su voluntad; la misma Ana sabe bien que ya no se pertenece. A medida que la historia se desarrolla, la implacable pasión roe, pieza por pieza, todo el edificio moral de esta noble persona. Cuanto en ella hay de mejor, su alma brava y sincera, se desmorona y cae. No tiene ya la fuerza de sacrificar su vanidad mundana; su vida no tiene ya otro objeto que agradar a su amante; se prohíbe cobardemente, vergonzosamente, tener hijos; los celos la torturan; la fuerza sensual, que la esclaviza, la obliga a mentir con el gesto, con la voz, con la mirada; desciende al rango de las mujeres que no ambicionan más que hacer perder la cabeza a todo hombre, cualquiera que sea; recurre a la morfina para embrutecerse hasta el día en que los intolerables tormentos que la devoran la arrojan, con el amargo sentimiento de su fracaso moral, bajo las ruedas de un tren. “Y el pequeño mujik de barba hirsuta”, (la visión siniestra que se ha presentado frecuentemente en sus sueños y en los de Wronski), “se inclinaba del estribo del wagón sobre la vía”, y, según el sueño profético, “se curvaba en dos sobre un saco en el cual recogía los restos de alguna cosa que había tenido vida, con sus tormentos, sus traiciones y sus dolores...”.
“Yo me he reservado la venganza”[642], dijo el Señor...
En torno de esta tragedia de una alma que el amor consume y que abruma la Ley de Dios,—pintura de una pieza y de una profundidad espantosa—dispuso Tolstoi, como en La Guerra y la Paz, las novelas de otras vidas; pero, desgraciadamente, en esta vez, esas historias paralelas alternan de manera un poco rígida y artificial, sin llegar a la unidad orgánica de la sinfonía de La Guerra y la Paz. Es posible descubrir también que el perfecto realismo de algunos cuadros, (como de los círculos aristocráticos de Petersburgo y sus entretenimientos ociosos) llega hasta la inutilidad. Por último, más francamente todavía que en La Guerra y la Paz ha yuxtapuesto Tolstoi su personalidad moral y sus ideas filosóficas al espectáculo de la vida; mas, por ello, no es menor la maravillosa riqueza de esta obra; hay la misma abundancia de tipos que en La Guerra y la Paz, y todos de una sorprendente exactitud. Los retratos de hombres me parecen aun superiores; se complació Tolstoi en pintar a Stepan Arcadievitch, el amable egoísta a quien nadie puede mirar sin contemplar su afectuosa sonrisa; y Karenine, el tipo perfecto del gran funcionario, el hombre de Estado distinguido y mediocre, con su manía de ocultar bajo una ironía constante, sus verdaderos pensamientos, mezcla de dignidad y de cobardía, de fariseísmo y de sentimientos cristianos; producto extraño de una sociedad artificial, de la cual le es imposible desprenderse nunca, a pesar de su inteligencia y de su real generosidad; y el que tiene mucha razón de desconfiar de su corazón, porque cuando se abandona es siempre para caer, a la postre, en una nadería mística.
El interés principal de la novela, con la tragedia de Ana y sus cuadros varios de la sociedad rusa de 1860, (salones, círculos oficiales, bailes, teatros, carreras de caballos), está en su carácter autobiográfico. Más que ninguno otro de los personajes de Tolstoi, lo encarna Constantino Levine, y no solamente le ha prestado sus ideas a un tiempo democráticas y conservadoras, su antiliberalismo de aristócrata rural que desprecia a los intelectuales[643], sino que también le ha prestado su vida propia. El amor de Levine y de Kitty y sus primeros años de matrimonio son una translación de los propios recuerdos domésticos, al igual que la muerte del hermano de Levine no es más que una dolorosa evocación de la muerte de Dmitri, el hermano de Tolstoi. Toda la última parte, innecesaria para la novela, nos hace conocer las inquietudes que lo agitaban entonces; y si el epílogo de La Guerra y la Paz era una transición artística a otra obra en proyecto, el epílogo de Ana Karenina es una transición autobiográfica a la revolución moral que debía, dos años más tarde, externarse por las Confesiones. Y ya en el curso del libro continuamente asoma, bajo forma irónica o violenta, la crítica de la sociedad contemporánea a la que no cesará de combatir en sus obras futuras. ¡Guerra a la mentira, a todas las mentiras, así a las mentiras virtuosas como a las viciosas, a los charlatanismos liberales, a la caridad mundana, a la religión de los salones, a la filantropía! ¡Guerra al mundo que falsea los sentimientos verdaderos y que fatalmente anonada los ímpetus generosos del alma! La muerte arroja una luz súbita sobre las convenciones sociales: delante de Ana moribunda, el estirado Karenine se enternece; en esta alma sin vida, en la cual todo está hecho, penetra al fin un rayo de amor y de perdón cristiano; y los tres, el marido, la esposa y el amante, son transformados momentáneamente. Porque todo se hace simple y leal; pero a medida que Ana se restablece, sienten, los tres “frente a la fuerza moral, casi santa que los guiaba interiormente, la existencia de otra fuerza brutal de mayor omnipotencia, que dirige sus vidas a pesar suyo y que no les concederá ya la calma”; y saben, de antemano, que serán impotentes en esta lucha, en la cual “están obligados a hacer el mal, que el mundo juzgará necesario”[644].
Si Levine, que encarna a Tolstoi, se ha purificado también en el epílogo del libro, es que también a él lo alcanza la muerte. Hasta allí, “incapaz de creer, era asimismo incapaz para dudar”[645]. Después que ha visto morir a su hermano, el terror de su ignorancia lo posee; su matrimonio, por algún tiempo, ha ahogado sus angustias; pero al nacimiento de su primer hijo reaparecen. Alternativamente pasa por crisis de plegarias y de negaciones. Lee en vano a los filósofos. En su enloquecimiento llega a tener la tentación del suicidio. El trabajo físico lo alivia; y en esto no cabe duda, porque todo es claro. Charla Levine, con los campesinos, y uno de ellos le habla de los hombres “que viven no para sí mismos, sino para Dios”, lo que para él es una iluminación. Advierte entonces el antagonismo entre la razón y el corazón; la razón enseña la lucha feroz por la vida, y nada hay de razonable en amar al prójimo:
La razón no me ha enseñado nada; todo lo que yo sé me ha sido dado, revelado por el corazón[646].
A partir de entonces retorna la calma. Las palabras del humilde mujik, de quien es único guía su propio corazón, lo han traído hacia Dios... ¿Cuál Dios? No trata de averiguarlo. Levine, en ese momento, como lo será Tolstoi largo tiempo, es humilde con respecto a la Iglesia y de ningún modo está en rebeldía con los dogmas.
Hay una verdad aun en la ilusión de la bóveda celeste y en los movimientos aparentes de los astros[647].
LAS CONFESIONES Y LA CRISIS RELIGIOSA
Estas angustias de Levine, estas veleidades de suicidio que ocultaba a Kitty, las ocultaba Tolstoi en el mismo momento a su esposa; pero aún no había alcanzado él la calma que ponía en su héroe. A decir verdad, esta calma no era nada comunicativa; se siente que más era deseada que lograda, y que al instante Levine volverá a caer en sus dudas. En ello no se engañaba Tolstoi, pues había hecho un gran esfuerzo para llegar hasta el fin de su obra. Ana Karenina lo aburría antes de que hubiese concluido[648]; no podía trabajar más; permanecía así, inerte, sin voluntad, presa del disgusto y del terror de sí mismo. Entonces, en el vacío de su vida, se levantó el gran soplo que salía del abismo, el vértigo de la muerte. Más tarde, Tolstoi ha contado estos años terribles, cuando acaba de escapar al abismo[649].
“No tenía cincuenta años, dice[650]; amaba, era amado, tenía buenos hijos, un gran dominio, la gloria, la salud, el vigor físico y moral; trabajaba diez horas seguidas sin experimentar fatiga. Bruscamente, mi vida se detuvo: podía respirar, comer, beber, dormir; pero esto no era vivir; no podía ni desear siquiera conocer la verdad. La verdad era que la vida es una insania. Yo había llegado al abismo y veía claramente que delante de mí ya no había nada, sino la muerte; yo, hombre lleno de salud y feliz, sentía que no podía vivir más. Una fuerza invencible me arrastraba a desembarazarme de la vida... No diré que deseaba matarme. La fuerza que me empujaba fuera de la vida era más potente que yo; y era una aspiración semejante a mi antigua aspiración a la vida, solamente que obraba en sentido inverso. Debí de recurrir hasta al engaño para conmigo mismo a fin de no ceder demasiado pronto; y he aquí que yo, el hombre feliz, tenía que ocultar de mi mismo la cuerda, para no colgarme de una viga entre los armarios de mi alcoba, donde permanecía solo cada noche al desnudarme. No iba yo de caza con mi fusil, para no dejarme tentar[651]. Me parecía que mi vida era una farsa estúpida, que era representada por cualquiera. ¡Cuántos años de trabajo, de penas, de progreso, y ver al fin que no había nada! De mí no quedaría más que la podredumbre y los gusanos... Se puede vivir solamente durante el tiempo en que se está embriagado con la vida; pero inmediatamente que se disipa la embriaguez, se ve que todo es superchería, superchería estúpida... La familia y el arte no podían ya bastarme; los de mi familia no eran más que desventurados como yo; el arte, un espejo de la vida. Cuando la vida no tiene sentido, el juego del espejo no puede divertirnos ya. Y era lo peor que no podía resignarme. Me parecía a un hombre extraviado en un bosque, quien, presa del horror porque se ha extraviado, corre en todas direcciones y no puede detenerse, aun cuando sabe que a cada paso se pierde más...”.
La salud le vino del pueblo. Tolstoi había tenido siempre por él “una afección extraña, enteramente física”[652], que no habían podido quebrantar las repetidas experiencias de sus desilusiones sociales. En sus últimos años, como Levine, se había acercado mucho al pueblo[653]. Y se entregó a pensar en estos millares de seres colocados fuera del círculo estrecho de los sabios, de los ricos y de los ociosos que se matan, se aturden o arrastran cobardemente, como él, una vida desesperada; se preguntaba por qué estos millares de seres escapaban a esta desesperación, por qué no se mataban. Advirtió entonces que ellos vivían, no con la ayuda de la razón, sino antes, sin cuidarse de ella, sólo por la fe. ¿Qué era esta fe que ignoraba la razón?
La fe es la fuerza de la vida. No se puede vivir sin la fe. Las ideas religiosas han sido elaboradas en la lejanía infinita del pensamiento humano. Las respuestas dadas por la esfinge de la vida contienen la sabiduría más profunda de la humanidad.
¿Basta, por tanto, conocer estas fórmulas de la sabiduría que tiene registradas el libro de las religiones? No, la fe no es una ciencia, la fe es una acción; no tiene sentido sino en tanto que es vivida. El disgusto que inspiraron a Tolstoi las gentes ricas y que piensan bien, para quienes la fe es sólo una especie de “consolación epicúrea de la vida”, lo arrojó decididamente entre los hombres sencillos que eran los únicos que ponían de acuerdo su vida con su fe.
Y comprendió que la vida del pueblo trabajador era la vida misma, y que el sentido que se atribuía a esa vida era verdad.
¿Pero cómo convertirse al pueblo y compartir su fe? Es hermoso reconocer que los otros tienen razón, mas no depende de nosotros que seamos como ellos. En vano oramos a Dios, en vano tendemos hacia él nuestros ávidos brazos. Dios se aleja. ¿Dónde alcanzarlo?
Un día la gracia llegó a él.
Un día de temprana primavera estaba yo solo en el bosque y escuchaba sus rumores. Pensaba en mis agitaciones de los tres últimos años, en cuánto había buscado a Dios, en mis perpetuos saltos de la alegría a la desesperación... Y bruscamente vi que yo no vivía sino cuando creía en Dios. A su solo pensamiento, las ondas jocundas de la vida se levantaban en mí. Todo se animaba en torno mío; todo adquiría un sentido. Mas, desde el momento que yo no creía en él, súbitamente cesaba la vida.
—¿Qué es entonces, lo que yo busco?—gritaba dentro de mí una voz. ¡Es ÉL, sin quien yo no puedo vivir! Conocer a Dios y vivir son una misma cosa; Dios es la vida...
Desde entonces esta luz ya no me ha abandonado[654].
Estaba salvado. Dios se le había aparecido[655]. Mas como no era un místico de la India, para quien el éxtasis fuera suficiente, como en él se mezclaban a los sueños del asiático la manía de la razón y la necesidad de acción del hombre del Occidente, le era indispensable traducir su revelación a la fe práctica y desprender de esta vida divina las reglas para la vida cotidiana. Sin ninguna prevención, con el deseo sincero de creer en las creencias de los suyos, comenzó por estudiar la doctrina de la Iglesia ortodoxa, de la cual formaba parte[656]. Y con el propósito de estar más cerca de ella, durante tres años se sometió a todas las ceremonias, confesando, comulgando, no osando emitir juicio sobre lo que le repugnaba, inventando explicaciones para lo que encontraba obscuro o incomprensible; uniéndose en su fe a todos los que amaba, vivos y muertos, y siempre conservando la esperanza de que en algún momento “el amor le abriría las puertas de la verdad”. Pero tenía que luchar, porque su razón y su corazón se rebelaban. Algunos actos, como el bautizo y la comunión, le parecían escandalosos. Cuando se le obligaba a repetir que la hostia era el cuerpo verdadero y la sangre verdadera de Cristo, “sentía como una puñalada en el corazón”. Y no fueron, sin embargo, los dogmas los que levantaron entre la Iglesia y él un muro infranqueable, sino las cuestiones prácticas, dos sobre todo: la intolerancia rencorosa y mutua de las iglesias,[657] y la sanción, formal o tácita, dada al homicidio: la guerra y la pena de muerte.