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Vidas Ejemplares

LA CRISIS SOCIAL: ¿QUÉ DEBEMOS HACER? (continued 2)

Reading edition

Así hablaba Henry George; y Tolstoi agrega:

Los vándalos están ya prestos en Rusia, y serán particularmente terribles entre nuestro pueblo, profundamente religioso, porque nosotros no conocemos los frenos de las conveniencias y de la opinión pública, que tan desarrolladas están entre los pueblos europeos.

Tolstoi recibía frecuentemente cartas de estos rebeldes, protestando contra sus doctrinas de la no-resistencia, y diciendo que a todo el mal que los gobernantes y los ricos hacían al pueblo sólo se podía responder: ¡venganza! ¡venganza! ¡venganza! ¿Los condenaba aún Tolstoi? Se ignora. Pero cuando veía, algunos días después, en su aldea, despojar a los pobres, que lloraban, del “samovar y de las ovejas”, delante de las autoridades indiferentes, sentía la necesidad, él también, de lanzar el grito de venganza contra los verdugos, contra “estos ministros y sus acólitos, que están entregados al comercio de aguardientes, o a enseñar a los hombres a asesinar, o a pronunciar sentencias de deportación, de presidio, trabajos forzados o de horca; estas gentes, perfectamente convencidas de que los ‘samovares’, las ovejas, los becerros, las telas que se quita a los miserables, encuentran su mejor empleo en la destilación del aguardiente que envenena al pueblo, en la fabricación de las armas asesinas, en la construcción de prisiones, de mazmorras, y sobre todo en la distribución de sueldos entre ellos y sus ayudantes”.

Estaba triste, cuando había vivido toda su vida en la espera y anunciando el reinado del amor, de tener que cerrar los ojos entre esas visiones amenazadoras, sintiendo inquietud por ellas. Más todavía: cuando se tiene la verídica conciencia de un Tolstoi, debía confesarse que realmente no había puesto de acuerdo su vida con sus principios.

Tocamos, en esta parte, al punto más doloroso de sus últimos años (¿será necesario decir, de sus últimos treinta años?), y apenas nos está permitido rozarles con una mano piadosa y tímida, porque este dolor, para el cual se esforzó Tolstoi en guardar secreto, no pertenece solamente a quien ha muerto, sino también a los que viven, que él amó y que lo amaban.

No había llegado a comunicar su fe a aquéllos que le eran más amados, su mujer y sus hijos. Se ha visto que la fiel compañera, que compartía valientemente con él su vida y sus trabajos artísticos, sufría al mirar cómo había renegado de su fe en el arte por otra fe moral, que ella no comprendía. Tolstoi no dejaba de sufrir, sintiéndose incomprendido de su mejor amiga.

Siento en todo mi ser, escribía a Teneromo, la verdad de estas palabras: que el marido y la mujer no son seres distintos, pero tampoco forman uno solo... Querría ardientemente poder transmitir a mi mujer una parte de esta conciencia religiosa, que me da la posibilidad de poder elevarme frecuentemente por encima de los dolores de la vida. Espero que a ella le será transmitida, no por mí, sin duda, pero sí por Dios, aun cuando esta conciencia no sea nada accesible a las mujeres[803].

No parece que este voto haya sido escuchado. La condesa Tolstoi admiraba y amaba la pureza de corazón, el cándido heroísmo, la bondad de la gran alma “que formaba una” con ella; advertía que él “marchaba delante de la multitud y mostraba el camino que debían seguir los hombres”[804]; cuando el Santo Sínodo lo excomulgó, tomó valientemente su defensa y reclamó su parte en el peligro que lo amenazaba; pero ella no podía imponerse el creer lo que no creía; y Tolstoi era demasiado sincero para obligarla a fingir, él, que odiaba toda simulación en la fe y en el amor[805]. ¿Cómo hubiera podido obligarla, no creyendo, a que modificase su vida y sacrificase su fortuna y la de sus hijos?

Con sus hijos, el desacuerdo era todavía mayor. A Leroy Beaulieu, que vió a Tolstoi en familia, en Yasnaia Poliana, dice que “en la mesa, cuando el padre hablaba, los hijos disimulaban mal su tedio y su incredulidad”[806]. Su fe apenas había tocado a sus tres hijas, de las cuales una, María, había muerto. Estaba moralmente aislado entre los suyos: “con él no estaban más que su última hija y su médico”[807], para comprenderlo.

Sufría con este alejamiento de pensamiento, sufría por las relaciones mundanas que le eran impuestas, con los huéspedes enojosos, llegados del mundo entero, visitas de americanos y de “snobs” que lo aburrían; sufría el “lujo” en que su familia lo obligaba a vivir; modesto lujo, si se ha de creer a quienes lo vieron en su humilde casa, en medio de un moblaje casi austero, en su pequeña alcoba ¡con una cama de fierro, pobres sillas y muros desnudos! Pero estas comodidades le pesaban y eran para él un perpetuo remordimiento. En la segunda de las narraciones publicadas por el Mercure de France, amargamente opone al espectáculo de la miseria que lo rodeaba el del lujo de su propia casa.

Mi actividad, escribía ya en 1903, por útil que pueda parecer a algunos hombres, pierde la mayor parte de su importancia, porque mi vida no está enteramente de acuerdo con las ideas que yo profeso[808].

¡No pudo alcanzar este acuerdo! No podía obligar a los suyos a separarse del mundo, a menos que se hubiera separado de ellos y de su vida, para evitar así los sarcasmos y el reproche de la hipocresía que le lanzaron sus enemigos, felices de ampararse con el ejemplo para negar la doctrina.

En ello había pensado él; desde hacía largo tiempo, su resolución estaba tomada. Se ha encontrado y publicado recientemente[809] una admirable carta que el 8 de julio de 1897 escribió a su mujer, y que será necesario reproducir casi por entero, porque nada descubre mejor el secreto de esta alma amante y atormentada:

Desde hace largo tiempo, amada Sofía, sufro por el desacuerdo que hay entre mi vida y mis creencias. No puedo obligaros a cambiar ni vuestra vida ni vuestras costumbres; no he podido tampoco abandonaros hasta hoy, porque pensaba que, por mi alejamiento, privaría a nuestros hijos, todavía muy jóvenes, de esta pequeña influencia que podría tener sobre ellos, y porque a todos os causaría yo mucho dolor. Pero no puedo continuar viviendo como he vivido durante estos últimos dieciséis años[810], ora luchando contra vosotros y provocando vuestra irritación, ora sucumbiendo yo mismo a los influjos y seducciones a que estoy habituado y que me rodean. He resuelto hacer ahora lo que quería hace mucho tiempo: marcharme... Como los hindús, que, cuando han llegado a los sesenta años, se van a un bosque, como cada hombre viejo y religioso que desea consagrar los últimos años de su vida a Dios y no a las bromas, a los juegos de palabras, a las habladurías, al “lawn-tennis”; así también yo, que he llegado a los setenta años, deseo con todas las fuerzas de mi alma la paz, la soledad y, si no una armonía completa, por lo menos no este desacuerdo que clama entre mi vida toda y mi conciencia. Si hubiera partido abiertamente, habría habido súplicas, discusiones, y yo habría cedido y tal vez no llevado a cabo mi resolución, cuando debe ser cumplida. Os suplico por tanto que me perdonéis, si este acto mío os entristece. Y tú principalmente, Sofía, déjame partir, no me busques, no te disgustes ni me censures. El hecho de que te haya abandonado no prueba que tenga yo motivos de queja contra ti... Sé que tú no podías, que no podías ver ni pensar como yo, y por esto no has podido cambiar tu vida y hacer un sacrificio a lo que no reconocías. Por eso no te censuro; antes por el contrario, me acuerdo con amor y gratitud de los treinta y cinco años largos de nuestra vida común, y principalmente de la primera mitad de este tiempo, cuando con el valor y la consagración de tu naturaleza de madre soportabas valientemente lo que considerabas tu misión. Me has dado a mí y al mundo cuanto nos podías dar. Has prodigado tu amor maternal y hecho grandes sacrificios... Pero, en el último período de nuestra vida, en los últimos quince años, nuestros caminos se han separado. No puedo creer que yo sea culpable de ello; sé que si he cambiado, no ha sido por mi gusto, ni por el mundo sino porque no podía obrar de otra manera. No puedo acusarte de no haberme seguido, y te doy gracias y me acordaré siempre con amor de cuanto me has dado. Adiós, mi querida Sofía. Te amo.

“El hecho de que te haya abandonado”...Y no la abandonó ¡Pobre carta! Parece que le fué bastante escribirla, para que su resolución quedase cumplida... Cuando la hubo escrito había ya agotado toda la fuerza de su resolución. “Si hubiera partido abiertamente, habría habido súplicas, habría cedido”...No hubo necesidad de “súplicas”, ni de “discusiones:” le bastó mirar, un momento después, a quienes iba a abandonar, y sintió que no podía, que no podía abandonarlos; y la carta, que llevaba en el bolsillo, la guardó en un mueble, con esta indicación:

Entregar esto, después de mi muerte, a mi esposa Sofía Andreievna.

Y a esto se redujo su proyecto de evasión. ¿Era ésa toda su fuerza? ¿No era capaz de sacrificar sus ternuras a su Dios? En verdad, no faltan en los fastos cristianos santos de más firme corazón, que nunca vacilaron para aplastar resueltamente bajo sus pies sus afecciones y las de los demás... ¿Qué hacer? Él no era como esos santos: era débil, era hombre; y por eso nosotros lo amamos.

Más de quince años antes, en una página de un dolor desgarrador, se preguntaba a sí mismo:

¿Y bien, León Tolstoi, vives según los principios que predicas?

Y se respondía abrumado:

Muero de vergüenza; soy culpable, merezco el desprecio... Sin embargo, comparad mi vida de otro tiempo con la de ahora, y veréis que trato de vivir según la ley de Dios. No he hecho la milésima parte de lo que es necesario hacer, y por eso estoy confuso; pero no lo he hecho, no porque no lo haya deseado, sino porque no he podido hacerlo... Acusadme, pero no acuséis a la senda que yo sigo. Si conozco el camino que conduce a mi casa, y lo sigo titubeando, como un hombre ebrio ¿querrá esto decir que el camino sea malo? Indicadme otro, o sostenedme en el verdadero camino, como estoy yo pronto a sosteneros; pero no me rechacéis, ni os regocijéis con mi desventura; no gritéis con transporte de alegría: “¡Mirad: dice que va a su casa y cae en el fangal!” ¡No: no os regocijéis, ayudadme, sostenedme!... ¡Ayudadme! Mi corazón se desgarra de desesperación porque todos nos hemos extraviado, y cuando hago toda suerte de esfuerzos por salir, vosotros, cada vez que me aparto, en lugar de tener compasión, me señaláis con el dedo, gritando: “¡Ved cómo cae con nosotros en el fango!”[811].

Más cercano a la muerte, repetía:

No soy un santo, ni nunca me he ofrecido por tal. Soy un hombre que se deja arrastrar, y que a veces no dice todo lo que piensa y siente; no porque no lo desea, sino porque no lo puede, porque frecuentemente le sucede que exagera o que se equivoca. En mis acciones esto es aún peor. Soy de hecho un hombre débil, con hábitos viciosos, que anhela servir al Dios de la verdad, pero que tropieza constantemente. Si se me tiene por un hombre que no puede equivocarse, cada una de mis faltas debe parecer una mentira o una hipocresía; pero si se me tiene por un hombre débil, apareceré entonces como soy en realidad: un ser que inspira lástima, pero sincero, que constantemente y con toda su alma ha deseado y desea aún llegar a ser un hombre bueno, un buen servidor de Dios.

Así permaneció, perseguido por el remordimiento, perseguido por el reproche mudo de los discípulos más enérgicos y menos humanos que él[812], desgarrado por su debilidad y su indecisión, dividido entre el amor a los suyos y el amor a Dios, hasta que un día un golpe de desesperación, y tal vez el soplo abrasador de fiebre que se levanta cuando se aproxima la muerte, lo arrojaron fuera de su casa, a los caminos, errante, fugitivo, llamando a las puertas de un convento para seguir luego su carrera, cayendo al fin en el camino, en un obscuro lugar, para ya no volver a levantarse[813]. Y en su lecho de muerte lloraba, no por sí mismo, sino por los desventurados, mientras decía en medio de sollozos:

Hay sobre la tierra millones de hombres que sufren ¿por qué estáis aquí, todos, para ocuparos solamente de mí?

Y entonces llegó—era el domingo 20 de noviembre de 1910, poco después de las seis de la mañana,—“la liberación”, como él la llamaba, “la muerte, la muerte bendita...”.

CONCLUYE LA LUCHA

La lucha había terminado, lucha de ochenta y dos años para la cual había sido campo esta vida. Trágico y glorioso combate en que tomaron parte todas las fuerzas de la vida, todos los vicios y todas las virtudes. Todos los vicios menos uno, la mentira, que persiguió sin cesar y atacó hasta en sus últimos refugios.

En primer término, la libertad embriagada, las pasiones que entrechocan en la noche tempestuosa, que iluminan, de trecho en trecho, con deslumbradores relámpagos, crisis de amor y de éxtasis, visiones del Eterno. Años del Cáucaso, de Sebastopol, años de juventud tumultuosa e inquieta. Luego, la gran tranquilidad de los primeros años del matrimonio. La felicidad del amor, del arte, de la naturaleza,—La Guerra y la Paz. El pleno día del genio, que abarca todo el horizonte humano y el espectáculo de estas luchas, que para el alma pertenecen ya a lo pasado. Las domina, es el amo de ellas, y ya no le bastan. Como el príncipe Andrés, tiene los ojos vueltos hacia el cielo inmenso que luce por encima de Austerlitz. Este cielo lo atrae:

Hay hombres de alas potentes, a quienes la voluptuosidad hace descender en medio de la multitud, donde sus alas se rompen: yo, por ejemplo. Después, baten sus alas rotas, remontan el vuelo vigorosamente, y de nuevo caen. Las alas serán curadas: y volaré muy alto. ¡Que Dios me ayude![814]

Estas palabras fueron escritas en medio de la más terrible tempestad, cuyo recuerdo y eco son las Confesiones. Tolstoi fué arrojado más de una vez por el suelo, destrozadas las alas. Y siempre se obstinó; volvió a levantarse; y he aquí que flota en “el cielo inmenso y profundo” con sus dos grandes alas, que son una la razón y otra la fe. Pero no encontró la calma que buscaba, porque el cielo no está fuera de nosotros, el cielo está en nosotros. Allá Tolstoi respira sus tempestades de pasiones; y se distingue por eso de los apóstoles que renuncian, pues pone en su renunciación el mismo ardor que ponía en vivir. Y es siempre la fe a la que abraza, con una violencia de amante; está “loco de vida”; está “ebrio de vida”; no puede vivir sin esa embriaguez[815]. Embriagado de felicidad y de desventura, a la vez; embriagado de la muerte y de la inmortalidad[816]. Su renunciación a la vida individual no es más que un grito de pasión exaltada hacia la vida eterna. No; la paz que alcanzó, la paz del alma que él invocaba no es la de la muerte; es la de esos mundos inflamados que gravitan en el espacio infinito. En él la cólera es calma[817] y la calma es ardiente. La fe le ha dado armas nuevas para recomenzar, más implacable, el combate que desde sus primeras obras no cesó de librar contra las mentiras de la sociedad moderna. No se detiene ya en algunos tipos de novelas, sino que ataca a los grandes ídolos: hipocresías de la religión, del Estado, de la ciencia, del arte, del liberalismo, del socialismo, de la instrucción popular, de la beneficencia, del pacifismo,[818]... Los abofetea, se encarniza contra ellos.

El mundo contempla, de lejos en lejos, la aparición de esos grandes espíritus rebeldes que, como Juan el Precursor, lanzan anatemas contra una civilización corrompida. La última de esas apariciones había sido Rousseau. Por su amor a la Naturaleza[819], por su odio a la sociedad moderna, por su celo de independencia, por su fervor de adoración al Evangelio y la moral cristiana, Rousseau anuncia a Tolstoi, que se juzga continuador de aquél:

“Algunas de sus páginas me llegan al corazón, decía, y creo que yo las habría escrito”[820].

Pero ¡cuánta diferencia entre las dos almas, y cómo la de Tolstoi es más puramente cristiana! ¡Qué falta de humildad, qué arrogancia farisaica, la de este grito insolente de las Confesiones del ginebrino!:

¡Ser Eterno! Que uno solo te diga, si osa decirlo: ¡fuí mejor que este hombre!

O en este reto al mundo:

Declaro arrogantemente y sin temor: quienquiera que me crea un hombre deshonesto, es él mismo un hombre que merece ser ahorcado.

Tolstoi lloraba lágrimas de sangre sobre los “crímenes” de su vida pasada:

Sufro las torturas del infierno. Recuerdo toda mi cobardía pasada, y estos recuerdos no me abandonan, me envenenan la vida. Se lamenta de ordinario que no se conserven recuerdos después de la muerte ¡Qué felicidad que así sea! ¡Cuál sufrimiento sería, si, en esa otra vida, me acordase de todo el mal que he cometido aquí abajo![821]...

No es él quien hubiera escrito sus Confesiones, como Rousseau, porque decía éste, “sintiendo que el bien sobrepasaba el mal, tenía yo interés en decirlo todo”[822]. Tolstoi, después de haber ensayado, renuncia a escribir sus Memorias: la pluma se le cae de las manos; no quiere ser objeto de escándalo para quienes lo habrán de leer:

Las gentes dirán: ¡Ved a este hombre que muchos colocan a tanta altura! ¡Y qué cobarde era! Luego, a nosotros, simples mortales, es Dios mismo quien nos ordena que seamos cobardes[823].

Nunca conoció Rousseau el bello pudor moral de la fe cristiana, la humildad que da al viejo Tolstoi un candor inefable. Detrás de Rousseau—encuadrando la estatura de la isla de los Cisnes—se ve la Roma de Calvino. En Tolstoi, encuentra uno a los peregrinos, a los inocentes, cuyas ingenuas confesiones y cuyas lágrimas habían conmovido su infancia.

Pero mucho más aún que la lucha contra el mundo, que le es común con Rousseau, otra lucha llena los treinta últimos años de la vida de Tolstoi, un magnífico combate entre las dos más altas potencias de su alma: la Verdad y el Amor.

La Verdad (“esta mirada que va derecho a las almas”), la luz penetrante de estos ojos grises que os traspasan... Era su fe más antigua, la reina de su arte.

La heroína de mis escritos, la que yo amo con todas las fuerzas de mi alma, la que fué, es y será siempre bella, es la verdad[824].

La verdad, único despojo que aún flotaba del naufragio, después de la muerte de su hermano[825]. La verdad, eje de su vida, roca en medio de la mar...

Pero bien pronto, la “horrible verdad”[826] no le bastará, porque el Amor la había suplantado. Era la fuente viva de su infancia, “el estado natural de su alma”[827]. Cuando sobrevino la crisis moral de 1880, no abdicó de la verdad y la abrió al amor[828].

El amor es “la base de la energía”[829]. El amor es “la razón de vivir”, la única, con la belleza[830]. El amor es la esencia del Tolstoi madurado por la vida, del autor de La Guerra y la Paz y de la carta al Santo Sínodo[831].

Esta penetración de la verdad por el amor forma el precio único de las obras maestras que escribió, al mediar su vida—nel mezzo del cammin—y que distingue su realismo del realismo de Flaubert. Éste pone su fuerza en no amar a sus personajes; y por grande que así sea, le falta el ¡Fiat lux!

La luz del sol no es suficiente, se necesita la del corazón. El realismo de Tolstoi se encarna en cada uno de los seres, y, viéndolos con sus ojos, encuentra, aun en el más vil, razones para amarlo y para hacernos sentir la cadena fraternal que nos une a todos[832]. Por el amor penetra hasta las raíces de la vida.

Mas es difícil mantener esta unión. Hay horas en que el espectáculo de la vida y de sus dolores es tan amargo que parece un reto al amor, y que, para salvarlo, para salvar su fe, está uno obligado a levantarla tan alto por encima del mundo, que corre peligro de perder con él todo contacto. ¿Y qué hará quien ha recibido de la suerte el don soberbio y fatal de ver la verdad y no poder dejar de verla? ¡Quién dirá lo que Tolstoi sufrió con el continuo desacuerdo de sus últimos años, entre sus ojos despiadados que veían el horror de la realidad, y su corazón apasionado que insistía en esperar y afirmar el amor!

Todos nosotros hemos conocido estos trágicos debates. ¡Cuántas veces nosotros mismos nos hemos encontrado en la alternativa de no ver o de odiar! ¡Y cuántas veces un artista—un artista digno de este nombre, un escritor que conozca el poder espléndido y temible de la palabra escrita—se siente oprimido de angustia cuando llega el momento en que tenga que escribir tal o cual verdad![833]. Esta verdad sana y viril, necesaria en medio de las mentiras modernas, mentiras de la civilización, esta verdad vital, podría decirse, como el aire que respiramos... Y después se advierte que este aire ¡cuántos pulmones no pueden soportarlo! ¡cuántos seres debilitados por la civilización, o simplemente débiles por la bondad de sus corazones! ¿Será preciso, pues, no tenerlos para nada en cuenta, y arrojarles implacablemente esta verdad que mata? ¿No hay, por encima de todo, una verdad que, como dice Tolstoi, “está abierta al amor”? ¡Pero qué! ¿es posible, sin embargo, consentir en arrullar a los hombres con mentiras consoladoras, como Peer Gynt arrullaba, con sus cuentos, a su vieja madre moribunda?... La sociedad se encuentra continuamente enfrente de este dilema: la verdad o el amor. De ordinario resuelve sacrificando a la vez la verdad y el amor.

Nunca Tolstoi traicionó alguna de sus dos creencias. En sus obras de la madurez, el amor es antorcha de la verdad. En las obras de sus últimos tiempos, es una luz de lo alto, un rayo de la gracia que desciende sobre la vida, pero que no se mezcla con ella, como se ha visto en Resurrección, donde la fe domina a la realidad, que permanece exterior a ella. Aun el mismo pueblo que pinta Tolstoi como muy débil y mediocre, cada vez que mira a las figuras aisladamente, toma, desde el momento que piensa en él de una manera abstracta, una santidad divina[834]. En su vida de todos los días se acusaba el mismo desacuerdo que en su arte, y aun más cruelmente. Bien sabía lo que el amor reclamaba de él, pero obraba de otro modo; no vivía según Dios, vivía de acuerdo con el mundo. Y ¿el amor mismo, dónde encontrarlo? ¿Cómo distinguir entre sus rostros diversos y sus órdenes contradictorias? ¿Era el amor a su familia, o el amor a todos los hombres?... Hasta los últimos instantes se debatió entre estas alternativas.

¿Dónde está la solución? Él no la encontró. Dejemos a los intelectuales orgullosos el derecho de juzgarlo con desdén. Ciertamente, ellos la han encontrado, ellos que poseen la verdad y que en ella con seguridad se apoyan. Para estos intelectuales, Tolstoi era un débil y un sentimental, cuya vida no puede ofrecerse de ejemplo. Y sin duda, no es un ejemplo que puedan seguir: no saben ellos vivir suficientemente. Tolstoi no pertenecía a la “élite” vanidosa, no era de ninguna iglesia, ni de la de los escribas, como los llamaba él mismo, ni de la de los fariseos, de la una o de la otra fe. Es el tipo más alto del cristiano libre, que se esfuerza, durante toda su vida, hacia un ideal que siempre se halla más lejano[835].

No habla Tolstoi para los privilegiados del pensamiento, habla para los hombres ordinarios, hominibus bonae voluntatis. Es nuestra conciencia. Dice lo que todos nosotros pensamos, almas medianas, y lo que nosotros tememos leer en nosotros mismos; no es para nosotros un maestro pleno de orgullo, uno de esos genios arrogantes que reinan en su arte y su inteligencia por encima de la humanidad. Es “nuestro hermano”, como gustaba de llamarse a sí mismo en sus cartas, con el nombre más bello y más dulce de todos.

Enero de 1911.

NOTAS:

p431ilo
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Notes in this chapter

Note 1 · 16 de mayo de 1892. Tolstoi veía entonces a su mujer sufrir por la muerte de un niño, y nada podía hacer para consolarla.Note 2 · Carta de enero de 1883.Note 3 · “No reprocharé jamás a nadie que no tenga religión. El mal está en que los hombres mienten, fingiendo tener esa religión”. Y más adelante: “Note 4 · Revue des Deux Mondes, 15 de diciembre de 1910.Note 5 · Revue des Deux Mondes, 15 de diciembre de 1910.Note 6 · A un amigo, 10 de diciembre de 1903.Note 7 · Le Figaro, 27 de diciembre de 1910. La carta, después de la muerte de Tolstoi, fué entregada a la condesa por su yerno, el príncipe ObolenskNote 8 · Este estado de sufrimiento databa, pues, de 1881, es decir, del invierno pasado en Moscú y del descubrimiento que entonces hizo Tolstoi de lNote 9 · Carta a un amigo (la traducción francesa, hecha por M. Halpérine-Kaminsky, ha sido publicada con el título de Profesión de fe en el volumen Note 10 · Parece que sufrió en sus últimos años y sobre todo en sus últimos meses, la influencia de Vladimir-Grigoritch Tchertkov, amigo devoto que, eNote 11 · La Correspondencia de La Unión para la Verdad, en su número de 1.º de enero de 1911, publicó una interesante relación de esta fuga. Tolstoi Note 12 · Diario, fecha de 28 de octubre de 1879. (Traducción de Bienstock. Véase Vida y Obra). He aquí el pasaje entero, que es uno de los más bellosNote 13 · “Se puede vivir solamente mientras que se está ebrio de vida” (Confesiones 1879). “Estoy loco de la vida... Es el estío, el estío delicioso.Note 14 · En su Diario, fechado en octubre de 1865: “El pensamiento de la muerte...”. “Yo quiero y amo la inmortalidad”.Note 15 · “Me embriagaba con esta cólera hirviente de indignación, que amo en mí, que aun la excito cuando la siento, porque obra sobre mí de manera cNote 16 · Su artículo sobre la Guerra, a propósito del Congreso Universal de la Paz, en Londres, en 1891, es una ruda sátira contra los pacifistas, quNote 17 · La Naturaleza fué siempre “el mejor amigo” de Tolstoi, como se complacía en decirlo: “Un amigo, está bien; pero morirá, se irá a cualquier pNote 18 · Conversaciones con Paul Boyer. (Le Temps, 28 de agosto de 1901). De hecho podría uno confundirlas a menudo, como en esta profesión de fe de Note 19 · Diario, 6 de enero de 1903 (citado en el Prefacio de Tolstoi a sus Recuerdos, volumen primero de Vida y Obra de Tolstoi, publicados por BiruNote 20 · Cuarto Paseo.Note 21 · Carta a Birukov.Note 22 · Sebastopol en mayo de 1855.Note 23 · “La verdad... la única cosa que me ha quedado de mi concepción moral, la única cosa que cumpliré todavía”. (17 de octubre de 1860).Note 24 · Ibid.Note 25 · “El amor a los hombres es el estado natural del alma, y nosotros no lo advertimos”. (Diario, en la época que fué estudiante en Kazan).Note 26 · “La verdad se abrirá para el amor...”. (Confesiones, 1879-81). “Yo, que situaba a la verdad en la unidad del amor...”. (Ibid.)Note 27 · “¿Me habláis siempre de energía? Pero la base de la energía está en el amor, dijo Ana, y el amor no se da nunca a voluntad”. (Ana Karenina, Note 28 · “La belleza y el amor, estas dos razones de vivir”. (La Guerra y la Paz, II, página 285).Note 29 · “Creo en Dios, que es para mí el Amor”. (Carta al Santo Sínodo, 1901). “¡Sí, el amor!... No el amor egoísta, sino el amor tal como yo lo he Note 30 · “El amor apasionado del artista por su asunto, es el corazón del arte. Sin amor no hay obra de arte posible”. (Carta de septiembre de 1889. Note 31 · “Porque yo escribo libros, sé todo el mal que ellos hacen...”. (Carta de Tolstoi a P. V. Vériguine, jefe de los dukhobors, de 21 de noviembrNote 32 · Véase La Mañana de un Señor, o bien, en Las Confesiones, los retratos extremadamente idealizados de estos hombres sencillos, buenos, contentNote 33 · “Un cristiano no podría ser moralmente superior o inferior a otro; pero es más cristiano a medida que más rápidamente avanza en la vida de l
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