LA LUZ QUE ACABA DE EXTINGUIRSE (continued 2)
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Entonces rompió Tolstoi abiertamente, y tanto más violenta fué la ruptura cuanto que hacía tres años que comprimía su pensamiento. No toleró ya nada más, y, con cólera, pisoteó esa religión que todavía la víspera se obstinaba en practicar. En su Crítica de la Teología Dogmática (1879-1881) la trata no solamente de “locura, sino también de mentira interesada y consciente”[658]. A ella opuso el Evangelio, en su Concordancia y Traducción de los cuatro Evangelios (1881-1883); y a la postre sobre el Evangelio edificó su fe. (En qué consiste mi fe, 1883). Está toda contenida en estas palabras:
Creo en la doctrina de Cristo. Creo que la felicidad no es posible en la tierra en tanto que no cumplan esta doctrina todos los hombres.
Y tiene por piedra angular el Sermón de la Montaña, cuya enseñanza esencial fija Tolstoi en cinco mandamientos:
I. No te dejes arrebatar por la cólera. II. No cometas adulterio. III. No prestes juramento en vano. IV. No devuelvas mal por mal. V. No seas enemigo de nadie.
Es ésta la parte negativa de la doctrina, pues la parte positiva queda resumida en este único mandamiento: Ama a Dios y a tu prójimo como a ti mismo.
Cristo dice que quien hubiere violado el menor de estos mandamientos tendrá el más pequeño lugar en el reino de los cielos.
Y agrega Tolstoi ingenuamente:
Por extraño que esto parezca, he debido descubrir estas reglas, después de dieciocho siglos, como una novedad.
¿Creía, por tanto, Tolstoi en la divinidad de Cristo? De ninguna manera. ¿A qué título, entonces, lo invocaba? Como el más grande entre los sabios, (Brahma, Buda, Lao-Tsé, Confucio, Zoroastro, Isaías), que han mostrado a los hombres la felicidad verdadera a la cual aspiran y el camino que es necesario seguir para alcanzarla[659]. Tolstoi es el discípulo de estos grandes creadores de religiones, de estos semidioses y de estos profetas hindús, chinos y hebreos. Los defiende (como él sabe defender: atacando) contra aquéllos a quienes llama los “fariseos” y los “escribas:” contra las iglesias establecidas y contra los representantes de la ciencia orgullosa, o más bien, del “filosofismo científico”[660]. Y no es que haga llamamiento a la revelación contra la razón, pues desde que salió del período de inquietudes que refiere en las Confesiones, continúa siendo esencialmente un creyente de la Razón, o, podría decirse, un místico de la Razón.
“En el principio era el Verbo, repite con San Juan; el Verbo, Logos, es decir, la Razón”[661].
Su libro De la Vida (1887) lleva, como epígrafe, las palabras famosas de Pascal[662]:
El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero una caña que piensa... Toda nuestra dignidad consiste en el pensamiento... Trabajemos pues para pensar bien, que esto es el principio de la moral.
Y el libro entero no es más que un himno a la Razón. Pero su Razón no es la razón científica, razón restringida que “toma la parte por el todo, y la vida animal por la vida entera”, sino antes la ley soberana que rige la vida del hombre, “la ley según la cual deben vivir forzosamente los seres razonables, es decir, los hombres”.
Es una ley análoga a las que rigen la nutrición y la reproducción del animal, el crecimiento y la eflorescencia de la hierba y del árbol, y el movimiento de la tierra y de los astros. Y solamente en el cumplimiento de esta ley, en la sumisión de nuestra naturaleza animal a la ley de la razón, consiste nuestra vida... La razón no puede ser definida, y nosotros no tenemos necesidad de definirla, porque no solamente la conocemos todos, sino que es la única que conocemos... Todo lo que el hombre sabe lo conoce por medio de la razón, y no por la fe[663]... La verdadera vida no comienza hasta el momento en que se manifiesta la razón. La única vida verdadera es la vida de la razón.
¿Qué es, pues, la existencia visible, nuestra vida individual? “No es vida nuestra”, dice Tolstoi, porque no depende de nosotros.
Nuestra actividad animal se realiza fuera de nosotros... La humanidad ha concluido ya con la idea de la vida considerada como existencia individual. La negación de la posibilidad del bien individual permanece como verdad inquebrantable para todo hombre, de nuestra época, que esté dotado de razón[664].
Hay en esto toda una serie de postulados, que no me detendré a discutir aquí, pero que muestran con qué pasión se había apoderado la razón de Tolstoi. En realidad, era una pasión no menos ciega y celosa que las otras pasiones que lo habían poseído durante la primera mitad de su vida. Un fuego se extingue, y otro se enciende; o mejor, es el mismo fuego, que sólo cambia de alimento. Añádase a la semejanza entre las pasiones “individuales” y esta pasión racional, que, la una como las otras, no encuentran satisfacción sólo en amar, pues quieren obrar, quieren realizarse.
No es necesario hablar, sino obrar, ha dicho Cristo.
¿Y cuál es la actividad de la razón?—El amor.
El amor es la única actividad razonable del hombre, el amor es el estado de alma el más racional y el más luminoso. Tiene necesidad, no más, de que nada le oculte el sol de la razón, único que lo hace crecer... El amor es el bien real, el bien supremo, que resuelve todas las contradicciones de la vida, que no sólo hace desaparecer el espanto de la muerte, sino que mueve también al hombre a sacrificarse en bien de los otros. Porque no hay otro amor que el que da su vida por aquéllos a quienes se ama: y no es el amor digno de este nombre sino cuando es un sacrificio de sí mismo. El verdadero amor, por tanto, no es realizable sino cuando el hombre comprende que le es imposible alcanzar la felicidad individual. Entonces es cuando toda la savia de su vida viene a alimentar el noble injerto del amor verdadero; y este injerto toma para su desarrollo todo vigor del tronco de ese árbol salvaje, que es la individualidad animal...[665].
No llega Tolstoi, pues, a la fe como un río agotado que se pierde entre las arenas. Aporta a ella el torrente de fuerzas impetuosas acumuladas durante una vigorosa vida. De ello iba a darse cuenta.
Esta fe apasionada, en la cual se reunían en ardiente abrazo la Razón y el Amor, ha encontrado su más augusta expresión en la célebre respuesta al Santo Sínodo que lo excomulgaba[666]:
“Creo en Dios, que es para mí el Espíritu, el Amor, el Principio de todo. Creo que él está en mí, como yo en él. Creo que la voluntad de Dios nunca se ha expresado más claramente que en la doctrina del Hombre-Dios; pero no se puede considerar a Cristo como Dios y dirigirle plegarias, sin cometer el más grande de los sacrilegios. Creo que la verdadera felicidad del hombre consiste en el cumplimiento de la voluntad de Dios; creo que la voluntad de Dios quiere que todo hombre ame a sus semejantes y obre siempre con respecto a ellos, como querría que los demás obrasen con respecto a él, que es lo que resume, dice el Evangelio, toda la ley y los profetas. Creo que el sentido de la vida, para cada uno de nosotros, está solamente en aumentar el amor en él: creo que este desarrollo de nuestra potencia de amar nos valdrá en esta vida una felicidad más perfecta; creo que este aumento del amor contribuirá, más que ninguna otra fuerza, a fundar el reino de Dios sobre la tierra, es decir, a reemplazar una organización de vida en la cual la división, la mentira y la violencia son todopoderosas, por otro orden nuevo en el cual reinarán la concordia, la verdad y la fraternidad. Creo que, para progresar en el amor, solamente disponemos de un medio: la plegaria. No la plegaria pública en los templos, que Cristo ha reprobado formalmente (Mateo, VI, 5-13), sino aquella plegaria de que él mismo nos dió ejemplo, la plegaria solitaria que afirma en nosotros la conciencia del sentido de nuestra vida y el sentimiento de que dependemos solamente de la voluntad de Dios... Creo en la vida eterna, creo que el hombre es recompensado según sus actos, aquí y donde quiera, ahora y siempre. Creo esto tan firmemente que a mi edad, al borde de la tumba, debo a menudo hacer un esfuerzo para no llamar con mis votos la muerte de mi cuerpo, es decir, mi nacimiento a una nueva vida...”[667].
