Note 655 — LA LUZ QUE ACABA DE EXTINGUIRSE
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A decir verdad, no era ésta la primera vez. El joven voluntario del Cáucaso, el oficial de Sebastopol, Olenine de Los Cosacos, el príncipe Andrés y Pedro Besukhov en La Guerra y la Paz, habían tenido visiones semejantes. Pero Tolstoi era tan apasionado que, cada vez que encontraba a Dios creía que lo encontraba por la primera vez y que no había habido para él antes más que la noche y la nada. En su pasado no veía más que sombras y vergüenzas. Nosotros, que conocemos por su Diario, mejor que él, la historia de su corazón, sabemos cómo este corazón fué siempre, aun en sus extravíos, profundamente religioso. Por otra parte, él mismo conviene en ello en un pasaje del primer Prefacio a la Crítica de la Teología Dogmática: “¡Dios mío, Dios mío! ¡he errado, he buscado la verdad donde necesitaba buscarla! Yo sabía que erraba. Halagaba yo mismo mis malas pasiones, sabiéndolo; pero yo no te olvidaba nunca. Te he sentido siempre cerca, hasta cuando me extraviaba”. La crisis de 1878-79 fué sólo más violenta que las otras, acaso por influencia de los duelos repetidos y de la vejez que se acercaba; y su única novedad estuvo en que, en lugar de que la visión de Dios se desvaneciese sin dejar rastros, después que la llama del éxtasis se había extinguido, Tolstoi, advertido por la experiencia pasada, se apresuró a “avanzar, en tanto que la luz estuviera con él” y a deducir de su fe todo un sistema de vida. No es que no lo hubiera intentado antes (recuérdense las Reglas de Vida, concebidas cuando era estudiante); pero, a los cincuenta años, tenía menos ocasiones de dejarse distraer de su camino por las pasiones.