Note 601 — LA LUZ QUE ACABA DE EXTINGUIRSE
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Se advertirá que ya otro hermano de Tolstoi, Dmitri, había muerto de tisis en 1856. Tolstoi mismo se creía atacado de esa enfermedad en 1856, en 1862 y en 1871. Era, como escribe, en 28 de octubre de 1852, “de una complexión fuerte, pero débil de salud”. Constantemente sufría por enfriamientos, males de la garganta, de los dientes, de los ojos, reumatismos. En el Cáucaso, en 1852, debía, “al menos dos días por semana, recluirse en su casa”. La enfermedad lo detuvo por varios meses, en 1854, en el camino de Silistrie a Sebastopol. En octubre de 1856 estuvo seriamente enfermo del pecho en Yasnaia Poliana, y en 1862, por temor a la tisis fué a ponerse en cura a Samara, por medio del “kumis”, entre los baskires, y volvió allá casi anualmente después de 1870. Su correspondencia con Fet está llena de estas preocupaciones. Y tal estado de salud hace comprender mejor su obsesión de la idea de la muerte. Más tarde hablaba de la enfermedad como de su mejor amigo:
“Cuando se está enfermo parece que se desciende una cuesta muy suave, que, en algún punto, está cerrada por una cortina, ligera cortina de tela a un lado de la cual está la vida, y al otro, la muerte. ¡Cuánto el estado de enfermedad supera, en valor moral, al estado de salud! ¡No me habléis de esas gentes que no han estado nunca enfermas! Son terribles: las mujeres sobre todo; una mujer saludable no es más que una bestia feroz”. (Conversaciones con M. Paul Boyer, “Le Temps”, 27 de agosto de 1901).