LA HORA DE TODOS Y LA FORTUNA CON SESO
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Júpiter[110], hecho de hieles[111], se desgañitaba[112] poniendo los gritos en la tierra. Porque ponerlos en el cielo[113], donde asiste, no era encarecimiento a propósito. Mandó que luego a consejo viniesen todos los dioses trompicando[114]. Marte, don Quijote de las deidades, entró con sus armas y capacete y la insignia de viñadero[115] enristrada, echando chuzos[116], y a su lado, el panarra[117] de los dioses, Baco, con su cabellera de pámpanos, remostada[118] la vista, y en la boca, por lagar vendimias de retorno[119] derramadas, la palabra bebida, el paso trastornado y todo el celebro en poder de las uvas.
Por otra parte, asomó con pies descabalados[120] Saturno, el dios marimanta[121], comeniños, engulléndose sus hijos a bocados. Con él llegó, hecho una sopa[122], Neptuno, el dios aguanoso, con su quijada de vieja por cetro, que eso es tres dientes en romance, lleno de cazcarrias[123] y devanado[124] en ovas, oliendo a viernes[125] y vigilias, haciendo lodos con sus vertientes en el cisco[126] de Plutón, que venía en su seguimiento. Dios dado a los diablos, con una cara afeitada con hollín y pez, bien zahumado con alcrebite[127] y pólvora, vestido de cultos[128] tan escuros, que no le amanecía todo el buchorno del sol, que venía en su seguimiento con su cara de azófar y sus barbas de oropel. Planeta bermejo y andante, devanador de vidas, dios dado a la barbería, muy preciado de guitarrilla y pasacalles, ocupado en ensartar un día tras otro y en engazar[129] años y siglos, mancomunado con las cenas[130] para fabricar calaveras.
Entró Venus, haciendo rechinar los coluros con el ruedo del guardainfante[131], empalagando de faldas a las cinco zonas, a medio afeitar la jeta y el moño[132], que la encorozaba de pelambre la cholla, no bien encasquetado, por la prisa. Venía tras ella la Luna, con su cara en rebanadas, estrella en mala moneda[133], luz en cuartos, doncella de ronda y ahorro de lanternas y candelillas. Entró con gran zurrido el dios Pan, resollando con dos grandes piaras de númenes, faunos, pelicabros y patibueyes[134]. Hervía todo el cielo de manes y lemures y penatillos y otros diosecillos[135] bahunos[136]. Todos se repantigaron en sillas y las diosas se rellanaron, y, asestando las jetas a Júpiter con atención reverente, Marte se levantó, sonando a choque de cazos y sartenes, y con ademanes de la carda[137], dijo:
—Pesia[138] tu hígado[139], oh grande Coime[140], que pisas el alto claro, abre esa boca y garla: que parece que sornas.
Júpiter, que se vió salpicar de jacarandinas[141] los oídos y estaba, siendo verano y asándose el mundo, con su rayo en la mano haciéndose chispas, cuando fuera mejor hacerse aire con un abanico, con voz muy corpulenta, dijo:
—Vusted envaine y llámeme a Mercurio.
El cual, con su varita de jugador[142] de manos y sus zancajos pajaritos[143] y su sombrerillo hecho en horma de hongo, en un santiamén y en volandas[144] se le puso delante. Júpiter le dijo:
—Dios virote[145], dispárate al mundo y tráeme aquí, en un cerrar y abrir de ojos[146], a la Fortuna asida de los arrapiezos[147].
Luego, el chisme del Olimpo[148], calzándose dos cernícalos por acicates, se despareció, que ni fué oído ni visto[149], con tal velocidad, que verle partir y volver fué una misma acción de la vista. Volvió hecho mozo de ciego y lazarillo, adestrando a la Fortuna, que con un bordón en la una mano venía tentando y de la otra tiraba de la cuerda que servía de freno a un perrillo.
Traía por chapines una bola, sobre que venía de puntillas, y hecha pepita de una rueda, que la cercaba como a centro, encordelada de hilos y trenzas, y cintas, y cordeles y sogas, que con sus vueltas se tejían y destejían. Detrás venía, como fregona, la Ocasión, gallega de coramvobis[150], muy gótica de facciones, cabeza de contramoño, cholla bañada de calva de espejuelo y en la cumbre de la frente un solo mechón, en que apenas había pelo para un bigote. Era éste más resbaladizo que anguilla, culebreaba deslizándose al resuello[151] de las palabras. Echábasele de ver en las manos que vivía de fregar y barrer[152] y de fregar los arcaduces y de vaciar los que la Fortuna llevaba.
Todos los dioses mostraron mohina de ver a la Fortuna, y algunos dieron señal de asco cuando ella, con chillido desentonado, hablando a tiento, dijo:
—Por tener los ojos acostados y la vista a buenas noches[153], no atisbo quién sois los que asistís a este acto; empero, seáis quien fuéredes, con todos hablo, y primero contigo, oh Jove, que acompañas las toses de las nubes con gargajo trisulco[154]. Dime: ¿qué se te antojó ahora de llamarme, habiendo tantos siglos que de mí no te acuerdas? Puede ser que se te haya olvidado a ti y a esotro vulgo de diosecillos lo que yo puedo, y que así he jugado contigo y con ellos como con los hombres.
Júpiter, muy prepotente, la respondió:
—Borracha, tus locuras, tus disparates y maldades son tales, que persuaden a la gente mortal que, pues no te vamos a la mano, que no hay dioses, que el cielo está vacío y que soy un dios de mala muerte[155]. Quéjanse que das a los delitos lo que se debe a los méritos, y los premios de la virtud, al pecado; que encaramas en los tribunales a los que habías de subir a la horca, que das las dignidades a quien habías de quitar las orejas y que empobreces y abates a quien debieras enriquecer.
La Fortuna, demudada y colérica, dijo:
—Yo soy cuerda y sé lo que hago, y en todas mis acciones ando pie con bola[156]. Tú, que me llamas inconsiderada y borracha, acuérdate que hablaste por boca de ganso[157] en Leda[158], que te derramaste en lluvia de bolsa[159] por Dánae, que bramaste y fuiste Inde toro pater[160] por Europa, que has hecho otras cien mil picardías y locuras y que todos ésos y ésas que están contigo han sido avechuchos, hurracas y grajos, cosas que no se dirán de mí. Si hay beneméritos arrinconados y virtuosos sin premios, no toda la culpa es mía: a muchos se los ofrezco que los desprecian, y de su templanza fabricáis mi culpa. Otros, por no alargar la mano a tomar lo que les doy, lo dejan pasar a otros, que me lo arrebatan sin dárselo. Más son los que me hacen fuerza que los que yo hago ricos; más son los que me hurtan lo que les niego que los que tienen lo que les doy. Muchos reciben de mí lo que no saben conservar: piérdenlo ellos y dicen que yo se lo quito. Muchos me acusan por mal dado en otros lo que estuviera peor en ellos. No hay dichoso sin invidia de muchos; no hay desdichado sin desprecio de todos. Esta criada me ha servido perpetuamente. Yo no he dado paso sin ella. Su nombre es la Ocasión. Oídla; aprended a juzgar de una fregona.
Y desatando la taravilla[161] la Ocasión, por no perderse a sí misma, dijo:
—Yo soy una hembra que me ofrezco a todos. Muchos me hallan, pocos me gozan. Soy Sansona femenina, que tengo la fuerza en el cabello. Quien sabe asirse a mis crines[162], sabe defenderse de los corcovos de mi ama. Yo la dispongo, yo la reparto, y de lo que los hombres no saben recoger y gozar me acusan. Tiene repartidas la necedad por los hombres estas infernales cláusulas:
“Quién dijera, no pensaba, no miré en ello, no sabía, bien está, qué importa, qué va ni viene, mañana se hará, tiempo hay, no faltará ocasión, descuidéme, yo me entiendo, no soy bobo, déjese deso, yo me lo pasaré, ríase de todo, no lo crea, salir tengo con la mía, no faltará, Dios lo ha de proveer, más días hay que longanizas, donde una puerta se cierra otra se abre, bueno está eso, qué le va a él, paréceme a mí, no es posible, no me diga nada, ya estoy al cabo, ello dirá, ande el mundo, una muerte debo a Dios, bonito soy yo para eso, sí por cierto, diga quien dijere, preso por mil, preso por mil y quinientos, no es posible, todo se me alcanza, mi alma en mi palma, ver veamos, diz que, y pero, y quizás”.
Y el tema de los porfiados:
“Dé donde diere”.
Estas necedades hacen a los hombres presumidos, perezosos y descuidados. Éstas son el hielo en que yo me deslizo, en éstas se trastorna la rueda de mi ama y trompica la bola que la sirve de chapín. Pues si los tontos me dejan pasar, ¿qué culpa tengo yo de haber pasado? Si a la rueda de mi ama son tropezones y barrancos, ¿por qué se quejan de sus vaivenes? Si saben que es rueda, y que sube y baja, y que, por esta razón, baja para subir y sube para bajar, ¿para qué se devanan en ella? El sol se ha parado; la rueda de la Fortuna, nunca. Quien más seguro pensó haberla fijado el clavo[163], no hizo otra cosa que alentar con nuevo peso el vuelo de su torbellino. Su movimiento digiere las felicidades y miserias, como el del tiempo las vidas del mundo, y el mundo mismo poco a poco. Esto es verdad, Júpiter. Responda quien supiere.
La Fortuna, con nuevo aliento, bamboleándose con remedos de veleta y acciones de barrena, dijo[164]:
—La Ocasión ha declarado la ocasión injusta de la acusación que se me pone; empero yo quiero de mi parte satisfacerte a ti, supremo atronador[165], y a todos esotros que te acompañan, sorbedores de ambrosía y néctar, no obstante que en vosotros he tenido, tengo y tendré imperio, como le tengo en la canalla más soez del mundo. Y yo espero ver vuestro endiosamiento muerto de hambre por falta de víctimas y de frío, sin que alcancéis una morcilla por sacrificio, ocupados en sólo abultar poemas y poblar coplones[166], gastados en consonantes y en apodos amorosos, sirviendo de munición a los chistes y a las pullas.
—Malas nuevas tengas de cuanto deseas—dijo el Sol—, que con tan insolentes palabras blasfemas de nuestro poder. Si me fuera lícito, pues soy el Sol, te friyera en caniculares, y te asara en buchornos, y te desatinara a modorras.
—Vete a enjugar lodazales—dijo Fortuna—, a madurar pepinos y a proveer de tercianas a los médicos y a adestrar las uñas de los que se espulgan a tus rayos; que ya te he visto yo guardar vacas[167] y correr tras una mozuela, que, siendo sol, te dejó a escuras. Acuérdate que eres padre de un quemado[168]. Cósete la boca[169], y deja de hablar, y hable quien le toca[170].
Entonces Júpiter severo pronunció estas razones:
—En muchas de las que tú[171] y esa picarona que te sirve habéis dicho, tenéis razón; empero, para satisfacción de las gentes está decretado irrevocablemente[172] que en el mundo, en un día y en una propia hora, se hallen de repente todos los hombres con lo que cada uno merece. Esto ha de ser: señala hora y día.
La Fortuna respondió:
—Lo que se ha de hacer, ¿de qué sirve dilatarlo? Hágase hoy. Sepamos qué hora es.
El Sol, jefe de relojeros, respondió:
—Hoy son 20 de junio[173], y la hora, las tres de la tarde y tres cuartos y diez minutos.
—Pues en dando las cuatro—dijo la Fortuna—, veréis lo que pasa en la tierra.
Y diciendo y haciendo[174], empezó a untar el eje de su rueda y encajar manijas, mudar clavos, enredar cuerdas, aflojar unas y estirar otras, cuando el Sol, dando un grito, dijo:
—Las cuatro son, ni más ni menos: que ahora acabo de dorar la cuarta sombra posmeridiana de las narices de los relojes de sol.
En diciendo estas palabras, la Fortuna, como quien toca sinfonía, empezó a desatar su rueda, que, arrebatada en huracanes y vueltas, mezcló en nunca vista confusión todas las cosas del mundo, y dando un grande aullido, dijo:
—Ande la rueda, y coz con ella[175].
I. En aquel propio instante, yéndose a ojeo de calenturas, paso entre paso[176] un médico en su mula, le cogió la hora y se halló de verdugo, perneando[177] sobre un enfermo, diciendo credo, en lugar de récipe, con aforismo escurridizo.
II. Por la misma calle, poco detrás, venía un azotado, con la palabra del verdugo delante chillando[178] y con las mariposas del sepan cuantos, detrás y el susodicho en un borrico, desnudo de medio arriba, como nadador de rebenque[179]. Cogióle la hora, y, derramando[180] un rocín al alguacil que llevaba y el borrico al azotado, el rocín se puso debajo del azotado y el borrico debajo del alguacil, y, mudando lugares, empezó a recibir los pencazos el que acompañaba al que los recibía, y el que los recibía, a acompañar al que le acompañaba[181].
III. Atravesaban por otra calle unos chirriones[182] de basura, y, llegando enfrente de una botica, los cogió la hora, y empezó a rebosar la basura y salirse de los chirriones y entrarse en la botica, de donde saltaban los botes y redomas, zampándose[183] en los chirriones con un ruido y admiración increíble. Y como se encontraban al salir y al entrar los botes y la basura, se notó que la basura, muy melindrosa, decía a los botes:
—Háganse allá.
Los basureros andaban con escobas y palas traspalando en los chirriones mujeres afeitadas y gangosos y teñidos, sin poder nadie remediarlo[184].
IV. Había hecho un bellaco una casa de grande ostentación con resabios de palacio y portada sobreescrita de grandes genealogías de piedra. Su dueño era un ladrón que, por debajo de[185] su oficio, había robado el caudal con que la había hecho. Estaba dentro y tenía cédula a la puerta para alquilar tres cuartos. Cogióle la hora. ¡Oh, inmenso Dios, quién podrá referir tal portento! Pues, piedra por piedra y ladrillo por ladrillo, se empezó a deshacer, y las tejas, unas se iban a unos tejados y otras a otros. Veíanse vigas, puertas y ventanas entrar por diferentes casas, con espanto de los dueños, que la restitución tuvieron a terremoto y a fin del mundo. Iban las rejas y las celosías[186] buscando sus dueños de calle en calle. Las armas de la portada partieron, como rayos, a restituirse a la montaña, a una casa de solar, a quien este maldito había achacado su pícaro nacimiento. Quedó desnudo de paredes y en cueros de edificio, y sólo en una esquina quedó la cédula de alquiler que tenía puesta, tan mudada por la fuerza de la hora, que, donde decía: “Quien quisiere alquilar esta casa vacía, entre: que dentro vive su dueño”, se leía: “Quien quisiere alquilar este ladrón, que está vacío de su casa, entre sin llamar, pues la casa no lo estorba”.
V. Vivía enfrente déste un mohatrero, que prestaba sobre prendas, y viendo afufarse[187] la casa de su vecino, quiso prevenirse, diciendo:
—¿Las casas se mudan de los dueños? ¡Mala invención!
Y por presto que quiso ponerse en salvo, cogido de la hora, un escritorio, y una colgadura y un bufete de plata, que tenía cautivos de intereses argeles[188], con tanta violencia se desclavaron de las paredes y se desasieron, que, al irse a salir por la ventana un tapiz, le cogió en el camino y, revolviéndosele al cuerpo, amortajado en figurones, le arrancó y llevó en el aire más de cien pasos, donde, desliado, cayó en un tejado, no sin crujido del costillaje; desde donde, con desesperación, vió pasar cuanto tenía en busca de sus dueños, y detrás de todo, una ejecutoria, sobre la cual, por dos meses, había prestado a su dueño doscientos reales, con ribete de cincuenta más. Ésta ¡oh extraña maravilla!, al pasar, le dijo:
—Morato, arráez[189] de prendas: si mi amo por mí no puede ser preso por deudas, ¿qué razón hay para que tú por deudas me tengas presa[190]?
Y diciendo esto, se zampó en un bodegón, donde el hidalgo estaba disimulando ganas de comer, con el estómago de rebozo, acechando unas tajadas que so el poder de otras muelas rechinaban.
VI. Un hablador plenario, que de lo que le sobra de palabras a dos leguas pueden moler otros diez habladores, estaba anegando en prosa su barrio, desatada la taravilla en diluvios de conversación. Cogióle la hora y quedó tartamudo y tan zancajoso de pronunciación, que a cada letra que pronunciaba, se ahorcaba en pujos de be a ba, y como el pobre padecía, paró la lluvia. Con la retención empezó a rebosar charla por los ojos y por los oídos.
VII. Estaban unos senadores votando un pleito. Uno dellos, de puro maldito, estaba pensando cómo podría condenar a entrambas partes. Otro incapaz, que no entendía la justicia de ninguno de los dos litigantes, estaba determinando su voto por aquellos dos textos de los idiotas: “Dios se la depare buena” y “dé donde diere”. Otro caduco, que se había dormido en la relación, discípulo de la mujer de Pilatos en alegar sueño[191], estaba trazando a cuál de sus compañeros seguiría sentenciando a trochimoche. Otro, que era docto y virtuoso juez, estaba como vendido al lado de otro, que estaba como comprado, senador brujo untado[192]. Éste alegó leyes torcidas[193], que pudieran arder en un candil, trujo a su voto al dormido y al tonto y al malvado. Y habiendo hecho sentencia, al pronunciarla, los cogió la hora y, en lugar de decir: “Fallamos que debemos condenar y condenamos”, dijeron:
“Fallamos que debemos condenarnos y nos condenamos”.
—Ése sea tu nombre[194]—dijo una voz.
Y, al instante, se les volvieron las togas pellejos de culebras, y, arremetiendo los unos a los otros, se trataban de monederos falsos de la verdad. Y de tal suerte se repelaron, que las barbas de los unos se vían en las manos de los otros, quedando las caras lampiñas y las uñas barbadas, en señal de que juzgaban con ellas[195], por lo cual les competía la zalea jurisconsulto.
VIII. Un casamentero estaba emponzoñando el juicio de un buen hombre, que, no sabiendo qué se hacer de su sosiego, hacienda y quietud, trataba de casarse. Proponíale una picarona, y guisábala con prosa eficaz, diciéndole:
—Señor, de nobleza no digo nada, porque, gloria a Dios, a vuesa merced le sobra para prestar. Hacienda, vuesa merced no la ha menester. Hermosura, en las mujeres propias antes se debe huir, por peligro. Entendimiento, vuesa merced la ha de gobernar, y no la quiere para letrado. Condición, no la tiene. Los años que tiene, son pocos, y decía entre sí: “por vivir”. Lo demás es a pedir de boca[196].
El pobre hombre estaba furioso, diciendo:
—Demonio, ¿qué será lo demás, si ni es noble, ni rica, ni hermosa ni discreta? Lo que tiene sólo es lo que no tiene, que es condición.
En esto, los cogió la hora, cuando el maldito casamentero, sastre de bodas, que hurta, y miente, y engaña, y remienda y añade, se halló desposado con la fantasma que pretendía pegar al otro, y hundiéndose a voces sobre: “¿Quién sois vos, qué trujistes vos? No merecéis descalzarme”, se fueron comiendo a bocados.
IX. Estaba un poeta en un corrillo, leyendo una canción cultísima, tan atestada de latines y tapida[197] de jerigonzas, tan zabucada[198] de cláusulas, tan cortada de paréntesis, que el auditorio[199] pudiera comulgar de puro en ayunas que estaba. Cogióle la hora en la cuarta estancia, y a la oscuridad de la obra, que era tanta que no se vía la mano, acudieron lechuzas y murciélagos[200], y los oyentes, encendiendo lanternas y candelillas, oían de ronda a la musa, a quien llaman
la enemiga del día, que el negro manto descoge.
Llegóse uno tanto con un cabo de vela al poeta, noche de invierno, de las que llaman boca de lobo[201], que se encendió el papel por en medio. Dábase el autor a los diablos, de ver quemada su obra, cuando el que la pegó fuego le dijo:
—Estos versos no pueden ser claros y tener luz si no los queman: más resplandecen luminaria que canción[202].
X. Salía de su casa una buscona[203] piramidal[204][205], habiendo hecho sudar la gota tan gorda[206] a su portada, dando paso a un inmenso contorno de faldas, y tan abultadas, que pudiera ir por debajo rellena de ganapanes, como la tarasca. Arrempujaba con el ruedo las dos aceras de una plazuela[207]. Cogióla la hora, y, volviéndose del revés las faldas del guardainfante y arboladas, la sorbieron en campana vuelta del revés, con faciones de tolva, y descubrióse que, para abultar de caderas, entre diferentes legajos de arrapiezos que traía, iba un repostero plegado y la barriga en figura de taberna, y al un lado, un medio tapiz. Y lo más notable fué que se vía un Holofernes degollado, porque la colgadura debía de ser de aquella historia. Hundíase la calle a silbos y gritos. Ella aullaba, y, como estaba sumida en dos estados de carcavueso[208], que formaban los espartos del ruedo, que se había erizado, oíanse las voces como de lo profundo de una sima, donde yacía con pinta de[209] carantamaula[210]. Ahogárase en la caterva que concurrió, si no sucediera que, viniendo por la calle rebosando narcisos uno con pantorrillas postizas y tres dientes, y dos teñidos y tres calvos con sus cabelleras, los cogió la hora de pies a cabeza, y el de las pantorrillas empezó a desangrarse de lana, y sintiendo mal acostadas, por falta de los colchones, las canillas, y queriendo decir: “¿Quién me despierna?”, se le desempedró la boca al primer bullicio de la lengua. Los teñidos quedaron con requesones por barbas, y no se conocían unos a otros. A los calvos se les huyeron las cabelleras con los sombreros en grupa[211], y quedaron melones con bigotes, con una cortesía de memento homo.
XI. Era muy favorecido de un señor un criado suyo. Éste le engañaba hasta el sueño, y a éste, un criado que tenía, y a este criado, un mozo suyo, y a este mozo, un amigo, y a este amigo, su amiga, y a ésta, el diablo. Pues cógelos la hora, y el diablo, que estaba al parecer, tan lejos[212] del señor, revístese en[213] la puta; la puta, en su amigo; el amigo, en el mozo; el mozo, en el criado; el criado, en el amo; el amo, en el señor. Y como el demonio llegó a él destilado por puta y rufián, y mozo de mozo de criado de señor, endemoniado por pasadizo y hecho un infierno, embistió con su siervo; éste, con su criado; el criado, con su mozo; el mozo, con su amigo; el amigo, con su amiga; ésta, con todos, y chocando los arcaduces del diablo unos con otros, se hicieron pedazos, se deshizo la sarta de embustes, y Satanás, que enflautado[214] en la cotorrera, se paseaba sin ser sentido, rezumándose de mano en mano, los cobró a todos de contado[215].
XII. Estábase afeitando una mujer casada[216] y rica. Cubría con hopalandas[217] de solimán unas arrugas jaspeadas de pecas. Jalbegaba[218], como puerta de alojería[219], lo rancio de la tez. Estábase guisando las cejas con humo, como chorizos. Acompañaba lo mortecino de sus labios con munición de lanternas a poder de cerillas[220]. Iluminábase de vergüenza postiza con dedadas de salserilla de color. Asistíala como asesor de cachivaches una dueña, calavera confitada en untos[221]. Estaba de rodillas sobre sus chapines[222], con un moñazo imperial en las dos manos, y a su lado una doncellita, platicanta de botes, con unas costillas de borrenas[223], para que su ama lanaplenase[224] las concavidades que le resultaban de un par de jibas que la trompicaban el talle. Estándose, pues, la tal señora dando pesadumbre y asco a su espejo, cogida de la hora, se confundió en manotadas, y, dándose con el solimán en los cabellos, y con el humo en los dientes, y con la cerilla en las cejas, y con la color en todas las mejillas, y encajándose[225] el moño en las quijadas, y atacándose las borrenas al revés, quedó cana y cisco y Antón Pintado y Antón Colorado[226], y barbada de rizos, y hecha abrojo, con cuatro corcovas, vuelta visión[227] y cochino de San Antón. La dueña, entendiendo que se había vuelto loca, echó a correr con los andularios[228] de requiem en las manos[229]. La muchacha se desmayó, como si viera al diablo. Ella salió tras la dueña, hecha un infierno, chorreando pantasmas[230]. Al ruido salió el marido, y viéndola, creyó que eran espíritus que se le habían revestido[231], y partió de carrera a llamar quien la conjurase.
XIII. Un gran señor fué a visitar la cárcel de su Corte, porque le dijeron servía de heredad y bolsa a los que la tenían a cargo, que de los delitos hacían mercancía y de los delincuentes tienda, trocando los ladrones en oro y los homicidas en buena moneda. Mandó que sacasen a visita los encarcelados, y halló que los habían preso por los delitos que habían cometido y que los tenían presos por los que su codicia cometía con ellos. Supo que a los unos contaban lo que habían hurtado y podido hurtar, y a otros, lo que tenían y podían tener, y que duraba la causa todo el tiempo que duraba el caudal, y que, precisamente el día del postrero maravedí era el día del castigo, y que los prendían por el mal que habían hecho, y los justiciaban porque ya no tenían[232]. Saliéronse a visitar dos, que habían de ahorcar otro día. Al uno, porque le había perdonado la parte, le tenían como libre; al otro, por hurtos ahorcaban, habiendo tres años que estaba preso, en los cuales le habían comido los hurtos y su hacienda y la de su padre y su mujer, en quien tenía dos hijos. Cogió la hora al gran señor en esta visita, y, demudado de color, dijo:
—A este que libráis porque perdonó la parte, ahorcaréis mañana. Porque, si esto se hace, es instituír mercado público de vidas y hacer que por el dinero del concierto con que se compra el perdón sea mercancía la vida del marido para la mujer, y la del hijo para el padre, y la del padre para el hijo, y, en puniéndose los perdones de muertes en venta, las vidas de todos están en almoneda pública, y el dinero inhibe en la justicia el escarmiento, por ser muy fácil de persuadir a las partes que les serán más útil mil escudos o quinientos que un ahorcado. Dos partes hay en todas las culpas públicas: la ofendida y la justicia. Y es tan conveniente que ésta castigue lo que le pertenece como que aquélla perdone lo que le toca. Este ladrón, que después de tres años de prisión queréis ahorcar, echaréis a galeras. Porque, como tres años ha estuviera justamente ahorcado, hoy será injusticia muy cruel, pues será ahorcar con el que pecó a su padre, a sus hijos y a su mujer, que son inocentes, a quien habéis vosotros comido y hurtado con la dilación las haciendas.
Acuérdome del cuento del que, enfadado de que los ratones le roían papelillos y mendrugos de pan, y cortezas de queso y los zapatos viejos, trujo gatos que le cazasen los ratones; y viendo que los gatos se comían los ratones y juntamente un día le sacaban la carne de la olla, otro se la desensartaban del asador, que ya le cogían una paloma, ya una pierna de carnero, mató los gatos y dijo: “Vuelvan los ratones”. Aplicad vosotros este chiste, pues como gatazos, en lugar de limpiar la república, cazáis y corréis los ladrones[233] ratoncillos, que cortan una bolsa, agarran un pañizuelo, quitan una capa y corren un sombrero, y juntamente os engullís el reino, robáis las haciendas y asoláis las familias. Infames, ratones quiero, y no gatos.
Diciendo esto, mandó soltar todos los presos y prender todos los ministros de la cárcel. Armóse una herrería[234] y confusión espantosa. Trocaban unos con otros quejas y alaridos. Los que tenían los grillos y las cadenas se las echaban a los que se las mandaron echar y se las echaron.
XIV. Iban diferentes mujeres por la calle, las unas a pie. Y aunque algunas dellas se tomaban ya de los años[235], iban gorjeándose[236] de andadura y desviviéndose de ponleví y enaguas[237]. Otras iban embolsadas en coches, desantañándose[238] de navidades con melindres y manoteado de cortinas. Otras[239], tocadas de gorgoritas[240] y vestidas de noli me tangere[241], iban en figura de camarines, en una alhacena de cristal, con resabios de hornos de vidrio, romanadas[242] por dos moros, o, cuando mejor, por dos pícaros. Llevan las tales transparentes los ojos, en muy estrecha vecindad con las nalgas del mozo delantero, y las narices molestadas del zumo de sus pies, que, como no pasa por escarpines[243], se perfuma de Fregenal[244]. Unas y otras iban reciennaciéndose[245], arrulladas de galas y con niña postiza[246], callando la vieja, como la caca, pasando a la arismética[247] de los ojos los ataúdes por las cunas. Cogiólas la hora, y, topándolas Estoflerino y Magino y Origano y Argolo[248], con sus efemérides desenvainadas, embistieron con ellas a ponerlas a todas las fechas de sus vidas, con día, mes y año, hora, minutos y segundos. Decían con voces descompuestas:
—Demonios, reconocé vuestra fecha, como vuestra sentencia. Cuarenta y dos años tienes, dos meses, cinco días, seis horas, nueve minutos y veinte segundos.
¡Oh, inmenso Dios, quién podrá decir el desaforado zurrido[249] que se levantó! No se oía otra cosa que “mentises; no hay tal; no he cumplido quince; ¡Jesús! ¿Quién tal dice? Aún no he entrado en diez y ocho; en trece estoy; ayer nací; no tengo ningún año; miente el tiempo”.
Y una, a quien Origano estaba sobrescribiendo como escritura: “Fué fecha y otorgada esta mujer el año de 1578[250]”, viendo ella que se le averiguaban sesenta y siete años[251], entigrecida y enserpentada, dijo:
—Yo no he nacido, legalizador de la muerte; aún no me han salido los dientes.
—Antigualla, mamotreto de siglos, no salen sobre raigones[252]; tente a la fecha.
—No conozco fecha.
Y arremetiendo el uno al otro, se confundió todo en una resistencia espantosa.
XV. Estaba un potentado, después de comer, arrullando su desvanecimiento con lisonjas arpadas en los picos de sus criados[253]. Oíase el rugir de las tripas galopines[254], que en la cocina de su barriga no se podían averiguar con la carnicería que había devorado. Estaba espumando en salivas, por la boca, los hervores de las azumbres, todo el coramvobis[255] iluminado de panarras, con arreboles de brindis. A cada disparate y necedad que decía, se desatinaban en los encarecimientos y alabanzas los circunstantes. Unos decían: “¡Admirable discurso!” Otros: “No hay más que decir. ¡Grandes y preciosísimas palabras!” Y un lisonjero, que procuraba pujar[256] a los otros la adulación, mintiendo de puntillas, dijo:
—Oyéndote ha desfallecido pasmada la admiración y la dotrina.
El tal señor, encantusado[257] y dando dos ronquidos, parleros del ahito, con promesas de vómito, derramó con zollipo[258] estas palabras:
—Afligido me tiene la pérdida de las dos naves mías.
En oyéndolo, se afilaron los lisonjeros de embeleco[259], y, revistiéndoseles la mesma mentira, dijeron unos que “antes la pérdida le había sido de autoridad y a pedir de boca, y que por útil debiera haber deseádola, pues le ocasionaba causa justa para romper con los amigos y vecinos que le habían robado, y que por dos les tomaría ducientos, y que esto él se obligaba a disponerlo”[260]. Salpicó el detestable adulador este enredo de ejemplos.
Otros dijeron “había sido la pérdida glorioso suceso y lleno de majestad, porque aquél era gran príncipe, que tenía más que perder, y que en eso se conocía su grandeza, y no en gañar[261] y adquirir, que es mendiguez propia de piratas y ladrones”. Y añadió que “aquesta pérdida había de ser su remedio”. Y luego empezó a granizarle de aforismos y autores, ensartando a Tácito y a Salustio, a Polibio y Tucídides, embutiendo las grandes pérdidas de los romanos y griegos y otra gran cáfila de dislates. Y como el glotonazo no buscaba sino disculpas de su flojedad, alegró la pérdida con el engaño. No hiciera más el diablo.
En esto, a persuasión de las crudezas, por el mal despacho de la digestión, disparó un regüeldo. No le hubieron oído, cuando los malvados lisonjeros, hincando con suma veneración la rodilla, por hacerle creer había estornudado[262], dijeron: “Dios le ayude[263]”. Pues cógele la hora, y, revestido de furias infernales, aullando, dijo:
—Infames, pues me queréis hacer encreyentes[264] que es estornudo el regüeldo, estando mi boca a los umbrales de mis narices, ¿qué haréis de lo que ni veo ni güelo?
Y dándose de manotadas en las orejas y mosqueándose de[265] mentiras, arremetió con ellos y los derramó a coces de su palacio, diciendo:
—Príncipes, si me cogen acatarrado[266], me destruyen. Por un sentido que me dejaron libre se perdieron: no hay cosa como oler.
XVI. Los codiciosos, escarmentados, se apartaron de los tramposos, y los tramposos, por no pagar de balde el embuste, se embistieron unos a otros, disimulándose en las palabras y dándose un baño exterior de simplicidad. Decíanse el un embustero al otro:
—Señor mío, escarmentado de tratar con tramposos, que me tienen destruido, vengo a que, pues sabéis mi puntualidad, me prestéis tres mil reales en vellón, de que os daré letra acetada a dos meses, que se pagará en plata, en persona tan abonada, que es como tenerlos en la bolsa, y que no es menester más de llegar y contar.
Y era éste en quien daba la letra la misma trampa. Mas el tramposo, que oía al otro tramposo que le abonaba al tercer tramposo, disimulando el conocerlos, y adargándose del trampantojo, con lamentación ponderada le dijo que él andaba a buscar cuatro mil reales sobre prenda que valía ocho, y que a ese efecto había salido de su casa. Andaban chocando[267] los unos con los otros con cadenas de alquimia, hipócritas del oro, y letras falsas acetadas, y con fiadores falidos y escrituras falsas, y hipotecas ajenas, y plata que habían pedido prestada para un banquete, y migajas de[268] pies de tazas de vidrio, y claveques[269] con apellido de diamantes. Era admirable la prosa que gastaban. Uno decía:
—Yo profeso verdad, y se ha de hallar en mí, si se perdiere. No profeso sino pan por pan y vino por vino[270]. Antes moriré de hambre, pegada la boca a la pared[271], que hacer ruindad. No quiero sino crédito. No hay tal como poder traer la cara descubierta[272]. Esto me enseñaron mis padres.
Respondía el otro tramposo:
—No hay cosa como la puntualidad. Sí por sí y no por no[273]. Por malos medios no quiero hacienda. Toda mi vida he tenido esta condición. No quiero tener que restituir; lo que importa es el alma. No haría una trampa por los haberes del mundo. Más quiero mi conciencia que cuanto tiene la tierra.
En esto estaban las ratoneras vivas, arrebozando de cláusulas justificadas las intenciones cardas[274], cuando los cogió de medio a medio la hora, y, creyéndose los unos tramposos a los otros, se destruyeron. El de la cadena de alquimia la daba por la letra falsa, y el de los diamantes claveques tomaba por ellos la plata prestada. Los tres partieron al contraste[275]. El otro a verificar la letra y asegurarla y perder la mitad, porque se la pagasen antes que se averiguase el cadenón de hierro viejo. Llegó volando a la casa del hombre en cuyo nombre estaba acetada, el cual le dijo que aquella letra no era suya ni conocía tal hombre, y envióle noramala[276]. Él se salió, letra entre piernas[277], diciendo:
—¡Oh, ladrón! ¡Cuál me la habrías pegado[278] si la cadena no fuera de trozos de jeringa!
El de los claveques decía, estando vendiendo la plata a un platero sin hechura y por menos[279] del peso:
—¡Bien se la pegué con mendrugos de vidrio!
En esto llegó el dueño, y conociendo su plata, que andaba dando cosetadas[280] en el peso, llamó a un alguacil y hizo prender al tramposo por ladrón. Empelazgáronse[281]. Al ruido salió el de los diamantes falsos dando gritos. El que vendía la plata, dijo:
—Ese infame me la vendió.
El otro decía:
—Miente; que ése me la ha hurtado.
El platero decía:
—Ese maulero[282] me traía chinas por diamantes.
El dueño de la plata requería que los prendiesen a entrambos. El escribano decía que a todos tres hasta que se averiguase. El alguacil, poniéndose la vara en la boca y asiendo a los dos tramposos con las dos manos, y el escribano de la capa al dueño de la plata, después de haberse desgarrado las jetas unos a otros, con gran séquito de pícaros[283] fueron entregados en la cárcel al guardajoyas del verdugo[284].
XVII. En Dinamarca había un señor de una isla poblada con cinco lugares. Estaba muy pobre, más por la ansia de ser más rico que por lo que le faltaba. Castigó el cielo a los vecinos y naturales desta isla con inclinación casi universal a ser arbitristas. En este nombre hay mucha diferencia en los manuscritos: en unos se lee arbitristes; en otros, arbatristes, y en los más, armachismes. Cada uno enmiende la lección como mejor le pareciere a sus acontecimientos. Por esta causa, esta tierra era habitada de tantas plagas como personas. Todos los circunvecinos se guardaban de las gentes desta isla como de pestes andantes, pues de sólo el contagio del aire que pasado por ella los tocaba, se les consumían los caudales, se les secaban las haciendas, se les desacreditaba el dinero y se les asuraba[285] la negociación. Era tan inmensa la arbitrería que producía aquella tierra, que los niños, en naciendo, decían arbitrio por decir taita[286]. Era una población de laberintos, porque, las mujeres con sus maridos, los padres con los hijos, los hijos con los padres y los vecinos unos con otros, andaban a daca mis arbitrios y toma los tuyos[287], y todos se tomaban del arbitrio como del vino.
Pues este buen señor, en las partes de allende, convencido de la cudicia, que es uno de los peores demonios que esgrimen cizaña en el mundo, mandó tocar a arbitrios. Juntáronse legiones de arbitrianos en el teatro del palacio[288], empapeladas las pretinas y asaeteadas de legajos de discursos las aberturas de los sayos. Díjoles su necesidad, pidióles el remedio. Todos a un tiempo echando mano a sus discursos, y con cuadernos en ristre, embistieron en turba multa, y, ahogándose unos en otros por cuál llegaría antes, nevaron[289] cuatro bufetes de cartapeles[290]. Sosegó el runrún que tenían, y empezó a leer el primer arbitrio. Decía así:
“Arbitrio para tener inmensa cantidad de oro y plata sin pedirla ni tomarla a nadie”.
—Durillo se me hace—dijo el señor—. Segundo:
“Para tener inmensas riquezas en un día, quitando a todos cuanto tienen y enriqueciéndolos con quitárselo”.
—La primera parte de quitar a todos, me agrada; la segunda, de enriquecerlos quitándoselo, tengo por dudosa; mas allá se avengan. Tercero:
“Arbitrio fácil y gustoso y justificado para tener gran suma de millones, en que los que los han de pagar no lo han de sentir; antes han de creer que se los dan”.
—Me place, dejando esta persuasión por cuenta del arbitrista—dijo el señor—. Cuarto arbitrio:
“Ofrece hacer que lo que falta sobre, sin añadir nada ni alterar cosa alguna, y sin queja de nadie”.
—Arbitrio tan bienquisto no puede ser verdadero. Quinto:
“En que se ofrece cuanto se desea. Hase de tomar y quitar y pedir a todos y todos se darán a los diablos”.
—Este arbitrio, con lo endemoniado, asegura lo platicable.
Animado con la aprobación, el autor dijo:
—Y añado que los que le cobraren serán consuelo para los que le han de padecer[291].
—¿Quién fuiste tú, que tal dijiste?
Alza Dios su ira[292] y emborrúllanse en remolinos furiosos los arbitristas, chasqueando barbulla[293], llamándole de borracho y perro. Decíanle:
—Bergante, ¿propusiera Satanás el consuelo en los cobradores, siendo ellos la enfermedad de todos los remedios?
Llamábanse de hidearbitristas[294], contradiciéndose los arbitrios los unos a los otros, y cada uno sólo aprobaba el suyo. Pues estando encendidos en esta brega, entraron de repente muchos criados, dando voces, desatinados, que se abrasaba el palacio por tres partes, y que el aire era grande. Coge la hora en este susto al señor y a los arbitristas. El humo era grande y crecía por instantes. No sabía el pobre señor qué hacerse. Los arbitristas le dijeron se estuviese quedo, que ellos lo remediarían en un instante. Y saliendo del teatro a borbotones, los unos agarraron de cuanto había en palacio, y, arrojando por las ventanas los camarines y la recámara, hicieron pedazos cuantas cosas tenía de precio. Los otros, con picos, derribaron una torre. Otros, diciendo que el fuego en respirando se moría, deshicieron gran parte de los tejados, arruinando los techos y asolándolo todo. Y ninguno de los arbitristas acudió a matar el fuego y todos atendieron a matar la casa y cuanto había en ella[295]. Salió el señor, viendo el humo casi aplacado, y halló que los vasallos y gente popular y la justicia habían ya apagado el fuego. Y vió que los arbitristas daban tras los cimientos y que le habían derribado su casa y hecho pedazos cuanto tenía, y, desatinado con la maldad y hecho una sierpe, decía:
—Infames, vosotros sois el fuego. Todos vuestros arbitrios son desta manera. Más quisiera, y me fuera más barato, haberme quemado, que haberos creído. Todos vuestros remedios son desta suerte: derribar toda una casa, porque no se caiga un rincón. Llamáis defender la hacienda echarla en la calle y socorrer el rematar. Dais a comer a los príncipes sus pies, y sus manos y sus miembros, y decís que le sustentáis, cuando le hacéis que se coma a bocados a sí propio. Si la cabeza se come todo su cuerpo, quedará cáncer de sí misma, y no persona. Perros: el fuego venía con harta razón a quemarme a mí porque os junté y os consiento. Y como me vió en poder de arbitristas, cesó y me dió por quemado. El más piadoso arbitrista es el fuego: él se ataja con el agua; vosotros crecéis con ella y con todos los elementos y contra todos. El Anticristo ha de ser arbitrista. A todos os he de quemar[296] vivos y guardar vuestra ceniza para hacer della cernada y colar las manchas de todas las repúblicas. Los príncipes pueden ser pobres; mas, en tratando con arbitristas para dejar de ser pobres, dejan de ser príncipes.
XVIII. Las alcahuetas y las chillonas estaban juntas en parlamento nefando. Hablaban muy bellacamente en ausencia de las bolsas y roían al dinero los zancajos[297]. La más antigua de las alcahuetas, mal asistida de dientes y mamona de pronunciación, tableteando[298] con las encías, dijo:
—El mundo está para dar un estallido. Mirad qué gentil dádiva. El tiempo hace hambre. Todo está en un tris[299]. Las ferias y los aguinaldos días ha que pudren. Las albricias contadlas con los muertos. El dinero está tan trocado, que no se conoce: con los premios[300] se ha desvanecido, como ruin en honra. Un real de a ocho se enseña a dos cuartos como un elefante. De los doblones se dice lo que de los Infantes de Aragón:
¿Qué se hicieron?[301]
Yo daré hace los papeles de toma. Ítem: fíe vuesa merced de mi palabra, es mataperros[302]; libranza, es gozque mortecino. Mancebito de piernas con guedejas y sienes con ligas, son ganas de comer y un ayuno barbiponiente. Hijas, lo que conviene es tengamos y tengamos, y encomendaros al contante y al antemano[303]. Yo administro unos hombres a medio podrir, entre vivos y muertos[304], que traen bienaliñada pantasma[305] y tratan de que los herede su apetito, y pagan en buena moneda lo roñoso de su estantigua. Niñas, la codicia quita el asco. Cerrad los ojos y tapad las narices, como quien toma purga. Beber lo amargo por el provecho, es medicina. Haced cuenta que quemáis franjas viejas para sacarlas el oro, o que chupáis huesos para sacar la médula. Yo tengo para cada una de vosotras media docena de carroños, amantes pasas, arrugados, que gargajean mejicanos[306]. Yo no quiero tercera parte; con un porte moderado[307] que se me pague estoy contenta, para conservar esta negra honra, de que me he preciado toda mi vida[308].
Acabó de mamullar[309] estas razones, y, juntando la nariz con la barbilla, a manera de garra, las hizo un gesto de la impresión del grifo. Una de las pidonas y tomascas[310], arrebatiña en naguas, moño rapante, la respondió:
—Agüela, endilgadora de refocilos, engarzadora de cuerpos, eslabonadora de gentes, enflautadora de personas, tejedora de caras[311], has de advertir que somos muy mozas para vendernos a la pu barbada[312] y a los cazasiglos[313]. Gasta esa munición en dueñas, que son mayas[314] de los difuntos y mariposas[315] del aquí yace. Tía, la sangre que bulle, más quiere tararira[316] que dineros y gusto que dádivas. Toma otro oficio; que los coches se han alzado a mayores con la coroza, y espero verlos tirar pepinazos por alcahuetes.
No hubo la buscona acabado estas palabras, cuando a todas las cogió la hora, y, entrando una bocanada de acreedores, embistieron con ellas. Uno, por el alquiler de la casa las embargaba los trastos y la cama; otro, porque eran suyos, desde las almohadas a la guitarra, las asía de los vestidos por los alquileres y asía de todo. Y de palabra en palabra, el uno al otro se empujaron las caras con los puños cerrados. Hundía la vecindad a gritos un ropero por unos guardainfantes. Las mancebitas de la sonsaca[317] formaban una capilla de chillidos, diciendo que qué término era aquél y que para ésta y para aquélla, y como creo en Dios, y bonitas somos nosotras, y lo del negro, a quien apelan las venganzas de las andorras[318]. La maldita vieja se santiguaba a manotadas, y no cesaba de clamar: “¡Jesús y en Jesús!” cuando[319] a la tabaola[320] entró el amigo de la una de las busconas, y, sacando la espada, sin prólogo de razonamiento, embistió con los cobradores, llamándolos pícaros y ladrones. Sacaron las espadas y, tirándose unos a otros, hicieron pedazos cuanto había en la casa. Las busconas, a las ventanas, desgañitándose, pregonaban el que se matan y ¿no hay justicia? Al ruido subió un alguacil con todos sus arrabales, con el favor al Rey, ténganse a la justicia[321].
Emburujáronse[322] todos en la escalera; salieron a la calle, unos heridos y otros desgarrados. El rufián, abierta la media cabeza y la otra media, a lo que sospecho, no bien cerrada, sin capa y sombrero, se fué a una iglesia. El alguacil entró en la casa, y, en viendo a la buena vieja, embistió con ella, diciendo:
—¿Aquí estás, bellaca, después de desterrada tres veces? Tú tienes la culpa de todo.
Y asiéndola y a las demás todas, y embargando lo que hallaron, las llevaron en racimo a la cárcel, desnudas y remesadas, acompañadas del vayan las pícaras, pronunciado por toda la vecindad.
XIX. Un letrado bien frondoso de mejillas, de aquéllos que, con barba negra y bigotes de buces[323], traen la boca con sotana y manteo, estaba en una pieza atestada de cuerpos tan sin alma como el suyo. Revolvía menos los autores que las partes. Tan preciado de rica librería, siendo idiota, que se puede decir que en los libros no sabe lo que se tiene. Había adquirido fama por lo sonoro de la voz, lo eficaz de los gestos, la inmensa corriente de las palabras en que anegaba a los otros abogados. No cabían en su estudio los litigantes de pies, cada uno en su proceso como en su palo, en aquel peralvillo[324] de las bolsas. Él salpicaba de leyes a todos. No se le oía otra cosa sino:
—Ya estoy al cabo; bien visto lo tengo; su justicia de vuesa merced no es dubitable; ley hay en propios términos; no es tan claro el día; éste no es pleito, es caso juzgado; todo el derecho habla en nuestro favor; no tiene muchos lances; buenos jueces tenemos; no alega el contrario cosa de provecho; lo actuado está lleno de nulidades; es fuerza que se revoque la sentencia dada; déjese vuesa merced gobernar.
Y con esto, a unos ordenaba peticiones; a otros, querellas; a otros, interrogatorios; a otros, protestas; a otros, súplicas, y a otros, requerimientos. Andaban al retortero los Bártulos, los Baldos, los Abades, los Surdos, los Farinacios, los Tuscos, los Cujacios, los Fabros, los Ancharanos, el señor presidente Covarrubias, Chasaneo, Oldrado, Mascardo, y tras la ley del reino, Montalvo y Gregorio López, y otros inumerables[325], burrajeados[326] de párrafos, con sus dos corcovas de la ce abreviatura, y de la efe[327] preñada con grande prole de números, y su ibi a las ancas. La nota de la petición pedía dineros; el platicante, la pitanza[328] de escribirla; el procurador, la de presentarla; el escribano de la cámara[329], la de su oficio; el relator, la de su relación. En estos dacas, los cogió la hora, cuando los pleiteantes dijeron a una voz:
—Señor licenciado: en los pleitos, lo más barato es la parte contraria, porque ella pide lo que pretende que la den, y lo pide a su costa, y vuesa merced, por la defensa, pide y cobra a la nuestra; el procurador, lo que le dan; el escribano y el relator, lo que le pagan. El contrario aguarda la sentencia de vista y revista, y vuesa merced y sus secuaces sentencian para sí sin apelación. En el pleito podrá ser que nos condenen o nos absuelvan, y en seguirle no podemos dejar de ser condenados cinco veces cada día. Al cabo, nosotros podemos tener justicia; mas no dinero. Todos esos autores, textos y decisiones y consejos no harán que no sea abominable necedad gastar lo que tengo por alcanzar lo que otro tiene y puede ser que no alcance. Más queremos una parte contraria que cinco. Cuando nosotros ganemos el pleito, el pleito nos ha perdido a nosotros. Los letrados defienden a los litigantes en los pleitos como los pilotos en las borrascas los navíos, sacándoles cuanto tienen en el cuerpo, para que, si Dios fuere servido, lleguen vacíos y despojados a la orilla. Señor mío: el mejor jurisconsulto es la concordia, que nos da lo que vuesa merced nos quita. Todos, corriendo, nos vamos a concertar con nuestros contrarios. A vuesa merced le vacan las rentas[330] y tributos que tiene situados sobre nuestra terquedad y porfía. Y cuando por la conveniencia perdamos cuanto pretendemos, ganamos cuanto vuesa merced pierde. Vuesa merced ponga cédula de alquiler en sus textos; que buenos pareceres los dan con más comodidad las cantoneras. Y pues ha vivido de revolver caldos, acomódese a cocinero y profese de cucharón.
XX. Los taberneros, de quien, cuando más encarecen el vino, no se puede decir que lo suben a las nubes[331], antes que bajan las nubes al vino, según le llueven[332], gente más pedigüeña del agua que los labradores, aguadores de cuero, que desmienten con el piezgo los cántaros, estaban con un grande auditorio de lacayos, esportilleros y mozos de sillas y algunos escuderos, bebiendo de rebozo seis o siete dellos en maridaje de mozas gallegas, haciendo sed bailando, para bailar bebiendo. Dábanse de rato en rato grandes cimbronazos[333] de vino. Andaba la taza de mano en mano, sobre los dos dedos, en figura de gavilán. Uno de ellos, que reconoció el pantano mezclado, dijo: “¡Rico vino!” a un picarazo a quien brindó. El otro, que, por lo aguanoso, esperaba antes pescar en la copa ranas que soplar mosquitos, dijo:
—Éste es, verdaderamente, rico vino, y no otros vinos pobretones[334], que no llueve Dios sobre cosa suya.
El tabernero, sentido de los remoquetes[335], dijo:
—Beban y callen los borrachos.
—Beban y naden, ha de decir—replicó un escudero.
Pues cógelos a todos la hora, y, amotinados, tirándole las tazas y jarros, le decían:
—Diluvio de la sed, ¿por qué llamas borrachos a los anegados? ¿Vendes por azumbres lo que llueves a cántaros y llamas zorras a los que haces patos? Más son menester fieltros y botas de baqueta para beber en tu casa que para caminar en invierno, infame falsificador de las viñas.
El tabernero, convencido de Neptuno, diciendo: “¡Agua, Dios, agua!”, con el pellejo en brazos, se subió a una ventana y empezó a gritar, derramando el vino:
—Agua va, que vacío.
Y los que iban por la calle, respondían:
—Aguarda, fregona de las uvas.
XXI. Estaba un enjambre de treinta y dos pretendientes de un mismo oficio aguardando al señor que había de proveerle. Cada uno hallaba en sí tantos méritos como faltas en todos los demás. Estábanse santiguando mentalmente unos de otros. Cada uno decía entre sí que eran locos y desvergonzados los otros en pretender lo que merecía él sólo. Mirábanse con un odio infernal, tenían los corazones rellenos de víboras, preveníanse afrentas y infamias para caluminarse, mostraban los semblantes aciagos y las coyunturas azogadas de reverencias y sumisiones. A cada movimiento de la puerta se estremecían de acatamientos, bamboleándose con alferecía solícita. Tenían ajadas las caras con la frecuencia de gestos meritorios, flechados de obediencia, con las espaldas en jiba, entre pisarse el ranzal y pelícanos. No pasaba paje a quien no llamasen mi rey, frunciendo las jetas en requiebros. Pasó el secretario con andadura de flecha. Aquí fué ella, que, desapareciéndose de estatura y gandujando[336] sus cuerpos en cincos de guarismo, le sitiaron de adoración en cuclillas. Él, con un “perdonen vuesas mercedes, que voy de prisa”, trotado[337] en la pronunciación, se entró con miradura de novia. Pidió el señor la caja. Oyóse una voz que dijo:
—Venga el servicio.
—Yo soy—dijo uno de los pretendientes.
Otro:
—Ya entro.
Otro:
—Aquí estoy.
Apretábanse con la puerta hasta sacarse zumo. El pobre señor, que supo la tabaola que le aguardaba de plegarias, y columbró a los malditos pretendientes terciando contra él los memoriales enherbolados[338], no sabía qué se hacer de sus orejas. Dábase a los demonios entre sí mismo, diciendo que el tener que dar era la cosa mejor del mundo, si no hubiera quien lo pretendiera, y que las mercedes, para no ser persecución del que las hace, habían de ser recibidas y no solicitadas. Los quebrantahuesos[339], que veían se dilataba su despacho, se carcomían, considerando que el oficio era uno y ellos muchos. Atollábaseles la arismética en decir:
—Un oficio entre treinta y dos, ¿a cómo les cabe?
Y restaban:
—Recibir uno y pagar treinta y dos, no puede ser.
Y todos se hacían el uno y encajaban a los otros en el no puede ser. El señor decía:
—Fuerza es que yo deje uno premiado y treinta y uno quejosos.
Mas, al fin, se determinó, por limpiarse dellos, a que entrasen. Dióse un baño de piedra mármol y revistióse en estatua para mesurarse de audiencia. Embocáronse en manada y rebaño.
Y viendo empezaban a quererle informar en bulla, les dijo:
—El oficio es uno, vosotros muchos: yo deseo dar a uno el oficio y dejaros contentos[340].
Estando diciendo esto, los cogió la hora, y el señor, haciendo a uno[341] la merced, empezó a ensartarlos a todos en futura sucesión de futuras sucesiones perdurables, que nunca se acaban[342]. Los pobres futurados empezaron[343] a desearse la muerte, invocar garrotillos, pleurites, pestes, tabardillos, muertes repentinas, apoplejías, disenterías y puñaladas. Y no habiendo un instante que lo dijo, les parecía a los futuros sucesores que habían vivido ya sus antecesores diez Matusalenes en retahila. Y siendo así que el décimo reculaba en su futura en quinientos años venideros, todos acetaron la posmuerte[344] de su antecedente; sólo el treinta y uno, que halló hecha bien la cuenta, que llegaba su plazo horas con horas con la fin del mundo[345], allende del Antecristo, dijo:
—Yo vengo a poseer entre las cañitas[346] y el fuego. ¡Bien haré yo mi oficio quemado! El día del juicio, ¿quién hará que me paguen mis gajes las calaveras? Por mí, viva muchos años el treinta futuro, que, cuando a él llegue la tanda, estará el mundo dando arcadas[347].
El señor los dejó sobreviviéndose y trasmatándose unos a otros, y se fué podrido de ver que se arrempujaban las edades[348] hacia el saeculum per ignem[349] y que pretendían emparejar con saecula saeculorum. El que pescó el oficio estaba atónito viéndose con tan larga retahila de herederos. Fuese tomándose el pulso y propuniendo de no cenar y guardarse de soles. Los demás se miraban como venenos eslabonados, y, anatematizándose las vidas, se iban levantando achaques, y añadiéndose años, y amenazándose de ataúdes, y zahiriéndose la buena disposición, y enfermando de la salud de sus precedentes y dándose a médicos como a perros.
XXII. Unos hombres, que piden prestado, a imitación del día que pasó para no volver, discípulos de las arañas en cazar la mosca, se estaban en la cama al anochecer, por tener las carnes a letra vista[350]. Habían gastado entre todos, en oblea, tinta y pluma y papel, ocho reales, que habían juntado a escote, y todo lo consumieron en billetes, bacinicas[351] de demanda, con nota rematada y cláusulas de extrema necesidad, “por ser negocio de honra, en que les iba la vida”; con el fiador, de que “se volvería con toda brevedad, que sería echarlos una S y un clavo[352]”. Y por si faltaba el dinero, remataban con la plegaria, que es las mil y quinientas[353] de la bribia[354], diciendo que, si no se hallasen con algún contante, se sirviesen de enviar una prenda, que los buscarían sobre ella[355], y se guardaría como los ojos de la cara, con su contera[356] de que: “Perdone el atrevimiento”, y “que no se avergonzaran a otra persona”. Habían, pues, flechado cien papeles déstos, rociando de estafa todo el lugar[357]. Llevábalos un compañero panza al trote[358], insigne clamista[359], que, con una barba de cola de pescado y una capa larga, pintaba en[360] platicante de médico. Quedó el nido de emprestillones[361] haciendo la cuenta de cuánto dinero traería, y sobre si serían seiscientos o cuatrocientos reales, armaron una zalagarda del diablo[362]. Llegaron a reñir y a desmentirse[363] sobre lo que se había de hacer de lo que pillasen. Y tanto se enfurecieron, que saltaron de las camas, con tal dieta de camisas las partes bajas, que era más fácil darse de azotes que de sopapos. Entró en este punto la estafeta de los enredos, con tufo de “no hay, no tengo, Dios los provea”. Traía las dos manos descubiertas, sin codo manco: señal de desembarazo. Víanse las dos barajas de billetes. Quedáronse transidos viendo que su fábrica pintaba en solas respuestas de retorno, y con prosa falida de voz[364], dijeron:
—¿Qué tenemos?
—Que no tienen—respondió el sacatrapos[365]—; entreténganse vustedes en leer, ya que no pueden contar.
Empezaron a abrir billetes. El primero decía:
“No he sentido en mi vida cosa tanta como no poder servir a vuesa merced con esta niñería”.
—Pues socorriérame y lo sintiera más.
El segundo:
“Señor mío: si ayer recibiera su papel de vuesa merced, le pudiera servir con mil gustos”.
—¡Válgate el diablo por ayer, que te andas cada día tras los embestidores!
El tercero:
“El tiempo está de manera”...
—¡Oh, maldito caballero almanac! ¿Pídente dinero y das pronóstico?
El cuarto:
“No siente vuesa merced tanto su necesidad como yo no poder socorrerla”.
—¿Quién te lo dijo, demonio? ¿Profeta te haces, miserable? ¿Cuando te piden, adivinas?
—No hay más que leer—dijeron todos.
Y alzando un zurrido[366] infernal, dijeron:
—Ya es de noche: desquitémonos de lo gastado royendo las obleas de los sellos, a falta de cena, y juntemos estos billetes con otros dos cahices que tenemos, y véndanse a un confitero, que, por lo menos, dará por ellos cuatro reales para amortajar especias, y encorozar[367] confites, y hacer mantellinas al azúcar de las pellas y calzar los bizcochos.
—Esto de pedir prestado—decía bostezando el andadero—, diez años ha que murió súpito[368]; ya no hay qué prestar sino paciencia. Por no ver los gestos y garambainas[369] que hacen con las caras los embestidos, puede uno darles lo que les pide, y, hecha la cuenta, se gasta más en secretaría y trotes que se cobra. Caballeros de la arrebatiña, no hay sino ojo avizor[370].
En esto estaban los pescadores de papel, cuando los cogió la hora, y dijo el más desembainado de persona:
—Mucho se nos hacen de rogar los bienes ajenos, y, si aguardamos a que se nos vengan a casa, pereceremos en la calle. No es buena ganzúa la oratoria, y la prosa se entra por los oídos y no por las faltriqueras. Dar audiencia al que pide cuartos es dar al diablo. Más fácil es tomar que pedir. Cuando todos guardan, no hay que aguardar. Lo que conviene es hurtar de boga arrancada[371] y con consideración: quiero decir, considerando que se ha de hurtar de suerte que haya hurto para el que acusa, para el que escribe, para el que prende, para el que procura, para el que aboga, para el que solicita, para el que relata y para el que juzga, y que sobre algo; porque donde el hurto se acaba, el verdugo empieza. Amigos, si nos desterraren es mejor que si nos enterrasen. Los pregones, por un oído se entran y por otro se salen. Si nos sacan a la vergüenza, es saca que no escuece[372], y yo no sé quién tiene la vergüenza adonde nos han de sacar. Si nos azotaren, a quien dan no escoge, y, por lo menos, oye un hombre alabar sus carnes, y en apeándose un jubón[373], cubre otro. En el tormento no tenemos riesgo los mentirosos, pues toda su tema es que digan la verdad, y, con hágome sastre[374], se asegura la persona. Ir a galeras es servir al Rey y volverse lampiños[375]: los galeotes son candiles, que sirven a falta de velas. Si nos ahorcan, que es el finibus terrae, tal día hizo un año, y, por lo menos, no hay ahorcado que no honre a sus padres, diciendo los ignorantes que los deshonran, pues no se oye otra cosa, aunque el ahorcado sea un pícaro, sino que es muy bien nacido y hijo de buenos padres. Y aunque no sea sino por morirse uno dejando de la agalla[376] a la botica y al médico, no le está mal la enfermedad de esparto[377]. Caballeros, no hay sino manos a la obra[378].
No lo hubo dicho, cuando, revolviéndose las sábanas de las camas al cuerpo y engulliéndose el candil en el balsopeto[379], se descolgaron por una manta a la calle desde una ventana y partieron como rayos a sofaldar[380] cofres y retozar[381] pestillos y manosear faltriqueras.
XXIII. La imperial Italia, a quien sólo quedó lo augusto del nombre, viendo gastada su Monarquía en pedazos, con que añadieron tan diferentes Príncipes sus dominios, y ocupada su jurisdición en remendar señoríos, poco antes desarrapados; desengañada de que, si pudo con dicha quitar ella sola a todos lo que poseían, había sido fácil quitarla a ella todos lo que sola les había quitado; hallándose pobre y sumamente ligera, por haber dejado el peso de tantas provincias, dió en volatín[382], y, por falta de suelo, andaba en la maroma, con admiración de todo el mundo. Fijó los ejes de su cuerda en Roma y en Saboya. Eran auditorio y aplauso España del un lado y Francia del otro. Estaban cuidadosos estos dos grandes Reyes, aguardando hacia dónde se inclinaba en las mudanzas y vueltas que hacía, para si por descuido cayese, recogerla cada una[383]. Italia, advertida de la prevención del auditorio, para tenerse firme y pasear segura tan estrecha senda, tomó por bastón[384] la señoría de Venecia en los brazos, y, equilibrando sus movimientos, hacía saltos y vueltas maravillosas, unas veces fingiendo caer hacia España, otras hacia Francia; teniendo por entretenimiento la ansia con que una y otra extendían los brazos a recogerla, y siendo fiesta a todos la burla que, restituyéndose en su firmeza, les hacía. Pues estando entretenidos en esto, cógelos la hora, y el Rey de Francia, desconfiado de su arrebatiña, para que diese zaparrazo[385] a su lado, empezó a falsear el asiento del eje de la maroma, que estaba afirmado en Saboya. El Monarca de España, que lo entendió, le añadía por puntales el Estado de Milán y el reino de Nápoles y a Sicilia. Italia, que andaba volando, echó de ver que el bastón de Venecia, que, trayéndole en las manos, la servía de equilibrio, por otra parte la tenía crucificada, le arrojó, y, asiéndose a la maroma con las manos, dijo:
—Basta de volatín, que mal podré volar si los que me miran desean que caiga y quien me bilanza[386] y contrapesa, me crucifica.
Y con sospecha de los puntales de Saboya, se pasó a los de Roma, diciendo:
—Pues todos me quieren prender, Iglesia me llamo[387], donde, si cayere, habrá quien me absuelva.
El Rey de Francia se fué llegando a Roma con piel de cardenal, por no ser conocido; empero el Rey de España, que penetró la maula de disfrazar el monsiur en monseñor, haciéndole al pasar cortesía, le obligó a que, quitándose el capello, descubriese lo calvino de su cabeza[388].
XXIV. El caballo de Nápoles, a quien algunos han hurtado la cebada, otros ayudado a comer la paja, algunos le han hecho rocín, otros posta azotándole, otros yegua, viendo que en poder del Duque de Osuna, incomparable virey, invencible capitán general, juntó pareja con el famoso y leal caballo que es timbre de sus armas, y que le enjaezó con las granas de las dos mahonas de Venecia y con el tesoro de la nave de Brindis[389]; que le hizo caballo marino con tantas y tan gloriosas batallas navales, que le dió verde en Chipre y de beber en el Tenedo[390], cuando se trujo a las ancas la nave poderosa de la Sultana y de Salónique[391], para que le almohazase al capitán[392] de aquellas galeras con su capitana, por lo cual Neptuno le reconoció por su primogénito, el que produjo en competencia de Minerva; acordábase que el grande Girón le había hecho gastar por herraduras las medias lunas del turco, y que con ellas fueron sus coces sacamuelas de los leones venecianos en la prodigiosa batalla sobre Raguza, donde, con quince velas, les desbarató ochenta, obligándolos a retirarse vergonzosamente, con pérdida de muchas galeras y galeazas, y de la mayor y mejor parte de la gente. Cuando se acordaba destos triunfos, se vía sin manta y con mataduras y muermo, que le procedía de plumas de gallina que le echaban en el pesebre. Víase ocupado en tirar un coche quien fué tan áspero, que nunca supieron, con ser buenos bridones, los franceses tenerse encima dél, habiéndolo intentado muchas veces. Ocasionóle el miserable estado en que se vía tal tristeza y desesperación, que, enfurecido y relinchando clarines y resollando fuego, quiso ser caballo de Troya, y, a corcovos y manotadas, asolar la ciudad[393]. Al ruido entraron los sexos de Nápoles, y, arrojándole una toga en la cara, le taparon los ojos, y con halagos, hablándole calabrés cerrado, le pusieron maneotas y cabestro. Y estándole atando a un aldabón del establo, cógelos la hora[394], y dos de los sexos dijeron que convenía y era más barato dar a Roma de una vez el caballo que cada año una hacanea con dote[395], y quitarse de ruidos, pues, según le miraban, se podía temer que le matasen de ojo los nepotes. A esto, demudados, respondieron los otros que el Rey de España le aseguraba de tal enfermedad con tres castillos, que le tenía puestos en la frente por texón, y que primero le cortarían las piernas que verle servir de mula y escondido en hopalandas. Los dos replicaron que parecía lenguaje de herejes no querer ser papistas, y que ninguna silla le podía estar tan bien como la de San Pedro. A esto dijeron coléricos los demás que, para que los herejes no hiciesen al Pontífice perder los estribos en aquella silla, convenía que sólo el Rey de España se sirviese deste caballo. Unos decían bonete; otros, corona, y de una palabra en otra, se envedijaron de suerte, que si no entra el electo del pueblo, se hacen pedazos. El cual, sabiendo dellos la ocasión de la pendencia, les dijo:
—Este caballo, con ser desbocado, ha tenido muchos amos, y las más veces se ha ido él por su pie que dejádose llevar del ranzal. Lo que conviene es guardarle con cuidado, que anda en Italia mucha gente de a pie que busca bagaje, y cuatreros con botas y espuelas, y el gitano trueca borricas que le ha hurtado otras veces, y ahora tiene puerta falsa a la estala[396] y no conviene que le almohace ningún mozo de caballos francés, que le hacen cosquillas en lugar de limpiarle, y tanto ojo con los monsiures, que se visten manteo y sotana para echarle la pierna encima.
XXV. Estaban ahorcando dos rufianes por media docena de muertes[397]: el uno estaba ya hecho badajo de la ene de palo[398], el otro acababa de sentarse en el poyo donde se pone a caballo el jinete de gaznates. Entre la multitud de gente que los miraba, pasando en alcance de unos tabardillos, se pararon dos médicos, y viéndolos, empezaron a llorar como unas criaturas, y con tantas lágrimas, que unos tratantes que estaban junto a ellos los preguntaron si eran sus hijos los ajusticiados. A lo cual respondieron que no los conocían, empero que sus lágrimas eran de ver morir dos hombres sin pagar nada a la facultad. En esto los cogió a todos la hora, y columbrando el ahorcado a los médicos, dijo:
—¡Ah, señores dotores! Aquí tienen vuestedes lugar, si son servidos, pues por los que han muerto merecen el mío, y por lo que saben despachar, el del verdugo. Algún entierro ha de haber sin galeno, y también presume de aforismo el esparto. En lo que tienen encima, y en los malos pasos, sus mulas de vuestedes son escaleras de la horca de pelo negro. Tiempo es de verdades. Si yo hubiera usado de receta, como de daga, no estuviera aquí, aunque hubiera asesinado a cuantos me ven. Una docena de misas les pido, pues les es fácil acomodarlas en uno de los infinitos codicillos a que dan prisa.
XXVI. El gran Duque de Moscovia, fatigado con las guerras y robos de los tártaros, y con frecuentes invasiones de los turcos, se vió obligado a imponer nuevos tributos en sus estados y señoríos. Juntó sus favorecidos y criados, ministros y consejeros y el pueblo de su Corte, y díjoles:
—Ya los constaba de la necesidad extrema en que le tenían los gastos de sus ejércitos para defenderlos de la invidia de sus vecinos y enemigos, y que no podían las repúblicas y monarquías mantenerse sin tributos, que siempre eran justificados los forzosos y suaves, pues se convierten en la defensa de los que los pagan, redimiendo la paz y la hacienda y las vidas de todos aquella pequeña y casi insensible porción que da cada uno al repartimiento, bienquisto por igual y moderado; que él los juntaba para su mesmo negocio; que le respondiesen como en remedio y comodidad propia.
Hablaron primero los allegados y ministros, diciendo que la propuesta era tan santa y ajustada, que ella se era respuesta y concesión; que todo era debido a la necesidad del Príncipe y defensa de la Patria; que así podía arbitrar conforme a su gusto en imponer todos y cualesquier tributos que fuese servido a sus vasallos, pues cuanto diesen pagaban[399] a su útil y descanso, y que cuanto mayores fuesen las cargas, mostraría más la grande satisfacción que tenía de su lealtad, honrándolos con ella. Oyólos con gusto el Duque, mas no sin sospecha, y así, mandó que el pueblo le respondiese por sí. El cual, en tanto que razonaban los magistrados, había susurrádose en conferencia callada. Eligieron uno que hablase por ellos conforme al sentir de todos. Éste, saliendo a lugar desembarazado, dijo:
—Muy poderoso señor: vuestros buenos vasallos por mí os besan con suma reverencia la mano por el cuidado que mostráis de su amparo y defensa, y, como pueblo que en vuestra sujeción nació y vive con amor heredado, confiesan que son vuestros a toda vuestra voluntad, con ciega obediencia, y os hacen recuerdo que su blasón es haberlo mostrado así en todo el tiempo de vuestro imperio, que Dios prospere. Conocen que su protección es vuestro cuidado y que esa congoja os baja de príncipe soberano de todos y en todo, a padre de cada uno: amor y benignidad que inestimablemente aprecian. Saben las urgentes y nuevas ocasiones que os acrecientan gastos inexcusables, que por ellos y por vos no podéis evitar, y entienden que por vuestra pobreza no los podéis atender. Yo, en nombre de todos, os ofrezco, sin exceptar algo, cuanto todos tienen; empero pongo a vuestro celo dos cosas en consideración: la una, que si tomáis todo lo que tienen vuestros vasallos[400], agotaréis el manantial que perpetuamente ha de socorreros a vos y a vuestra sucesión; y si vos, señor, los acabáis, hacéis lo que teméis que hagan vuestros enemigos, tanto más en vuestro daño, cuanto en ello, es dudosa la ruina, y, en vos, cierta; y quien os aconseja que os asoléis porque no os asuelen, antes es munición de vuestros contrarios que consejero vuestro. Acordaos del labrador a quien Júpiter, según Isopo, concedió una pájara, que, para su alimento le ponía cada día un güevo de oro. El cual, vencido de la codicia, se persuadió a que ave que cada día le daba un huevo de oro, tenía ricas minas de aquel metal en el cuerpo, y que era mejor tomárselo todo de una vez que recibirlo continuamente poco a poco y como Dios lo había dispuesto. Mató la pájara, y quedó sin ella y sin el huevo de oro. Señor, no hagáis verdad esta que fué fábula en el filósofo; que os haréis fábula de vuestro pueblo. Ser príncipe de pueblo pobre más es ser pobre y pobreza que príncipe. El que enriquece los súbditos tiene tantos tesoros como vasallos; el que los empobrece, otros tantos hospitales y tantos temores como hombres y menos hombres que enemigos y miedos. La riqueza se puede dejar cuando se quiere; la pobreza, no. Aquélla pocas veces se quiere dejar; ésta, siempre. La otra es que debéis considerar que vuestra ultimada necesidad presente nace de dos causas: la una, de lo mucho que os han robado y usurpado los que os asisten; la otra, de las obligaciones que hoy se os añaden. No hay duda que aquélla es la primera; si es también la mayor, a vos os toca el averiguarlo. Repartid, pues, vuestro socorro como mejor os pareciere entre restituciones de los usurpadores y tributos de los vasallos, y sólo podrá quejarse quien os fuere traidor.
En estas palabras los cogió la hora, y el Duque, levantándose en pie, dijo:
—Denme lo que me falta de lo que tenía, los que me lo han quitado, y páguenme lo demás que hubiere menester mis pueblos. Y porque no se dilate, todos vosotros y los vuestros, que desde lejos, con la esponja de la intercesión, me habéis chupado el patrimonio y tesoro, quedaréis solamente con lo que trujistes a mi servicio, descontados los sueldos.
Fué tan grande y tan universal el gozo de los inferiores, viendo la justa y piadosa resolución del Duque, que, aclamándole Augusto, y los más de rodillas, dijeron:
—Queremos, en agradecimiento, después de servir con lo que nos repartieres, pagar otro tanto más, y que esta parte quede por servicio perpetuo para todas las veces que cobrares lo que te tomaren; de que resultará que los codiciosos aún tendrán escrúpulo de recibir lo que les dieres.
XXVII. Un fullero, con más flores[401] que mayo en la baraja y más gatos[402] que enero en las uñas, estaba jugando con un tramposo sobre tantos, persuadido de que se pierde más largo que con el dinero delante. Concedíale la trocada[403] y la derecha, y la derecha, como la quería, porque, retirando las cartas, la derecha se la volvía zurda y la trocada se la cobraba con premio. Las suertes del fullero eran unos Apeles en pintar, y las del tramposo boqueaban de tabardillo a puras pintas; las suertes del maullón[404] siempre eran veinte y cuatro, con licencia del cabildo de Sevilla; las del tramposo se andaban tras el mediodía, sin pasar de la una. Pues cógelos la hora, y contando el fullero los tantos, dijo:
—Vuesa merced me debe dos mil reales.
El tramposo respondió, después de haberlos vuelto a contar, como si pensara pagarlos:
—Señor mío: a su ramillete de vuesa merced le falta mi flor, que es perder y no pagar. Vuesa merced se la añada, y no tendrá que invidiar a Daraja[405]. Haga vuesa merced cuenta que ha jugado con un saúco, cuya flor es ahorcar bolsas[406]; lo que aquí se ha perdido es el tiempo, que tampoco lo cobrará vuesa merced como yo.
XXVIII. Los holandeses, que, por merced del mar pisan la tierra en unos andrajos de suelo que la hurtan por detrás de unos montones de arena que llaman diques, rebeldes a Dios[407] en la fe y a su Rey en el vasallaje, amasando su discordia en un comercio político, después[408] de haberse con el robo constituido en libertad y soberanía delincuente, y crecido en territorio por la traición bien armada y atenta, y adquirido con prósperos sucesos opinión belicosa y caudal opulento, presumiendo de hijos primogénitos del Océano, y persuadidos a que el mar, que les dió la tierra que cubría para habitación, no les negaría la que le rodeaba, se determinaron, escondiéndole en naves y poblándole de cosarios, a pellizcar y roer por diferentes partes el occidente y el oriente. Van por oro y plata a nuestras flotas, como nuestras flotas van por él a las Indias. Tienen por ahorro y atajo tomarlo de quien lo trae y no sacarlo de quien lo cría. Dales más barato los millones el descuido de un general o el descamino de una borrasca que las minas. Para esto los ha sido aplauso, confederación y socorro la invidia que todos los reyes de Europa tienen a la suprema grandeza de la Monarquía de España. Animados, pues, con tan numerosa asistencia, han establecido tráfago en la India de Portugal, introduciendo en el Japón su comercio, y, cayendo y levantando con porfía providente, se han apoderado de la mejor parte del Brasil, donde, no sólo tienen el mando y el palo, como dicen, sino el tabaco y el azúcar, cuyos ingenios, si no los hacen doctos, los hacen ricos, dejándonos sin ellos rudos y amargos. En este paraje, que es garganta de las dos Indias, asisten tarascas con hambre peligrosa de flotas y naves, dando qué pensar a Lima y Potosí (por afirmar la geografía), que pueden, paso entre paso, sin mojarse los pies, ir a rondar aquellos cerros, cuando, enfadados de navegar, no quieran[409] resbalarse por el río de la Plata o irse, en forma de cáncer, mordiendo la costa por Buenos Aires, y fortificarse trampantojos del pasaje[410]. Estábase muy despacio aquel senado de hambrones del mundo sobre un globo terrestre y una carta de marear[411], con un compás, brincando climas y puertos y escogiendo provincias ajenas, y el Príncipe de Orange, con unas tijeras en la mano, para encaminar el corte en el mapa por el rumbo que determinase su albedrío. En esta acción los cogió la hora, y tomándole un viejo, ya quebrantado de sus años, las tijeras, dijo:
—Los glotones de provincias siempre han muerto de ahito: no hay peor repleción que la de dominios. Los romanos, desde el pequeño círculo de un surco, que no cabía medio celemín de siembra, se engulleron todas sus vecindades, y, derramando su codicia, pusieron a todo el mundo debajo del yugo de su primer arado. Y como sea cierto que quien se vierte se desperdicia tanto como se extiende, luego que tuvieron mucho que perder empezaron a perder mucho; porque la ambición llega para adquirir más allá de donde alcanza la fuerza para conservar. En tanto que fueron pobres, conquistaron a los ricos; los cuales, haciéndolos ricos y quedando pobres con las mismas costumbres de la pobreza, pegándoles las del oro y las de los deleites, los destruyeron, y con las riquezas que les dieron tomaron de ellos venganza. Calaveras son que nos amonestan los asirios, los griegos y los romanos: más nos convienen los cadáveres de sus monarquías por escarmiento que por imitación. Cuanto más quisiéremos encaramar nuestro poco peso, y llegarle en la romana del poder a la gran carga que se quiere contrastar, tanto menos valor tendremos, y cuanto más le retiráremos en ella, nuestra pequeña porción sola contrastará los inmensos quintales que equilibra, y si a nuestra última línea los retiráremos, uno nuestro valdrá mil. Trajano Bocalino apuntó este secreto en el peso de su Piedra del parangón[412], verificándose en la monarquía de España, de quien pretendemos quitar peso, que, juntándole al nuestro, nos le desminuía con el aumento. Hacernos libres de sujetos fué prodigio; conservar este prodigio es ocupación para que nos habemos menester todos. Francia y Ingalaterra, que nos han ayudado a limar a España de su señorío la parte con que las era formidable vecino, por la propia razón no consentirán que nos aumentemos en señorío que puedan temer. La segur que se añade con todo lo que corta del árbol, nadie la tendrá por instrumento, sino por estorbo. Consentirnos han en tanto que tuviéremos necesidad dellos y, en presumiendo de que ellos la tienen de nosotros, atenderán a nuestra mortificación y ruina. El que al pobre que dió limosna le ve rico, o cobra dél o le pide. Nada adquirimos de nuevo que no quieran para sí los príncipes que nos lo ven adquirir, y por vecino, al paso que desprecian al que pierde, temen al que gana, y nosotros, desparramándonos, somos estratagema del Rey de España contra nosotros, pues cuando él, por dividirnos y enflaquecernos, dejara perder adrede las tierras que le tomamos, era treta y no pérdida, y nunca más fácilmente podrá quitarnos lo que tenemos que cuando más nos hubiere dejado tomar de lo que tiene tan lejos de sí como de nosotros. Con el Brasil, antes se desangra y despuebla Holanda que se crece. Ladrones somos: basta no restituir lo hurtado sin hurtar siempre[413], ejercicio con que antes se llega a la horca que al trono.
El Príncipe de Orange, enfadado, y cobrando las tijeras, dijo:
—Si Roma se perdió, Venecia se conserva, y fué cicatera[414] de lugares al principio, como nosotros. La horca que dices, más se usa en los desdichados que en los ladrones, y en el mundo, el ladrón grande condena al chico. Quien corta bolsas, siempre es ladrón; quien hurta provincias y reinos, siempre fué rey. El derecho de los monarcas se abrevia en viva quien vence. Engendrarse los unos de la corrupción de los otros es natural, y no violento: causa es quien se corrompe de quien se engendra. El cadáver no se queja de los gusanos que le comen, porque él los cría; cada uno mire que no se corrompa, porque será padre de sus gusanos. Todo se acaba, y más presto lo poco que lo mucho. Cuando nos tenga miedo quien nos tuvo lástima, tendremos lástima a quien nos tuvo miedo, que es buen trueque. Seamos, si podemos, lo que son los que fueron lo que somos. Todo lo que has apuntado es bueno no lo sepan el Rey de Ingalaterra y Francia, y acuérdalo delante, que al empezar es estorbo lo que en el mayor aumento es consejo.
Y diciendo y haciendo, echó la tijera a diestro y a siniestro, trasquilando costas y golfos, y de las cercenaduras del mundo se fabricó una corona, y se erigió en majestad de cartón.
XXIX. El gran Duque de Florencia, que, por cuatro letras más o menos del título de gran es malquisto de todos los otros potentados, estaba cerrado en un camarín con un criado, de quien fiaba la comunicación más reservada. Conferían la grandeza de sus ciudades y la hermosura de su Estado, el comercio de Ligorna[415] y las vitorias de sus galeras. Pasaron al grande esplendor con que su sangre se había mezclado con todos los monarcas y reyes de Europa en los repetidos casamientos con Francia, pues, por la línea materna, eran sus descendientes los Reyes Católicos, el Cristianísimo y el de la Gran Bretaña. En este cómputo los cogió la hora, y, arrebatado della el criado, dijo:
—Señor: vuesa alteza de ciudadano vino a príncipe: Memento homo. En tanto que se trató como potentado, fué el más rico; hoy, que se trata como suegro de reyes y yerno de emperador, pulvis es, y si le alcanza la dicha de suegro con Francia y las maldiciones de casamentero, in pulverem reverteris. El Estado es fertilísimo; las ciudades, opulentas; los puertos, ricos; las galeras, fortunadas; los parentescos, grandes; el dominio, por todas[416] razones real; empero ahora he visto en él notables manchas, que le desaliñan y desautorizan, y son éstas: la memoria que conservan los vasallos de que fueron compañeros; la república de Luca, que cayó de medio a medio[417] de todo; los presidios de Toscana, que el Rey de España tiene, y el gran sobre Duque, por la emulación de los vecinos.
El Duque, que en algunas cosas destas no había reparado, dijo:
—¿Qué modo tendré para sacarme estas manchas?
Replicó el criado:
—Sacarlas según están reconcentradas, es imposible sin cortar el pedazo, y es mal remedio, porque es mejor andar manchado que roto. Y si las manchas que digo se sacan con el pedazo, no le quedará pedazo a vuesa alteza, y vuesa alteza quedará hecho pedazos; éstas son manchas de tal calidad, que se limpian con meterse más adentro, y no con sacarse. Use vuesa alteza de la saliva en ayunas para esto y vaya chupando para sí poco a poco. Y lo que gasta en dotes de reinas, gástelo en tapar los oídos a los atentos, porque no le sientan chupar.
XXX. Un alquimista hecho pizcas, que parecía se había distilado sus carnes y calcinado sus vestidos, estaba engarrafado de un miserable a la puerta de uno que vendía carbón. Decíale:
—Yo soy filósofo espagírico, alquimista: con la gracia de Dios he alcanzado el secreto de la piedra filosofal, medicina de vida y trasmutación trascendente, infinitamente multiplicable; con cuyos polvos haciendo proyección[418], vuelvo en oro de más quilates y virtud que el natural, el azogue, el hierro, el plomo, el estaño y la plata. Hago oro de yerbas, de las cáscaras de güevos, de cabellos, de sangre humana, de la orina y de la basura: esto en pocos días y con menos costa. No oso descubrirme a nadie, porque si se supiese, los príncipes[419] me engullirían en una cárcel, para ahorrar los viajes de las Indias y poder dar dos higas a las minas y al Oriente. Sé que vuesa merced es persona cuerda, principal y virtuosa, y he determinado fiarle secreto tan importante y admirable: con que en pocos días no sabrá qué hacer[420] de los millones.
Oíale el mezquino con una atención canina y lacerada, y tan encendido en codicia con la turbamulta de millones, que le tecleaban los dedos en ademán de contar. Habíale crecido tanto el ojo, que no le cabía en la cara. Tenía ya entre sí condenadas a barras de oro las sartenes, asadores y calderos y candiles. Preguntóle que cuánto sería menester para hacer la obra. El alquimista dijo que casi nada: que con solos seiscientos reales había para orecer[421] y platificar todo el universo mundo y que lo más se había de gastar en alambiques y crisoles; porque el elixir que era el alma vivificante del oro no costaba nada y era cosa que se hallaba de balde en todas partes, y que no se había de gastar un cuarto en carbón, porque con cal y estiércol lo sublimaba y digería y separaba, y retificaba y circulaba; que aquello no era hablar, sino que delante dél y en su casa lo haría, y que sólo le encargaba el secreto. Estaba oyendo este embuste el carbonero, dado a los demonios de que había dicho no había de gastar carbón. Pues cógelos la hora, y, embistiendo, afeitado con cisco y oliendo a pastillas de diablo, con el alquimista, le dijo:
—Vagamundo, pícaro, sollastre[422], ¿para qué estás dando papilla de oro a ese buen hombre?
El alquimista, revestido de furias, respondió que mentía, y entre el mentís y un sopapo que le dió el carbonero, no cupiera un cabello. Armóse una pelaza[423] entre los dos, de suerte que, a cachetes, el alquimista estaba hecho alambique de sangre de narices. No los podía despartir el miserable, que del miedo del tufo y de la tizne no se osaba meter en medio. Andaban tan mezclados, que ya no se sabía cuál era el carbonero ni quién había pegado la tizne al otro. La gente que pasaba los despartió. Quedaron tales, que parecían bolas de lámpara o que venían de visitarse con tijeras[424] de despavilar. Decía el carbonero:
—Oro dice el pringón que hará de la basura y del hierro viejo, ¡y está vestido de torcidas de candiles y fardado de daca la maza! Yo conozco a éstos, porque a otro vecino mío engañó otro tragamallas, y en sólo carbón le hizo gastar en dos meses, en mi casa, mil ducados, diciendo que haría oro, y sólo hizo humo y ceniza, y, al cabo, le robó cuanto tenía.
—Pero—replicó el alquimista—yo haré lo que digo, y pues tú haces oro y plata del carbón y de los cantazos que vendes por tizos, y de la tierra y basura con que lo polvoreas y de las maulas de la romana, ¿por qué yo, con la Arte magna, con Arnaldo, Géber y Avicena, Morieno, Roger, Hermes, Theofrasto, Vistadio, Evónymo, Crollio, Libavio y la Tabla smaragdina de Hermes, no he de hacer oro?
El carbonero replicó, todo engrifado:
—Porque todos esos autores te hacen a ti loco, y tú, a quien te cree, pobre. Y yo vendo el carbón, y tú le quemas; por lo cual, yo le hago plata y oro y tú hollín. Y la piedra filosofal verdadera es comprar barato y vender caro, y váyanse noramala todos esos Fulanos y Zutanos que nombras, que yo de mejor gana gastara mi carbón en quemarte empapelado con sus obras que en venderle. Y vuesa merced haga cuenta que hoy ha nacido su dinero, y, si quiere tener más, el trato es garañón de la moneda, que empreña al doblón y le hace parir otro cada mes. Y si está enfadado con sus talegos, vacíelos en una necesaria, y, cuando se arrepienta, los sacará con más facilidad y más limpieza que de los fuelles y hornillos deste maldito, que, siendo mina de arrapiezos, se hace Indias de hoz y de coz y amaga de Potosí.
XXXI. Venían tres franceses por las montañas de Vizcaya a España: el uno con un carretoncillo de amolar tijeras y cuchillos por babador; el otro, con dos corcovas de fuelles y ratoneras, y el tercero, con un cajón de peines y alfileres. Topólos en lo más agrio de una cuesta descansando un español que pasaba a Francia a pie, con su capa al hombro. Sentáronse a descansar a la sombra de unos árboles. Trabaron conversación. Oíanse tejidos el hui monsiur con el pesia tal y el per ma fue con el voto a cristo[425]. Preguntado por ellos el español dónde iba, respondió que a Francia, huyendo, por no dar en manos de la justicia, que le perseguía por algunas travesuras; que de allí pasaría a Flandes a desenojar los jueces y desquitar su opinión, sirviendo a su Rey; porque los españoles no sabían servir a otra persona en saliendo de su tierra. Preguntado cómo no llevaba oficio ni ejercicio para sustentarse en camino tan largo[426], dijo que el oficio de los españoles era la guerra, y que los hombres de bien, pobres, pedían prestado o limosna para caminar, y los ruines lo hurtaban, como los que lo son en todas las naciones, y añadió que se admiraba del trabajo con que ellos caminaban desde Francia por tierras extrañas y partes tan ásperas y montuosas, con mercancía, a riesgo de dar en manos de salteadores. Pidióles refiriesen qué ocasión los echaba de su tierra y qué ganancia se podían prometer de aquellos trastos con que venían brumados, espantando con la visión mulas y rocines y dando qué pensar a los caminantes desde lejos. El amolador, que hablaba el castellano menos zabucado[427] de gabacho, dijo:
—Nosotros somos gentilhombres malcontentos del Rey de Francia; hémonos perdido en los rumores, y yo he perdido más por haber hecho tres viajes a España, donde, con este carretoncillo y esta muela sola he mascado a Castilla mucho y grande número de pistolas, que vosotros llamáis doblones.
Acedósele al español todo el gesto, y dijo:
—Arrebócese su sanar de lamparones el Rey de Francia si sufre por malcontentos mercan fuelles y peines y alfileres y amoladores.
Replicó el del carretón:
—Vosotros debéis mirar a los amoladores de tijeras como a flota terrestre, con que vamos amolando y aguzando más vuestras barras de oro que vuestros cuchillos. Mirad bien a la cara a ese cantarillo quebrado, que se orina con estangurria, que él nos ahorra, para traer la plata, de la tabaola del Océano y de los peligros de una borrasca, y con una rueda, de velas y pilotos. Y con este edificio de cuatro trancas y esta piedra de amolar, y con los peines y alfileres derramados por todos los reinos, aguzamos, peinamos y sangramos poco a poco las venas de las Indias. Y habéis de persuadiros que no es el menor miembro del tesoro de Francia el que cazan las ratoneras y el que soplan los fuelles.
—Voto a Dios—dijo[428] el español—, que sin saber yo eso, echaba de ver que con los fuelles nos llevábades el dinero en el aire, y que las ratoneras, antes llenaban vuestros gatos[429] que disminuían nuestros ratones. Y he advertido que, después que vosotros vendéis fuelles, se gasta más carbón y se cuecen menos las ollas, y que después que vendéis ratoneras, nos comemos de ratoneras y de ratones, y que después que amoláis cuchillos, se nos toman y se nos gastan, y se nos mellan y se nos embotan[430] las herramientas, y que, amolando cuchillos, los gastáis y echáis a perder, para que siempre tengamos necesidad de compraros los que vendéis. Y ahora veo que los franceses sois los piojos que comen a España por todas partes, y que venís a ella en figura de bocas abiertas, con dientes de peines y muelas de aguzar, y creo que su comezón no se remedia con rascarse, sino que antes crece, haciéndose pedazos con sus propios dedos. Yo espero en Dios he de volver presto y he de advertir que no tiene otro remedio su comezón sino espulgarse de vosotros y condenaros a muerte de uñas. Pues, ¿qué diré de los peines, pues con ellos nos habéis introducido las calvas, porque tuviésemos algo de Calvino sobre nuestras cabezas? Yo haré que España sepa estimar sus ratones y su caspa y su moho, para que vais a los infiernos a gastar fuelles y ratoneras.
En esto los cogió la hora, y desatinándole la cólera, dijo:
—Los demonios me están retentando de mataros a puñaladas y abernardarme y hacer Roncesvalles estos montes[431].
Los bugres[432], viéndole demudado y colérico, se levantaron con un zurrido monsiur, hablando galalones[433], pronunciando el mondiu en tropa y la palabra coquin. En mal punto la dijeron, que el español, arrancando la daga[434] y arremetiendo al amolador, le obligó a soltar el carretoncillo, el cual, con el golpe, empezó a rodar por aquellas peñas abajo, haciéndose andrajos. En tanto, por un lado de las ratoneras, le tiró un fuelle; mas, embistiendo con él a puñaladas, se los hizo flautas y astillas las ratoneras. El de los peines y alfileres, dejando el cajón en el suelo, tomó pedrisco. Empezaron todos tres contra el pobre español y él contra todos tres a descortezarse a pedradas: munición que a todos sobra en aquel sitio, aun para tropezar.