LA HORA DE TODOS Y LA FORTUNA CON SESO (continued 3)
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Osan decir que el privado total introduce en el rey, como la muerte en el hombre, nova forma cadaveris: nueva forma de cadáver, a que se sigue corrupción y gusanos, y que, conforme[616] a la opinión de Aristóteles, en el Príncipe fit resolutio usque ad materiam primam; quiere decir: no queda alguna cosa de lo que fué, sino la representación. Esto baste.
“Pasemos a las quejas contra los tiranos y a la razón dellas. Yo no sé de quién hablo ni de quién no hablo: quien me entendiere, me declare. Aristóteles dice que es tirano quien mira más a su provecho particular que al común. Quien supiere de algunos que no se comprehenden en esta difinición, lo venga diciendo, y le darán su hallazgo[617][618].
Quéjanse de los tiranos más los que reciben beneficios que los que padecen castigos, porque el beneficio del tirano constituye delincuentes y cómplices, y el castigo, virtuosos y beneméritos; tales son, que la inocencia, para ser dichosa, ha de ser desdichada en sus dominios. El tirano, por miseria y avaricia, es fiera[619]; por soberbia, es demonio; por deleites y lujuria, todas las fieras y todos los demonios. Nadie se conjura contra el tirano primero que él mismo; por esto es más fácil matar al tirano que sufrirle. El beneficio del tirano siempre es funesto: a quien más favorece, el bien que le hace es tardarse en hacerle mal. Ejemplo de los tiranos fué Polifemo, en Homero: favoreció a Ulises con hablar con él sólo, y con preguntarle supo sus méritos, oyó sus ruegos, vió su necesidad, y el premio que le ofreció fué que, después de haberse comido a sus compañeros, le comería el postrero[620]. Del tirano que se come los que tiene debajo de su mano, no espere nadie otro favor sino ser comido el último. Y adviértase que, si bien el tirano lo concede por merced, el que ha de ser comido no lo juzga en la dilación sino por aumento de crueldad. Quien te ha de comer después de todos, te empieza a comer en todos los que come antes; más tiempo te lamentas vianda del tirano cuanto más tarda en comerte. Ulises duraba en su poder manjar y no huésped. Detenerle en la cueva para pasarle al estómago, más era sepultura que hospedaje. Ulises con el vino le adormeció: su veneno es el sueño. Pueblos, daldes sueño, tostad las hastas, sacadles los ojos, que después ninguno hizo lo que todos desearon que se hiciese. Ninguno decía el tirano Polifemo que le había cegado, porque Ulises, con admirable astucia, le dijo que se llamaba Ninguno. Nombrábale para su venganza y defendíale con la equivocación del nombre: ellos disculpan a quien los da muerte, a quien los ciega. Libróse Ulises disimulado entre las ovejas que guardaba. Lo que más guarda el tirano, guarda contra él a quien le derriba.
“Esto supuesto, digo que hoy nos juntamos los sugetos a tratar de la defensa nuestra, contra el arbitrio de los que nos gobiernan mediata o inmediatamente. En las repúblicas y en los reinos, los puntos sustanciales[621] sean perpetuos en sus consejos, sin poder tener ni pretender ascenso a otros, porque pretender uno y gobernar otro, no da lugar al estudio ni a la justicia, y la ambición de pasar a tribunal diferente y superior le tiene caminante, y no juez, y con lo que gobierna granjea lo que quiere gobernar, y, distraído, no atiende a nada: a lo que tiene, porque lo quiere dejar, y a lo que desea, porque aún no lo tiene. Cada uno es de provecho donde los años le han dado experiencia y estorbo donde empieza la primera noticia, porque pasan de las materias que ya sabían a las que aún no saben. Las honras que se les hicieren, no han de salir del estado de su profesión, porque no se mezclen con las militares, y la toga y la espada anden en ultraje: aquélla embarazada y extraña y ésta quejosa y confundida[622].
“Que los premios sean indispensables; que, no sólo no se den a los ociosos, sino que no se permita que los pidan, porque si el premio de las virtudes se gasta en los vicios, el príncipe o república quedará pobre de su mayor tesoro, y el metal del precio, vil y falsificado. No le han de aguardar el benemérito ni el indigno: aquél, porque se le han de dar luego; éste, porque nunca se le han de dar. Menos mal gastado sería el oro y los diamantes en grillos para aprisionar delincuentes que una insignia militar y de honor en un vagamundo y vicioso. Roma entendió esto bien, que pagaba con un ramo de laurel u de roble más heridas que daba hojas, vitorias de ciudades, provincias y reinos. Para consejeros de Guerra y Estado sólo sean suficientes y admitidos[623] los valientes y experimentados: sea prerogativa la sangre, o vertida o aventurada; no la presuntuosa[624] en genealogías y antepasados. Para los cargos de la guerra se han de preferir los valientes y dichosos. Gran recomendación es la de los bienafortunados sobre valientes: Lucano lo aconseja[625]:
...Fatis accede, Deisque, Et cole felices, miseros fuge.
“Siempre he leído esto de buena gana, y a este admirable poeta, niegúeselo quien quisiere[626], con atención en lo político y militar, preferida a todos después de Homero.
“Para las judicaturas se han de escoger los doctos y los desinteresados. Quien no es codicioso, a ningún vicio sirve, porque los vicios inducen el interés a que se venden. Sepan las leyes, empero no más que ellas; hagan que sean obedecidas, no obedientes. Éste es el punto en que se salvan los tribunales. Yo he dicho. Vosotros diréis lo que se os ofrece y propondréis los remedios más convenientes y platicables”.
Calló. Y como era multitud diferente en naciones y lenguas, se armó un zurrido de gerigonzas tan confuso, que parecía haberse apeado allí la tabaola de la torre de Nembrot: ni los entendían ni se entendían. Ardíase en sedición y discordia el sitio, y en los visajes y acciones parecía junta de locos u endemoniados. Cuando el gremio de los pastores, que con ondas ceñían los pellejos de las ovejas, que les eran más acusación que abrigo, dijeron que “los oyesen luego y los primeros, porque se les habían rebelado las ovejas, diciendo que ellos las guardaban de los lobos, que se las comían una a una, para trasquilarlas, desollarlas, matarlas y venderlas todas juntas de una vez, y que pues los lobos, cuando mucho, se engullían una, u dos, u diez, u veinte, pretendían que los lobos las guardasen de los pastores, y no los pastores de los lobos, y que juzgaban más piadosa la hambre de sus enemigos que la codicia de sus mayorales, y que tenían hecha información contra nosotros con los mastines de ganado”.
No quedó persona que no dijese:
—Ya entendemos: no son bobas las ovejas si lo consiguen.
En esto, los cogió la hora, y, enfurecidos, unos decían: “Lobos queremos”; otros: “Todos son lobos”; otros: “Todo es uno”; otros: “Todo es malo”. Otros muchos contradecían a éstos. Y viendo los letrados que se mezclaban en pendencia, por sosegarlos, dijeron que el caso pedía consideración grande, que lo difiriesen a otro día y, entre tanto, se acudiese por el acierto a los templos sagrados. Los franceses, en oyéndolo, dijeron:
—En siendo necesario acudir a los templos, somos perdidos, y tememos nos suceda[627] lo que a la lechuza cuando estaba enferma, que, consultando a la zorra, a quien juzgó por animal más graduado, su mal, juntamente con la picaza, a quien, por verla[628] sobre mulas matadas, juzgó por médico, la respondieron que no tenía remedio sino acudir a los templos, la cual lechuza, en oyéndolo, dijo:
—Pues yo soy muerta si mi remedio es acudir a los santuarios, pues mi sed los tiene a escuras, por haberme bebido el aceite de las lámparas, y no hay retablo que no tenga sucio.
El monseñor, levantando la voz, dijo:
—Monsiures lechuzas: se os otorga esa comparación y se os acuerda a vosotros y a cuantos coméis de lo sagrado lo que Homero refiere de los ratones cuando pelearon con las ranas, que, acudiendo a los dioses que los favoreciesen, se excusaron todos, diciendo unos que les habían roído una mano, otros un pie, otros las insignias, otros las coronas, otros los picos de las narices, y ninguno hubo que en su imagen o bulto no tuviese algo menos y señales de sus dientes. Aplicad ahora, ratones calvinistas, luteranos, hugonotes y reformados, y veréis en el cielo quién os ha de ayudar[629].
—¡Oh, inmenso Dios! cuál zacapella[630] y turbamulta armaron los bugres con el monseñor. La discordia del campo de Agramante, en su comparación, era un convento de vírgines vestales; para sosegarlos se vieron todos en peligro de perderse. En fin, detenidos y no acallados, se fueron todos quejosos de lo que cada uno pasaba y rabiando cada uno por trocar su estado con el otro.
Cuando esto pasaba en la tierra, viéndolo con atención los dioses, el Sol dijo:
—La hora está boqueando y yo tengo la sombra del gnomon[631] un tris de tocar con el número de las cinco. Gran padre de todos, determina si ha de continuar la Fortuna antes que la hora se acabe u volver a voltear y rodar por donde solía.
Júpiter respondió:
—He advertido que en esta hora, que ha dado a cada uno lo que merece, los que, por verse despreciados y pobres, eran humildes, se han desvanecido y demoniado, y los que eran reverenciados y ricos, que, por serlo eran viciosos, tiranos, arrogantes y delincuentes, viéndose pobres y abatidos, están con arrepentimiento y retiro y piedad; de lo que se ha seguido que los que eran hombres de bien se hayan hecho pícaros, y los que eran pícaros, hombres de bien. Para la satisfacción de las quejas de los mortales, que pocas veces saben lo que nos piden, basta este poco de tiempo, pues su flaqueza es tal, que el que hace mal cuando puede, le deja de hacer cuando no puede, y esto no es arrepentimiento, sino dejar de ser malos a más no poder. El abatimiento y la miseria los encoge, no los enmienda; la honra y la prosperidad los hace hacer lo que si las hubieran alcanzado siempre hubieran hecho. La Fortuna encamine su rueda y su bola por las rodadas antiguas y ocasione méritos en los cuerdos y castigo en los desatinados, a que asistirá nuestra providencia infalible y nuestra presciencia soberana[632]. Todos reciban lo que les repartiere, que sus favores u desdenes[633], por sí no son malos, pues, sufriendo éstos y despreciando aquéllos, son tan útiles los unos[634] como los otros. Y aquél que recibe y hace culpa para sí lo que para sí toma, se queje de sí propio, y no de la Fortuna, que lo da con indiferencia y sin malicia. Y a ella la permitimos que se queje de los hombres que, usando mal de sus prosperidades u trabajos, la disfaman y la maldicen.
En esto dió la hora de las cinco y se acabó la de todos, y la Fortuna, regocijada con las palabras de Júpiter, trocando las manos[635], volvió a engarbullar[636] los cuidados del mundo y a desandar lo devanado, y afirmando la bola en las llanuras del aire, como quien se resbala por hielo, se deslizó hasta dar consigo en la tierra.
Vulcano, dios de bigornia y músico de martilladas, dijo:
—Hambre hace, y con la prisa de obedecer dejé en la fragua tostando dos ristras de ajos para desayunarme con los cíclopes.
Júpiter prepotente mandó luego traer de comer, y instantáneamente aparecieron allí Iris[637] y Hebe con néctar, y Ganimedes con un velicomen[638] de ambrosía. Juno, que le vió al lado de su marido, y que con los ojos bebía más del copero que del licor, endragonida[639] y enviperada, dijo:
—O yo o este bardaje[640] hemos de quedar en el Olimpo, u he de pedir divorcio ante Himeneo.
Y si el águila, en que el picarillo estaba a la jineta, no se afufa[641] con él, a pellizcos lo desmigaja. Júpiter empezó a soplar el rayo, y ella le dijo:
—Yo te le quitaré para quemar al pajecito nefando.
Minerva, hija del cogote de Júpiter (diosa que si Júpiter fuera corito[642] estuviera por nacer), reportó con halagos a Junon[643]; mas Venus, hecha una sierpe, favoreciendo aquellos celos, daba gritos como una verdulera y puso a Júpiter como un trapo. Cuando Mercurio, soltando la tarabilla[644], dijo que todo se remediaría y que no turbasen el banquete celestial. Marte, viendo los bucaritos de ambrosía, como deidad de la carda y dios de la vida airada, dijo:
—¿Bucaritos a mí? Bébaselos la luna y estas diosecitas.
Y mezclando a Neptuno con Baco, se sorbió los dos dioses a tragos y chupones, y agarrando de Pan, empezó a sacar dél rebanadas y a trinchar[645] con la daga sus ganados, engulléndose los rebaños, hechos jigote, a hurgonazos[646]. Saturno se merendó media docena de hijos. Mercurio, teniendo sombrerillo, se metió de gorra con Venus, que estaba sepultando debajo de la nariz, a puñados, rosquillas y confites. Plutón, de sus bizazas[647] sacó unas carbonadas[648] que Proserpina le dió para el camino. Y viéndolo Vulcano, que estaba a diente[649], se llegó andando con mareta[650] y con un mogollón muy cortés, a poder de reverencias, empezó a morder de todo y a mascullar[651]. El Sol, a quien toca el pasatiempo, sacando su lira, cantó un himno en alabanza de Júpiter con muchos pasos de garganta. Enfadados Venus y Marte de la gravedad del tono y de las veras de la letra[652], él, con dos tejuelas, arrojó fuera de la nuez una jácara aburdelada de quejidos[653], y Venus, aullando de dedos con castañetones de chasquido, se desgobernó en un rastreado[654], salpicando de cosquillas con sus bullicios los corazones de los dioses. Tal cizaña derramó en todos el baile, que parecían azogados. Júpiter, que, atendiendo a la travesura de la diosa, se le caía la baba, dijo:
—¡Esto es despedir a Ganimedes, y no reprehensiones[655]!
Diólos licencia, y, hartos y contentos, se afufaron, escurriendo la bola a puto el postre[656], lugar que repartió el coperillo del avechucho[657].
NOTAS:
ESTE LIBRO SE ACABÓ DE IMPRIMIR EN LA TIPOGRAFÍA DE «LA LECTURA» EL DÍA IV DE JUNIO DEL AÑO M.CM.XVII
EDICIONES DE LA LECTURA
PASEO DE RECOLETOS, 25. MADRID
CLÁSICOS CASTELLANOS
OBRAS PUBLICADAS
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Tirso de Molina.—Teatro. (El Vergonzoso en Palacio y El Burlador de Sevilla). Prólogo y notas por don Américo Castro. (Vol. 2.º de la Bibl.).
Garcilaso.—Obras. Prólogo y notas por don Tomás Navarro. (Volumen 3.º de la Bibl.).
Cervantes.—Don Quijote de la Mancha. Prólogo y notas por don Francisco Rodríguez Marín, de la Real Academia Española. (Vols. 4.º, 6.º, 8.º, 10, 13, 16, 19 y 22 de la Bibl.).
Quevedo.—Vida del Buscón. Prólogo y notas por don Américo Castro. (Vol. 5.º de la Bibl.).
Torres Villarroel.—Vida. Prólogo y notas por don Federico de Onís. (Vol. 7.º de la Bibl.).
Duque de Rivas.—Romances. Prólogo y notas por don Cipriano Rivas Cherif. (Vols. 9.º y 12 de la Bibl.).
B.º Juan de Ávila.—Epistolario espiritual. Prólogo y notas por don Vicente G. de Diego. (Vol. 11 de la Bibl.).
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Guillén de Castro.—Las Mocedades del Cid. Prólogo y notas por don Víctor Said Armesto. (Vol. 15 de la Bibl.).
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Fernando de Rojas.—La Celestina. Prólogo y notas por don Julio Cejador. (Vols. 20 y 23 de la Bibl.).
Villegas.—Eróticas o amatorias. Prólogo y notas por don Narciso Alonso Cortés. (Vol. 21 de la Bibl.).
Poema de Mio Cid. Prólogo y notas por don Ramón Menéndez Pidal, de la Real Academia Española. (Vol. 24 de la Bibl.).
La Vida de Lazarillo de Tormes. Prólogo y notas por don Julio Cejador. (Vol. 25 de la Bibl.).
Fernando de Herrera.—Poesías. Prólogo y notas por don Vicente García de Diego. (Vol. 26 de la Bibl.).
Cervantes.—Novelas ejemplares. (La Gitanilla, Rinconete y Cortadillo y La Ilustre Fregona). Tomo I. Prólogo y notas por don Francisco Rodríguez Marín, de la Real Academia Española. (Vol. 27 de la Bibl.).
Fray Luis de León.—De los nombres de Cristo. Tomo I. Prólogo y notas por don Federico de Onís. (Vol. 28 de la Bibl.).
Fray Antonio de Guevara.—Menosprecio de Corte y alabanza de aldea. Prólogo y notas por don M. Martínez de Burgos. (Vol. 29 de la Bibl.).
Nieremberg.—Epistolario. Prólogo y notas por don Narciso Alonso Cortés. (Vol. 30 de la Bibl.).
Quevedo.—Los Sueños. Tomo I. Prólogo y notas por don Julio Cejador. (Vol. 31 de la Bibl.).
Moreto.—Teatro (El lindo don Diego y el desdén con el desdén.) Prólogo y notas por don Narciso Alonso Cortés. (Vol. 31 de la Bibl.).
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