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Los Sueños, Volume II

LA HORA DE TODOS Y LA FORTUNA CON SESO (continued 2)

Reading edition

De miedo de la daga, tiraban los gabachos[435] desde lejos. El español, que se reparaba con la capa, dió un puntapié al cajón de alfileres, el cual, a tres calabazadas que rodando se dió en unas peñas, empezó a sembrar peines y alfileres, y viéndole disparar púas de azófar, hecho erizo de madera, dijo:

—Ya empiezo a servir a mi Rey.

Y viendo llegar pasajeros de a mula[436] que los despartieron, les pidió le diesen fe de aquella vitoria que a fuer de espulgo había tenido contra las comezones de España.

Riéronse los caminantes sabida la causa, y, llevándose al español a las ancas de una mula, dejaron a los franceses ocupados en dar tapabocas[437] a los fuelles, y bizmar las ratoneras, y remendar el carretón, y buscar los alfileres, que se habían sembrado por aquellos cerros. El español, desde lejos, yendo caminando, les dijo a gritos:

—Gabachos, si son malcontentos en su tierra, agradézcanme el no dejar de ser quien son en la mía.

XXXII. La serenísima república de Venecia, que, por su gran seso y prudencia, en el cuerpo de Europa hace oficio de cerebro, miembro donde reside la corte del juicio, se juntó en la grande sala a consejo pleno. Estaba aquel consistorio encordado de diferentes voces, graves y leves, en viejos y en mozos; unos doctos por las noticias, otros por las experiencias: instrumento tan bien templado y de tan rara armonía, que, al son suyo, hacen mudanzas todos los señores del mundo. El Dux, príncipe coronado de aquella poderosa libertad, estaba en solio eminente con tres consejeros por banda; de la una parte, un capo de cuarenta; de la otra, dos. Asistían próximos los secretarios que cuentan las boletas, y en sus lugares, en pie, los ministros[438] que las llevan. El silencio desaparecía a los oídos de tan grande concurso, excediendo de tal manera al de un lugar desierto, que se persuadían los ojos era auditorio de escultura: tan sin voz estaban los achaques en los ancianos y el orgullo en los mancebos. Rompiendo esta atención, dijo:

—La malicia introduce la discordia[439], y la disimulación hace bienquisto al que siembra la cizaña del propio que la padece. A nosotros nos ha dado la paz y las vitorias la guerra que habemos ocasionado a los amigos, no la que hemos hecho a los contrarios. Seremos libres en tanto que ocupáremos a los demás en cautivarse. Nuestra luz nace de la disensión; somos dicípulos de la centella que nace de la contienda del pedernal y del eslabón. Cuanto más se aporrean y más se descalabran los monarcas, más nos encendemos en resplandores. Italia, después que falleció[440], es a la manera de una doncella rica y hermosa, que, por haber muerto sus padres, quedó en poder de tutores y testamentarios con deseo de casarse; empero los testamentarios, como cada uno se le ha quedado con un pedazo, por no restituirla su dote y quedarse con lo que tienen en su poder, unos se la niegan y afean al Rey de España, que la pretende; otros, al Rey de Francia, que la pide, poniendo en los maridos las faltas que estudian en sí. Estos tutores tramposos son los potentados, y entre ellos no se puede negar que nosotros no la hemos arrebatado grande parte de su patrimonio. Hoy aprietan la dificultad por casarse con ella estos dos pretensores. Del Rey de Francia nos hemos valido para trampear esta novia al Rey Católico, que, por la vecindad de Milán y Nápoles, la hace señas y registra desde sus ventanas las suyas. El Rey Cristianísimo, que, por estar lejos, no la podía rondar ni ver, y se valía de papeles, hoy, con las tercerías de Saboya y Mantua y Parma, y llegándose a Piñarol, la acecha y galantea, nos obliga a que se la trampeemos a él. Esto es fácil, porque los franceses con menos trabajo se arrojan que se traen; con su furia, echan a los otros, y con su condición, a sí mismos. Empero conviene que se disponga esta zancadilla de suerte que, haciendo efectos de divorcio, cobremos caricias de casamenteros. Derramada tiene la atención el Rey Cristianísimo y delincuente la codicia en Lorena, y peligrosas en Alemania las armas, pobres sus vasallos. Tiene desacreditada la seguridad en el mundo, por esto, temerosos en Italia los confidentes. Entradas son que no apurarán nuestra sutileza para lograrlas, pues su propio ruido disimulará nuestros pasos. No hemos menester gastar sospecha en los que se han fiado dél, que sus arrepentimientos nos la ahorran. Lo que me parece es que, con alentarle a que prosiga en los hervores de su ambicioso y crédulo desvanecimiento, conquistaremos al Rey de los franceses con Luis XIII. El esfuerzo último se ha de poner en conservar y crecer en su gracia a su privado. Éste, que le quita cuanto se añade, le disminuye al paso que crece[441]. Mientras el vasallo fuere señor de su Rey, y el Rey vasallo de su criado, aquél será aborrecido por traidor, y éste despreciado por vil. Para decir muera el Rey en público, no sólo sin castigo, sino con premio, se consigue con decir viva el privado. No sé si le fué más aciago a su padre Francisco Revellac[442], que a él Richeleu; lo que sé es que entre los dos le han dejado huérfano: aquél, sin padre; éste, sin madre. Dure Armando, que es como la enfermedad, que durando acaba u se acaba. Por muy importante juzgo el pensar sobre la sucesión del Rey Cristianísimo, la cual no se espera en descendientes, antes que vuelva a su hermano, cuyo natural da buenas promesas a nuestro acecho. Es fuego que podremos derramar a soplos, y de tal condición, que se atiza a sí mismo; hombre quejoso del bien que recibe, por lo que tiene desobligado al Rey de España y atesorada discordia, que podremos encaminar como nos convenga. Francia está sospechosa con la[443] descendencia real que el privado se achaca con genealogías compradas, y temerosa de ver agotados todos los cargos en su familia y todas las fuerzas en poder de sus cómplices. Esles recuerdo Momoranci degollado y tantos grandes señores y ministros o en destierro o en desprecio. Sospechan que en la sucesión ha de haber rebatiña y no herencia. Las cosas de Alemania no admiten cura con el Palatino desposeído, y con el de Lorena, y los desinios del Duque de Sajonia, y los protestantes por el imperio contra la Casa de Austria. Italia está, al parecer, imposibilitada de paz por los presidios que los franceses tienen en ella. Al Rey de España sobran ocupaciones y gastos con los olandeses, que en Flandes le han tomado[444] lo que tenía y le quieren tomar lo que tiene; que se han apoderado en la mejor y mayor parte del Brasil del palo, tabaco y azúcar, con que se aseguran flota; que se han fortificado en una isla de las de barlovento. Júntase a esto el cuidado de mantener al Emperador la oposición a los franceses por el Estado de Milán. Nosotros, como las pesas en el reloj de faltriquera, hemos de mover cada hora y cada punto estas manos, sin ser vistos ni oídos, derramando el ruido a los otros, sin cesar ni volver atrás. Nuestra razón de estado es vidriero que, con el soplo, da las formas y hechuras a las cosas, y de lo que sembramos en la tierra a fuerza de fuego, fabricamos hielo[445].

En esto, los cogió la hora, que, apoderándose del capricho de un republicón de los Capidiechi, le hizo razonar en esta manera:

—Venecia es el mismo Pilatos. Pruébolo. Condenó al Justo y lavó sus manos: ergo. Pilatos soltó a Barrabás, que era la sedición, y aprisionó a la paz, que era Jesús: igitur. Pilatos, constante, digo pertinaz, dijo: “Lo que escribí, escribí”: tenet consequentia. Pilatos entregó la salud y la paz del mundo a los alborotadores para que la crucificasen, non potest negari.

Alborotóse todo el consistorio en voces. El Dux, con acuerdo de muchos y de los semblantes de todos, mandó poner en prisiones al republicón y que se averiguase bien su genealogía, que, sin duda, por alguna parte decendía de alguno que decendía de otro, que tenía amistad con alguno que era conocido de alguno, que procedía de quien tuviese algo de español.

XXXIII. Juntó el preclaro e ilustrísimo Dux de Génova todo aquel excelentísimo Senado para oír al Embajador del Rey Cristianísimo, el cual razonó desta manera:

—Serenísima República: El Rey, mi señor, que siempre ha tenido las libertades de Italia en igual precio que la majestad de su corona, asistiendo a su conservación con todo su poderío, celoso de vuestra paz, sin pretender otro aumento que el de los Príncipes que en ella, en división concorde, poseen la mejor y más hermosa parte del mundo, hoy me manda que, en su nombre, os haga recuerdo de que, como muy obediente hijo de la Iglesia romana y seguro vecino de todos los potentados, desea justificar sus acciones en vuestros oídos y desempeñar para con todos su afecto y benevolencia. Mejor sabéis vosotros lo que padecéis que nosotros lo que oímos y vemos desde lejos. Muchos años han pasado por vosotros en guerras continuadas, introducidas por las desavenencias del Duque de Saboya, cuyos confines siempre os fueron sospechosos y molestos, a los cuales se opuso el Rey Católico con nombre de árbitro[446]. Habéis visto los campos anegados en sangre y horribles con cuerpos muertos; las ciudades, asoladas por sitios y por asaltos; el país, robado por los alojamientos; en vuestras tierras los alemanes, gente feroz, número a quien acompaña en las almas la herejía; en los cuerpos, la hambre y la peste. No hallará vuestra advertencia culpado al Rey, mi señor, en alguna de estas calamidades, pues solamente ha asistido al socorro de la parte más flaca, no con intento de que, venciendo, se aumentase, sino de que, defendiéndose, no dejase aumentar al contrario, para que el derecho de cada uno quedase sin ofensa y justificado, y el Monferrato, que ha sido vientre destas disensiones[447], no fuese premio de alguna codicia. Con este fin ha sustentado grandes ejércitos, y alguna vez acompañádolos en persona, venciendo las fortificaciones del invierno en los Alpes, por abrir la puerta a vuestros socorros, volviendo triunfante con sólo este útil. Hoy, que parece estar furioso el mundo y que vuestra asistencia le ha solicitado odios poderosos en todas partes, se promete que esta serenísima República le tendrá por tan buen amigo en sus puertos como al Rey de España, cuando, con mantener con los dos neutralidad, mostrará que conoce el santo celo del Rey, mi señor, y la justificación de sus armas.

El Dux, viendo que el monsiur[448] había dado fin a su propuesta, respondió:

—Damos gracias a Dios que, en asistir con amor y reverencia al Rey Cristianísimo, no tenemos qué ofrecer sino la continuación de lo que hasta el día de hoy se ha hecho. Hemos oído en vuestras palabras lo que hemos visto: fácil es persuadir a los testigos. Y si bien pudiera turbar nuestra confianza el haber abrigado vuestro Rey, con los socorros de la Digera[449] las discordias con que la alteza de Saboya pretendió destruir o molestar esta República, que, a no socorrerla el Rey Católico, se viera en confusión, y asimismo pudiera escarmentarla el haber apoderádose las armas francesas de Susa y Piñarol y el Casal, en Italia, a imitación del que, en achaque de meter paz en una pendencia, se va con las capas de los que riñen; acrecentando con horror esta sospecha el haber la Majestad Cristianísima hecho al Duque de Lorena la vecindad del humo, que le echó de su casa[450] llorando; empero nosotros, no reparando en los semblantes destas acciones, somos y seremos siempre los más afectos a su corona. Esto cuanto dieren lugar las grandes obligaciones que esta señoría y todos sus particulares tienen y conocen al Monarca de las Españas, en cuyo poder estamos defendidos, con cuya grandeza ricos, en cuya verdad y religión descansamos seguros. Y así, para resolver el punto de la neutralidad que se nos pide, es justo se llamen a este consejo todos los repúblicos, en cuyo caudal está la negociación.

Pareció bien al Embajador y al Senado. Fué persona grave a llamarlos, con orden les dijese a qué fin y que viniesen luego. Fué el diputado, y llegando a Banchi[451], donde los halló juntos, les dió su embajada y la razón della. En esto los cogió a todos la hora, y demudándose los nobilísimos ginoveses, dijeron al magnífico que respondiese al serenísimo Dux que:

“Habiendo entendido la propuesta del Rey de Francia, y queriendo ir a obedecer su mandato, se les habían pegado de suerte los asientos de España, que no se podían levantar. Y que fueran con los asientos arrastrando; mas no era posible arrancarlos, por estar clavados en Nápoles y Sicilia y remachados con los juros de España. Que advertían a su serenidad que el Rey de Francia caminaba como galeote, con las espaldas vueltas[452] hacia donde quiere ir derecho, tirando para sí, y que abra los ojos, que aquella Majestad ha sido inquisidor contra herejes y hoy es hereje contra inquisidores”.

Volvió el magnífico[453] y dió en alta voz esta respuesta. Quedó monsiur amostazado y confuso, con bullicio mal atacado, arrebañando una capa de estatura de mantellina, con cuello de garnacha. El Dux, por alargarle la saña, le dijo:

—Decid al Rey Cristianísimo que ya que esta República no puede servirle en lo que pide, le ofrece, si prosiguiere en venir a Italia, un aniversario perpetuo en altar de alma por los franceses que, muriendo, acompañaren a los que hicieron cimenterio el bosque de Pavía, empedrándole de calaveras, y de hacer a Su Majestad la costa todo el tiempo que estuviere preso en el Estado de Milán, y desde luego le ofrecemos para su rescate cien mil ducados, y vos llevaos esa historia del emperador Carlos V para entreteneros en el camino, y servirá de itinerario a vuestro gran Rey.

El monsiur, ciego de cólera, dijo:

—Vosotros habéis hablado como buenos y leales vasallos del Rey Católico, a quien los propios asientos que me niegan la neutralidad han hecho gallegos de allende y ultramarinos.

XXXIV. Los alemanes, herejes y protestantes, en quienes son tantas las herejías como los hombres, que se gastan en alimentar la tiranía de los suecos, las traiciones del Duque de Sajonia, Marqués de Brandenburg y Landtgrave de Hessen; hallándose corrompidos de mal francés, trataron de curarse de una vez, viendo que los sudores de tantos trabajos no habían aprovechado, ni las unciones que con ungüento de azogue los dieron en la estufa de Nortlingen[454], ni las copiosas sangrías, usque ad animi deliquium, de tantas rotas. Juntaron todos los mejores médicos racionales y espagíricos[455] que hallaron, y, haciéndoles relación de sus achaques, les pidieron remedio eficaz. Algunos fueron de parecer que la medicina era purgarlos de todos los humores franceses que tenían en los huesos. Otros, afirmando que el mal estaba en las cabezas, ordenaron evacuaciones, descargándolas de opiniones crasas con el tetrágono de Hipócrates, tan celebrado de Galeno, a que corresponde el tabaco en humo en la forma. Otros, supersticiosos y dados a las artes secretas, afirmaron que lo que padecían no eran enfermedades naturales, sino demonios que los agitaban, y que, como endemoniados, necesitaban de exorcismos y conjuros. En esta discordia estudiosa estaban cuando los cogió la hora, y, alzando la voz, un médico de Praga, dijo:

—Los alemanes no tienen en su enfermedad remedio, porque sus dolencias y achaques solamente se curan con la dieta[456], y en tanto que estuvieren abiertas las tabernas de Lutero y Calvino, y ellos tuvieron gaznates y sed y no se abstuvieren de los bodegones y burdeles de Francia, no tendrán la dieta de que necesitan.

XXXV. El Gran Señor, que así se llama el Emperador de los turcos, monarca, por los embustes de Mahoma, en la mayor grandeza unida que se conoce, mandó juntar todos los cadís, capitanes, beyes y visires[457] de su Puerta, que llama excelsa, y con ellos todos los morabitos y personas de cargos preeminentes, capitanes generales y bajaes, todos, o la mayor parte, renegados; y asimismo los esclavos cristianos que en perpetuo cautiverio padecen muerte viva en las torres de Constantinopla, sin esperanza de rescate, por la presunción de aquella soberbia majestad, que tiene por indecente el precio por esclavos y por plebeya la celestial virtud de la misericordia. Fué por esto grande el concurso y mayor la suspensión de todos viendo un acto en aquella forma, sin ejemplar en la memoria de los más ancianos. El Gran Señor, que juzga a desautoridad[458] que sus vasallos oigan su voz y traten su persona aun con los ojos, estando en trono sublime, cubierto con velos que sólo daban paso confuso a la vista, hizo seña muda para que oyesen a un morisco de los expulsos de España las novedades a que procuraba persuadirle. El morisco, postrado en el suelo, a los pies del Emperador tirano, en adoración sacrílega, y volviéndose a levantar, dijo:

—Los verdaderos y constantes mahometanos, que en larga y trabajosa captividad en España, por largas edades abrigamos oculta en nuestros corazones la ley del profeta descendiente de Agar, reconocidos a la benignidad con que el todopoderoso Monarca del mundo, Gran Señor de los turcos, nos consintió lastimosas reliquias de expulsión dolorosa, hemos determinado hacer a su grandeza y majestad algún considerable servicio, valiéndonos de la noticia que trujimos, por falta del caudal que, con el despojo, nos dejó número inútil. Y para que se consiga, proponemos que, para gloria desta nación, y el premio[459] de los invencibles capitanes y beyes en las memorias[460] de sus hazañas, conviene, a imitación de Grecia, y Roma, y España, dotar Universidades y estudios, señalar premios a las letras, pues por ellas, habiendo fallecido los monarcas y las monarquías, hoy viven triunfantes las lenguas griega y latina, y en ellas florecen, a pesar de la muerte, sus hazañas y virtudes y nombres, rescatándose del olvido de los sepulcros por el estudio que los enriqueció de noticias y sacó de bárbaras a sus gentes. Lo segundo, que se admita y platique el derecho y leyes de los romanos, en cuanto no fueren contra la nuestra, para que la policía crezca, las demasías se repriman, las virtudes se premien, se castiguen los vicios y la justicia se administre por establecimientos que no admiten pasión ni enojo ni cohecho, con método seguro y estilo cierto y universal. Lo tercero, que para el mejor uso del rompimiento en las batallas, se dejen los alfanjes corvos por las espadas de los españoles, pues en la ocasión son para la defensa y la ofensa más hábiles, ahorrando con las estocadas grandes rodeos de los movimientos circulares; por lo cual, llegando a las manos con los españoles, que siempre han usado mejor[461] que todas las naciones esta destreza, hemos padecido grandes estragos. Son las espadas mucho más descansadas al pulso y a la cinta. Lo cuarto, para conservar la salud y cobrarla si se pierde, conviene alargar en todo y en todas maneras el uso del beber vino, por ser, con moderación, el mejor vehículo del alimento y la más eficaz medicina, y para aumentar las rentas del Gran Señor y de sus vasallos con el tráfigo[462] (el tesoro más numeroso), por ser las viñas artífices de muchos licores diferentes con sus frutos y en todo el mundo mercancía forzosa, y para esforzar los espíritus al coraje de la guerra y encender la sangre en hervores temerarios, más eficaces que el Anfión y más racionales, a que no se debe obstar por la prohibición de la ley en que se ha empezado a dispensar. Y para que se disponga, daráse interpretación conveniente y ajustada. Y ofrecemos para la disposición de todo lo referido arbitrios y artífices que lo dispongan sin costa ni inconveniente alguno, asegurando gloriosos aumentos y esplendor inestimable a todos los reinos del grande Emperador de Constantinopla.

Acabando de pronunciar esta palabra postrera, se levantó Sinan bey[463], renegado, y encendido en coraje rabioso, dijo:

—Si todo el Infierno se hubiera conjurado contra la Monarquía de los turcos no hubiera pronunciado cuatro pestes más nefandas que las que acaba de proponer este perro morisco, que entre cristianos fué mal moro y entre moros quiere ser mal cristiano[464]. En España quisieron levantarse éstos; aquí quieren derribarnos. No fué aquélla mayor causa de expulsión que ésta; justo será desquitarnos de quien nos los arrojó con volvérselos. No pretendió con tan último fin don Juan de Austria acabar con nuestras fuerzas cuando en Lepanto, derramando las venas de tantos genízaros, hizo nadar en sangre[465] los peces y a nuestra costa dió competidor al mar Bermejo; no con enemistad tan rabiosa el Persiano, con turbante verde, solicita la desolación de nuestro imperio; no don Pedro Girón, duque de Osuna, virey de Sicilia y Nápoles, siendo terror del mundo, procuró con tan eficaces medios, horrendo en galeras y naves y infantería armada, con su nombre formidable esconder en noche eterna nuestras lunas, que borró tantas veces, cuando, de temor de sus bajeles, se aseguraban las barcas desde Estambol a Pera[466], como tú, marrano infernal, con esas cuatro proposiciones que has ladrado. Perro, las monarquías con las costumbres que se fabrican se mantienen. Siempre las han adquirido capitanes, siempre las han corrompido bachilleres[467]. De su espada, no de su libro, dicen los reyes que tienen sus dominios; los ejércitos, no las universidades, ganan y defienden; victorias, y no disputas, los hacen grandes y formidables. Las batallas dan reinos y coronas; las letras, grados y borlas. En empezando una república a señalar premios a las letras, se ruega con las dignidades a los ociosos, se honra la astucia, se autoriza la malignidad y se premia la negociación, y es fuerza que dependa el vitorioso del graduado, y el valiente del dotor, y la espada de la pluma. En la ignorancia del pueblo está seguro el dominio de los príncipes; el estudio que los advierte, los amotina. Vasallos doctos, más conspiran que obedecen, más examinan al señor que le respetan; en entendiéndole, osan despreciarle; en sabiendo qué es libertad, la desean; saben juzgar si merece reinar el que reina, y aquí empiezan a reinar sobre su Príncipe[468]. El estudio hace que se busque la paz, porque la ha menester, y la paz procurada induce la guerra más peligrosa. No hay peor guerra que la que padece el que se muestra codicioso de la paz: con las palabras y embajadas pide ésta y negocia con el temor de los ruegos la otra. En dándose una nación a doctos y a escritores, el ganso pelado vale más que los mosquetes y lanzas, y la tinta escrita, más que la sangre vertida, y al pliego de papel firmado no le resiste el peto fuerte, que se burla de las cóleras del fuego, y una mano cobarde, por un cañón tajado, se sorbe desde el tintero las honras, las rentas, los títulos y las grandezas. Mucha gente baja se ha vestido de negro en los tinteros, de muchos son los algodones solares, muchos títulos y Estados decienden del burrajear[469]. Roma, cuando desde un surco que no cabía dos celemines de sembradura se creció en República inmensa, no gastaba dotores ni libros, sino soldados y astas[470]. Todo fué ímpetu, nada estudio. Arrebataba las mujeres que había menester, sujetaba lo que tenía cerca, buscaba lo que tenía lejos. Luego que Cicerón, y Bruto, y Hortensio, y César, introdujeron la parola y las declamaciones, ellos propios la turbaron en sedición, y, con las conjuras, se dieron muerte unos a otros y otros a sí mismos, y siempre la República, y los Emperadores y el Imperio, fueron deshechos, y, por la ambición de los elegantes, aprisionados. Hasta en las aves sólo padecen prisión y jaula las que hablan y chirrean, y, cuanto mejor y más claro, más bien cerrada y cuidadosa. Entonces, pues, los estudios fueron armerías contra las armas, las oraciones santificaban delitos y condenaban virtudes, y, reinando la lengua, los triunfos yacían so el poder de las palabras. Los griegos padecieron la propia carcoma de las letras: siguieron la ambición de las Academias: éstas fueron invidia de los ejércitos y los filósofos persecución de los capitanes. Juzgaba el ingenio a la valentía: halláronse ricos de libros y pobres de triunfos. Dices que hoy, por sus grandes autores, viven los varones grandes que tuvieron; que vive su lengua, ya que murió su Monarquía. Lo mismo sucede al puñal que hiere al hombre, que él dura y el hombre acaba, y no es consuelo ni remedio al muerto. Más valiera que viviera la Monarquía, muda y sin lengua, que vivir la lengua sin la Monarquía. Grecia y Roma quedaron ecos: fórmanse en lo hueco y vacío de su majestad, no voz entera, sino apenas cola de la ausencia de la palabra. Esos escritores que la acabaron quedaron después de acabarla[471] con vida, que les tasa el lector tan breve, que se regula en unos con el entretenimiento[472]; en otros, con la curiosidad. España, cuya gente en los peligros siempre fué pródiga de la alma, ansiosa de morir, impaciente de mucha edad, despreciadora de la vejez[473], cuando con incomparable valentía se armó en su total ruina y vencimiento y poca ceniza derramada, se convocó en rayo, y de cadáver se animó en portento; más atendía a dar que a escribir[474]; antes a merecer alabanzas que a componerlas; por su coraje hablaban las cajas y las trompas[475], y toda su prosa gastaba[476] en Sant Yago, muchas veces repetido. Ellos admiraron el mundo con Viriato y Sertorio; dieron esclarecidas victorias a Aníbal, y a César, que en todo el orbe de la tierra había peleado por la honra, obligaron a pelear por la vida. Pasaron de lo posible los encarecimientos del valor y de la fortaleza en Numancia. Destas y de otras inumerables hazañas nada escribieron: todo lo escribieron los romanos. Servíase su valentía de ajenas plumas; tomaron para sí el obrar; dejaron a los latinos el decir[477]; en tanto que no supieron ser historiadores, supieron merecerlos. Inventóse poco a poco la artillería[478] contra las vidas seguras y apartadas, falseando el calicanto a las murallas y dando más vitorias al certero que al valeroso. Empero luego se inventó la emprenta contra la artillería, plomo contra plomo, tinta contra pólvora, cañones contra cañones. La pólvora no hace efecto mojada: ¿quién duda que la moja la tinta por donde pasan las órdenes[479] que la aprestan y previenen? ¿Quién duda que falta[480] el plomo para balas después que se gasta en moldes fundiendo letras, y el metal en láminas? Perro, las batallas[481] nos han dado el imperio y las vitorias los soldados, y los soldados los premios. Éstos se han de dar siempre[482] a los que nos han dado los triunfos. Quien llamó hermanas las letras y las armas poco sabía de sus avalorios, pues no hay más diferentes linajes que hacer y decir. Nunca se juntó el cuchillo a la pluma que éste no la cortase; mas ella, con las propias heridas que recibe del acero, se venga dél. Vilísimo morisco, nosotros deseamos que entre nuestros contrarios haya muchos que sepan, y entre nosotros, muchos que venzan; porque de los enemigos queremos la vitoria, y no la alabanza.

Lo segundo que propones es introducir las leyes de los romanos. Si esto consiguieras, acabado habías con todo. Dividiérase todo el imperio en confusión de actores y reos, jueces y sobre jueces[483], y en la ocupación de abogados, pasantes, escribientes, relatores, procuradores, solicitadores, secretarios, escribanos, oficiales y alguaciles, se agotaran las gentes, y la guerra, que hoy escoge personas, será forzada a servirse de los inútiles y desechados del ocio contencioso. Habrá más pleitos, no porque habrá más razón, sino porque habrá más leyes. Con nuestro estilo tenemos la paz que habemos menester, y los demás la guerra que nosotros queremos que tengan; las leyes por sí buenas son y justificadas; mas, habiendo legistas, todas son tontas y sin entendimiento. Esto no se puede negar, pues los mismos jurisprudentes lo confiesan todas las veces que dan a la ley el entendimiento que quieren, presuponiendo que ella por sí no le tiene. No hay juez que no afirme que el entendimiento de la ley es el suyo, y con decir que se le dan, suponen que no le tiene. Yo, renegado soy, cristiano fuí y depongo de vista que no hay ley civil ni criminal que no tenga tantos entendimientos como letrados y jueces, como glosadores y comentadores, y a fuerza de entendimientos que la achacan, le falta el que tiene y queda mentecata. Por esto, al que condenan en el pleito, le condenan en lo que le pide el contrario y en lo que no le pide, pues se lo gasta la defensa, y nadie gana en el pleito sin perder en él todo lo que gasta en ganarle, y todos pierden y en todo se pierde. Y cuando falta razón para quitar a uno lo que posee, sobran leyes que, torcidas o interpretadas, inducen el pleito y le padecen igualmente el que le busca y el que le huye. Véase qué dos proposiciones nos encaminaba el agradecimiento del morisco. La tercera fué que dejásemos los alfanjes por las espadas. En esto, como no había muy considerable inconveniente, no hallo utilidad considerable para que se haga. Nuestro carácter es la media luna: ése esgrimimos en los alfanjes. Usar de los trajes y costumbres de los enemigos, ceremonia es de esclavos y traje de vencidos, y, por lo menos es premisa de lo uno u de lo otro[484]. Si hemos de permanecer, arrimémonos al aforismo que dice: Lo que siempre se hizo, siempre se haga; lo que nunca se hizo, nunca se haga; pues, obedecido, preserva de novedades[485]. Pique el cristiano y corte el turco, y a este morisco que arrojó aquél, éste le empale. En cuanto al postrero punto, que toca en el uso de las viñas y del vino, allá se lo haya la sed con el Alcorán. No es poco lo que en esto se permite días ha; empero advierto que si universalmente se da licencia al beber vino y a las tabernas, servirá de que paguemos la agua cara y bebamos a precio de lagares los pozos por azumbres. Mi parecer es, según lo propuesto, que este malvado perro aborrece más a quien le acoge que a quien le expele.

Oyeron todos con gran silencio. El morisco estaba muy trabajoso de semblante, toda la frente rociada de trasudores de miedo, cuando Halí, primero visir, que estaba más arrimado a las cortinas del Gran Señor, después de haber consultado su semblante, dijo:

—Esclavos cristianos: ¿qué decís de lo que habéis oído?

Ellos, viendo la ceguedad de aquella engañada nación, y que amaban la barbaridad y ponían su conservación en la tiranía y en la ignorancia, aborreciendo la gloria de las letras y la justicia de las leyes, hicieron que por todos respondiese un caballero español, de treinta años de prisión, con tales palabras:

—Nosotros españoles no hemos de aconsejaros cosa que os esté bien, que sería ser traidores a nuestro Monarca y faltar a nuestra religión; ni os hemos de engañar, porque no necesitamos de engaños para nuestra defensa los cristianos: dispuestos estamos a aguardar la muerte en este silencio inculpable.

El Gran Señor, cogido de la hora, y corriendo las cortinas de su solio, cosa nunca vista, con voces enojadas, dijo:

—Esos cristianos sean libres; válgales por rescate su generosa bondad: vestidlos y socorreldos para su navegación con grande abundancia de las haciendas de todos los moriscos, y a ese perro quemaréis vivo, porque propuso novedades, y se publicará por irremisible la propia pena en los que le imitaren. Yo elijo ser llamado bárbaro vencedor y renuncio que me llamen docto vencido: saber vencer ha de ser el saber nuestro, que pueblo idiota es seguridad del tirano. Y mando a todos los que habéis estado presentes que os olvidéis de lo que oístes al morisco. Obedezcan mis órdenes las potencias como los sentidos y acobardad con mi enojo vuestras memorias.

Dió con esto la hora a todos lo que merecían: a los bárbaros infieles, obstinación en su ignorancia; a los cristianos, libertad y premio, y al morisco, castigo.

XXXVI. Dió una tormenta en un puerto de Chile con un navío de olandeses, que, por su sedición y robos, son propiamente dádiva de las borrascas y de los furores del viento. Los indios de Chile que asistían a la guarda de aquel puerto, como gente que en todo aquel mundo vencido guarda belicosamente su libertad para su condenación en su idolatría, embistieron con armas a la gente de la nave, entendiendo eran españoles, cuyo imperio les es sitio y a cuyo dominio perseveran excepción. El capitán del bajel los sosegó, diciendo eran olandeses y que venían de parte de aquella República con embajada importante a sus caciques y principales, y acompañando estas razones con vino generoso, adobado con las estaciones del norte, y ablandándolos con butiro[486] y otros regalos, fueron admitidos y agasajados. El indio que gobernaba a los demás fué a dar cuenta a los magistrados de la nueva gente y de su pretensión. Juntáronse todos los más principales y mucho pueblo, bien en orden, con las armas en las manos. Es nación tan atenta a lo posible y tan sospechosa de lo aparente, que reciben las embajadas con el propio aparato que a los ejércitos. Entró en la presencia de todos el capitán del navío, acompañado de otros cuatro soldados, y por un esclavo intérprete le preguntaron quién era, de dónde venía y a qué y en nombre de quién. Respondió, no sin recelo de la audiencia belicosa:

—Soy capitán olandés; vengo de Olanda, república en el último occidente, a ofreceros amistad y comercio. Nosotros vivimos en una tierra que la miran seca con indignación debajo de sus olas los golfos; fuimos, pocos años ha, vasallos y patrimonio del grande Monarca de las Españas y Nuevo Mundo, donde sola vuestra valentía se ve fuera del cerco de su corona, que compite por todas partes con el que da el sol a la tierra. Pusímonos en libertad con grandes trabajos, porque el ánimo severo de Felipe II quiso más un castigo sangriento de dos señores[487] que tantas provincias y señorío. Armónos de valor la venganza desta venganza, y con guerras[488] de sesenta años y más, continuas, hemos sacrificado a estas dos vidas más de dos millones de hombres, siendo sepulcro universal de Europa las campañas y sitios de Flandes. Con las vitorias nos hemos hecho soberanos señores de la mitad de sus Estados[489], y, no contentos con esto, le hemos ganado en su país muchas plazas fuertes y muchas tierras, y en el oriente hemos adquirido grande señorío y ganádole en el Brasil a Pernambuco, la Parayba, y hecho nuestro el tesoro del palo, tabaco y azúcar, y en todas partes, de vasallos suyos, nos hemos vuelto su inquietud y sus competidores. Hemos considerado que, no sólo han ganado estas infinitas provincias los españoles, sino que, en tan pocos años, las han vaciado de tan inumerables poblaciones y pobládolas de gente forastera, sin que de los naturales guarden aun los sepulcros memoria, y que sus grandes emperadores y reyes, caciques y señores, fueron desparecidos y borrados en tan alto olvido, que casi los esconde con los que nunca fueron. Vemos que vosotros solos, o sea bien advertidos o mejor escarmentados, os mantenéis en libertad hereditaria y que en vuestro coraje se defiende a la esclavitud la generación americana. Y como es natural amar cada uno a su semejante, y vosotros y mi república sois tan parecidos en los sucesos, determinó enviarme por tan temerosos golfos y tan peligrosas distancias a representaros su afecto, buena amistad y segura correspondencia, ofreciéndoos, como por mí os ofrece, para vuestra defensa o pretensiones, navíos y artillería, capitanes y soldados, a quienes alaba y admira la parte del mundo que no los teme, y para la mercancía, comercio en sus tierras y estados, con hermandad y alianza perpetua, pidiendo escala franca en vuestro dominio y correspondencia igual en capitulaciones generales, con cláusula de amigos de amigos y enemigos de enemigos, y, por más demostración, en su poder grande os aseguran muchas repúblicas, reyes y príncipes confederados.

Los de Chile respondieron con agradecimiento, diciendo que para oír bastaba la atención; mas, para responder, aguardaban las prevenciones del Consejo[490]; que a otro día se les respondería a aquella hora.

Hízose así, y el olandés, conociendo la naturaleza de los indios, inclinada a juguetes y curiosidades, por engañarles la voluntad[491], les presentó barriles de butiro, quesos y frasqueras de vino, espadas, y sombreros, y espejos, y, últimamente, un cubo óptico, que llaman antojo de larga vista. Encarecióles su uso, y con razón, diciendo que con él verían las naves que viniesen a diez y doce leguas de distancia y conocerían por los trajes y banderas si eran de paz o de guerra, y lo propio en la tierra, añadiendo que con él verían en el cielo estrellas que jamás se han visto, y que sin él no podrían verse; que advertirían distintas y claras las manchas que en la cara de la luna se mienten ojos y boca, y en el cerco del sol una mancha negra, y que obraba estas maravillas porque con aquellos dos vidrios traía al ojo las cosas que estaban lejos y apartadas en infinita distancia. Pidiósele el indio que entre todos tenía mejor lugar. Alargósele el olandés en sus puntos, dotrinóle la vista para el uso y diósele. El indio le aplicó al ojo derecho, y, asestándole a unas montañas, dió un grande grito, que testificó su admiración a los otros, diciendo había visto a distancia de cuatro leguas ganados, aves y hombres, y las peñas y matas tan distintamente y tan cerca, que aparecían en el vidrio[492] postrero incomparablemente crecidas. Estando en esto, los cogió la hora, y zurriándose[493] en su lenguaje, al parecer razonamientos coléricos, el que tomó el antojo, con él en la mano izquierda, habló al olandés estas palabras:

—Instrumento que halla mancha en el sol y averigua mentiras en la luna y descubre lo que el cielo esconde es instrumento revoltoso, es chisme de vidrio, y no puede ser bienquisto del Cielo. Traer a sí lo que está lejos, es sospechoso para los que estamos lejos: con él debistes de vernos en esta gran distancia, y con él hemos visto nosotros la intención que vosotros retiráis tanto de vuestros ofrecimientos. Con este artificio espulgáis los elementos y os metéis de mogollón a reinar: vosotros vivís enjutos debajo del agua y sois tramposos del mar. No será nuestra tierra tan boba que quiera por amigos los que son malos para vasallos, ni que fíe su habitación de quien usurpó la suya a los peces. Fuistes sujetos al Rey de España, y, levantándoos con su patrimonio, os preciáis de rebeldes, y queréis que nosotros, con necia confianza, seamos alimento a vuestra traición. Ni es verdad que nosotros somos vuestra semejanza, porque, conservándonos en la Patria que nos dió la naturaleza, defendemos lo que es nuestro, conservamos la libertad, no la robamos[494]. Ofrecéisnos socorro contra el Rey de España, cuando confesáis le habéis quitado el Brasil, que era suyo. Si a quien nos quitó las Indias se las quitáis, ¿cuánta mayor razón será guardarnos de vosotros que dél? Pues advertid que América es una ramera rica y hermosa, y que, pues fué adúltera a sus esposos, no será leal a sus rufianes. Los cristianos dicen que el Cielo castigó a las Indias porque adoraban a los ídolos, y los indios decimos que el Cielo ha de castigar a los cristianos porque adoran a las Indias. Pensáis que lleváis oro y plata y lleváis invidia de buen color y miseria preciosa. Quitáisnos para tener que os quiten: por lo que sois nuestros enemigos, sois enemigos unos de otros. Salid con término de dos horas deste puerto, y si habéis menester algo, decildo, y si nos queréis granjear, pues sois invencioneros, inventad instrumento que nos aparte muy lejos lo que tenemos cerca y delante de los ojos, que os damos palabra que con éste, que trae a los ojos lo que está lejos, no miraremos jamás a vuestra tierra ni a España. Y llevaos esta espía de vidrio, soplón del firmamento, que, pues con los ojos en vosotros vemos más de lo que quisiéramos, no le habemos menester. Y agradézcale el sol que con él le hallastes la mancha negra, que si no, por el color intentárades acuñarle y de planeta hacerle doblón[495].

XXXVII. Los negros se juntaron para tratar de su libertad, cosa que tantas veces han solicitado con veras. Convocáronse en numeroso concurso. Uno de los más principales, que entre los demás interlocutores bayetas era negro limiste[496], y había propuesto esta pretensión en la Corte romana, dijo:

—Para nuestra esclavitud no hay otra causa sino la color, y la color es accidente, y no delito. Cierto es que no dan los que nos cautivan otra color a su tiranía sino nuestro color, siendo efecto de la asistencia de la mayor hermosura, que es el sol. Menos son causa de esclavitud cabezas de borlilla y pelo en burujones, narices despachurradas y hocicos góticos. Muchos blancos pudieran ser esclavos por estas tres cosas, y fuera más justo que lo fueran en todas partes los naricísimos, que traen las caras con proas y se suenan un peje espada, que nosotros, que traemos los catarros a gatas y somos contrasayones. ¿Por qué no consideran los blancos que si uno de nosotros es borrón entre ellos, uno dellos será mancha entre nosotros? Si hicieran esclavos a los mulatos, aún tuvieran disculpa, que es canalla sin rey, hombres crepúsculos entre anochece y no anochece, la estraza de los blancos y los borradores de los trigueños y el casi casi de los negros y el tris de la tizne. De nuestra tinta han florecido en todas las edades varones admirables en armas y letras, virtud y santidad. No necesita su noticia de que yo refiera su catálogo. Ni se puede negar la ventaja que hacemos a los blancos en no contradecir a la naturaleza la librea que dió a los pellejos de las personas. Entre ellos, las mujeres, siendo negras o morenas, se blanquean con guisados de albayalde, y las que son blancas, sin hartarse de blancura, se nievan de solimán. Nuestras mujeres solas, contentas con su tez anochecida, saben ser hermosas a escuras, y en sus tinieblas, con la blancura de los dientes, esforzada en lo tenebroso, imitan, centelleando con la risa, las galas de la noche. Nosotros no desmentimos las verdades del tiempo, ni con embustes asquerosos somos reprehensión de la pintura de los nueve meses. ¿Por qué, pues, padecemos desprecio y miserable castigo? Esto deseo que consideréis, mirando cuál medio seguirá nuestra razón para nuestra libertad y sosiego.

Cogiólos la hora, y levantándose un negro, en quien la tropelía de la vejez mostraba con las canas, contra el común axioma, que sobre negro no hay tintura[497], dijo:

—Despáchense luego embajadores a todos los reinos de Europa, los cuales propongan dos cosas: la primera, que si la color es causa de esclavitud, que se acuerden de los bermejos, a intercesión de Judas, y se olviden de los negros, a intercesión[498] de uno de los tres Reyes que vinieron a Belén, y que, pues el refrán manda que de aquel color no haya gato ni perro, más razón será que no haya hombre ni mujer, y ofrezcan de nuestra parte arbitrios para que en muy poco tiempo los bermejos, con todos sus arrabales, se consuman. La segunda, que tomen casta de nosotros, y, aguando sus bodas en nuestro tinto, hagan casta aloque y empiecen a gastar gente prieta, escarmentados de blanquecinos y cenicientos, pues el ampo de los flamencos y alemanes tiene revuelto y perdido el mundo, coloradas con sangre las campañas y hirviendo en traiciones y herejías tantas naciones, y, en particular, acordarán lo boquirubio de los franceses, y vayan advertidos los nuestros, si los estornudaren, de consolarse con el tabaco y responder: “Dios nos ayude”, gastando en sí propios la plegaria.

XXXVIII. El serenísimo Rey de Inglaterra, cuya isla es el mejor lunar que el Océano tiene en la cara, juntando el Parlamento en su palacio de Londres, dijo:

—Yo me hallo Rey de unos Estados que abraza sonoro el mar, que aprisionan y fortifican las borrascas; señor de unos reinos, públicamente, de la religión reformada; secretamente, católicos. Ingerí en rey lo sumo pontífice, soy corona, bonete y dos cabezas: seglar y eclesiástica[499]. Sospecho, aunque no la veo, la división espiritual de mis vasallos; temo que gastan mucha Roma sus corazones[500], y que aquella ciudad, con las llaves de San Pedro, se pasea por los retiramientos de Londres. Esto, para mí, es tanto más peligroso cuanto más oculto. Veo con ojos enconados crecer en muy poderosa república la rebelión de los olandeses. Conozco que mi invidia y la de mis ascendientes contra la grandeza de España, de menudo marisco los abultó en estatura[501], como dice Juvenal, mayor que la ballena británica[502]. Véolos introducidos en cáncer de las dos Indias, y padezco los piojos que me comen porque los crié. Sé que de sus dominios hurtados tienen flotas los más años, y algunos las flotas enteras o buena parte de las que trae el Rey Católico, y que les es copioso tesoro esta rebatiña. En la tierra son, por el ejercicio de tantos años, soldados con crédito de inumerables vitorias, a quienes hace la experiencia en el obedecer doctos y suficientes para mandar. Por el mar los cuento inumerables en bajeles, inimitables en fortuna, incontrastables en consejo, superiores en reputación militar. Por otra parte, veo al Rey de Francia, mi vecino, a quien por las pretensiones antiguas aborrezco, aspirar al imperio de Alemania y al de Roma; introducido en Italia, y en ella, con puestos y ejércitos y séquito de algunos de los potentados, y acariciado, al parecer, de los buenos semblantes del Pontífice. Es mancebo nacido a las armas y crecido en ellas, que, en edad que pudieron serle juguetes, le fueron triunfos[503]. Consideróle con unido vasallaje por haber demolido todas las fortificaciones, hasta las inexpugnables, de los hugonotes, luteranos y calvinistas, y dejado el dominio y potestad en solos católicos. No por esto le juzgo buen católico: antes le presumo astuto político, y en su interior me persuado es conmodista, y que tiene sus conveniencias por evangelios, y que cree en lo que desea[504] y no en lo que adora: religión que tienen muchos debajo del nombre de otra religión. Esto disimula, porque como su intento es tomar a Milán y a Nápoles, mañosamente ha asistido en su reino a los católicos, por ser sin comparación la mayor parte; débenlo al número, no a la dotrina. Acompáñase del celo católico, por ser este título disposición para distilar en Italia poco a poco su codicia de dominios, y deben su crecimiento tanto a su hipocresía como a su valor. En Alemania, llamando a los suecos y amotinando al de Sajonia y al de Brandenburg y al Lanzgrave, ha jurado in verba Luteri. Para ocupar sus Estados[505] al Duque de Lorena, se aplicó a la conciencia de Calvino. Con esto es el Jano de la religión, que con una cara mira al turco, y con otra al Papa, sirviéndole de calzador de púrpura para calzarse aquella Corte el Cardenal de Richeleu[506]. Viendo esto, me crece arrugada en gran volumen la nariz, considerando que para sus intentos no ha hecho caso de mi poder y afinidad y se ha abrigado con la buena dicha de los olandeses, despreciando a Ingalaterra, como si tuviera en su mano otra doncella milagrosa Juana de Arc, a quien la mala tradución llamó poncella. Todas estas acciones son a mi paladar de tan mal sabor y de tan desabrida dentera, que me amarga el aire que respiro, y con el suceso de la isla de Res tengo la memoria con ascos. No halla la confederación con quien juntar mis filos para ser tijera que cercene al uno y al otro, si no es con el Rey de España. Inmenso Monarca es y sumamente poderoso y rico, señor de las más belicosas naciones del mundo, príncipe en edad floreciente. Advierto, empero, que la restitución del Palatinado me tiene empeñada la sangre y la reputación, y ésta no la debo esperar de los católicos, y por eso la puedo dudar de los españoles y de los imperiales, por la diferencia de religiones y el grande hastío que muestran los protestantes de más casa de Austria. Y por mí sospecho que el Rey de España no habrá olvidado mi ida a su Corte, pues no olvido yo mi vuelta a la mía, de que es recuerdo la entrada de mis bajeles en Cádiz. Yo querría volver a cerrar en sus orillas al Rey Cristianísimo, que con grande avenida ha salido de madre y esplayádose por toda Europa, y, juntamente, reducir a su principio a los olandeses. Quiero me aconsejéis el mejor y más eficaz medio, advirtiendo estoy determinado, no sólo a salir en persona, sino codicioso de salir, porque creo que el Príncipe que teniendo guerra forzosa no acompaña su gente condena a soldados a sus vasallos, en vez de hacerlos soldados, y, conducidos por este castigo, más padecen que hacen, y los obliga a que igualmente esperen su libertad y su venganza del ser vencidos que del ser vencedores. De llevar ejércitos a enviarlos[507] va la diferencia que de veras a burlas: juicio es de los sucesos. Respondedme a la necesidad común, sin hablar con mi descanso. Ni oiga yo en vuestro sentir fines particulares: informadme los oídos, no me los embaracéis.

Todos quedaron suspensos en silencio reverente y cuidadoso, confiriendo en secreto la resolución, cuando el gran Presidente, con estas palabras, dió principio a la respuesta:

—Vuestra Majestad, serenísimo señor, ha sabido preguntar de manera que nos ha enseñado a saberle responder: arte de tanto precio en los reyes, que es artífice de todo buen conocimiento y desengaño. Señor: la verdad es una y sola y clara; pocas palabras la pronuncian, muchas la confunden; ella rompe poco silencio y la mentira deja poco por romper. Todo lo que habéis considerado en el Rey de Francia y en los olandeses es desvelo de la real providencia. El peligro inminente pide resolución varonil y veloz. El Rey de España es hoy, para vuestros desinios, vuestra sola confederación, y sumamente eficaz si vos en persona asistís con él a la mortificación destos dos malos vecinos. Y advertid que mandar y hacer son tan diferentes como obras y palabras. Confieso que vuestra sucesión es muy infante para dejada; empero es menor inconveniente dejarla tierna que, siendo padre, acompañarla niño.

No bien hubo pronunciado estas últimas palabras, cuando, levantándose sobre su báculo un senador, marañado todo el seno con las canas de su barba, la cabeza en el pecho y la corcova en que le habían los años doblado la espalda en lugar de la cabeza, dijo:

—Mal puede disculparse de temerario el consejo de que su majestad salga en persona, cuando sus reinos están minados de católicos encubiertos, cuyo número es grande, a lo que se sabe; infinito, a lo que se sospecha, y verdaderamente formidable por el desprecio en que tienen la vida y el precio que se aseguran en la muerte. Los tormentos se han cansado en sus cuerpos, no sus cuerpos en los tormentos; entre ellos, por su religión, los despedazados persuaden, no escarmientan. Esto saben las horcas, los cuchillos y las llamas, que buscaron ansiosos y padecieron constantes. Pues si en tierra por todas partes prisionera del mar, y en presencia de sus reyes, tantas veces han conspirado para restituirse[508], ¿qué harán si sale y los desembaraza su persona[509]? Vasallo tiene vuesa majestad de quien poder fiar cualquiera empresa: enviad con pie de ejército de nuestra religión los más importantes de los que se entiende son católicos, que con esto irá su intención sujeta y vuestros reinos con menos enemigos dentro. No aventuréis vuestra persona, en que se aventura todo y en que todo se restaura, que yo del parecer del Presidente colijo que maquina como católico, no que responde como ministro.

Alborotáronse, y en esta disensión los cogió la fuerza de la hora, y demudándose de color el Rey, dijo:

—Vosotros dos, en lugar de aconsejarme, me habéis desesperado. El uno dice que si no salgo me quitarán el reino los enemigos; el otro, que si salgo, me le quitarán los vasallos; de suerte que tú quieres que tema más a mis súbditos que a los contrarios. Sumamente es miserable el estado en que me hallo: lo que resta es que cada uno de vosotros, con término de un día natural, me diga quién y qué cosas me tienen reducido a esta desventura, nombrando las personas y las causas, sin perdonaros unos a otros, o yo sospecharé sobre todos; porque la culpa no sale de los que me aconsejáis, que yo estoy resuelto de atender a la dirección de mis conveniencias dentro y fuera de mis reinos. Sale el Rey de Francia sin sucesión y sin esperanzas de ella que puedan entristecer a su hermano, y deja un reino por tantas causas dividido, y en parcialidades toda la nobleza, manchada con la sangre de Memoranci; los herejes, sujetos, mas no desenojados; los pueblos, despojados de tributos, y todo el reino en opresión de las demasías de un privado, y yo, que tengo sucesión y menores y menos sensibles inconvenientes, ¿estaré arrullando mis hijos y atendiendo a sus dijes y juguetes? Porque me he dejado en el ocio y porque no he salido, me son Francia y Olanda formidables: si no salgo, me serán ruina; si me quedo por temor de mis vasallos, yo los aliento[510] a mi desprecio. Si mis enemigos se aseguran de que no puedo salir, no podré asegurarme de mis enemigos, y, por lo menos, si salgo y me pierdo, lograré la honra de la defensa y excusaré la infamia de la vileza. El Rey que no asiste a su defensa disculpa a los que no le asisten; contra razón castiga a quien le imita, y contra lo que fué maestro no puede ser juez, ni castigar lo que de su persona aprenden los que para desamparar su defensa le obedecen maestro. Idos luego todos y consultad con vuestras obligaciones mi real servicio, anteponiéndole a vuestras vidas y a mi descanso; que os aseguro hacer a vuestra verdad, cuanto más rigurosa, mejor recibimiento. Y no me embaracéis con el achaque de llevar toda la nobleza conmigo, pues los acontecimientos afirman que nadie la juntó en la guerra que no la perdiese y se perdiese: los anillos que se midieron por hanegas en Cannas, lo testifican con lágrimas[511] en Roma; el bosque de Pavía, hecho sepulcro de toda la nobleza de Francia y de la libertad de su Rey; la Armada española con que el Duque de Medina Sidonia, viniendo a invadir estos reinos, dejando en estos mares tan miserables despojos; el rey don Sebastián, que en África se perdió y sus reinos con su nobleza toda. Los nobles juntos inducen confusión y ocasionan ruina; porque, no sabiendo mandar, no quieren obedecer y estragan en presunciones desvanecidas la disciplina militar. Llevaré pocos, experimentados; los demás quedarán para freno de los hervores populares y triaca de los noveleros. Gente que piensa que me engaña en darme su vida por un real cada día es el aparato que me importa, no aquélla que, agotándome, para que vaya, mi tesoro, pone demanda a mi patrimonio porque fué. Bueno fuera que toda la nobleza estuviera ejercitada, mas no seguro. Los particulares no han de dar las armas a los locos, ni los reyes a los nobles. Llevad esto entendido, y ahorra distraimientos vuestro discurso, y mi determinación, tiempo.

XXXIX. En Salónique[512], ciudad de Levante, que, escondida en el último seno del golfo a que da nombre, yace en el dominio del Emperador de Constantinopla, hoy llamada Estambol[513], convocados en aquella sinagoga los judíos de toda Europa por Rabbi[514] Saadías, y Rabbi Isaac Abarbaniel[515], y Rabbi Salomón, y Rabbi Nissin[516], se juntaron: por la sinagoga de Venecia, Rabbi Samuel y Rabbi Maimón; por la de Raguza, Rabbi Aben Ezra[517]; por la de Constantinopla, Rabbi Jacob; por la de Roma, Rabbi Chamaniel[518]; por la de Ligorna[519], Rabbi Gersomi; por la de Ruán, Rabbi Gabirol[520]; por la de Orán, Rabbi Asepha[521]; por la de Praga, Rabbi Mosche; por la de Viena, Rabbi Berchai; por la de Amsterdán, Rabbi Meir Armahah[522]; por los hebreos disimulados, y que negocian[523] de rebozo con traje y lengua de cristianos, Rabbi David Bar Nachman[524], y, con ellos, los Monopantos[525], gente en república, habitadora de unas islas que entre el mar Negro y la Moscovia, confines de la Tartaria, se defienden sagaces de tan feroces vecindades, más con el ingenio que con las armas y fortificaciones. Son hombres de cuadruplicada malicia, de perfecta hipocresía, de extremada disimulación, de tan equívoca apariencia, que todas las leyes y naciones los tienen por suyos. La negociación les multiplica caras y los manda los semblantes[526], y el interés los remuda las almas. Gobiérnalos un príncipe a quien llaman Pragas Chincollos[527]. Vinieron por su mandado a este sanedrín[528] seis, los más doctos en carcomas y polillas del mundo: el uno se llama Philárgyros[529], y el otro, Chrysóstheos[530]; el tercero, Danipe[531]; el cuarto, Arpiotrotono[532]; el quinto, Pacas Mazo[533]; el sexto, Alkemiastos[534][535]. Sentáronse por sus dignidades, respectivamente, a la preeminencia de las sinagogas, dando el primer banco por huéspedes a los Monopantos[536]. Poseyólos[537] atento silencio, cuando Rabbi Saadías, después de haber orado el psalmo In Exitu Israel, dijo tales palabras:

—“Nosotros, primero linaje del mundo, que hoy somos desperdicio de las edades y multitud derramada que yace en esclavitud y vituperio congojoso, viendo arder en discordias el mundo, nos hemos juntado a prevenir advertencia desvelada en los presentes tumultos, para mejorar en la ruina de todos nuestro partido. Confieso que el captiverio, y las plagas, y la obstinación en nosotros son hereditarias; la duda y la sospecha, patrimonio de nuestros entendimientos, que siempre fuimos malcontentos de Dios, estimando más al que hacíamos[538] que al que nos hizo. Desde el primer principio nos cansó su gobierno, y seguimos contra su ley la interpretación del demonio. Cuando su omnipotencia nos gobernaba, fuimos rebeldes; cuando nos dió gobernadores, inobedientes. Fuénos molesto Samuel, que, en su nombre, nos regía, y juntos en comunidad ingrata, siendo nuestro Rey Dios, pedimos a Dios otro Rey. Diónos a Saúl con derecho de tirano, declarando haría esclavos nuestros hijos, nos quitaría las haciendas para dar a sus validos, y agravó este castigo con decir no nos le quitaría aunque se lo pidiésemos. Él dijo a Samuel que a él le despreciábamos, no a Samuel ni a sus hijos. En cumplimiento desto, nos dura aquel Saúl siempre, y en todas partes, y con diferentes nombres. Desde entonces, en todos los reinos y repúblicas nos oprime en vil y miserable captividad, y para nosotros, que dejamos a Dios por Saúl, permite Dios que sea un Saúl cada rey. Quedó nuestra nación para con todos los hombres introducida en culpa, que unos la echan a otros, todos la tienen y todos se afrentan de tenella. No estamos en parte alguna sin que primero nos echasen de otra; en ninguna residimos que no deseen arrojarnos, y todas temen que seamos impelidos a ellas.

“Hemos reconocido que no tienen comercio nuestras obras y nuestras palabras y que nuestra boca y nuestro corazón nunca se aunaron en adorar un propio Dios. Aquélla siempre aclamó al Cielo[539], éste siempre fué idólatra del oro y de la usura. Acaudillados de Moisén cuando subió por la Ley al monte, hicimos demonstración de que la religión de nuestras almas era el oro y cualquier animal que dél se fabricase: allí adoramos nuestras joyas en el becerro y juró nuestra codicia, por su deidad, la semejanza de la niñez de las vacadas. No admitimos a Dios en otra moneda, y en ésta admitimos cualquiera sabandija por dios. Bien conocía la enfermedad de nuestra sed quien nos hizo beber el ídolo en polvos. Grande y ensangrentado castigo se siguió a este delito; empero, degollando a muchos millares, escarmentó a pocos, pues, haciendo después Dios con nosotros cuanto le pedimos, nada hizo de que luego no nos enfadásemos. Extendió las nubes en toldo, para que en el desierto nos escondiese a los incendios del día. Esforzó con la coluna de fuego los descaecimientos de las estrellas y la luna, para que, socorridas de su movimiento relumbrante, venciesen las tinieblas a la noche, contrahaciendo el sol en su ausencia. Mandó al viento que granizase nuestras cosechas, y dispuso en moliendas maravillosas las regiones del aire, derramando guisados en el maná nuestros mantenimientos, con todas las sazones que el apetito desea. Hizo que las codornices, descendiendo en lluvia, fuesen cazadores y caza todo junto, para nuestro regalo. Desató en fuga líquida la inmobilidad de las peñas, y que las fuentes naciesen aborto de los cerros, para lisonjear nuestra sed. Enjugó en senda tratable a nuestros pies los profundos del mar[540], y colgó perpendiculares los golfos, arrollando sus llanuras en murallas líquidas, detiniendo en edificio seguro las olas y las borrascas, que a nuestros padres fueron vereda y a Faraón sepulcro y tumba de su carro y ejército.

Hizo su palabra levas de sabandijas, alistando por nosotros, en su milicia, ranas, mosquitos y langostas. No hay cosa tan débil de que Dios no componga huestes invencibles contra los tiranos. Debeló con tan pequeños soldados los escuadrones enemigos, formidables y relucientes en las defensas del hierro, soberbios en los blasones de sus escudos, pomposos en las ruedas de sus penachos. A tan milagrosos beneficios, que nuestro rey y profeta David cantó en el psalmo, según la división nuestra, 105, que empieza Hodu la-Adonäi[541], respondió nuestra dureza e ingratitud con hastío y fastidio en el sustento, con olvido en el paseo abierto sobre las ondas del mar.

Pocas veces quien recibe lo que no merece, agradece lo que recibe. Muchas veces castiga Dios con lo que da y premia con lo que niega. Tales antepasados son genealogía delincuente de nuestra contumacia.

“Comúnmente nos tienen por los porfiados de la esperanza sin fin, siendo en la censura de la verdad la gente más desesperada de la vida. Nada aborrecemos, y hemos aborrecido tanto los judíos como la esperanza. Nosotros somos el extremo de la incredulidad, y esperanza y incredulidad no son compatibles[542]: ni esperamos ni hay qué esperar de nosotros. Porque Moisén se detuvo un poco en el monte no quisimos esperarle, y pedimos dios a Aarón. La razón que dan de que somos tercos en esperanza perdurable es que aguardamos tantos siglos ha al Mesías; empero nosotros ni le recibimos en Cristo ni le aguardamos en otro. El decir siempre que ha de venir no es porque le deseamos ni le creemos: es por disimular con estas largas que somos aquel ignorante que empieza el psalmo 13, diciendo en su corazón: 'No hay Dios[543]'. Lo mismo dice quien niega al que ya vino y aguarda al que no ha de venir. Este lenguaje gasta nuestro corazón, y, bien considerado, es el Quare, del psalmo 2, fremuerunt gentes, et populi meditati sunt innania... adversùs Dominum, et adversùs Christum ejus? De manera que nosotros decimos que esperamos siempre por disimular que siempre desesperamos.

“De la ley de Moisén sólo guardamos el nombre, sobrescribiendo con él y con ella las excepciones que los talmudistas han soñado para desmentir las Escrituras, deslumbrar las profecías, y falsificar los preceptos, y habilitar las conciencias a la fábrica de la materia de estado, dotrinando para la vida civil nuestro ateísmo en una política sediciosa, prohijándonos de hijos de Israel a hijos[544] del siglo. Cuando tuvimos ley no la guardábamos; hoy, que la guardamos, no es ley sino en la breve pronunciación de las tres letras.

“Ha sido necesario decir lo que fuimos para disculpar lo que somos y encaminar lo que pretendemos ser, creciéndonos en estos delirios rabiosos, en que parece está frenético todo el orbe de la tierra, cuando no solamente los herejes toman contra los católicos las armas enemigas, sino los católicos, unos mueven contra otros los escuadrones parientes. Los protestantes de Alemania ha muchos años[545] que pretenden que el Emperador sea hereje. A esto los fomenta el Rey Cristianísimo, haciendo como que no lo es y desentendiéndose de Calvino y Lutero. Opónese a todos el Rey Católico, para mantener en la Casa de Austria la suprema dignidad de las águilas de Roma. Los olandeses, animados con haber sido traidores dichosos, aspiran a que su traición sea monarquía, y de vasallos rebeldes del gran Rey de España, osan serle competidores. Robáronle lo que tenía en ellos y prosiguen en usurparle lo que tan lejos dellos tiene, como son el Brasil y las Indias, destinando sus conquistas sobre sus coronas[546]. No hemos sido para todos estos robos la postrera disposición nosotros, por medio de los cristianos postizos, que, con lenguaje portugués, le habemos aplicado para minas, con título de vasallos. Los potentados de Italia (si no todos, los más) han hospedado en sus dominios franceses, dando a entender han descifrado en este sentir los semblantes[547] del Summo Pontífice, y la tolerancia muda han leído por motu proprio. El Rey de Francia ha usado contra el Monarca de los españoles estratagema nunca oída, disparándole por batería todo su linaje, con achaque de malcontentos y huidos, para que, en sueldos[548] y socorros y gastos consumiese las consignaciones de sus ejércitos. ¿Cuándo se vió un Rey contra otro hacer munición de dientes y muelas de su madre y de su hermano, próximo heredero, para que se le comiesen a bocados? Ardid es mendicante, mas pernicioso. Militar con el mogollón[549], más tiene de lo ridículo que de lo serio. Nosotros tenemos sinagogas en los Estados de todos estos príncipes, donde somos el principal elemento de la composición desta cizaña. En Ruán somos la bolsa de Francia contra España, y juntamente de España contra Francia, y en España[550], con traje que sirve de máscara a la circuncisión[551], socorremos a aquel Monarca con el caudal que tenemos en Amsterdán en poder de sus propios enemigos, a quienes importa más el mandar que le difiramos las letras que a los españoles cobrarlas. ¡Extravagante tropelía servir y arruinar con un propio dinero a amigos y a enemigos y hacer que cobre los frutos de su intención el que los paga del que los cobra[552]! Lo mismo hacemos con Alemania, Italia y Constantinopla, y todo este enredo ciego y belicoso causamos con haber tejido el socorro de cada uno en el arbitrio de su mayor contrario; porque nosotros socorremos como el que da con interés dineros al que juega y pierde, para que pierda más. No niego que los Monopantos son gariteros de la tabaola de Europa, que dan cartas y tantos, y entre lo que sacan de las barajas que meten y de luces, se quedan con todo el oro y la plata, no dejando a los jugadores sino voces y ruido, y perdición, y ansia de desquitarse a que los inducen, porque su garito, que es fin[553] de todos, no tenga fin. En esto son perfecto remedo de nuestros anzuelos. Es verdad que para la introducción nos llevan grande ventaja en ser los judíos del Testamento Nuevo, como nosotros del Viejo, pues así como nosotros no creímos que Jesús era el Mesías que había venido, ellos, creyendo que Jesús era el Mesías que vino, le dejan pasar por sus conciencias: de manera que parece que jamás llegó para ellos[554] ni por ellas. Los Monopantos le creen (como de nosotros dice que le esperamos un grave autor: Auream et gemmatam Hierusalem espectabant) en Hierusalén[555] de oro y joyas. Ellos y nosotros, de diferentes principios y con diversos medios, vamos a un mesmo fin, que es a destruir, los unos, la cristiandad que no quisimos; los otros, la que ya no quieren, y por esto nos hemos juntado a confederar malicia y engaños.

“Ha considerado esta sinagoga que el oro y la plata son los verdaderos hijos de la tierra que hacen guerra al Cielo, no con cien manos solas, sino con tantas como los cavan, los funden, los acuñan, los juntan, los cuentan, los reciben y los hurtan. Son dos demonios subterráneos, empero bienquistos de todos los vivientes; dos metales, que cuanto tienen más de cuerpo, tienen más de espíritu. No hay condición que les sea desdeñosa, y si alguna ley los condena, los legistas e intérpretes della los absuelven. Quien se desprecia de cavarlos se precia de adquirirlos; quien de grave no los pide al que los tiene, de cortesano los recibe de quien los da, y el que tiene por trabajo el ganarlos, tiene el robarlos por habilidad, y hay en la retórica de juntarlos un no los quiero[556], que obra dénmelos, y nada recibo de nadie, que es verdad, porque no es mentira todo lo tomo. Y como mentiría el mar si dijese que no mata su sed con tragarse los arroyuelos y fuentes, pues bebiéndose todos los ríos que se los beben, en ellos se sorbe fuentes y arroyos, de la misma manera mienten los poderosos que dicen no reciben de los mendigos y pobres, cuando se engullen a los ricos, que devoran a los pobres y mendigos. Esto supuesto, conviene encaminar la batería de nuestros intereses a los reyes y repúblicas y ministros, en cuyos vientres son todos los demás repleción que, conmovida por nosotros, o será letargo o apoplejía en las cabezas. En el método de disponerlo sea el primer voto el de los señores Monopantones”.

Los cuales, habiéndose conficionado los unos con los chismes de los otros, determinaron que Pacas Mazo[557], como más abundante de lengua[558] y más caudaloso de palabras, hablase por todos, lo que hizo con tales razones:

—Los bienes del mundo son de los solícitos; su fortuna, de los disimulados y violentos. Los señoríos y los reinos, antes se arrebatan y usurpan que se heredan y merecen. Quien en las medras temporales es el peor de los malos, es el benemérito sin competidor, y crece hasta que se deja exceder en la maldad, porque en las ambiciones, lo justo y lo honesto hacen delincuentes a los tiranos. Éstos, en empezando a moderarse, se deponen; si quieren durar en ser tiranos, no han de consentir que salgan fuera las señas de que lo son. El fuego que quema la casa, con el humo que arroja fuera, llama a que le maten con agua. Deste discurso cada uno tome lo que le pareciere a propósito. La moneda es la Circe, que todo lo que se le llega u de ella se enamora, lo muda en varias formas: nosotros somos el verbi gratia. El dinero es un dios de rebozo[559], que en ninguna parte tiene altar público y en todas tiene adoración secreta; no tiene templo particular, porque se introduce en los templos. Es la riqueza una seta universal en que convienen los más espíritus del mundo, y la codicia, un heresiarca bienquisto de[560] los discursos políticos y el conciliador de todas las diferencias de opiniones y humores. Viendo, pues, nosotros que es el mágico y el nigromante[561] que más prodigios obra, hémosle jurado por norte de nuestros caminos y por calamita[562] de nuestro norte[563], para no desvariar en los rumbos. Esto ejecutamos con tal arte, que le dejamos para tenerle y le despreciamos para juntarle: lo que aprendimos de la hipocresía de la bomba, que con lo vacío se llena, y con lo que no tiene atrae lo que tienen otros, y sin trabajo sorbe y agota lo lleno con su vacío. Somos remedos de la pólvora, que, menuda, negra, junta y apretada, toma fuerza inmensa y velocidad de la estrechura. Primero hacemos el daño que se oiga el ruido, y como para apuntar[564] cerramos un ojo y abrimos otro, lo conquistamos todo en un abrir y cerrar de ojos. Nuestras casas son cañones de arcabuz, que se disparan por las llaves y se cargan por las bocas. Siendo, pues, tales, tenemos costumbres y semblantes que convienen con todos, y por esto no parecemos forasteros en alguna seta o nación. Nuestro pelo le admite el turco por turbante, el cristiano por sombrero, y el moro por bonete y vosotros por tocado. No tenemos ni admitimos nombre de reino ni de república, ni otro que el de Monopantos: dejamos los apellidos a las repúblicas y a los reyes, y tomámosles el poder limpio de la vanidad de aquellas palabras magníficas; encaminamos nuestra pretensión a que ellos sean señores del mundo y nosotros de ellos. Para fin tan lleno de majestad no hemos hallado con quien hacer confederación igual, a pérdida y ganancia, sino con vosotros, que hoy sois los tramposos de toda Europa. Y solamente os falta nuestra calificación para acabar de corromperlo todo, la cual os ofrecemos plenaria, en contagio y peste, por medio de una máquina infernal que contra los cristianos hemos fabricado los que estamos presentes. Ésta es que, considerando que la triaca se fabrica sobre el veloz veneno de la víbora (por ser el humor que más aprisa y derecho va al corazón, a cuya causa, cargándola[565] de muchos simples de eficacísima virtud, los lleva al corazón para que le defiendan de la ponzoña, que es lo que se pretende por la medicina), así nosotros hemos inventado una contratriaca para encaminar al corazón los venenos, cargando sobre las virtudes y sacrificios, que se van derechos al corazón y al alma, los vicios y abominaciones y errores, que, como vehículos, introducen[566] en ella. Si os determináis a esta alianza, os daremos la receta con peso y número de ingredientes, y boticarios doctos en esta confación, en que Danipe y Alkemiastos[567] y yo hemos sudado, y no debe nuestro sudor nada a los trociscos[568] de la víbora. Dejaos gobernar por nuestro Pragas[569], que no dejaréis de ser judíos y sabréis juntamente ser Monopantos.

A raíz destas palabras los cogió la hora, y levantándose Rabbi Maimón, uno de los dos que vinieron por la sinagoga de Venecia, se llegó al oído de Rabbi Saadías, y rempujando con la mano estado y medio de pico de nariz, para podérsele llegar a la oreja, le dijo:

—Rabbi, la palabrita dejaos gobernar, a roña sabe; conviene abrir el ojo con éstos, que me semejan Faraones caseros y mogigatos.

Saadías le respondió:

—Ahora acabo de reconocerlos[570] por maná de dotrinas, que saben a todo lo que cada uno quiere: no hay sino callar, y, como a ratones de las repúblicas, darles qué coman en la trampa.

Chrysóstheos[571], que vió el coloquio entre dientes, dijo a Philárgyros y a Danipe[572]:

—Yo atisbo la sospecha destos perversos judíos: todo Monopanto se dé un baño de becerro enjoyado, que ellos caerán de rodillas.

Recociéronse en lazos y embelecos unos contra otros, y para deslumbrar a los Monopantos[573], Rabbi Saadías dijo:

—Nosotros os juzgamos exploradores de la tierra de promisión y la seguridad de nuestros intentos; para que nos amásemos en un compuesto rabioso, será bien se confiera[574] el modo y las capitulaciones y se concluyan y firmen en la primera junta, que señalamos de hoy en tres días.

Pacas Mazo[575], compuniendo su rapiña en palomita[576], dijo que el término era bastante y la resolución providente, empero que convenía que el secreto fuese ciego y mudo. Y sacando un libro encuadernado en pellejo de oveja, cogida con torzales de oro en varios labores la lana, se le dió a Saadías, diciendo:

—Esta prenda os damos por rehenes[577].

Tomóle, y preguntó:

—¿Cúyas son estas obras?

Respondió Pacas Mazo[578]:

—De nuestras palabras. El autor es Nicolás Machiavelo, que escribió el canto llano de nuestro contrapunto.

Mirándole con grande atención los judíos, y particularmente la encuadernación en pellejo de oveja, Rabbi Asepha[579], que asistía por Orán, dijo:

—Esta lana es de la que dicen los españoles que vuelve trasquilado quien viene por ella.

Con esto se apartaron, tratando unos y otros entre sí de juntarse, como pedernal y eslabón, a combatirse y aporrearse y hacerse pedazos hasta echar chispas contra todo el mundo, para fundar la nueva seta del dinerismo, mudando el nombre de ateístas en dineranos[580].

XL. Los pueblos y súbditos a señores, príncipes, repúblicas y reyes y monarcas se juntaron en Lieja, país neutral, a tratar de sus conveniencias y a remediar y a descansar sus quejas y malicias y desahogar su sentir, opreso en el temor de la soberanía. Había gente de todas naciones, estados y calidades. Era tan grande el número, que parecía ejército y no junta, por lo cual eligieron por sitio la campaña abierta. Por una parte, admiraba la maravillosa diferencia de trajes y de aspectos; por otra, confundía los oídos y burlaba la atención la diferencia de lenguas. Parecía romperse el campo con las voces: resonaba a la manera que cuando el sol cuece las mieses, se oye importuno rechinar con la infatigable voz de las chicharras; el más sonoro alarido era el que encaramaban, desgañitándose, las mujeres con acciones frenéticas. Todo estaba mezclado en tumulto ciego y discordia[581] furiosa: los republicanos querían príncipes, los vasallos de los príncipes querían ser republicanos.

Esta controversia[582] empelazgaron[583] un noble saboyano y un ginovés plebeyo. Decía el saboyano que su Duque era el movimiento perpetuo y que los consumía con guerras continuas[584] por equilibrar su dominio, que se ve anegado entre las dos coronas de Francia y España, y que su conservación la tenía en revolver, a costa de sus vasallos, los dos Reyes, para que, ocupado el uno con el otro, no pueda el uno ni el otro tragársele, viendo que sucesivamente entrambos príncipes, ya éste, ya aquél, le conquistan y le defienden, lo cual pagan los súbditos, sin poder respirar en quietud. Cuando Francia le embiste, España le ayuda, y cuando España le acomete, Francia le defiende. Y como ninguno de los dos le ampara por conservarle, sino porque el otro no crezca con su Estado y le sea más formidable y próximo vecino, de la defensa resulta a sus pueblos tanto daño como de la ofensa, y las más veces, más. El Duque recata en su corazón disimulada la pretensión de libertador de Italia, blasonando, para tener propicia la Santa Sede, toda la historia de Amadeo, a quien llamaron Pacífico[585], por haber sospechado algunos impíamente maliciosos que pensaba en reducir al Sumo Pontífice a sólo el caudal de las gracias y indulgencias. Padece el Duque achaques de Rey de Chipre, y es molestado de recuerdos de señor de Ginebra, y adolece de soberanía desigual entre los demás potentados. Todas estas cosas son espuelas que se añaden a los alientos, que en él necesitan de freno; que por estas razones viene a tratar que la Saboya y el Piamonte se confederen en República, donde la justicia y el consejo mandan y la libertad reina.

—¡Que la libertad reina!—dijo, dado a los diablos, el ginovés—. Tú debes de estar loco, y como no has sido repúblico, no sabes sus miserias y esclavitudes. No bastará toda la razón de Estado a concertarnos. Yo, que soy ginovés, hijo de aquella República, que por la vecindad y emulación os conoce a vosotros, vengo a persuadir a vuestro Duque, con la asistencia de nosotros los plebeyos[586], se haga Rey de Génova, y si él no lo aceta, he de ir a persuadir esta oferta al Rey de España, y si no, al francés, y de unos Reyes en otros, hasta topar con alguno que se apiade de nosotros. Dime, malcontento del bien que Dios te hizo en que nacieses sujeto a príncipe, ¿has considerado cuánto mayor descanso es obedecer a uno solo que a muchos, juntos en una pieza y apartados, y diferentes en costumbres, naturales, opiniones y desinios? Perdido, ¿no adviertes que en las repúblicas, como es anuo y sucesivo por las familias el gobierno, es respectivo, y que la justicia carece de ejecución, con temor de que los que otro año u otro trienio mandarán se venguen de lo que hizo el que gobernó? Si el Senado repúblico se compone de muchos, es confusión; si de pocos, no sirve sino de corromper la firmeza y excelencia de la unidad: ésta no se salva en el Dux, que, o no tiene absoluto poder, o es por tiempo limitado. Si mandan por igual nobles y plebeyos, es una junta de perros y gatos, que los unos proponen mordiscones con los dientes, ladrando, y los otros responden con araños y uñas. Si es de pobres y ricos, desprecian a los pobres los ricos y a los ricos invidian los pobres[587]. Mira qué compuesto resultará de invidia y desprecio. Si el gobierno está en los plebeyos, ni los querrán sufrir los nobles ni ellos podrán sufrir el no serlo. Pues si los nobles solos mandan, no hallo otra comparación a los súbditos sino la de los condenados, y éstos somos los plebeyos ginoveses, y si se pudiera sin error encarecerlo más, me pareciera haber dicho poco. Génova tiene tantas repúblicas como nobles y tantos miserables esclavos como plebeyos. Y todas estas repúblicas personales se juntan en un palacio a sólo contar nuestro caudal y mercancías, para roérnosle o bajando o subiendo la moneda, y como malsines de nuestro caudal, atienden siempre a reducir a pobreza nuestra inteligencia. Usan de nosotros como de esponjas, enviándonos por el mundo a que, empapándonos en la negociación, chupemos hacienda, y, en viéndonos abultados de caudal, nos exprimen para sí. Pues dime, maldito y descomulgado saboyano: ¿qué pretendes con tu traición y tu infernal intento? ¿No conoces que nobles y plebeyos transfieren su poder en los reyes y príncipes, donde, apartado de la soberbia[588] y poder de los unos y de la humildad de los otros, compone una cabeza asistida de pacífica y desinteresada majestad, en quien ni la nobleza presume ni la plebe padece?

Embistiéranse los dos, si no los apartara el mormullo[589] de una manada de catredáticos, que venía retirándose de un escuadrón de mujeres, que, con las bocas abiertas, los hundían a chillidos y los amagaban[590] de mordiscones. Una dellas, cuya hermosura era tan opulenta que se aumentaba con la disformidad de la ira, siendo afecto que en la suma fiereza de un león halla fealdad que añadir, dijo:

—Tiranos, ¿por cuál razón (siendo las mujeres de las dos partes del género humano la una, que constituye mitad) habéis hecho vosotros solos las leyes contra ellas, sin su consentimiento, a vuestro albedrío? Vosotros nos priváis de los estudios, por invidia de que os excederemos; de las armas, por temor de que seréis vencimiento de nuestro enojo los que lo sois de nuestra risa. Habéisos constituido por árbitros de la paz y de la guerra, y nosotras padecemos vuestros delirios. El adulterio en nosotras es delito de muerte, y en vosotros, entretenimiento de la vida. Queréisnos buenas para ser malos, honestas para ser distraídos. No hay sentido nuestro que por vosotros no esté encarcelado; tenéis con grillos nuestros pasos, con llave nuestros ojos; si miramos, decís que somos desenvueltas; si somos miradas, peligrosas, y, al fin, con achaque de honestidad, nos condenáis a privación de potencias y sentidos. Barbonazos, vuestra desconfianza, no nuestra flaqueza, las más veces nos persuade contra vosotros lo propio que cauteláis en nosotras. Más son las que hacéis malas que las que lo son. Menguados, si todos sois contra nosotras privaciones, fuerza es que nos hagáis todas apetitos contra vosotros. Infinitas entran en vuestro poder buenas, a quien forzáis a ser malas, y ninguna entra tan mala a quien los más de vosotros no hagan peor. Toda vuestra severidad se funda en lo frondoso y opaco de vuestras caras, y el que peina por barba más lomo de javalí, presume más suficiencia, como si el solar del seso fuera la pelambre prolongada de quien antes se prueba de cola que de juicio. Hoy es día en que se ha de enmendar esto, o con darnos parte en los estudios y puestos de gobierno, o con oírnos y desagraviarnos de las leyes establecidas, instituyendo algunas en nuestro favor y derogando otras que nos son[591] perjudiciales.

Un dotor, a quien la barba le chorreaba hasta los tobillos, que las vió juntas y determinadas, fiado en su elocuencia, intentó satisfacerlas con estas razones:

—Con grande temor me opongo a vosotras, viendo que la razón frecuentemente es vencida de la hermosura, que la retórica y dialéctica son rudas contra vuestra belleza. Decidme, empero: ¿qué ley se os podrá fiar, si la primera mujer estrenó su ser quebrantando la de Dios[592]? ¿Qué armas se pondrán con disculpa en vuestras manos, si con una manzana descalabrastes toda la generación de Adán, sin que se escapasen los que estaban escondidos en las distancias de lo futuro[593]? Decís que todas las leyes son contra vosotras; fuera verdad si dijérades que vosotras érades contra todas las leyes. ¿Qué poder se iguala al vuestro, pues si no juzgáis con las leyes estudiándolas, juzgáis a las leyes con los jueces, corrompiéndolos? Si nosotros hicimos las leyes, vosotras las deshacéis. Si los jueces gobiernan el mundo, y las mujeres a los jueces, las mujeres[594] gobiernan el mundo y desgobiernan[595] a los que le gobiernan, porque puede más con muchos la mujer que aman que el texto que estudian. Más pudo con Adán lo que el diablo dijo a la mujer que lo que Dios le dijo[596]. Con el corazón humano muy eficaz es el demonio si le pronuncia una de vosotras. Es la mujer regalo que se debe temer y amar, y es muy difícil temer y amar una propia cosa. Quien solamente la ama, se aborrece a sí; quien solamente la aborrece, aborrece a la naturaleza. ¿Qué Bártulo no borran vuestras lágrimas? ¿De qué Baldo no se ríe vuestra risa[597]? Si tenemos los cargos y los puestos, vosotras los gastáis en galas y trajes. Un texto solo tenéis, que es vuestra lindeza: ¿cuándo le alegastes que no os valiese? ¿Quién le vió que no quedase vencido?[598] Si nos cohechamos, es para cohecharos; si torcemos las leyes y la justicia, las más veces es porque seguimos la dotrina de vuestra belleza, y de las maldades que nos mandáis hacer cobráis los intereses y nos dejáis la infamia de jueces detestables. Invidiáisnos la asistencia y los cargos en la guerra, siendo ella a quien debéis el descanso de viudas y nosotros el olvido de muertos. Quejáisos de que el adulterio es en vosotras delito capital y no en nosotros. Demonios de buen sabor, si una liviandad[599] vuestra quita las honras a padres y hijos y afrenta toda una generación, ¿por qué se os antoja riguroso castigo la pena de muerte, siendo de tanto mayor estimación la honra de muchos inocentes que la vida de un culpado? Estemos al aprecio que desto hacen vuestras propias obras. Vosotras, por infinitos, no podéis contar vuestros adulterios, y nosotros, por raros, no tenemos qué contar de los degüellos; el escarmiento sigue a la pena[600]: ¿dónde está éste? Quejaros de que os guardamos es quejaros de que os estimemos: nadie guardó[601] lo que desprecia. Según lo que he discurrido, de todo sois señoras, todo está sujeto a vosotras; gozáis la paz y ocasionáis la guerra. Si habéis de pedir lo que os falta a muchas, pedid moderación y seso.

¿Seso dijiste? No lo hubo pronunciado cuando todas juntas se dispararon contra el triste dotor en remolino de pellizcos y repelones, y con tal furia le mesaron, que le dejaron lampiño de la pelambre graduada, que pudiera, por lo lampiño, pasar por vieja en otra parte. Ahogáranle si no acudiera mucha gente a la pelazga[602] y mormullo que habían armado un francés monsiur y un italiano monseñor.

Habíanse ya pronunciado el enojo con algunos sopapos y dádose sanctus[603] en las jetas, con séquito de coces y bocados[604]. El francés se carcomía de rabia y el monseñor se destrizaba de cólera[605]. Concurrieron por una y otra parte italianos y bugres. Pusiéronse en medio los alemanes, y, sosegándolos con harta dificultad, los preguntaron la causa. El francés, arrebañándose con entrambas manos las bragas, que con la fuga se le habían bajado a las corvas, respondió:

—Hoy hemos concurrido aquí todos los súbditos para tratar del alivio de nuestras quejas. Yo estaba comunicando con otros de mi nación el miserable estado en que se halla Francia, mi patria, y la opresión de los franceses so el poder de Armando, cardenal de Richeleu. Ponderaba con la maña que llamaba servir al Rey lo que es degradarle; cuánta raposa vestía de púrpura, cómo con el ruido que inducía en la cristiandad disimulaba el de su lima, que agotaba en su astucia la confianza del Príncipe, que había puesto en manos de sus parientes y cómplices el mar y la tierra, fortalezas y gobiernos, ejércitos y armadas, infamando los nobles y engrandeciendo los viles. Acordaba a los de mi nación de las tajadas y pizcas en que resolvieron al mariscal de Ancre; acordábalos de Luínes y cómo nuestro Rey no se limpiaba de privados, y que esto sólo hacía bien a esotros dos a quien acreditaba. Advertía que en Francia, de pocos años a esta parte, los traidores han dado en la agudeza más perniciosa del infierno, pues, viendo que levantarse con los reinos se llama traición y se castiga como traidor al que lo intenta, para asegurar su maldad se levantan con los reyes y se llaman privados, y en lugar de castigo de traidores, adquieren adoración de reyes de reyes. Proponía[606], y lo propongo, y lo propondré en la junta, que para la perpetuidad de la sucesión y de los reinos y extirpar esta seta de traidores, se promulgue ley inviolable e irremisible, que ordenase que el Rey que en Francia se sujetare a privado, ipso jure, él y su sucesión perdiesen el derecho del reino, y que desde luego fuesen los súbditos absueltos del juramento de fidelidad, pues no previene tan manifiesto peligro la ley Sálica, que excluye las hembras, como ésta, que excluye validos[607]. Decía que juntamente se mandase que el vasallo que con tal nombre se atreviese a levantarse con su rey, muriese infamemente[608] y perdiese todas las honras y bienes que tuviese, quedando su apellido siempre maldito y condenado[609]. Pues sin más consideración, ese desatinado bergamasco, ni acordarme[610] de los nepotes de Roma, me llamó hereje pezente y mascalzón, diciendo[611] que en detestar los privados, detestaba los nepotes[612], y que privado y nepote eran dos nombres y una cosa. Y no habiendo yo tomado en la boca disparate semejante, me embistió en la forma que nos hallastes.

Los alemanes quedaron, con los demás oyentes, suspensos y pensativos. Encamináronlos a cada uno a su puesto, no sin dificultad, y dispusieron en auditorio pacífico aquellas multitudes para la propuesta que en nombre de todos hacía un letrado bermejo, que a todos los había revuelto y persuadido a pretensiones tan diferentes y desaforadas. Mandaron el silencio dos clarines, cuando él, sobre lugar eminente[613] que en el centro del concurso los miraba en iguales distancias, dijo:

—La pretensión que todos tenemos es la libertad de todos, procurando que nuestra sujeción sea a lo justo, y no a lo violento; que nos mande la razón, no el albedrío; que seamos de quien nos hereda, no de quien nos arrebata; que seamos cuidado de los Príncipes, no mercancía, y en las Repúblicas compañeros, no esclavos; miembros y no trastos; cuerpo y no sombra. Que el rico no estorbe al pobre que pueda ser rico, ni el pobre enriquezca con el robo del poderoso. Que el noble no desprecie al plebeyo, ni el plebeyo aborrezca al noble, y que todo el gobierno se ocupe en animar a que todos los pobres sean ricos y honrados los virtuosos, y en estorbar que suceda lo contrario. Hase de obviar que ninguno pueda ni valga más que todos, porque quien excede a todos, destruye la igualdad, y quien le permite que exceda le manda que conspire. La igualdad es armonía, en que está sonora la paz de la república, pues en turbándola particular exceso, disuena y se oye rumor lo que fué música. Las repúblicas han de tener con los reyes la unión que tiene la tierra, en quien ellas se representan, con el mar, que los representa a ellos. Siempre están abrazados, mas siempre ésta se defiende de las insolencias de aquél con la orilla, y siempre aquél la amenaza, la va lamiendo y procurando anegarla y sorbérsela, y ésta, cobrar de sí, por una parte, tanto como él la esconde por otra. La tierra, siempre firme y sin movimiento, se opone al bullicio y perpetua discordia de su inconstancia; aquél, con cualquier viento se enfurece; ésta, con todos se fecunda. Aquél se enriquece de lo que ésta le fía; ésta, con anzuelos, y redes, y lazos, le pesca y le despuebla. Y de la manera que toda la seguridad del mar y el abrigo está en la tierra, que da los puertos, así en las repúblicas está el reparo de las borrascas y golfos de los reinos. Éstas siempre han de militar con el seso, pocas veces con las armas; han de tener ejércitos y armadas prontas en la suficiencia del caudal, que es el luego que logra las ocasiones. Deben hacer la guerra a los unos reyes con los otros, porque los monarcas, aunque sean padres y hijos, hermanos y cuñados, son como el hierro y la lima, que siendo, no sólo parientes, sino una misma cosa y un propio metal, siempre la lima está cortando y adelgazando al hierro. Han de asistir las repúblicas a los príncipes temerarios lo que baste para que se despeñen, y a los reportados, para que sean temerarios. Harán nobilísima la mercancía, porque enriquece y lleva los hombres por el mundo ocupados en estudio práctico, que los hace doctos de experiencias, reconociendo puertos, costumbres, gobiernos y fortalezas y espiando desinios. Serán meritorios al útil de la Patria los estudios políticos y matemáticos, y a ninguna cosa se dará peor nombre que al ocio más ilustre y a la riqueza más vagamunda. Los juegos públicos se ordenarán del ejercicio de las armas[614], conforme a la disposición de las batallas, porque sean juntamente de utilidad y entretenimiento, juntamente fiestas y estudios, y entonces será decente frecuentar los teatros cuando fueren academias. Hase de condenar por infame ostentación en trajes[615], y sólo ha de ser diferencia entre el pobre y el rico que éste dé el socorro y aquél le reciba, y entre noble y plebeyo, la virtud y el valor, pues fueron principio de todas las noblezas que son. Aquí se me caerán unas palabrillas de Platón: quien las hubiere menester, las recoja, que yo no sé a qué propósito las digo, mas no faltará quien sepa a qué propósito las dijo en el diálogo 3 de Republica, vel de Justo. Son éstas: Igitur rempublicam administrantibus praecipuè, si quibus aliis, mentiri licet, vel hostium, vel civium causa, ad communem civitatis utilitatem: reliquis autem à mendacio abstinendum est. “Si a algunos es lícito mentir, principalmente es lícito a los que gobiernan las repúblicas, o por causa de los enemigos, o ciudadanos, para la común utilidad de la ciudad: todos los demás se han de guardar de mentir”. Pondero que, condenando la Iglesia católica esta doctrina de la república de Platón, hay quien se precia y blasona de ser su república.

“Pasemos a la propuesta de los súbditos de los reyes. Éstos se quejan de que ya todos son electivos, porque los que son y nacen hereditarios son electores de privados, que son reyes por su elección. Esto los desespera, porque dicen los franceses que los príncipes que para mejor gobernar sus reinos se entregan totalmente a validos, son como los galeotes, que caminan forzados, volviendo las espaldas al puerto que buscan, y que los tales privados son como jugadores de manos, que, cuanto más engañan, más entretienen, y cuanto mejor esconden el embuste a los ojos y más burlas hacen a las potencias y sentidos, son más eminentes y alabados del que los paga los embelecos con que le divierten. La gracia está en hacerle creer que está lleno lo que está vacío, que hay algo donde no hay nada, que son heridas en otros lo que es mellas en sus armas, que arrojan con la mano lo que esconden en ella. Dicen que le dan dinero, y cuando lo descubre, se halla con una inmundicia o la muela de un asno. Las comparaciones son viles: válense dellas a falta de otras; por esto afirman que igualmente son reprehensibles el rey que no quiere ser lo que el grande Dios quiso que fuese y el que quiere ser lo que no quiso que fuera.

Notes in this chapter

Note 1 · Gabacho, apodo que a los franceses daban los españoles fronterizos, por sus gaves o ríos entre cañadas del Pirineo, y después se corrió al rNote 2 · “a pasajeros de a mula”. (Los impresos).Note 3 · Dar tapaboca, frase de esgrima, dando en la boca con el botón. Quijote, 2, 19: “Un tapaboca de la çapatilla de la espada del Licenciado”. ÍdNote 4 · “dos ministros”. (Los impresos).Note 5 · “en el mundo, y la astucia conserva al mundo en discordia, y la disimulación”, etc. (Los impresos).Note 6 · “el imperio”. (Ídem).Note 7 · “a sí”. (Los impresos).Note 8 · Asesinó Ravaillac, en 14 de mayo de 1610, al magno Enrico de Francia, y pereció en 27 de aquel mes entre suplicios que los jueces imaginaronNote 9 · “invención de la”. (Todos los impresos).Note 10 · “Olanda le han tomado”. (Ídem).Note 11 · Lo que sigue hasta concluir el capítulo no se incluyó en la primera edición de Zaragoza, 1650. Hállase en la de Bruselas, 1660, con estas vaNote 12 · Así que entró en Italia, en el verano de 1633, el infante cardenal don Fernando, deseó con grandes veras, para el sosiego de aquel hermoso tNote 13 · “defensiones”. (Edic. de Zaragoza y españolas del siglo XVII).Note 14 · “monsiur”. (Ms. original).Note 15 · Aldiguera estampa la edición de Zaragoza: así estropearon los castellanos el título de Francisco de Bonne, duque de Lesdiguieres.Note 16 · “al dueño de su casa”. (Edic. de Sancha).Note 17 · Léese Banqui en la impresión de Zaragoza y en todas las posteriores. ¿Dictaría tal vez Quevedo Acqui, fuerte ciudad del Monferrato, en la riNote 18 · “con las espaldas vueltas”. (Las impresiones españolas todas).Note 19 · “Volvió el magnífico”, etc. (Ídem).Note 20 · Dióse la memorable batalla de Nortling miércoles 6 de septiembre de 1634. Ganáronla el Rey de Hungría, las tropas españolas mandadas por el Note 21 · Llamábanse espagíricos los médicos que se valían de la Química y de preparaciones de minerales para curar a los enfermos.Note 22 · Juega del vocablo donosamente Quevedo, por significar la voz dieta, la abstinencia de alimentos que se hace en orden a la salud, y, al propiNote 23 · “reyes y visires”. (Los impresos.) (Cadí llaman los árabes al juez de causas civiles, y conoce en África de las de religión. Cervantes introNote 24 · “juzgaba a desautoridad que sus vasallos oían su voz”. (Los impresos del siglo XVII).Note 25 · “premio”. (Edic. de Zaragoza y todas hasta hoy).Note 26 · “reyes en las memorias”. (Ídem).Note 27 · “mucho”. (Edic. de Zaragoza y las posteriores).Note 28 · “tragino, el tesoro”. (Ídem).Note 29 · “Sinan rey”. (Todos los impresos).Note 30 · “cristiano”. (Ms. original).Note 31 · “sangre”. (Ídem).Note 32 · Subida ponderación del miedo que tenían los turcos al Duque de Osuna. Estambol o Estambul llaman a Constantinopla los turcos, estragando el Note 33 · “bachilleres, de su espada, no de su libro: dicen los reyes, que tienen sus dominios, los ejércitos, no las universidades, ganan, y defiendeNote 34 · Todos estos períodos anteriores, continuada ironía, sátira sangrienta contra los Ministros de Felipe IV, deben contener tal vez las opinioneNote 35 · Disparatada la puntuación en todos los impresos, hacíasele decir a Quevedo lo que no imaginó jamás. Burrajear, borrajear con la pluma y haceNote 36 · “armas”. (Los impresos).Note 37 · “Estos escritores que la alabaron, quedaron después de alabarla”. (Los impresos).Note 38 · “entendimiento”. (Los impresos).Note 39 · Pinta el carácter de los españoles, traduciendo los siguientes versos del primer libro de las Guerras púnicas, de Silio Itálico: Prodiga genNote 40 · “en dar que escribir, que en escribir”. (Los impresos todos).Note 41 · “trompetas”. (Ídem).Note 42 · “Se gastaba”. (Ídem).Note 43 · “escribir”. (Los impresos).Note 44 · “ha la artillería”. (Ídem).Note 45 · “bajan las órdenes”. (Ídem. La puntuación en ellos es desatinada).Note 46 · “la falta”. (Ms. original).Note 47 · “Pero las batallas”. (Ídem).Note 48 · “siempre”. (Ídem).Note 49 · “y jueces, y sobre jueces, y contra jueces”. (Los impresos).Note 50 · “promesa de lo uno u de lo otro”. (Ms. original).Note 51 · “pues obedecido, preserva”, etc. (Los impresos).Note 52 · Butiro es puro latín, butyron, o, mejor, digamos griego de origen; en castellano se llama manteca.Note 53 · Los Condes de Egmont y Horne.Note 54 · “y con guerras”, etc. (Los impresos).Note 55 · “y en todas partes, de vasallos suyos nos hemos vuelto su inquietud. Hemos considerado, que no sólo han ganado”, etc. (Las impresiones españNote 56 · “resoluciones del Consejo”. (Los impresos).Note 57 · “engaitarlos la voluntad”. (Los impresos).Note 58 · “con el vidrio”. (Los impresos).Note 59 · Zurriar, sonar al rasgar el aire, hablar con desentono y velocidad; de zurrar, por zurrear. Quevedo, Cuento de cuentos: “Yo saldré, dijo la Note 60 · “hurtamos”. (Los impresos).Note 61 · “plata fina hacerle doblón”. (Los impresos).Note 62 · Limiste, un paño que se fabricaba en Segovia.Note 63 · J. Encina, 403: “Sobre negro no hay tintura”. Correas, 265: “Sobre negro no hay tintura, mas hay pintura”. Ídem, 265: “Sobre negro no hay tiNote 64 · “imitación de uno”. (Ms. de la Biblioteca Nacional, T. 153, pág. 239).Note 65 · Este parrafillo, eliminado absurdamente de la edición de Zaragoza, tampoco imprimió nunca en España, hasta la edición de Rivadeneira. HállasNote 66 · “están afectos a Roma sus corazones”. (Los impresos todos).Note 67 · “ha vuelto en estatura”. (Ídem).Note 68 · “Caigan de su grandeza, que si no, acabarán con la nuestra”. (Ms. de Lista).Note 69 · Encuéntrase este mismo pensamiento al principio de la carta que en julio de 1635 escribió e imprimió Quevedo, arguyendo al rey de Francia, LNote 70 · “mira sólo a sus conveniencias, y que cree en lo que desea”. (Los impresos).Note 71 · “usurpar sus Estados”. (Ms. de la Biblioteca Nacional, T. 153, pág. 239).Note 72 · Este párrafo y el pequeño que le precede fué igualmente suprimido en la edición de Zaragoza (1650). La de Bruselas (1660) lo incluyó; pero lNote 73 · Ya indirectamente, ya a la descubierta, no sólo en éste, pero en otros muchos pasajes, recordó nuestro sabio político al Príncipe castellanoNote 74 · “resistirse”. (Los impresos).Note 75 · “de su persona”. (Ídem).Note 76 · “alimento”. (El Ms. original).Note 77 · “las lágrimas de Roma”. (Los impresos).Note 78 · Los Monopantones. (Nota del margen en el Ms. original). He aquí La isla de los Monopantos, opúsculo que nuestro autor señalaba como perdido Note 79 · “Estambor”. (Los impresos).Note 80 · “Rabí”. (Estampa constantemente el Ms. original).Note 81 · “Nacabarbaniel”. (Los impresos).Note 82 · “Nisin”. (Ídem).Note 83 · “Auenezra”. (El Ms. original). “Abenezra”. (Los impresos).Note 84 · “Chaminiel”. (Los impresos).Note 85 · “Por la de Liorna, Rabbi Gersonni”. (Las ediciones españolas). “Por la de Livorna, Rabbi Cersonni”. (Las flamencas).Note 86 · “Gavirol”. (Los impresos).Note 87 · “Asapha”. (El Ms. original).Note 88 · “Meir Armahad”. (El Ms. original). “Moir Armaach”. (Los ejemplares españoles). “Meir Armaach”. (Los belgas).Note 89 · “negociaban”. (Los impresos).Note 90 · “Barnachman”. (El Ms. original).Note 91 · Monopantos, “unos hombres que lo son todo”. (Nota de la colección de Bruselas).Note 92 · “muda los semblantes”. (Los impresos).Note 93 · “Gaspar Conchillos, Conde-Duque”. (Nota del Ms. de la Biblioteca Nacional, T. 153, pág. 240).Note 94 · Consejo supremo de los judíos, en que se decidían los negocios de Estado y de la religión. El de Jerusalén componíase de 70 ancianos en los Note 95 · “Amigo de oro”. (Nota de la colección de Bruselas).Note 96 · “Ehrictotheos”. (Los impresos). “Dios de la tierra, hijo de Vulcano”. (Nota de la colección de Bruselas).Note 97 · “Dice Danipeani de Vandes. Diga Juan de Pineda, de la compañía”. (Nota del Ms. citado, T. 153, Bibliot. Nac.).Note 98 · “Arpiatrotono”. (El Ms. original). “Arpia Trotono”. (Las publicaciones españolas). “Arpi Trotono”. (Las flamencas).Note 99 · “Pacasmazo”. (Los impresos).Note 100 · “Alkerriastos”. (Las colecciones españolas). “Daper Razalas”. (Las belgas).Note 101 · “Se borre Pacas, mazo, Alkeriastos, Arpiatrotono (y en su lugar póngase) Jalzephez Nogos, Joseph González; Ardanzo Ranfales, Fernando SalazaNote 102 · “monopantones”. (Los impresos).Note 103 · “a todos”. (Ídem).Note 104 · “en más el que hacíamos”. (Los impresos).Note 105 · “del cielo”. (Los impresos).Note 106 · “sendas tratables a nuestros pies lo profundo del mar”. (Los impresos).Note 107 · Horu La Adonai, dice el Ms. original. Horula Adonai todos los impresos, que se interpreta: Load a Jhowah.Note 108 · “incompatibles”. (Las ediciones españolas hasta mediados del siglo XVIII).Note 109 · Dixit insipiens in cor de suo: Non est Deus.Note 110 · “de hijos”. (El Ms. original).Note 111 · “ya muchos años”. (Los impresos).Note 112 · “su corona”. (Los impresos).Note 113 · “sus semblantes. El rey de Francia”, etc. (Ídem, menos las impresiones belgas).Note 114 · “para que en sueldos”, etc. (Los impresos todos).Note 115 · Mogollón, entrometimiento de alguno para comer de balde a costa ajena donde no le llaman ni es convidado.Note 116 · “socorremos a aquel Monarca”, etc. (Fuera de las ediciones de Bruselas, todas).Note 117 · Esta grave censura, que solamente se lee en el Ms. original y en las colecciones flamencas, tiene dos sentidos: o que realmente ocupaban altNote 118 · “lo paga del que lo cobra”. (Los impresos).Note 119 · “el fin”. (Los impresos).Note 120 · “llega para ellos”. (Ídem).Note 121 · “una Jerusalem”. (Ídem).Note 122 · “no los quiero.” (Ms. original).Note 123 · “Pacasmazo”. (Los impresos).Note 124 · El licenciado José González, como abogado y, por tanto, de lengua expedita y afluente.Note 125 · “una deidad de rebozo”. (Los impresos).Note 126 · “todos”. (Ídem).Note 127 · “necromante”. (Ms. original).Note 128 · “calamita”. (Los impresos).Note 129 · Piedra imán, brújula.Note 130 · “a puntar”. (Ms. original).Note 131 · “cargándole”. (Los impresos).Note 132 · “se introducen”. (Ídem).Note 133 · Juan de Pineda y Hernando de Salazar, ambos de la Compañía de Jesús, y José González.Note 134 · Τροχίσxοϛ, voz griega que se usa en la Farmacia, y significa ruedecilla, rodaja. Úsase, pues, en la acepción de pastillas. Hay trociscos de Note 135 · Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares.Note 136 · “conocerlos”. (Los impresos).Note 137 · “Chrisotheos”. (El Ms. original). “Chritoteos”. (Los impresos). “Chritoteos, Judices Deorum, o Jueces de los Dioses. Arriba puso EricthoteosNote 138 · Don Antonio Carnero, Juan Bautista Sáenz Navarrete y Juan de Pineda.Note 139 · “monopantones”. (Los impresos).Note 140 · “será bien se confiera”. (Edic. de Zaragoza).Note 141 · “Pacasmazo”. (Los impresos).Note 142 · El licenciado José González.Note 143 · “en rehenes”. (Los impresos).Note 144 · “Pacas-Mazo”. (Los impresos).Note 145 · “Asapha”. (El original y los impresos).Note 146 · “o en dineristas”. (Edic. de Bruselas).Note 147 · “fiero y en discordia”. (Los impresos).Note 148 · “Con esta controversia se envedijaron”. (Ídem).Note 149 · Pelaza o pelazga significa pendencia, riña o disputa. Empelazgar una controversia es frase inventada por el escritor para encarecer la vehemNote 150 · “perpetuas, por equilibrar”. (Ms. original).Note 151 · “Padece el Duque achaques”, etc. (Edic. de Zaragoza).Note 152 · Al margen en la edición de Zaragoza y al pie en la de Bruselas, se lee: Contra el gobierno repúblico.Note 153 · “los ricos desprecian a los pobres, los pobres envidian a los ricos”. (Los impresos).Note 154 · “soberanía de los unos”. (Los impresos).Note 155 · “mormollo”. (Ms. original).Note 156 · “gazpellidos y los amagaban”.Note 157 · “no son”. (Edic. de Zaragoza y españolas del siglo XVII).Note 158 · Nota se lee al margen en la edición de Zaragoza.Note 159 · “del futuro?” (Ms. original).Note 160 · “sois contra”. (Los impresos).Note 161 · “y desgobiernan el mundo, y desgobiernan”. (Ídem).Note 162 · “a él”. (Ídem).Note 163 · “¿Quién es soberano y de qué, si no os huye?” (Ms. de Lista).Note 164 · “convencido?” (Los impresos).Note 165 · “saber, si una libertad vuestra”. (Las impresiones españolas hasta fines del siglo XVIII). “sabor si una libertad”. (Las belgas).Note 166 · “contar. En los degüellos el escarmiento sigue a la pena”. (Los impresos).Note 167 · “guarda”. (Los impresos).Note 168 · “pelarza y mormollo”. (Ms. original). “Pelanza y mormullo”. (Todos los impresos).Note 169 · Dase sanctus en Misa, pasándose de uno a otro y dando a besar lo que se llama sanctus.Note 170 · “armado. Un francés monsiur y un italiano monseñor habíanse ya pronunciado el enojo con algunos sopapos, con séquito de voces y bocados”. (LNote 171 · “destrozaba de cólera”. (Ídem).Note 172 · “Proponía”, etc. (Todos los impresos).Note 173 · Todo esto suena para Francia, y es a España a quien lo dice Quevedo, por los desastrosos valimientos del Duque de Lerma, de don Rodrigo CaldNote 174 · “infame muerte”. (Los impresos).Note 175 · “Los alemanes quedaron con los demás oyentes suspensos y pensativos. Encamináronlos”, etc. (Las impresiones españolas hasta fines del siglo Note 176 · “yo”. (Las ediciones belgas, la de Sancha y siguientes, y el Ms. de la Biblioteca Nacional, T. 153, fol. 239 v).Note 177 · “diciendo”, etc. (Las mismas). Suprimieron aquellas dos palabras por no hallarles sentido en castellano. Efectivamente, no le tienen: son itNote 178 · “de los privados, detestable de los nepotes”. (El Ms. que acaba de citarse de la Biblioteca Nacional).Note 179 · “preeminente”. (Los impresos todos).Note 180 · “de fuego y del manejo de todas armas”. (Todos los impresos).Note 181 · “la obstinación en trajes”. (Ídem).
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