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Los Sueños, Volume II

Note 507 — LA HORA DE TODOS Y LA FORTUNA CON SESO (continued 2)

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Ya indirectamente, ya a la descubierta, no sólo en éste, pero en otros muchos pasajes, recordó nuestro sabio político al Príncipe castellano la obligación y apremiante necesidad en que se hallaba de ponerse al frente de sus ejércitos. Hacíale ver las prolijas, antiguas y empeñadas guerras que desangraban su reino; cómo su presencia infundiría valor incontrastable en las tropas, confianza en los pueblos apartados, desaliento en los enemigos y había de acelerar los prósperos sucesos. Advertíale, por último, que, declinando el peso de las guerras sobre capitanes que raras veces tenían otro interés que el de prolongarlas, por deber a ello su crecimiento y su medra, parecía no dolerse de los sacrificios inmensos de sus vasallos, de tantas haciendas deshechas, de tantas lágrimas vertidas, de tanta sangre derramada. Pero Felipe IV, acostumbrado a los encantos de la música y de la poesía, al aroma de los saraos y a los regalos del ocio, no gustó nunca del estruendo de la artillería, del polvo de los combates y del dudoso trance de una batalla.

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