CAP. XXXVII
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La caballería india, distribuída en fuertes escuadras, espera tras la línea de ataque; un estremecimiento la recorre; espuelas y sables se entrechocan. Los caballos levantan las orejas y abren la nariz al viento, alguno se encabrita y corre por la campaña rebotando al jinete entre los dos borrenes. En la media luz del alba blanquean los turbantes, y se mueven las siluetas, llenas de armonía bélica como figuras de un friso. Palidecen las estrellas, y el rojo resplandor de los incendios se levanta sobre el horizonte. Es el momento en que la caballería india se lanza, con la rienda suelta, para hacer prisioneros. El galope de los caballos sacude la tierra con un vasto rumor lleno de evocaciones antiguas. Los jinetes corren con los sables en alto, los ojos ardientes, la boca estremecida por una sonrisa blanca que descubre los dientes. Los alemanes, viéndoles llegar, levantan los brazos:
—¡Piedad! ¡Piedad!
Los jinetes indios pasan acuchillándolos, y revuelven los caballos con los sables siempre en alto. El corvo tajo fulgura feroz sobre los turbantes. Resuena un grito de asombro y de cólera:
—¡No dan cuartel! ¡No dan cuartel!
Los alemanes retroceden empuñando los fusiles; miran llegar a los jinetes entre nubes de humo, y, parapetados en los socavones de las granadas, hacen fuego. Se encabritan los caballos, y corren por el campo con largo relincho, el belfo palpitante, afrontados los ojos, levantada la crin. Una montura, con la rienda suelta, galopa espantada arrastrando al jinete, que va caído sobre la grupa, sin turbante, flotando la melena negra como el ala del cuervo, y un borbotón de sangre sobre el pecho. Los alemanes, entre descarga y descarga, levantan un terrible grito:
—¡Muera Inglaterra!
Los jinetes indios revuelven los caballos y sonríen crueles bajo el resplandor de los sables. Dan la última galopada sobre un campo de muertos, y se tornan a su real.