CAP. XXX
Reading edition

En la retaguardia velan los Cuarteles Generales. Suena de continuo el timbre del teléfono: Llegan soldados ciclistas cubiertos de lodo con un vaho de niebla: Se reciben noticias del frente de batalla, se transmiten órdenes, y los oficiales se encorvan consultando las grandes cartas geográficas. Cuando alguna vez nombran a los alemanes, lo hacen sin odio y sin jactancia, pero con aquel íntimo menosprecio que tuvo el latino por los pueblos extraños.—Para el alma francesa, armoniosa y clásica, el teutón continúa siendo el bárbaro—. Los timbres eléctricos no dejan de sonar, y todo se hace despacio, con mesura, sin nervios. De tarde en tarde aparece en la puerta de la vasta sala un oficial que saluda cuadrándose: Viene de la obscuridad, del barro, de la lluvia y trae un pliego. El general le estrecha la mano y le ofrece una taza de café caliente. Después le ruega que hable, con esa noble cortesía que es tradición de las armas francesas. Y otra vez los timbres, y las órdenes breves, y el esperar, el esperar atentos.