CAP. XXV
Reading edition

Algunos artilleros duermen sobre el heno, en el establo de una granja, y el imaginaria da voces golpeando en la puerta:
—¡Orden de partir! ¡Orden de partir!
Se saca el ganado tirando de las colleras, y se engancha a tientas. Llueve. Los artilleros, malhumorados, van de una parte a otra como sombras:
—¡Cochino tiempo!
Se tropiezan, se injurian, hacen estallar los látigos sobre las ancas de los caballos. Una voz interroga:
—¿Se sabe adónde vamos?
Y otra voz responde:
—¡Al baile de las peladillas!
—¡Qué noche de aguas!
Los caballos alargan el cuello sacudiendo las orejas bajo la lluvia. En la oscuridad, los hombres y las bestias con su halo de niebla, tienen una lentitud incorpórea. No puede distinguirse quien habla, y las voces están llenas de vaguedad, como si viniesen de muy lejos:
—¡Cochino tiempo y cochina guerra! ¡Cuándo acabará esto!
—¡Esto no acaba nunca!
Un soldado grita enfurecido:
—¡Sooo!... ¡El diablo tiene este ladrón! ¡Sooo, Fanfan!
Los conductores en el pescante de los carros, templan las bridas y restallan el látigo. La batería está formada sobre la carretera fangosa. En una esquina, al abrigo de la iglesia, brilla el anafre de una vieja que vende café y aguardiente a los soldados, que, inclinados sobre el cuello de sus caballos, le tienden los vasos. La vieja va de unos en otros con la mano puesta sobre la faltriquera llena de calderilla:
—¡Buena suerte, mocines!
La batería rueda por la carretera llena de baches, entre ráfagas de lluvia, y ráfagas de viento que aborrasca la crin de los caballos. La oscuridad es tan densa, que los artilleros, sentados sobre los armones, no alcanzan a ver el tiro delantero, y la silueta del guía aparece apenas como una sombra indecisa y movediza. Los soldados guardan silencio, entumecidos y desalentados. De tarde en tarde, un gruñido:
—¡Cochino tiempo!
—¡Cochina guerra!
—¡Y esto no acaba nunca!
—Esto lo acabarán las mujeres.
Un soldado destapa la cantimplora del aguardiente, y se la ofrece al que va a su vera en el armón. El otro trinca:
—¡Es un viaje de recreo! ¿Y adónde nos llevarán los señores?
—Adonde no hagamos falta. En llegando, nos mandarán retirarnos.
—¡Si tuvieran goteras los autos del Estado Mayor!
Los armones rebotan en los baches. El barro salpica la espalda de los artilleros. El látigo estalla sobre las grupas de los caballos que galopan contra el viento y la lluvia, levantada la ola de la crin.
A lo largo de las líneas hay un silencio lleno de recelos. Se oye el resoplar de un tren que derrama su cabellera de chispas en la cerrazón de la noche.