CAP. XIV
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No tiene término en la noche la lívida llanura, y, en medio de la bruma, al claro lunar, se revela el espectro de una ciudad bombardeada: La ciudad de Arras. Negras y destripadas humean las casas; la catedral es un montón de piedras; los sillares desbordan por las bocas de cuatro calles y las ciegan: Rosetones y cruces, gárgolas y capiteles mutilados asoman entre los escombros. Las bombas caen abriendo grandes hoyos sobre la plaza de los porches, llena del recuerdo español, y muchas casas, con las puertas abiertas y las ventanas batiendo al viento, muestran la hondura tenebrosa del zaguán, donde se amontonan los ajuares. Se aleja un carromato: Bambolea su carga de huchas, cacerolas y colchones: En lo alto va una cuna. La ciudad parece abandonada: Hay parajes donde las casas se aplastaron y esparramaron por tierra como los castilletes que levantan los niños, y calles enteras donde los esqueletos permanecen en pie, con las fachadas en escombros, mostrando los interiores burgueses, en una angustia de abandono, llena de gritos de mujeres y llanto de niños asustados que se agarran a las faldas. En una costanilla, al abrigo del bombardeo, cargan otro carromato. Hay un grupo de mujeres que se besan. El mayoral pone prisa, y al cabo montan en el carro los que se van: Una viuda con dos hijas, dos muchachas pálidas, el cabello despeinado, los ojos llorosos. Llegaron poco hace huídas de Combles. El padre se fué a la guerra, y las dos muchachas están encintas de un soldado alemán.