CAP. XXXIX
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En el ápice de la noche y el día, sutiles nieblas vuelan sobre los ateridos Campos Cataláunicos. Tras las nieblas se perfila la masa de un ejército. Ruedan los cañones y galopan los caballos con rumor sonoro, que se difunde por la vasta plana endurecida de la helada, y limitada en su lejanía por azulados bosques. Los oficiales de órdenes caracolean sus caballos al detenerlos frente a los batallones, tendidos en línea bajo las banderas desplegadas. El General Goureaud revista las tropas, y decora las banderas con la Legión de Honor. Tiene un brazo cercenado, y el rostro curtido por todos los soles, la mirada exaltada y mística, con una luz azul de audacia sagrada. Besa las banderas al imponerles la cruz, y las banderas, rasgadas por la metralla enemiga, flamean sus jirones sobre la figura mutilada del General. Son de una emoción hermana y ejemplar las banderas desgarradas y aquel soldado manco estropeado en la guerra. Cantan los clarines con claras voces, desfilan al galope los jinetes, hacen salvas los cañones, y adelantan las escuadras de infantes acompasando el paso al redoble de los tambores. Una emoción religiosa cubre la vasta plana, y las sombras antiguas ofrecen sus laureles a los héroes jóvenes de la divina Francia.