CAP. XXIX
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Esta misma hora es de nieve y ventisca en los montes alsacianos, de niebla espesa en el mar, de fría lividez en la Champaña... Pero en las doscientas leguas de foso cenagoso, lleno de ratas y de resplandores, donde el peludo tirita con las manos doloridas sobre el fusil, estallan las bombas desmoronando los parapetos, desgranan las ametralladoras sus truenos, se abre el eco profundo de las minas. Hay parajes llenos de ardor, de ira y de tumulto, que repentinamente quedan en silencio con sus largas hileras de muertos aplastados sobre la tierra. Grandes vuelos de cuervos se abaten bajo el cielo del alba. Se queja el herido oculto en la maleza, y el que se arrastra por el borde del camino, y el otro cubierto de sangre, que se recuesta sobre el talud de la trinchera, y aquellos tan pálidos, con la frente vendada, que abren los ojos sobre el cabezal de las camillas. Las patrullas exploran el campo, y por las mil trochas que arriban a la línea de fuego, van los soldados en difuso deslayo. Para no resbalar en el lodo se apoyan en fuertes maquilas, y por distintas trochas los camilleros vienen y van. En alguna casamata, a la redonda de la estufa donde hierve el agua del café, los oficiales conversan de guerra y de mujeres. Son jóvenes, y para la vida y para la muerte tienen una sonrisa llena de gracia inconsciente, como en el tiempo de la gran Revolución.