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La guerra injusta; cartas de un español

¿Y Después?

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Y de esta guerra increíble, que jamás se ha visto ni se volverá á ver sobre la tierra, ¿qué es lo que quedará? Esos arroyos de sangre, filtrándose en la tierra, ¿fecundaran su seno? ¿Secaran, por lo contrario, las raíces de las flores y nuestro planeta será para siempre un recinto siniestro de dolor y de espanto?

No soy optimista ni pesimista. Pensar que la guerra se halla en el orden de lo creado y que es de necesidad periódicamente para aliviar los excesos de la fecundidad, me parece blasfemo. Nunca he creído en la utilidad del mal; nunca he creído tampoco que procediese de Dios. Nuestra Libertad, que es nuestra perfección y nuestra imperfección á la vez, es la que engendra todas las depravaciones que observamos en el mundo. Y el mismo Dios no puede nada contra nuestra libertad.

Pero imaginar que el Espíritu de Verdad y de Justicia que gobierna el mundo se va á cruzar de brazos y no ha de sacar partido para nuestro bien de nuestros mismos errores y maldades, es igualmente vituperable.

Amontonamos sobre el camino en nuestra peregrinación por la tierra obstáculos infranqueables; pero una mano divina los separa. Sembramos abrojos; pero hay quien se encarga de limpiarlos y guarnecerlos de flores.

La guerra presente, que es un mal, engendrará algunos bienes. No hablemos de razas perdidas, aniquiladas, que preparan el terrero para otras nuevas. No hablemos tampoco de viejos sistemas que se deshacen para hacer sitio á otros más perfectos.

No digamos que la ferocidad es necesaria para el equilibrio de la existencia y que está justificado el predominio de los más fuertes. Este es el lenguaje de la impiedad que yo no sé balbucear. Pensemos más bien que el hombre no está hecho para la guerra sino para la paz, porque no es una continuación del animal, sino un salto fuera de él. Estamos compuestos de átomos brutos; pero no somos un átomo bruto. Si alguna vez dentro de nosotros ruge el león y grazna el buitre no nos inquietemos, porque están enjaulados.

Las naciones, como los individuos, sufren accesos periódicos de cólera. La cólera la han definido los fisiólogos una locura breve. Esta locura deja rastro pernicioso casi siempre en nuestro organismo, turba el equilibrio de nuestros humores, causa desperfectos en la máquina corporal.

Pero en el alma no sucede otro tanto. Cuando convalecemos de una de estas fiebres mortíferas nunca dejamos de experimentar confusión y vergüenza. Esta vergüenza es el reconocimiento de nuestro ser espiritual, es la voz de lo Alto que nos señala nuestro destino. Corremos á la jaula de los leones y los tigres y damos otra vuelta á la llave.

Así está sucediendo con las naciones europeas. Detrás de esta rabiosa cólera que las posee, de este colosal ataque de nervios, vendrán días de laxitud y reflexión y una gran vergüenza se apoderará de ellas. Descontentas de sí mismas cerrarán los ojos y meditarán largo tiempo. Una gran reforma moral se prepara. El Derecho internacional va á dar un salto prodigioso.

¿Pero las comarcas devastadas?—Volverán la poblarse: el chirrido de la carreta y el canto suave del campesino sonarán otra vez donde ahora retumba el cañón y los gritos de batalla.—¿Y tantos miles de pobres seres mutilados?—Pensarán resignados que han entregado sus pies y sus manos á la fiera para rescatar las de sus hermanos y que al fin la tienen encadenada para siempre.—¿Y tanta lágrima, tanta sangre como se ha vertido?—Las lágrimas son el riego de las almas; para crecer necesitamos llorar. La sangre ha sido el precio de nuestra redención.

La Francia ha hecho una cruel experiencia; pero esta experiencia la salva. Vivía adormecida por un bienestar material del que no hay ejemplo en la Historia. El goce era su ideal; una sensualidad premeditada y sabia reinaba en las ciudades y se propagaba á los campos. Cuando esto sucede, cuando adulamos á nuestro cuerpo, el alma, ofendida, nos abandona, quedamos convertidos en una estatua viva como aquella de que hablaba Condillac. No hay maldad, sino frialdad. Los lazos de hombre á hombre se habían aflojado; cada cual miraba á su vientre: te respeto para que me respetes y nada más.

Ahora bien; al alma no le bastan estos reglamentos de Policía. Las salas de las Delegaciones y Prefecturas están demasiado frías para ella. Los hombres no hemos nacido solamente para saludarnos con el sombrero. Fué necesaria esta gran catástrofe para que los franceses dieran unos pasos atrás y rectificasen la dirección de su marcha. Cuando la desgracia entra en una casa, los hermanos, que vivían apartados, que apenas se veían, se abrazan llorando y renuevan la dulce convivencia de la infancia. La fraternidad, que mucho se había debilitado en Francia en los últimos años, florece de nuevo y exhala delicados perfumes. Señalemos este acontecimiento como el más feliz de lo que la terrible inundación dejará en pos de sí.

Otra buena partida para su haber será el culto á la austeridad, de que empiezan ya á dar claras muestras. Los franceses nunca han sido vividores disipados; pero sí lo han sido ordenados. Quiero decir que se han concedido siempre todos los placeres posibles, aunque con cálculo. Ahora renuncian á ellos con admirable resolución. El día de la paz los veréis desplegar una actividad afanosa para cicatrizar las heridas de la guerra, para volver á su antigua prosperidad, como las hormigas de un hormiguero cuando éste ha sido indignamente pisoteado por un hombre ó una bestia.

La política se saneará igualmente. Sí; era necesario sanear la política. Cuando hace dos años una mujer, prevalida de la alta posición política de su marido, asesinó alevosamente á un publicista distinguido, y esta mujer fué absuelta libremente por el Jurado, los hombres de sentido moral exclamaron en Europa:—«¡Esto se descompone!»—Todos vimos ya revolotear los cuervos sobre la carne podrida. Era necesario atajar la gangrena con el bisturí y el cauterio. Los alemanes fueron comisionados por la Providencia para hacerlo. Se encargaron también de batir las cataratas á esos ciegos partidarios que ignoran la justicia y la tolerancia.—«¡Cómo tardan los bárbaros en llegar! ¿Que hace Atila?»—exclamaba un día Ernesto Hello, contemplando la corrupción del segundo Imperio.—Y Atila vino, en efecto, poco después. Ha llegado también ahora no para castigar la lujuria, sino la mentira. Si la República francesa no hace honor á su lema «libertad, igualdad fraternidad, ¿para qué existe?

La Providencia divina tiene mucho más que hacer en Alemania. El gran pecado de los germanos es el orgullo. Pero el orgullo es el mayor pecado de la Humanidad, es el que nos transforma realmente en bestia.

El Rey Nabucodonosor comió heno, como el buey, á causa de su soberbia. ¿No caemos todos en cuatro patas así que se nos sube el humo á la cabeza?

¿De dónde les vino este orgullo? El origen principal está en los excesos de su industrialismo. Ver cómo juegan con los átomos y los escamotean y transforman los gases en sólidos y arrastran las fuerzas naturales á todos los usos, es cosa al parecer que hincha á los hombres de un modo extraordinario. Los alemanes habían llegado en este orden á mayor adelantamiento que los demás países y quedaron llenos de sí mismos y empezaron á mirar con desprecio á los que no sabían fabricar pan de madera, y á creerse el pueblo elegido por Dios.

Pero Dios no necesita panaderos. Cuando los magos de Faraón convirtieron las varas en serpientes, la de Aarón se las tragó á todas. Para mucha gente este es el fin y el compendio de toda la civilización: las retortas, los alambiques y los gases inflamables. Algunos tiemblan de emoción y ponen los ojos en blanco al referir las contradanzas que los alemanes hacen ejecutar á la materia bruta. Yo les respondo: «Aunque les viese transformar el palacio de la Equitativa en un gran pastel de hojaldre siempre admiraría más un diálogo de Platón y un drama de Shakespeare.

Los alemanes eran más admirables cuando en Weimar, una de sus pequeñas ciudades, se reunían á la vez hombres como Goethe, Schiller, Herder, Wieland Kotzebue, músicos inspirados, grandes pintores, arquitectos, sabios, actores, que ahora con sus cañones y zeppelines. No hay que decir esto al vulgo que sólo se postra ante las obras tangibles. ¡Como si el mundo moral no precediese al material y lo invisible á lo visible!

El progreso que se cifra tan sólo en utilizar las fuerzas de la Naturaleza para nuestro regalo es un fantástico progreso. Si el hombre no progresa moralmente, estas fuerzas, en vez de utilizarse para su provecho, se emplearán en su destrucción. Y es lo que ha acontecido ahora. ¡Cuándo terminará esta grosera superstición del industrialismo! Platón, Epicteto, Sófocles, Cicerón, eran hombres bien civilizados y se alumbraban con aceite. El apóstol San Pablo no era un salvaje, aunque desconociese el bicarbonato de soda. El corazón del hombre siempre será más interesante que la Naturaleza. El actor nos importa más que los bastidores y bambalinas de que está rodeado.

Por la derrota de su soberbia volverá á ser grande la Alemania. Cuando nos sopla el viento de la fortuna, cuando nuestros negocios prosperan y vivimos rodeados de comodidades y sumergidos en la riqueza, entonces es cuando corremos grave riesgo de perder la dicha. La sabia Providencia, que vela por nosotros, nos abre los ojos de un modo brusco para que rectifiquemos el camino.

Es inútil que nuestras viles pasiones se oculten bajo el manto del patriotismo. Este se compone de una centésima de amor y noventa y nueve de orgullo. Así como por la ley divina y humana tenemos derecho á defender nuestra vida como individuos, igualmente lo tenemos para defender con la fuerza nuestra independencia nacional. Fuera de esto el patriotismo no es más que un orgullo colectivo. No imagino que un ruso ó un alemán por pertenecer á una gran nación sea más grande, ni más sabio, ni más feliz que un holandés ó un suizo. La grandeza de un hombre no se mide por el terreno que ocupan sus pies, sino por el horizonte que descubren sus ojos. Un mendigo inglés es como un mendigo español, y un sabio lo mismo.

Los alemanes habían llegado á un grado inaudito de prosperidad industrial y comercial. Ignoro si por eso había allí más hombres felices que en los demás países. De todos modos, en medio de su prosperidad la serpiente aduladora les sopló al oído que debían comer el fruto prohibido. Este fruto era la riqueza de sus vecinos y su humillación. Pensaron que las leyes naturales son indeclinables y que las morales no lo son: profundo error. Mañana se encontrarán arrojados de su paraíso (si es que lo era) tristes, maltrechos, ensangrentados. Verdad que han hecho mucho daño á los demás; ¿pero este pensamiento puede hacer feliz á ningún hombre? Esperemos que, tras experiencia tan dolorosa, irán á buscar de nuevo su cielo, no en la fábrica Krupp, sino donde siempre lo han tenido: en la moderación, en la sobriedad, en la tranquila vida de familia, en las bibliotecas y en las salas de concierto.

* * *

Y para Inglaterra, ¿qué consecuencias tendrá la presente guerra?

Ninguna. Los dardos más acerados se embotan en la piel del elefante. Abrirá su gran Libro mayor; apuntará en el «Debe» los hombres y los barcos perdidos; en el «Haber», algunas colonias alemanas conquistadas, y lo cerrará después y saldrá á paseo con el paraguas bajo el brazo.

Es una singular nación Inglaterra. En una novela de Julio Verne, que leí en mi adolescencia, cierto francés obsequioso, para adular al capitán del barco en donde iba, que era inglés, le decía: «Admiro tanto á Inglaterra, que si no fuese francés querría ser inglés.» El capitán, dando un chupetón á su pipa, respondió tranquilamente: «Pues yo, si no fuese inglés, querría ser inglés.» ¡A cuántos en Europa les pasa lo mismo!

Admiro su literatura, su política, sus costumbres, sus juegos, su originalidad y hasta me hace gracia su orgullo, que nada tiene de agresivo; pero sobre todo la admiro porque es la patria de los hombres libres. Todos los demás, comparados con ellos, somos esclavos. Cuántas veces, presenciando las arbitrariedades y atropellos de la autoridad en España, oyendo hablar de la insolencia de los militares alemanes, de la intolerancia de los jacobinos franceses, de la crueldad de los esbirros rusos, me tengo dicho: «Prohibid, atropellad, maltratad: ¡mientras exista Inglaterra no desaparecerá la libertad del mundo! Allí iremos en último extremo á refugiarnos los que no hemos nacido serviles!»

Se moteja el orgullo británico. Sin embargo, dondequiera que hay una cosa digna de admiración allí está un inglés admirándola. Su orgullo significa la confianza en sí mismos; esto no inspira aversión, sino respeto. Cuando estalló la guerra se creía unánimemente en Europa, y los alemanes fundaron en ello toda su esperanza, que las inmensas y lejanas colonias de Inglaterra se alzarían para sacudir su dominio. Acaeció todo lo contrario. Las colonias se sintieron heridas en la metrópoli como en su propio corazón y se aprestaron á enviarla todos sus recursos.

No se ha meditado bastante sobre este hecho, único en la historia de la humanidad. ¡Qué conducta amable y generosa es necesario seguir para que aquellos que se hallan bajo nuestro señorío nos amen lo bastante para no romper el yugo cuando la ocasión se presenta! Que en tiempos pretéritos han cometido actos de crueldad. No tantos ni tan grandes como los de otras naciones. ¿Para qué hablar de lo que está sepultado en los abismos del tiempo? La historia del género humano es la historia de la fiera humana. No contemos los mordiscos que nos hemos tirado los unos á los otros.

Durante la guerra que sostuvieron con los boers del Africa meridional experimentaron algunos dolorosos reveses debidos á la pericia y valor de aquellos improvisados guerreros. Uno de los caudillos que más daño les hizo fué, como todo el mundo sabe, el general Dewet. Pues bien; cierto día, en un cinematógrafo, apareció repentinamente su retrato. Un aplauso unánime estalló en la sala acogiendo la efigie de su heroico enemigo. Pensemos en lo que sucedería en cualquier otro país de Europa en caso semejante. ¡Oh, grande y noble pueblo; no temas que tu inmenso poderío se destruya! ¡Los ángeles sostienen sobre sus alas los poderes justos!

El contacto más intimo con Francia e Inglaterra, países libres, hará á Rusia más libre. En este país se da el caso inaudito de que un déspota imponga la libertad á su pueblo. «Vosotros los filósofos—decía Catalina II á Diderot, que la empujaba con vehemencia á las reformas—escribís sobre el papel, que sufre perfectamente el roce de la pluma; pero nosotros los Reyes escribimos sobre la piel humana que es mucho más susceptible.» El buen Zar Nicolás II tiene ocasión ahora de comprobar la sentencia de su abuela. En su vasto Imperio existe un poderoso partido reaccionario, que grita como nuestros chisperos del siglo pasado: «¡Vivan las cadenas!» y que ha paralizado su generosa iniciativa. Frente á ese partido se alza feroz, intransigente, otro que pretende hacer tabla rasa de la tradición. Con tanto demonio desatado no es fácil salir del infierno.

Italia ganará á Trieste. La sombra de Silvio Pellico, que gime errante todavía por la Italia irredenta, podrá descansar tranquila en su sepulcro. Bélgica restañará presto sus heridas. Turquía entregará al cristiano el sepulcro de Cristo. Los Estados balkánicos seguirán tirándose pellizcos á la sordina hasta que Europa, como un maestro severo, llevándose el dedo á los labios y enseñándoles la vara, les imponga reposo.

¿Vendrá el desarme? Sí; yo espero que vendrá el desarme. La enfermedad ha hecho crisis. O muere ó se salva el enfermo: ó descendemos de nuevo á los antros profundos de la animalidad ó asomamos la cabeza sobre las nubes. «El animal toma su punto de apoyo en la planta—dice nuestro huésped reciente Enrique Bergson—; el hombre cabalga sobre la animalidad, y la Humanidad entera en el espacio, y el tiempo es un inmenso ejército que galopa al lado de cada uno de nosotros, delante y detrás de nosotros, en una carga arrebatada capaz de derribar todas las resistencias y de franquear muchos obstáculos, hasta la muerte quizá.»

El obstáculo con que ahora ha tropezado la Humanidad es el más alto que se le ha presentado en su larga carrera. El trampolín está delante. Si retrocede seguiremos cabalgando, no delante, sino al lado mismo del animal; seguirá imperando, como en el fondo del océano, la ley del más fuerte. El estado de guerra se perpetuará en nuestro planeta; el odio establecerá definitivamente su imperio sobre los corazones; la fiera rugirá de nuevo por la boca de los cañones. Si lo salta, caerá en el blando regazo de la ley de Cristo, adquirirá para siempre conciencia de sí misma y proseguirá gloriosamente su camino hacia los altos destinos que la Providencia la tiene reservado.

FIN

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