El Krishna de las trincheras
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La repetición es la ley de la vida. Se repiten los hechos y también los pensamientos. Lo que pensaron nuestros más antiguos progenitores cuando comenzaron á pensar, eso es lo que ahora pensamos nosotros.
En presencia de la necesidad ineluctable, acosado por los rigores de la Naturaleza, el hombre se refugia en su propia alma y adopta un estoicismo fatalista que le emancipa del dolor. Toda la filosofía del Oriente se halla impregnada de tal estoicismo; la griega lo hizo suyo en el Pórtico; los hombres más grandes de la antigüedad le rindieron culto. Y en nuestros mismos días, cuando la fe cristiana no endulza nuestra amargura, cada hombre lucha con el dolor poniendo su alma de punta á los sucesos y entregando su pensamiento al oráculo de la fatalidad.
De todos los oráculos fatalistas el más famoso y el que más profundamente impresiona es el que se expresa en el episodio del Mahabharata indio, conocido con el nombre de Bhagavad-Gita. Los ejércitos de los Pandavas y de los Curavas se encontraban el uno frente al otro en una llanura inmensa. Suenan los cuernos de guerra, los tambores redoblan, los carros se precipitan, las flechas silban. Krishna, encarnación humana del dios Wishnú, consiente en servir de cochero al tercer hijo de Pandú, su discípulo y favorito Ardjuna. Este, á la vista de todos aquellos hombres que van á degollarse, se siente cogido por una desesperada melancolía. Contemplando esta muchedumbre de amigos y enemigos que el odio divide y que la muerte va á reunir, siente que sus manos tiemblan, su boca se seca, sus cabellos se erizan, su piel arde, sus fuerzas desmayan, el arco se escapa de sus manos. Se deja caer sobre el pescante de su carro, pálido, acobardado, el alma transida de dolor. Entonces es cuando Krishna le revela quién es y comienza á doctrinarle sobre la vanidad de las cosas terrestres y el carácter insignificante de todos nuestros actos. El verdadero sabio no debe inquietarse ni por los vivos ni por los muertos: el cuerpo no es más que la envoltura de una inteligencia inmortal que cambia de forma como si fuese un vestido. Morir ó matar es cosa en absoluto indiferente, etc., etc.
Allá en las trincheras de la Champagne se repitió esta escena, no entre dioses, sino entre dos pobres soldados de infantería. He aquí cómo llegó á mi noticia:
No hace muchos días entré en un café del boulevard de los Italianos con un amigo. Antes de sentarnos divisó éste en el fondo á uno de sus conocidos, y se apresuró á ir á saludarle. Observé que aquel sujeto tenía á su lado dos muletas, y desde luego colegí que era un inválido de la guerra. Mi amigo me hizo una seña de que me acercase, me presentó á él; y nos sentamos á su misma mesa. Era un joven de agradable aspecto, de fisonomía abierta y bondadosa. Le habían cortado una pierna hacía pocos meses; era hijo de un banquero del boulevard Haussmann, y disfrutaba, al parecer, de una brillante posición social.
La conversación rodó, como es natural, sobre la guerra. Monsieur Gardiel, que así se llamaba aquel simpático joven, nos entretuvo largo rato describiéndonos la vida de las trincheras, contándonos alguna de sus aventuras guerreras. Aunque todo era vulgar y descrito mil veces en los periódicos, yo le escuchaba con interés. Lo vulgar se hace interesante cuando está narrado con ingenuidad por la persona misma que lo ha vivido. Pero uno de los episodios de su amena charla salió repentinamente de lo ordinario y me causó profunda sensación. Lo contaré en breves palabras.
«Entre los soldados de la compañía á la cual yo pertenecía—nos dijo—había un muchacho que se distinguía por lo feo. La Naturaleza se había excedido á sí misma en este joven. Pienso que era el hombre más feo de Francia. Se le llamaba entre nosotros «la Merode», en recuerdo de una belleza que sonó mucho hace años. Lo moral respondía bastante bien á lo físico. Callado, brusco, indiferente á lo que pasaba á su alrededor, se había captado la antipatía de todos nosotros. Lo que más repelía en él era su sonrisa; una sonrisa sardónica, maligna, que no se le caía de los labios. Le hubiéramos visto destrozado por una granada sin pesar alguno.
Este joven, que se llamaba Tabourin, era, según me dijeron, profesor en un colegio de Lyon. Su vocación científica se revelaba á nosotros claramente porque aprovechaba todas las ocasiones que se le ofrecían para cazar insectos y mariposas y fijarlas en unos cartoncitos que llevaba curiosamente guardados en su mochila. Esto mismo nos lo había hecho más antipático aun. Su glacial indiferencia era repugnante. Cuando nos oía quejarnos de la humedad, del hambre ó de algún dolor, sus ojos atravesados parecían brillar con una mirada más sarcástica. El jamás profería una queja.
Vino la gran ofensiva de Septiembre. Los horrores del infierno imaginados por la mente calenturienta de algún devoto histérico no darían una idea de lo que aquello fué durante unos días. Tanta sangre habíamos visto correr, tantos miembros esparcidos, tantos gritos de dolor habían llegado á nuestros oídos, que yo concluí por hallarme en un estado de estupor difícil de describir.
Una noche, tendido en el fondo de la trinchera, á pesar de hallarme fatigado hasta el desmayo, me era imposible dormir. Oía la respiración de mis pobres compañeros, pensaba en lo que nos aguardaba á la mañana siguiente, quizá aquella misma noche; pensaba en sus madres, pensaba en la mía y me sentía triste hasta la muerte. No lloraba, porque en la guerra se pierde, por fortuna, la facultad de llorar; pero me sentía fuertemente agitado y no podía menos de suspirar de vez en cuando.
—No puedes dormir, ¿verdad?—murmuró una voz en mi oído. Era la de Tabourin.
—No—respondí secamente.
—¿Estás triste?
—Sí—respondí con la misma sequedad.
—¿Quieres un poco de éter que aun me queda en el frasco?
Me sorprendió la dulzura de aquella voz, que formaba contraste con el aspecto repulsivo del sujeto. Rehusé el ofrecimiento; pero no pude menos de agradecerlo y le dije:
—No estoy triste por lo que pueda ocurrirme mañana; lo mejor tal vez sería que me matase una bala ó una bayoneta. Lo que me contrista es ver á estos pobres compañeros durmiendo tranquilamente y pensar en lo que aun les queda que sufrir, pensar en los seres que los aman, en las lágrimas que vierten y verterán.
Guardó silencio unos instantes, y al cabo profirió suavemente, acercando su boca á mi oído:
—La sangre es nada; las lágrimas son menos aun. ¡Qué importa morir! Yo creo que debe ser un placer inmenso reposar en el seno de la gran Naturaleza. ¡Qué seguro se duerme bajo unas cuantas paletadas de tierra! La muerte, amigo, no existe en realidad: la chispa vital que nos anima no se extingue con cada uno de nosotros: marcha á encender otro fuego. Los campos, los mares, los hombres, los animales, los soles que lucen en el cielo, todo lo que se mueve y respira, todo nace y todo muere, todo cae y todo renace. Sólo el gran poder de la Naturaleza no se extingue jamás, sólo él es inmortal. Este gran poder silencioso y tranquilo es lo único que existe realmente: nosotros no somos más que apariencias, imágenes del gran cinematógrafo. ¿Por qué nos horroriza la destrucción? Esta no es más que aparente también. ¿No ves las hormigas? Enfiladas atraviesan el camino cumpliendo su tarea. El pie de un transeúnte aplasta un centenar de ellas; las demás prosiguen impasibles su tarea sin dar importancia al suceso. ¿Por qué la concedemos nosotros tan grande á la muerte de un centenar de los nuestros? Lo mismo ellas que nosotros caemos en el seno fecundo de la madre tierra. Jamás el Destino nos podrá privar de este regazo maternal. El secreto de la fuerza de las cosas reside en nosotros como en todos los demás seres. No hay vacío en el Universo. Los límites entre el mundo inanimado y el mundo de la vida son imaginarios... Consuélate, amigo mío; la muerte no es una puerta de horror y tinieblas para nadie; al contrario, es el paso de una hora sombría á otra más clara. Sometámonos alegremente á la voluntad de la Naturaleza y no veamos en ella una enemiga, sino una tierna aliada que nos emancipa de la insufrible tiranía de la vida.
No me consolé, naturalmente; pero desde entonces guardé respeto á aquel compañero, que era muy otro de lo que yo y todos los demás nos habíamos figurado.
Terminó la gran ofensiva: nuestra compañía había perdido casi la mitad de sus hombres; yo había salido milagrosamente ileso y lo mismo Tabourin. Volvimos á la vida monótona y sucia de las trincheras, que recordarán con asco cuantos la hayan sufrido. Traté de estrechar un poco más mi relación con Tabourin, porque después de aquellas graves palabras que le había oído me parecía que había nobleza en su alma. Pero mis atenciones se estrellaron de nuevo contra su actitud siempre fría e irónica. Huía de nosotros como siempre; hablaba poquísimo y en un tono casi siempre despectivo, que le hacían cada día más antipático á los compañeros y odioso á los jefes.
Tabourin pasaba sus ratos de ocio á la caza de lepidópteros, estudiando con un gran cristal de aumento sus trompas y antenas y las escamas de sus alas. Algunas vez por la noche quiso cazar con una luz las mariposas nocturnas, pero se le reprendió ásperamente y tuvo que reducirse á las diurnas y crepusculares. Al principio nos reíamos de esta afición; pero concluímos por respetarla, convenciéndonos de que era un hombre de ciencia, acaso un gran entomólogo.
Un día tuvimos que hacer un reconocimiento peligroso en el terreno ocupado por el enemigo. Fuimos doce hombre con el teniente. Ocultándonos unas veces como conejos, saltando otras como cabras, recorrimos bastante espacio sin ser descubiertos. Al salir de un bosquete observamos con sorpresa que faltaba de los nuestros un hombre. Era Tabourin. El teniente, estupefacto, pues no había sonado un tiro, se detuvo, ordenó á dos soldados volver los pasos atrás y buscarlo. Al poco rato volvieron sin haberle descubierto. Seguimos con mayor cautela aun nuestro reconocimiento, pues nos hallábamos materialmente entre las filas del enemigo. De pronto, al trasponer una pequeña quebrabura del terreno, percibimos debajo de nosotros á dos soldados que hablaban animadamente. Un soldado era alemán, el otro francés. Al divisarnos el alemán se dió á la fuga. El teniente, pensando lógicamente que se trataba de un peligroso espía, ordenó que hiciésemos fuego, á sabiendas de ser descubiertos. El alemán cayó á los pocos pasos acribillado por nuestras balas.
Entonces el teniente, loco de furor, con la faz inyectada, avanzó sobre Tabourin empuñando el revólver:
—¡Maldito perro! ¡Miserable! ¡Traidor!
Tabourin dejó caer el fusil, y con sorprendente tranquilidad abrió los brazos para recibir el tiro. La misma sonrisa enigmática y sardónica contraía sus labios.
Recibió el tiro en medio del pecho. Cayó de bruces con los brazos abiertos todavía, como si fuese á besar aquella tierra que tanto amaba.
Fuimos descubiertos; se nos persiguió de cerca; perdimos tres hombres; yo fuí herido también, pero logré arrastrarme hasta nuestras trincheras, donde fuí recogido por los míos.
Algunos días después—añadió el amable inválido sonriendo—mi pobre pierna se fué á pudrir en el cementerio de la aldea, donde estaba la ambulancia, y yo me vine á París á pudrir á ustedes y á otros con mis aventuras militares.»
—¿Está usted persuadido de que Tabourin era un traidor?—pregunté yo impresionado por aquel relato.
—Estoy persuadido de todo lo contrario. Mi opinión es que el soldado alemán era un sabio entomólogo como él, y que ambos se habían encontrado persiguiendo una mariposa y se hallaban abstraídos charlando de su ciencia.