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La guerra injusta; cartas de un español

La religión de Francia

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La irreligión de la Francia es el tópico que más se beneficia hoy por sus enemigos. Un fraile á quien yo daba cuenta en España del gran movimiento religioso que aquí se ha operado con motivo de la guerra me decía:

—Sí; se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena.

—¿Por ventura en España se acuerdan los hombres de ella cuando el cielo está azul?—le respondí—Porque yo observo que la gran mayoría de ellos no piensa en el otro mundo sino cuando va á despedirse de este, cuando las mujeres de su casa ó de la vecindad le meten un sacerdote en la alcoba y le dicen con más o menos circunloquios:

—Prepárate, que vas á morir.

—¡Oh! en España se llenan los templos de gente que es cosa para alabar á Dios.

—Sí, de mujeres. Cuando voy por la mañana á la iglesia advierto que sólo un hombre se acerca á tomar la comunión por cada treinta o cuarenta mujeres. Parece como si los españoles encomendásemos á la mujer el negociado de la religión, como le tenemos encomendada la cocina y el planchado de la ropa.

Verdad que lleva á cabo aquella tarea con una diligencia y perfección que no suele poner en ésta. Es verdaderamente asombroso el ardor con que muchas señoras acuden al templo á todas horas del día. He llegado á imaginar que para ciertas almas timoratas Dios es un Luis XIV que constantemente necesita ser adulado. Corren á la novena y á las Cuarenta Horas como los cortesanos de Versalles se apresuraban á ir al «dîner du roi» y al «coucher du roi». Hay señora que va á comulgar con tres o cuatro escapularios colgados al cuello, y si por casualidad se le olvida alguno en casa, se acerca temblorosa á la sagrada mesa temiendo que Nuestro Señor se enoje porque no se presenta con todas sus condecoraciones.

Pero los espíritus que toman en serio la religión observan con dolor que la verdadera, la esclarecida fe es patrimonio de muy pocos. Tenemos costumbre de achacarlo á la corrupción de los tiempos; pero no es así. Hay muchas personas sinceras que se extasían hablando del fervor de los tiempos antiguos. Sin embargo, entonces, como ahora, las almas que se inclinaban á lo Eterno eran muy contadas. Había más devoción aparente, más hipocresía; pero eran muchos más los que amaban la tierra que el cielo.

* * *

En realidad, los hombres se han dividido siempre en paganos y cristianos, lo mismo antes que después de Jesucristo. Los primeros son los que suponen que hemos nacido para gozar; los segundos, los que creen que hemos nacido para trabajar y sufrir. Se trata únicamente de un concepto de la vida. Pagano y bien pagano era César Borgia, aunque cardenal de la Iglesia católica, y lo eran sus malvados secuaces y toda la Corte del Pontífice Alejandro VI, y los cardenales que se comieron cien bandejas de confites en la boda de Lucrecia Borgia y bailaron con sus damas y con las de la Princesa de Squilache, según cuenta ésta en carta sacada á luz recientemente por nuestro sabio compatriota el marqués de Laurencin. Cristianos fueron Sócrates, Leónidas, Régulo, Séneca, los Gracos, Paulina, Terencia y todos los mártires ignorados de la antigüedad, cuyos nombres no han llegado hasta nosotros. No hay que olvidar la hermosa sentencia de San Anselmo: «Siendo Cristo la verdad y la justicia, todo el que muera por la verdad y la justicia, aunque no crea en Cristo, muere por Cristo.»

Pero aquellos paganos pueden, en algunos supremos instantes de la vida, transformarse en cristianos. Todos los hombres nacemos empapados en fe. En cuanto se abre una pequeña puerta en nuestro corazón la religión se precipita dentro. Por eso vemos que muchos grandes pecadores bajo el golpe de la Gracia se convierten en fervorosos cristianos. La misma Lucrecia Borgia que he mentado hacía vida ejemplar en Ferrara los últimos años de su vida, llevaba siempre cilicio y murió en la opinión de santa.

Es menester, sin embargo, para ello que el cerebro no haya sufrido menoscabo. Aunque parezca raro, las heridas del corazón se curan mucho más fácilmente que las de la cabeza. Cuando los sesos se pudren el enfermo no tiene ya remedio. Porque las ideas, ahora y siempre, son las que gobiernan el mundo. Las ideas engendran los sentimientos y los actos, ó lo que es igual, toda la vida del hombre. Nosotros no somos lo que sentimos, sino lo que pensamos; somos siempre proporcionados á nuestras ideas, y nuestra alma baja ó sube á medida que se levanta ó se abate nuestro estado mental.

Por eso es gran error suponer que no ejercen influencia sobre la conducta del hombre; aunque lo sea mayor, aun el juzgar, como en la Edad Media que deben inculcarse con fuego y martillo.

* * *

Tal es la situación que en este terreno ocupa la Francia con respecto á Alemania. Los franceses son pecadores por razones que ya he expuesto en anteriores artículos: tenían, hasta cierto punto, el corazón extraviado. Los alemanes son filósofos, tienen el cerebro corrompido.

La religión no ha desaparecido de Francia por haber expulsado á las Ordenes religiosas, como no desapareció de España cuando nuestro católico Rey Carlos III expulsó, con mayor crueldad aun, á la Compañía de Jesús, cuando nuestro Gobierno más tarde decretó la exclaustración de todos los frailes y el populacho penetró en los conventos y degolló á muchos de ellos.

Recorred las provincias francesas, visitad las aldeas, y hallaréis exactamente reproducido el tipo de la religiosidad española. Porque el catolicismo, como la palabra misma lo indica, ha tenido la virtud de unificar á los hombres, de imprimirles su sello, haciéndolos á todos semejantes ante el altar. Las mismas solemnidades, las mismas procesiones; las mismas Cofradías, las mismas fiestas profanas unidas á las religiosas. Los niños van al catecismo, las jóvenes asisten á las procesiones con la medalla y el velo blanco de Hijas de María, las viejas van indefectiblemente por las tardes á los Oficios. La primera comunión de los niños se celebra aquí con una alegría y pompa que no he presenciado jamás en España: acuden de lejanas comarcas los parientes para ese día feliz, como sucede en España cuando hay una boda; la casa se convierte en un templo; la calle se alfombra de flores. Ni falta siquiera el tipo clásico de la beata para tormento de confesores y alivio de sacristanes.

¿Por qué, pues, ese odio de muerte á la nación francesa? ¿Qué locura es la que ha acometido á muchos católicos y á no pocos sacerdotes? A uno de aquéllos le he oído pronunciar la siguiente frase: «Si en la presente guerra triunfase Francia dudaría de la existencia de Dios.»

¿Es esto cristiano? ¿Es siquiera humano?

En España se leen pocos libros alemanes, porque su idioma no está muy difundido entre nosotros y no abundan tampoco las traducciones. Además, hay que confesarlo, estos libros, en general, son alimento demasiado fuerte para nuestros estómagos latinos. Por eso se desconoce su estado mental á la hora presente. Pero todo el que haya seguido con un poco de atención la historia de su filosofía en los tiempos modernos aprenderá que la religión de la Alemania intelectual de un siglo á esta parte no es el cristianismo, sino el panteísmo. El panteísmo no puede fundar la moral; la desconoce en absoluto. Por lo mismo, no es más que un puente para el monismo materialista. Los intelectuales alemanes hace ya mucho tiempo que lo han salvado. Como consecuencia ineludible de este materialismo ha venido la teoría del superhombre y supernación, que es la dominante hoy.

Pero se me dirá: los intelectuales no son el país. Grave error. Los intelectuales son siempre la nación presente o futura. Las ideas nacen en las cimas, como los arroyos; mas poco á poco descienden por la falda de la montaña hasta los barrancos; otras veces se filtran calladamente por los terrenos permeables, y cuando menos lo pensamos nos hallamos empapados de ellas. Casi nadie lee á Platón, y, sin embargo, hasta el más rústico aldeano está hoy impregnado de platonismo. De la misma suerte el pueblo en Alemania no lee á Kant; pero su ateísmo modesto, como lo llamaba Coleridge, le ha penetrado hasta los huesos. Son hegelianos sin haber leído á Hegel, porque poetas, dramaturgos, novelistas, críticos y periodistas se han encargado de servirle con apetitosos guisos el plato del fatalismo panteísta.

¿Por ventura en Alemania no existe ya la fe? Sí; hay mucha fe... en la química. Dios se ha transformado en maquinaria, carbón y electricidad. No ha venido al mundo para sufrir y morir, sino para vivir y hacer sufrir. Seamos poderosos, trituremos á nuestros vecinos, impongamos nuestra voluntad en todas partes, y entonces la Divinidad se mostrará dentro de nosotros como lo que es, una fuerza inmanente y universal.

Algunos católicos españoles se enternecen leyendo á cada paso en las proclamas del Kaiser y sus generales el nombre de Dios. Son víctimas de una admirable falsificación. Ese Dios ha sido también extraído del carbón, como otros muchos productos, sorprendentes.

Pero el verdadero, el legítimo Dios tiene una experiencia infinita en estos asuntos psicológicos y no se deja engañar por las marcas de fabricación alemanas. Ve en la etiqueta «made in Germania» y rechaza el artículo, aunque reconociendo que está bien presentado.

* * *

El espíritu galo no es panteísta. Por lo menos, no lo es desde la fecha remota en que el cristianismo mató al druidismo en los bosques de la Galia. El concepto que de la Divinidad tienen, sea para afirmarla, sea para negarla, es el verdadero. Hay en Francia bastantes escépticos, Montaignes en miniatura; hay muchos más Rabelais apasionados de la carne y el vino; pero no se hallará en toda la República un Federico Nietzsche, un solo hombre que sostenga la maldad por principios.

La creencia y el escepticismo son estados inestables que se suceden en el alma de cada hombre como en cada país. No hay que dar á esta fluctuación demasiada importancia; depende de la imperfección misma de nuestra naturaleza y es preciso resignarse á ella. Los árboles se visten de hojas y quedan desnudos alternativamente. ¿Quién diría que después del escéptico siglo XVIII había de venir el espiritualista XIX? Después de Voltaire, Diderot y Helvetius, surgen Chateaubriand, Lamartine, Bonald y De Maistre. Lo que tiene muchísima importancia es la sustitución de una fe por otra, y esto es lo que sucede actualmente en Alemania.

Los franceses han cometido recientemente la calaverada, que nosotros realizamos hace ochenta años, de suprimir las Ordenes religiosas.

No hablemos de la separación de la Iglesia y del Estado. Son muchos los católicos que rechazan la especie de que la Iglesia sea un organismo del Estado y prefieren la independencia absoluta á un protectorado enfadoso e interesado. Hablemos solamente de las Ordenes religiosas.

No ofrece duda que su expulsión ha sido un acto arbitrario y escandaloso. La República francesa, al prohibir las Congregaciones, perpetra una atroz injusticia, realiza un atentado contra la libertad, niega, por lo tanto, su propia existencia. ¿No tiene por lema libertad, igualdad, fraternidad?

Pero yo quisiera hacer unas preguntas en secreto á esas expulsadas Congregaciones. ¿Han mirado siempre al fondo de su conciencia? ¿La han examinado escrupulosamente? ¿No han encontrado allá dentro ningún odio á las instituciones republicanas? ¿No han conspirado contra ellas alguna que otra vez?

Pues si de este examen de conciencia no salen completamente exentos de pecado, no deben sorprenderse de la penitencia. Quien siembra odios no puede recoger amor. La abeja necesita miel para su alimentación y la Naturaleza le proporciona miel; la pulga necesita sangre, y le da sangre. Es ley consoladora saber que la Naturaleza nos provee con largueza de aquello que pedimos.

Si los religiosos franceses hubieran aceptado con leal franqueza las instituciones republicanas, la República no hubiera puesto la mano sobre ellas. «Si quieres que las mujeres te sigan—decía nuestro Quevedo—, echa á andar delante de ellas.» ¿Por qué no aceptar lealmente á la República? ¿No lo había hecho el Pontífice León XIII, de inolvidable memoria? Marchar delante de los hombres. He aquí el secreto para guiarlos.

* * *

El francés no es un impío nato, como por ignorancia unos, otros con fines sórdidos, propalan en España. Los franceses guardan en el alma, como todos los que nacieron y se criaron en la fe de Cristo, la religión como un fondo de reserva. Mientras son felices muchos abandonan las prácticas religiosas; cuando son desgraciados acuden y se consuelan con ellas. Igual, exactamente igual que todos nosotros. Si en el mundo no hubiera dolor la religión no existiría.

Yo he visto por las noches poblarse de gente una pequeña iglesia de aldea. Allí acudían pobres mujeres enlutadas llevando de la mano á sus hijos, enlutados también. Con paso vacilante las seguían algunos ancianos de rostro pálido y triste mirada. Y en el silencio augusto del templo, mientras los corazones se dirigían al Altísimo pidiendo misericordia, estallaba de vez en cuando un sollozo que me removía las entrañas. Hoy en París la multitud elegante, que en otro tiempo corría á los sitios de placer, invade las iglesias. En San Sulpicio, en San Germán, en la Trinidad, en Nuestra Señora de las Victorias me ha costado trabajo entrar. No son mujeres solamente, como en Madrid, las que allí encontraréis; son hombres, muchos hombres que oran con mayor devoción aun que ellas. El que no se sienta penetrado de respeto ante esta muchedumbre que humilde y dolorida se postra ante una imagen de la Virgen pidiendo el alivio de sus penas podrá llamarse cristiano, pero está bien lejos de merecer este nombre.

¿Y allá en el frente, en la línea de fuego?

¡Ah! allá en el frente se repiten las escenas del tiempo de las Cruzadas. En el fondo de una trinchera se agrupa una compañía de soldados esperando la orden de salir. Llueven las granadas y estallan con horrísono estruendo; la tierra se levanta y se agita como el oleaje de la mar. Ya avanza la infantería alemana en apretadas filas, llevando delante las ametralladoras, segadoras de hombres. Sonó la hora de lanzarse al medio de aquel infierno de fuego. Los corazones palpitan, las manos tiemblan, las gargantas se anudan. En aquel momento supremo se alza con autoridad la voz de un pobre soldado:

—¡Todo el que crea en Dios Crucificado, de rodillas! Que cada cual se arrepienta de sus pecados. Voy á daros la absolución.

Todos caen, en efecto, de rodillas, y el soldado sacerdote levanta el brazo y los absuelve.

—Jamás podré olvidar este instante—me decía el herido que me lo relataba.

—Tiene usted razón en no olvidarlo—le respondí. Un instante como ese ennoblece toda la vida.

En otra ocasión, practicando un reconocimiento, cae herido un soldado de la patrulla. Otro soldado se precipita en socorro suyo y trata de cargar con él para conducirlo á la ambulancia.

—No te ocupes de mí—le dice el soldado—. Estoy herido de muerte. Sólo quiero pedirte un favor. Soy sacerdote y te ruego encarecidamente que en la primera ocasión que tengas recibas por mí la sagrada comunión, ya que á la hora de la muerte no me ha sido dado el consuelo de recibir á mi Dios.

El compañero, confuso y avergonzado, guarda silencio unos instantes. Es un joven rico y disipado que desde hace años vive apartado de la religión. Al fin le dice.

—Aunque desde la infancia no me he confesado, quiero hacerte ése favor. Dios me ha tocado en el corazón. Quizá dentro de un instante una bala me mate á mí también. Voy á confesarme contigo, puesto que eres sacerdote.

Y, en efecto, aquel joven escéptico confiesa allí mismo sus pecados, y su compañero, moribundo, le da la absolución.

¡Que cuadro! Parece arrancado á la Leyenda de oro y estampado en uno de esos códices de la Edad Media que la mano piadosa de un monje ha dibujado á la pluma.

Despojémonos, pues, de injustas prevenciones. No nos infatuemos, tanto con nuestra religión; no motejemos la del vecino. Y pidamos al cielo que cuando llegue para nosotros también el día de prueba sepamos mostrar la misma fe y el mismo valor.

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