El optimismo Francés
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El optimismo está á la moda. También hay en la Filosofía faldas cortas y largas y cuellos de pajarita. Por todas partes nos rompen los oídos gritándonos: «¡Sed optimistas!» De América llegan, encerradas en primorosos libros, estas voces regeneradoras. Los modernos psicólogos americanos no se cansan de repetirnos la misma canción, un poco monótona á veces para nuestros oídos latinos. Uno de ellos, muy distinguido, Waldo Trine, en uno de sus recientes libros truena con mucha elocuencia contra el hastío y el miedo, á los que llama dos negros mellizos. «Al atraer á nosotros—dice—por el miedo las mismas cosas que nos causan temor, atraemos también todas cuantas condiciones contribuyen á mantener el miedo en nuestro ánimo.»
En efecto, yo también sé por experiencia que el miedo es cosa desagradable y que el optimismo es mucho más estomacal. No he hallado jamás, sin embargo, medio intelectual de extirpar el miedo. Lo único que logró convencerme alguna vez fué ver cerca á la pareja de la Guardia civil.
Si para ser optimista bastase querer serlo me parece que no habría una sola persona en el mundo que no lo fuese. Pues esto es precisamente lo que pretenden los llamados «filósofos de la voluntad»: «¡Sed optimistas; basta quererlo!»
No basta quererlo, no. Para un tenor es fácil dar el do de pecho, y para un boxeador un gran puñetazo; pero á los demás nos es imposible. Por eso William James, el más notable y perspicaz de todos ellos, en su famoso libro The varieties of religious experience, divide á los hombres en dos categorías: los que, para ser felices, les basta nacer una vez, y los que, por haber nacido desgraciados, necesitan nacer dos veces. Once born and twice born. Los primeros son los optimistas, los que lo ven todo de color de rosa. El mundo está gobernado por fuerzas benévolas que se encargan de arreglar las cosas del modo más dichoso posible. El sol les encanta; la lluvia les parece admirable; si se rompen una pierna lo consideran como un acontecimiento feliz, porque pudieron haberse roto las dos. A estos optimistas de nacimiento se oponen los temperamentos pesimistas, los poseídos de una irremediable tristeza. Para ellos no hay acontecimiento, por afortunado que parezca, que al cabo no cambie de naturaleza y se transforme en desgraciado; en toda alegría ven un probable desengaño; en toda flor, el gusano; en toda opulencia, la bancarrota inminente.
Estoy de acuerdo. Existen alguna vez esos dos temperamentos extremos, y con frecuencia más atenuados. Con lo que no puedo conformarme es con que el primero sea el temperamento ideal, el que todos debemos admirar y apetecer. Esos seres que William James llama «nacidos una vez» son los inconscientes, los que no se dan cuenta de lo que es la vida y el mundo. En este sentido, el optimista por excelencia es el animal que no sabe que muere. Pero los que saben que se mueren no pueden ser optimistas de aquel modo que los psicólogos americanos exaltan.
No seamos ilusos. La vida es áspera; la realidad, odiosa. El hambre, el tifus, el cáncer, la guerra, son huéspedes con los que hay que contar. ¿Quién nos hubiera dicho hace tres años que la Europa civilizada, iba á convertirse en un rebaño de tigres y chacales? Si los «nacidos una vez» de William James no se percatan de esto, tanto mejor para ellos ó tanto peor. Para mí los verdaderos hombres son los «nacidos dos veces»; esto es, aquellos que se dan cuenta de su situación sobre la Tierra, de su origen y de su destino inmortal. El primero es el «hombre viejo» de San Pablo, en quien dominan todavía los instintos animales, que vive dormido en la inconsciencia de la Naturaleza. El segundo es el «hombre nuevo» que ha abierto sus ojos á la luz; el hombre espiritual, que se alza sobre su vestidura carnal como la crisálida deja el saquillo que le servía de cárcel para transformarse en mariposa. «La melancolía—decía el padre Lacordaire—es inseparable de todo espíritu que va lejos y de todo corazón que es profundo, y no tiene más que dos remedios: la muerte o Dios.» Bendita sea, pues, la melancolía, que nos revela nuestra condición de hombres. Quédese atrás en buena hora esa alegría inconsciente que nos retiene en los limbos de la animalidad.
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Hace algunos meses publicó en la Revue des Deux Mondes el doctor Emmanuel Labat un artículo titulado: «Nuestro optimismo». Es muy digno de leerse: está perfectamente escrito; lo reconozco con tanta mayor lealtad cuanto que mi manera de pensar es diametralmente contraria á la suya. El doctor Labat es un discípulo de la moderna escuela psicológica; particularmente William James ha ejercido sobre él una influencia decisiva. Pero el doctor Labat es médico y como tal no vacila en traer, cuando puede, agua para su molino. Quiero decir que exagera las enseñanzas un poco nebulosas y panteísticas de la escuela, y las transforma cuando le acomoda en francamente materialistas.
Supone este eminente facultativo que el optimismo no es una operación del espíritu que razona, sino que viene de más lejos, de una fuente más profunda y más íntima. «El optimismo—dice—es el instinto de vida, el horror de la muerte, la alegría, el orgullo y la voluntad de vivir.»
Confieso que no comprendo bien este optimismo, que consiste en tener horror á la muerte. Llamar optimismo al instinto de conservación es un abuso del lenguaje. El verdadero optimista debe ser aquel que no tiene miedo alguno á la muerte, puesto que nos hallamos en un mundo donde es necesario morir. Era optimista el mártir cristiano que marchaba cantando al suplicio porque sabía que le esperaba una dicha inmortal, ó el musulmán que se lanza sobre la espada del enemigo porque le aguarda un coro de bellas huries, ó el chino que se deja alegremente matar en América porque está seguro de resucitar en su patria. No lo es el que guarda inquieto y ansioso su preciosa piel con la certeza de que por más esfuerzos que haga al fin ha de ser pasto de gusanos.
Pues de este instinto de vida ó, como antes se decía, de este instinto de conservación hace derivar el doctor Labat el presente optimismo francés. Supone que el francés es optimista por naturaleza, y que este optimismo es la salvaguardia de su existencia. Me parece que se halla en un error. En Francia hay tantos pesimistas y neurasténicos como en cualquier otro país; quizá más. Y se comprende bien. El francés en general es ambicioso, ama la riqueza y trabaja con ahinco por obtenerla. Pues bien; en la estadística de la neurastenia el primer lugar lo ocupan los hombres de negocios. Además el francés posee un aguzado espíritu de crítica, y un crítico no es optimista jamás.
Por lo demás, yo he vivido en Francia durante los primeros meses de la guerra y no he podido observar tal optimismo. Vi la decisión, la inquebrantable voluntad de defenderse hasta morir. Esto no debe llamarse optimismo. Por el contrario, cuando los alemanes llegaron á las proximidades de París noté bastante depresión y abatimiento, que en nada alteró, me complazco en decirlo, su firme y valerosa resolución.
Pero acaeció la batalla de la Marne, y el espíritu francés se exaltó de pronto, y reinó por algún tiempo un optimismo candoroso: se creyó en la victoria inmediata; hasta se pensó en la conquista de Alemania y la entrada en Berlín. Pasaron los meses, no obstante, y se vino á entender que no debía esperarse esta clase de victoria. El francés es razonador por excelencia. En otros países el hombre quizá ostente cualidades más altas; pero el buen sentido es patrimonio de los franceses. Salvo cuando se toca á su vanidad nacional, en que suelen traspasar los límites de la razón. Pero saben volver á ellos prontamente y acomodarse con asombrosa facilidad á las cirunstancias.
Todavía se pensó, no obstante, por muchos que les sería posible romper las líneas alemanas y recuperar el territorio perdido y avanzar por el enemigo. Al pueblo en que yo habitaba llegó en el último Septiembre, con licencia por cinco días, un sargento. Es un grande amigo mío, notario de profesión, soldado por temperamento, hombre enérgico y valeroso.
—¿Cuándo rompen ustedes la línea?—le pregunté, sonriendo.
—Cuando queramos—me respondió tranquilamente.
—¿Lo dice usted de veras?
—Sí, señor; no aguardamos más que la orden para hacerlo.
Efectivamente, á los pocos días llegó la orden, y ya se sabe lo que acaeció. A costa de enormes sacrificios, de una cantidad prodigiosa de sangre, se avanzó tres ó cuatro kilómetros. A los alemanes les está sucediendo lo mismo en los actuales momentos, con menos fortuna todavía.
Ahora el optimismo ha cambiado de rumbo. Para saber lo que es calcular hay que venir á Francia. Un amigo me demostró hace pocos días con el lápiz en la mano que los Imperios centrales poseen tales y cuáles medios de defensa, tantos y cuántos recursos metálicos, que pueden resistir hasta tal época y que transcurrido este plazo deben sucumbir. Consideran á Alemania como una plaza sitiada; no será tomada por asalto, pero caerá rendida por hambre. Tienen ciega y absoluta confianza en la victoria.
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Pero esto no es optimismo, dirá el doctor Labat. Se trata aquí de un cálculo, de la resolución de un problema; nada tiene que ver en ello el instinto vital. Sin embargo, este es para mí el verdadero y legítimo optimismo, porque procede de la razón. Aquel otro fisiológico que viene del fondo mismo de nuestra naturaleza animal podrá endulzar la vida muchas veces o hacerla más llevadera; pero es en extremo peligroso. Todos mis lectores, si vuelven la vista atrás y recuerdan la historia de sus amigos y conocidos, hallarán alguna gran catástrofe o, por lo menos, una serie de contratiempos originados por este ciego optimismo instintivo.
Los franceses se dedican á la hora presente á hacer cálculos. No dicen, sin embargo, lo que se lee en el fondo de sus ojos. El cálculo mejor es que cuentan con sus manos y su cabeza. Así como el primer marino del mundo es el inglés, el mejor soldado es el francés. No asombrarse de ello: cien años le separan apenas de aquellos otros que recorrieron vencedores toda Europa. En cien años no se borran las huellas de la herencia. Por donde han pasado los padres pueden pasar los hijos—decía Alfredo Musset.
No hablemos del valor. Rusos, alemanes, franceses, búlgaros, todos se han batido por igual. Pero hay otras cualidades de capital importancia para el soldado: la astucia, la alegría, la habilidad manual, la improvisación. En todas ellas se ha distinguido siempre la raza de los galos desde los tiempos de Julio César. El galo es el hombre de los recursos. Mirad á un francés alquilar una casa estropeada, medio derruida, representando la imagen de la desolación. Volved á los pocos meses y quedaréis asombrados viendo un nido confortable, rodeado de flores. Cocina, jardín, pinturas, terraza; todo lo ha improvisado.
Un vecino mío necesitaba un «garage» y llamó á un albañil, que se lo construyó rápidamente y á la perfección. Poco después este albañil quedó sin trabajo, y como mi vecino buscase jardinero, se brindó á desempeñar este oficio. Efectivamente, lo desempeñó con tal acierto e inteligencia, que nos dejó maravillados. Más tarde mi vecino se quedó sin cocinera. El albañil entró en la cocina y resultó un cocinero admirable.
—¡No despida usted, por Dios, á la nodriza—le dije á mi amigo—, porque estoy viendo á ese hombre dar el pecho á su niño!
De estos estuches hay infinidad en Francia. Pues en una guerra larga como la presente son de gran utilidad. Los alemanes lo fían casi todo á sus máquinas; pero la mejor máquina de todas es el hombre. Cuando hay talento la fuerza más pequeña se convierte en formidable. Los alemanes son superiores en número, en preparación, en máquinas de guerra; pero los medios de los franceses son ellos mismos, su destreza y su sangre fría. Los alemanes tienen más y mayores cañones; pero los artilleros franceses apuntan mejor y saben disimular los suyos con más habilidad. Aquéllos poseen espléndidas cocinas portátiles; pero éstos, con más pobres hornillas, comen mejor.
Joffre es la encarnación actual de este espíritu galo de astucia, valor, prudencia y alegría. El fué quien salvó á la Francia en un momento supremo con su táctica admirable; es él quien, paciente y enérgico, espera que el fruto madure para sacudir el árbol; él es el hombre piadoso á quien los soldados llaman «papá Joffre», porque economiza la sangre de sus hijos. ¡Loor á este galo insigne, que fué el baluarte elegido por la Providencia para salvar la civilización latina y la independencia de los pueblos débiles! El día en que su estatua se alce en una de las plazas de París iremos todos, no á clavar sobre ella un clavo como en la de Hindenburg, sino á coronarla de flores.
No se parece á los generales alemanes. Estos, no sólo han copiado fielmente la táctica de Napoleón, sino también sus procedimientos despiadados.—Señor, señor—le decía á éste el general Junott—, es imposible apoderarse de aquella batería austríaca; un fuego infernal barre á nuestros hombres.—¡Adelante!—respondía Napoleón.
—Señor, que cada regimiento que avanza es sacrificado.—¡Adelante!—repetía Bonaparte.
No quiero confundir, y me importa dejarlo bien establecido, al pueblo alemán con sus actuales directores políticos y militares. El alemán es un pueblo dotado de sólidas virtudes, es valeroso, inteligente, tenaz, laborioso, idealista. Pero como todos los idealistas, carece de espíritu crítico, y por eso es en grado sumo sugestionable. Se les ha subido la raza á la cabeza y han podido decir y cometer muchos disparates. Nadie, sin embargo, dejará de admirar sus altas cualidades, sólo manchadas por la envidia que sienten hacia los ingleses. Son celos de parientes que pronto se van á resolver de un modo ó de otro.
Lo que no puede tolerarse, lo que causa penosa impresión es que Mauricio Barrés les haya llamado raza asquerosa. En Francia todos los hombres de sentido común reprobaron este ultraje, y no faltaron voces autorizadas en la Prensa que se alzaron contra él.
Sin embargo, el doctor Labat le apoya con argumentos medicales. Dice que el instinto de vida (¡vuelta al instinto de vida!) justifica estas atrocidades; que él ha consultado el asunto con los heridos de su hospital y que todos estaban unánimes en asegurar que Mauricio Barrés tenía razón, y que, cuando se da un bayonetazo diciendo «¡Toma, cochino! ¡Revienta, asqueroso!», la bayoneta penetra unas pulgadas más en el cuerpo del enemigo.
Confieso que tales quirúrgicas razones no me han convencido. Mi pensamiento vuela hacia aquella memorable batalla de Fontenoy, cuando el general francés, al acercarse el enemigo, se descubre y grita—¡Señores ingleses, tirad los primeros!—Quizá parezca hoy esto quijotesco; pero entre el tirad los primeros de aquel general y el toma, cochino, de Barrés no vacilo en preferir los primeros. Se puede asegurar que el que dice «tirad los primeros» jamás, jamás volverá la espalda al enemigo, mientras que no puede afirmarse otro tanto del que grita «¡toma, cochino!»
¡Tiempos menguados los que me han tocado en suerte! En los vuestros quisiera haber vivido, hombres de honor, y no en estos de vergüenza, donde se aconseja á los soldados que ensucien sus labios para infundirse valor, y á los oficiales se les ordena que fusilen mujeres y dejen caer bombas por la noche sobre la cuna de los niños.