La Estrategia de Napoleón
Reading edition
——
Ayer pasé el día en Marly y la Malmaison. Es placentero para el cuerpo reposarse del ruido de la metrópoli y gozar unos instantes del sosiego y la frescura de los campos. Lo es más aun para el espíritu huir de la realidad cuando es enfadosa y refugiarse en el pasado. Los dramas más dolorosos, cuando se contemplan de lejos y están ya sepultados en el abismo del tiempo, recrean nuestra alma en vez de atormentarla. No es otro el secreto del Arte. El mundo, como pura representación, nunca hace daño.
En Marly no hay rastro de la Corte fastuosa que lo habitó. Es una plácida aldea donde se oye el mugir de los ganados y los crujidos de la guadaña. Así y todo recorrí sus bosques y praderas con respeto, evocando la figura del Rey Sol, que tanto se placía en aquellos lugares. Su amor excesivo á Marly fué occasión para que uno de sus cortesanos le dijese en un arrebato de adulación que «la lluvia de Marly no mojaba». Luis XIV tenía el esófago ancho, pero no pudo tragar este bocado.
La Malmaison fué para mi un desengaño. El palacio está cerrado desde el comienzo de la guerra. Guardas y ciceroni han ido á combatir. Hube de reducirme á largos paseos por el parque, evocando la figura del vencedor de Austerlitz.
Luis XIV y Napoleón. Dos monstruos de orgullo y egoísmo. Saint-Simon ha analizado con maravillosa sagacidad el orgullo del primero y Taine el egoísmo del segundo. ¡Quien sabe! Yo he conocido una costurera tan egoísta como Napoleón y un limpiabotas más orgulloso que Luis XIV.
Es mi humilde opinión que si tomásemos en la calle á cualquier transeúnte y le infundiésemos el valor y la inteligencia de Bonaparte sería un nuevo Napoleón: por el egoísmo no quedaría. Y si le dotásemos del poder de Luis XIV sería otro Luis XIV; tampoco quedaría por el orgullo. Egoísmo y orgullo son congénitos en nuestra naturaleza, y los que se libran de tal poder, seres excepcionales ante los cuales debemos caer de rodillas.
¡Cuántos recuerdos guarda esta morada de la Malmaison! La graciosa figura de la Emperatriz Josefina parece sonreiros detrás de cada macizo de flores. Aquí fué dichosa; aquí, después, la más infeliz de las mujeres; aquí rindió el último suspiro aquella dulce y simpática criatura, víctima del egoísmo implacable de su marido. Todos los idilios, en este mundo miserable, terminan con lágrimas.
Surgen en mi memoria los dramáticos días en que Bonaparte llega á París con la secreta decisión de repudiar á su esposa. Principia por mostrarse con ella más frío y ceremonioso; cierra después la comunicación entre sus habitaciones; por último se lo hace saber por medio de diplomáticos emisarios.
¿Qué pasaría por el corazón de aquella noble criatura al averiguar que su marido idolatrado, aquel hombre que con su amor le había dado el trono más alto de la tierra, iba á romper el tierno y sagrado vínculo que los unía y compartir su lecho y su gloria con otra mujer? Tengo por seguro que en aquellos días se firmó en el cielo la sentencia de Napoleón. ¡Ay del que maltrata á un niño ó estruja el corazón de una mujer! Los ángeles no tardan en tomar venganza de él.
Alguien pensará que esto es una bobería. ¡Quién sabe, no obstante, si en la balanza divina una lágrima pesará más que un Imperio! El mundo no es otra cosa que el símbolo de una realidad más alta. Una palabra vertida por un pobre carpintero en Nazareth ha estremecido á la Creación. Caballos, batallas, cañones, son nada; los Imperios, sombras; las estrellas, apariencias; la gloria, un sueño. Pero la palabra de un hombre bueno queda para la eternidad.
No todos los millares de seres que Bonaparte sacrificó á su ambición depondrán contra él en el juicio final. Muchos eran tan ambiciosos y ávidos de gloria. Si ellos perdieron la vida, él también exponía la suya á cada instante, porque nunca guerreaba de lejos, al estilo moderno. Pero cuando suene la hora de la justicia suprema se alzará la Emperatriz Josefina leyendo entre sollozos ante el Consejo la renuncia de sus derechos y Bonaparte quedará irremediablemente condenado.
Napoleón era un hombre de presa. Repito que todos lo somos cuando se nos provee de garras adecuadas. Se dejó empujar por la ley de ascensión que impera en esta vida, por lo que hoy se llama «voluntad de poder».
Dentro de cada hombre hay un tirano que utiliza sus recursos como un automóvil la gasolina para correr y atropellar. Es el Destino de los antiguos. Es la fatalidad de los modernos. Napoleón creía en ella ciegamente. «La política, he aquí la fatalidad», decía á Goethe en la breve entrevista que con él tuvo. Y sus ojos, al pronunciar esta frase, expresaban la tristeza y la inquietud. Todos los hombres, hasta los más grandes, tiemblan cuando hablan del Destino, porque ni el genio, ni el valor, ni la prudencia, pueden nada contra él. Tan sólo hay un ser en el mundo que lo desprecia; es el santo. Que hablasen á Santa Teresa ó á San Vicente de Paúl de la fatalidad, y se echarían á reir.
El arte de la guerra necesitaba un maestro; todas las artes lo han tenido. Alejandro, César, estaban ya muy lejos; su estrategia no servía para el mundo moderno. Llegó Bonaparte y lo encontró todo preparado: hombres como los romanos, poseídos de su grandeza y un exceso de sangre en las venas; pólvora y fusiles.
He estudiado con cariño la historia de este gran seductor de la juventud y no he podido ver en ella los magnos propósitos que se le atribuyen y que él quizá se atribuyese engañándose á sí mismo: la resurrección del poderío romano, del Imperio de Carlo Magno, etc., etc. No he logrado percibir más que un gran amateur, un hombre enamorado de la espada, como Miguel Angel del escoplo, Rubens del pincel y Balzac de la pluma. Cincelaba, pintaba y esculpía en el campo de batalla. La guerra no era para su cerebro un medio, sino un fin. Sacaba de ella su felicidad, y por eso no quiso abandonarla cuando era tiempo y se perdió.
El culto de Napoleón, como el de Budha, no echó profundas raíces en el suelo donde había nacido. Algo también parecido acaeció á nuestra religión cristiana, que germinó y se propagó, no en Oriente, sino en Occidente. En Francia, muertos ó dispersos los veteranos que le siguieron en sus románticas expediciones, comenzó la hostilidad. De todos los puntos, no sólo de los altos sitiales conservadores, sino de la misma juventud generosa, de los ignorantes y los intelectuales, partieron dardos que fueron á clavarse en la estatua del gran hombre. No eran clavos de oro como los de la estatua de Hindenburg, sino flechas envenenadas. Con el desarrollo de las ideas pacifistas y humanitarias en Francia, el menosprecio se hizo aún más ostensible. De este menosprecio la expresión más aguda fué el libro de Taine «Orígenes de la Francia contemporánea». Aquí el héroe maravilloso queda reducido á un aventurero afortunado, á un condottiere sin sentido moral, sin grandeza ni poesía.
Encontrando ya pocos fieles en Francia el culto de Napoleón, se refugió en Alemania. Los alemanes que poseen muchas y grandes cualidades, no brillan por la originalidad. No es pueblo de invención, sino de adaptación, como los japoneses. Apenas ninguno de los grandes inventos modernos se les debe; pero han sabido utilizarlos y llevarlos todos á una singular perfección. Los ingleses y franceses tienen más genio inventivo; pero como manipuladores, los germanos les sacan ventaja.
Si hemos de conceder á algún pueblo sobre la tierra la palma de la invención, es al inglés. Son inventores, no solamente de métodos y ventajas en las artes industriales, sino en los usos mismos de la vida, en las costumbres, en los placeres y los juegos. Han conseguido imponer su manera de vivir y hasta sus caprichos más extravagantes al mundo entero. Esto se debe al respeto que allí ha inspirado siempre la iniciativa individual. En Francia también existe una natural aptitud que no se acumula en algunos gigantes, sino que vive esparcida por todos los entendimientos y todas las manos. Es cosa sabida que por lo general un francés puede hacer las veces de otro.
Pero en Alemania apenas existe la iniciativa individual; su fuerza la sacan de la disciplina y la paciencia. Tácito decía de los germanos: «Capaces sólo para los grandes esfuerzos, sin tener paciencia para trabajos continuos». El gran Tácito no ha dado aquí en el blanco; la paciencia es la que les caracteriza. Un profesor de colegio alemán me decía hace algunos años que los niños españoles se hallan por lo común mejor dotados que los alemanes, pero que al cabo de algún tiempo éstos les vencen por la constancia del esfuerzo.
No es maravilla, pues, que así como han perfeccionado el vapor, la electricidad y la aviación, hayan progresado asombrosamente en el arte de la guerra. Para estudiarlo acudieron á la más pura y abundosa fuente, á la estrategia napoleónica. Bonaparte fué en este orden el maestro más grande que ha existido y tal vez exista jamás. La guerra no tenía para él secreto alguno. En su cerebro se acumulaba tal suma de penetración, de resolución y, sobre todo, de sentido común, que lo hacían invencible.
Porque la gran estrategia ha sido y será siempre cuestión de sentido común, y no puede evolucionar. El mariscal alemán Schlieffer, jefe del Estado Mayor, ha escrito un libro demostrando que la batalla de Cannas, librada por el cartaginés Aníbal, ha sido el modelo ó el ideal de todas las batallas habidas y por haber. En todas ellas el fin perseguido por un ejército es y será siempre el envolvimiento del enemigo.
Durante la segunda mitad del siglo XIX los estratégicos alemanes se dedicaron con ahinco al estudio de las guerras napoleónicas. Es incalculable el número de libros y artículos de revista que sobre este tema han visto allí la luz pública, la serie de conferencias que se han pronunciado. Aprendieron las batallas de memoria, penetraron hasta los más recónditos pliegues del pensamiento del maestro. En la guerra de 1870 han aplicado con feliz éxito el sistema de convergencia ó concentración de fuerzas que Napoleón empleó en sus primeras campañas, sobre todo en la de Italia. En la actual, por virtud de las circunstancias, no han podido desarrollar en grande este método; pero en cambio, apelan al mismo que Napoleón hubo de apelar en la campaña de 1813.
La situación de los ejércitos alemanes en los presentes momentos es casi exactamente la misma que ocupaban en aquella fecha los de Bonaparte. Este, rodeado por los aliados de entonces, se apoyaba con el núcleo más escogido y fuerte de su ejército en el centro de Alemania, cerca de Dresde. Tenía en el Norte un ejército llamado de Berlín para oponerse al de su antiguo subordinado Bernadotte; al Este, otro llamado de Silesia, para resistir al mandado por el mariscal Blucher, y por fin, otro al Sur, para combatir á los austriacos y prusianos mandados por el mariscal Schwarzenberg. Su táctica consistía en movimientos de vaivén, en lo que ahora se llama juego de lanzadera. Añadía repentinamente sus fuerzas á las de uno de los ejércitos de la perifería, y después á otro, según le convenía. La táctica de los aliados se limitaba á retirarse cuando el Emperador acudía á un sitio y avanzar al mismo tiempo por el otro.
Este movimiento de vaivén, este juego de lanzadera es el que ejecutan actualmente los germanos con medios desmesuradamente más eficaces, trasladando sus fuerzas de Oriente á Occidente, y viceversa. Napoleón ejecutaba estos movimientos con marchas forzadas á pie, mientras ahora se utilizan las líneas férreas. Napoleón los dirigía por sí mismo, mientras ahora existe un Estado Mayor que, obedeciendo al plan del general en jefe, se encarga de dirigirlos.
Los aliados consiguieron al fin estrechar círculo y reducir á Bonaparte á librar la batalla de Leipzig, donde fué derrotado y por milagro pudo salvar su ejército y trasladar el teatro de la guerra á Francia. ¿Lograrán los aliados de ahora estrechar el círculo alemán y obligarles á aceptar batallas con fuerzas inferiores? Es un secreto de lo porvenir. La Inglaterra así lo tiene calculado y previsto. Desarrolla contra Alemania el mismo plan y sistema que empleó tenazmente para hacer sucumbir á Napoleón.
Pero si los alemanes lograrán vencer en esta guerra (caso ya imposible), los franceses tendrían la satisfacción y el disgusto á la vez de ser vencidos por el mismo caudillo que tantas veces les llevó á la victoria.