Las mujeres y la guerra
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Paseando hace ya bastantes años por el bosque de Bologne con un español recién llegado como yo á París, acertamos á ver una linda pareja de jóvenes que hacia nosotros venía graciosamente abrazada. Cruzaron á nuestro lado con perfecta tranquilidad, sin importarles nada, al parecer, de que les viésemos de aquel modo enlazados. Mi compañero se escandalizó profundamente porque venía dispuesto á escandalizarse.
En Madrid es proverbial la corrupción de París. En Madrid todas las cosas son proverbiales. Quiero decir que lo que opina el uno lo opina el otro, y así sucesivamente.
Dice un amigo mío, muy inclinado á la paradoja, que en España existen 240 personas que piensan por sí mismas. Las demás piensan por cuenta del vecino, exceptuando aquellas que no piensan de manera alguna, que es la clase más numerosa.
Esta cuchufleta no está desprovista por completo de verosimilitud. Los españoles, que hemos sido audaces aventureros por mar y tierra, cuando nos lanzamos á navegar por el océano de las ideas nos tornamos encogidos marineros. Un viajero americano afirma que en Inglaterra exigen á cada uno que se atreva á tener opinión propia que perdonan fácilmente á todo el que rompa con las convenciones sociales si lo hace con ingenio. En ello ven una garantía de la fuerza y progreso de su nación. Pues en España acaece lo contrario. Aquí se mira con malos ojos á cualquiera que diga ó ejecute una cosa no dicha ó ejecutada antes por otro. Alemania es, según dicen, el país de los uniformes; España, igual; pero lo llevamos dentro.
Volviendo á mi compañero de paseo diré que rugió de indignación y exclamó:
—¡Qué desvergüenza, qué cinismo! ¡Hay que venir á París para ver estas cosas!
—No hay que hacer un viaje tan largo—le respondí—. Se conoce que no pasea usted por las avenidas del Retiro.
La capital de Francia, en lo que á las relaciones de los dos sexos se refiere, no está más corrompida que Londres, Berlín y Nueva York. Téngase presente que en París existía antes de la guerra una población flotante mucho más numerosa que en ninguna otra ciudad. Todos los alegres compadres de Europa y América se daban aquí cita para divertirse.
Fuerza es confesar que la mala fama de las francesas se la han dado los franceses. Son sus mismos padres, esposos y hermanos los que las han deshonrado á los ojos del mundo. En el teatro y la novela no se hallará de cincuenta años á esta parte otra cosa que las ruindades y picardías cometidas por las mujeres francesas con sus maridos. La liviandad es la única musa de los autores modernos; el adulterio, su único argumento. De tal modo, que el que se sature de esta bazofia literaria (que no otro nombre merecen las producciones que ven á diario la luz en París) pensará que en toda Francia no existe una esposa fiel ni una soltera con pudor.
Es una infame calumnia. Saliendo de París hallaréis en todas las provincias de Francia las mismas costumbres que en España. Yo, que desde hace tiempo habito parte del año en una de ellas, no he observado aquí mayor inmoralidad. Hay alguno que otro divorcio, es cierto; pero las damas francesas miran de través y con menosprecio á la mujer divorciada, lo mismo que sucedería en una provincia española. Por otra parte, ¿no habría divorcios entre nosotros si la ley los consintiese?
Pero tiene la mujer francesa tanto en su abono, que podría perdonársele un suplemento de coquetería. Tiene la gracia, el ingenio, la elegancia, la cultura; tiene, sobre todo, el inquebrantable propósito de hacerse amable. La decantada cortesía francesa no reside en los franceses (y que me perdonen los buenos amigos que aquí tengo), sino en las francesas.
El poder de la mujer francesa es infinito. Nadie resiste á su influencia. Sin belleza, muchas veces; sin alta posición social, sin ricos trajes, sin sólida instrucción, sabe, no obstante, arreglárselas para fascinar primero y sujetar después á cuantos á ella se acercan. Si leéis la correspondencia de Voltaire os causará asombro la inmensa variedad de frases ingeniosas que aquel hombre tenía á su disposición para lisonjear á sus corresponsales. Pues todas las francesas son pequeños Voltaires. Cuando penetráis en un círculo de damas francesas estad seguros de oir muchas frases que halaguen vuestro amor propio pronunciadas con tal arte, con una sencillez tan refinada, que no os dais cuenta de que os adulan. Y esto constituye un verdadero peligro, porque salís de aquella reunión haciendo la rueda como un pavo real.
Es una particularidad digna de notarse que la mujer francesa, cuanto más envejece, más amable se hace. Así como las inglesas, al decir de viajeros y novelistas, se tornan agrias con la edad, la francesa concentra su dulzura y se escarcha como las mermeladas. Entonces es cuando desplegan los recursos todos de su arte. En Francia no es fácil sostenerse contra una joven: imposible resistir á una vieja.
Días pasados espero la llegada de un tranvía. Ignoro que hay que arrancar un papelito, con un número, de cierta columna donde están fijados. Una señora de pelo gris observa mi descuido y me dice:
—Monsieur, vaya usted á tomar su número, porque de otro modo no conseguirá entrar en el coche.
Otro día entro en una iglesia y dejo olvidado sobre el reclinatorio donde había estado arrodillado mi gabán. Cuando ya estoy cerca de la puerta, siento detrás de mí una respiración jadeante y oigo una voz que me dice:
—Monsieur, tome usted su gabán que ha olvidado.
Era una dama también de cabellos blancos. ¿Cómo es posible dejar de adorar á estas buenas viejas francesas?
Otra curiosa particularidad es que en Francia no existen como en España provincianas. Todas son parisienses. El mismo gusto para vestirse, el mismo ingenio, la misma cortesía, la misma distinción de modales. En una aldea, al aire libre, he visto bailar un rigodón á unas pobres labradoras, con tal elegancia y majestad, que si repentinamente una hada trocase el percal de sus vestidos por seda y el mísero violín que las acompañaba por una orquesta, se creería uno entre princesas. Vamos paseando y oímos detrás la voz de algunas personas que se saludan con frases ceremoniosas y entablan una conversación en que se cambian finos conceptos. Volvemos la cabeza: son unas domésticas que han tropezado con un obrero de los tranvías. Hasta he presenciado una reyerta fragorosa entre dos mujeres que vinieron á las manos, sin abandonar por completo toda cortesía.
—¡Oh, madame!—gritaba, una dando á la otra un arañazo.
—¡Oh, mademoiselle!—gritaba la otra respondiendo con un estirón de pelos.
Vengamos ahora á la política. En Francia casi todos los hombres son republicanos; pero las mujeres casi ninguna. Por lo menos, cuantas señoras be tropezado me han preguntado por nuestro Rey, por la Reina, por los Príncipes e Infantes, con tanto interés y afecto, que revelan sentimientos monárquicos acendrados. Es un interés vivísimo el que sienten por conocer las particularidades de la vida y costumbres de nuestra familia Real. En vano les digo que yo no puedo satisfacer su curiosidad porque no soy cortesano ni voy jamás á Palacio. Ellas se obstinan, quieren sacar de mí algún pormenor atractivo, alguna noticia ó anécdota. Entonces me acuerdo de que soy novelista y les cuento una historia que las enternece.
Su actitud al declararse la guerra no ha podido ser más admirable. Las he visto confiadas, serenas, resueltas como el hombre; pero con más dignidad aun.
Algunos hombres, completamente enloquecidos, estallaron delante de mí en denuestos contra sus enemigos, profirieron frases de mal gusto. Las mujeres no descienden á la injuria grosera. Ellas, tan comunicativas ordinariamente, permanecían graves y silenciosas; pero en sus ojos, en todo su cuerpo, se leía la inquebrantable decisión de ayudar á sus esposos y hermanos hasta morir.
¡Y vaya si lo han cumplido! La mujer es cobarde en una guerra de agresión y de conquista. Para marchar necesita ir acompañada de la justicia. Pero cuando la siente á su lado entonces es más intrépida que el hombre. Acordaos, españoles, de aquel baluarte de Gerona defendido por nuestras heroicas abuelas, donde se gritaba: ¡Ni damos ni queremos cuartel!
Una vez convencidas las francesas de que su patria había sido atacada injustamente, desplegaron, para aliviar la suerte de los suyos, los maravillosos recursos de su naturaleza. En el campo tomaron sobre sus hombros, la pesada carga del cultivo, aquí, en París, desempeñan con igual éxito los oficios de los hombres, lo que engendra un problema que ya preocupa á éstos. Un obrero me decía, no ha mucho, con cierta inquietud y amargura:
—Vea usted, señor; las mujeres en estos momentos lo invaden todo: son los cobradores de los tranvías, los mozos de café, los dependientes de los comercios, los cocheros, los obreros en nuestras fábricas, hasta en las de municiones... ¿Qué va á pasar cuando la guerra termine? Los hombres hallarán ocupados sus puestos y será difícil que puedan recuperarlos. La mujer se contenta con la mitad del salario de un hombre. Como es natural, los empresarios y los propietarios de establecimientos comerciales preferirán que ellas sigan. Será un grave conflicto, puede usted creerme.
Sí lo creo; pero no he podido menos de preguntarme: ¿Cuál es la causa original de este conflicto? Las mayores necesidades de los hombres, y si hablásemos con toda claridad, pudiéramos decir sus vicios. La mujer no necesita alcohol ni tabaco; es más sobria en la alimentación; no exige placeres costosos. La única manera de resolver el problema será que los hombres se hagan más sobrios y morigerados y puedan vivir con igual salario. Con esto ganarían ellos mismos, su nación y la raza entera.
Millares de jóvenes en brillante posición abandonaron el regalo de su hogar y partieron al frente para servir en las ambulancias; otras permanecieron en los hospitales creados hasta en los más apartados rincones del territorio para recibir á los heridos; otras, en fin, recorren el país haciendo todo lo que humanamente es posible para arbitrar recursos.
Fuí testigo y lo soy de sus trabajos en estos hospitales. No se limitan á cuidar á los heridos, á curar sus llagas, á velar su sueño; hacen mucho más. Como saben que la alegría es el medicamento más eficaz que se conoce, capaz por sí sólo de realizar curas maravillosas, se esfuerzan en proporcionársela á sus enfermos. Lo primero que hacen es instalar un piano, y si les es posible, un cinematógrafo. Según las circunstancias y el estado de los heridos, dan conciertos vocales o instrumentales, representan comedias, leen novelas, les divierten con juegos de prestidigitación y, sobre todo, ríen y charlan y los tienen embelesados.
Inútil es decir que el dios alado hijo de Venus y Marte acude á estos recintos, que debieran ser de dolor, y lo son muchas veces de regocijo. Y con inaudita crueldad remata la obra de los alemanes disparando sobre aquellos infelices heridos, no ya flechas de oro como antiguamente, sino flamantes granadas de mano con gases asfixiantes. Algunos de ellos van á convalecer á la sacristía de la parroquia; otros se marchan al frente, prometiendo á sus enfermeras venir pronto otra vez heridos.
Hace pocos días visité el famoso colegio Rollin, soberbio edificio, transformado, como otros muchos, en hospital. A una de estas simpáticas enfermeras le pregunté:
—¿Son ustedes aquí todas voluntarias?
—Hay algunas profesionales; pero las más somos voluntarias.
Ella fué la que me contó la siguiente tristísima anécdota:
Existe en París un comerciante inmensamente rico llamado Vilmorin. El hijo de este comerciante quedó, á consecuencia de uno de los combates, sin piernas y ciego. De éstos hay varios. Cuando su padre fué á verle por primera vez al hospital, el hijo le preguntó:
—Padre, ¿me quieres todavía?
—Infinitamente más que antes, hijo mío.
—Pues voy á pedirte un favor.
—Cuanto tú quieras. Hasta mi último franco está á tu disposición.
—Mátame.
—¿Qué es lo que estas diciendo?
—Sí, mátame; dame un veneno; nadie lo sabrá.
Que cada cual se represente lo que habrá experimentado aquel padre.