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La guerra injusta; cartas de un español

Los socialistas franceses

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No hay hombre con el corazón en su sitio que no se haya sentido alguna vez socialista. Al bajar á una mina; al tropezar, saliendo del teatro, con el bulto de un mendigo, helado por el frío y el hambre, estalla la cuerda de nuestros razonamientos habituales y nos damos cuenta de que todos somos un poco estafadores y que caminamos sobre un terreno movedizo y falso.

Y sin embargo, hay sujetos que así que escuchan la palabra socialismo ponen la cara larga, se espeluznan, dejan escapar odiosos sonidos guturales y algunos derraman abundantes lágrimas. Bombas que revientan sembrando el exterminio; manos negras que registran sus archivos; otras manos, más negras aun, que se introducen en su gaveta; imprecaciones; blasfemias; todo surge en temerosa visión delante de sus ojos aterrados.

No es para tanto. El socialismo, como la misma palabra lo indica, no significa en el fondo otra cosa que el deseo y propósito de organizar la sociedad de un modo más justo. Este deseo y propósito son perfectamente legítimos. ¿O es que pensamos que la sociedad humana ha llegado á la perfección?

Pero si á este deseo se mezcla el odio, todo flaquea y se derrumba. El odio es el más eficaz disolvente que existe sobre la tierra. En cuanto este dios infernal se presenta todo cambia de aspecto y se ennegrece. Y, desgraciadamente, el socialismo ha hecho su aparición en nuestros días acompañado de tan funesta deidad.

Un leader del socialismo español, con quien tropecé hace años en una fonda, me decía: «Desengáñese usted; este asunto se resolverá como todos los otros de este mundo: por la fuerza.» Yo le respondí: «Está usted en un error, amigo mío; este asunto, como todos los otros de este mundo, se resolverá por el amor.»

Y el tiempo ha empezado ya á darme la razón. ¿Quién puede imaginar á la hora presente que triunfe una revolución popular disponiendo la burguesía de mercenarios con mausers, cañones de tiro rápido y ametralladoras?

Sí; el amor; esto es, el sentimiento de fraternidad, guiado por la razón, es el que se encargará de resolver este problema, limando poco á poco las irritantes desigualdades sociales. La Naturaleza no da saltos; pero la sociedad tampoco. La orilla está lejos; pero está más cerca de lo que hace algún tiempo pensábamos.

El moderno socialismo tiene su fuerza en Alemania. Esta afirmación sorprenderá y causará pena á algunos de nuestros germanófilos que no pueden imaginar que de Alemania venga otra cosa que autoridad, sumisión, disciplina. Y tienen razón, después de todo; las masas socialistas están mucho más disciplinadas en Alemania que en otras partes. Por eso son mucho más peligrosas. Esta disciplina matará la otra.

En Francia el socialismo ha sido siempre más teórico que práctico. Hubo diversas clases de soñadores. Los unos atacaron la propiedad: fueron los comunistas. Los otros atacaron la familia: fueron los fourieristas, los del famoso falansterio. Otros, la religión: fueron los sansimonianos. Ninguno de estos soñadores, sin embargo, logró arrastrar y concitar las masas; ninguno pudo organizar en París una manifestación de 300.000 hombres, como la que se efectuó en Berlín hace algunos años.

Si venís á Francia y recorréis las provincias os sorprenderá conocer el personal con que hoy cuenta el socialismo. Veis en un pueblo un precioso jardín cultivado con el mayor esmero, rodeado de verja; en el fondo, un soberbio hotel; hay jardineros que riegan y podan; hay criaditas, elegantemente vestidas con su delantal y su cofia blanca, asomadas á la terraza. «¿A quién pertenece esta finca?»—preguntáis—. «A monsieur F...—os responden—; jefe aquí del partido socialista.» Entráis á consultar con un médico famoso. Os abre la puerta un criado de librea; la casa está puesta con lujo excepcional; antes de pasar á su gabinete podéis echar una mirada furtiva al comedor, donde se halla reunida una familia numerosa tomando el té. Este doctor es el célebre B..., director y propietario de una revista socialista. Entráis en una iglesia á oir misa, y al salir tropezáis con un caballero que espera á su señora. Esta, vestida con suprema elegancia, con el devocionario en la mano, se acerca á él sonriente, le pasa el libro, se cuelga á su brazo y ambos se alejan departiendo alegremente. Es monsieur D..., diputado socialista por el departamento.

Por lo que se advierte, estos socialistas franceses no son ya muy peligrosos ni para la propiedad, ni para la familia, ni para la religión. Son microbios, cultivados que han perdido su virulencia.

¡Pero los nuestros son ponzoñosos en grado extremo!—oigo exclamar á algún conservador furioso—; Y me recuerda los viles asesinatos de Cullera, los incendios, las crueldades de Barcelona, los pillajes y depredaciones de otros sitios.

Tiene razón; por ahora nuestros socialistas son descamisados, y el carecer de camisa no ayuda mucho á la moralidad. «Si es que el pobre puede ser honrado»—decía Cervantes—. La honradez es un producto caro y, en general, sólo está al alcance de las personas de posición desahogada. El privilegio más envidiable de los ricos es que pueden proporcionarse el lujo de ser honrados.

Sin embargo, ha llegado á mis oídos que alguno de los jefes actuales del socialismo español tiene camisas de noche y de vestir, y no sólo camisas, sino también fincas urbanas, y que es un despiadado casero que envía á sus inquilinos el recibo indefectiblemente el primero de mes á la hora del almuerzo para que pierdan el apetito y se les indigesten los filetes empanados. No creo en esta leyenda negra, inventada y esparcida, sin duda, por algún malévolo reaccionario.

En todo caso, debiéramos alegrarnos de que los socialistas posean fincas urbanas. Y si adquieren algunas acciones del Banco de España, mejor que mejor. El día en que los socialistas españoles tengan jardines enverjados y lleven á sus señoras á misa, los burgueses no tienen ya que temblar por sus títulos de propiedad y sus gavetas.

Los socialistas de todos los países han añadido á su bandera en los tiempos modernos un lema seductor: «¡Abajo la guerra!», «Fraternidad universal». Está perfectamente. Yo me sentí cautivado desde el primer momento por este grito que responde á la aspiración vehemente de todo espíritu cristiano.

Fraternidad universal. ¡Qué hermosa palabra! Pero esperando esta fraternidad tan dilatada, ¿no podrían los buenos socialistas hacer uso de otra, más restringida? Porque todos los días vemos que cuando se declara la huelga en cualquier establecimiento industrial, si un desdichado obrero, acosado por el hambre, se presenta allí pidiendo trabajo, sus hermanitos se arrojan sobre él con fraternidad canina.

Nadie ha dejado de experimentar en Europa un sentimiento de simpatía al ver estampado entre los principios del moderno socialismo el desarme de las naciones y, como consecuencia, la paz entre ellas. Antiguamente se decía: «Paz, entre los Príncipes cristianos.» No debiera suprimirse la frase, porque los Príncipes cristianos han sido los principales causantes de esta guerra. Todos, hasta los más recalcitrantes burgueses, volvieron hacia ellos los ojos con afectuosa complacencia. En las tinieblas que amontonaron sobre la vieja Europa los incesantes armamentos, sembrando el pavor en todas las almas, el único rayo de luz que percibimos venía del socialismo. La diplomacia—nos decíamos—es impotente, está desacreditada; pero el socialismo es fuerte, las masas de trabajadores se encargarán de oponer una barrera á las ambiciones y soberbia de los tiranos. Si dejan caer el fusil y se cruzan de brazos, ¿quién marchará á la batalla?

Amarga ha sido la decepción. No dejaron caer el fusil; al contrario, se apresuraron todos á empuñarlo y á servirse de él con la misma inconsciencia que los soldados mercenarios.

¿Ha sido cobardía? ¿Ha sido el feroz instinto gregario que arrastra á las muchedumbres cuando se logra enardecerlas? No sé; pero es bien lamentable. Entre todas las bancarrotas que la presente guerra ha traído consigo, la más triste es la del socialismo. Hablando hace algunas horas con uno le expresé, no sin cierto calor y amargura, mi sentimiento de tristeza ante el espectáculo que en esta guerra habían dado al mundo sus correligionarios.

—¿Valía la pena—le dije—de que ustedes estuvieran tantos años predicando la paz y la fraternidad internacional, oponiéndose sistemáticamente á los armamentos, para que terminasen siendo tan feroces guerreros como los demás?

He aquí los términos en que respondió á mi interpelación:

«Para todos, lo mismo burgueses que socialistas, han llegado tiempos bien duros. Cuando se grita ¡fuego! en una casa, los más estoicos saltan de la cama, y cuando se grita ¡ladrones!, el mayor santo echa mano al cuchillo de la cocina. Ser pacifista teniendo á su lado un enemigo que acecha vuestros movimientos para arrojarse sobre vosotros al primer descuido, es un verdadero crimen. Sí; nosotros los socialistas franceses hemos cometido ese crimen, y debemos expiarlo derramando profusamente nuestra sangre. Nos hemos opuesto á los gastos militares; hemos maltratado á nuestros bravos y previsores generales, pensando que allá abajo nuestros hermanos harían lo mismo. Algo hacían; pero ahora vemos que todo era comedia, que en el fondo eran cómplices de los tiranos y lo mismo unos que otros estaban de acuerdo para lanzarse sobre nosotros y arrancarnos el fruto de nuestro trabajo. Todas las leyes, lo mismo las humanas que las divinas, ceden ante el derecho de legítima defensa. ¿No os defendisteis vosotros con brío en Zaragoza y Gerona cuando nosotros invadimos vuestro territorio? Y, sin embargo, vosotros sabíais bien que no llevábamos propósito de apoderarnos de vuestro bolsillo. El caso era bien distinto que ahora. Los franceses penetramos injustamente, lo reconozco, en el territorio de otras naciones; fué un movimiento de vanidad explotado por un hombre de genio; antes nuestra República había sido atacada por ellas. Pero los franceses llevábamos algo que daros. Llevábamos en el orden político los sagrados derechos del hombre, desconocidos y hollados entonces en Europa; llevábamos en el orden civil un Código que todos después habéis copiado. Ibamos á sustituir un régimen despótico por otro liberal, á cambiar simplemente un rey por otro. Después de todo, franceses eran ambos; el uno; hermano de Bonaparte; el otro, nieto de Luis XIV. La prueba de que no éramos unos bandidos es que los hombres más eminentes que entonces poseíais se pusieron de nuestra parte, los Moratín, los Silvela, los Meléndez Valdés, los Hermosilla, etc. Y en otras naciones acaeció lo mismo. Gœthe, el más alto espíritu que la Alemania ha tenido hasta ahora, fué injuriado en su país por suponérsele amigo nuestro.

«Pero Alemania, ¿qué es lo que trae de nuevo y de bueno á la Europa? Ni tiene más inspirados poetas, ni más profundos filósofos, ni sus leyes son más sabias, ni sus costumbres más puras. Tiene algunos hombres de ciencia eminentes. Otros existen, tan grandes como ellos, en Francia, en Inglaterra, en Italia y en Rusia. Los más sorprendentes inventos modernos no se deben á ellos, sino á Edison y Marconi. En vez de un régimen más liberal y humano traen consigo la autocracia militar. Ellos son los que han impuesto á toda Europa esa moderna esclavitud que se llama servicio militar obligatorio. Ellos son los que se han opuesto á la generosa iniciativa del Zar Nicolás II proponiendo el desarme. Ellos son los que han hecho fracasar la Conferencia de La Haya. Ellos son los que mantenían la alarma y la zozobra en todo el mundo. ¿Qué les debemos pues, en resumen? Un poco más de química y mucho menos sentido moral.»

Dejo á mi vehemente interlocutor la responsabilidad de estas razones que, aunque exageradas, guardan un fondo de verdad.

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