El ahorro francés
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«Francia tiene un «gato»; es necesario quitárselo», decía el Príncipe de Bismarck á sus amigos. Y, en efecto, siguiendo sus instrucciones, los discípulos de hoy quisieron repetir la hazaña. Pero los franceses han guardado tan bien el gracioso animal que es ya caso imposible que aquéllos pongan la mano sobre su lomo.
¡Pobre animalito! ¡Tan dulce, tan inocente, tan rollizo! Sería triste que los bárbaros se apoderasen de él. Seguro que con su piel harían correas de fusiles y con sus mantecas engrasarían las llaves de los cañones.
No hay casa en Francia, por humilde que sea, donde no ronque en algún oscuro rincón uno de estos felinos, pequeño o grande. Conocí á un funcionario del Municipio que mantenía á su esposa, su suegra y dos hijos con un sueldo de 140 francos mensuales. Así y todo, me confesó que separaba 15 todos los meses para su «gato». El día en que no pudiese darle siquiera unos céntimos de cordilla, el francés se moriría de ictericia.
El Shah de Persia declaraba hace años á un periodista que lo que más le admiraba en Francia era el ahorro.
Yo creo que si hubiera visto á una estanquerita que vive en la rue de Clichy lo hubiera puesto en segundo lugar.
De todos modos, no ofrece duda que tiene en este país una importancia capital y que á él se debe el grado inaudito de prosperidad material á que había llegado. Es incalculable el número de Sociedades que aquí se encargan de promover y facilitar el ahorro, todas inspeccionadas y vigiladas estrechamente por el Gobierno. Esto me trae al pensamiento aquella famosa «Tutelar», de dolorosa memoria para muchos españoles. La estanquerita de la calle de Clichy nos decía ayer á un joven profesor de la Sorbona y á mi que mediante una pequeña cantidad que imponía todos los meses en la caja de dos de estas Sociedades tenía la seguridad de disfrutar en su vejez una renta de cinco francos diarios.
—¿Pero es que tendrá usted el mal gusto de envejecer?—le preguntó el joven profesor.
La estanquerita se echó á reir, ignoro si porque le «hizo» gracia la salida de mi amigo ó por enseñar unos lindos dientes sevillanos.
El ahorro francés no es sórdido ni repugnante; es prudente, metódico, sabio. Un francés no se priva jamás de lo necesario y se autoriza todos aquellos goces compatibles con él. Entre nosotros se dan casi siempre los dos casos extremos: un sujeto que despilfarra cuanto gana ó ha ganado su padre y otro que se alimenta y viste como un pordiosero poseyendo millones.
Los tenía un viejo solterón que existía hace años en mi pueblo. Para su regalo había adquirido una famosa cueva de vinos: Burdeos, Madera, Rioja, Manzanilla, Jerez; todo añejo y exquisito. Por lo menos eso se decía entre nosotros. Pues bien; este ricacho cenaba indefectiblemente todas las noches un plato de patatas guisadas. Como ya le iban cansando y le era pesado engullirlas, bajaba á la cueva antes de cenar, tomaba una botella de Jerez y la colocaba sobre la mesa delante de su plato. «El que se coma las patatas—decía—se bebe la botella de Jerez.» En efecto; se comía las patatas; pero al descorchar la botella, la miraba con enternecimiento, se apiadaba de ella y bajaba de nuevo á la cueva para colocarla en su sitio, repitiéndose la misma escena al día siguiente.
Aquí se bebería la botella de Jerez así que hubiera apartado lo bastante para comprar otra.
Es una pasión el ahorro en Francia; pero es una pasión discreta, reservada, que huye de exhibirse, como el amor en los viejos. Los franceses se entienden con los ojos en este punto. Un obrero, un pequeño empleado toma los domingos su caña de pescar, después que ha almorzado, y se va al río. En la apariencia es un recreo; él así lo manifiesta. Pero los vecinos saben á qué atenerse. «Monsieur F*** va por la cena», dicen para sí. Nadie sonríe, no obstante, ni menos se autoriza la más ligera broma.
En Francia todo es digno de risa menos el dinero. Sucede lo mismo que en nuestras provincias de Galicia. El gallego es un ser pacífico, cortés, insinuante; alguna vez también poeta melancólico. Pero tocad el asunto del dinero; inmediatamente asomará á sus ojos la tragedia.
Cualquiera que á París venga en este momento y no conozca el carácter francés quedará estupefacto. La gente ríe, canta, se divierte como si se hallase en una Arcadia feliz y la sangre de sus hermanos no corriera á torrentes á pocos pasos de aquí. En los rostros no se pinta zozobra ni tristeza alguna: se espera la llegada de los zeppelines, como si fuera un caso de risa. Hay extravagancias que horrorizan: los negros velos de la viudez se han puesto de moda, y las solteritas se visten de viudas por coquetería. Mucho se engañaría el que juzgase por estos signos el espíritu de Francia. Bajo su aparente frivolidad, este es el país más prudente y sensato de la tierra. El francés suena los cascabeles para disfrazar su cordura, como otros se retuercen el bigote para ocultar su demencia.
¡Demasiado sensato, demasiado cuerdo! Este es su defecto capital, y no la vanidad, como generalmente se sostiene. Todos somos vanos en el mundo. Si los franceses lo son un poco más que los otros, el caso no tiene excesiva importancia. Pero sí la tiene enorme la frialdad que tanta cordura ha engendrado. Entráis en el seno de una familia y observáis con sorpresa que los hijos, así que comienzan á ganar dinero, lo colocan en las Cajas de Ahorro y sólo dan á sus padres lo que gastan en mantenerlos, como si se hallasen en un hotel. Al matrimonio que tiene más de un hijo se le mira con cierta compasión despreciativa. Le dije en cierta ocasión á una señora que dirige una tienda de bisutería:
—Uno de sus sobrinos ha venido hoy á visitarme. No sabía que tuviese siete hermanos.
La comerciante frunció el entrecejo y exclamó con amargura:
—¡Qué quiere usted, caballero! ¡Campesinos! ¡Salvajes!
En Francia se concede tal importancia al dinero, que un sujeto que posee 500.000 francos se cree en el caso de no saludar á otro que sólo posee 300.000 y éste á su vez de no mirar siquiera al que tiene 100.000. ¡Cómo contrasta esta ridícula actitud con la cordialidad y modestia que se observa generalmente en los ricos españoles!
En sus relaciones con los menesterosos se observa también cierta frialdad: los socorren, pero sin emoción. Nuestra ilustre compatriota doña. Concepción Arenal puso como lema á una de sus obras las siguientes palabras: «La Beneficencia envía al enfermo una camilla; la filantropía se acerca á él; la caridad le da la mano.» Los franceses hasta ahora se contentaban generalmente con enviar la camilla. Sin embargo, hay que reconocer que su Beneficencia era tan eficaz, tan copiosa y previsora que la nuestra, aunque más cordial, no podía comparársele. Si no tenía calor el corazón lo tenía la cocina, y esto es ya mucho.
Paseando hace unos meses por las calles de Madrid tropecé con un ciego que pedía limosna tocando el violín. Entablé conversación con él y me informé de su patria y sus desgracias. Era un minero asturiano que había perdido la vista á consecuencia de una explosión de grisú. Cuando le ocurrió este percance alguien le dijo que en París existían médicos especialistas que seguramente curarían su ceguera. Como poseía algunos ahorros, aquí se vino lleno de esperanzas. Poco tardaron en disiparse. Quedó ciego y sin recurso alguno en medio de esta gran capital. Los últimos francos los empleó en comprar un violín y aprender á rascarlo. Durante doce años recorrió, mendigando, de un cabo á otro la Francia. Cuando estalló la guerra se le hizo salir, como á todos los demás mendigos extranjeros. Así que conocí su historia me puse á hablar con entusiasmo de este país, que tanto admiro; de su organización tan perfecta, de su autoridad previsora, de la feliz distribución de sus riquezas. El ciego me replicó, suspirando:
—Sí, señor, sí; todo eso es cierto... Pero en Francia un caballero como usted no estaría ahora hablando con un mendigo como yo.
Líbreme Dios de imaginar que en Francia no existen muchas, muchísimas almas ardientemente caritativas, grandes y tiernos corazones. Tengo el honor de ser amigo de algunos. Lo único que afirmo es que aquí la importancia del dinero había llegado á hacerse incompatible con la importancia de las leyes morales. La ganancia era la musa inspiradora por excelencia y el comerciante, el artista y el guerrero la rendían por igual fervoroso culto.
En septiembre del año pasado vino con licencia de cuatro días, como todos los soldados, al pueblecito donde yo veraneaba M. Pierre, peluquero. Ostentaba, sobre su pecho la cruz de guerra. Se había batido valerosamente allá, en las trincheras. Se le había citado en los periódicos regionales por una hazaña admirable. Pues bien; ¿qué suponen ustedes que hizo aquel guerrero que sólo traía cuatro días de licencia? Inmediatamente abrió las puertas de su establecimiento, cerradas desde hacía más de un año; se puso en mangas de camisa y comenzó á afeitar á sus parroquianos.
Yo entré en la peluquería cuando hacía la barba á M. Despretis, el propietario más rico de la localidad. Y mientras le pasaba delicadamente la navaja por las mejillas narraba con vivos colores una de las batallas en que había tomado parte.
—Los obuses nos barrían materialmente. Filas enteras caían y los cadáveres se amontonaban delante de nosotros, cerrándonos el paso. Nuestros pies chapoteaban sangre. Pero avanzábamos siempre, y en cuanto nos pusimos en contacto con los «boches», nuestras bayonetas hicieron una carnicería espantosa: cortaban, rajaban, se hundían en el vientre de aquellos cochinos...
—¡Nom de Dieu! ¡Monsieur Pierre, me ha hecho usted daño!—exclamó monsieur Despretis, abriendo los brazos y echándose hacia atrás vivamente.
Monsieur Pierre retrocedió asustado y contempló con espanto una gotita de sangre en las cándidas mejillas de monsieur Despretis. Se puso pálido y balbució algunas palabras incoherentes.
¿Por qué se turba y empalidece aquel héroe á la vista de una gotita de sangre cuando tanta había visto verterse y él mismo había derramado? ¡Ah! Porque aquella gotita no brotaba de ninguna entraña palpitante, sino que corría de su bolsillo.
Ahora no puedo menos de preguntarme: ¿Este espíritu de economía es una virtud? Sería profanar tal nombre el llamarlo así. Cuando un hombre se priva de algún goce con el fin de atender á la necesidad de sus semejantes á ese hombre le diputamos por virtuoso. Pero si separa parte de lo que gana para proporcionarse más placeres en lo porvenir le llamamos interesado.
Es un error profundo el tomar exageradas precauciones en la vida. Una rabotada del Destino las echa á rodar en un instante. Cuando aquél llama con siniestros golpes á nuestra puerta de poco nos valen nuestros cuartos de baño y nuestro chocolate. Una pequeña dosis de fe y de energía nos será de mayor utilidad.
Tal ha sucedido con la nación francesa. El golpe ha sido rudo porque ruda había sido la infracción. Pero el genio francés no había naufragado todavía: extravió el rumbo, pero no se fué á pique. Sintióse aturdido unos instantes, pero inmediatamente reaccionó vivo y poderoso. Cien generaciones de héroes no pueden engendrar una de cobardes. Hijos son estos soldados de aquellos otros intrépidos, generosos, que pasearon sus gloriosas armas por todas las ciudades de Europa sin saquear sus palacios, sin beberse el vino de sus bodegas, robando solamente algún beso á las lindas muchachas que cruzaban por la calle.
Ahora se habrán convencido de que hacer muchos cálculos es bueno; pero es mejor no hacer ninguno. Llenar el bolsillo es extremadamente útil; pero es más útil llenar el corazón. Vivir con sobriedad y mesura, no complicar la vida, hacerla fácil para todos, rendir, sobre todo, culto al amor en todos los momentos y en todos los lugares. Este es el secreto de la dicha de los individuos y de la grandeza de las naciones. Si nadamos sobre la ola de la ley moral ella nos conducirá suavemente á puerto seguro.