Meditación sobre el conflicto
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Ni los gases asfixiantes que se desprenden de las trincheras alemanas ni la retórica, más asfixiante aún, con que germanos y germanófilos exaltan su moralidad lograrán sofocar á la rebelde verdad.
Esta verdad es que la guerra monstruosa á que asistimos atónitos los humanos ha sido meditada largo espacio, preparada y provocada por una nación europea con el exclusivo fin de dominar moral y materialmente á todas las demás.
Como es un hecho que salta á la vista y no hay posibilidad de negarlo, los que entre nosotros los españoles simpatizan con esta nación invocan para justificar su simpatía los agravios que en tiempos más ó menos remotos recibimos de ingleses y franceses. El lobo de la fábula invocaba también para comerse el cordero los agravios que le había inferido su padre.
En todos los tiempos y en todas las regiones del mundo habitado los pueblos combaten con sus vecinos, no con los que viven lejos de ellos. Si Berlín estuviese en Burdeos ó Lisboa, seguramente hubiéramos andado á porrazos con los alemanes como hemos hecho con franceses y portugueses. Austria y Alemania, que no sólo son vecinas sino hermanas, han luchado entre sí hasta nuestros mismos días.
Cuando se deja el terreno del odio para entrar en el de las razones, se argumenta en forma muy diversa según los casos.
Contra Inglaterra se emplea el argumento crematístico. Inglaterra posee colonias riquísimas, inmensos territorios en las cinco partes del mundo, mientras Alemania, nación altamente civilizada, tan merecedora como ella por lo menos cuenta con muy pocas. ¿Por qué?
Los que formulan con indignación esta pregunta, hombres ricos muchos de ellos y propietarios de tierras, no se dan cuenta de que emplean contra Inglaterra el mismo lenguaje que contra ellos usan socialistas y comunistas:—«Nosotros valemos tanto como vosotros. Vosotros sois ricos y nosotros pobres. ¿Por qué? ¡Soltad, ladrones, soltad esas tierras que detentáis injustamente!
Este argumento tendría valor en el caso de que Inglaterra fuese una nación sin capacidad para colonizar. ¿Serían más felices sus colonias si se hallasen en poder de los Alemanes? Preguntádselo á ellas.
Contra Francia se emplea el argumento religioso. Esa nación que ha decretado la separación de la Iglesia y del Estado y que ha expulsado de su seno á las órdenes religiosas merece un castigo ejemplar.
Suponiendo que fuese justo, no lo es ciertamente extenderlo á los que no tienen culpa alguna. En Francia la masa del pueblo es católica y actualmente, por su libre voluntad y sin necesidad del erario público, sostiene el culto católico con el mismo decoro que antes. Nadie la ha hecho responsable de los sangrientes excesos de la Convención, de los asesinatos perpetrados por Robespierre y Marat. ¿Por qué se la hace ahora de las disposiciones de un ministro anticlerical?
Se olvida ó se quiere olvidar que en esa Francia impía el pensamiento cristiano irradia una luz maravillosa que se esparce por todo el mundo, que existe allí, á la hora presente, no sólo un grupo de filósofos espiritualistas con Boutroux á la cabeza que libra en el terreno del pensamiento gloriosas batallas contra los sabios materialistas de la Alemania, los Wundt, los Hæckel y los Ostwald, sino también una falanje de eminentes apologistas católicos, muchos de ellos sacerdotes, cuyos libros sirven de consuelo á todos los creyentes de Europa. Se olvida que algunos de estos sacerdotes combaten hoy en las trincheras de la Alsacia y de Flandes y que escuchan estupefactos y doloridos los injustos reproches que contra su patria lanzan muchos que blasonan de católicos.
Contra Rusia se emplea el argumento del atraso. ¡Pobres rusos! No tienen cañones de precisión, no tienen ferrocarriles estratégicos ni gases asfixiantes; comen con los dedos; son unos salvajes. Es menester ir allá para enseñarles el manejo de las armas de fuego y el uso del tenedor.
Sin embargo estos salvajes, provistos de mazas de hierro en vez de fusiles, como aseguran los periódicos alemanes, se baten desde hace un año con todo el ejército austriaco y más de un tercio del alemán.
Por último contra Bélgica se usa un argumento sanchopancesco. ¿A esta Bélgica, quién la ha metido en tan descabellada aventura? ¿Cómo se atrevió á hacer frente al coloso alemán? ¿No sabe que es de prudentes mantenerse siempre en buenas relaciones con los poderosos? Si hubiera dejado pasar buenamente á los ejércitos del kaiser, no sufriría tanta calamidad y habría recibido un bolsillo repleto de monedas de oro, y ¿quién sabe? quizá al final de la guerra se encontraría con el regalito de una provincia francesa.
Esto es lo que se escucha acá. Allá en Alemania se desdeñan las razones: penetramos en el teatro de la voluntad rugiente y el automatismo. De allá no viene más que una palabra: «¡Queremos!» Y á este queremos responden en todas las regiones del mundo los hombres donde predomina la voluntad sobre la razón:—«Puesto que vosotros queréis, nosotros queremos también».
Es un caso de disgregación mental en que el psiquismo inferior, el centro del automatismo rompe su engranaje con la libre razón y se entrega pasivamente á todos los caprichos del hipnotizador. Los hipnotizadores del pueblo alemán son los magnates de la política y del ejército prusianos secundados por la cobardía de algunos intelectuales. Ellos son los que le han impuesto no sólo la guerra sino la ferocidad en la guerra. Les han dicho:—«Guardaos de vuestro corazón como de un enemigo; fusilad sacerdotes, destruid monumentos, violad mujeres; asfixiad niños, no perdais medio alguno de aterrar á nuestros enemigos». Y aquellos honrados ciudadanos, aquellos bondadosos padres de familia que todos hemos conocido, fusilan, violan, saquean, asfixian. Si les dicen:—«Sacrificad á los prisioneros» los sacrificarán.
Semejante estado de miseria moral infunde más compasión que odio. Son hombres dormidos y tales horrores no deben imputarse á ellos sino á sus magnetizadores.
¿Pero á quién enviaremos la cuenta de la dispersión que se ha operado en los centros cerebrales de algunos de mis compatriotas? Porque hay entre nosotros sujetos que así que se les insinúa la idea de que los teutones no han hecho bien en entregar al pillaje la ciudad de Lovaina y en fusilar algunos sacerdotes, enrojecen, se espeluznan, cada seso se les va por su lado y gritan que ellos harían eso y matarían más sacerdotes aún y se los comerían con salsa tártara.
Hasta he oído, estremecido, á algunas señoras acoger con satisfacción la noticia del hundimiento del Lusitania y las hazañas de los zepelines.
Aterrador es el hundimiento del Lusitania, pero es más aterrador todavía este naufragio del alma femenina...
Como todo lo que araña un instante la corteza del menguado planeta que habitamos, esta guerra pasará también. La espesa nube que cubre hoy toda la Europa se disolverá al cabo en la atmósfera azul. La madre tierra beberá la sangre, tragará los huesos y en su seno fecundo la vida inmortal proseguirá su trabajo misterioso. Las praderas volverán á esmaltarse de flores, los árboles agitarán otra vez dulcemente sus copas al soplo de la brisa de la tarde, los pájaros de Dios con suaves trinos bendecirán la llegada de la aurora.
¿Y de todo esto que quedará? Una gran vergüenza y un gran remordimiento.
Un gran remordimiento, sí.
Llegará un día, y el Cielo lo traiga pronto, en que esos autómatas asesinos de mujeres y niños, saldrán de su estupor hipnótico y horrorizados de sí mismos caerán de rodillas delante de sus hijos y les pedirán perdón de haberles escandalizado tanto, de haber ultrajado ante sus ojos infantiles el honor del género humano, de haber querido arrancarles del corazón aquello por lo que solamente el hombre puede vivir y debe morir.