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Historia de la decadencia de España

LIBRO TERCERO (continued 2)

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Las historias alemanas, aun las de los protestantes, conceden á nuestras armas todo el honor de aquella célebre jornada. Quien más gloria ganó en ella fué el Cardenal Infante, que aunque no peleó por su persona, echó allí los cimientos de su fama militar por el buen acierto de sus disposiciones y consejos. El marqués de Leganés, D. Diego Felipe de Guzmán, primo del Conde-Duque, se dió á conocer por valentísimo; así fuera tan hábil capitán en adelante como buen soldado. También se hicieron notar el valeroso Maese de campo D. Martín de Idiaquez y D. Pedro de Santa Cilia y Pax, mallorquín de larga y peregrina historia, que mandaba una compañía de dragones, con la que hizo maravillas en la batalla. Salvóse el Imperio, y se perdiera del todo la causa de los protestantes sin el auxilio poderoso que Francia, declarada ya en formal enemiga de la España cuando de tanto tiempo antes lo era simulada, no hubiera venido á mezclarse en la contienda; acontecimiento que forma época en la Historia de España, por lo cual requiere libro aparte.

Mas no hemos de terminar éste sin dar antes alguna cuenta de lo que durante el período que acaba de terminar aconteció en las lejanas costas de Asia y del Sur de África, que fué no poco digno de recuerdo. Llegaron allá inopinadamente numerosas naves holandesas y causaron grandes daños en el comercio que hacían los portugueses sujetos á nuestra corona, y no contentos con eso animaron y excitaron á las reyes bárbaros, tributarios de España, para que sacudiesen el yugo. Uno de ellos, por nombre Chingulia, rey de Mombaza, se echó sobre los cristianos residentes en sus Estados y los degolló despiadadamente. Envió el Virrey de Goa una escuadra á castigarle, mas no pudiendo lograr su objeto en la primera campaña, halló en la segunda que el bárbaro, destruídas las fortalezas y arrasados los campos, se había retirado con todos sus vasallos y riquezas al interior de la Arabia. Viendo los holandeses el buen éxito de sus tentativas, mandaron ya formales escuadras á aquellos dominios. Una de ellas se apoderó de una flota portuguesa que venía de China. Otra dió auxilios eficaces á los habitantes de Ceilán para que se alzasen contra España. Los portugueses que guarnecían esta isla eran tan pocos en número que no pudieron mantener el campo y tuvieron que encerrarse en la fortaleza de Colombo. Allí sostuvieron un sitio gloriosísimo, donde faltos de todo, por no rendirse, llegaron á comer carne humana. Socorrióles al fin el Virrey de Goa, enviando á D. Jorge de Almeida á que echase á los enemigos de la isla con algunas naves. Después de muchos trabajos llegó este General á Ceilán, reunió alguna gente y con ella obró de manera que en pocos días logró que la bandera de España volviese á flotar en todos los lugares de aquella remota tierra, trayéndolos á la obediencia. Heroico capitán este D. Jorge y digno de mejor suerte que la que tuvo, pues murió á poco olvidado y escarnecido, así del Gobierno de España, como de los mismos á quienes con su valor había salvado de segura pérdida.

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