← Table of contents
Historia de la decadencia de España

LIBRO OCTAVO

Reading edition

Illustration from Historia de la decadencia de España

SUMARIO

De 1648 á 1665.—Fines del reinado de Felipe IV.—Cataluña: inteligencias con los del Rosellón; virreinato de D. Juan de Austria; pérdida de Figueras; defensa heroica y socorro de Gerona; pérdida de Villafranca de Conflans; pérdida de Puigcerdá; socorro malogrado de Castellón de Ampurias; pérdida de Sobrona, victoria delante de esta plaza; combate naval en Barcelona; toma de Berga y gloriosa victoria delante de sus muros; nuevo virreinato de Mortara; Castelfollit en nuestro poder; victoria al paso de Fluviá; toma de Camprodón y batalla gloriosa del Ter.—Italia: nuevas tentativas del duque de Guisa; batalla de la Roqueta; nueva guerra con el Modenés; toma de Reggio de Correggio; pérdida de Valencia del Pó.—Flandes: el príncipe de Condé en nuestro campo; sublevaciones en Francia; toma de Rocroy; prisión del duque de Lorena; sitio de Arraz; fuerzan los franceses nuestras líneas; entra Don Juan de Austria en el Gobierno; rota de los franceses en Valenciennes; sucesos de Inglaterra; negociaciones con Cromwel; muerte de Aschau; insultos á nuestro Embajador; guerra con los ingleses; pérdida de Mardik; sitio de Dunquerque; batalla segunda de las Dunas y pérdida de la plaza; Gravelingas, Oudenarde y otras muchas se rinden al enemigo; rinden los ingleses nuestras flotas en América; negociaciones y paz de los Pirineos; matrimonio de la infanta Doña María Teresa con Luis XIV.—Portugal: sitian á Badajoz los enemigos; va al socorro D. Luis de Haro; derrota de D. Luis en Ervás; campañas del marqués de Viana en Galicia; vuélvense contra Portugal todas las fuerzas; D. Juan de Austria viene á intentar la reconquista; disposiciones de una y otra parte; toma D. Juan muchas plazas pequeñas, y entra en Germeña y en Evora; retirada de esta plaza y batalla llamada de Estremoz; piérdese todo lo ganado; campaña del duque de Osuna por Ciudad-Rodrigo; es derrotado por los portugueses; entra el marqués de Caravaca en el mando; pierde la batalla de Montesclaros ó de Villaviciosa; sentimiento del Rey; conjuración del marqués de Heliche; disputa de los embajadores en Londres; afrentas; muerte del Rey y principales disposiciones de su testamento; juicio de su reinado y resumen de los males que causó á la Monarquía.

Llegan por fin los últimos años de la vida de Felipe IV, y con ellos los fines de la guerra con Francia, la paz de los Pirineos, los desastres de Portugal, que afirmaron la Corona de aquel reino en las sienes del de Braganza, las humillaciones de España en las negociaciones y cortes extranjeras. Sucesos, si no más temibles, más vergonzosos que nunca comprende este nuevo período.

Continuaron en tanto, á pesar de la sumisión de los naturales, las hostilidades en Cataluña. Suplicaron los del Rosellón al Rey que hiciese un esfuerzo para recobrar aquella provincia como había recobrado la de Cataluña, asegurándole que allí estaban los ánimos no menos propensos que aquí á volver á la obediencia. Llegó el caso de prestarse por sí sola á la recuperación de Cataluña, con tal que se la ayudase con caballería, que era lo que le faltaba. Y el Rey y sus Ministros, tímidos é irresolutos, no osaron acometer una empresa tan importante, y que la ayuda de los naturales, deseosos de volver á juntarse con la madre patria, hacía tan fácil. Dejó el de Mortara el virreinato al comenzar la campaña de 1653, y entró en él D. Juan de Austria mientras casi todo el ejército que había obrado la recuperación era destinado á Portugal. Comenzáronla los franceses entrando de nuevo con un cuerpo volante de soldados y miqueletes que llegó hasta el llano de Vich; pero fueron rechazados por D. Gabriel Llupiá con algunos soldados y buen golpe de paisanos. Luego el mariscal de Hocquincourt con el traidor Margarit, un tal D. José Ardenas y el capitán Manuel Aux, bien señalado en las pasadas revueltas, entró por el Portus, mandando catorce mil infantes y cuatro mil caballos. Pensaban que Cataluña al verlos se levantaría de nuevo en armas contra su natural Gobierno; pero erraron completamente el cálculo. Sólo los forajidos, acosados por la justicia, se juntaron con los franceses, aunque á la verdad no en corto número, porque nunca lo hubo por desgracia de tales gentes en el Principado. Señalóse en su odio contra los españoles además de Margarit, Aux y Ardenas, un cierto Segarra, gran forajido. Pero el grueso de la población tomó valerosamente la parte de España.

Dos tercios formados para defender á Barcelona durante el sitio, vinieron á ponerse á las órdenes de Don Juan con otros muchos soldados y capitanes que estuvieron peleando contra España. Tomaron los franceses algunos lugares y á Figueras no sin pérdida, y luego pusieron sitio á Gerona. Allí estaba lo mejor de nuestro ejército con el Condestable de Castilla, General de la caballería, el barón de Sabac, el marqués de Sierra y D. Juan Palavicino, sus principales capitanes; y llegando los franceses de improviso se hallaron encerrados. Defendiéronse heroicamente ayudados por los vecinos, hombres y mujeres que á porfía se prestaban á coronar los muros: rechazaron á los franceses de sus brechas, y teniéndolos setenta días sin adelantar un paso, dieron tiempo á D. Juan de Austria para que desde Barcelona, juntando ejército bastante, viniese al socorro. Compúsolo de catalanes, voluntarios casi todos, con alguna infantería napolitana acabada de desembarcar y algunos escuadrones de caballería vieja, y el total no pasaba de cinco mil infantes y mil quinientos caballos. Con todo, bastóle esta gente para llegar delante de Gerona y romper un trozo de enemigos que le salió al encuentro; y como la guarnición de la plaza hiziese una salida oportuna, diéronse las manos los españoles de dentro y de fuera y se logró el socorro, viéndose forzados á retirarse los contrarios. Señalóse en aquella ocasión D. Francisco de Velasco, hermano del Condestable, que quedó pasado por el pecho de un mosquetazo y quebrado un brazo, cumpliendo con su obligación largamente. Recobráronse luego Castellón de Ampurias y Figueras. Disolvióse el ejército catalán después de tales victorias, con lo cual los enemigos pudieron de allí á poco entrar otra vez en el Principado y correr la tierra hasta Gerona sin obstáculo alguno. Pero de todos modos hizo mala campaña Hocquincourt, que perdió mucha gente en Gerona y más en la retirada, sin poder ganar una plaza importante ni conservar siquiera los pequeñas lugares donde entró. Á la campaña siguiente, destinado Hocquincourt á Flandes, entró á gobernar á los franceses el príncipe de Conti.

Este había ya aparecido en la parte de Conflans con cuatro mil infantes y mil quinientos caballos: tomó por asalto á Villafranca de Conflans, pasando á cuchillo la mayor parte de su guarnición, que se defendió hasta el último punto, y luego emprendió el sitio de Puigcerdá. Quisieron los nuestros distraerle del intento y amagaron á Rosas; dejó el de Conti con efecto á Puigcerdá y fué á socorrer esta última plaza, mas en el camino fueron destrozadas sus tropas por las partidas de naturales apostadas en los desfiladeros; sin embargo, llegó delante de Rosas y obligó á los nuestros á retirarse con premura. Dió ocasión el no haber ejército á que los enemigos osasen insultar las murallas de Barcelona pasando por delante de ellas, aunque sin fruto. De nuevo se pusieron sobre Puigcerdá, que tenía dos mil hombres de guarnición, y se defendió muy bien al principio; pero muerto de un cañonazo su gobernador, D. Pedro Valenzuela, se dió á partido.

Pugnaba en tanto D. Juan de Austria por juntar ejército que oponer al enemigo; y aunque Cataluña puso mucho de su parte, no lo hubo bastante para dar batalla á los franceses. Con esto D. Juan salió de Barcelona y estuvo observándoles algunos días; luego guarneció las plazas más importantes y se recogió, sin hacer nada, á la capital. En tanto el enemigo entró en la Seo de Urgel, que halló indefensa, en Berga y Camprodón. Púsose también sobre Vich; pero los miqueletes catalanes le tomaron de tal suerte los pasos, impidiéndole los mantenimientos, que hubo de alzar el campo. Luego reforzado recorrió el Ampurdán y sitió á Cadaqués, que estaba ya bloqueado por algunos bajeles; rindióla, y desde allí fué sobre Castellón de Ampurias. Había logrado D. Juan levantar ya en la provincia algunos tercios, y con la escasa caballería y gente veterana con que contaba se propuso librar esta plaza; ya estaba cerca cuando cayó en una emboscada que le tenían dispuesta los enemigos; trabóse con igual valor el combate, pero sobreviniendo el grueso de los contrarios, tuvo D. Juan, inferior en poderío, que retirarse á Palamós, y Castellón fué perdida. Apoderóse D. Juan de Bañolas; pero el francés se resarció con usura, entrando en Solsona, que halló desguarnecida. Mandaba en esta ocasión D. Manuel de Aux, llevando consigo todos los soldados viejos de aquella provincia que no habían desamparado las banderas extranjeras, y luego quedó con ellos de presidio. No tardó D. Juan en mandar un trozo de gente á que le asediasen; acudieron á socorrerle, cuando ya estaba apretado, mil quinientos caballos franceses y algunos infantes, y D. Juan, que estaba en Vich, envió su caballería, que mandaba D. Diego Caballero de Illescas á estorbar el intento. Viéronse entrambas fuerzas delante de Solsona, pelearon y hubo muchos muertos y heridos; pero los contrarios debieron padecer mucho más y quedar derrotados, porque se recogieron á un bosque cercano, y de allí, desistiendo del socorro, pasaron á Berga. Luego el de Conti se puso sobre Palamós para divertirnos de lo de Solsona, sitiándola por mar y tierra; pero sobreviniendo nuestra armada al mando del marqués de Santa Cruz con veinte bajeles y treinta galeras, hubo de alzar el sitio. Tomó no obstante algunos lugares mientras nuestra armada ocupaba las islas Medas.

Tropezó esta armada delante de Barcelona con una francesa que traía el duque de Vandoma para visitar aquellas costas y sublevarlas de nuevo; dióse un combate que duró todo el día, donde ambas partes se atribuyeron la victoria, y los franceses se retiraron á sus puertos y los nuestros á Cartagena. Entre tanto don José Galcerán de Pinós, noble caudillo catalán, se apoderó de Berga; vinieron los franceses á recobrarla, y la defendió su alcaide Juan Miró valerosamente, dando tiempo á que Pinós con mil infantes y mil cuatrocientos caballos, á cargo de D. Diego Caballero, acudiese en su auxilio. El enemigo, tomada ya la villa, aprovechó la ocasión de poner la conquista del castillo, ocupado aún de Miró y los suyos, á trance de batalla. Mandábalos el catalán D. José Ardenas. Su infantería ocupó ciertas colinas ventajosas, y la caballería quedó en un llano de poca extensión metido entre unos barrancos; una ermita enlazaba á la infantería y la caballería protegiendo á ésta. La infantería catalana, mandada por Pinós, ganó las colinas al enemigo y se comunicó con el castillo. D. Diego Caballero con la caballería, al amparo de algunas mangas de walones, logró doblar los barrancos, entrar en el llano donde estaba la enemiga y deshacerla; luego la guarnición del castillo cayó sobre la villa, y la rota de los franceses fué completa. Casi toda su infantería quedó prisionera y entre todos bien perderían mil quinientos soldados con el bagaje y artillería. Salvóse milagrosamente D. José Ardenas, retirándose por los montes seguido de pocos. Sabida esta victoria por D. Juan salió de Barcelona, y reforzando aquel pequeño ejército con mil quinientos infantes sacados de las galeras, asedió formalmente á Solsona, descuidada hasta allí por unos y por otros á causa de los diversos accidentes de la guerra, y la tomó sin grande esfuerzo.

En esto fué nombrado D. Juan de Austria para el gobierno de Flandes, y el virreinato de Cataluña tornó al ilustre Mortara. Ahuyentó el marqués del Ampurdán á los franceses, tomando todos los lugares de aquellos contornos menos Rosas, y D. Diego Caballero y el conde de Humanes con un trozo de ejército fueron á ponerse sobre la Seo de Urgel; pero ó bien por desorden de ellos, ó bien por no atreverse á esperar al enemigo que venía superior en fuerzas, levantaron el sitio. En tanto el duque de Candale, francés, y Margarit entraron en Blanes y en muchos lugares abiertos, é insultaron de nuevo al llano de Barcelona. El gobernador francés de Castellfollit vendió por dinero aquella plaza al rey Felipe, y un golpe de gente catalana recobró á Blanes. Sitió el de Candale á Castellfollit deseoso de castigar al Gobernador y de recobrar la plaza; socorrióla D. Próspero Tuttavilla con escogido escuadrón de caballos, no sin pérdida del enemigo, y en su retirada al paso del Fluviá fueron acometidos los franceses por Mortara con el grueso de sus fuerzas, y obligados á echar al río dos cañones que llevaban, perdieron muchísima gente dispersa. En seguida D. Próspero Tuttavilla acometió el castillo de Camprodón; acudió á socorrerlo Mr. de Santonné con buen golpe de infantes y caballos, y á una legua de aquella plaza tuvo lugar un combate, en el cual los enemigos fueron destrozados con pérdida de quinientos hombres, muriendo no pocos y calificados de nuestra gente. Con esto se rindió Camprodón; pero no tardó en sitiarla de nuevo Mr. de Santonné con más de cinco mil infantes y tres mil caballos.

Reunió entonces Mortara los tercios catalanes, la infantería de las galeras al mando de D. Melchor de la Cueva, el tercio de la guardia que allí estaba á cargo de D. Juan Salamanqués, un tercio valenciano y otro navarro y hasta dos mil quinientos caballos al mando de D. Diego Caballero, y con esta gente se presentó delante de los enemigos. Salieron ellos á esperarle en un llano que baña el caudaloso Ter. Trabóse la batalla, en la cual nuestras dos alas envolvieron las de los enemigos; pero antes aún de que esto se verificase, ya don Diego Caballero había esguazado el río con sus caballos, y cogiendo por la espalda al enemigo, había destrozado cuanto se le había puesto delante, forzando, espada en mano, las líneas y entrando á degüello los cuarteles que habían quedado bien guarnecidos. Con esto fué completa la victoria, perdiendo el enemigo hasta mil quinientos prisioneros, las banderas y artillería. Fué tan brillante acción la última de la guerra por aquellas partes. Sostúvose tibiamente porque Francia, no contando ya con el favor de los pueblos, juzgaba inútil el esforzarse; y España, escudada con la fidelidad de la provincia, no tenía miedo del enemigo. Así fué que en lugar de enviar á Cataluña nuevas tropas se enviaron á Portugal, Italia y Flandes las que permitieron reunir los tiempos tan estrechos. Fué gloriosísima sin embargo la conducta de nuestras armas, catalanas en la mayor parte, durante estas últimas campañas, poniendo casi siempre de nuestro lado la victoria. Así anduvieran nuestras cosas por todas partes.

Pero en Italia, Portugal y Flandes no era buena la fortuna. En Italia se mostró varia. Por el lado de Nápoles hubo un nuevo amago del duque de Guisa, no menos funesto para él que el anterior. Habíase librado éste á ruegos de D. Juan de Austria de la pública muerte que le preparaba el buen conde de Oñate por castigo, y conducido á España fué encerrado en el Alcázar de Segovia. De allí se escapó disfrazado: pero no pudo ganar á Francia, y preso de nuevo en Vizcaya fué restituido á sus prisiones.

Pasara allí el resto de su vida, si el príncipe de Condé no hubiera interpuesto su favor y súplicas con el Rey de España, cuando vino á nuestro servicio. Creyóse acaso que aumentaría el partido de los Príncipes contra Mazzarino; pero el de Guisa, ingrato al de Condé, se puso de parte del Ministro, é ingrato al Rey de España que le dió la libertad cuando tenía derecho para quitarle la vida, comenzó á solicitar ayuda y protección para volver á Nápoles. Hizo entonces Mazzarino equipar una armada de cuarenta bajeles, y pensando vengarse del aliento que daba España á sus enemigos personales, envió en ella al duque de Guisa á las playas napolitanas, con armas y soldados. Llegó esta armada delante de Castelmare y hallándola desprovista, sin esfuerzo alguno cayó en sus manos. Al saber la venida de los franceses, conmoviéronse los Abruzzos, y las cuadrillas de bandidos que recorren siempre aquellas comarcas, se engrosaron grandemente á punto de causar serios temores. Pero el Virrey que, vuelto Oñate á España era el conde del Castrillo, obró con actividad y acierto. Reunió la infantería española y la caballería napolitana, y caminó apresuradamente á Castelmare. Salió el de Guisa al encuentro lleno de presunción, y hubo á las puertas de la ciudad un combate, en el cual los enemigos fueron completamente derrotados: de suerte que apenas pudieron reembarcarse al abrigo de los muros. Luego se hicieron á la vela los bajeles franceses, y el de Castrillo sosegó fácilmente los revueltos ánimos de los naturales de los Abruzzos, y volvió á poner en paz todo el territorio.

Á principios de 1653 entró el mariscal Grancey en el Piamonte con un ejército, y juntándose con las tropas del duque de Saboya, fueron en busca del Gobernador de Milán que lo era aún el marqués de Caracena, don Luis de Benavides, con el fin de provocarle á batalla. Halláronle cuando éste entendía en esguazar el Tánaro por la Roquetta, y al punto le embistieron. Eran los dos ejércitos casi iguales en número; peleóse casi todo un día, y con tanto escarnizamiento, que los regimientos suizos que traían los franceses, faltos ya de balas, cargaron sus armas con los botones de hierro de sus vestidos; mas al fin los franceses, que habían venido á provocar la batalla, tuvieron con su retirada que confesar la derrota. Perdimos nosotros poca gente, mucha los aliados. En seguida el vencedor Caracena, amagando antes algunas plazas del enemigo, tomó cuarteles de invierno. No osaron los franceses emprender nada en la siguiente campaña; pero en la de 1655 volvieron á alimentar grandes esperanzas. El duque de Módena, Francisco de Este, obligado poco antes á pedir misericordia á España, no pudiendo llevar con paciencia la altivez de Caracena, volvió á empuñar las armas. Envió Mazzarino en su ayuda al príncipe Tomás con un trozo de ejército. Mas no bien supo el de Caracena la determinación del Modenés, entró en sus estados con respetables fuerzas, tomó á Reggio y luego se puso sobre Berzello.

No hallaron el duque de Módena y el príncipe Tomás otra traza para libertar esta última plaza, sino el poner sitio por su parte á Pavía, plaza de extrema importancia en el Milanés. Lisonjeábanse ya de conquistarla, compensando con esta sola ventaja cualquiera pérdida que tuviesen, cuando apareció Caracena; y cortando los víveres á los enemigos y acosándolos de continuo, les obligó á levantar el asedio, disminuídos ellos, él sin pérdida notable. Luego para desquitarse de no haber tomado á Berzello, redujo á Correggio á nuestra obediencia. Con esto el marqués de Caracena aumentó su reputación sobremanera; y como la Corte pusiera mayor atención en Flandes que en ninguna otra parte, le envió allá, trayendo de allí en cambio para gobernar estas armas al conde de Fuensaldaña. No era el nuevo general, ni muy antiguo, ni muy experimentado en las armas, ni los sucesos le daban por muy afortunado tampoco; pero poseía cierta firmeza de carácter y habilidad, y estaba sobre todo en Madrid bien visto, cualidad bastante á la sazón para desempeñar cualquier cargo.

Fueron á decir verdad, no desafortunadas sus operaciones. En un encuentro empeñado rompió buena parte de las tropas de Módena; mas el Duque, con los nuevos refuerzos que le enviaron los franceses al mando del duque de Mercoeur, que vino á reemplazar al príncipe Tomás de Saboya, muerto en aquellos días, juntando hasta catorce mil hombres, fué con ellos sobre Valencia del Pó. Defendióse ochenta días la plaza; pero tuvo al fin que rendirse, porque Fuensaldaña no pudo socorrerla, aunque lo intentó por dos veces, y á pesar de haber obtenido notables ventajas á campo raso contra las tropas modenesas que acudían al cerco, no logró levantarle. Recibió Fuensaldaña algunos refuerzos del Emperador; mas la falta de dinero, y por consecuencia de pagas y bastimentos, impidió sacar provecho alguno. Sitió á Valencia del Pó y no pudo recobrarla, porque acudieron al socorro los enemigos; mas en cambio impidió á éstos, mandados por el Modenés y el príncipe de Conti, con varias y acertadas combinaciones, que se apoderasen de Niza de la Palla, sitiada todo un mes por ellos. Rindieron sin embargo á Mortara y los pequeños fuertes de Varas y de Novi, y Fuensaldaña no pudo apoderarse de Borzello que de nuevo tenía sitiada. Así hallaron por allí la paz nuestras armas. Fuensaldaña, á pesar de que no cesaba de suplicar al Rey que hiciese la paz á toda costa, dando sino el Milanés por perdido, supo mantener con su firmeza por aquellas partes, no sólo nuestro dominio, sino también el respeto de nuestras armas.

Mas donde verdaderamente lucharon con encarnizamiento durante el último período de la guerra españoles y franceses, fué en las provincias de Flandes y no poco en el interior de la misma Francia, al calor de las disensiones. Allí fueron varios y continuos los sucesos, no pocas las complicaciones; y para tratar de todo ello es preciso explicar y relatar algunas cosas, que, tanto en España, como en Francia, ocuparon por largo tiempo la atención de los Ministros y diplomáticos. Dejamos al príncipe de Condé en Flandes, y en unión con nuestros capitanes. Dióle la Corte de España, deseando utilizar sus talentos, título de Generalísimo y tales consideraciones como obtenía el mismo archiduque Leopoldo. Puesto al frente de un trozo de nuestro ejército con algunos regimientos levantados por él para servir á su patria, y que ahora seguían su bandera, recobró á Rethel y tomó á San Menehould dentro del territorio francés.

Desquitóse de estas pérdidas Luis XIV, recobrando la importante plaza de Bourg en Guyenne, mal defendida por D. José de Osorio que allí mandaba y reduciendo á su obediencia á Burdeos, puesto en armas por el príncipe de Conti, al calor de una armada que al mando del barón de Batteville y del marqués de Santa Cruz se dejó ver á la embocadura del Garona. Teníamos ocupados muchos puestos á la embocadura del río y sin duda no cediera la ciudad de Burdeos al enemigo si Lormont que la aseguraba, no hubiera sido vendida á Mazzarino por la guarnición irlandesa que allí tenía España. Con Burdeos tornaron á obedecer á su rey Livourne, Perigueux y otras plazas, no poco revueltas también por aquellos días, en las provincias occidentales de Francia. Al Oriente por la parte de Flandes, el príncipe de Condé, el conde de Fuensaldaña, y el duque de Lorena, salieron á campaña con hasta veinticinco mil hombres, recorrieron las riberas del Soma y sitiaron la plaza de Rocroy, de funesta memoria; guardaron esta vez los desfiladeros vecinos de forma que no pudiese venir el socorro, y por fin la rindieron. Poco faltó para que se malograse esta empresa por la discordia que sobrevino entre el Príncipe y el de Fuensaldaña. Acudió á componerlos, desde Bruselas, el mismo archiduque Leopoldo, y no tardó en disputarle el de Condé con el título de Generalísimo, que tenía ciertas preeminencias, por manera que tomó aún mayores proporciones la discordia. Medió el duque de Lorena y se terminaron las diferencias; pero á los pocos días fué preso el propio Duque y enviado á España.

Ocasionó esto grande y más peligrosa discordia; algunos regimientos loreneses se pasaron á los franceses; muchos soldados y capitanes sueltos hicieron lo mismo, y del resto de las tropas auxiliares del Duque se confiaba tan poco que apenas se sacó de ellas partido alguno. Sin embargo, continuaron al servicio de España gobernadas por Francisco, hermano del duque Carlos. Acusaban al Duque de mantener inteligencias con Francia, y de andar en tratos de paz con aquella potencia; mas esto no estuvo nunca bien justificado. Y cierto que la conducta del duque Carlos no era para engendrar tales sospechas; él había abandonado el partido de Francia por el partido de la casa de Austria; la había servido eficazmente por su persona y con sus súbditos contra todo género de enemigos, y había empleado en su provecho sus talentos militares, que eran grandes y la sangre de sus soldados; había perdido por ella su hacienda y estados. Ni el Imperio antes ni ahora España, tuvieran mejores aliados, y principalmente esta última, por la cual, aun viéndola en tanta decadencia, luchaba heroicamente en Flandes. Dícese que entibió su ardor en los últimos tiempos; mas para olvidar tantos servicios y castigarle tan duramente, era preciso que más que tibieza se advirtiera en él clara defección. Y aun así y todo sería de dudar si á un Príncipe soberano, aliado nuestro, y no vasallo ni feudatario, podíamos sin justicia castigarle porque se fuese de nuestro partido. Mas el hecho fué que Fuensaldaña, en quien descansaba entonces nuestra Corte todos los negocios de Flandes, recibió órdenes reservadas para ejecutar la prisión; que la hizo con gran sigilo, sin que el Archiduque pusiera de su parte más que la confirmación de tal medida, y que vino á España, donde, encerrado en el Alcázar de Toledo, estuvo maldiciendo nuestra ingratitud hasta la conclusión de la paz.

Entre tanto se perdió Stenay, una de las plazas rebeldes contra el Rey de Francia por el lado de Flandes. Para distraer á los franceses de aquel sitio se emprendió el de Arras, que nos fué muy funesto por la división de los capitanes y el desorden del ejército, de ella y la prisión del de Lorena ocasionado. Era el ejército de hasta doce mil infantes y diez mil caballos. Mandábanlo el archiduque Leopoldo y el príncipe de Condé, los cuales atacaron tan mal la plaza, que en cincuenta días no lograron aportillar los muros. Su línea de cinco leguas de circuito tardó tanto en cerrarse, que hubo tiempo de sobra para que las abasteciesen los franceses y reforzasen su guarnición. Luego los mariscales de Turena y de la Ferté, con diez y ocho mil hombres escasos, acudieron á levantar el cerco, situándose á media legua de la plaza. Propusieron unos capitanes ir á atacarlos, otros mantenerse en las líneas; y el ejército francés recibió, al mando del mariscal de Hocquincourt, un gran refuerzo. Todavía era posible sorprender á este último por tener separado su campo del de Turena con notoria imprudencia; mas no pudieron ponerse de acuerdo tampoco nuestros capitanes. Pasaron días, nuestro ejército se desatentó y se debilitó sobremanera, y al fin Turena, bien tomadas sus disposiciones, embistió por todas partes nuestros cuarteles. Fué forzado casi sin defensa el cuartel de los loreneses, y con muy poca el de españoles, que mandaba D. Fernando de Solís, y se comunicaron los enemigos con la plaza; entonces el Archiduque con algunos cabos y poca gente se retiró á Douay; el príncipe de Condé con el General de la caballería española y la mayor parte del ejército se vino en buen orden á Cambray, y Francisco de Lorena amaneció en Valenciennes fugitivo. Perdióse la artillería y bagajes. Consecuencia de este descalabro fué el que Turena recobrase en Francia á Quesnoy, la Chapelle y otras plazas, y rindiese, á pesar de su esforzada defensa, la importante plaza de Landrecy, sin que el príncipe de Condé pudiera recobrar lo perdido.

Acabó de disgustar también aquel revés al archiduque Leopoldo, harto disgustado ya con la falta de recursos y con la confianza que la Corte de Madrid hacía en Fuensaldaña, el cual gobernaba verdaderamente todas las cosas en mengua suya, y solicitó que se le dispensase del cargo. Eran entonces los principios del año de 1653, y nuestra Corte, viendo cuán poco adelantaba con la alianza de Condé y sus parciales, atribuyendo no sin razón mucha parte al poco concierto de los generales, oyó bien la solicitud del Archiduque y determinó enviarle sucesor apartando de allí á la par al conde de Fuensaldaña, ya mal visto de muchos. Habíase granjeado el archiduque Leopoldo el amor de los pueblos, que habían de sentir naturalmente su ausencia; necesitábase reemplazarle con persona de autoridad bastante para que no se le echase tanto de menos, y al propio tiempo era evidente que, sin autoridad y sin conocimiento de las armas, no podía haber gobernador que bien lo fuera donde estaba el príncipe Condé. Todo esto hizo recaer la elección en D. Juan de Austria, que estaba casi ocioso en Cataluña.

Fué con efecto D. Juan á desempeñar su cargo, no sin padecer antes en la mar muchos azares, y con él, para acompañarle en el mando, se destinó al marqués de Caracena D. Luis de Benavides, entrando en lugar de este á gobernar á Milán el conde de Fuensaldaña, como atrás hemos visto. Dieron los nuevos capitanes en Flandes excelente comienzo á su Gobierno. Sitiaban los mariscales de Turena y de Ferté la gran plaza de Valenciennes con un ejército de treinta mil hombre y mucha y buena artillería: defendíala D. Francisco de Meneses, su Gobernador, con extraordinario esfuerzo, de manera que los enemigos no adelantaban un punto. Pero sin embargo, D. Juan de Austria con Caracena y el príncipe de Condé, determinaron socorrerla, y lo ejecutaron felicísimamente. Estaban los Mariscales franceses acampados, el uno en una y el otro en otra de las orillas del Escalda, que baña la ciudad, á fin de estrecharla por todas partes. D. Juan y el de Condé rompieron las exclusas en Bouchain, é inundaron ambas riberas del río, de suerte que no era posible caminar por ellas. Al mismo tiempo se pusieron en marcha por terreno seco hacia el cuartel del mariscal de la Ferté: llegaron sonada la media noche y lo embistieron, de manera que en un momento lo arrollaron todo, poniendo á los franceses en completa derrota.

Tuvo el marqués de Caracena la gloria de ser el primero que plantase nuestro estandarte sobre las trincheras enemigas. No pudo Turena enviar á su compañero refuerzo alguno, porque no consentía el paso de los infantes y caballos la inundación de la ribera, y así todo el trozo de ejército de la Ferté fué destruído. Siete mil cadáveres quedaron en el campo de batalla, y cuatro mil prisioneros, entre los cuales se contaban el mismo la Ferté, y hasta sesenta y siete capitanes de menor cuenta; todo el bagaje, artillería y banderas vinieron á poder nuestro. Turena entonces tuvo que alzar el cerco y retirarse en buena ordenanza. Fué el fruto de esta victoria la toma de Condé, con lo cual se terminó la campaña de 1656. Para la siguiente tuvieron ya que luchar D. Juan de Austria y Condé con un nuevo enemigo. Este era Cromwel, protector de la República de Inglaterra.

Aquel príncipe de Gales, que estuvo para ser cuñado de Felipe IV, tan rencoroso con España siendo ya Rey, había muerto en un cadalso á manos de sus propios vasallos, con el nombre de Carlos I. El pueblo inglés, puesto en armas contra su Rey, después de vencerle y degollarle, depuso sus iras y se entregó á merced de aquel afortunado aventurero. Cromwel fué más tirano que nunca lo hubiese sido Carlos I, y el pueblo, como suele suceder, llevó ahora con paciencia cosas mayores que las que antes pusieron las armas en sus manos. Europa, ocupada en aquellas encarnizadas luchas entre católicos y protestantes, entre la casa de Austria y sus enemigos, no prestó grande atención en los principios á aquellas turbulencias; aun hubo naciones, como Francia, que contribuyeron á exacerbarlas para tener distraída á Inglaterra y otras, como España, que celebraban en secreto las amarguras del rey Carlos, recordando las ofensas que le debían. Ni aun llegado el trance de la muerte de aquel desdichado Príncipe, lloraron los demás Príncipes tanto como debieran el ejemplo fatal que se ofrecía á los pueblos, y la lección que acababa de escribirse en la historia, atentos sólo á lo presente. Ciegos con sus odios, y desvanecidos con sus empeños, antes se pararon á ver el partido que podían sacar de tal acontecimiento, que no las consecuencias que de él habían de deducir y recoger los tiempos futuros. Así unas primero, otras después, todas las Potencias fueron reconociendo á la República inglesa.

Señalóse España por haber sido en esto la primera. Verdaderamente en el punto en que estaban las cosas, luchando á solas contra Francia y Portugal, la alianza de los ingleses podía reputarse, no sólo por útil, sino aun por necesaria. Imaginó D. Luis de Haro aprovechar el despego con que en los días que siguieron á la muerte de Carlos I miraban todas las naciones á Cromwel para solicitar su alianza, y por lo mismo se apresuró á reconocerlo. No se descuidaron Portugal y Francia en entablar iguales negociaciones, y entonces el astuto Cromwel comenzó á prevalerse del deseo de tales Potencias para entretenerlas á un tiempo, hoy dando, mañana quitando esperanzas, ya inclinándose á una, ya á otra, con el objeto de sacar más ventajas de su alianza. Hubo, pues, en Londres, una larga lucha diplomática, en la cual el marqués de Leyden y D. Alonso de Cárdenas, Embajadores nuestros, ordinario el uno, el otro extraordinario, hicieron desesperados esfuerzos por traer al astuto protector al partido de España, y aun pudiera decirse que humillantes. Mas en tanto que se afanaban por lograr la amistad del protector, aconteció en Madrid un desagradable suceso.

Fué el caso, que habiendo enviado Cromwel á nuestra Corte con título de residente á Antonio Ascham, uno de los más decididos parlamentarios y parcial suyo, al día siguiente de su llegada fué asesinado en su propia casa por cierto inglés realista, de los acogidos á nuestro suelo, queriendo castigar en él la parte que había tomado con su voz y voto en el suplicio de Carlos I. Sintiólo mucho nuestra Corte, y titubeó algún tiempo entre la aprobación que el hecho de aquel realista le merecía y la amistad de Cromwel, deseando hallar medio de conciliar ambos afectos: para ello se dió tiempo al agresor á que se acogiera en sagrado, y luego se dieron órdenes rigurosas á un alcalde de Corte de que lo redujese á prisiones. No entendió el alcalde las ocultas miras de la Corte, y lleno de indiscreto celo puso tales asechanzas al inglés y se valió de tales amaños, que logró sacarlo del sagrado, poniéndolo á disposición de los Tribunales. Entonces estos no pudieron menos de condenarle á muerte; y la Corte, aunque llena de dolor, no tuvo aliento para renunciar á la amistad de Cromwel, y dejó ejecutar la sentencia castigando indirectamente al alcalde. Pero Cromwel, lejos de contentarse con tan dolorosa satisfacción, no dejó de hacer cargos á nuestra Corte sobre la muerte de Ascham, y no tardó en urdir contra nosotros una trama miserable.

Era costumbre en Londres, que á la entrada de cada nuevo Embajador asistiesen los coches y séquito de los demás Embajadores para honrarle; y en tales casos se seguía en la colocación de los diversos carruajes el orden de dignidad y grandeza que alcanzaban las naciones; de modo que hasta entonces los de España habían ido siempre delante de los de Francia. Llegó á Londres un Embajador de Suecia: salieron como siempre á recibirle los carruajes de los demás, y caminando el del Embajador de España como de costumbre, se le interpuso el carruaje del francés y pasó adelante. Al punto los españoles de la servidumbre del Embajador pusieron mano á las espadas y obligaron á los franceses á volver á su puesto. Pero Cromwel, de acuerdo ya con ellos, tenía apostados por aquellas inmediaciones un trozo de soldados, los cuales acudieron al rumor de la pendencia, y so pretexto de poner en paz á españoles y franceses, dejaron á éstos que pasasen delante. El asunto, aunque parecía trivial y pequeño, no era sino de grande importancia en aquellos tiempos de etiqueta diplomática, y el marqués de Leyden, hombre de gran valor y carácter, que como General de la mar había ya defendido una vez á Dunquerque de los franceses, se quejó duramente á Cromwel; mas no obtuvo satisfacción alguna, y poco después, desesperando de lograr nada, se volvió á Flandes.

No tardó en seguirle D. Alfonso de Cárdenas; porque Cromwel, quitándose al fin la máscara, ajustó un tratado con Mazzarino, por el cual se comprometió á declarar la guerra á España, embistiéndola con todas sus fuerzas marítimas, y á dar seis mil hombres al Rey de Francia para sitiar de nuevo á Dunquerque, plaza que tomada, debería quedar á disposición de Inglaterra. No faltó allá durante las negociaciones quien representase á Cromwel como más favorable á la nación la alianza de España que no la francesa, á fin de mantener el equilibrio entre las dos Potencias; pero el protector, con funesta sagacidad, se empeñó en ponerse en contra nuestra. Decía con razón que Francia no tenía colonias, ni navegación, ni comercio que pudiera ser presa de la armada inglesa como tenía España; que la guerra contra Francia podía ser muy gloriosa á Inglaterra, pero que no la proporcionaría provecho alguno, y que la rica y abandonada herencia de España, con poca dificultad y coste, si bien con menos gloria, estaba convidando al saqueo. No bien fué conocido el Tratado, mandó Felipe IV que todas las mercadurías y buques ingleses que hubiese en sus reinos, fuesen confiscados; pérdida inmensa para aquella nación, y medida, si no justa porque no podía serlo tal despojo, osada al menos y proporcionada al género de hostilidades y daños que de Cromwel podían temerse. Este ordenó equipar al punto armadas que atacasen á nuestras colonias y persiguiesen á nuestros buques en todos los mares; pero en Flandes fué donde se sintieron los mayores golpes.

Vinieron en los principios de 1657 á reforzar el ejército del mariscal de Turena seis mil ingleses escogidos de los veteranos de la revolución, al mando del coronel general Renols, caudillo muy nombrado en la guerra civil. Ya D. Juan de Austria y el príncipe de Condé habían recobrado á San Guillain, y forzado al enemigo á alzar el sitio de Cambray. Juzgóse que la primera empresa de los enemigos aliados sería el sitio de Dunquerque, y por lo mismo se metió Condé dentro de la plaza con numerosa guarnición y escogida. Tal era en verdad el intento de Turena; pero no osó, al saber las prevenciones, llevarlo á cabo, y fué á ponerse sobre Bourbourg, plaza pequeña y mal defendida que rindió en horas. De allí fué á San Venant y la tomó, y luego precisó á los nuestros á levantar el campo de delante de Ardres; por último, sitió á Mardik, fortalecida y guardada por los españoles, tomóla en ocho días, y la puso en manos de los ingleses mientras que cumplía el Tratado rindiendo á Dunquerque.

Ni tardó en conseguir esto con la ayuda poderosa de Inglaterra. Mediado el año de 1658, una armada inglesa de veinte navíos de guerra cercó la boca del puerto de Dunquerque, y seis mil ingleses más, también escogidos y veteranos, al mando de milord Lokart, vinieron de Inglaterra á reforzar el ejército de Turena. Repartiéronse luego los cuarteles, y pronto estuvo aquella ciudad estrechamente sitiada por mar y tierra, viniendo al campo el mismo Luis XIV para alentar á sus soldados. En tanto halló medio el de Leyden, antes Embajador en Inglaterra, para atravesar las líneas enemigas con alguna gente y socorros, y atendió con mucho acierto y valor á defender la plaza. Los sitiadores metidos entre ella y Furnes y Bergues y Niwport, que estaban en nuestro poder, no podían recibir los bastimentos sino por la parte del mar; de modo que su posición era peligrosa. D. Juan de Austria y Condé, con hasta quince mil hombres, vinieron á agravarla, presentándose por el camino de Furnes hacia las Dunas, distantes como tres cuartos de legua del campo; venían con ellos el marqués de Caracena, el mariscal de Hocquincourt, del partido de los Príncipes y el duque de York, hijo del desventurado Carlos I, hermano del pretendiente Carlos II, y luego infeliz Rey de Inglaterra, que estando al servicio de Francia se había pasado al de España por causa de la liga ajustada entre aquella Potencia y Cromwel, obteniendo de nuestra Corte el título de Capitán general de la armada del Océano. Tal ejército y con tales capitanes, dejaba esperar que al enemigo se le frustraría el intento de apoderarse de la plaza; mas no sucedió así por desgracia. No creyeron ni D. Juan ni Condé que el ejército anglo-francés viniese á ofrecerles batalla; porque encerrado como estaba entre ciudades nuestras, una rota le habría traído á perdición completa. Por otra parte, no tenían ellos todas sus fuerzas; faltaba la artillería que habían dejado muy atrás por acudir más pronto, y no poca parte de la infantería: por manera que á la sazón eran muy superiores los anglo-franceses. Así, pues, no imaginando que los otros viniesen á atacarlos, ni queriendo ejecutarlo ellos hasta tener dispuestas todas sus cosas, estuvieron nuestros Generales dos ó tres días sin emprender cosa de importancia, ocupados sólo en hacer reconocimientos y facciones.

Uno de tales reconocimientos le costó la vida al mariscal d'Hocquincourt. Mas Turena, que sabía que don Juan y Condé aguardaban refuerzos, que no tenían artillería, y que eran entonces muy inferiores en número, aprovechó hábilmente los momentos, y al amanecer de un día, cuando nadie lo esperaba en nuestro campo, vino sobre él en orden de batalla. Formóse apresuradamente nuestro ejército, apoyando su derecha en aquellas mismas Dunas, tan fatales ya otra vez para nuestras banderas, extendiendo el centro y ala izquierda por las arenosas llanuras, testigos medio siglo antes de la rota gloriosa de nuestras armas. Mandaba la derecha, D. Juan de Austria con los españoles; la izquierda, el príncipe de Condé con sus regimientos propios y otras tropas extranjeras, y éstas componían también el centro.

El marqués de Castelnau con los franceses, y milord Lokart, con la vieja infantería inglesa, embistieron las Dunas, que eran, como hoy se dice, la llave de la posición de los nuestros: defendiéronla los españoles con valor; pero fué inútil, porque en la playa que se extendía entre las Dunas y el mar no se había puesto alguna guarda, á causa de estar muy alta la marea cuando se formó el ejército en batalla, y ahora bajando la marea dejó abierto allí bastante espacio para que pasase un Cuerpo de caballería francesa, el cual, cogiendo por la espalda á los españoles, los puso en derrota. Deshechos éstos, lo demás del ejército no pensó ya más que en huir, dejando tres mil hombres muertos en el campo, más en la fuga que en la batalla, y muchos prisioneros. Debieron el triunfo los enemigos á la infantería inglesa, si es que puede decirse que alguno ganara allí la gloria; la verdad es que con la imprevisión de D. Juan de Austria en no guardar la playa ó caleta entre el mar y las Dunas no había lucha posible, era inevitable la derrota de nuestro campo. Vergonzosa derrota esta segunda de las Dunas, y harto diferente de la primera donde el honor quedó por los vencidos.

De resultas de ellas tuvo que capitular Dunquerque, mas no antes de que muriese de sus heridas el valeroso marqués de Leyden; pasó á manos de los ingleses, según lo pactado, y Link, Dixmunda, Gravelinas, Furnes, Oudenarde, Ypré y otras plazas importantes abrieron luego sus puertas, sin hacer las más resistencia al enemigo. Estos fueron los últimos sucesos de aquella guerra en Flandes. D. Juan de Austria, aunque tan culpado en aquella derrota, fué llamado á España para mandar el ejército de Portugal, y en su lugar vino al Gobierno de Flandes el archiduque Sigismundo, con gente de refuerzo que enviaba el Emperador; mas no hubo ocasión de probar al nuevo capitán, terminada ya la guerra.

Una armada inglesa en tanto, compuesta de diez y siete bajeles de guerra y muchos de transporte, con buenas tropas, al mando del almirante Pen y del general Venables, se presentó delante de la isla de Santo Domingo. Hecho el desembarco, la gente inglesa se dirigió á la capital; mas en el camino fué detenida por los españoles que á toda prisa acudieron á la defensa; y cincuenta mosqueteros, apostados en un bosque, hicieron de modo que la pusieron en desorden, obligándola á retirarse á sus bajeles, con pérdida de seiscientos muertos, trescientos heridos y doscientos prisioneros. Pen y Venables, avergonzados y temerosos de volver á la presencia de Cromwel con el cuento de tan impensada desdicha, determinaron intentar nueva empresa, que fué harto más feliz para ellos. Llegaron delante de la Jamaica, que estaba completamente desguarnecida y sin armas, desembarcaron pacíficamente, y tomaron posesión de la isla. Amagaron luego los ingleses á Cuba y Tierra-firme, sin fruto alguno. Pero el almirante Blake, con una armada poderosa, vino á esperar delante de nuestras costas los galeones del Perú, ricamente cargados como siempre, mediado el otoño de 1656; y uno de sus segundos, Stayner, con siete bajeles que mandaba, hallándolos en número de cuatro con otras tres naves, á vista de la playa de Sanlúcar, que ya saludaban gozosos después de tan largo y peligroso viaje, embistió furiosamente con ellos, logrando tomar, después de una esforzada defensa, el que mandaba don Luis de Hoyos, perdiéndose además dos de las naves en el combate.

Habíase formado en Cádiz apresuradamente una armada á cargo de D. Pablo de Contreras para salir á buscar los galeones; pero se le dieron tales órdenes de excusar la batalla, que por no desobedecerlas no pudo evitar la pérdida. Fuera mejor para esto no disponer tal armada. Al año siguiente, en la bahía de Santa Cruz de Tenerife, acometieron Blake y Stayner otra vez á los galeones, y defendiéndose heroicamente sus tripulaciones, diéronlos al fuego antes que rendirlos, perdiéndose las riquezas y muchos hombres. No pudimos vengar estos daños de los ingleses, y la muerte de Cromwell terminó dichosamente tales hostilidades casi al propio tiempo que, abiertas de buena fe entre España y Francia las negociaciones para la paz, se ajustó ésta con el nombre de Paz de los Pirineos, acabándose aquella lucha tremenda y decisiva que había durado veinticinco años.

Ya la Francia la deseaba, si no tanto como España, bastante al menos para que corriendo el año de 1656 entablase en Madrid tratos que no llegaron á buen término por ciertas condiciones que parecieron inadmisibles. La principal era el matrimonio de la infanta María Teresa, hija mayor de Felipe y heredera de la Corona, con el joven rey Luis XIV, con lo cual se habrían juntado en una las Coronas de Francia y España. No quiso Felipe IV dar oídos á semejante pretensión; antes pretendía casarla con el archiduque Leopoldo de Hungría, que fué luego Emperador, imaginando acaso reunir de nuevo el Imperio con España. Verdaderamente el primer matrimonio era inadmisible. España no podía ni quería unirse con Francia, que mucho más poblada y más próspera no habría tardado en dominarla y convertirla en una de sus provincias; ni había apariencias de que la Europa, que á tan duras penas consintió luego en que un Príncipe francés viniese á ceñir esta Corona, tolerase unión semejante á ningún precio. Pero el intento de reconstituir la colosal herencia de Carlos V, juntando otra vez la Corona imperial con la católica, no era menos aventurado, y señalaba bien á las claras cuánto el espíritu de familia mantenido y avivado por el matrimonio de Mariana de Austria imperaba en Felipe. Ello fué que el no haber obtenido Luis XIV la Infanta por esposa prolongó dos años la guerra. Pero habiendo dado á luz la reina Doña Mariana á fines de 1658 un hijo, el cual tuvo por nombre D. Felipe y murió más tarde sin llegar á heredar la Corona y desvanecidos por lo pronto los temores de unión de las dos Coronas, volvieron á entablarse los tratos.

Acogiólos Francia con favor, porque su tesoro estaba de todo punto exhausto, y muerto Cromwell no podía contar con la alianza de Inglaterra, al paso que Holanda, los Príncipes alemanes y los potentados del Imperio comenzaban á mirar su grandeza con la misma envidia y recelo con que habían mirado la de España. Temió agotar sus fuerzas y exponerse á perder todo lo ganado, y se apresuró á ceder algo discretamente. Así se hubiera hecho en España cuando era tiempo de hacerlo. Ahora si Francia necesitaba de la paz, júzguese cuánto la necesitaríamos nosotros: estábamos ya sin aliento, sin vida; no quedaba sangre en nuestras venas, ni oro en nuestras arcas, semejante la nave del Estado á aquéllas desarboladas y sin timón, que sin poder moverse para esta ó la otra parte, ni mantenerse fijas en un punto, son en el Océano miserable juguete de los vientos y ludibrio de las olas. Tres meses duraron las negociaciones para la paz entre D. Luis de Haro, Marqués ya del Carpio por muerte de su padre, y conde-duque de Olivares por herencia del tío, y el cardenal Julio Mazzarino, que á tan justo título podía jactarse de haber dado cima á la obra de Richelieu. Fué el lugar de ellas una casilla de madera construída de por mitad en una isla del Bidasoa, llamada de los Faisanes, media legua de Irún, en la raya de España y Francia, y que se supuso que pertenecía á ambas Coronas. Concertáronse las negociaciones en ciento veinticuatro artículos que forman aquella paz famosa de los Pirineos, tan importante en la historia de España. Por ella cedimos á Francia, en el condado de Artoys, las ciudades de Arras, Hesdin, Bapaume, Bethune, Liliers, Lens, el condado de Saint Pol, Terouane, Pas y, en fin, toda la provincia menos Saint Omer y Ayre con sus dependencias: en Flandes á Gravelingas, con los fuertes de la Esclusa, de Felipe y de Tuttin, á Bourboug y Saint Venant; en el Haynaut á Landrecy y Quesnoy; en el Luxemburgo á Thionville, Montmedi, Dambilliers, Ivoy, Chavancy y Merville, y además Avennes, Filipeville y Mariembourg. Por la parte de España cedimos también los condados de Rosellón y Conflent ó Conflans, señalando por límites entre las dos naciones la cima de los montes Pirineos; de modo que todo lo del lado de acá quedase á España, y todo lo del lado de allá á Francia. Obligámonos á restituir á Rocroy, Chatelet y Limchamp, plazas conquistadas en Francia durante el último período de la guerra. Con estas pérdidas hay que juntar la de Dunquerque, que tenía cedida Luis XIV á los ingleses. Francia nos devolvió á cambio de estas cesiones el condado de Charolois y las plazas de Borgoña, en Flandes Oudenarde, Dixmunde, Fournes, Nerville sur la Lys, Menin, Commine, la Bassé, Bergues, Saint-Vinos y otros fuertes y lugares sin importancia; en Italia á Mortara y Valencia del Pó; en Cataluña á Rosas, Cadaqués, Urgel, la Bastida, Ripoll y el condado de Cerdania.

No es fácil suponer ahora qué mayores ventajas pudieran obtenerse del Tratado; quizá Francia persistiría en conservar las conquistas con que más podía perjudicarnos, negándose á devolver las plazas y territorios que más nos conviniesen. Pero hay harta ocasión á recelar que faltó acierto en las negociaciones. Jamás pudiendo debimos abandonar el Rosellón, y á cambio bien pudiera darse doble territorio en Flandes, con que la Francia ganara más y nosotros perderíamos menos. El interés de Francia, si la inclinaba á poner en el Pirineo su frontera meridional, tanto ó más pudiera inclinarla á extenderse hacia el Rhin, que es su natural frontera por la parte de Oriente y la más necesitada de defensa; porque si detrás del Pirineo está España, detrás del Rhin está todo el continente. Parece, pues, que si D. Luis de Haro hubiera sabido traer á su pensamiento tales ideas, con más ó menos costa se hubiera alcanzado algún concierto menos desfavorable. Ni fué el de ceder el Rosellón el único yerro que se cometió en el Tratado: de las mismas plazas de Flandes se cedieron también muchas de las más importantes, y se recuperaron otras que no lo eran tanto y que desde luego podían darse por perdidas. Acaso Mazzarino, hablando como vencedor al de Haro, le forzó á aceptar aquella repartición absurda de plazas que nos daba las del Franco Condado, aisladas é indefendibles de todo punto en la guerra, al propio tiempo que nos quitaba tantas otras enclavadas en nuestras provincias é indispensables para su mantenimiento.

Lo mismo este yerro que el anterior engendran naturalmente la sospecha de que tanto como la mala fortuna de la guerra, nos perjudicó en el Tratado la ineptitud de D. Luis de Haro. Tras de no tener este Ministro suficiente talento para comprender los grandes y verdaderos intereses políticos de España, era muy ignorante y de todo punto desconocía los territorios y localidades. Así todo se le volvía, según cuentan, dar largas á las negociaciones, poner estorbos, negar las cosas más sencillas y desconfiar de Mazzarino. Éste, por el contrario, con alta idea de las cosas de Estado y especial de los intereses y conveniencias presentes y futuras de Francia, poseía además perfecto y minucioso conocimiento de las plazas y territorios y de su importancia militar y política. Sagaz y diestro á maravilla, sabía afectar indiferencia por las cosas que más deseaba, y empeñarse en pequeñeces que el nuevo conde-duque de Olivares le disputaba tenacísimamente; cedía luego, y á la sombra de la aparente derrota, ganaba verdaderos y ricos triunfos. Tal retrato hacen las historias de la época de los dos negociadores, y cierto que confirma completamente nuestras sospechas: quizá perdió España, como arriba decimos, tanto como por las armas en las negociaciones del Tratado.

No salieron tampoco muy bien librados nuestros aliados el duque de Lorena y el príncipe de Condé. El primero, preso ya en España por desconfianza de su persona, y, por tanto, flojamente apoyado de nuestra Corte, tuvo que demoler sus fortalezas y ceder buena parte de sus Estados al Rey de Francia, quedando sujeto á más duro feudo que nunca: en cambio recobró la libertad. El de Condé, aunque hidalgamente defendido por D. Luis de Haro que quiso hasta hacerlo Príncipe soberano, dándole algunas plazas en los Países Bajos, fué combatido de tal manera por Mazzarino, su particular enemigo y émulo, que al fin tuvo que consentir en humillarse al Rey y al Cardenal, pidiendo perdón de sus últimos hechos. Y aun porque no perdiese sus dignidades y bienes hubimos de dar la plaza de Avennes y sacar la guarnición española de Julliers con otros partidos.

Más felices fueron naturalmente los aliados de Francia. Al duque de Saboya tuvimos que restituirle á Vercelli y el lugar de Cencho; el príncipe de Mónaco, Grimaldi, quedó libre del presidio español que oprimía sus Estados desde el tiempo de Carlos V, y obtuvo que se le devolviesen todos los bienes que en Nápoles y el Milanés se le habían confiscado; el duque de Módena obtuvo que saliese de Correggio la guarnición que allí solía haber de españoles. Sólo Portugal quedó en abandono de todos los aliados de Francia, y eso en los protocolos, que en la realidad fué luego otra cosa. Hizo Felipe IV este abandono, condición indispensable de la paz, no sin razón por cierto. En vano el francés propuso los más ventajosos partidos, llegando hasta á comprometerse á devolver á España todas las conquistas hechas en la guerra, con tal que el reino de Portugal fuese reconocido como independiente. Felipe y D. Luis de Haro fueron inflexibles en este punto, y Mazzarino tuvo que abandonar Portugal á su suerte en el Tratado, declarando que lo hacía por no perpetuar la guerra, pues era inevitable, de insistir en tal condición, el rompimiento de las negociaciones. Sólo pudo recabar Luis XIV una amnistía completa para todos los que hubiesen intervenido en los sucesos de Portugal, semejante á la que acababa de concederse á los catalanes, con tal que viniesen voluntariamente á la obediencia. Lástima que tal empeño en recuperar á Portugal no se hubiese puesto antes, y que luego no se hubiese llevado á cabo con más acierto y fortuna. Por último, se pactó en el Tratado el matrimonio de Luis XIV con la infanta Doña María Teresa, que era como la base y el sello de todo; ajustándose al propio tiempo un convenio particular para las bodas, en el cual la Infanta renunció completamente por sí y sus descendientes á la sucesión de la Corona de España: renuncia que no tuvo efecto en adelante, y convenio que sirvió para encender luego en España aquella larga y funesta guerra, que trajo á un nieto de Luis XIV al Trono español.

Firmada y ratificada la paz de los Pirineos, y hechos los truecos de plazas y satisfechas las más de las condiciones, se pensó en llevar adelante el matrimonio. Vino el duque de Grammont á Madrid á pedir á la Princesa; partió luego nuestro Rey con ella á la frontera francesa; hiciéronse los desposorios en San Sebastián, representando el marqués del Carpio y conde-duque de Olivares la persona de Luis XIV; entregóse la Princesa á su marido en la raya de Francia, y allí mismo conferenciaron privadamente Felipe y Ana de Austria. Solemne conferencia aquella de los dos hermanos separados por tantos años, y, por tantos aún, irreconciliables enemigos. Uno y otro tenían que referirse largos disgustos, causados los más por el vicio de la galantería, que fué en Ana de Austria como en Felipe muy poderoso. Amada por Richelieu, por Mazzarino y por muchos de los principales señores de la Corte de Francia, despreciando á unos, correspondiendo á otros, y engendrando con ésto y aquéllo despechos y envidias, puede decirse que en todas las turbulencias que afligieron á Francia durante su Regencia, tuvieron muy principal parte tales aventuras. Pero Ana tuvo bastante discreción para no entregar por afición el Poder sino á un hombre de alta capacidad como Mazzarino, y Felipe lo entregó á confidentes y terceros indignos de regir tan gran Nación como España. Así ésta perdió tanto con Felipe; y Francia ganó tanto con Ana de Austria. Harto diferente en costumbres de su padre y tía fué la infanta Doña María Teresa, que dió España á Luis XIV en garantía de la paz. Cuéntase que este Príncipe licencioso dijo al saber su temprana muerte: «es el primer pesar que me ha dado». Separáronse las dos Cortes del Bidasoa, dejando consumado un matrimonio que tan inmenso influjo había de tener en la suerte de España. Á D. Luis de Haro, por la parte principal que había tenido en todos aquellos sucesos, se le dió el título de la Paz, antes y después llevado por otros.

Mas entre tanto que se continuaba y traía á término la guerra con Francia, no estaba en abandono la de Portugal. Habíase puesto al fin, después de diez y ocho años de inercia, la merecida atención en las cosas de allá; pero fué tan tarde, que parecía todo inútil. Lo que había que hacer ya no era una guerra de recuperación, sino de conquista; porque al cabo de diez y ocho años el partido de España se había desvanecido del todo, los Grandes se habían acostumbrado á obedecer á la nueva dinastía, el pueblo la amaba ya y la miraba como suya, todas las fuerzas del Reino estaban reunidas en derredor del Trono y tenía este ya ejércitos de soldados viejos, armada y alianzas muy fructuosas con Holanda, Inglaterra y Francia. Estaban, pues, totalmente mudadas las cosas: y aun cuando el honor exigiese continuar la guerra y hacerla formalmente, bien podía recelarse la inutilidad del empeño.

Si nosotros hubiésemos gobernado bien aquellos pueblos; si hubieran estado unidos con nosotros por vínculos de amor ó de costumbres, como á pesar de todo lo estaban los de Cataluña; si aquéllos como éstos hubieran caído bajo una mano extranjera ó tiránica que los oprimiese más con menos derecho, habrían podido fundarse razonables esperanzas en el tiempo, esperando que la rebelión se confundiese á sí misma. Pero Portugal no dejó de considerarse apenas como extranjero: había sido, si no tan mal gobernado como el resto de la Monarquía, bastante al menos para el vulgo, ignorante de los altos intereses que conciliaba la unión, y los nobles, apasionados en sus agravios, pudieron desear ardientemente el restablecimiento de las antiguas cosas: había sido, finalmente, gobernado por el de Braganza, con dulzura y prudencia, ya que no con grande acierto. La misma guerra que habíamos hecho en la frontera, toda de saqueos, de robos y de exterminio, había acrecentado sobremanera el odio de aquella nación á la nuestra, inclinándola más y más al partido de la independencia.

Corría el año de 1658 cuando se imaginó hacer contra Portugal grandes esfuerzos, y ya á esta sazón el duque de Braganza, Juan IV, y su hijo Teodosio, eran muertos, sucediendo en el Trono D. Alonso, mozo de estragadísimas costumbres y flaco juicio. Quiso Dios que ni aún esta incapacidad del nuevo Rey viniese en provecho de España; y eso por causa de una española, que fué aquella funesta Doña Luisa de Guzmán, mujer del duque Juan de Braganza y madre de D. Alonso. Era aquella mujer entonces quien con más bríos llevaba el nombre glorioso de Guzmán: ella impulsó á su marido á levantarse en el Trono, y ahora sostuvo en él su hijo cuando parecía que iba á desplomarse. Así fué que aun el calor que tomó ahora la guerra, no partió tanto de España como de la altivez y atrevimiento con que osó aquella dama amenazar nuestro territorio. Juntando un ejército de hasta catorce mil infantes y tres mil caballos, con veinte cañones y dos morteros, al mando de Juan Méndez de Vasconcellos, uno de sus mayores privados y generales, emprendió el sitio de Badajoz. Pareció increíble en Madrid el propósito, y se dudó por muchos días, hasta que llegaron las nuevas de que las trincheras estaban abiertas y estrechado el cerco. Metióse dentro de la plaza á abastecerla don Francisco Tuttavilla, duque de San Germán, Capitán general de la frontera, con el Maestre de campo general D. Diego Caballero de Illescas; eran el General de la caballería D. Pedro Téllez Girón, ahora duque de Osuna, hijo del que llamaron el Grande, y el General de la artillería D. Gaspar de la Cueva, hermano del duque de Alburquerque. Comenzaron los portugueses por embestir el fuerte de San Cristóbal á cierta distancia de la ciudad, de donde fueron rechazados por el marqués de Lanzarote, D. Diego Paniagua y Zúñiga, que allí mandaba. El de San Germán, logrando meter en la plaza hasta cinco mil buenos infantes, se salió fuera á proporcionar el socorro, dejando por Gobernador al Maestre de campo Móxica. Acometieron furiosamente los portugueses; pero los de dentro rechazaron todos los ataques y les obligaron á convertir el sitio en bloqueo. Y en tanto en Madrid, cerciorada del caso nuestra Corte, avergonzada del atrevimiento de los portugueses, y viendo que si Badajoz caía en sus manos, podían penetrar sin estorbo hasta el corazón de Castilla, se determinó acudir pronta y poderosamente al reparo. Hubo un Consejo, en el cual no faltaron personas que opinasen porque el Rey saliese á campaña, entrando en Portugal con el ejército; opúsose á ello el marqués del Carpio, D. Luis de Haro, y más aún la propia indolencia del Rey; de suerte que se desechó aquello que, ahora como antes, era lo más acertado.

Era D. Luis de Haro, aunque no mal intencionado, como sabemos, celosísimo de su autoridad y receloso; recordaba que la salida del Rey al ejército de Cataluña, fué de las mayores causas que hubo para que su tío el Conde-Duque perdiera la privanza, y más que él tenía ya contra sí á la reina Doña Mariana, como aquel tuvo contra sí á la reina Doña Isabel. Tales motivos le hicieron opinar porque el Rey no fuese al ejército; y prevaleciendo su parecer, se ofreció él mismo á acudir á la empresa, aunque nunca hubiese andado en ejércitos ni entendiese de gobernarlos. Consintió el Rey en el propósito del Méndez de Haro, y éste comenzó á toda prisa á juntar fuerzas; y como no reparaba en los medios ni en la calidad de la gente, sacándola por fuerza de los cortijos de Castilla, sin darla ninguna orden ni enseñanza, pronto tuvo bajo sus órdenes hasta ocho mil infantes y cuatro mil caballos, con los cuales se juntaron luego dos mil caballos que sacó de la plaza el duque de San Germán para atender al socorro. Marchó este ejército la vuelta de Badajoz; mas se encontró al llegar con que el enemigo, no osando esperar, había alzado el cerco, hallándose tan disminuído que apenas contaba ya con once mil combatientes. Entonces el del Carpio y Olivares, achacando á propia gloria lo que era efecto de la buena defensa de la plaza y de los padecimientos de los sitiadores, cobró alientos para pasar la frontera y poner sitio á la plaza de Elvas.

Defendióla vigorosamente su gobernador Sancho Manuel durante mes y medio, y dió tiempo á que con mucho trabajo juntasen los portugueses nuevo ejército al mando del conde de Castañeda. Estaban las líneas de Elvas regularmente fortificadas en cuatro cuarteles y sostenidas por algunos reductos. Llegó á ellas el de Castañeda igual en infantería, menor en caballería; pues sólo contaba con dos mil y quinientos jinetes, y las embistió al alba de cierto día cuando los nuestros no esperaban que osase allí acometerlo, y disputaban sobre si convenía ó no salir á esperarlo. Estaba todo tan mal dispuesto, que mientras el grueso de la infantería campaba al costado izquierdo, al costado derecho por donde se dejó ver el enemigo no había más que veinte hombres en un gran fuerte y hasta ciento cincuenta más á tiro de mosquete; en cambio, ostentábanse numerosos los escuadrones de caballería. Al descubrir á los portugueses sobre las trincheras fué cuando se envió por infantería; pero aún ésta no se había puesto en movimiento, cuando ya los portugueses, arrollando fácilmente á los veinte hombres del fuerte, habían tomado posesión de él y de todas las trincheras de aquella parte. En vano el duque de San Germán, á quien tocaba el puesto, quiso defenderlo; no teniendo con quien, sólo logró que al primer encuentro lo hiriesen de un mosquetazo en la cabeza con que lo derribaron. Acudió también el de Osuna con la caballería; pero ésta era inútil para echar á los portugueses de nuestros mismos reductos y líneas donde estaban situados. Entonces todo fué confusión en nuestro campo; D. Luis Méndez de Haro, no bien oyó el estruendo de la artillería, con proceder indigno de su noble raza, tomó la fuga abandonándolo todo hasta los papeles del Ministerio; y aunque el duque de Osuna, la Cueva, Móxica y los demás capitanes rechazaron en el costado derecho á los portugueses y prolongaron por siete horas la pelea, no pudieron ya mantener firmes sus escuadrones desconcertados, sin plan ni aliento, y tuvieron que retirarse al fin con apariencias de fuga (1659), dejando en el campo la artillería, bagajes y banderas, cuatro mil muertos y hasta dos mil prisioneros. Debióse al valor del Maestre de campo D. Rodrigo Móxica que se pudiera salvar alguna gente en escuadrón formado. El y Osuna y otros cumplieron largamente con sus obligaciones.

Debió una rota de tal naturaleza hacer morir de vergüenza al Ministro y de cólera al Rey; mas ni uno ni otro hicieron demostración de cólera ó de vergüenza. El privado no cayó de la gracia del Rey; y tanto fué así, que inmediatamente le nombró para hacer aquellas paces de los Pirineos, donde anduvo, como dejamos dicho, no más acertado que en lo de Elvas. Menos desgraciada que por la parte de Extremadura fué por la parte de Galicia la campaña de 1659, y aun pudiera decirse que gloriosa. El marqués de Viana mandaba por aquella parte un pequeño ejército, que no llegaría á cinco mil hombres, teniendo por Maestre de campo general á D. Baltasar Pantoja y otros capitanes de cuenta á sus órdenes. Con estas fuerzas pasó el Miño, no lejos de Valencia, y plantó del lado allá sus cuarteles. Y habiéndole embestido el conde de Castel Melhor con fuerzas portuguesas, que serían á poco más ó menos como las suyas, peleó dos veces esforzadamente, principalmente la última, en que los contrarios fueron rotos y obligados á refugiarse en las montañas de Coura. Diéronnos estas ventajas el castillo de Lampella, situado en la misma ribera del Miño, que en pocos días capituló; luego la importante plaza de Monzao, defendida valerosamente por los portugueses durante cuatro meses de asedio, y, por último, Salvatierra y el fuerte de Portello, tomado por sorpresa. Hizo el de Viana estas conquistas contra la opinión de la Corte, que, asustada con el suceso de Elvas, le ordenaba la retirada. Pero no bien se supieron en Madrid, para darlas más importancias y hacer olvidar lo de Elvas, se restableció el antiguo Consejo de Portugal, suprimido ya por inútil, así como si de nuevo tuviese que gobernar aquel reino. ¡Ridícula jactancia! En tanto no se abrieron otras campañas, esperando á que llegase á España D. Juan de Austria, llamado de Flandes después de la derrota de las Dunas, y tomando el mando de un poderoso ejército nuevamente reunido, rematase de verdad la conquista. Vana esperanza la que se edificaba sobre tal caudillo, que tan pocas muestras había dado de ser el gran capitán que necesitaba la empresa; pero como había asistido á la recuperación de Nápoles y Cerdeña, se juzgó que en Portugal había de acompañarle la misma suerte. Y como anduviesen ya muy adelantadas las negociaciones de paz, se aguardó á terminarlas para disponer de todas las fuerzas.

Al fin en 1661 se resolvió hacer el esfuerzo final y supremo. Faltaba, como siempre dinero, y como tantas veces, se determinó buscarlo alterando el valor de la moneda, no escarmentados los Ministros con tantos desengaños. La alteración que ahora se imaginó fué la más extraña del mundo; porque consistía en repartir en cuatro cada pieza de cobre de dos maravedís, y darle valor de ocho á cada trozo, echándole la cuarta parte de plata. Hízose la mezcla, perdióse en ella cantidad de plata, falsificóse al punto mucha de aquella moneda, echándola en lugar de plata estaño, hubo la ordinaria confusión y carestía, perdióse mucho y no se ganó nada; de suerte que se prepararon las cosas de la guerra con la mayor escasez y penuria. Al mismo tiempo la mala suerte de nuestras armas en los últimos años hacía pensar á la sazón en la necesidad de reformar los ejércitos y mejorarlos antes de salir con ellos á campaña.

Así como en otros tiempos hervían los arbitristas financieros, proponiendo delirios y cosas que parecían de burlas, á no andar escritas en libros serios, sin poner en olvido la Hacienda, dedicábanse ahora los ingenios arbitristas á curar los males de la milicia española, pretendiendo cada cual con sus consejos hacerla invencible. Mas no adoptándose ninguno de los buenos pensamientos que por acaso se ocurrían, y afirmándose los errores que venían destruyendo de mucho tiempo antes nuestra milicia, vino á suceder que cada día tuviese España peores ejércitos.

El principal, destinado ahora contra Portugal, que había de entrar por Extremadura al mando de D. Juan de Austria, con D. Diego Caballero de Illescas por Maestre de campo general, D. Diego Correa por General de la caballería, y Luis Poderico, el napolitano, y otros capitanes de nombre, se componía de ocho mil novecientos infantes y cuatro mil novecientos caballos. Mucha parte de los soldados eran alemanes, walones é italianos, traídos de Flandes ó de Italia, ó levantados de nuevo en aquellas provincias y en Alemania. Sólo en la caballería se hallaba número considerable de españoles, porque en ella, contra el sentir de los antiguos capitanes y las antiguas experiencias, se cifraba el nombre escaso de nuestras armas, perdido del todo el de nuestra temible y famosa infantería. Era la causa de que hubiese ahora en el ejército muchos extranjeros, que D. Juan de Austria, incapaz de comprender las buenas y las malas cualidades del soldado español, y por lo tanto incapaz de remediar las malas, achacando á los españoles la pérdida de batallas que él con su torpeza había perdido, traía á éstos desacreditados en la Corte, sustentando que no había en sus pechos bastante aliento, ni bastante robustez en sus brazos para el ejercicio de las armas. Cosa increíble que tal hubiera quien pensase de la nación que fué durante siglo y medio el terror del mundo por solo el valor de sus armas; que hizo con sus almogávares temblar á Constantinopla, conquistando la Grecia, que redujo á Sicilia, Nápoles y Cerdeña por virtud del hierro y de la sangre de sus hijos, que contó entre sus soldados á los de Hernán Cortés y á los del Gran Capitán, cuya infantería no halló gente alemana que no devorase en Rávena, ni esguízaros que pudieran resistirla en Pavía, ni franceses en San Quintín, ni suecos en Nordlinghen que supieran disputarle el campo. Y que tal se dijera cuando apenas eran pasados veinticinco años de aquella última batalla tan gloriosa, y donde tan alto y tan superior al de todas las demás naciones se señaló el valor de España; cuando quedaba todavía alguno que otro soldado heroico de aquellos que vencieron en gloria á sus vencedores mismos en los campos de Rocroy. «Hijos espurios—exclama el marqués de Buscayolo, sabio escritor y valeroso capitán italiano—; hijos—dice—espurios y monstruosos de España, que miden los ánimos ajenos por su flaqueza, reprueban la suposición fundamental de mis proposiciones con acusar de viles é impropios para armas tan esforzadas sus nacionales. ¿Acaso estos últimos diez años han podido quitar las inmemoriales, ingénitas y siempre continuadas leyes de la generosidad española? No; que no obra tan precipitadamente la naturaleza. Son argumentos de la ferocidad y menosprecio de la muerte que persevera en los ánimos españoles las riñas y pendencias de las calles, pues ninguna nación las ejerce con mayores bríos, particularmente con espadas y rodelas. Es necesario referir las calamidades de la Monarquía á otras causas.»[21] Y tenía razón el ilustre italiano, y bien pudieron ocurrírsele al D. Juan de Austria las propias reflexiones al ver tanto valor mal gastado en este género de combates, y tan poco empleado en las fronteras; y al ver cuán deshechos andaban los antiguos tercios, cuán perdida la disciplina, cuán olvidado el buen concierto y arte de los ejércitos. Generales como él, sin otra prenda que el valor de un buen soldado y el ser hijo del Rey, capitanes elegidos, no en alguna escuela militar ó después de largos servicios, sino buscados al improviso entre los fanfarrones y acuchilladores de profesión de la corte, confundiendo el valor personal con el conjunto de dotes y calidades necesarias para el mando, ó acaso tomados entre los amigos y clientes de los cortesanos, sin tener para nada en cuenta su aptitud ó capacidad, soldados sin instrucción ni práctica, enganchados en la más vil chusma ó tumultuariamente recogidos en los campos de Castilla, no podían componer ejércitos que sostuviesen el honor de nuestro nombre. Hubiéranse restablecido las antiguas costumbres militares, la antigua honra, el antiguo estímulo, la antigua severidad en repartir los empleos y en distribuir las recompensas, y la infantería de España hubiera tornado á ser lo que fué, y en vez de avergonzar á D. Juan de Austria por su flaqueza, hubiera debido él avergonzarse de mandar con tan pocos títulos tan noble gente.

El segundo ejército de los destinados á recuperar á Portugal se puso á la parte de Castilla. Dióse el mando al duque de Osuna, D. Pedro Téllez Girón, con don Juan Salamanqués por Maestre de campo general. El número pasaría de cinco mil infantes y mil caballos, una sexta parte soldados, los otros paisanos de la comarca, quitados como se solía hacer, entre pastores y villanos. El tercer ejército, que era el de la parte de Galicia, quedó como estaba, á cargo del marqués de Viana, Capitán general de aquel reino, con la misma gente ó poco más ó menos que tuvo en las anteriores campañas. Debía el primer ejército emprender la conquista, mientras los otros hacían diversiones cada uno por su parte, sin meterse en grandes empeños. Juntóse además una pequeña armada con los pocos bajeles que quedaban, cuyo mando se dió al duque de Veraguas para que tomase la mar é impidiese los socorros, dando calor á la par á cualquier movimiento favorable que pudiera declararse por dentro del reino. Así dispuestas las cosas, se comenzó la campaña. Pero antes Doña Luisa de Guzmán, espantada de tales preparativos, juzgándose verdaderamente abandonada de las demás naciones por las paces de Munster y de los Pirineos, propuso á nuestra Corte partidos de avenencia y concierto. Dicen algunos que estos partidos no parecieron admisibles por muy soberbios; mas otros afirman, por el contrario, que hizo proposiciones verdaderamente humildísimas y demasiadas. Aveníase según éstos á reconocer al reino de Portugal como feudatario de Castilla, pagando cada año por feudo gruesas sumas, naves y gente de guerra. No siendo admitido, añádese que propuso otro más ventajoso, y fué ceder á Castilla todo el reino, quedándose solo con el rincón de Algarbe. Pero ni aun esto fué admitido; tanta se supone que era la confianza que había en la reconquista, contentándose nuestra Corte con ofrecer que devolvería á la casa de Braganza sus bienes y el Virreinato perpetuo de Portugal.

No parecen probables tales propuestas de parte de la esforzada Doña Luisa; y ello es que no tardó en renunciar á toda plática de paz. Estaban los ingleses ya aliados con ella, y no tardaron en estrechar más y más esta alianza por el matrimonio del nuevo rey Carlos II repuesto en el trono de su padre después de la muerte de Cromwel, con su hija Doña Catalina; y los franceses, deseosos de quitarnos la fuerza de la unidad sin acordarse de lo prometido en los tratados ni tener cuenta con los juramentos y compromisos tan cercanos, vinieron á asegurarla bajo mano que no la abandonarían nunca. Permitiéronla en seguida levantar regimientos enteros de sus naturales cada una de estas naciones, enviándole á porfía oficiales y dinero; Francia al mariscal de Schomberg, uno de sus mayores generales, para que tomase el mando de las armas, con hasta doscientos oficiales y sargentos veteranos que disciplinasen las tropas, cuatrocientos jinetes, y poco después seiscientas mil libras de socorro; Inglaterra tres mil infantes, mil jinetes veteranos y armas y bajeles. Bien que ésta última exigió en pago que se le entregase á Tánger, como lo hizo en efecto la de Braganza contra la voluntad de los vecinos; de suerte que tuvo que valerse de aleves medios, y entre otros el de hacer caer en una emboscada de moros á los más de aquellos que resistían la entrega.

Mal principio fué de las hostilidades el suceso de la armada del duque de Veraguas, que fué destruída por una tempestad en las costas de Andalucía antes de que pudiera hacer efecto alguno. D. Juan de Austria en tanto con el ejército español entró en Portugal, rindiendo y guarneciendo la pequeña plaza de Arronches. D. Diego Caballero recobró en la frontera de Castilla la de Alconchel, y asoló la comarca por la parte de Zafra; pero no se hizo más en aquella campaña por haberla comenzado muy tarde. En 1662 entró D. Juan á sangre y fuego por el mismo territorio. El ejército enemigo, inferior en fuerzas, no quiso venir á batalla, y se mantuvo fortificado á vista de Estremoz, y D. Juan entró por fuerza, y quemó á Villabom, tomó á Borba por asalto, y mandó ahorcar al Gobernador, y en seguida emprendió el sitio de Xermeña. Esta plaza, muy bien situada en una altura sobre el Guadiana, con buenas fortificaciones y guarnición, se defendió esforzadamente; pero al cabo de muchos días de sitio hubo de rendirse á partido sin que el conde de Marialva y Schomberg, que mandaban el ejército de los contrarios, osasen, aunque lo amagaron y publicaron, intentar el socorro.

Viéronse aún en este sitio algunas muestras del antiguo valor de los tercios de España. Dado un asalto general á la plaza, los italianos llegaron á las fortificaciones y supieron mantenerse valerosísimamente en ellas; pero los españoles no fueron tan afortunados, y rechazados por el enemigo, después de un sangriento combate, tuvieron que recogerse á sus cuarteles. Entonces, los Maestres de campo y capitanes de nuestros tercios y los soldados mismos, llenos de vergüenza al ver que los italianos hubiesen hecho más que ellos, rogaron á D. Juan que les dejase repetir el asalto, y no al amparo de la obscuridad como solía ejecutarse este género de empresas para aminorar el riesgo, sino á la luz del sol, donde pudiera ser más público su desagravio y más peligroso el trance. Accedió D. Juan á la súplica, y al rayar el sol en el mediodía, subieron nuestros tercios al asalto, y á costa de muchísimas vidas, con gran valor y constancia se alojaron en el mismo lugar que los italianos. Bizarría loable; pero lastimosa, porque se perdieron muchos valientes cuyas vidas hubieran protegido las sombras, de darse el asalto como correspondía. D. Diego Caballero asoló con su caballería, durante el sitio, muchos lugares de enemigos, les causó infinitos daños, y rompió algunos de sus escuadrones. Veyros, Fonteyra, Monforte y Azumar, cabeza del condado de D. Francisco de Melo, ya difunto, vinieron á nuestro poder sin resistencia: el Gobernador de Unguela, aunque hizo grandes alardes de fiereza, se dejó sorprender sin algún esfuerzo; el de Ocrato se defendió valerosamente, y de orden de D. Juan fué ahorcado como rebelde.

Dieron los frutos de esta campaña mayores ánimos para la siguiente, y D. Juan de Austria, con hasta doce mil infantes, seis mil caballos y veinticuatro cañones la comenzó por el sitio de la importante plaza de Evora. El enemigo, con once mil infantes y más de seis mil caballos, número poco más ó menos igual al nuestro, se acercó con el intento de hacer levantar el sitio; pero cuando llegó á avistar nuestras líneas halló ya la plaza rendida. Un trozo de españoles se apoderó casi al propio tiempo de Alcázar de la Sal, á poca distancia de Setubal. Espantóse Lisboa, fué grande el terror en todo el reino, y por un momento creyóse Portugal perdido, porque no había plaza que oponernos hasta la misma capital. Entonces la de Guzmán dió orden á sus generales de que nos diesen batalla á todo trance. Retirábase D. Juan á Badajoz dejando ya guarnecida á Evora, no osando con ejército al frente igual en fuerzas sitiar otra plaza, cuando orillas del río Degeba se encontró con los enemigos y hubo un choque sin importancia, después del cual los nuestros continuaron su retirada y los portugueses los siguieron ansiosos por venir á formal batalla. No pudiendo excusarla don Juan se empeñó al fin no lejos de Estremoz, junto al lugar de Ameyxial, una hora antes de ponerse el sol. Ocupaba nuestra infantería unas colinas por en medio de las cuales corría un canal ó valle angosto; allí puso D. Juan la caballería y detrás el bagaje, y al pie de las colinas de uno y otro lado del canal plantó sus cañones. Atacaron primero los contrarios, y de una y otra parte se comenzó á pelear ferozmente con notable ventaja de los enemigos, mas sin declararse del todo la victoria, hasta que la noche que andaba tan cerca separó á los combatientes. Pero al amanecer del siguiente día hallaron los portugueses por suyo el campo; el ejército español había desaparecido. «Portugal en Evora, dice un papel de aquel tiempo[22], destruyó la flor de España, lo mejor de Flandes, lo lucido de Milán, lo escogido de Nápoles y lo granado de Extremadura. Vergonzosamente se retiró S. A., dejando ocho millones que costó la empresa, ocho mil muertos, seis mil prisioneros, cuatro mil caballos, veinticuatro piezas de artillería; y lo más lastimoso fué, que de ciento veinte títulos y cabos no escaparon sino cinco. Germán y D. Diego Caballero ¿por qué huyeron dejando el estandarte de su Príncipe?» Huyeron como huyó allí todo el mundo, porque estaba contra nosotros la fortuna. D. Juan, aunque es cierto que no supo disponer las cosas como capitán, se mostró pródigo de su persona, entrando pica en mano por los enemigos á pie, porque ya le habían muerto dos caballos, y peleando largo rato sin acordarse que ya casi nadie quedaba á su lado. Entonces debió arrepentirse de haber fiado tanto de extranjeros, porque de ellos era, como dijimos, gran parte de aquel ejército que huía de los enemigos en tan breve tiempo de pelea favorecido de las tinieblas; y los que allí mejor pelearon, fueron los hidalgos y títulos de Castilla, muriendo ó sucumbiendo con honra.

Dió al enemigo la victoria el valor de la veterana infantería inglesa enviada en ayuda de Portugal, criada en los campos de batalla de la revolución y en los sitios de Flandes. Su pérdida llegó á cinco mil hombres, y recordando la poca duración de la batalla, espanta el gran número de muertos de una y otra parte.

Al punto se rindió Evora (1663), y luego otros lugares de los que poseían los nuestros, y á la siguiente campaña osaron los enemigos sitiarnos á Valencia de Alcántara. La plaza era flaca por sus fortificaciones, pero defendida por D. Juan de Ayala Mejía, capitán muy valeroso, con buena guarnición de españoles, el cual hizo tan heroica defensa, que mató en salidas y asaltos más de mil hombres á los enemigos, y se sostuvo hasta que, falto de municiones y sin ser socorrido, tuvo que rendirse á honrados partidos. Propúsose librar á esta plaza el General de la caballería D. Diego Correa, mas no pudo lograrlo. Y en seguida, casi todos los puestos pequeños que habíamos conquistado en Portugal, tuvimos que abandonarlos.

Mientras por la parte de Extremadura y el Alemtejo se peleaba con tan poca fortuna, ofrecíannos las demás fronteras, mezclados con tal cual ventaja, nuevos desengaños. El marqués de Viana entró por la parte de Galicia en la provincia de Entre Duero y Miño y sitió la plaza de Valencia del Miño; pero no pudo tomarla, porque el conde de Prado, que mandaba á los portugueses con igual número de fuerzas, no le perdió un momento de vista, apostándose en las inmediaciones de su campo; dióle una embestida en la cual logró desordenar nuestra caballería; pero fué rechazado con pérdida, y, sin embargo, al cabo de algunos días fué preciso levantar el cerco volviendo á Galicia. Sucedió en el mando de las tropas al marqués de Viana el Arzobispo de Santiago, D. Pedro de Acuña, y por su orden tomó el Maestre de campo, general Pantoja, á Castel-Lindoso, plaza bastante fortificada; bien que se perdió á poco tiempo, sin que por aquel lado ocurriese cosa notable. Mas activo el duque de Osuna, entró desde Ciudad-Rodrigo por la provincia de Beira, se apoderó del fuerte de Valdemula por asalto, rindió el castillo de Alberguería, y saqueó los pueblos del contorno, principalmente Soto, Nava, Cuadra de San Pedro, Lajuncia, Malpartida, Vervenosa, Almosala y Matadelobos, en la campaña de 1661. Vengóse el conde de Villaflor, D. Juan Manuel, que mandaba la provincia de Beira por los portugueses, haciendo en las tierras de Castilla mucho daño. Nada hizo el de Osuna en la campaña de 1662 sino tomar la villa de Escallón; pero en la siguiente no cesó de hacer diversiones al enemigo. Intentó sorprender á Almeida por Escalada; y aunque no pudo conseguirlo, como le embistiesen la retirada cerca de doce mil portugueses que habían acudido tanto de aquella provincia como de la de Alemtejo y Miño, no obstante que se hallaba con la mitad de fuerza, los rompió completamente con mucha gloria suya y pérdida de los contrarios. Dióle aliento esta victoria para emprender el sitio de Castel-Rodrigo. Llevó para la empresa tres mil quinientos infantes, setecientos caballos y nueve cañones, é iban en su compañía además de D. Juan Salamanqués, D. Antonio de Issassi, Teniente general de la caballería, y el marqués de Buscayolo, que servía con no menos valor que inteligencia. Salió de Almeida á estorbarles la marcha Jacobo de Magalhaes con un buen trozo de caballos y algunos infantes; pero D. Antonio de Issassi cerró con ellos de manera que los forzó á ampararse de nuevo en sus muros; con esto se emprendió ya sin obstáculo el sitio de Castel-Rodrigo, abrióse brecha, y se dispuso el asalto.

Entonces se vió un suceso digno, aunque tan vergonzoso de ser puntualmente recordado, porque explica cual andaban entonces nuestros ejércitos. Defendíanse muy flojamente los de la plaza, y tanto que con solo algunos disparos de artillería y el fuego de nuestros tiradores, desampararon la brecha dejándola libre y abierta. Comenzó á subir á ella el Maestre de campo D. Juan Flores con su tercio castellano; mas al coronarla el Maestre con sus oficiales, se encontraron con que así como por delante no veían enemigos, tampoco veían á sus soldados que habían hecho alto al pie sin atreverse á dar un paso. Llamáronlos á ellos los capitanes, pero fué en vano; no pudieron conseguir de aquella vil gente que entrase por la brecha; y algunos más determinados que comenzaron á subir para juntarse con sus oficiales, huyeron bien pronto al ver reventar por allí cerca ciertas granadas disparadas de nuestro mismo campo. Bramaban de vergüenza los oficiales, estimulaban á su gente por todos los medios posibles; ruegos, amenazas, todo lo emplearon, y al cabo de dos horas de inútil esfuerzo, tuvieron que ordenar la retirada sin poder dar valor á aquellos villanos traídos de repente á formar tercios desde sus rústicos y pacíficos ejercicios, ajenos al pundonor de las armas y temerosos de un género de peligro enteramente desconocido para ellos. No hubo tiempo para remediar aunque se pudiera tal vergüenza, porque el Gobernador de Almeida, Jacobo Magalhaes, llegó al día siguiente al socorro de la plaza con cuatro mil infantes y unos seiscientos caballos y fué preciso levantar el sitio.

Á campo abierto nos esperaba mayor vergüenza todavía. Provocónos el enemigo á batalla y fué preciso aceptarla. Formóse nuestro ejército en lo alto de unas colinas que hacían un llano, donde podía jugar cómodamente la caballería; el lado izquierdo apoyado en tres setos, y el derecho inaccesible; por el frente corría un arroyo con un desfiladero capaz solo de un hombre, y donde más de dos, para la subida. En esta conformidad no podía dudarse de la victoria al parecer, porque la posición de nuestro ejército era de las más fuertes. Embistió el enemigo nuestra izquierda con su caballería, donde estaba el marqués de Buscayolo con buena manga de mosqueteros al abrigo de los setos, y fué rechazado con gran rociada de balas. Entonces rompió el fuego con su mosquetería, mas desde tan lejos, que no pudo ofender á nuestros escuadrones. Sin embargo, no puede decirse que improviso temor ocupase á los infantes castellanos; no hay palabra con que explicarlo. Como si les hubiera dado orden de arrojar las armas y huir en oyendo la primera carga, así se pusieron en fuga repentinamente y sin ocasión, atropellando á los oficiales y cabos que quisieron detenerlos. La caballería, viéndose abandonada de la infantería, desapareció en un instante. Quedó el de Osuna y quedaron todos los capitanes tan confusos como quien despertando de un sueño profundo en que le parecía ver numeroso ejército, al abrir los ojos se hallase solo. Y en tanto la caballería portuguesa cargó á toda rienda para aprovecharse de aquella impensada victoria; quedó preso el Teniente general de la caballería, D. Antonio de Issassi, con otros muchos oficiales y hasta cuatrocientos soldados; los muertos y heridos no llegarían en todos á cien hombres (1663). Perdióse la artillería, el bagaje y todo, principalmente la honra, y dispersos y acobardados llegaron á Ciudad-Rodrigo los capitanes y el resto de la gente.

Esta derrota y la de Estremoz costaron los empleos á los dos Generales: á D. Juan de Austria se le admitió la renuncia que hizo del mando del ejército, ordenándole que se retirase á Consuegra, y el duque de Osuna fué también separado. Quejábase el primero de que no se le enviaba el dinero y los recursos que necesitaba para la guerra, por artes de la reina Doña Mariana, que mirando ya en él un enemigo para el día en que faltase su esposo, no quería que ganase la gloria de la recuperación de Portugal. Y fuese esto verdaderamente, ó fuese solo amor exagerado á su patria alemana, ello es que mientras el ejército de D. Juan carecía de todo en Portugal, se enviaron al Emperador grandes donativos de dinero para levantar tropas contra el turco que amenazaba, según decían, entrar en armas en el imperio; y aún se obligó nuestra Corte á enviarle diez y ocho mil hombres de socorro ó á dar bastante dinero para levantarlos y mantenerlos en Alemania. Obligación necia, reprensible y casi indigna de crédito, á no estar bien atestiguada. El duque de Osuna se quejaba de que se le hubiera entregado á tales juntas de villanos sin dinero tampoco ni recursos, comprometiendo el crédito de su valor y de su casa, y no tardaron sus quejas en ser castigadas condenándole á estar preso y á pagar cien mil ducados de multa por las contribuciones indebidas que para mantener su hambrienta gente había sacado de los pueblos; bien que fué absuelto. Lleno de noble pundonor el de Osuna, pidió al Rey que pues era tan desgraciado como General, le dejara servir con una pica entre soldados; mas no se le permitió tampoco. Soldado muy valiente y señor muy amante de su patria fué este duque de Osuna.

Llamóse de Flandes al marqués de Caracena, D. Luis de Benavides y Carrillo de Toledo, para mandar el nuevo ejército que había de formarse. Vinieron de Flandes é Italia los restos de los tercios viejos, dejando aquellas provincias sin defensa apenas. Juntáronse cuantos soldados había disponibles en la Península, y de todo se hizo un ejército de once mil infantes, ocho mil caballos y diez y seis piezas de artillería; último ejército temible que pudiese reunir por aquellos tiempos España. Por Maestre de campo general quedó D. Diego Caballero de Illescas; mandaba la caballería española D. Diego Correa, la extranjera el príncipe de Parma, Alejandro Farnesio, y un cierto D. Luis Ferrer la artillería. Era el marqués de Caracena hombre de gran valor como todos los capitanes que entonces hubiese en España, pero de más reputación que talentos militares; habíase conducido medianamente en Italia, y luego en Flandes se había opuesto á algunas de las disposiciones que nos habían sido tan funestas; esto y la amistad de D. Luis de Haro, que mientras vivió no dejó de loarlo en la Corte, fué causa de que se echase mano de él en tales circunstancias, mirándole como el salvador de la patria.

No justificó ciertamente el de Caracena tales esperanzas. Salió de Badajoz con su gente y fué á ponerse sobre Villaviciosa; tomóse la ciudad, pero no el castillo; y cuando se trataba de la expugnación, el marqués de Marialva y el conde de Schomberg que mandaban á los portugueses, aparecieron determinados á hacernos levantar el cerco. No hubieron de esforzarse mucho, porque Caracena, lleno de vanidad, deseaba tanto la batalla, que solía decir que antepondría siempre la incertidumbre de ella á la cierta conquista de Villaviciosa. Apenas avistó á los enemigos, contra el parecer de los más expertos capitanes que opinaban que los esperase en sus posiciones, que eran tales que no podían menos de proporcionarle la victoria, alzó el campo y fué á encontrarlos. Hallólos cerca de un lugar llamado Montes-claros, media legua de Villaviciosa, muy superiores en infantería, pues subía la suya á doce mil hombres, cuando la nuestra con la que había quedado al resguardo de las líneas, no pasaba allí de seis mil; inferiores en caballería. Pero tenían los enemigos tomado ya tal puesto, que no pudo obrar nada nuestra caballería y solo la infantería se arrojó al combate contra el número doble de los enemigos. No hubo más que una descarga, y en seguida se arrojaron unos y otros á pelear pica á pica. Componíase la infantería contraria de portugueses, franceses é ingleses; la nuestra de italianos, alemanes y españoles, y de una y otra parte se peleó con tanto furor, que los nuestros quitaron dos veces el puesto al enemigo, y éstos por otras dos veces lo recobraron, hasta que después de siete horas de pelea, viendo el de Caracena que iba consumiéndose sin fruto su gente, ordenó la retirada. Hízola en muy buen orden, sin que los enemigos, por miedo de su caballería, tan numerosa y casi intacta, osasen de perseguirle; pero tuvo que abandonar casi toda la artillería por no poder arrastrarla, y la mayor parte del bagaje. Dejamos cuatro mil hombres en el campo muertos y heridos, no siendo mucho menor el número en los enemigos, y hartos prisioneros, entre los cuales se contó el Capitán general de la caballería española D. Diego Correa. Caracena con el resto del ejército se retiró á Badajoz (1665), desde donde solicitó refuerzos, diciendo que el éxito de la batalla era tal, que de enviárselos nunca había sido más fácil aquella conquista. Arranque de vanidad ridículo, aunque fué verdad que los enemigos quedaron casi tan destrozados como nosotros en la batalla.

Notes in this chapter

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings