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Historia de la decadencia de España

LIBRO NOVENO (continued 2)

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También se perdió Saint Omer con regular defensa. Mandaba ya en Flandes el duque de Villahermosa, vuelto á España Monterrey, el cual, aunque no se estuvo ocioso durante esta campaña (1677), no logró hallarse de acuerdo ni una vez apenas con el de Orange, queriendo él pelear cuando el otro retirarse, y al contrario; de modo que no pudieron lograr juntos ventaja alguna. En la de 1678 los enemigos, conociendo de una parte que las plazas españolas estaban mucho menos fortificadas y guarnecidas que las holandesas, y de otra que era más fácil que las conservasen por el tratado de paz, manteniendo ya también inteligencias para ajustarla con Holanda, volvieron contra nosotros todas sus fuerzas. Atacaron á un tiempo cinco plazas: Gante, Iprès, Namur, Mons y Luxemburgo con poderosos ejércitos. Gante, valerosamente defendida por D. Francisco Pardo, tuvo al cabo que rendirse, y lo mismo Iprès que sostuvo hasta el extremo el marqués de Conflans. No hubo en verdad ningún género de esfuerzo que no hiciese Villahermosa para socorrer estas plazas; pero abandonado casi de sus aliados por hallarse á la sazón el Príncipe de Orange en Inglaterra, y continuar las inteligencias entre holandeses y franceses, sin recibir un solo real de España ni un solo hombre, falto de todo, no pudo evitar el daño. Hallábase entregado á la desesperación cuando vino á terminarse la paz. Sitiaba todavía el Mariscal de Luxemburgo la plaza de Mons, y el Príncipe de Orange vuelto ya de Inglaterra estaba en campo con sus tropas, disgustado de una paz que le robaba el influjo en la república. Concertó con éste Villahermosa dar batalla al de Luxemburgo á pesar de la conclusión de la paz, prevaliéndose de que todavía no habían recibido oficialmente las nuevas, sin más propósito que el de renovar de nuevo la guerra ó de vengar pasadas pérdidas; y con efecto, acometiendo ambos generales al francés, se dió una batalla tan inútil como sangrienta, en la cual ambas partes cantaron el triunfo dejando siete mil muertos en el campo.

De mayor ventaja y gloria, por ser mantenidas de nosotros solamente, contra los enemigos, fueron las campañas de Cataluña. Fué allí á mandar la provincia al abrirse la campaña de 1673 el duque de San Germán, D. Francisco Tuttavilla, viejo General y harto experimentado en Cataluña, Portugal y otras partes, el mejor acaso que tuviera entonces España. Entró por el Portus Mr. de la Bret con tres mil infantes y setecientos caballos, para quemar algunos lugares en venganza de los que el conde de Monterrey quemaba en Flandes. Salió al opósito el de San Germán con ochocientos caballos y muchos paisanos, sostuvo un combate ventajoso, donde murieron más de ciento de los enemigos, y por último les obligó á repasar la frontera. Intentaron otras varias entradas por el Ampurdán, mas siempre fueron rechazados; y en la villa de Massanet, que acometieron furiosamente, tuvieron bastante pérdida. Aunque estos pequeños principios eran afortunados, como no había tropas en la provincia para atender á una ordenada defensa, era de temer que los enemigos la pusiesen en algún peligro. Entonces Cataluña, ardiendo todavía en deseos de mostrar su patriotismo y aborrecimiento á los franceses, levantó á su costa diez tercios de infantería, con lo cual y los escasos jinetes que allí había, se formó un regular ejército, ordenándose también los somatenes, para que acudiesen cuando se los llamase.

Contuviéronse los franceses al saber estas prevenciones, y más que á la sazón les daban á ellos harto en que entender las cosas de su territorio. De él era parte el Rosellón, provincia natural de España, que aún no podía llevar con paciencia el dominio extranjero. Puestos de concierto los paisanos del lado de allá de los Pirineos con los del lado de acá, no cesaban de acosar á los franceses. Bastaba que uno de ellos se apartase de compañía ó ejército para ser muerto. Los colonos que habían venido á residir en los lugares del Rosellón, eran acometidos de los antiguos vecinos, y muertos también y saqueados; los montes estaban ocupados por los angelets, que eran como los almogávares de Cataluña, gente suelta, incansable, atrevida, que no dejaba un momento de reposo á los franceses, sin dar cuartel á ninguno, recogiéndose en la mala fortuna al abrigo de los catalanes, que desde Massanet y otros pueblos de la frontera hacían también á aquellos guerra á muerte. Todo esto acontecía antes de que se formalizase la guerra. Mas ahora, alentados con ella los principales vecinos de Villafranca, de Conflans y de otras principales villas y lugares de Rosellón, negando que Felipe IV hubiese tenido derecho para enajenar aquella parte de la Corona, determinaron sustraerse al dominio francés, tornando á España. Comunicaron su intento al Gobernador de Puigcerdá, D. Gerónimo Dualdo, y concertaron con él el modo de sorprender á los franceses, y de apoderarse en un punto de toda la provincia. Descubrióse desdichadamente la conspiración, y los más de aquellos nobles españoles fueran ajusticiados. Tras esto los franceses, para vengarse hicieron una invasión en el Ampurdán, al mando del marqués de Riberolles; pero fué en su daño, porque volvieron desordenados por los paisanos y almogávares ó miqueletes, con gran pérdida, y siendo el mismo General de los prisioneros, los cuales por primera vez obtuvieron cuartel durante esta guerra.

No contentos con este triunfo, hicieron infinitos daños los miqueletes en la frontera francesa. Luego el duque de San Germán con el ejército formado en Cataluña y algunos refuerzos que recibió de Nápoles y Castilla, entró por el Rosellón á mano armada (1674). Llevaba consigo hasta doce mil infantes y dos mil quinientos caballos. Con ellos rindió á Maurellás y su castillo, rompió un trozo de franceses á la otra parte del río Tech, con prisión del Teniente general la Bret que los mandaba, obligándoles á desamparar al Boulou y San Juan de Pajés, y bloqueó el castillo de Bellegarde. En seguida atacó valerosamente la villa de Ceret, y la tomó, mientras que D. José de Trinchería degollaba un regimiento de franceses casi entero, y luego rompía otro, tomando un gran convoy que llevaba al lugar de los Baños, haciendo prisioneros al mayor número de los soldados. Era este Trinchería catalán de los del Rosellón, y mal avenido desde su infancia con que su provincia fuese presa de los extranjeros, se consagró á hostilizarlos; fué de los principales caudillos de los angelets, y ahora lo era de los miqueletes ó almogávares, acaudillando una cuadrilla de ellos, con la cual llevó á cabo hechos famosos.

Alentado San Germán con sus primeras ventajas y hallando faltas de comunicación, por tenerlas interceptadas los miqueletes, las fuertes plazas de Bellegarde y los Baños, determinó embestirlas á un tiempo. Rindióse Bellegarde, mucho tiempo antes bloqueada, después de ser furiosamente batida; pero la plaza de los Baños no pudo ser tomada por haber sobrevenido al socorro el Mariscal de Schömberg con tres mil caballos, doce mil infantes y cerca de diez mil paisanos, número muy superior al de los nuestros. Concentró el duque de San Germán, para oponerse, todas sus fuerzas, que no pasaban ya de cuatro mil trescientos infantes y setecientos caballos, sobre Maurellás, en las orillas del Tech, ordenando á los somatenes del contorno que viniesen en su ayuda. Era su intento continuar el bloqueo de los Baños, ordenándolo desde Maurellás con su ejército. Lisonjeóse Schömberg de sorprenderle, y atacó de repente sus líneas por un punto que juzgaba desguarnecido; pero no estaba sino muy bien defendido por la infantería catalana de los somatenes. Por tres veces embistieron los enemigos, y tres veces fueron rechazados, siendo casi deshecho un regimiento de suizos que tomó la delantera. Salió entonces nuestra caballería, escondida en unos olivares, y espada en mano arrojó á los franceses del otro lado del Tech, con gran destrozo. Sin embargo, como los nuestros, tan inferiores en número, no osaban salir á campo raso, tuvo lugar Schömberg para socorrer los Baños y tomar á San Juan de Pagés, con que el de San Germán dispuso retirarse. Avergonzado el francés de la anterior derrota, quiso desquitarse impidiendo esta retirada, suponiendo que daría ocasión á completo desorden. Entonces aquellas orillas del Tech y campos de Maurellás fueron testigos de una batalla gloriosa para los españoles. Acometió Schömberg nuestra ala derecha, donde había dos tercios de catalanes, al mando de los Maestres de campo D. José Mari y D. Manuel Senmenat con superiores fuerzas; pero los tercios se defendieron valerosamente y dieron tiempo á que, llegando el conde de Lumiares, General de nuestra caballería, con buen golpe de jinetes, destrozase á los jinetes franceses, obligando á la infantería á ponerse en fuga. Al mismo tiempo habían embestido los enemigos nuestra ala derecha, y aquí fué más completa su derrota. Componíanla otros dos tercios, uno compuesto de catalanes, el otro el de la chamberga, mandado aquél por el nuevo marqués de Aytona, y éste por el de Leganés, no menos valiente que fué su padre, y que, gobernando en Orán, había ya dado altas muestras de su persona; acudió también al socorro el conde de Lumiares con su caballería en lo más recio del combate, y entre todos obligaron al francés á huir vergonzosamente, ganándole la artillería, parte de la cual clavaron, y parte trajeron á nuestro campo. Fuera allí total la destrucción de los franceses, si el de San Germán no hubiese ordenado cesar la pelea. Con todo, dejaron en el campo mil hombres muertos y muchos prisioneros, entre otros, el General de la caballería, un hijo de Schömberg y muchos coroneles y capitanes; tomóse también la mayor parte del bagaje.

Tan señalada victoria no se consiguió sin alguna pérdida de nuestra parte; del trozo llamado de Medina apenas quedó hombre á vida. No faltó quien censurase al de San Germán por no haber proseguido la victoria; pero fué disculpable sin duda el no empeñarse mucho con un enemigo tan superior en fuerzas, y que conservaba mucha gente de refresco todavía. Contentóse el Duque con permanecer atrincherado á la orilla del Tech, al propio tiempo que los enemigos fortificaban su campo más allá de San Juan de Pagés. Allí estuvieron muchos días ambos ejércitos sin emprender cosa notable, con gran vergüenza del francés, tan superior en número, hasta que los rigores del invierno y las enfermedades obligaron á éste á retirarse á su territorio, con lo que los nuestros alzaron también su campo. Pero en todo el tiempo que estuvieron frente á frente los ejércitos, no dejó de haber combates parciales y gloriosísimos siempre á los españoles, señaladamente á los miqueletes catalanes.

Eran estos miqueletes los mismos que en otras ocasiones hemos llamado almogávares; nombre aquél árabe, que significaba soldado ligero, y éste derivado de cierto Miguel de Prat, caudillo famoso de ellos, compañero de César de Borja. Sus hechos contra los castellanos en los días de la rebelión son bien conocidos; los que ahora ejecutaron contra los franceses son dignos de eterna memoria. Distinguiéronse entre los caudillos ó cabezas, José de Trinchería, de quien ya hemos hablado antes, y el baile de Massagoda. Embistieron los franceses el puente de Ceret, y fueron de los mismos miqueletes rechazados; Massagoda y Trinchería cogieron numerosos convoyes, poniendo en grande estrechez el campo enemigo. Luego corrieron el Rosellón como vencedores, recogiendo en todas partes botín y prisioneros, y destruyendo cuantos franceses hallaban á mano. Quisieron éstos entrar en el Ampurdán por el Coll de Bañuls, y los miqueletes los rechazaron; la guarnición de los Baños, que hizo una salida, fué encerrada de nuevo con gran pérdida en la plaza; acometieron de nuevo el puente de Ceret y un fuerte allí cercano, y tampoco los miqueletes les dejaron conseguir su intento, haciéndoles horrible mortandad por todas partes. Desesperado Schömberg, concertó con su teniente M. de la Bret, ya rescatado, y con el traidor don Juan de Ardena, que aún mandaba su caballería, una artificiosa emboscada para coger á Massagoda y Trinchería con todos sus miqueletes; pero ellos no solamente supieron burlarla, sino que causaron al enemigo nuevas pérdidas, matando el propio Massagoda á D. Juan de Ardena, y entre otros al Teniente general de la caballería francesa.

Fué también famoso el hecho de cuarenta y cinco caballos españoles, que entrando en el Rosellón como si fuera tierra nuestra, todavía llegaron hasta insultar los muros de Perpiñán, robando á sus mismas puertas mucho ganado y víveres con que volvieron ricamente cargados. Verdad es que tan osadas empresas las facilitaba el amor de los habitantes de Rosellón y el odio á los conquistadores franceses. Llegó por este tiempo á Barcelona la armada holandesa del almirante Tromp, destinada por su Gobierno, de concierto con el nuestro, á hacer un desembarco en las costas del Rosellón, cosa que fuera provechosísima en tales circunstancias; mas bien fuese por mala inteligencia, bien por mala voluntad del holandés, ello es que el intento quedó abandonado, y la armada se volvió á sus puertos.

No fué tan ventajosa la siguiente campaña de 1675, porque no pudo ya reunirse ejército alguno que oponer al enemigo. Entró éste en el Ampurdán, saqueando las iglesias y cometiendo en ellas grandes profanaciones; quiso tomar á Bellegarde por sorpresa; fué rechazado con daño, y tomó el camino de Gerona, resuelto á ponerla sitio. Seguíanle en cuadrillas los miqueletes, principalmente los que acaudillaba aquel baile de Massagoda, por nombre Lamberto Manera, acosándole por todas partes en el alojar y desalojar, en las marchas y en los altos; y los vecinos de los pueblos que iban atravesando, con noticia de los sacrilegios que venían cometiendo en las iglesias, salían á los caminos, como dice un analista «á caza de franceses», obligándoles á no apartarse de su ordenanza. Introdujeron los miqueletes socorros en el Portus, por si era atacado de los enemigos, tomándoles tres convoyes con hasta mil acémilas, y prendieron una compañía de franceses, que con poco tino pretendía ejercitar aquel oficio de almogávares ó miqueletes. Luego, reunidos el de Massagoda y Trinchería, derrotaron otro convoy que escoltaban mil franceses, y mientras Massagoda iba detrás de los franceses camino de Gerona, volvió atrás Trinchería, y llenó de espanto el Rosellón, insultando de nuevo los muros de Perpiñán. Uno de los mejores regimientos franceses, el que llevaba el nombre de Schömberg, fué acometido por los miqueletes cuando más seguro marchaba á reunirse con el grueso del ejército, confiado en su valor y sus fuerzas; de quinientos hombres que lo componían, doscientos murieron en el campo y los demás quedaron prisioneros. Fatigado con tales descalabros llegó, al fin, Schömberg á las cercanías de Gerona.

Hallábase dentro el duque de San Germán con el duque de Medinasidonia, harto más honrado que su padre, que servía de voluntario en aquella guerra, el general de la artillería D. Francisco Velasco y un conceller de Barcelona, que había venido gobernando un tercio levantado por aquella ciudad en sólo tres días, para la defensa del Principado. Determinóse que el Duque, como Virrey, saliese de la plaza á atender á su socorro, y que dentro quedasen los demás caudillos, y así se hizo. No tardaron los franceses en comenzar los ataques. Un trozo de su ejército fué sobre el fuerte de Montjuich, otro sobre el rastrillo de San Lázaro. Por dos veces fueron rechazados del fuerte, formado sólo de fagina y tierra; tomáronlo á la tercera, á costa de más de cuatrocientos hombres, después de haberlo embestido con cinco mil infantes, abrigados de toda su caballería. El duque de Medinasidonia mantuvo en tanto, con admirable constancia, el rastrillo de San Lázaro, donde se vieron hechos heroicos. Un cierto don Francisco Vila, capitán del tercio de D. Pedro Rubio, con sólo treinta hombres detuvo cinco horas á centuplicado número de enemigos; y el baile de Massagoda, Lamberto Manera, cubierto de sangre de ellos y de sus propias heridas, halló allí fin á su gloriosa vida, después de haber peleado todo el día. Fueron parte estos hechos para que, temeroso el francés de la resistencia que le esperaba, alzase el cerco, retirándose con prisa.

Intentó una armada francesa infestar las costas del Principado bordeando hacia Rosas; pero halló á los naturales tan apercibidos á la defensa que no osó poner gente en tierra. Y los miqueletes, cada día más audaces con sus triunfos, sabida la retirada que hizo el enemigo de Gerona, vinieron á acosarle, impidiéndole asentarse en parte alguna. Cuatrocientos de ellos osaron embestir un convoy de harina y dineros, asegurado por más de tres mil franceses, infantes y caballos; pelearon cuatro horas con inaudito esfuerzo, y aunque no lograron tomar el convoy, hicieron gran destrozo en los enemigos. No tardó Trinchería en desquitarse de aquel frustrado suceso. Venía un convoy enemigo á pasar por el Coll de Bañuls con quinientos caballos y otros tantos infantes, parte de ellos de aquella gente ligera formada entre sus paisanos, á semejanza de nuestros miqueletes, y aguardábanlo hasta dos mil soldados, destacados del ejército de Bañuls, á la desembocadura de los desfiladeros. Trinchería salió de noche con sólo doscientos hombres, dejando algunos más para asegurarse la retirada, y embistiendo en el paso de Bañuls al convoy, mató doscientos hombres enemigos, uno por cada cual de los suyos, y tomó hasta trescientas acémilas, salvándose las demás á duras penas.

En tanto un trozo del ejército enemigo de hasta cuatro mil infantes y quinientos caballos atacó la villa de Massanet. Hallábase en ella el capitán José Boneu, el cual, viendo que no podía salvarla contra tan crecido número de enemigos, echó á la montaña á toda la población y se quedó dentro con sólo cuarenta miqueletes; llegaron los franceses y rompieron las tapias de la villa fácilmente; pero en las calles estaba fortalecido Boneu con sus cuarenta hombres, y se las fué disputando palmo á palmo. Así cuatro mil quinientos hombres de un lado y cuarenta de otro estuvieron lidiando en las calles largas horas, hasta que, muertos muchos y oprimidos del número los demás, se recogieron con su capitán José Boneu á la iglesia. Allí se sostuvo Boneu todavía, hasta que los franceses lograron escalar las bóvedas y penetrar por tantas partes á un tiempo, que no tuvo más remedio que rendirse. Quiso el general francés ahorcar á Boneu, en castigo—según decía—, de haberse atrevido, con cuatro pícaros, á defenderse y ofender temerariamente á un ejército real; mas no lo ejecutó, con mejor acuerdo, recordando que él mismo debía la vida á los paisanos catalanes, y que ellos eran terribles en sus represalias.

Cuesta dolor el apartar la vista de estos hechos heroicos de los naturales, para fijarse en los del ejército y capitanes reales. Bellegarde, defendida por mil soldados á las órdenes de un extranjero llamado Niemberg, no bien se presentó el enemigo delante de sus fuertes muros, pidió socorro; enviólo el Virrey, y como la plaza estuviese ya circunvalada, ofrecióse el valiente Trinchería á abrir puerta con sus miqueletes. Abrióla, con efecto, rompiendo un cuartel de alemanes; pero los capitanes y soldados que venían al socorro se negaron luego á encerrarse en los muros; con que fué inútil aquella alta hazaña. En seguida el Niemberg, asustado con las bombas enemigas, rindió la plaza. Retirábase el francés al Rosellón después de aquella importante conquista, cuando tropezó con una ermita llamada de Nuestra Señora del Castillo, donde había de guarnición sesenta catalanes: atacóla con dos mil infantes, quinientos caballos y tres cañones; pero los sesenta hicieron tanto, que los detuvieron once días delante de sus tapias. Para concluir la campaña con algún hecho notable, amenazó el enemigo á Puigcerdá; pero habiéndola provisto muy bien el duque de San Germán, desistieron del propósito. Debajo de los muros de aquella villa hubo un combate entre algunos caballos españoles y un grueso de caballería enemiga, donde murió peleando gloriosamente uno de los mejores capitanes de Cataluña, por nombre Rimbau de Corbera; y los enemigos, aunque tan superiores, tuvieron que huir escarmentados.

Dejó en esto el Virreinato el duque de San Germán, y puesto en su lugar el marqués de Cerralbo, se abrió la nueva campaña. Mandaba ahora el ejército francés el duque de Novalles, y traía hasta doce mil infantes y tres mil caballos. Sorprendió en Figueras á un tercio catalán, de modo que ni un hombre se libró de ser prisionero; mas Trinchería nos desquitó de esta pérdida prendiendo á toda la guarnición francesa de Besalú, que, evacuado el lugar, iba á juntarse con su campo. Á esto se redujo la campaña. Tampoco fué más Virrey Cerralbo, y el Príncipe de Parma, que vino en su lugar, no hizo más que entrar en el Rosellón con alguna gente, á fin de divertir al enemigo que amenazaba al Ampurdán. Logrólo, y en seguida, sin saberse bien el por qué de tales mudanzas, entró en el Virreinato el conde de Monterrey. Hizo Cataluña un donativo extraordinario de trescientos mil escudos en tres años, envió la corte alguna ayuda, vino gente de Italia y de Castilla, y al fin se formó un ejército de doce mil hombres con D. José Galcerán de Pinós por Maestre de campo general y otros caudillos de nota.

Nunca tal ejército se hubiera formado; porque así como fueron afortunados y gloriosos los hechos de los miqueletes, así los suyos fueron infelices. Con él salió el conde de Monterrey á atacar al enemigo, que, inferior en fuerzas, molestaba el Ampurdán. Aguardáronle los franceses fortificados entre dos montes, á la otra parte de Villanadal, y él fortificó delante de ellos su ejército. Allí estuvieron unos y otros observándose muchos días sin venir á las manos. Propuso Pinós que, levantando los somatenes, se cortase al enemigo la retirada, que tenía que ser por terreno asperísimo y desfiladeros casi impracticables; con que atacándolo el ejército nuestro tan superior por el frente, sería su destrucción segura. No se siguió este parecer tan acertado, y el francés, conocido el yerro que había cometido metiéndose en lugar de tan difícil salida, levantó su campo y comenzó á retirarse lentamente. Había en nuestro ejército mucha Nobleza, que había acudido á él con deseos de distinguirse, y al ver al enemigo en retirada, sintiendo que se les escapase de las manos cuando tenían la victoria por segura, se lanzaron á perseguirle en desorden. Iba el duque de Monteleón mandando la vanguardia y á su lado el joven conde de Fuentes, el vizconde de San Jorge, y muchos caballeros españoles y alemanes, y no bien descubrieron al enemigo, le acometieron temerariamente. Dió éste cara en buena ordenanza, peleóse furiosamente, y cayó el de Monteleón mortalmente herido entre otros, quedando muertos el de Fuentes y el de San Jorge. Entonces Monterrey puso su ejército en batalla, recogiendo á la deshecha vanguardia y esperando pelear con todas sus fuerzas; mas no le dió lugar el enemigo, poniéndose de nuevo en precipitada marcha á favor de las sombras de la noche, y ganando el Rosellón sin que pudiéramos hacerle el menor daño. Diéronse gracias á Dios en los templos, tanto en Barcelona como en Madrid, por esta jornada; pero con bien poco fundamento. Sintióla Cataluña profundamente, y los generales quedaron muy desunidos, principalmente Pinós, con los demás que habían desoído su consejo, hasta el punto de renunciar el cargo.

Entró á la siguiente campaña (1678) el propio mariscal de Novalles con más de veinte mil hombres en Cataluña y puso sitio á Puigcerdá. Defendió bravamente la plaza el gobernador D. Sancho de Miranda, muy bien asistido de los habitantes, y dió tiempo á que el de Monterrey pudiese juntar ejército con que acudir al socorro. Pero no atreviéndose luego á pelear con el enemigo, superior en número, se retiró Monterrey, y D. Sancho de Miranda, á los cuarenta días de abierta la trinchera, tuvo que darse á partido, con gran disgusto de los ciudadanos, que solicitaban enterrarse en los escombros de la plaza. Todavía el valeroso Trinchería molestó mucho á los enemigos en el cerco de esta plaza, aunque ya cundiese el disgusto en Cataluña por ver que el Rey no iba á jurar sus privilegios, dilatándolo de día en día, y por el poco aliento y destreza con que la defendían los capitanes reales. Aumentó esta cólera un suceso vergonzoso que tuvo lugar en Barcelona: había anclado un navío dentro del mismo puerto, entró en él la armada francesa y lo quemó, sin opósito apenas de la plaza, por indecisión y torpeza del gobernador D. José de Borja y de los otros capitanes que allí se hallaban. Sintiólo Barcelona por amor de la nación, no por interés propio, pues era el navío de los del Rey, tan escasos entonces. Aquel fué el último suceso de la guerra. Al saber las paces los franceses, que amenazaban de nuevo la frontera, se retiraron sin hacer más que destruir las fortificaciones de Bellver y otros castillos poco importantes que poseían.

Más poderosamente aún que Cataluña y Flandes llamó la atención de nuestra corte la guerra de Sicilia, y tanto, que, por sostener ésta, abandonó más y más las otras en los últimos años, separando, principalmente de Cataluña, todos los soldados de alguna experiencia. Quedó la isla algo conmovida desde los sucesos del reinado anterior. Gobernaba ahora D. Luis del Hoyo, marino viejo, pero, al parecer, poco prudente, el cual pretendió disminuir los privilegios de Mesina, que estorbaban el ejercicio libre de su autoridad; excitó con esto la cólera de la Nobleza y de una parte del pueblo de aquella ciudad, y habiendo sucedido al D. Luis en aquel gobierno D. Diego de Soria, marqués de Crispano (1674), se halló ya la rebelión muy cercana. Temióla tanto el Marqués, que hizo prender á los senadores Vicente Zuffo, Tomás Caffaro y otros que reputaba como instigadores de los demás, no bien se encargó del Gobierno. Irritóse la muchedumbre al saber la nueva, y acaudillada por los dos hijos de Caffaro, se presentó delante del palacio del Virrey gritando: ¡Viva Carlos II y mueran los malos gobernadores! No supo entonces D. Diego de Soria resistir como debiera el tumulto, y puso en libertad á los presos. Entonces los mesineses, envalentonados, quisieron apoderarse de la persona del Gobernador, y por consejo de Caffaro, en lugar de «viva Carlos II» gritaron «viva Francia», enviando embajadores á aquella potencia para que les diese socorro.

No se dejó éste esperar mucho. Habíanse apoderado fácilmente los sublevados de todos los fuertes de la ciudad menos del de San Salvador, el más importante, donde D. Diego de Soria se había refugiado con su familia. Pronto acudieron tropas de diversos puntos de la isla y algunas de Cataluña, y D. Beltrán de Guevara con las galeras de Nápoles vino á cerrar la boca del puerto. Dióse un ataque á la ciudad, que no produjo efecto, porque los mesineses, atrincherados en las calles, rechazaron á los nuestros, y el D. Beltrán no osó luego pelear con la armada francesa de M. de Valbelle, cuyos bajeles eran de mucha más fuerza. De modo que entrando el socorro de los franceses, se fortificó y declaró más y más la rebelión. No obraron en esto tan tibiamente como en otras cosas la Reina gobernadora y sus Ministros, escarmentados sin duda con las consecuencias de tales rebeliones. Ordenóse el armamento de veinte bajeles, y con ellos y las galeras de Nápoles fué el marqués del Viso á bloquear á Mesina, mientras la mejor parte del ejército que había en Cataluña se enviaba á la isla, y la ciudad fué tan estrechamente bloqueada. Llena de hambre y miseria (1675), se aguardaba su rendición de un momento á otro. Impidiólo el mariscal de Vivonne, que se presentó en el puerto de repente con una poderosa armada de franceses. Salió á recibirla el del Viso, y combatió con ella bien al principio; pero al ver que M. de Valbelle, con los bajeles en que había traído el primer socorro, salía del puerto á acometerle por la espalda, huyó malamente á Nápoles. Entonces Vivonne desembarcó las tropas que traía, guarneció con ellas los fuertes de la ciudad, y tomó el título de Virrey por Francia. No tardaron los mesineses en echar de menos á su Gobernador antiguo y á los españoles: tal fué la conducta rapaz y licenciosa que allí tuvieron Vivonne y sus soldados.

Al propio tiempo el resto de la Sicilia se había ya puesto en armas en favor de España. Tenía en ella nuestro dominio profundísimas raíces, como que tantos siglos antes estaba unida con Aragón formando una de las provincias de este reino. Todas sus glorias, todos sus recuerdos estaban mezclados con los de Aragón, y aragoneses y catalanes eran de origen muchos de los barones y señores de la isla. Al ver tremolar en ella la bandera extranjera, y al sentir los excesos de aquella gente enemiga en las ciudades y en los campos, no hubo más que una voz que aclamase á España. Así cuando Vivonne salió con ejército formado de Mesina, encontró en todas partes tenaz y continuada resistencia. Amagó en vano á Catana y Siracusa, y aunque se apoderó del pequeño puerto de Angusta, perdió casi todo su ejército, consumido por las enfermedades y los desórdenes. En este punto fué cuando se habló de enviar allá á D. Juan de Austria con el cargo de Vicegeneral en todos los estados de Italia, y al mismo tiempo se pidió á Holanda que nos enviase como aliada fuerzas marítimas bastantes para contrarrestar á las francesas. D. Juan no fué, como atrás dijimos; pero los holandeses, no sin hacerse pagar crecidos subsidios, enviaron al famoso Ruytter con diez y ocho naves de línea, cuatro brulotes y cuatro naves de descubierta. Juntáronsele dos naves y nueve galeras de España, y con tales fuerzas salió Ruytter á recibir al almirante Duquêsne que venía á reforzar á Vivonne con veintiséis naves. Dióse un combate sangriento, en el cual, por causa del viento, no pudieron tomar parte las galeras de España sino ya al acabarse, que vinieron á remolcar á los navíos holandeses que quedaban maltratados; y aunque el combate quedó indeciso, fué siempre ventaja de los enemigos el entrar en Mesina. En tanto, el marqués de Villafranca, Virrey de la isla, había reunido ya bastantes fuerzas para sitiar á Angusta con buen golpe de gente á las órdenes del conde de Bucquoi, título ya ilustre en nuestros ejércitos, y Ruytter fué encargado de bloquearla por mar con una escuadrilla española, reunida, que mandaba D. Francisco Freyre de la Cerda. Duquêsne, reforzado también con muchas naves, vino á atacar á la armada coaligada, y hubo un nuevo combate (1676), en el cual quedó herido de un cañonazo el famoso Ruytter, muriendo de allí á pocos días. Fué preciso tras esto levantar el sitio de Angusta, que ya nos había costado muchas vidas, y entre otras la del conde de Bucquoi, que murió peleando en una salida de los enemigos.

Apenas había pasado un mes de la muerte de Ruytter, cuando Duquêsne se presentó delante de Palermo, donde estaban reparándose los bajeles holandeses y españoles, y hallándolos dentro del puerto, metió en él muchos brulotes que quemaron al mayor número con pérdida de mucha gente por nuestra parte. Estas desgracias facilitaron al de Vivonne que se apoderase de Scaletta, valientemente defendida de los españoles de Taomina, Merilli y muchos castillos convecinos. Pero como el odio de los sicilianos á los franceses era mayor cada día, y mayor el entusiasmo por la causa de España, temiendo el Gobierno francés unas nuevas vísperas, determinó abandonar la isla. Hízolo traidoramente (1678), porque envió con una escuadra y nombre de Virrey al duque de la Féuillade, el cual embarcó todas sus tropas y efectos bajo diversos pretextos, y hasta que estuvo en alta mar no participó la determinación á los rebeldes. Estos, llenos de desesperación, tuvieron entonces que rendirse sin resistencia; huyeron los más culpables, muchos fueron ajusticiados, y el marqués de las Navas, nombrado Virrey en lugar de Villafranca, aunque á costa de grandes castigos, restableció la tranquilidad en toda la isla.

Después de guerra en todas partes tan poco afortunada, no podían ser muy ventajosas las paces; pero la torpeza de nuestra diplomacia y la mala fe de Holanda hizo que las que ahora se ajustaron fueran aún más fatales para España. Holanda, por cuya causa se había comenzado la guerra y en cuyo provecho la habían empeñado principalmente España y el Imperio, mirando que estaba comprometida á no hacer paz ó tregua con Francia, sin que ésta nos devolviese lo que nos había quitado desde la paz de los Pirineos, fué quien primero se cansó de la guerra, disponiéndose á dejar de cualquier modo las armas.

Hubiera esto podido excusarse, á no añadir á la poca constancia la perfidia con que sacrificó los intereses de sus aliados á los suyos propios. Había ya tiempo en verdad que se trataba de ajustar las paces, y para ello todas las potencias beligerantes tenían en Nimega sus Embajadores, siendo los de España el marqués de los Balbases, D. Pablo de Espínola y D. Pedro Ronquillo. Pero como las pretensiones de Francia eran tan grandes, no se podía de modo alguno hallar concierto. Entonces Luis XIV propuso secretamente á Holanda que la devolvería cuanto la hubiese tomado con tal que le dejase resarcirse á costa de España; y como no fuesen mal oídas sus proposiciones, las últimas campañas se encaminaron casi solamente contra nosotros. Resistíase el Príncipe de Orange á la paz; pero por eso mismo más la deseaban los Estados generales de Holanda, recelosos de que la ambición del Statuder pusiese en peligro la libertad de la república. No obstante, para ocultar mejor la deslealtad ajustaron los Estados generales un tratado primero con Inglaterra, comprometiéndose ambas potencias á obligar á las otras á hacer las paces de grado ó por fuerza, atacando juntas á la que se mostrase indócil y empeñada en no dejar las armas. Al calor de este tratado se ajustaron definitivamente las paces con Francia, que no pudo serles más ventajoso (1678), obligando á España, imposibilitada para defender sola sus provincias y para oponerse á los nuevos aliados, á que aceptase las condiciones que quiso dictarle Luis XIV, que no pudieron ser más desastrosas.

No supieron aprovecharse nuestros Embajadores de la buena fe con que los de Inglaterra, que no habían intervenido en la negociación sino para procurar la paz general, se negaron á firmar el tratado particular de Holanda; ni supieron conocer á tiempo las alevosas negociaciones que secretamente mantenían los Embajadores franceses y holandeses. Así nosotros solos pagamos los gastos y padecimos las consecuencias de aquella guerra desgraciada. Fué preciso ceder al Rey de Francia el Franco Condado, Valenciennes, Condé, Bouchain, Cambray, Aire, Saint-Omer, Ypres, Warwik, Warneton-la-Lis, Poperingue, Bailleul, Cassel, Menin, Bavay y Maubeuge con sus dependencias, y además la plaza de Charlemont por no haberse podido obtener del Obispo y cabildo de Lieja que diesen á Dinan como estaba convenido. Aquella vergonzosa paz de Nimega, que exponía nuestra debilidad al escarnio y burla de las demás naciones, causó en España profundo disgusto. Ella acabó de desacreditar el gobierno de D. Juan de Austria, ya muy mal reputado.

Este hombre que tantas esperanzas había hecho concebir á la nación, y que tanto había censurado á los demás gobernantes para fabricar sobre la ajena deshonra la propia elevación, obró de modo que en un instante desvaneció todas las esperanzas, y atrajo sobre sí mayores censuras que la Reina, que el confesor y que el propio Valenzuela. Comenzó por vengarse crudamente de todos sus enemigos, con lo que claramente dió á entender que más le movía pasión propia que amor de la patria. Negóse á entrar en Madrid mientras el Rey no apartase de su lado á la Reina su madre, y con efecto consiguió que fuese confinada á Toledo, dándola el alcázar de aquella ciudad por residencia, y por honor su Gobierno; ¡pequeño honor para caída tan grande! Luego su primera resolución fué la captura de Valenzuela. Habíase este retirado al Escorial, debajo del real seguro, y allí tuvo noticia de lo que se pensaba, y se refugió en el monasterio, donde el prior, compadecido de él, le ocultó cuidadosamente. Súpose que estaba allí por un sangrador á quien fué preciso llamar habiendo caído enfermo Valenzuela; y el duque de Medinasidonia y D. Antonio de Toledo, hijo del duque de Alba, que con doscientos caballos fueron al propósito de prenderle, sin reparar en otra cosa que en servir á don Juan de Austria y en satisfacer acaso su propia cólera, violando el sagrado, por fuerza le sacaron del monasterio, lleváronle al castillo de Consuegra, donde estuvo algún tiempo, y luego, quitándole todos los títulos, dignidades y bienes que poseía, se le envió D. Juan desterrado á Filipinas. Así cayó aquel monstruo de fortuna que había escandalizado tanto á la España y al mundo. Llevó su desgracia con entereza muy grande; y cierto que si alguna vez fuera disculpable la ambición vil que llega á su término por tan bajos medios como llegó Valenzuela, habría de serlo en este que no abusó del poder en daño de ninguno, contentándose con disfrutar él y que disfrutasen sus amigos á costa de la Monarquía. ¡Tiempos de aborrecible memoria en que aún esto pudo merecer cierta alabanza!

Castigado Valenzuela, sin acordarse aún de los negocios del Estado, encaminó D. Juan sus iras contra sus amigos y los de la Reina y aún contra los que habían permanecido neutrales. De estos era el conde de Villaumbrosa, Presidente á la sazón de Castilla, hombre recto y de ejemplar entereza, el cual, habiendo recibido en los pasados disturbios una orden de la Reina para que sin forma de proceso mandase decapitar á un hombre, echó el papel á un brasero diciendo: «así cumplo yo orden tan contraria á mis obligaciones.» Pero así como no consintió esto, tampoco se prestó á vender y abandonar á la Reina, como hicieron todos los Ministros y Grandes en los últimos días de su gobierno, comprometiéndose por escrito solemne á traer á D. Juan al gobierno. Esto bastó para que fuese separado de su alto empleo, entrando á sucederle un D. Juan de la Puente y Guerosa, canónigo de Toledo, buen amigo sin duda de D. Juan, mas no por eso buen Presidente de Castilla, indigno de tan alto encargo. Ya comenzaba á murmurar la corte cuando comenzaron á salir desterrados todos los Grandes y personas principales amigos de la Reina, (1676), el Almirante de Castilla, el duque de Medina de las Torres, Príncipe de Astillano, el de Osuna, el marqués de Mondéjar, el conde de Aguilar y otros: de suerte que con tales venganzas y ejemplos casi se tuvo á fortuna en el marqués Aytona, el mayor de los enemigos de D. Juan, que hubiese muerto poco antes. Desterró hasta dos mil hombres del regimiento de la Guardia, antes de enviarlo fuera de Madrid; y no hubo violencia que no cometiese. Ni paró en sus enemigos la saña; sino que temiendo que se le escapase poder tan costosamente adquirido, viendo que Monterrey, uno de sus mayores parciales, iba adelantando mucho en la gracia del Rey por el cuidado que ponía en sus enfermedades y dolencias, le envió á mandar las armas en Cataluña con desabrimiento. Al propio tiempo continuaba la guerra, si con poca fortuna en los años anteriores debajo del gobierno de la Reina, desgraciadísimamente ahora, faltando más que nunca los recursos y disposiciones; como que D. Juan no reparaba siquiera en ella. Pasaba los días leyendo los papeles que en copioso número circulaban por Madrid llenos de sátiras y de injurias contra él; desesperábase con ellos y meditaba venganzas horribles contra los autores, sensible á la censura cuando era tan insensible á su deber; cobarde para arrostrar las iras de la opinión, cuando era tan audaz para provocarlas, cosa muy vista en gobernantes. De esta suerte pasó por sus manos, casi sin advertirlo, la afrentosa paz de Nimega, y tocó la nación en el último punto de su descaecimiento y vergüenza. Soberbio, iracundo, sin resolución para las cosas grandes, dado sólo á pequeñeces é intrigas, suspicaz al extremo, envidioso de todo, cada momento se dejaba abandonar de uno de sus parciales y se hacía un nuevo enemigo. Siempre fijos los ojos en el cetro, que las dolencias continuas del Rey acercaban más y más á sus manos, temiendo que se le escapase, odiando á todos los que podían impedirle que lo disfrutase, llegó á vacilar su razón y llegaron á decaer las fuerzas de su cuerpo. También era para él grande la Corona; tampoco podía con ella su cabeza; tampoco sus ojos podían resistir el brillo que de ella se despedía, ni los aromas y sonidos dulces que la acompañaban, y solamente al verla cerca se rendía. Algo de la locura de Masianello había en aquel hombre, hijo de una cómica y de un rey que sólo en el nombre lo era, y traído á tan altas esperanzas por la fortuna.

Todo se lo debía al favor del pueblo, y en otro tiempo había escrito que en él se hallaban refugiadas las nobles calidades que faltaban en la nobleza y personas principales; mas ahora en el poder, no tenía con él cuenta alguna.

En su tiempo murieron las Cortes de Castilla, tan respetadas, á pesar de todo, por Felipe IV, y aunque poco consultadas por la reina Doña Mariana, no caídas hasta entonces en completo olvido. Cobraba los viejos tributos sin pedir su renovación, como se solía, y con tal de no reunir las Cortes, prefirió en los apuros de la guerra acudir á los Grandes por donativos. Alba, Astorga y Osuna dieron cada uno cien mil escudos, y él mismo, con loable conducta en esto, amonedó mucha parte de la vajilla que tenía en provecho del Estado. Pero cabalmente entonces, el pueblo agradecía menos que pudiera agradecer nunca el que se le perdonasen tributos á costa de no reunirse las Cortes. Los últimos disturbios y el abatimiento de nuestro poderío, y el continuo desgobierno que se veía, obligaba ya á los más indiferentes á pensar que sólo en las Cortes de la Monarquía, bien y legalmente reunidas, podían hallar remedio nuestros males. Hasta bullía en muchas cabezas aquella idea fecunda de que era preciso reunir en unas Cortes generales los brazos y estamentos de las diversas provincias, y en muchas partes la idea de que era preciso fundir de nuevo «esta campana rota de la Monarquía», según las palabras citadas, comenzaba á inclinar los ánimos á la revolución. Estos momentos críticos escogió D. Juan para poner en completo olvido las Cortes de Castilla, para no cumplir con los fueros de aquella Cataluña que tanto le había amado, y para permitir que el pueblo de Madrid, tan favorecedor suyo, en lugar de aquella abundancia en que le tuvo Valenzuela, padeciese hambre continua. Así, jamás una revolución general había estado tan próxima en España, ni hubo nunca Ministro más aborrecido que D. Juan. Las mismas esperanzas que había hecho concebir, ahora empujaban el odio y lo acrecentaban.

D. Juan perdió la Corona que ambicionaba con su propio Gobierno, cuando él siendo acertado y patriótico pudiera traérsela á las manos; la muerte, que le sobrevino tan pronto, no hizo más que apresurarle el desengaño. Tuvo tiempo, sin embargo, de tocarlo en sus propias obras. Como no ponía su atención sino en lo que se hablaba de él y en lo que contra él se hacía, supo que el pueblo le aborrecía, y que los Grandes, conjurados casi todos contra él, no cesaban de invitar á Doña Mariana á que volviese de pronto de Toledo, y con ayuda de ellos derrocase al bastardo Príncipe. Comprendió que todos le faltaban, hasta el Rey mismo, viniendo también infundados recelos á atormentarle. Porque hecha la paz de Nimega, el Rey, que se hallaba en los diez y siete años, determinó contraer matrimonio. Hizo cuanto pudo D. Juan por desbaratar este intento, temiendo que á pesar de la mala salud del Rey, le diese Dios sucesión para su daño. Desbarató el que estaba ya hablado con Doña Mariana, hija del Emperador y no hizo nada por lograr el de la Infanta heredera de Portugal, que tan lisonjeras esperanzas prometía de reunir otra vez los reinos. Por último, con propósito de evitarlo, á la última hora propuso D. Juan mismo el de Doña María Luisa de Orleans. Era hermosa esta Princesa y de dulce fisonomía, que daba á entender angelicales sentimientos; vió D. Carlos su retrato y prendóse de ella; dentro de aquel alma, abatida por los dolores penosos del cuerpo, no había lugar para otro sentimiento que el amor, no ardiente y licencioso, sino más bien fraternal, pero constante. Así, desde que vió los retratos, no apartó un momento su atención de este matrimonio.

Alarmóse D. Juan al ver cuán seriamente tomaba el Rey sus burlas, y procuró estorbar tal matrimonio, propuesto por él con más empeño que ninguno, y en esta lucha con el amor del Rey, perdió el poco afecto que ya éste, arrepentido de lo que había hecho con su madre, le tenía. El casamiento se efectuó, dejando al Embajador francés no poco resentido, y poco después el Rey, sin tener cuenta con las órdenes de D. Juan, alzó el destierro al duque de Osuna y al Príncipe de Astillano, diciendo con desusada firmeza: «aunque él se oponga, basta que yo quiera para que se haga.» Y con efecto, ya no consultaba el Rey sus determinaciones sino con el duque de Medinaceli y un cierto D. Gerónimo de Eguía, que de escribiente había llegado á secretario del despacho, y entendía mucho en los asuntos públicos.

Por algunos meses estuvo el Rey tan animado, que se llegó á esperar un desarrollo afortunado de su naturaleza. Comenzó á mostrar no sólo firmeza, sino ira y resolución muy grandes. Barrionuevo cuenta que cierto día tiró la espada, y estuvo á punto de matar á un paje porque contradijo levemente sus órdenes.—Fué un fuego fatuo aquel aliento y resolución; pero duró lo bastante para hacer temblar á D. Juan por su poderío. Susurrábase ya que la Reina madre había de venir para asistir á la entrada de la nueva Reina, y los enemigos de D. Juan se mostraban alegres y confiados, al paso que él se hallaba solo, sin un amigo apenas que le diese consuelo. Procuró divertir al Rey con comedias y fiestas que le daba ya en el Pardo, ya en la Zarzuela, esquivando llevarlo á Aranjuez, porque no estuviese tan cerca de su madre; mas no consiguió por eso recobrar su afecto. Trajo de Salamanca en tal extremidad para que le sostuviese, á un catedrático de la Universidad, por nombre Fr. Francisco Relux, muy partidario suyo en otro tiempo, elevándole al cargo de confesor del Rey. Pero éste se puso contra él al punto, llevándose antes de la conveniencia que presta el ir tras el vencedor, que de la gratitud que le exigía el seguir la suerte del vencido. Nadie dudaba ya que al llegar la nueva Reina, el resentimiento que tenía el Embajador de su nación con D. Juan y la vuelta de la Reina madre le derribasen, cuando el peso de los cuidados, de los temores, de las esperanzas burladas, la ambición y la ira de consuno postraron al bastardo en el lecho, de donde no se levantó jamás. Murió, dicen, de tercianas; otros dicen de veneno; pero, sin duda, el verdadero mal fueron sus pasiones desordenadas. Mostró la mayor conformidad en los últimos momentos, y sus funerales se confundieron con el regocijo á que se entregaba toda la corte por la próxima llegada de las dos Reinas. En la muerte de D. Juan termina, naturalmente, el primer período de la vida de Carlos II.

Illustration from Historia de la decadencia de España
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