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Historia de la decadencia de España

LIBRO NOVENO

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Illustration from Historia de la decadencia de España

SUMARIO

Carácter de Doña Mariana de Austria y del Padre Nithard; elevación de éste y primeras desavenencias con D. Juan.—Proyectos ambiciosos de Luis XIV; acomete á Flandes y toma muchas plazas.—Paces con Portugal.—Preparativos de guerra y donativos; pérdida del Franco Condado y paz de Aquisgrán, donde se recupera.—Ordénase á D. Juan que pase al gobierno de Flandes; muerte de Malladas; niégase D. Juan á ir á Flandes; quítale la Reina el gobierno; dispónese prenderle en Consuegra; su fuga á Cataluña; división de la Corte y de la nación en dos partidos; dirígese en armas D. Juan desde Barcelona á Madrid; preparativos de resistencia; llegada de don Juan á Torrejón de Ardoz; cede al fin la Reina desterrando al Padre Nithard.—Nuevos disgustos entre la Reina y D. Juan; el Regimiento de la Guardia; niégase D. Juan á deshacer sus fuerzas; nómbranle Vicario de los reinos de Aragón; intentos de D. Juan.—Principios de la privanza de Valenzuela; desórdenes de los Guardias de la Reina; gobierna Valenzuela la Monarquía; desastres en América; nueva guerra con Francia; imposibilidad de sostenerla; el Rey llega á su mayor edad y llama á D. Juan al Gobierno; destierro de Valenzuela y de la Reina.—Sucesos de la guerra.—Flandes; batalla de Seneff; pérdida del Franco Condado: Ayre, Condé, Valenciennes, Cambray, Gante é Iprés, rendidas al enemigo; batalla de Mons.—Cataluña; inteligencias en la parte de Rosellón; hazañas de los miqueletes y ventajas del duque de San Germán; combate glorioso del Tech; batalla de Maurellás; heroísmo de los miqueletes; gloriosa defensa de Gerona; el capitán Boneu; combate de Vilanadal; pérdida de Puigcerdá.—Sicilia; insurrección contra el Virrey en Mesina; dase esta ciudad á Francia; combate naval; viene Ruyter con la Armada holandesa en nuestra ayuda; combates navales y muerte de Ruyter; abandonan los franceses á Mesina; paz vergonzosa de Nimega.—Gobierno de D. Juan de Austria; su descrédito; casamiento del Rey; muerte de D. Juan.

Era la reina gobernadora Doña Mariana de Austria, Princesa de poco talento, pero imperiosa y terca sobre manera: de suerte, que todo límite opuesto á su voluntad le parecía estrecho; cruel en sus iras y orgullosa; poco amante de los españoles, á quienes miró siempre como extranjeros, al paso que profesaba ciego cariño á su casa y á su familia. No temía los sucesos, por peligrosos que fueran, cuando los miraba de lejos, y sólo al sentir sobre ella el golpe, decaía de aliento. Devota, aunque no tanto que por serlo se olvidase de que era mujer, ni cifrase todas sus dichas en el cielo. Sedienta de oro, no tanto por el que necesitaba para sí, como por el que derramaba sin tasa entre su familia y sus favorecidos, tuvo también aquella mujer la desgracia de no saber suplir los talentos que á ella la faltaron, rodeándose de quien los tuviese grandes. Así se vió que los más de sus Ministros y favoritos eran menos capaces que ella de dirigir las cosas del Gobierno.

El primero, que fué el Padre Juan Evérard ó Everardo Nithard, de la Compañía de Jesús, había sido confesor suyo desde los primeros años, y en tal concepto vino acompañándola á Madrid. Jamás caracteres más parecidos han podido reunirse que el del confesor y la Reina. Tenía aquél solo más astucia, como que le hacía más falta en lo humilde de su condición para los altos fines que ambicionaba; pero en lo demás era imperioso y terco como la Reina, como ella crédulo y fanático y enemigo de tener compañeros en el poder é influjo. No bien murió su marido, se propuso la Reina dar entrada en la Junta formada en el testamento para asistirla en todas las cosas del Gobierno, al confesor Nithard. Favoreció la casualidad su propósito; porque veinte horas después del fallecimiento del Rey faltó también el cardenal Sandoval, Arzobispo de Toledo, con lo cual quedó en la junta un puesto vacante. Aguardaba todo el mundo con curiosidad la provisión de empleo tan alto, cuando la Reina, llamando al cardenal D. Pascual de Aragón, que como Inquisidor general era de los miembros de la Junta, le ordenó que aceptase el Arzobispado de Toledo, dejando su antiguo empleo. Resistióse el de Aragón como era natural, porque en aquellos tiempos no había ya cargo alguno en la nación que pudiera compararse con el suyo; pero la Reina le obligó á consentir en ello, nombrando en seguida al Padre Nithard Inquisidor general, y como tal, miembro nato de la junta. Por muy prevista que estuviese la privanza del confesor, causó el suceso profundo y general disgusto.

Señalóse entre los que murmuraban de la elevación insólita del jesuíta, el bastardo príncipe D. Juan de Austria, que era quien más desfavorecido se hallaba con el nuevo orden de cosas. Enemigo de Doña Mariana de Austria casi desde el punto en que ella puso el pie en España, acusándola, de sus derrotas primero, y luego más quejoso de ella por su destierro, envidioso desde entonces porque con sus gracias hubiese cautivado al Rey á punto de fiar de ella más que de él, quitándole la privanza que tenía por segura y aun enajenándole su amor, de suerte que ni quiso verle en la hora de la muerte, resentido porque ni el Rey en esta última hora, ni luego la Reina misma, quisieron concederle el título de Infante, que aunque bastardo pretendía, teniendo en menos la aptitud de la Reina, y despreciando al confesor, de cuya virtud públicamente se burlaba, y cuyos principios escarnecía, y á la par de esto, más rico en ambición que en mérito, pensando que á hombre como él estaba reservado sólo el salvar en tan difíciles circunstancias la Monarquía, y que era desconocer la grandeza de su capacidad el que donde estaba para gobernar, otros gobernasen, y más un teatino y una mujer, cuando claramente se necesitaba un gran soldado, y él por tal se tenía, D. Juan no debía ver con paciencia los sucesos. Y por lo mismo, si él era quien más hostilizaba á la Reina y al confesor, también era la persona contra quien el confesor y la Reina estaban más enconados. Esperaban éstos una ocasión en que echarle de la corte con honroso pretexto, cuando el mismo D. Juan, anticipándose, se salió de Madrid cierto día y se retiró á Consuegra, donde antes había estado retirado, residencia ordinaria de los grandes priores de Castilla en la Orden de San Juan, cuya dignidad poseía. Publicaba que después de haber presidido en el consejo secreto de su padre, no podía tolerar compañero tan inferior en los consejos y determinaciones como el Padre Nithard. No contentó á éste ni á la Reina la retirada, recelando con razón que la hacía para conspirar mejor contra ellos. Lo que deseaban era echarle lejos y de suerte que no tuviera por qué querellarse. Y no tardó en ofrecerse pretexto para esto, por cierto bien desgraciado.

La guerra con Portugal continuaba, aunque reducida á robos, correrías y desolaciones de una y otra parte, sin que hubiese aquí ni allí ejército que emprendiese operaciones formales. Había querido hacer la paz la Reina gobernadora no bien murió Felipe IV; pero los Consejos del reino con laudable impulso de patriotismo se negaron á ello, no queriendo renunciar al derecho que asiste á España de ser una, ya que por entonces faltase el poder de ejecutarlo. Meditábase aún levantar tropas y buscar dinero con que avivar de nuevo las hostilidades: dinero era lo principal, porque se veía á la poca gente que por allí teníamos salir á robar por los caminos y por las calles de nuestras mismas poblaciones para sustentarse. Pero no hubo tiempo para atender á esta guerra: acontecimientos gravísimos lo estorbaron. Luis XIV andaba buscando ocasión desde la muerte del rey Felipe para aprovecharse de la debilidad del Gobierno y de la impotencia de la nación, despojándonos á mansalva de los dominios que nos quedaban todavía. Un leguleyo, por nombre Duhan, natural de Turena, había descubierto, revolviendo y compulsando antiguos libros, que en el estado de Bravante había vigente una ley, la cual disponía que siempre que un poseedor pasase á segundas nupcias, hubiese de reservar los bienes patrimoniales para los hijos del primer matrimonio.

No necesitó más Luis XIV, y extendiendo al punto un manifiesto donde pretendía probar que aquella ley civil debía considerarse como ley política, exigió que España le entregase por su mujer María Teresa, única sucesora que había quedado del primer matrimonio de Felipe IV, el Bravante y cualquiera otro país donde tal derecho de reserva hubiese. Rechazó, como era natural, Doña Mariana de Austria la pretensión y el manifiesto del francés; y aun refutólo victoriosamente el doctor D. Francisco Ramos del Manzano con sólidas y eruditas razones. Pero ni la negativa de la Reina, ni las buenas razones del jurisconsulto Manzano pudieron apartar al rey Luis de su propósito. Concertó una alianza con Portugal para que nos entretuviese en nuestra frontera, á fin de que no pudiésemos asistir á Flandes con alguna ayuda, concentró numerosas tropas en las dos provincias más próximas á los Países Bajos, preparó víveres y municiones, y ajustó tratados con los Príncipes alemanes confinantes para que no dejasen pasar por su territorio los socorros que pudiera ó quisiera enviar el Emperador; y en seguida, juntando la fuerza con la pretensión (1667), entró sin más justificación y declaración de guerra en los Países Bajos con hasta cincuenta mil soldados, ejército poderosísimo para aquella edad, puesto que hasta entonces no hubiera sido costumbre usarlos tan numerosos.

Cómo estuviesen los Países Bajos para resistir tal invasión, da pena recordarlo. Gobernábalos á la sazón el marqués de Castel-Rodrigo, Don Francisco de Moura, ilustre portugués que había seguido la parte de España, y en largas experiencias y servicios tenía dadas pruebas de su lealtad. No bien vió amenazadas sus provincias, escribió á la Reina una carta donde la decía: «Que mientras Francia hacía tan grandes preparativos de su parte, todo era desnudez y falta de recursos en Flandes; que tenía necesidad de los soldados españoles é italianos, y hasta tiempo para mejorar algo las cosas; que había abastecido en lo posible á Namur, Charlemont y Charleroy, alentando los abatidos ánimos; pero que no por eso podían contarse por seguras tan importantes plazas, puesto que continuaban haciendo falta provisiones, y los doscientos mil escudos, que era la sólida cantidad que había recibido en dos meses, no bastaban para cubrir la centésima parte de las urgencias; que si los franceses entraban como se decía aquella primavera, no veía cómo habían de salvarse las plazas sino era de milagro, y que bien pudiera darse una provincia, con tal de evitar entonces el rompimiento.» No logró el buen Marqués que la Corte atendiese á nada de esto, y cuando entró Luis XIV en persona en los Países Bajos, se halló para resistirle con algunos miles de hombres desorganizados y hechos á vivir de limosna en los caminos reales, sin víveres, ni artillería, ni capitanes. No hay que culpar de nada al marqués de Castel-Rodrigo; él hizo cuanto se podía hacer en tales circunstancias.

Voló las fortificaciones de muchas plazas por no tener soldados con que guarnecerlas, entre ellas á Armentieres, Condé y San Gillain: quiso hacer lo mismo con Charleroy, donde tenía á medio acabar grandes obras de fortificación; pero no llegó á tiempo de lograrlo. El Monarca francés en persona tomó esta ciudad é hizo acabar las fortificaciones. Jamás se ha hecho una campaña más ventajosa ni más ponderada que la que éste hizo en aquella ocasión; pero tampoco se ha hecho menos honrosa. Pobre sería la reputación de las armas de Francia, si hubiera de formarse con tales hazañas como entonces hicieron: pasear con cincuenta mil hombres y formidables trenes de artillería un país indefenso, tomar plazas voladas ya ó desmanteladas, sin víveres ni guarniciones, era cosa que cualquier Monarca hubiera hecho aún sin llamarse, como Luis, el Grande, y que la nación menos esforzada de Europa hubiera sabido llevar á cabo.

Mientras el rey Luis fortaleció á Charleroy, el mariscal D'Aumont con diez mil hombres tomó á Bergues, y á Furnes, valerosamente defendida, á pesar de todo, por su gobernador D. Juan Toledo. Luego el propio Rey, continuando su paseo militar, entró en Ath sin resistencia, y con poca en Tournay y D'Aumont se apoderó de Courtray, Oudenarde y Alost. Douay ofreció ya á Luis alguna resistencia, y dió tiempo á que se acabase de aprovisionar á Lila, que era la plaza inmediatamente amenazada. El conde Croy, capitán flamenco de nombre, entró en ella con buena guarnición, y se dispuso á sostenerla hasta el último punto. No tardó en sitiarla el Monarca francés con todo su ejército, levantando formidables baterías: la defensa fué como se esperaba; pero al cabo de diez y ocho días de trinchera abierta, aportillados los muros por todas partes, fué preciso capitular. En tanto el de Castel-Rodrigo había levantado algunos regimientos alemanes y otros de naturales, con los cuales, que sumarían seis mil hombres, envió al conde de Marsín al socorro de la plaza. Llegó tarde aquella gente; pero aun cuando hubiera llegado antes, era harto exiguo su número para que pudiese obrar cosa de provecho. No bien supo Luis que venía acercándose á su campo, deseando hacer un simulacro de batalla, y volver á París con la gloria de haber arrollado, á diez contra uno, nuestras banderas, envió numerosas tropas á su encuentro. Retiróse el de Marsín en buen orden; pero los franceses cerca del canal de Brujas alcanzaron su retaguardia, la cual no obstante lo desigualísimo del número, se defendió tan bien, que con pérdida de ochocientos hombres mató más de mil á los enemigos. Sin embargo, fué arrollada, que era lo que Luis XIV quería. Así acabó la campaña.

Sorprendida con ella nuestra Corte, dejóla comenzar y acabarse sin acertar á poner algún remedio. Lo primero que se discurrió fué hacer las paces con Portugal, atendiendo á que mantener la guerra en ambas fronteras contra tan pujantes enemigos era imposible. Y si semejante paz, que rompía para muchos siglos al menos nuestra unidad, pudiera ser en alguna ocasión por necesaria disculpable, en esta lo era. Sin embargo, fuera mejor aún abandonar ó vender toda Flandes con tal de sostener aquí la guerra, que no dejar de hacerla aquí para sostenerla en defensa de aquellas provincias. Mas el honor nacional, vilmente insultado por Luis XIV, excitaba de una parte el deseo justo de la venganza, y de otra, como la guerra con Portugal había sido tan desgraciada, todo el mundo suspiraba por la paz en Castilla. Opusiéronse todavía alguna cosa los Consejos y Ministros á quien se consultó; pero al cabo cedieron, y por medio de aquel marqués de Heliche y del Carpio, prisionero en Lisboa desde la batalla de Villaviciosa, se entablaron las negociaciones; y siendo mediador y fiador el Rey de Inglaterra, se ajustaron las paces al empezar Febrero de 1668.

En ellas se acordó restituir á Portugal las plazas que durante la guerra habían recobrado las armas del rey Católico, y al Católico las que durante la guerra le tomaron las de Portugal, con todos sus términos, quedando las plazas con la artillería que tenían cuando se ocuparon, y los moradores libres para ausentarse ó quedarse, como mejor les conviniera; declarando que en tal restitución de plazas no entrase la de Ceuta, con la cual había de quedarse el rey Católico, por ciertas razones que se consideraban, y fueron sin duda el notar que ésta no había dejado de estar un momento bajo nuestro dominio, y que por su voluntad se había unido á nuestra corona, no reconociendo nunca al de Braganza. Restableciéronse todas las cosas del comercio y tráfico al punto que tenían cuando murió el rey D. Sebastián, y se devolvieron de ambas partes los bienes confiscados.

Entonces, libre nuestra Corte por este lado, volvió toda su atención á Francia. Imaginóse un préstamo que podían hacer las personas pudientes del reino, mil de ellas á mil ducados, y otras á mil quinientos; mas este préstamo no llegó á ejecutarse. Lográronse sólo ciertos donativos de personas particulares, con que se reunieron algunos miles de escudos que enviar á Flandes. Permitíase, á pesar de la guerra que el Embajador francés, que era el Arzobispo de Embrún, permaneciese en Madrid y espiase nuestras acciones, cosa que de mucho antes venía sucediendo, á punto, como en otra ocasión hemos dicho, que más se sabían en París que en Madrid mismo nuestras flaquezas. De este Embajador quedan despachos sobre el tal donativo, donde se dan curiosos detalles: señalóse el viejo marqués de Mortara, dando, á pesar de los apuros de su casa, no de las más ricas, mil patacones; el Almirante de Castilla también contribuyó con mil pistolas, los Consejeros de Castilla cedieron la mitad de sus emolumentos de un año, y el conde de Peñaranda, el Arzobispo de Toledo, el cardenal duque de Montalto y otros grandes contribuyeron de la propia manera. Impúsose un tributo sobre los carruajes y las mulas; rebajóse un quince por ciento más á la deuda de juros reales; no hubo cosa en que no se pensara por sacar dinero, hasta el apoderarse de la plata que venía de América para los particulares, consejo de que se culpó en lo sucesivo á D. Juan de Austria, y no se llevó á efecto. Al propio tiempo se mandó al duque de Osuna, Virrey á la sazón de Cataluña, que hiciese una diversión en el territorio francés: juntó éste un pequeño ejército, y con él, no hizo más que entrar en algunos lugares abiertos de la frontera y amenazar á Bellegarde. Pero en el ínterin Inglaterra, Holanda, Suecia, y además varios Príncipes alemanes, alarmados con las ventajas obtenidas con Luis XIV en Flandes, ajustaron un tratado por el cual se comprometieron á arreglar las diferencias de España y Francia, obligando á ceder por las armas á cualquiera de estas Potencias que se empeñase en continuar la guerra. Comenzaron por proponer la suspensión de armas, y el Rey de Francia se avino á conceder una tregua de tres meses; pero fué acabada la campaña de 1667, y cuando el invierno dificultaba las operaciones militares; de modo que el marqués de Castel-Rodrigo hubo de contestar, según se cuenta, que ya no necesitaba de más treguas que las que la estación había naturalmente de ofrecerle.

Esto bastó para que Luis XIV, queriendo hacer un nuevo alarde de poderío y aparentar que desafiaba las estaciones, resolviera la conquista del Franco Condado en medio del invierno. Esta provincia, enteramente desguarnecida y abandonada casi por nuestra Corte, estaba separada de Flandes por la Borgoña y la Lorena; de suerte que el marqués de Castel-Rodrigo no podía acudir á ella, y por lo mismo en cualquier estación su conquista era obra de algunos días. Sin duda el de Castel-Rodrigo no pensó más que en sus provincias de Flandes al despreciar la tregua en invierno, á causa de que el Franco Condado, después de la paz de los Pirineos, había vuelto al estado de neutralidad en que siempre se había mantenido; y ahora, después de rota la guerra, continuaba el tratado de neutralidad, y seguía pagando por él la provincia cierto canon al Rey de Francia. Aquella dificultad de defenderla aislada en mitad de Francia hacía tal neutralidad y tributo indispensable, y explica cómo fué esto reconocido en tiempo del mismo Felipe II. Mas resuelto ya Luis XIV á no respetar la neutralidad, y no contento con la dificultad de la defensa y las facilidades que de por sí ofrecía la conquista, hizo cuanto pudo para hacer aquélla más difícil, y más fácil ésta.

Vergüenza da de algunas de las precauciones que tomó, y asombran en un Príncipe que aspiraba á la gloria militar, en una nación que pretendía ser ya la primera en las armas, y en un hecho que ha sido considerado como heroico por la vanidad francesa. Ingenieros disfrazados entraron primero en la provincia y examinaron sus fortificaciones y defensa; luego que hubo ya conocimiento de todo, se empezaron á acopiar municiones en las fronteras, enviándolas empaquetadas á manera de mercaderías y objetos de tráfico; por último, pretextando que marchaban á defender á Cataluña del duque de Osuna, se reunieron hasta diez y ocho mil hombres en las provincias limítrofes, entre tanto que daba Luis XIV las mayores seguridades al Franco Condado de que respetaría su neutralidad, y su Embajador en Suiza negociaba con los de aquella provincia la continuación del tratado. Cuando tuvo ya á punto las cosas, se quitó de repente la máscara, y el Príncipe de Condé se arrojó sobre Dole, la ciudad más importante del Franco Condado. Tomóla en cuatro días, á pesar del esfuerzo con que la defendieron algunos españoles que allí había; la capital de Besanzon, Salins y sus fuertes sin soldados ni municiones, también se entregaron al punto; el marqués de Jenne, Gobernador de la provincia por España, no pudo hacer nada en su defensa, y Luis XIV vino en persona á asistir á aquel mezquino triunfo. Cray, donde se encerró el marqués de Jenne, se sostuvo más, pero sin fruto: y los líricos franceses cantaron con vanidad harto fundada, que catorce días le habían bastado al gran Rey para conquistar el Franco Condado, luchando con nuestras armas y con el rigor del invierno. Más y más alarmadas las naciones aliadas, con el propósito de la paz, redoblaron sus instancias; celebróse un congreso en Aquisgrán, y allí se estipuló que Luis XIV conservaría todas las once plazas que había conquistado en Flandes, devolviendo sólo el Franco Condado: errado y torpe concierto de nuestra parte, pues más que nada nos convenía ceder el Franco Condado, imposible de conservar como acababa de demostrarse. Pero todo pareció preferible á continuar entonces la guerra, y se enviaron órdenes precisas al marqués de Castel-Rodrigo para que no esquivara ningún género de condiciones, Y en seguida se continuaron con más actividad que antes los preparativos para la defensa de Flandes, sospechando que el francés no tardaría en ponerse de nuevo en campaña debajo de un pretexto cualquiera.

Este socorro de Flandes, antes y después de las paces, fué el pretexto de que se valió la Reina para alejar á D. Juan de Austria. No era D. Juan más diestro que el marqués de Castel-Rodrigo, ni más celoso; pero como él era el Gobernador y Capitán general de aquellos estados por nombramiento de muchos años antes, confirmado en el testamento del Rey, siéndolo no más que interinamente Castel-Rodrigo; como era grande el peligro y grande la confianza que ponían en él algunos, esperando de su mano victorias, y á otros parecía conveniente que en tales circunstancias hubiese en Flandes hombre de su representación, nadie extrañó que la Reina le ordenase pasar allá con el socorro. Ni él mismo osó negarse abiertamente á la obediencia. Pero no se sometió sin hacer del confesor y de la orden de la Reina sangriento escarnio. Porque habiéndose presentado delante de la Junta de gobierno, donde como individuo de ella asistía el Padre Nithard, antes de aceptar el encargo es fama que dijo estas palabras: «¿Por qué no enviáis á Flandes al reverendo confesor, que, puesto que tan santo es, no dejará el cielo de concederle victorias de franceses? ¿No basta el lugar en que está para persuadirse de los milagros que sabe hacer?» Y replicándole el confesor que su profesión no era la milicia, contestó más enojado: «Como esas, Padre, le vemos hacer cada día cosas bien ajenas de su estado.» Disimuló el confesor, y partió D. Juan á Galicia, en cuyos puertos había de hacerse el embarco; llegó desde Cádiz para ejecutarlo D. Fernando Carrillo con ocho naves de guerra apresuradamente aparejadas; enviáronse hasta novecientos mil escudos de plata, que fué todo lo que se pudo recoger, en los galeones que acababan de arribar felizmente, y de la gente empleada contra Portugal en Galicia, y nuevas levas allí hechas, hasta nueve mil soldados.

Todo estaba ya á punto, y sin embargo D. Juan no partía. Pretextó que no se le enviaban todos los caudales que se le habían ofrecido, hasta que se le completaron. Satisfecho en esto, alegó luego que una armada francesa de treinta y seis navíos y seis brulotes estaba en las costas de Galicia, dispuesta á cerrarle el camino, lo cual, como cierto que era el fundamento, á nadie causó sorpresa. Hasta pretendieron los franceses quemar nuestra pequeña armada dentro de la ría de Vigo, y sin duda lo consiguieran á no ser por la prudencia del almirante D. Fernando Carrillo, que desembarcando la artillería de las naves, coronando con ella las riberas, y poniendo á la defensa de la boca de la ría algunas lanchas bien guarnecidas de mosquetería, impidió el que los brulotes ó navíos de fuego lograsen entrar y cumplir su intento. Con tal suceso halló medio D. Juan para dificultar más su salida, viendo tan prevenidos á los franceses; y para que no se le acusase de dilatar el socorro, de Flandes fué enviando allá en fragatas y otras naves menores á la deshilada el caudal y soldados, consiguiendo que llegasen sin daño á su destino. Pero en esto, hechas las paces, cesó el motivo de temer que le cerrase el camino la armada francesa; y sin embargo, no por eso se apresuró á poner por obra las órdenes que tenía. Lo que hizo fué avivar el fuego de la conspiración que indudablemente estaba urdiendo para no salir de España y alzarse con el Gobierno.

No tardaron la Reina y su privado en sospechar lo que sucedía; y fuera verdadero temor, fuera pretexto para cargarse de razón contra D. Juan, comenzaron á manifestar recelo de que pretendiese, no ya gobernar el reino en nombre del joven Rey, sino usurparle la corona. Procuraron buscar el hilo de sus tramas, y empezaron á ejercer rigores. Habiendo corrido en la corte el rumor de que iba á bajarse de nuevo la moneda, subieron los precios de todo, y muchos se negaron á vender sus géneros, comenzándose á padecer la misma hambre y escaseces que siempre que tal alteración se ejecutaba. Túvose por cierto haber dado origen á ello el duque de Pastrana y del Infantado, D. Gregorio de Silva, con haberse anticipado á cobrar su renta, y fué desterrado rigurosamente de la corte y condenado á pagar gruesa multa, suponiéndole en connivencia con D. Juan de Austria, y causando alarmas de propósito para favorecer sus planes. Bien que no tardaron en remitírsele al de Pastrana ambas penas. Pocos días después de estos sucesos, que alborotaron algo á la corte, tuvo lugar la retirada del conde de Castrillo de la presidencia del Consejo de Castilla, más escandalosa por lo mismo que hubo más misterios. Después de una larga conferencia con la Reina se retiró el Conde, sin que entonces pudiera saberse el motivo: fué que el de Castrillo tampoco llevaba á bien la privanza y gobierno del confesor, y que la Reina dió en juzgarle á él más afecto á D. Juan de Austria que no á su persona. Vino á recaer la plaza en D. Diego Sarmiento Valladares, Obispo de Plasencia, grande amigo del Padre Everardo: nuevo motivo de murmuración y alarma. Por último, llevó á último punto el escándalo un sangriento suceso. Prendió cierto día un alcalde de Corte á D. José de Malladas, hidalgo aragonés muy del cariño de D. Juan, que se hallaba en la corte, y dos horas después se le dió garrote en la cárcel, en virtud de orden escrita de mano de la propia Reina, sin que el Presidente de Castilla defendiese los fueros de Castilla de tal modo hollados, ni pudiera saber nadie el delito que hubiese cometido aquel hombre. Hoy es y todavía no está averiguada la causa cierta que pudo impulsar á la Reina á ordenar con tan horrible procedimiento aquella muerte; sospéchase que fué porque era el Malladas, alma de la conjuración de D. Juan, y aun no faltan razones para creer que la Reina vió en él con verdad ó sin ella á la persona encargada de asesinar á su confesor. Da cierto valor á tales sospechas la cólera con que recibió don Juan en Galicia la ejecución de Malladas, dado que no era tanto su buen corazón que pueda atribuirse á piedad sola. Representó al punto que no podía pasar á Flandes, y admitió la dimisión la Reina; pero al admitirla envió un Decreto á todos los Consejos, manifestando que no teniendo por bastante la causa de salud que había alegado para determinación tan intempestiva y de tan gran perjuicio al Estado, le ordenaba que sin llegar en distancia de veinte leguas á la corte pasara á Consuegra y allí se detuviese, quitándole la propiedad del Gobierno y generalato de Flandes.

Esparcióse este Decreto de la Reina por toda la corte; y D. Juan, más encolerizado, desde Consuegra apresuró sus intrigas para apoderarse por fuerza del Gobierno; esto al menos se sospecha de los sucesos. Llegó cierto día á Palacio un capitán solicitando hablar á la Reina; hablóla por largo rato, y tales cosas debió comunicarla, que fué preso D. Bernardo Patiño, hermano del Secretario de D. Juan, ocupándosele los papeles y comenzando á formársele proceso. Nadie dudó ya de que el hilo de la conspiración de D. Juan estuviese en poder de la Reina, y más cuando al día siguiente se vió salir de Madrid para Consuegra con órdenes reservadas al marqués de Salinas, capitán de la Guardia Española, acompañado de cincuenta hombres escogidos, dándose por cierto que aquellas órdenes reservadas eran de llevarle preso á una fortaleza. Pero cuando llegó el de Salinas á Consuegra no encontró más que una carta de D. Juan á la Reina diciéndola, «que el motivo verdadero que tuvo para no pasar á Flandes, fué el querer apartar de su lado y del Gobierno aquella fiera de confesor tan indigna del lugar sagrado que ocupaba, y que esto pensaba ejecutarlo sin escándalo ni más violencia que la precisa, sin tocarle á la vida, aunque según su conciencia y lo que toda razón pedía, debía quitársela por las causas comunes del bien de la Corona y particulares suyas y conforme á lo que le habían aconsejado y aun instado grandísimos teólogos.» Amenazaba también tomar satisfacción hasta del menor daño que se hiciese á sus parciales, compadeciendo con lastimosas palabras la suerte de Malladas á quien apedillaba inocente, y á su sentencia, horrible y nefanda tiranía.

Con noticia, sin duda, de lo que pasaba en Madrid, habíase salido D. Juan la noche antes de Consuegra acompañado de hasta sesenta hombres armados, entre sus criados y algunos parciales, encaminándose por despoblados á Aragón, y desde allí, disfrazado, á Barcelona. Recibióle esta ciudad con muestras de amor, porque fué estimada su conducta cuando allí estuvo, y el verlo perseguido del jesuíta Nithard, allí muy aborrecido, aumentó el amor con que le miraban, de modo que toda la nobleza y pueblo se puso de su parte. Gobernaba el Principado el duque de Osuna, el cual, no atreviéndose á ir contra la general opinión, le festejó bastante; pero en su particular pidió instrucciones á la Corte. Ordenóla éste acaso que se apoderase de don Juan; pero él, viéndolo tan amado del pueblo, no osó emprender cosa que podía levantar en armas toda la provincia. Sólo la sospecha que hubo de que iba á embarcársele un día para sacarle fuera del reino por fuerza, causó en Barcelona viva alarma. Desde la torre de Lledó, donde estaba aposentado, escribió D. Juan á la Reina exigiendo ya sin empacho alguno el destierro de Nithard; y los magistrados de Barcelona y la Diputación y cabildo la escribieron también intercediendo por el Príncipe.

No era mujer la Reina que así cediese de sus empeños: consultó al Consejo de Castilla sobre el castigo que podría imponerse á D. Juan, remitiéndole los papeles hallados en casa de Patiño, que eran poco importantes, excepto uno que contenía un horóscopo hecho al Príncipe en Flandes y que al parecer le señalaba más alta dignidad que la que tenía; y contestó que el único medio de que se arreglasen las diferencias, era que D. Juan volviese á Consuegra ó se acercase á la corte, bajo seguro de que su persona sería respetada. No se descuidó en tanto el jesuíta Nithard, y sostenido por los de su hábito que tomaron como propia su causa, publicó un manifiesto, justificando su conducta y acusando la de D. Juan, al paso que otras manos inferiores llenaban la corte y la nación de libelos y sátiras contra éste, procurando de todos modos deshonrarlo. Replicaron de todos modos los amigos de D. Juan, y se empeñó una polémica vivísima en hojas subrepticiamente impresas, toleradas las unas, perseguidas las otras por la Reina y su Gobierno. Ya á este tiempo la Corte estaba dividida en dos partidos: hasta las damas de la Reina, unas se llamaban everardas y austriacas otras.

La nación, cansada de favoritos como tan afligida de ellos, al nombre tal que llevaba el Padre Nithard no podía menos de desear el triunfo de D. Juan de Austria. Preferíase también naturalmente el gobierno de un soldado al de un fraile, que puesto que la devoción fuese mucha, no era tanta que hubiese de desconocerse la inconveniencia de tal género de ministro. Pero la especie de indiferencia en que habían caído los ánimos españoles, el fatalismo cristiano que la exageración del principio religioso había traído aquella conformidad con las desgracias, aquella especie de respeto á los males que se creían originados del cielo, el hábito antiguo de obediencia á la autoridad, y de ciego culto al Trono, y la costumbre de no discutir ó juzgar sobre tales materias, hicieron que lo más de la nación, y en particular los reinos de Castilla, permaneciesen mudos en sus opiniones. Escribió D. Juan desde Barcelona sendas cartas á las ciudades de voto en Cortes, representándoles los motivos de su conducta; y de ellas hubo algunas que suplicaron á la Reina que oyese bien la pretensión del Príncipe echando de España al Padre Everardo; mas el mayor número enviaron á la Reina las cartas que habían recibido vendiendo la fineza de que ni siquiera se habían permitido leerlas. No estaban así los reinos de la Corona de Aragón: mientras que Barcelona se esforzaba en dar muestras de amor á D. Juan lo mismo que toda Cataluña, en Zaragoza se hacían también en su favor grandes demostraciones. Y de todas suertes harto más ventajosa era la situación de don Juan que la de la Reina, claramente favorecido de unas provincias, tácitamente deseado de otras, mientras ella, aunque dentro de la corte hallase quien defendiera á su favorito, apenas tenía en el resto de la nación quien no le aborreciese. Insistía la Reina en que D. Juan volviese á Consuegra; negábase éste, alegando que allí no se contaba por seguro de las traiciones del confesor, y así estuvieron muchos días yendo y viniendo cartas de una á otra parte. Por fin D. Juan, bien aconsejado de sus amigos de la corte, conociendo la flaqueza del partido contrario que en Madrid mismo donde tenía su fuerza apenas podía igualarse con el suyo, se determinó de repente á tener por bastante el seguro de la Reina y á acceder á su solicitud, acercándose, no ya á Consuegra, sino á las mismas puertas de la capital.

Púsolo por obra, con gran satisfacción al principio de la Reina y de los de su partido; pero aguóse sobre manera al saber que con pretexto de venir escoltado y con el decoro que le correspondía, había sacado de Cataluña tres buenas compañías de caballos, prestándose á ello por no chocar con el poder que ya aparecía como vencedor, el duque de Osuna. Ofreciéronse muchos miqueletes á acompañarle; pero D. Juan no quiso por entonces admitirlos; que si no, trajera un ejército consigo. Ni fué esto lo peor, sino que orillas del Llobregat y del Segre, los pueblos catalanes tan exagerados en sus sentimientos, salieron á saludar á D. Juan, llenándole de aclamaciones, y no bien pasó el Cinca comenzaron á traerle en triunfo los aragoneses hasta el Ebro y Zaragoza. Tenía ya puesto la Reina por Virrey en esta ciudad al conde de Aranda, uno de sus mayores parciales y grande enemigo de D. Juan de Austria, á fin de asegurarse de ella y del reino; y envió órdenes estrechas para que al paso de éste no se hiciese demostración alguna de regocijo. Pero la Diputación del reino, á cuya cabeza estaba el Obispo de Albarracín, alegando sus fueros y derechos, se negó á cumplir la orden y salió á recibir solemnemente á D. Juan. Salió también inmensa muchedumbre victoreándole y aclamándole, aunque D. Juan por excusar un conflicto escribió al Virrey y á la ciudad rogando que se le dejase pasar como incógnito sin demostración alguna. Hubo á la par desórdenes. Quiso el pueblo furioso contra el Virrey quemar su casa y también la del Arzobispo que pasaba por afecto á la Reina: algunos magistrados fueron detenidos por las turbas y obligados á gritar ¡viva D. Juan! y ¡muera el Padre Everardo!, y los jesuítas, acusados de defender la causa de su hermano el confesor, no pudieron andar por las calles, so pena de correr grave peligro. Por último, algunos estudiantes y otra gente osada, hicieron un maniquí de paja, vistiéndolo á manera de jesuíta, y con demostraciones de escarnio lo condujeron á las puertas de la casa de la Compañía; allí, forzando con amenazas al Rector de ella á que se presentase en los balcones, en su presencia lo arrojaron á una hoguera.

Siguiendo D. Juan su camino á Madrid sin detenerse un momento, ni querer más escolta, aunque ya á esta sazón llevaba además de las tres compañías de caballos, doscientos buenos infantes, llegó sin tropiezo á Torrejón de Ardoz. Allí, puesta su gente á punto de guerra, comunicó á la capital su llegada. En ésta, en tanto, todo era confusión y ruido. No bien supo la Reina el acompañamiento que D. Juan traía consigo, se preparó á la defensa, ayudándola el P. Everardo y los jesuítas poderosamente: hízose El Pardo cuartel de doscientos buenos caballos traídos de las provincias limítrofes, y las compañías de infantería que había repartidas en los Carabancheles, Toledo y Segovia, recibieron orden de acercarse á la Corte. Al propio tiempo convocó la Reina á todos los Grandes parciales suyos, y éstos á todos sus allegados; alistáronse secretamente compañías de soldados licenciados ó reformados; compráronse caballos para montarlos; nombróse General de las fuerzas al marqués de Peñalva, de los portugueses afectos á España y de los mayores amigos del Padre Everardo, y hasta se quiso sacar el pendón real y levantar en armas la villa, todo, en fin, como si hubiera un ejército á las puertas de la capital. Eran los principales que ayudaban y seguían á la Reina en este empeño, además del Peñalva, el Presidente del Consejo de Castilla, D. Diego Sarmiento, el marqués de Aytona, D. Ramón Guillén de Moncada, y el Almirante de Castilla D. Juan Gaspar Enríquez de Cabrera. Pero los amigos de D. Juan, que eran más y más poderosos, el duque de Pastrana y del Infantado, el conde de Castrillo, el famoso marqués del Carpio y Heliche D. Gaspar de Haro y Guzmán, el duque de Alba, el de Maqueda, el conde de Frijiliana y otros, no se descuidaron por su parte.

Lograron estos que el Consejo de Estado y el de Aragón, consultados por la Reina, declarasen que, en su concepto, lo que correspondía era «que el Padre Everardo saliese al punto de España». El de Castilla, consultado también, se dividió en pareceres. Pasaron luego los de los tres Consejos á la Junta grande, que así se llamaba la de Gobierno, y ésta, con asistencia del Arzobispo de Toledo, el Presidente de Castilla, el Vicecanciller de Aragón, el conde de Peñaranda y el marqués de Aytona, y, en presencia de la Reina misma, opinó, por tres votos contra dos, que saliese el confesor del reino. Oyó la Reina, disgustada ya con la contrariedad de los Consejos, profundamente irritada, este fallo, y cuando todos esperaban que cediese, se contentó con declarar «que no hallaba razón para que el Padre Everardo saliese».

Ya en esto, con la llegada de D. Juan á Torrejón de Ardoz y su amenazador continente, con los dictámenes de los Consejos y de la Junta magna que se hicieron públicos, y las intrigas de los enemigos del confesor y de la Reina, había pasado la corte, de la confusión y el ruido, al alboroto y la alarma. Los preparativos de defensa de la Reina, aunque muy ruidosos, eran tan exiguos que no bastaban para resistir á D. Juan, y éste podía estar seguro de llegar á la corte con su reducido número de soldados y entrar sin dificultad. Esto dió valor á Pastrana y á Heliche para pedir una audiencia á la Reina, á fin de manifestarla el estado de las cosas. No quiso oirlos ella; pero no se retiraron sin decir antes á su secretario en el despacho universal, don Blasco de Loyola, cuán á pique estaba de perderse, si no tomaba resolución en que saliese luego el Padre Nithard, añadiendo «que, de no hacerlo Su Majestad, tendrían que ponerlo ellos en ejecución, para evitar el daño que amenazaba». Tan insolente demanda fué seguida de otro hecho no menos osado. Fueron los mismos Pastrana y Heliche al lugar donde se reunía la Junta de gobierno; hablaron ante ella sin más permiso que el que á sí propios se dieron, y autorizando sus palabras con los gritos de la muchedumbre, que llenaba ya calles y plazas, vitoreando á D. Juan y amenazando al confesor de muerte, convencieron á todos los señores de que extendiesen el decreto expulsando á éste de la corte dentro de tres horas y luego del reino, enviándolo á rubricar á la Reina. No tuvo ya valor para resistir la Reina (1669), y firmó el decreto con apariencia de buen semblante, protestando hipócritamente que no quería más que el mejor servicio de Dios en todas las ocasiones.

Salió, con efecto, el confesor, aunque honrado con el título de Embajador extraordinario en Roma, dándole á escoger entre este puesto y la embajada de Alemania; y debió al celo del Arzobispo de Toledo, que lo sacó en su coche hasta Fuencarral, que no le hiciese pedazos el pueblo. Luego el Nuncio de Su Santidad, que había tenido mucha parte en todos estos sucesos, inclinándose más á la parte de D. Juan, que no á la del jesuíta, fué á ver al Príncipe á Torrejón de Ardoz, donde ya había estado de antemano á visitarle, y acabó de calmar á éste aparentemente, aunque bien pronto se tocó el desengaño. Así terminó pacíficamente aquella primera revolución que tan amenazadora se presentó en un principio. Quedó en ella la autoridad real, que era, al cabo, lo único que quedaba incólume en España, humillada y escarnecida; quedó la Reina madre sin decoro á los pies de un bastardo ambicioso y rebelde y de unos cuantos Grandes más envidiosos que amantes de su patria; quedó el poder del Gobierno vencido por tres compañías de caballos y dos de infantes, que apenas sumarían quinientos soldados. Perdió mucho, en fin, el Gobierno en aquellas circunstancias, y, en cambio, la nación no alcanzó ventaja alguna. ¡Ejemplo notable para los Reyes y para los Gobiernos! Jamás en nación bien gobernada pudiera un bastardo rebelde con unos cuantos cómplices y algunos centenares de soldados traer á tan miserable situación á la Reina; pero como España aborrecía su Gobierno, como sus torpezas y su inhabilidad la hacían merecedora de tal aborrecimiento, ¿qué abnegación no necesitaban los ciudadanos para tomar su defensa? ¿Qué imposible no era que en tal trance quisieran ellos salvarla? D. Juan no tenía títulos para pedir lo que pedía, ni para hacer lo que hacía contra la Reina y sus favoritos; pero ella no debía tampoco abusar en provecho de éstos y de su familia del poder que tenía; y ya que la nación no se decidiese á tomar la venganza por sus manos, miraba con razón friamente que espiase sus faltas á manos de sus enemigos. ¡Pero triste venganza de la nación era esta, que si castigaba las faltas del Gobierno pasado, no remediaba ninguno de sus males! Los sucesos mostraron pronto que las naciones no deben contentarse con sustituir personas á personas, ni con asistir á tales revoluciones y venganzas, sino que deben por sí mismas defender sus derechos y procurar sus beneficios.

No fué la salida del confesor Everardo más que la primera jornada de una comedia que debía pasar por hartas peripecias todavía. Había cedido la Reina atemorizada; pero como terca á la par que tímida, aumentó si era posible su odio á D. Juan, determinada más que nunca á humillarle, mientras éste con la pasada victoria se hacía más imperioso y exigente que antes. Negó la Reina á D. Juan el permiso que la pidió para venir á la corte, ordenándole que se mantuviese á algunas leguas de distancia. Al propio tiempo le mandó que despidiese á la gente armada que había traído consigo. Ofendióse D. Juan de ambas demandas, y en lugar de avenirse á ellas, exigió de la Reina que nombrase una Junta de los mayores, más experimentados y celosos Ministros, donde se tratase de aminorar los tributos, de repartirlos por igual entre los vasallos, de hacer economías en la Hacienda, distribuir bien los empleos, reformar la milicia, y reparar la administración de justicia poco estimada. Y al propio tiempo que proveyese los puestos de confesor é Inquisidor general, que aún tenía á su nombre el Padre Nithard, en personas naturales de estos reinos, y que no se mezclasen en negocios políticos; que separase de la Presidencia de Castilla al Obispo de Plasencia por ser tan su enemigo, y que, de no separarle, le impidiese tomar parte en los negocios que á él le tocasen, lo mismo que al marqués de Aytona, que también se había señalado mucho en contra de su persona.

Con estas pretensiones tenía D. Juan las de que se pusiese en libertad al hermano de su secretario Patiño, que estaba preso todavía; que se despojase al Padre Nithard de todos sus puestos y honores, y que á él se le continuasen los títulos y propiedad del Gobierno de Flandes, que por no haber ido allá le había quitado la Reina. Esto escribía D. Juan en Guadalajara, adonde desde Torrejón se había retirado; y la Reina, en lugar de ceder á ninguna de tales exigencias, redobló las suyas y se dispuso á hacer más eficaz que antes la resistencia. Nombró la Junta que pedía D. Juan con el nombre de Junta de Alivios, á fin de que no creyese el pueblo que descuidaban sus intereses; negoció astutamente con D. Juan para entretenerle; y en el entre tanto, ordenó la formación de una coronelia ó regimiento, imaginada ya antes de la salida del confesor, que al mando del marqués de Aytona, y con el nombre de Guarda de la Reina, debía atender á su defensa, á la par que enviaba órdenes á Ciudad Real y Galicia para que los soldados que allí quedaban del ejército de Portugal se acercasen á la corte.

Luego mandó de improviso á Guadalajara al general de la caballería D. Diego Correa, para que si no licenciaba D. Juan al punto su caballería, diese orden á los capitanes de que se apartasen de él, so pena de desleales é inobedientes. No atendieron los capitanes á las amenazas de D. Diego; y D. Juan, lejos de licenciar su escolta, comenzó á reforzarla con algunos miqueletes catalanes y gente que acudía á su servicio. Pero al propio tiempo el regimiento de la Guarda se formaba á toda prisa, y el marqués de Aytona, su Coronel, ofrecía mantener con él en respeto á D. Juan y á la Corte. Entraron á mandar las compañías jóvenes de las mejores casas, deseando lucir en Madrid y á vista de las damas sus arreos y bizarría; el conde de Melgar, luego Almirante de Castilla, el de Fuensalida, el de Cartageneta, luego duque de Montalto, el marqués de Jarandilla, el de las Navas, el duque de Abrantes y otros caballeros particulares: llenáronse con sargentos y cabos viejos y no pocos soldados veteranos; mas para completarlas pronto se admitió en ellas á toda la chusma y gente de vida airada que quiso acudir de diversas partes de España; y se las señaló cuartel en el barrio de San Francisco, uniformándolas y armándolas con todo esmero. Representó la villa de Madrid contra la formación de este regimiento con libertad notable, manifestando en veinte proposiciones los perjuicios que habían de originarse, y lo propio el Consejo de Castilla consultó en contra de esto á la Reina. Pero ésta no hizo caso de las reclamaciones de la villa, y ordenó al Consejo que no la hablase más del asunto. Á la verdad la Junta grande de Gobierno y el Consejo de la Guerra habían dado dictámenes favorables á la formación del regimiento, y en ellos fortalecía la Reina su intento.

Quejóse D. Juan altamente; mas no recibió otra respuesta sino la de que excusase el escribir y entrometerse tanto en los negocios públicos. El regimiento estaba ya formado; D. Juan se mostraba prevenido; aguardábase de un momento á otro que se remitiese la cuestión á las manos, haciendo campo de batalla las calles de la corte: ya se señalaba el día y la hora en que D. Juan había de caer sobre Madrid, y se proveían de víveres los vecinos, alarmados, para no salir de sus casas; faltaban en el mercado los mantenimientos, y todo era confusión y espanto, cuando de repente se terminó todo sin venir á las armas. El Nuncio, que andaba también ahora de mediador, logró que D. Juan se contentase con el Virreinato de Aragón y el Vicariato general de los reinos, que dependían de aquella Corona, separándose de la Corte (1669) y dejándolo todo como estaba.

Rugieron de cólera muchos de los partidarios de don Juan al saber su sumisión, y que por tal empleo hubiese abandonado á su partido, que ya nada menos deseaba sino apartar de los negocios á la Reina; y el pueblo de Madrid, que con la formación del regimiento de la Guardia se había puesto todo de su parte, esperando su llegada por momentos para tomar las armas, rompió en altas quejas y murmuraciones contra el Príncipe que así lo abandonaba. Y cierto que la resolución de D. Juan debía parecer extraña al común de sus partidarios, porque ni el empleo que se le daba era de tal honor que pudiera juzgársele por él seducido, ni de hombre de tan altas pretensiones podía sospecharse que la humildad lo hubiese tocado en el alma. Pero contemplando bien los sucesos, parece acertada su conducta. La corta edad del rey D. Carlos y su natural enfermizo, que le traían siempre á las puertas del sepulcro, llamaban ya por entonces la atención de todo el mundo; el mismo Luis XIV había empezado á poner en duda la validez de la renuncia de su mujer Doña María Teresa á la Corona de España; y en Alemania, donde la casa imperial se juzgaba con derecho á suceder en ella, y en otras Cortes de Europa tratábase ya de este asunto y de las probabilidades de una guerra de sucesión. No debía ser por cierto D. Juan quien menos cuenta tuviese con tales probabilidades: la Reina y el confesor le habían acusado de querer usurpar la Corona al Rey; pero esto no parece probable. Porque si la nación dejaba de buena voluntad insultar á la Gobernadora, no habría dejado de seguro atacar al Rey niño, cuya tierna edad movía en su favor la antigua generosidad española; y porque el mismo D. Juan, que apenas había podido, sobre todo en los últimos días, hacer rostro á la Reina, no había de imaginar que semejante empresa le fuera posible. Lo probable es que D. Juan aspirase á ocupar el Trono el día en que falleciese su sobrino.

Un astrólogo de Flandes le había predicho que llegaría á tener cetro en sus manos; predicción que, hallada entre los papeles del hermano de su secretario Patiño, sirvió no poco á la Reina para acusarle de rebeldes intentos; y es evidente que tan difícil como se ofrecía la empresa de destronar á Carlos II, tanto era difícil la de sucederle, viniendo á disputarse la Corona los extranjeros. Dados tales intentos y circunstancias, nada más ventajoso para D. Juan que el Vicariato general de los reinos de Aragón que se le daba: amábanle ya aquellos pueblos, y estaban muy declarados en su servicio, y su natural independiente y duro, su valor y constancia le aseguraban en todo evento, que podría fundar allí un Trono, y ya que no traer á su obediencia el resto de España, sostenerse en él contra todo género de enemigos. Pudiérase creer, aun para esto, preferible el apoderarse del gobierno de toda la Monarquía; pero no sin error ciertamente. Porque en primer lugar, en Castilla andaba muy dividida en dictámenes la nobleza; y si tal se mostraba cuando D. Juan no pretendía más que sustituir en el Gobierno á la Reina, al verle en el Trono pudiera contarse seguido de pocos, combatido de muchos, sin apoyo cierto en aquella clase, por su riqueza, tan importante aún en el Estado. Luego no parecía conveniente comenzar empeñando una batalla en las calles de Madrid, y llenándolas de sangre y odios para venir un día á ocupar la Corona y defenderla contra los extranjeros. Y tal batalla no podía menos de empeñarse y de ser dudosa, porque el marqués de Aytona con su regimiento, y el Almirante de Castilla y los enemigos de D. Juan con las tropas que habían llegado á la corte, estaban resueltos á sostenerse hasta el último punto, siendo tal la terquedad de la Reina, que se disponía á salir en el trance por las calles con el Rey niño en los brazos alentando á los suyos y desconcertando á los contrarios.

Para vencer tal resistencia necesitaba D. Juan valerse del pueblo de Madrid, movido ya, según dice un anónimo contemporáneo, «en inteligencia de que era menester hacer pedazos toda esta campana rota de Monarquía para que volviese en nueva fundición á cobrar su antiguo sonido»; pueblo compuesto en no poca parte de vagamundos hambrientos y extranjeros, sin amor al Rey ni interés en el bien de España, de cuya gente podían temerse en la ocasión los mayores escándalos y desórdenes, lo cual pondría en contra del partido de D. Juan al clero, á los ricos y á todos los Grandes y nobles, que serían naturalmente los perjudicados. Por último, aun llegado D. Juan á punto de desempeñar el Gobierno, desterrada ó metida la Reina en un convento, como acaso se pensaba, si venía á morir el Rey niño; ¿qué pretexto tan horrible no hallaría para cebarse en él la calumnia, y cuán dañoso no sería el entrar á disputar un trono á Rey extranjero con la sospecha de haber envenenado al Rey propio? Tales consideraciones obraron sin duda en el ánimo de D. Juan, puesto que las publicaron algunos de sus más allegados amigos, para persuadirle á aceptar el empleo que se le ofrecía. No dejaron también de censurar los parciales de la Reina el que hubiese dado á D. Juan tal empleo, principalmente los que temían que quisiera alzarse en vida del Rey con la Corona, diciendo que era ponerle en la mano los medios para que, ya que no lograse el todo, dividiese, en su provecho, la Monarquía, quedándose con aquellos reinos de Aragón, por tan débiles lazos unidos aún con Castilla. Ni falta razón para decir que, con efecto, fué aquello en la Reina imprudencia notable, y que, á ser menores los intentos de D. Juan y á contentarse, desde luego, con ser Rey de una parte de España, hubiera producido quizás lastimosos frutos. Mas quiso la Providencia que ni lo acertado de la conducta de D. Juan ni lo imprudente de la conducta de la Reina fueran de consecuencia alguna en adelante, que tal sabe y suele burlar todos los propósitos humanos.

Al propio tiempo que llegaba á Zaragoza D. Juan comenzaba á declararse la privanza de D. Fernando de Valenzuela, hombre de pocos años, de algún talento, de conversación graciosa y amena, audaz, de hermosa figura y, para aquel tiempo, donde esto era todavía de estimación, dotado de una gran cualidad, que era ser poeta tierno, amoroso y dulce, muy dado á las preciosidades y sutilezas del culteranismo lírico y dramático no despreciable. Era natural de Ronda, donde se le tenía por hidalgo; vino á Madrid, á buscar fortuna, á tiempo que, hallándose el duque del Infantado de partida para Roma, á ocupar el puesto de Embajador, pudo conseguir que le tomase por su criado. Sirvióle bien, y á su vuelta el Duque le premió con lograrle un hábito de Santiago; pero muerto de allí á poco su protector, se halló desvalido y en lastimosa pobreza. Entonces discurrió introducirse con alguna de las personas que tenían parte en el Gobierno, y sabiendo que el Padre Nithard, acobardado con las amenazas de don Juan y de sus partidarios, andaba buscando personas de bríos que le resguardasen y acompañasen, se ofreció á ello con gran decisión y rendimiento. De tales principios llegó á encaramarse tanto en la confianza del Padre Everardo, que acabó por hacérsele necesario, y éste, porque más le sirviese, le dió entrada en Palacio mismo, siendo allí su Ministro y mensajero.

No tardó Valenzuela en aprovechar diestramente sus idas y venidas á Palacio; valióse de su buena gracia para enamorar á una camarista llamada Doña María Eugenia de Uceda, en quien tenía puesto su afecto la Reina. Casóse con ella, y para favorecer tal matrimonio, le hizo la Reina caballerizo suyo, creciendo desde este punto de hora en hora su grandeza. Sirviéronle los apuros en que puso á la Reina y al confesor la llegada de D. Juan á Torrejón de Ardoz para mostrar su fidelidad y aptitud, y cuando salió desterrado el Padre Everardo, fué la persona con quien éste comunicaba las cosas que quería que supiese la Reina. Dióse en esto tanta traza, que la Reina, que en los primeros días que siguieron á la salida del confesor no quería oir ni consultar á nadie sobre sus asuntos, necesitando, al fin, un confidente, puso en él los ojos. Habíala llamado ya la atención, no sólo por las noticias favorables que de él tenía y por los servicios que la había hecho, sino por ciertas comedias suyas que se habían representado en Palacio, y á las cuales había ella asistido con las damas y las personas más allegadas de la Corte, mostrándose todos muy complacidos. Parecióle, por sus talentos y gracia, el más á propósito para enterarle de las cosas que pasaban en Madrid; de lo que se intentaba ó murmuraba contra ella, y para aconsejarse en sus determinaciones, mucho más siendo él por quien se comunicaba todavía con el Padre Everardo. Dió parte de este intento á Doña María Eugenia, la cual, pensando más en lo que había de ganar su ambición que en lo que podía perder con aquel trato su cariño conyugal, la oyó con regocijo y facilitó el que á las altas horas de la noche entrase su marido en el aposento real. Pronto Valenzuela se hizo en él más necesario aún que se hubiese hecho el Padre Everardo. Las primeras conferencias las tuvieron Valenzuela y la Reina delante de Doña María Eugenia. Pero no consta que siempre se observase lo mismo.

Ignoró el pueblo de Madrid, por algún tiempo, esta privanza. Notábase que la Reina, que no hablaba ni consultaba con nadie, estaba enterada de todo, hasta de los menores detalles de las cosas; que sabía los secretos y las conversaciones más recónditas; y como se ignoraba quién fuese el confidente, le designaban con el nombre de Duende de Palacio. Mas como eran tantos ojos á ver y observar, tampoco tardaron mucho en averiguar la fortuna del Valenzuela, produciendo, desde los principios, grande escándalo. Con esto y con las intrigas de los partidarios de D. Juan y el disgusto del pueblo por la formación del regimiento de la Guarda de la Reina, quedó Madrid, después de la ida del Príncipe á Zaragoza, tan revuelto, poco más ó menos, como antes.

Forjaron algunos de los descontentos, para alarmar al pueblo, un decreto que suponían firmado por la Reina gobernadora, en el cual se ordenaba registrar todas las armas ofensivas y defensivas, prohibiendo su uso por tiempo limitado; y esto solo, estuvo en poco que no produjese un conflicto, porque el uso de las espadas y broqueles sobre todo era tan general, que no había ciudadano alto ó bajo que no se sintiese perjudicado y resuelto á resistir la orden. Desvanecida esta alarma, comenzaron á originarlas no menores las fechorías que cometían los soldados de la guardia por todas partes.

Andaba tal la hacienda, que á pesar de todo el cuidado que se puso en asistirla, faltaron desde los primeros meses las asistencias. No se necesitó de más para que se repitiesen en Madrid aquellas lastimosas escenas de los días de Felipe IV, poco antes de la caída del Conde-Duque. El reposo en que había estado el reino por algunos años había favorecido á las justicias para corregir los desórdenes y castigar á los malvados; al calor de las turbaciones engendráronse de nuevo criminales y crímenes sin cuento, y unos y otros con la formación del regimiento de la Guardia vinieron á compendiarse en Madrid. Bien habían previsto esto la villa y el Consejo en sus representaciones; pero la Reina no oyó nada, aguijada del deseo de asegurarse contra don Juan; y ahora los naturales comenzaban á recoger de tal determinación amargos frutos. Viéronse casos espantosos en pocos días. Dos de los soldados, yendo á robar unos melonares, mataron al dueño de él, que era el ventero de Alcorcón, y saquearon la venta. Salieron Ministros de Madrid á averiguar el suceso, y tropezando con otros del regimiento que ya había allí, se trabaron de palabras, y viniendo á las manos pelearon justicia contra justicia, hasta que los de la militar con los soldados obligaron á sus contrarios á encerrarse en la venta, y allí les pusieron cerco determinados á no dejar uno á vida. Pudieron los sitiados avisar á Carabanchel, de donde salieron en su socorro la hermandad del lugar y de otros comarcanos, y como también á los soldados les hubiesen venido de refuerzo no pocos de sus compañeros, se dió en aquellos campos una batalla donde, fueron muchos los muertos y heridos de ambas partes, retirándose al cabo los soldados, muy inferiores en número á sus contrarios. Juraron aquellos vengarse de los de Carabanchel, y una noche se acercaron algunos al lugar con propósito de robar; pero también tuvieron poca ventura, porque salieron los vecinos á ellos, mataron dos y trajeron tres prisioneros á la cárcel de la corte. Entonces irritados al último punto los soldados, se juntaron hasta en número de cincuenta, y con todo arreo y ordenanza militar fueron á talar y quemar los panes del pueblo. Estaba este ya aparejado á la defensa, cerradas las bocas calles, sin más que un portillo por donde se entrase, con cuerpo de guardia constante. No bien sus espías les avisaron el propósito y número de los soldados, los lugareños salieron á su encuentro, no pareciéndoles número desproporcionado á sus fuerzas, y pelearon con ellos tan valerosamente, que mataron hasta doce, retirándose los demás escarmentados.

Tales sucesos merecen ser recordados, porque de ellos se infiere cómo andarían en Madrid las cosas de gobierno, cuando á sus puertas se verificaban sin remedio ni espanto. Lo más eficaz que se le ocurrió al marqués de Aytona para corregir á sus soldados, fué encerrarlos en el barrio de San Francisco, desocupando todas las casas y prohibiéndoles de noche la salida. Otros arbitrios que dió eran triviales é inútiles, ya que aquel no fuese en todo de ejecución posible. Pasó la Reina su dictamen al Consejo de Castilla, y éste aprovechándose de la ocasión, la representó con gran libertad y firmeza, que no había más remedio sino echar al regimiento de la corte, diciendo que «la principal obligación de los Reyes es castigar los delitos, carga de muy gran peso, pero estrechísima, porque pasó á los Reyes con la traslación que hicieron los pueblos.» Así las disputas y discusiones iban poco á poco encendiendo los espíritus y haciendo brotar las doctrinas más liberales de entre las cenizas á que la Inquisición las había reducido. Poco después el mismo Consejo hizo una descripción de los excesos del regimiento, verdaderamente horrible: «Son los testigos más vecinos, decía, las quejas universales que dan los caminantes y tragineros de lo que á las entradas de Madrid les sucede, quitándoles lo que traen, y á los que no tienen los maltratan ó matan, dejándoles desnudos. Los frutos de las viñas los han talado. Las huertas las han destruído; del ganado que se apacentaba en prados en contorno de esta villa, han quitado muchas cabezas y tratado mal á los pastores; las casas de los hombres de negocios, depositarios y asentistas, no se ven libres de tientos y papeles en que les piden socorros con amenazas; pocas personas se escapan de las peticiones que les hacen los soldados á título de la necesidad que padecen.» Y la evidencia de estos daños era tal, que la Junta grande de Gobierno y el Consejo de la Guerra que habían opinado por que se formase el regimiento, ahora aconsejaron también á la Reina que lo echase de Madrid.

Era el marqués de Aytona, D. Ramón Guillén de Moncada que lo mandaba, hombre devoto y de honradas costumbres, pero no poco ambicioso y de carácter firme y terco, y por estas cualidades irreconciliable enemigo de D. Juan, de quien estaba ofendido, y de todos los suyos. Sabía y deploraba los desórdenes del regimiento; buscaba y proponía de buena fe maneras de remediarlo; pero no consentía ni en salirse con su regimiento de Madrid, ni en oprimir tanto á sus soldados que llegasen los ciudadanos á encimárseles tratándolos sin temor. Su objeto era el mismo que tan desastrosamente llevaban á cabo sus soldados, el dominar y espantar á Madrid por la parcialidad que había mostrado hacia don Juan. Lo único que le desagradaba era la forma, porque él hubiera apetecido que se llevara á cabo sin muertes, robos ni injusticias; cosa imposible en verdad y que demuestra que tampoco eran grandes los talentos de Aytona. Aun quiso éste que sus soldados en todo se distinguiesen de los ciudadanos y demás soldados, á fin de que conservasen más su espíritu de cuerpo, la unión entre sí y la enemistad contra todos los otros, y para ellos les dió un traje particular que se llamó chamberga, según unos, porque era el mismo que usaban los soldados de Schoemberg, según otros porque los traía cierto Mr. de Chavaget que vino á servir á España y estuvo en el ejército de Portugal. De aquí vino el llamarse aquel regimiento de la chamberga ó chambergos; y chambergos por un lado y golillas por otro, que así llamaban ellos á los cortesanos, continuaron revolviendo á Madrid, hasta que muerto Aytona y trocadas las circunstancias, pasó el regimiento al ejército de Cataluña, cuando las cosas de la guerra lo hicieron allí necesario.

Pero ya por este tiempo la atención pública que estaba distraída antes con la chamberga, se encaminaba á otros objetos. El principal era la privanza de Valenzuela. Había llegado esta en breve espacio á sus últimos términos. Nombróle la Reina su primer caballerizo, y el marqués de Castel-Rodrigo, que vuelto del Gobierno de Flandes, donde le había sucedido el Condestable de Castilla, desempeñaba el cargo de Caballerizo mayor, escandalizado porque ni siquiera se hubiese consultado con él, representó á la Reina sobre la cortedad de los títulos del favorecido: ella entonces, para remediar el mal, lo hizo conde de San Bartolomé de Pinares. No había aún la Corte acabado de murmurar sobre esta gracia, cuando muerto el de Castel-Rodrigo, que fué á poco, cargado de años y servicios, pretendiendo su empleo de Caballerizo mayor casi todos los Grandes de España, fué preferido á todos el nuevo conde de San Bartolomé de Pinares. Y como se murmurase más que antes, naturalmente, para que no hubiese ocasión de olvidar tal ejercicio, salió á poco en favor del mismo Valenzuela el nombramiento de grande de España de primera clase. Sobraban ya motivos para que la envidia y la emulación por una parte, y por otra la honradez y la virtud, se declarasen contra Valenzuela, cuando la Reina, impaciente por terminar su obra, lo declaró por su primer Ministro, dado que ocultamente hacía ya tiempo que lo era.

La ira de los cortesanos y Ministros contra Valenzuela comenzó á endulzarla un tanto en la apariencia el verlo ya árbitro de todas las mercedes y dueño de todo el Gobierno; pero, como suele acontecer, se refugió en lo íntimo de los corazones, esperando para estallar mejores tiempos, sin escasear entre tanto ocultamente las sátiras ni las burlas. Cierto día, amaneció puesto cerca de Palacio un retrato de la Reina y Valenzuela: ella la mano sobre el corazón con un letrero que decía: «Esto se da», y él la mano sobre las insignias de todos los empleos y dignidades, con letra también que decía: «Esto se vende». En tanto, el pueblo clamaba descaradamente contra aquella vergonzosa privanza, y para acallarlo no escaseó sus trazas Valenzuela. Tomó de tal suerte sus medidas, que cuando en Madrid andaban escasos los mantenimientos, ahora durante su Ministerio se hallaban siempre abundantes en los mercados; resucitó los regocijos del tiempo del Conde-Duque; de suerte que Madrid ardía en fiestas continuamente, corridas de toros, mascaradas y comedias, donde Candamo y Solís y algún otro ingenio, de los pocos que había dejado tras sí Felipe IV, alcanzaban altos aplausos; y acometió obras de mucha importancia para ocupar á los ociosos y adornar á la corte, siendo una de ellas el terminar la reedificación de la Plaza Mayor de Madrid, que tenía un ángulo por tierra desde el último incendio, y otra el puente de Toledo, y otra, á lo que se cree, el arco de Palacio.

Pero como la vanidad es una misma en todos los tiempos, deseoso Valenzuela de hacer más y más pública su fortuna, comenzó á lucir en las fiestas divisas muy parecidas á aquélla que tan cara le costó al conde de Villamediana; una de ellas decía, yo solo tengo licencia, y otra, á mí solo es permitido. Ambas de grande escándalo: públicamente se escarnecían á la Reina y al favorito, y quien más los adulaba y obedecía, más se ocupaba en difamarlos. Los más altos los despreciaban personalmente, aunque no osaban oponerse á su poder; los más bajos los aborrecían, aunque se aprovechasen de sus larguezas y pareciesen contentos con el pan y los espectáculos que se les ofrecían, como á aquellos viles ciudadanos de la Roma imperial. Y así quieto D. Juan, la nobleza expectante, tranquilo el pueblo porque no le aquejaban escaseces ni grandes desdichas, fueron pasando los primeros meses de la privanza de Valenzuela. Pero pronto su inexperiencia para gobernar la Monarquía y los sucesos mismos vinieron reciamente á combatirle, dando fuerza á sus naturales y encubiertos enemigos para derribarle. Si D. Juan estaba quieto, era por conveniencia propia, pero sin dejar de atender por eso ni él ni sus partidarios á satisfacer las venganzas de lo pasado y preparar las cosas futuras; bien se vió lo primero con el suceso del Padre Nithard, en Roma. Andaba éste allí harto desairado, y con temores de que á instancia de D. Juan, que las hacía muy grandes, se le despojase de todos sus títulos, cuando habiendo vacado algunos capelos, y tratándose de dar uno de ellos á España, escribió la Reina á S. S. secretamente, suplicándole que honrase con él á su antiguo confesor, sin reparar en que el Consejo de Castilla había ya propuesto oficialmente las personas que lo merecían. Mas se tenía ya tan poca cuenta con los deseos de la Reina, que el marqués de San Román, nuestro Embajador en Roma, en vez de apoyarlos como debía, hizo que el Papa, lejos de honrar con un capelo al Padre Nithard, le obligase á renunciar sus cargos.

Sintió mucho este desaire la Reina, y como el nuevo favorito Valenzuela era amigo del confesor, continuó esforzándose en conseguir que se mejorase su suerte. Logrólo al fin, haciendo que tres años después de su salida de España se le nombrase Arzobispo de Edessa, y Cardenal con el título de San Bartolomé de Isola, y dejándole ya bien acomodado, ni la Reina pensó más en él, ni él se ocupó más en las cosas de España. Pero es indecible lo que D. Juan se afanó durante todos estos años para evitar que su antiguo enemigo obtuviese la púrpura, sin desarmarle la humildad con que éste se le ofreció en su nuevo estado. Al propio tiempo que atendía á esto, atendía también D. Juan al estado de la salud del Rey, que tanto le interesaba, porque iba de mal en peor cada día, y corriendo el año de 1670, no bien terminadas las turbulencias, enfermó tan gravemente que se llegó á desesperar de su vida. Entonces, como era natural, redobló sus cuidados para ganarse el amor de los pueblos aragoneses, gobernándolos con algún acierto y justicia, y lisonjeando mucho á la nobleza y al pueblo. Pero el Rey se recobró, aunque continuando en sus achaques, y D. Juan tuvo lugar de fijar de nuevo sus ojos en la corte.

Fué á tiempo que los sucesos traían ya muy apurados á la Reina y al favorito; porque mientras por acá nos ocupaban tan mezquinas cuestiones, todo era por fuera desconcierto. En Cerdeña, provincia hasta entonces pacífica, fué asesinado alevosamente el Virrey, que era el marqués de Camarasa, por unos cuantos nobles conjurados contra él, á causa de haberle atribuído sin razón una muerte, también alevosamente cometida, contra persona principal. Alzáronse en seguida en armas los conjurados, temerosos del castigo; fortificáronse primero en un convento, y luego se embarcaron para el cabo de Sacer, donde se establecieron, y desde allí corrían los caminos, obligaban á pagar tributo á las poblaciones, y traían muy revuelta la isla, hasta que fué preciso enviar allá á D. Francisco Tuttavilla, Duque ahora de San Germán con alguna tropa, el cual guarneció bien las fortalezas, puso á precio las cabezas de los más culpables, desarmó al resto, y dió orden en todo. También Valencia fué teatro de algunos desórdenes que, afortunadamente, se aplacaron sin gran dificultad.

Y entre tanto, los filibusteros ó hermanos de la costa, que á fines del anterior reinado habían comenzado á infestar los mares de América, llegaron á causarnos horribles daños; robaban casi todas las flotas y caudales, y uno de sus caudillos, por nombre Morgán, acometió con seiscientos hombres á Portobello, y la saqueó; luego ejecutó lo mismo en la isla de Santa Catalina, y llevó hasta Panamá el terror de su nombre sin que se hallasen bajeles en nuestros mares que pudieran tomar de tales desafueros venganza. Pero lo principal eran las cosas de Flandes. Luis XIV con tal poder militar como hasta entonces no se hubiese conocido en Europa, disponiendo á causa de la unidad que había alcanzado su nación y de lo muy poblada que estaba, de ejércitos tres veces más numerosos que los de sus mayores enemigos, favorecido por la suerte con los mejores generales de su siglo, ciego de orgullo con las ventajas que había alcanzado en sus primeras empresas, sediento de dominación, y estimando en más la conquista de una aldea, que la vida de millares de sus vasallos, despótico, iracundo y aconsejado por Ministros que hacían su fortuna mientras él hacía como que mandaba ejércitos y ganaba batallas y rendía fortalezas, adulado ya por muchos con aquel título de Grande que no le cuadraba sino por estar al frente de una nación grande y de grandes capitanes y ejércitos, no reconocía freno alguno, y proclamaba audazmente que no había más ley que su voluntad en Europa. Irritado con Holanda porque había detenido el curso de sus conquistas sobre España, coligándose para ello con Inglaterra y Suecia en el año pasado de 1667, no tardó en hallar pretexto para declararle la guerra. Embistióla con tres ejércitos á un tiempo según su costumbre, tan numerosos, que era imposible que los holandeses pudieran disputarle el campo, y para que tampoco pudieran disputarle el mar, donde ellos eran muy poderosos, ajustó una liga ofensiva y defensiva con los ingleses, juntándose ambas armadas para oprimir la holandesa. Pidió auxilio la República al Emperador y á España; pero ni una ni otra potencia se atrevieron á declararse por lo pronto.

Gobernaba entonces en Flandes el conde de Monterrey, D. Juan Domingo Zúñiga y Fonseca, hombre de mayores partes que fué su padre, el cual, temeroso de que aquel nublado viniese á caer sobre él, aprestó lo mejor que pudo sus plazas, pidió á la Reina gobernadora socorros, y con los que se le enviaron juntó un ejército de hasta doce mil hombres, que bajo su mando y el del conde de Marsín atendiese en todo caso á la resistencia. No había terminado Monterrey sus preparativos, cuando ya los franceses eran dueños de la mayor parte de Holanda. Redobló sus súplicas la república pidiendo auxilios, y el conde de Monterrey, viendo que si Luis XIV acababa de conquistar á Holanda no podría sostenerse Flandes bajo nuestra mano, accedió al fin á ellas, enviando al conde de Marsín con seis mil hombres (1672) á que se juntase con el ejército holandés, que al mando del Príncipe de Orange sitiaba á Charleroy. No se pudo tomar la plaza, y al año siguiente comenzaron los franceses la campaña, sitiando á Maestrick. Temió perderla el Príncipe de Orange, como en efecto sucedió, y volvió á pedir socorro á los españoles; y Monterrey, no consultando más que la conservación de aquellos Países Bajos que tan poca cuenta nos tenía, y sin reparar en los peligros á que exponía la nación, ni orden aún de la corte, envió refuerzo de tropas numeroso á los holandeses para que intentasen salvar la plaza. Fué esto en vano como decimos, y Luis XIV hizo vivas reclamaciones al Gobierno de la Reina contra esta conducta del conde de Monterrey. Pero ya Holanda había hecho hartas gestiones en Madrid y en Viena, y estaba para firmarse entre las tres potencias una liga ofensiva y defensiva, con que las reclamaciones del Monarca francés no fueron oídas.

Solicitó éste entonces la neutralidad de España con lisonjeras ofertas, y cierto que nada nos convenía tanto en tales circunstancias, aun siendo cierto como era, que de semejante neutralidad había de originarse luego la pérdida de toda Flandes; pero á nuestra Corte habían acabado de cegarla las ventajas que ofrecía Holanda para concluir la liga, y así fué que no dió más oídos á las ofertas, que hubiese dado á las reclamaciones del francés. Que el conde de Monterrey enviado á gobernar aquellas provincias, con el deseo natural de asegurarlas se inclinase á la liga holandesa, merece alguna excusa, y que en Madrid, donde los menos avisados miraban ya como inevitable la pérdida de los Países Bajos, y como utilísimo su abandono, hubiese gobierno que empeñara una guerra por resguardarlos, merece reprobación muy grande. Era comenzarla sin soldados, sin capitanes, sin armas ni tesoros, exponernos á nuevas derrotas y afrentas. Y esto sin contar con la poca fe que debía inspirar Holanda, movida entonces de la necesidad á hacernos grandes ofrecimientos; pero que una vez fuera de peligro, había de procurar naturalmente antes que por nosotros por sí propia, como sucedió, y sin tener más en cuenta, cosa también probada en los efectos, que en semejantes alianzas lleva siempre la peor parte el más débil y que nosotros éramos los más débiles entonces. Sólo el agradecimiento de que Holanda hubiera acudido á salvarnos cuando Luis XIV invadió antes nuestros estados de Flandes, pudiera excusar tal socorro y liga, aunque á decir verdad, la paz que entonces obtuvimos por mediación de tal potencia, fué tan á costa nuestra, que poco hubiera de habernos agradecido ella mediación semejante. Pero acaso es lo cierto que el Emperador miraba con miedo á los franceses en las orillas del Rhin, recelando que roto el valladar de Holanda, vinieran á hacerse árbitros de Alemania, y que la reina Doña Mariana tenía como siempre más en cuenta los intereses del imperio y de su familia que no los de la nación que gobernaba.

Su único Ministro y consejero Valenzuela, contentándose con que le dejase hacer la Reina todas las mercedes y disponer de todas las cosas en España, más pensaba en adular sus gustos, favoreciendo contra el interés propio los intereses del imperio, que no en contrariarlos á riesgo de perder algo en su privanza. Y los mismos Consejos donde más que en ninguna otra parte se conservaba el espíritu antiguo de la Monarquía, no juzgando aún que debieran abandonarse las provincias de Flandes, y no excusando, por ser de antiguo natural la alianza con el Emperador, antes que ofrecer como en otras cosas resistencia, se prestaron de buena voluntad á favorecer las miras de la Reina. Tenían fija la vista los Consejos en aquella idea de que mientras en Flandes se entretuviesen las armas francesas se libraban de su poder nuestras fronteras; y á la verdad había ahora cierta apariencia de razón, porque abiertas como estaban nuestras fronteras sin plazas ni ejércitos que las defendiesen, despoblado y miserable el país, no parecía posible detener hasta Madrid la marcha de los numerosos ejércitos de Luis XIV. Pero se olvidaba el que con mantener tan costosas guerras en Flandes cada día se enflaquecía más el reino y quedaba más indefenso; y no se contaba con el patriotismo y el valor de España que había de despertar al ver insultados sus hogares, como se vió luego en estos mismos años de desdicha por la parte de Cataluña. El hecho fué que se ajustó un tratado en El Haya (1673) por el cual Holanda se comprometió á no hacer paz ni treguas con los franceses hasta que hubieran devuelto á España cuanto la habían arrebatado desde la paz de los Pirineos, y con esto comprometióse el Emperador á tener siempre sobre el Rhin un ejército de treinta mil hombres, y España á atacar en todas sus fronteras y con todas sus fuerzas á Francia.

Rota la guerra en virtud de tales conciertos, sostúvose, como podía esperarse, con poco crédito. Aumentáronse con ella los ordinarios apuros de dinero, crecieron las exacciones y todos los males de la guerra, suscitáronse nuevas sublevaciones en el reino como la de Messina; y Valenzuela, sin saber cómo atender á tan graves negocios, se hallaba en los apuros más grandes cuando se vió hecho blanco de las iras de D. Juan y su partido. Sostúvose contra todo mientras duró la regencia de Doña Mariana, acrecentándose en aquella mujer terca el cariño que le tenía, á medida que más combatido le miraba; pero en esto veníase á más andar la época en que había de ser mayor de edad el Rey niño, lo cual debía cambiar forzosamente la situación de las cosas.

Mostraba ya el rey Carlos II lo que había de ser en adelante. Llamábanle el imbécil, cuando no debía llamársele sino el infeliz. La debilidad de su constitución física, los continuos achaques que ella le ocasionaba, aquel andar siempre alrededor del sepulcro, de manera que parecía que Dios no le hubiera concedido el nacer sino para que viese y llorase con sus propios ojos su muerte, habían hecho decaer su espíritu, llenándole de timidez y de preocupaciones, quitándole el valor para resolver por sí mismo lo más pequeño, impidiéndole el estudio, la meditación, el trabajo, y todo aquello, en fin, que podía prepararle á desempeñar con tino las obligaciones de su estado. Su vida era un perpetuo gemido, un continuo temor, un doloroso holgar, una impotencia tan grande para los placeres del cuerpo como para los deleites del espíritu: Rey el más á propósito que pudiera hallarse para completar y sellar la ruina de España, digno, en verdad, de esta Monarquía agonizante. Y, sin embargo, á Carlos II no le faltaban tanto como se ha creído ni el entendimiento ni la voluntad: bien comprendía el mal y el bien, y quería tanto lo uno como aborrecía lo otro. Jamás ningún Rey ha amado más á sus vasallos; jamás ninguno ha rogado tanto á Dios por ellos, ni ha llorado tanto sus desdichas; jamás ninguno les ha hecho, por su persona, menos daño, ni ha sido menos digno de aborrecimiento; para Carlos los males de la nación eran unos con los suyos, y, desde que tuvo discernimiento, juntó al de sus dolores físicos el peso de los dolores morales que cada una de las desventuras de la nación le ocasionaba. Detestaba, sin murmurar, á Valenzuela; censuraba, en su conciencia, los escándalos de la madre, y más el poco amor que mostraba á los españoles; amaba á D. Juan, porque no le conocía y porque los partidarios de éste, astutamente, le habían hecho entender que era bueno y generoso y amigo del bien de España.

Con tales sentimientos y con tal Rey no era difícil que se preparase la vuelta de D. Juan y la caída de sus enemigos: sólo faltaba que llegase el día en que, cumplidos los catorce años, tuviese autoridad para mandar en el reino. Mientras llegaba, D. Juan logró que se le permitiese venir á Madrid en tres distintas ocasiones, con que logró restablecer su partido, allegar nuevos parciales, y prepararlo todo para la ocasión que esperaba; y con el fin de que aun entonces no le faltasen pretextos con que disculpar su enemistad á la Reina, no cesó de dirigirla peticiones y cargos, ya porque no castigaba al conde de Aranda, noble aragonés y antiguo Virrey de aquel reino, que suponía que había querido envenenarlo, ya porque no le devolvía su plaza en el Consejo de Estado, permitiéndole vivir en Madrid, ya, en fin, por otros motivos que fuera ocioso enumerar y que inventaba á su placer cada día. La reina Doña Mariana, llena de inquietudes y de temores, veía acercarse el nublado, sin poder esquivar la tormenta; día y noche pasaba las horas meditando y buscando medios y arbitrios con que resistir á sus adversarios, ó bien derramando de sus ojos, harto fatigados ya, copiosas lágrimas. Movíala, más que su propia suerte, que al cabo era Reina y madre, la suerte de Valenzuela, que no tenía otro apoyo ni otra defensa que su lealtad. Bien veía que el destierro, cuando no la muerte, le esperaba. Por más que día y noche revolvía en su mente los pensamientos, todos eran ineficaces, todos pequeños para mal tan grande como amenazaba. Fijóse en el propósito de sacar de España á D. Juan ó perderle en la gracia del joven Rey, y, para ello, le designó como la única persona capaz de salvar la Italia, que, abrasada en la sedición Sicilia y amagada Milán de Saboya y Francia, corría peligro de perderse, y aconsejó á su hijo que le nombrase lugarteniente en aquellos estados. Comprendió D. Juan el intento, y aunque el peligro era verdadero, como el patriotismo no era muy grande en su corazón, se determinó á frustrarlo excusando el ir por entonces á Italia, como á Flandes en otro tiempo. Lo que hizo fué valerse de tal título y nombramiento de Virrey de Italia para visitar á Barcelona y otras ciudades de su devoción con pretexto de enviar socorro, y para acercarse, por último, á Madrid alrededor del día 6 de Noviembre de 1675, en que el Rey cumplía los catorce años.

Día amargo fué aquel para la reina Doña Mariana. Los Grandes de España y palaciegos del partido de D. Juan habían persuadido secretamente al joven Rey de que la primera determinación que tomase fuera la de nombrar á D. Juan su primer Ministro, encargándole de todas las cosas del Gobierno. Entre los regocijos de la corte por aquel suceso iba ya á firmarse el decreto que esperaba D. Juan en el palacio del Buen Retiro, adonde ya había llegado, cuando la Reina, enterada del caso, llena de desesperación, corrió al punto á buscar á su hijo, consiguió hablarle á solas, le rogó, le suplicó, y tanto hizo y tantas lágrimas derramó, que logró rendir al flaco Rey y le arrancó una orden separando á don Juan de la lugartenencia de Italia, con orden verbal de que se alejase al punto de la corte y volviera á residir en Zaragoza. Así permanecieron durante un año las cosas, gobernando, como antes, la Reina y Valenzuela en nombre de Carlos; pero D. Juan y sus partidarios no descansaron un punto hasta urdir una nueva trama, que tuvo harto mejor éxito que la pasada. Vuelto á persuadir el Rey de que era necesario llamar á D. Juan al Gobierno, le aconsejaron que una noche saliese de Palacio y se fuese al Retiro, dejando orden á las puertas de que por ningún motivo permitiesen salir á la Reina. Ya en el Retiro el Rey, rodeado de personas afectas todas á D. Juan, sin querer abrir las cartas que al saber el suceso le escribió desde Palacio la Reina, expidió el decreto nombrando á su hermano, D. Juan de Austria, que no excusaba darle tal título, á que le asistiese y tomase sobre sus hombros (1676) el grave peso de la Corona. Así, al cabo de tantos años de vanos esfuerzos, logró D. Juan vencer á la Reina y obtener el Gobierno que deseaba. Dióselo Dios por pocos años, y con menos fortuna, encerrando en el sepulcro las esperanzas más altas que tenía, si las tuvo como se cree.

Pero ya es tiempo de que veamos qué tal se mostraba con nosotros la fortuna en la guerra empeñada en 1673. Era Flandes escuela antigua de nuestras armas, donde con mejor ó peor fortuna habían sido siempre respetables; obramos ahora solamente á modo de auxiliares, de suerte que no alcanzamos reputación alguna, bien que pérdidas sí las tuviésemos, y muy dolorosas. Fué mengua el reconocer por Capitán General de los ejércitos coligados al Príncipe de Orange, «statouder» de Holanda, rebelde vasallo de nuestra Corona, poniendo á sus órdenes las viejas banderas del duque de Alba, para que las llevase detrás de las de aquella república, que no era sino un pequeño trozo de nuestros antiguos dominios. De esto que el Gobierno de Madrid miró ya como cosa natural, sin causarle vergüenza ó disgusto, nacieron en las empresas y ocasiones irreparables daños, porque los generales españoles si no grandes todos, todos de ilustre cuna, recordando la pasada superioridad, no llevaban con calma la actual dependencia. Uno de ellos, que era el de la Caballería, D. Fernando de Aragón y Moncada, conde de Cartageneta y primogénito del cardenal duque de Montalto, al intimarle la orden de la Reina para que en todo se sujetase al de Orange, rompió su bastón de mando, dejó el ejército y se vino á España; y el duque de Monterrey y el de Villahermosa, que le sucedieron, tuvieron también con el caudillo holandés continuos disgustos. De todos modos, se juntaron las armas y se comenzó la guerra.

Juntas unas y otras con las alemanas, conquistaron á Noerden (1673), obligando á los franceses á abandonar todas sus conquistas en Holanda, y dieron la batalla famosa de Seneff (1674). Mandaba en ella los ejércitos aliados el mismo Príncipe de Orange, asistiendo también el conde de Monterrey con los nuestros y llegando el total de las fuerzas á sesenta mil hombres. Algo menor era el número de los franceses que el Príncipe de Condé gobernaba. Peleóse desesperadamente durante muchas horas, señalándose el de Monterrey con los españoles, y, al fin, quedó indecisa la victoria, retirándose unos y otros á sus cuarteles después de dejar veinticinco mil hombres en el campo. Entre tanto (1674) Luis XIV volvió á acometer el Franco Condado. Había propuesto el viejo duque de Lorena, aliado, como siempre, del Imperio y de España, que se empezasen las campañas por esta provincia, con lo cual ella se hubiera salvado y hubiera sido más fácil penetrar en el interior de Francia; pero no fué oído este consejo, y Luis XIV determinó hacerlo imposible en adelante apoderándose de la provincia. Entró en ella (1674), en persona, con cincuenta mil hombres y grandes trenes de artillería, y sus generales se apoderaron, en seis semanas, de todas las plazas fuertes: Gray, Besanzon, Salins, Dole, con todos los castillos y puntos fortificados. Hallábase esta vez, más aparejada que otras á la defensa, la provincia. D. Francisco de Albeyda, que allí mandaba, tenía á sus órdenes quince mil soldados y buenos capitanes como el Príncipe de Vaudemont, hijo del duque de Lorena, el barón de Soye y otros: de suerte que parecía que no debía ser tan fácil el triunfo del Monarca francés. Pero todos los esfuerzos de Albeyda y sus tenientes, asistidos aún de una diversión que hizo el duque de Lorena por la parte del Rhin, no bastaron para luchar con los franceses, que, sobre ser más de triple número que los nuestros, tenían de su parte una cosa que hasta entonces les había faltado, que era el favor de los naturales. Estos, por tanto tiempo leales á España, y que tanto habían padecido por serlo y tantos sacrificios habían hecho por conservarse en nuestro dominio, cansados ya de verse entregados al enemigo, persuadidos de que nuestros Reyes carecían de fuerza para defenderles, y de que, tarde ó temprano, habían de venir á parar en ser súbditos franceses, lejos de ayudar, como otras veces, á la resistencia, facilitaban cuanto podían la conquista. Tuvo Albeyda que repartir su gente casi toda en guarniciones por las plazas, á fin de que ellas mismas no se alzasen en favor de los enemigos: así, cuando llegaron sobre él los cincuenta mil franceses, se halló con sólo tres mil infantes y ochocientos caballos para mantener el campo, con que no pudo socorrer ninguna de las plazas sitiadas ni obrar cosa de provecho. Las guarniciones españolas de las plazas se defendieron con denuedo, al decir de los mismos franceses, y una de ellas, la de Besanzon, ejecutó una acción digna de los soldados de Carlos V y de Felipe II, no superada en Roma ó Esparta. Aportillados los muros y no pudiendo más prolongar la defensa, después de veinte días de ataques continuos, pidieron capitulación. Mandaba á los franceses en persona el rey Luis, que para mostrar su esfuerzo con aquellos rendidos, no quiso concedérsela, exigiendo que se rindiesen prisioneros de guerra. Entonces los soldados, llenos de honrosa indignación, prefirieron morir con las armas en la mano, y saliendo en escuadrón formado contra las líneas francesas, las embistieron, y peleando uno contra ciento murieron todos.

El Franco Condado, unido tanto por su voluntad como por el poder de las armas á la monarquía francesa, no se ha separado de ella desde entonces. Acompañaron á esta pérdida, tanto en aquella como en las siguientes campañas, otras iguales ó mayores por la parte de Flandes, para todos los aliados. Perdiéronse entre otras las plazas de Ayre y Condé (1677), donde un Maestre de campo español, con trescientos soldados solamente, supo romper la línea de sitio para introducir socorros; hubo que levantar el sitio de Maestrik; y nosotros particularmente perdimos (1678) la importante plaza de Valenciennes, una de las más fuertes de los Países Bajos, no sin recelo de traición por parte de algunos de los moradores ó extranjeros que la defendían, dado que en el mismo marqués de Richebourg su gobernador, no se suponga como se puede. Perdimos también la ciudad de Cambray, muy bien defendida por su gobernador D. Pedro Scala, y habiendo sido derrotado el Príncipe de Orange en la batalla de Mont-Cassel, hubo también de rendirse la ciudadela, que era más fuerte que la ciudad, á pesar de la heroica resistencia de su gobernador D. Pedro Zabala, que herido y casi moribundo se sostuvo hasta lo último con una guarnición casi toda de españoles haciendo prodigios de valor, al decir de los historiadores franceses.

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