LIBRO DÉCIMO
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SUMARIO
Vuelta de Doña Mariana á la corte.—Muerte de Valenzuela.—La reina Doña María Luisa.—Fiestas á su llegada.—Intrigas en la Corte.—Afrentas de los extraños.—Ministerio de Medinaceli.—Cuestión de Alost.—Guerra con Francia.—Flandes: pérdida de Luxemburgo.—Cataluña: defensa gloriosa de Gerona; hazañas de los miqueletes.—Bombardeo de Génova.—Treguas.—Más intrigas en la Corte; caída de la camarera y el confesor.—Miseria del reino.—Sosiego del Rey.—Caída de Medinaceli y Ministerio de Oropesa.—Lira.—Nuevas disposiciones.—Hostilidades de franceses, moros y filibusteros.—Liga de Augsburgo.—Muerte de la Reina.—Nuevo matrimonio del Rey.—Intrigas de Lira; su caída.—Guerra.—Flandes: batallas de Valcourt y de Fleurus.—Pérdida de Mons y de Hall; batalla de Nerwinde.—Italia: batallas de Saluces, de Coni y de Marsalla.—Cataluña: disturbios de los naturales; pérdida de Camprodón; recóbrase esta plaza; pérdida de la Seo de Urgel; bombardeo de Barcelona; pérdida de Rosas; disgusto de Cataluña; batalla funesta del Ter; pérdida de Palamós, Gerona, Hostalrich y otras plazas; levántanse de nuevo los miqueletes; sus hazañas; sitios de Hostalrich y Palamós; defensa de Barcelona y su pérdida.—Hostilidades de los infieles.—Paz de Riswich.—Intrigas de la Corte durante la guerra.—El cojo y la perdiz.—Caída de Oropesa.—Influjo de la nueva Reina.—Privanza de Montalto.—Gobierno de los Tenientes generales. Agrávanse los males del Rey.—Artificios del conde de Arcour, Embajador de Francia.—Pretensiones á la sucesión.—Partido alemán y partido francés.—Favor de Portocarrero.—Nueva privanza de Oropesa.—Motín de Madrid.—Tratado de repartimiento.—Supuestos hechizos del Rey.—Debates sobre la sucesión.—Pide el Rey consejos.—Su testamento.—Su muerte.
Dos días después de muerto D. Juan, entró en Madrid en triunfo la reina Doña Mariana, acompañada del Rey su hijo (1679), que fué á buscarla á Toledo. Los Grandes más encarnizados enemigos suyos se apresuraron ahora á felicitarla, y el pueblo mismo, inconsciente como siempre, la vitoreó con entusiasmo. Olvidáronse las faltas de aquella mujer, de quien nunca se esperó cosa buena, comparándolas con las de D. Juan, que tantas esperanzas había hecho nacer en vano. Fué fortuna que ya que el pueblo y los mismos Grandes obrasen con tan escasa cordura, la Reina hubiese adquirido alguna, en el destierro y la expiación que había padecido. Mujer que aunque sin culpa había amenguado la honra del Trono poniéndose en lenguas del vulgo y que había traído á la nación á tanta anarquía, no podía ya intervenir con público provecho en el Gobierno. Conociólo la misma Doña Mariana, y apenas se ocupó en adelante sino en asistir á las ceremonias de la corte y practicar sus devociones, ó cuando más, en intrigas domésticas. No había puesto, sin embargo, en entero olvido lo pasado, porque su primera diligencia fué pedir al Rey que levantara el destierro de Valenzuela, y nunca dejó de instar en ello. Frustróse su deseo, á causa primero de la oposición del secretario Eguía, que veía en él un rival temible, y luego de la repugnancia del Rey, de modo que murió Valenzuela, desgraciadamente, sin tornar á España.
Había logrado con su afable trato que el Gobernador de Filipinas le sacase del castillo de San Felipe, donde al principio estuvo, y le permitiese vivir con holganza en Manila haciendo y representando comedias. Logró después que ya que no se le alzase el destierro, se le dejase pasar á Méjico, donde el Virrey, conde de Galve, hermano de su primer protector el duque del Infantado, le acogió cariñosamente. Con su amistad y una corta pensión que obtuvo, vivió allí algún tiempo ocupado, según se cuenta, en domar potros salvajes, hasta que uno de éstos, hiriéndole con una coz, le ocasionó la muerte. Vida y muerte extrañas en un hombre que tan alto había encaramado la fortuna; y hombre que no excita de sí tanto desprecio como lo excita la Monarquía, de que pudo ser por tantos años dueño. Más infeliz si cabe que la suerte de Valenzuela, era en tanto la de Doña María Eugenia de Uceda, su esposa. Debió ésta arrepentirse muchas veces de haber dado entrada con la Reina madre á su esposo; y mucho debió de padecer durante su privanza. Acabada esta, la persiguió el vengativo recuerdo de D. Juan tanto como á su esposo, privóla hasta de su dote, quitóla los gananciales en la confiscación de los bienes del marido, y la redujo á tan miserable condición, que andaba pidiendo limosna de puerta en puerta, recogiéndose de noche en un campanario. Algo debió de aliviarla la reina Doña Mariana cuando volvió á la corte; pero ello es que murió obscuramente sin que se sepa su último paradero. Todos motivos de remordimiento y de retiro para la reina Doña Mariana.
Fijábanse por entonces los ojos del pueblo en la nueva reina Doña María Luisa, que entró en Madrid á principios de Enero de 1680, y era digna en verdad de amor por sus virtudes, que excedían aún á su belleza. Dedicóse desde el primer momento á tranquilizar y cuidar al Rey, y éste la pagaba amándola tiernísimamente y proporcionándola continuos espectáculos, toros, comedias y farsas donde recrease su espíritu, presentando la corte por muchos días el propio alegre aspecto que en los mejores tiempos de Felipe IV. No había visto ningún auto de fe Carlos II, y con objeto de proporcionarle este placer, dispuso la Inquisición general en 1680 en que viniese á celebrar uno en Madrid la Inquisición de Toledo, y para mostrar en él todo su esplendor siniestro y su terrible grandeza, vino el tribunal de aquella división con todos sus familiares y allegados y los de Ávila, Segovia y demás iglesias comarcanas. Reuniéronse las causas de hasta ciento veinte de aquellos desdichados que tenía el Santo Oficio en sus cárceles, y se mandó levantar un teatro en la Plaza Mayor de Madrid, mucho mayor y mucho más ostentoso que aquel con que se obsequió en 1632 á Felipe IV. El Rey, como tan supersticioso, acogió con júbilo el propósito del tribunal, lo propio que la reina Doña Mariana; y la misma Doña Luisa, amable y bien intencionada, por no disgustar á su esposo hubo de poner buen semblante á aquel espectáculo odioso que se la preparaba. Pero fué mayor aún el júbilo en la grandeza y pueblo. Hiciéronse para esta función familiares del Santo Oficio los más de los Grandes y de los títulos ilustres de España; y los Alencastre, los de la casa de Aguilar, los de Zúñiga, Osorio, Pimentel, Pacheco, la Cueva, Silva, Mendoza, Fonseca, Moncada, Cardona, Guzmán, Fernández de Córdoba, la Cerda, Toledo, Portocarrero, Guevara y Manrique de Lara, hubieron de presentar nuevas pruebas de nobleza para alcanzar el honor de ser familiares del Santo Oficio, y acompañarlo con su cruz al pecho, en el ejercicio de sus venganzas.
Los del pueblo, por no ser menos que los nobles en aquella demostración, acudieron presurosos á formar, para escolta de los reos, una compañía llamada de soldados de la fe. Hízose la ceremonia de llevar los haces de leña donde habían de ser quemados los que parecían más culpables al Alcázar real, y allí se ofreció uno de ellos al Rey, que éste ordenó cuidadosamente fuese el primero que en muestra de su piedad se echase al fuego. Paseáronse ostentosamente por Madrid las cruces llamadas de la fe, llevando en tales procesiones el estandarte de la Inquisición el duque de Medinaceli, de Cardona y de Lerma, D. Francisco de la Cerda Enríquez Alfán de Rivera, declarado ya primer Ministro, y asistiendo en la guarda del tribunal el noble marqués de Pobar y Malpica con cincuenta alabarderos de su casa. Por fin llegó el día del auto, que fué en Madrid de universal regocijo; el pueblo discurría por las calles desde el amanecer gritando ¡viva la fe de Cristo! Los Grandes y los nobles aprovechaban tal ocasión para hacer alarde de la grandeza que poseían; el clero, numerosísimo y lujoso, acudía á presenciar su triunfo; los Reyes fueron de los primeros que aparecieron en la Plaza Mayor para no perder un punto del espectáculo; y hasta las damas hermosas de la Corte, no queriendo ser menos, llevaban bordados en los vestidos el hábito y las insignias de la santa Inquisición. Al propio tiempo que este concurso brillante y alegre llenaba el gran teatro levantado en la Plaza Mayor, veíanse en ella también los miserables que habían de ser condenados; jóvenes, ancianos y mujeres, en la flor de su edad muchas, otras que apenas llegaban á la adolescencia. Los que habían muerto en las cárceles estaban allí en estatua con las cajas de sus huesos, los pertinaces con mordazas en los labios, otros sin ellas, pero todos con corozas y los hábitos horribles que la Inquisición acostumbraba: espectáculo de penosa recordación, pero que bien merece alguna descripción, porque solamente así ha de comprenderse á qué punto de degeneración había traído el fanatismo religioso las ideas y los sentimientos de los españoles.
Tomó el Inquisidor general, que era D. Diego Sarmiento de Valladares, juramento al Rey, de que perseguiría siempre á los herejes y apóstatas, y de que los entregaría al Santo Tribunal sin omisión ni excepción alguna; juramento humillante en quien lo daba, osado en quien lo pedía. Luego un fraile probó en el púlpito, con no pocas citas de autores paganos, la justicia de castigar á los infieles. Leyéronse las acusaciones y las sentencias de todos los condenados, y por último salieron para el brasero, para aquella sola ocasión levantado, en las afueras de la puerta de Fuencarral de que escribió en sus Memorias el marqués de Villar, hasta en número de cincuenta y uno, los treinta y dos en estatuas, los otros en persona, que eran trece hombres y seis mujeres y de ellas una madre con dos hijas. Los demás padecieron diferentes castigos, todos durísimos, en los días siguientes. Lícito es creer que la buena reina Doña Luisa no quedaría muy contenta del obsequio que se la hizo; y que harto más agradecería las otras fiestas de toros y comedias con que antes y después del auto se celebró su venida.
En tanto continuaban, muerto D. Juan, las intrigas de la Corte. Nacidas de la debilidad del Rey, como esta era mayor que la de ninguno de sus predecesores, tampoco se conocieron jamás tantas y tan penosas en España. Húbolas muy grandes antes de que el duque de Medinaceli fuese declarado primer Ministro. Pretendían este cargo, á la par que Medinaceli, el Condestable de Castilla, duque de Frías, D. Iñigo Fernández de Velasco y D. Gerónimo de Eguía, hombre de bajos principios y de menores talentos, el cual, favorecido ya con el cariño del Rey, y habiendo contribuído no poco á desacreditar á D. Juan, levantaba sus pensamientos á ocupar el primer lugar de la Monarquía.
Era el D. Gerónimo, de los Ministros más indignos que hubiese tenido España; pero poseía la fácil destreza de adular, y el arte de sufrir y disimular; uno y otro de gran poder en las Cortes, sobre todo en épocas de debilidad en la Corona y de disturbios entre los cortesanos. Así hizo tanto, que si no lograse la privanza, entretuvo por más de medio año al Rey con diversos pretextos, para que no nombrase primer Ministro y en el ínterin estuvo gobernando á su antojo la Monarquía. Apoyaba la Reina madre al Condestable, á Medinaceli el cariño del Rey, y Eguía contaba además de este con la ayuda del confesor, que no quería ver de primer Ministro á hombre que fuese muy poderoso. Después de muchas idas y venidas y de muchos sutiles manejos de los pretendientes, en los cuales tuvieron que tomar alguna parte las dos Reinas, quedó por Medinaceli la victoria.
Era este magnate bien reputado, de quien se creía que superaban los talentos á la ambición; mas otra cosa mostró su conducta. Halló abandonados de Eguía todos los negocios públicos, y que el francés bajo pretexto de que se dilataba la entrega de la ciudad de Charlemont, según lo pactado en Nimega, había enviado á Flandes unos siete mil caballos, que subsistieron á costa del país hasta que el duque de Villahermosa, no pudiendo como debiera vengar aquel insulto, accedió á sus pretensiones. Al propio tiempo amenazaba á Italia entrando en Cazal, tantas veces disputada, por medio de un tratado con su señor el duque de Mantua, y fué preciso enviar algún socorro á Flandes y á Italia por temor de nuevos atentados, aunque el dinero faltaba tanto, que apenas para el gasto diario de la Casa real se encontraba, pues aunque en los mismos días del matrimonio había llegado la flota de Indias ricamente cargada, todo se gastó en los festejos, y luego no se discurrió otra medida para remediar la Hacienda, que el bajar de nuevo el valor de la moneda, lo cual originó, principalmente en Toledo, grandes tumultos.
Medinaceli, para apartar de sí una parte de aquella responsabilidad inmensa, acudió al remedio, tan usado antes y después en España, de crear una junta de consulta, la cual se compuso del Condestable, el Almirante, el marqués de Astorga, el confesor y otros dos teólogos. Y mientras él se entretenía en consultar con aquella junta, Nápoles andaba afligida de salteadores; los filibusteros desolaron á Portobello, y poco después á Veracruz, y dominaron completamente los mares de América; los Gobernadores de las provincias obraban cada cual á su arbitrio, y entre otros el de Buenos Aires D. José Garro, echó de la colonia del Sacramento á los portugueses, comprometiéndonos en nuevas desavenencias; Francia nos amenazaba insolentemente con bombardear á la menor ocasión nuestros puertos; y por último, dentro de Madrid mismo hubo un gran tumulto, que causó por algunos días grande inquietud al Rey y á toda la corte. Un cierto Marco Díaz, de oficio comerciante, escandalizado al ver la mala administración de los regidores de la villa, que aplicaban en su provecho todos los subsidios que pagaba el pueblo, hizo muy ventajosas proposiciones, si se le daban las rentas del Rey en arrendamiento. Regocijóse el pueblo, que había de ganar mucho con las proposiciones de Marco Díaz; pero de parte de los interesados en el cobro de las rentas fué muy mal oído el propósito. Y sea que ellos mismos pagasen la muerte de Díaz, sea que él tuviese otro género de enemigos, el hecho fué que acometido camino de Alcalá cierto día por unos enmascarados, le dieron varias heridas mortales. Fué tanta la ira del pueblo de Madrid, que se temió que faltasen al mismo respeto del Rey. La Providencia, no contenta con esto, señaló aún con hambres, huracanes y desolaciones producidas por los elementos, los primeros meses del gobierno de Medinaceli.
En tales circunstancias se rompió al fin de nuevo la guerra contra Francia. Cada vez más soberbio Luis XIV con ver que era mayor nuestra debilidad cada día, nos pidió el condado de Alost y la antigua y noble ciudad de Gante, con otras varias, sobre las cuales suponía tener derechos que España, antiquísima y libre dominadora de la provincia, le disputaba. No contento con bombardear horriblemente á Luxemburgo, ejecutándolo contra la fe de todos los pactos y del derecho de gentes, llevó á cima sus atentados invadiendo las tierras de Alost y los demás estados con numerosas tropas. Hubieron de rechazar la fuerza con la fuerza algunas partidas de españoles, y Luis XIV tomó de esto pretexto para dar por comenzada formalmente la guerra. Y enviando al mariscal de Humières con numerosísimo ejército, sujetó á su dominio las plazas de Courtrai y Dixmunda, sorprendidas y sin prevención alguna. Luego propuso que devolvería estas plazas si se le entregaba Luxemburgo ó Pamplona.
Á tan insolente conducta no pudo corresponder España sino con declarar la guerra (1683); y cierto que si alguna vez había sido justa, ahora lo era, porque del honor no pueden prescindir jamás las naciones. Pero nunca tampoco se había comenzado debajo de tan malos auspicios. No teníamos medios de ofender ni de defendernos, y causa maravilla que no se perdiese más de lo que se perdió. Consta de los despachos de los Embajadores franceses, continuos espías de nuestras cosas, que en 1680 no habían guarnición ni municiones en San Sebastián, Pamplona ni Fuenterrabía, y que no había ejército en toda Navarra para mantenerla un mes contra Francia. La Vauguyon, uno de estos Embajadores, denunció á su corte que en 1682 no había hallado más que unas cuatro compañías con doscientos hombres inútiles en Vizcaya y las Castillas. Todas las provincias estaban lo mismo.
Gobernaba la de los Países Bajos el duque de Villahermosa, D. Carlos de Guerrea Aragón y Borja, soldado de valor que había comenzado á servir en los puestos más bajos de la milicia, á pesar de su ilustre sangre, el cual levantó algunas tropas walonas, reorganizó las pocas españolas que tenía, y dispuso la defensa lo menos mal posible. Sin embargo, no pudo impedir que en el invierno de 1683 asolasen los franceses el Brabante, ni que Oudenarde fuese horriblemente bombardeada y destruída, ni que se perdiese la grande y fortísima plaza de Luxemburgo. Sostúvola valerosamente el Príncipe de Chimay con hasta dos mil hombres, en que había bastantes españoles, número desproporcionado á tan extensas fortificaciones como eran las de aquella plaza, y no la rindió sino al cabo de veinticinco días de trinchera abierta, después de haber apurado en salidas y defensas todos los recursos de la guerra.
Habíanos ofrecido socorros Holanda, ajustándose un tratado de alianza; pero apenas nos envió algunos, y más desde que con la pérdida de Luxemburgo vió abiertas sus fronteras á las armas de Francia. Así fué que no pudimos una sola vez parecer en campo en Flandes delante de los escuadrones franceses.
En tanto en Cataluña, no bien publicada la nueva guerra contra Francia, levantó Barcelona algunos tercios para defender la provincia. Entró en ella el francés el mismo año (1684) al mando del marqués de Bellefont, con cerca de veinte mil hombres; llegó á Bascara y de allí se encaminó á Gerona. Acudió al opósito el virrey duque de Bournonville, con el pequeño ejército que había podido juntar, incapaz de resistir al enemigo en campo abierto, y le disputó encarnizadamente el paso del Ter; pero no pudo impedir que lo esguazase y abriese trinchera delante de Gerona. Entonces el Duque se volvió á Barcelona para atender al socorro y al reparo y fortificación de las demás plazas. Colocó once cañones el de Bellefont en sus trincheras, y batió tan furiosamente á Gerona, que á los pocos días estaban abiertos por todas partes los muros y arruinadas muchas casas. Antes de dar el asalto, que parecía ya fácil, envió el francés un trompeta á la plaza ofreciendo honrosos partidos para la rendición, y amenazando de lo contrario con entrarla á fuego y sangre; pero el Gobernador D. Carlos Sucre y los vecinos, llenos de entusiasmo, se negaron á oir toda proposición de concierto. Entonces dió el francés un asalto general con todas sus fuerzas, y los de la plaza lo resistieron de modo, que después de largas horas de combate quedaron dueños de sus muros, bañados con la sangre de nueve mil enemigos y de cuatrocientos de ellos. Tres banderas que osaron los enemigos clavar en las brechas, fueron tomadas de los nuestros, y, desalentados y rendidos, abandonaron sus líneas después del asalto, retirándose en completo desorden.
Aprovecháronse de este decaimiento de los franceses el marqués de Leganés y Trinchería para caer sobre Bascara y traerse prisionera á toda la guarnición francesa. Pero en su retirada, todavía muy superiores en número á los nuestros, tomaron con ayuda de su armada, que era muy gruesa, el puerto de Cadaqués, y amenazaron á Rosas, aunque hallándola bien prevenida, continuaron retirándose hacia Camprodón, vivamente perseguidos por el infatigable Trinchería y sus miqueletes, como siempre, tomándoles convoyes, matando á los extraviados y causándoles infinitos daños.
Así acabó aquella campaña, y con ella la guerra por esta parte. También amagaron durante ella los franceses al país vascongado, pero no pasó de amago; y aunque llegaron á embestir á Fuenterrabía, no lograron fruto alguno, defendiendo los naturales con su ordinario valor la frontera. Bombardearon con poderosa escuadra á Génova, por castigar la antigua alianza que con España tenía aquella república. Hubiéranse aún apoderado de la ciudad á no ser por la valerosa defensa que hicieron en varios puestos tres mil soldados que el Gobernador de Milán envió á socorrerla. Fué esto parte para que, lejos de conseguir su propósito, tuvieran que reembarcarse con mucha pérdida; pero hicieron con sus bombas tremendo estrago. No hubo lugar á más, porque interviniendo el Emperador y Holanda, se ajustó en Ratisbona (1684) una tregua de veinte años por la cual tuvo España que dejar en depósito en manos de Luis XIV las plazas de Luxemburgo, Bovines y Chimay, recobrando las demás que había perdido. Génova, temerosa de los franceses, se reconcilió también con ellos debajo de las condiciones humillantes que éstos la impusieron, apartándose de la amistad antigua de España.
Lo mismo la guerra que la tregua se hicieron casi por sí solas, sin que la Corte tuviera ocasión de ocuparse de ellas. Porque á la verdad, si grandes eran los apuros de la Monarquía, mayor era la flojedad y la incapacidad política de Medinaceli. En lugar de atender á los peligros, ya que tomaba á su cargo los honores del Gobierno, no tardó en consagrarse enteramente á las intrigas en que ardía la Corte. Jamás jirones de poder y grandeza han sido más disputados ni por más pequeños medios. Figuraban ahora principalmente entre los contendientes frailes y mujeres; de ellos y ellas eran los instrumentos del primer Ministro y de los que procuraban sucederle; de ellos y de ellas los que empleaba todo el mundo para lograr sus planes. Señalábanse entre las mujeres la duquesa de Medinaceli, mujer de elevado talento y ambiciosa, que tenía dominado á su marido, y disponía de todo á su antojo, y la de Terranova, Camarera mayor de la Reina, dama de imperioso carácter, que apenas juzgaba por su igual á la Reina, ni reconocía derecho en nadie á competir con ella el influjo. De entre los frailes, era el principal el P. Reluz, confesor del Rey.
Hallábase un tanto en peligro la de Terranova, por andar disgustada con ella la Reina. No bien se traslució esto, comenzaron á disputarse ya el puesto la marquesa de los Vélez, la de Aytona, la duquesa de Alburquerque y otras muchas señoras principales, cada una apoyada por sus deudos y amigos. Declaráronse los duques de Medinaceli contra la de Terranova, que estorbaba todos sus propósitos, despreciando más que acatando su poder, y ella también se propuso derribarlos del mando. Y coaligados con la duquesa el P. Reluz, confesor del Rey, tan ingrato á D. Juan de Austria, y D. Gerónimo de Eguía, llegó á creerse que aquel suceso ocasionaría la caída del débil marido y la mujer ambiciosa. Tuvo el buen fraile una conferencia con el Rey, donde le probó con abundante copia de razones cristianas, que debía separar á Medinaceli y nombrar Ministro que fuese de su gusto; procuró llenarle de remordimientos, como llenaron sus antecesores en el cargo á Felipe III, y le amenazó seriamente con la eterna condenación, si no escuchaba sus consejos. Torpe empleo el que hacían aquellos frailes desalmados de su santo y consolador ministerio. En un Rey como Carlos no podía menos el confesor de lograr el efecto que esperaba; y no bien llegó Medinaceli, se apresuró aquél á darle sus quejas. Defendióse el Ministro como astuto y le aconsejó que para que más no le acongojase con aquellas predicciones terribles y anatemas, tomase confesor más blando. No oyó mal tampoco este consejo el pobre Príncipe, y vagando de una en otra incertidumbre, consultó el caso con Eguía, que, como aliado del confesor y de la camarera, parecía que hubiera debido esforzar los argumentos de aquél, perdiendo á Medinaceli. Pero éste Eguía no era hombre que se juzgase obligado con nadie sino consigo propio; y al ver al confesor y la camarera triunfantes, y al Ministro herido y decadente, prefiriendo al amigo poderoso el enemigo débil, se puso de repente de parte de Medinaceli, y aconsejó al Rey, como éste, que buscara confesor más blando y que jamás se entrometiese en las cosas de Gobierno. Entonces el P. Reluz fué separado del cargo de confesor, y la de Terranova, combatida por el Ministro y aun por la Reina madre, que recordaba en ella una de las más encarnizadas enemigas de su regencia, abandonada de Eguía y oprimida de tantos como por deudos ó amigos seguían el partido de las otras señoras que solicitaban su empleo, hubo de sucumbir. Ordenósela cortesmente que pidiese su retiro, cosa no vista jamás en damas de su empleo, que no solía acabar sino con la vida de las reinas ó la propia vida, y entró en su lugar la duquesa de Alburquerque, amiga de la Reina madre y del Ministro, mujer amable y de no vulgar talento.
Creyóse afirmado con este triunfo el de Medinaceli; pero no tardó en desengañarle su caída. La intriga y la envidia y la baja ambición, desencadenadas siempre en derredor de los tronos mal ocupados, donde se asientan personas débiles ó de inteligencia escasa, no dejaban ahora de agitarse un punto. Era natural que la Reina madre quisiese ver acomodados en destinos públicos á los que la habían acompañado en la desgracia, sin que por eso hubiera de usurpar el poder; pero lejos de tolerarlo los cortesanos que solicitaban aquellos destinos, alborotaban la corte diciendo que el Rey estaba otra vez en tutela. No se pagaba á nadie, porque no había con qué; los empleados de virtud y valía se negaban á asistir en sus puestos por no poder vivir en ellos con la honra ilesa, dado que no era posible contar con los sueldos; hubo algunos á quienes fué preciso obligarlos á continuar por fuerza. Y, sin embargo, jamás se han disputado tanto ni con tanto encarnizamiento los empleos. Dió esto lugar á que el de Medinaceli, falto de dinero, no atreviéndose á pedirlo al reino reuniendo Cortes, y sin medios de procurárselo, sacase á pública subasta casi todos los empleos, llegando á ser uso lícito lo que fué abuso hasta entonces. Los pocos destinos que no se vendían se daban por motivos indignos: tal vez á la mujer adúltera ó á la hermana deshonrada para el hombre abyecto que de ellas se valía, tal vez al objeto de aplacar una saña; como cuando, separada del cargo de camarera la duquesa de Terranova, se dieron á su yerno y nieto el duque de Hijar y al de Monteleón, al uno el Virreinato de Galicia, y al otro el Toisón de oro. Y si alguna vez se daba al mérito un empleo, era entonces cuando mayores quejas se suscitaban, como se vió en la provisión del Virreinato del Perú, que se hizo en D. Melchor Navarra y Aragonés, hombre de claro saber y virtud, aunque de cuna humilde; cargo pretendido por el marqués de Santa Cruz, que si no estaba destituído de mérito, no tenía tanto como el nombrado, pero que contaba en su apoyo numerosa familia y amigos. Todos, con razón y sin razón, combatían al Ministro: si él era malo, malos eran los más de los que lo combatían; ansiaba cada cual suplantarle y hacer lo mismo que él, y para eso voceaban mucho el bien del Estado.
El Rey, entregado en tanto al reposo que necesitaba su espíritu, sin fuerzas siquiera para conllevar las horas de despacho, disfrutaba de los días más felices de su vida en el regazo de su buena esposa Doña María Luisa de Orleans. Esta, llena de santos deseos y dotada, aunque de débil complexión, de más energía que su marido, no dejaba de aconsejarle lo que juzgaba bueno y justo. Pero ni su corazón ni su cabeza eran á propósito para aquellas miserables luchas; y así, oyendo tantas quejas y viendo tantos males, pidió, al fin, al Rey que separase á Medinaceli, sin pensar en quién había de sucederle. Semejantes causas movían á desear la ruina del Ministro á la Reina madre, aunque, á la verdad, tampoco faltasen en ella razones de interés propio. Andaba sentida de que Medinaceli no la pagase sus pensiones, teniéndola reducida á no poca estrechez y penuria. Juntóse también contra el Ministro, y era el principal móvil de su ruina, porque aspiraba á sucederle, el conde de Oropesa, que, para indisponer á Medinaceli con el Rey, se valió de su criado Vivanco, hombre cándido y bien intencionado, introducido por él en el cuarto del Rey. Logró primero de éste que lo nombrasen Presidente de Castilla, desde cuyo puesto comenzó á cercenar las facultades del Ministro, é hizo tanto contra él, que el Rey, aconsejado al propio tiempo por su esposa y por su madre y anhelando mejor gobierno, determinó, al fin, apartar de sí á Medinaceli, comenzando á hacer á éste públicos desaires, á fin de que pidiese su retiro. Mas el de Medinaceli no se dió por entendido. Lejos de eso, intrigaba con más ardor que nunca por conservar el mando, cuando recibió orden del Rey para que se retirase al lugar de Cogolludo (1685), privado de todos sus empleos.
Entonces entraron á gobernar de consuno el conde de Oropesa y D. Manuel de Lira. D. Manuel Joaquín Garcí-Alvarez de Toledo y Portugal, conde de Oropesa, era segundo de la casa de Braganza, de origen bastardo, aunque él no lo fuese; hallábase en la flor de su edad y había figurado no poco en las turbulencias de los últimos años, distinguiéndose por sus claras luces y la destreza y disimulo con que logró sostenerse no mal quisto entre D. Juan y Valenzuela y Medinaceli y todos los potentados, hasta que á él le llegó la ocasión de serlo. Dábase por muy devoto, gobernaba hermandades y favorecía iglesias, todo muy á propósito para medrar en aquella época, y tenía también mujer muy intrigante y ambiciosa que le ayudase en sus miras y que le asistiese con sus consejos. Fué primero Gentilhombre, luego Consejero de Estado, por último Presidente de Castilla, desde donde logró derribar á su bienhechor Medinaceli. Una vez conseguido, por aparentar poca parte en lo que era obra de sus manos, no quiso tomar el nombre de primer Ministro, contentándose con el que tenía de Presidente de Castilla, ni gobernar solo, porque otros llevasen las culpas aunque fuese él solo quien gobernase. De aquí nació el que nunca se hallasen tantas personas como ahora entendiendo en los negocios públicos, y aún que compartiese el de Oropesa el Gobierno con D. Manuel de Lira.
Era éste ya, por influjo de Oropesa, Secretario de Espado y del despacho universal, hombre, si de antiguos servicios en los ejércitos y negocios políticos, probo y diestro, de ambición grande, como entonces se usaba. Lo más notable de este Ministro fué que se atreviese á proponer se permitiese la vuelta á España de los judíos, practicar secretamente sus ritos, y tener cementerios á los demás extranjeros, como uno de tantos medios de proteger el comercio y la industria en España. Mas con tales ideas, hubo contra él desde el primer día cierta oposición que llegó á ser declarada guerra más adelante. Lira no recordó cuánto le debía á Oropesa sino para aborrecerle más, aunque no desembozándose al principio, porque éste con sus relaciones y hechuras, y más con sus devociones y buen ingenio, era omnipotente en el ánimo del rey Carlos. Prestaba éste entonces alguna más atención que solía á los negocios; preguntaba por todo y de todo quería enterarse, y gustaba mucho de la facilidad con que ponía á su alcance las cosas el favorito. No lo apartaba de su lado, y Oropesa hallaba nuevos pretextos para encubrir sus propias obras en la voluntad del Rey. No tardó, sin embargo, en alarmarse de verle tan inclinado á los negocios, y entonces discurrió, á lo que se cuenta, una traza funestamente ingeniosa. Buscaba á propósito los más difíciles, y en lugar de aclarárselos, lo confundía en ellos hasta hacer que los aborreciese de nuevo. Entretanto, suprimió plazas en los Tribunales y Secretarías; reformó el consejo de Hacienda; abolió empleos militares inútiles, ordenando que se recompensase con empleos civiles á los que habían servido bien en las armas; rebajó ciertos sueldos, y ordenó que no se empleasen más que á los cesantes por orden de antigüedad y servicios. Publicó, además, en materia de Gobierno reglamentos y órdenes no destituídos de conocimiento; otros, equivocados, como el prohibir la entrada de mercaderías extranjeras por impedir que saliera el oro, y aún que las usasen las personas de la Casa real, para dar ejemplo. Hubo nuevos autos de fe de mercaderías, como aquellos que señalaron los principios de Felipe IV, y se abolieron ciertos impuestos gravosos, compensando con réditos á los que tenían hipotecados por adelantos al Tesoro tales impuestos.
Mandó también Oropesa que se persiguiese enérgicamente á los bandidos que infestaban el reino, prohibiendo el uso de armas de fuego cortas, con que favorecían sus crímenes, y tuvo particular cuidado en que no faltasen en Madrid los abastos, aunque faltasen comestibles en toda España. Singular privilegio en Madrid, cuando tan poca centralización política tenía la nación; pero no por eso menos cierta. Juzgaban entonces los Ministros que era contentar á Madrid tener contento á todo el reino, sin duda, porque sólo las quejas de Madrid llegaban á oídos del Rey, y su miseria era la notada y conocida sólo. Quiso también Oropesa rebajar los gastos de la Casa real, y aunque no pudo por la oposición que halló en los cortesanos, fué loable pensamiento. Mas no hubo tiempo de formar grandes esperanzas sobre Oropesa, aunque hubiese muchos loables pensamientos entre los suyos. La Condesa, su mujer, tras de ser tan dada al influjo como la de Medinaceli, su antecesora, era más dada á la codicia, y el mismo Conde no era ni más recto ni menos inclinado que los que le precedieron al provecho propio y de sus amigos. Viéronse en Madrid, como antes, crímenes duramente castigados en unos, no en otros, por ser criados ó deudos de los amigos del Ministro. Sospechóse luego que en el abasto de la carne, más cara que lo que era razón, y á cargo de unos negociantes llamados los Prietas, tenía que ver la mujer del Ministro, realizando de acuerdo con ellos enormes ganancias. Notóse, en fin, con escándalo, que cuando la Superintendencia de la Hacienda, como tan aniquilada, pedía persona de gran conocimiento, el de Oropesa, prefiriendo su interés particular al de la Corona, puso en tal puesto al marqués de los Vélez, su primo, ya Presidente de Indias.
Era el Marqués hombre de gran bondad, pero de talento cortísimo, y todos sus negocios los dejaba á cargo de un cierto García de Bustamante, criado suyo y antes paje, sin más talento que una bachillería agradable, pero con deseos ya de primer Ministro. Este, hallando establecido por el de Medinaceli, que también fué Presidente de Indias, el arbitrio de vender todos los empleos y beneficios de aquellas provincias, lo continuó y acrecentó de modo, que hasta las magistraturas y los obispados se vendieron en almoneda. Pronto hubo corredores de estos últimos empleos que públicamente ejercían su oficio, señalándose entre ellos el marqués de Santillana, indigno de su nombre. Estos corredores, después de entenderse con el de Bustamante en su particular, compartían con la marquesa de los Vélez la ganancia. No tardaron en salir á subasta los indultos por medio también de corredores; lo que ellos no hacían, lo hacía de por sí, ajeno á la vergüenza, Bustamante. Pretextábase que el dinero que se sacaba era para el Estado; pero no era sino para este vil agente y los suyos. Ni se contentó Bustamante con tener riquezas; quiso tener honores proporcionados, y logró de Oropesa, con universal escándalo, primero plaza en el Consejo de Hacienda, y luego en el de Indias. Tantos desmanes levantaron á todo el mundo contra Oropesa, dando pretexto á sus émulos y envidiosos para censurarle y combatirle.
Había traído á ser confesor del Rey á un Fr. Pedro Matilla, hombre obscuro y de pocas obligaciones, con ambición y sin talento: también al uso. El objeto fué asegurarse del Rey; pero le salió tan mal la cuenta como á otros de sus predecesores. Matilla, viéndose con tanto poder, convirtió el agradecimiento en odio, y comenzó á combatirle sin tregua. Aumentó una burla de Oropesa la saña del confesor. Instaban todos á aquél para que dejase la Presidencia del Consejo y quedase sólo de primer Ministro; era el intento debilitar su poder para destruirle; mas colorábase con que atendiendo á ambos cargos no podía despachar bien ninguno de ambos. Andaban á la verdad muy retrasados los negocios, y el Rey mismo, convencido y aconsejado por el confesor, le propuso que dejase la Presidencia, dando el encargo de proponérselo al confesor mismo. Conocía Oropesa la celada, y procuraba evitarla á toda costa; sospechaba ya el odio del P. Matilla, y para probarlo y burlarse de su credulidad, respondió á sus razonamientos, que bien querría dejar la Presidencia; pero sería en persona tan apta como él, y no en otro. Hubo de resignarse humildemente el confesor á esta honra, creyendo que de verdad se la ofrecía el Ministro, y éste, triunfante, contó el suceso al Rey, sazonado con los chistes de su conversación, que era muy celebrada. El Rey comenzó con aquello á desconfiar del confesor, diciéndole en la primera ocasión que se vieron: «¿por ventura sois vos quien ha de ser Presidente de Castilla?» Y el confesor desde entonces juró perder al Ministro.
Halló de su parte al D. Manuel de Lira, al Cardenal Arzobispo de Toledo, al viejo Almirante de Castilla, á los duques de Arcos y del Infantado y otros señores principales, y todos trabajaron tanto, que Oropesa tuvo al fin que dejar la Presidencia al Arzobispo de Zaragoza D. Antonio Ibáñez. Tuvo traza el confesor de indisponer con éste al Ministro, cuando todo se lo debía. El nuevo Presidente se unió con los enemigos del Ministro, aliándose también con el Condestable, cada día más sediento del poder que le robó Medinaceli; hombre al decir de un contemporáneo «tan negado á hacer bien con su amistad, como capaz de hacer mucho daño siendo enemigo». Los sucesos vinieron á ayudar á todos estos conjurados en sus empresas contra el Ministro.
No dejaba Francia de hacernos afrentas. El haber procesado en uso de nuestro natural derecho á algunos contrabandistas franceses, fué motivo para que Luis XIV enviase al almirante d'Estrée á Cádiz con una poderosa armada (1686), la cual apresó algunas naves, exigió quinientos mil escudos, y hubo que prometerle entera satisfacción para evitar el bombardeo que amenazaba. Orán se vió afligida con un trágico suceso. Gobernaba allí D. Diego de Bracamonte, uno de los capitanes de caballería que acompañaron á D. Juan de Austria en Torrejón y Guadalajara, hombre de temerario valor y muy esclavo de la cólera. Como llegaron los moros en asombrosa multitud delante de aquella plaza, comenzando á talar los jardines y huertas del contorno, salió á ellos imprudentemente el Bracamonte con sólo ochocientos hombres. Pusiéronle los enemigos una celada fingiendo huir, y Bracamonte, enfurecido, cayó en ella, donde perdió la vida peleando valerosísimamente, con todos sus soldados, menos cincuenta que lograron abrirse camino por entre los montones de cadáveres enemigos y volver á la plaza. Hubiérase perdido ésta, á atacarla inmediatamente los infieles, y de todos modos ella misma habría abierto las puertas al enemigo, á no sobrevenir el duque de Veraguas con algunos bajeles. Alguna más fortuna tuvimos en Melilla, donde fueron rechazados los moros por D. Francisco Moreno, su Gobernador, aunque él también perdió valientemente la vida. Súpose que ambas jornadas habían sido movidas y dirigidas por los franceses.
Ni eran ajenos éstos tampoco á las piraterías de los filibusteros, cada día más audaces. Á Scott, David, Manfield y Morgán sucedieron Olonnés, Monthars, Miguel el Basco y Grandmont, todos á cual más osados y sanguinarios. Grandmont llegó á apoderarse de Veracruz y asolar las cercanías de Cartagena. En 1685 se apoderó de Campeche, con daño inmenso de nuestra parte. Por los años de 1647 llevó Luis XIV al último punto los ultrajes. Mandó á su marina que hiciese arriar bandera á nuestras naves en reconocimiento de feudo y vasallaje por las provincias de Flandes, que poseíamos, y juzgaba tributarias de su Corona. Herían tantas afrentas el orgullo de la nación, vivo todavía; ¿y cómo no habían de herirlo? Murmuraban todos del Ministro que las toleraba, y éste, no menos airado que los otros, y deseando también librarse de sus invectivas, se resolvió á tomar venganza en la guerra. No era tiempo. Pusiera el mal Ministro más cuidado en el Gobierno; reformara abusos sin cometerlos; acopiara tesoros que no había; juntara y disciplinara ejércitos que no se hallaban; buscara capitanes de experiencia; fortificara bien las fronteras, que después de todo esto bien podía emprenderse la guerra, no antes, so pena de padecer sin fruto nuevos descalabros. ¿No bastaban las costosas experiencias de los últimos años para conocer que tal como estábamos de Hacienda y de milicia, era locura pensar en la guerra? ¿No habían dicho los sucesos pasados que, aun en alianza con otras naciones, todo el daño era para los débiles y todo el provecho para los fuertes? ¿No valía tanto padecer afrentas en el gabinete como en los campos de batalla? Nada de esto pudo en Oropesa. Púsose de acuerdo con el Papa, que estaba muy resentido de Francia; con el Emperador, su irreconciliable enemigo; con el príncipe Guillermo de Orange, que aspiraba á quitar el trono de Inglaterra al rey Jacobo, fiel aliado del francés; con los duques de Saboya y de Baviera, ofendidos de las altiveces de Luis XIV, y con todos los Príncipes del Imperio, reunidos en la dieta de Ratisbona. Dificultó algo la conclusión de la liga el escrúpulo de haber de coaligarse España con los protestantes, y señaladamente con el de Orange, contra un Rey católico como lo era el de Francia; pero hubo á mano mercedes bastantes con que ganar á teólogos para que desvaneciesen el escrúpulo en favorable dictamen. Formóse entre todos la liga llamada de Augsburgo; todos tenían casi iguales pretextos de queja por las infracciones continuas que hacía Luis XIV de los tratados de Munster y de Nimega y por la soberbia con que, fiado en su poder, trataba á los demás pueblos. Comenzó á recoger sus frutos Guillermo de Orange, desembarcando con un ejército de holandeses y apoderándose, entre las aclamaciones del pueblo inglés, del trono que ocupaba el débil Jacobo. No dió tiempo la rapidez del suceso para que Luis XIV llegara á impedirlo; y conociendo la tempestad que iba á caer sobre él, reforzada aún la liga con el poder de Inglaterra, quiso ganar la delantera comenzando por su parte las hostilidades. Envió un poderoso ejército al Rhin, que, sin previa declaración de guerra, porque todo era intriga de gabinetes hasta entonces, se apoderó de muchas plazas del Imperio (1668). En seguida publicó de por sí la guerra contra España; el Emperador y la dieta de Ratisbona le declararon á él enemigo del Imperio; Holanda, el nuevo rey Guillermo de Inglaterra y el duque de Saboya le declararon también la guerra, y en un pronto se llenó Europa de armas y de sangre.
Necesitábase, en tanto, en España dinero para otra guerra que Francia nos declaró, y Oropesa no se atrevió ó no quiso convocar las Cortes del reino; contentóse con donativos que principalmente de Italia vinieron cuantiosos, y con las ordinarias trampas y anticipos, en que se cifraba el gobierno de nuestra Hacienda. Crecieron los apuros y con ellos las quejas y los pretextos contra Oropesa; éste se defendía trayendo al Rey de acá para allá en cazas de lobos y jabalíes y en diversiones todavía pomposas de comedias y toros, impidiéndole que oyese á sus enemigos. Carlos, cada día más postrado de cuerpo y de espíritu, se olvidaba de todo en brazos de aquella buena María Luisa, que era para él una hija y una hermana, siempre á su lado llorando con él cuando no podía traerle la sonrisa á los labios. Así, distrayendo al Rey, por no molestarlo con cuitas, apoyaba involuntariamente la Reina á Oropesa. Quiso Dios que éste perdiese pronto aquel apoyo.
Á principios de 1689 murió en Madrid la reina Doña María Luisa, díjose que envenenada, pero sin algún fundamento. Verdad es que el no tener sucesión traía ya alarmados á todos los españoles, y confiado al francés en heredar el Trono: «si parís, parís á España; sino parís, á París», decía una copla que entonces corría por el pueblo. Achacábanla algunos la falta, y esto, á pesar de sus virtudes, traía disgustados á los que preveían el daño que había de seguirse. Pero los más juzgaban que la impotencia procedía del Rey, y, de todos modos, no era tan execrable crimen para intentado por nadie, aun entre los que más desearan ver otra mujer en el regio tálamo. El noble amor de la patria y la humanidad no dictan tal género de remedios á los males públicos. Con María Luisa se fué de los labios del Rey la última sonrisa.
Deseoso de tener sucesión, y conociendo también las cuestiones sangrientas que de no tenerla habían de seguirse, se apresuró á buscar nueva esposa; pero como su corazón no podía ya inclinarle á otra mujer, dejó la elección al gusto del Emperador, el cual, por consejo de la Emperatriz, que amaba mucho á Doña María Ana de Neoburgo, hija del elector palatino, sin contar para nada con la conveniencia de nuestro Rey y de nuestra nación, puso los ojos en ella y la señaló para reina de España. Sometióse el infeliz Carlos II á la elección del Emperador, y se llevó á cabo el matrimonio, manifestando D. Carlos, en los principios, cierta curiosidad pueril por conocer á su nueva mujer, que luego se convirtió en melancólica indiferencia. La verdad es que ni él amó nunca á su nueva mujer, ni ella hizo más que acortar sus días con pesares sin cuento. Vino á España, con gran pompa (1690), escoltada de las poderosas escuadras aliadas, y, desde luego, comenzó á hacer notar sus defectos. Era soberbia, imperiosa, altiva; la capacidad moderada, el antojo sin moderación ni límite, la ambición de atesorar grande, no menor la de tener parte en el manejo del gobierno, así en las resoluciones árduas como en la provisión de mercedes, cargos y honores. Llevaba con tal impaciencia cualquier cosa que se opusiese á su voluntad, que hasta con el Rey prorrumpía en desabrimientos muy pesados y en injurias que Carlos, flaco y enfermo, sufría con tolerancia, por no saber con vigor excusarlo, haciendo lo que ella quería, muchas veces aunque repugnara á su entendimiento. Para colmo de desgracias padecía accidentes terribles que la ponían á las puertas de la muerte cada hora, obligando á tratarla con no menor cuidado y recelo que al Rey. Lo primero que hizo fué ponerse á la cabeza del partido contra Oropesa, que había descuidado poner á su disposición el Gobierno; adelantóse D. Manuel de Lira á ofrecerla todo su influjo, é hizo de él instrumento y confidente, guardándolo para su primer Ministro. La guerra de intriga se hizo entonces más empeñada que nunca. El de Lira, perdido de amores de sí, con el favor de la Reina y los muchos que ayudaban sus planes, no hallaba ya obstáculo que le pareciese grande. Su nacimiento, que había sido muy humilde, le aguijoneaba para llegar más alto, y todo lo encubría y adornaba con cierto desinterés y limpieza, pues no se sabía de él que hubiera robado el Tesoro como los otros. Costosa honradez la de aquel hombre que dejaba hacer á los demás el daño, mirándolo aún de buen ceño, con tal de parecer más limpio entre tantos manchados, y que si no tomaba oro de las arcas públicas tampoco lo necesitaba, porque para sí sabía adquirir buenos sueldos, y á sus amigos les pagaba en hábitos, títulos y graduaciones, trayendo á tal vileza los honores, que no parecía cosa honrada tenerlos. Soltóse Lira descaradamente contra el Conde, y por dondequiera le injuriaba y desacreditaba. Tenía el Rey entre tantas flaquezas, la de no poder callar ningún secreto; así, cuanto le decía su mujer contra Oropesa se lo contaba á éste, y cuanto éste le aconsejaba para defenderse del predominio de su mujer, lo ponía en oídos de la Reina; llegaba Lira, y le hablaba contra Oropesa; entraba luego Oropesa, y le hablaba contra Lira, y el Rey les comunicaba en secreto sus mutuos informes.
Parecía la Corte casa de vecindad; el Gobierno, juego de mujercillas y de rameras. La Reina madre, aunque tan quejosa de Oropesa, menospreciada por su nuera, se puso de parte de aquél y dilató algo su caída, influyendo en el ánimo del Rey, que ya por sí le amaba tiernamente, y no se resolvió á separarlo. Pero tantos combates habían hecho ya en él no poca mella. Dábalo á conocer el que después de haber dejado Oropesa la Presidencia para ser primer Ministro, por más instancias que ahora hacía, dilataba el declararlo por tal, siendo cosa en que tanto le hubiese instado antes. Lira se creía de todos modos vencedor, cuando los sucesos de la guerra, que mal sostenida por Oropesa, daba tantos argumentos contra éste, que usaban él y la Reina y el confesor y el Presidente de Castilla y todos los de su partido, vinieron á derribarle impensadamente á él mismo antes que á su contrario, habiendo empezado las hostilidades con poco empeño por la parte de Flandes en 1689.
El Príncipe de Valdek, que mandaba á los holandeses, derrotó en Valcourt al mariscal Humières, causándole alguna pérdida, y lo demás de la campaña se empleó en choques poco importantes. Mas en la siguiente etapa fueron tremendas las operaciones. Hizo Lira de modo que fuese á gobernar los Países Bajos el marqués de Gastañaga, D. Francisco Antonio de Agurto, grande amigo y parcial suyo, hombre sin mérito ni valor, aunque con vanidad muy grande, sosteniéndolo contra el dictamen de todos en aquel empleo. Gastañaga, ocupado sólo en hacerse reverenciar de los pueblos que gobernaba, disipando en insensatos alardes de lujo y de riqueza cuantos tesoros venían á sus manos, no pensó en acopiar soldados ni recursos con que hacer ventajosamente la guerra. Sin embargo, reunió alguna gente, y la envió á juntarse con el ejército del Príncipe de Valdek. Encontróse este ejército con el de los franceses que mandaba el mariscal de Luxemburgo en los campos de Fleurus. Peleó algunas horas, haciendo prodigios de valor la caballería española; sostúvose medianamente la infantería alemana y holandesa, y al fin, los nuestros, abandonados de los aliados, después de hacer horrible carnicería en los enemigos, tuvieron que abandonar el campo; con que quedó la victoria por los enemigos, no sin igual pérdida de ambas partes. Tal fué, que ni unos ni otros quedaron en disposición de emprender nuevas operaciones.
En 1691 había resuelto Luis XIV el sitio de Mons, plaza importantísima de los españoles, disponiendo las cosas con gran sigilo. No lo tuvo tanto que no comprendiese su intento el Príncipe de Orange, ya Rey de Inglaterra, el cual se lo participó al marqués de Gastañaga en las conferencias celebradas en la Haya, para disponer las cosas de la nueva campaña, rogándole dijese el verdadero estado de Mons, á fin de atender entre todos á su mejor resguardo y defensa. Respondió Gastañaga soberbiamente que Mons estaba harto segura en sus manos, asegurando que había dentro hasta doce mil hombres y todas las municiones de boca y guerra que necesitaba para un largo sitio. Fiaron en esto los aliados, y vieron sin inquietud que se acercase á sitiarla el rey Luis acompañado de todos sus Ministros y Generales, y hasta ciento diez mil soldados con doscientas piezas de artillería, ejército el más poderoso que se hubiese visto en aquellos parajes. Pero el marqués de Gastañaga había faltado á la verdad en todo. La guarnición de Mons no llegaba á seis mil hombres, y aunque su Gobernador, el conde de Berges, se defendió esforzadamente, tuvo al fin que ceder, falto de todo, á los veinticinco días de trinchera abierta. Sorprendió la pérdida á los aliados que, lentamente, como tan confiados, preparaban el socorro, y el Rey de Inglaterra, irritado contra Gastañaga, escribió al infeliz Carlos II cuanto mal pudo discurrir de su conducta. Gastañaga, por su parte, escribió también á Lira implorando su protección, y éste, lleno de vanidad como todos, y confiado en la debilidad de Carlos, tuvo audacia para contestarle diciendo que mientras él se hallase en el despacho, aunque en Flandes no quedara más que una almena, sería él Gobernador de ella. Fué dichoso azar, cuando no obra de la soberbia de Gastañaga, que llegase la carta á manos del Rey de Inglaterra, el cual, ardiendo en ira, se la envió á nuestro Soberano con los comentarios que han de suponerse.
Aprovechóse diestramente del suceso Oropesa, y D. Manuel de Lira fué separado de su puesto y metido en la Cámara de Indias, donde murió de allí á poco de pesadumbre, no pudiendo conllevar el peso de sus burladas esperanzas. Pero Oropesa no gozó tranquilo del triunfo. La pérdida de Mons produjo tan mal efecto en todos los ánimos, que no contentos con la caída de Lira, solicitaban también la de Oropesa. Este mismo, no desvanecido con sus ventajas, deseaba retirarse y dejar pasar el nublado; pero su altanera mujer no se lo consintió, incitándole á defenderse hasta el último trance. La Reina, más irritada que nunca con la separación de su confidente Lira, redobló contra Oropesa sus esfuerzos, y el conde de Joculis, Embajador de Alemania, de una parte excitado por la Reina, de otra inclinado contra Oropesa por la pérdida de Mons, vino á juntarse con los enemigos del Ministro. Eran á un tiempo á combatirlo la Reina, el Embajador, el Presidente de Castilla y los principales Grandes; de modo que hubo que sucumbir al cabo. Fué la ocasión el nombramiento de sucesor á Lira; logró Oropesa que se extendiese el decreto nombrando á un cierto Angulo, muy parcial suyo; pero el decreto no tuvo efecto por entonces. Y el Rey, que lo amaba cada día más, le envió un papel que, para muestra de lo que el Rey pensaba y de cómo se hablaba de las cosas públicas, merece recordarse: «Oropesa, le decía; viendo de la manera que está esto, y si por justos juicios de Dios y por nuestros pecados, quiere castigarnos con su pérdida, por lo que te estimo y te estimaré mientras viviere, no quiero que sea en tus manos.» Oropesa, entendiendo el deseo del Rey, se apresuró á ofrecerle la dimisión de sus puestos, saliendo oculto de Madrid, como solían salir todos los Ministros caídos, para la Puebla de Montalbán.
Mas tiempo es ya de recorrer el cuadro general de aquella guerra tan indiscretamente empeñada, y sostenida á un tiempo en Flandes, Italia, Cataluña y América. En Flandes, perdida Mons, se perdió también Hall, y quedó amenazada Bruselas. No se repusieron de estas pérdidas los aliados en la siguiente campaña, porque en la de 1692 tuvieron que ceder el campo de Stinquerque á los franceses, después de una desesperada batalla en que fué igual la pérdida y hasta dudoso el triunfo, y en la de 1693 perdió el mismo Orange, Rey de Inglaterra, contra el Mariscal de Luxemburgo la gran batalla de Nerwind, antes por el número superior de los enemigos que por torpeza ó flojedad de sus soldados. Allí donde se miraron reunidos franceses, holandeses, ingleses, alemanes, austriacos, italianos y españoles, dieron éstos alta prueba del superior esfuerzo que había en sus corazones todavía. La caballería española, colocada en el ala derecha del ejército aliado, rechazó por tres veces á la francesa, vencedora en todas partes, obligándola á volver grupas con gran pérdida, y fué preciso que se la ordenase la retirada para que dejase sus puestos, únicos que se conservaron en la batalla. Perdiéronse y ganáronse algunas plazas, y Bruselas fué bombardeada de los enemigos; pero nada importante se hizo en las otras campañas que se emprendieron hasta la conclusión de la paz.
En Italia, lo mismo que en Flandes, peleamos ahora á manera de auxiliares. El duque de Saboya era aquí Capitán general de la liga, y á sus órdenes estaba el príncipe Eugenio, tan famoso más tarde, con un cuerpo de imperiales, y un buen trozo de españoles gobernados por el conde de Fuensalida, capitán de los del regimiento de la guardia de la Reina, y ahora Gobernador del Milanés. Entró el mariscal de Catinat en Saboya con poderoso ejército, y tomó muchas plazas, poniéndose luego delante de Saluces. Acudió al socorro el ejército de la liga, y hubo una gran batalla, en la cual quedaron vencedores los franceses, y por cuyas resultas se apoderaron de la plaza sitiada. Pero habiendo recibido gran refuerzo de imperiales y de españoles, derrotó el duque de Saboya en Coni á los franceses y recobró á Saluces y á Carmagnola, donde un tercio de españoles asombró, por su valor heroico, á los franceses, tomando un reducto de que no pudo ser desalojado por más que hicieron los defensores; hazaña á que se debió la rendición de la plaza. Luego, el propio Duque penetró en el territorio francés (1692) y tomó algunos lugares, guardó los pasos, y recobró toda la Saboya y las plazas del Piamonte.
Sucedió á Fuensalida en el Gobierno de Milán el marqués de Leganés, el cual, reuniendo cuantos españoles tenía á sus órdenes y muchos regimientos italianos, fué á juntarse con el duque de Saboya, tomando el fuerte de San Jorge, cerca de Casal, y bloqueando por muchos meses esta plaza. El ejército aliado sitió á Pinerol, ocupada por los franceses; vinieron éstos al socorro, mandados por Catinat todavía, y en los campos de Marsella hubo una gran batalla (1693), también perdida de nuestro bando, con gran destrozo de ambas partes. La falta de refuerzos impidió á los franceses sacar de ella partido, y los aliados, cada día más numerosos, también tuvieron que deplorar la división entre los Generales, porque ni el duque de Saboya, ni Caprara y el príncipe Eugenio, que mandaba á los imperiales, ni el marqués de Leganés, que gobernaba á los españoles, podían entre sí avenirse, echándose mutuamente las culpas de los malos sucesos. Tomóse, sin embargo, á Casal; pero las desavenencias llegaron á punto de que el de Saboya se separase de la liga antes de las paces (1696), con lo cual no se emprendió más hostilidad alguna.
Cataluña fué, como siempre, el lugar donde con más empeño se combatiera. Habían seguido aquí á la guerra anterior graves disgustos entre los paisanos y los soldados por causa de los alojamientos y por las infracciones de los fueros de la provincia. Sucedió en el Gobierno de ella el marqués de Leganés al duque de Bournonville, y contra él eran las principales quejas. No tardaron muchos pueblos catalanes, viendo que la Corte no les hacía justicia, en unirse para la resistencia. Determinaron no contribuir con nada á los soldados, señalándose Centellas en la determinación. Envió el Virrey á reducir esta villa al General de la caballería, D. Domingo Pignateli, con cuatrocientos caballos y seiscientos infantes. Fué imprudencia ésta del de Leganés, más joven y ardiente que experimentado, sobre todo, no teniendo órdenes ni fuerzas para llevar las cosas al último rigor. Llegaron los soldados á Centellas, y se acuartelaron en la villa; pero los paisanos de las inmediaciones, convocados al son de caracol y campana, acudieron en tanto número y con tan amenazadoras demostraciones, que tuvieron por bien aquéllos el retirarse, para excusar un choque sangriento. Furioso Leganés al saberlo, recogió toda la caballería que había en Barcelona, y con ella se vino para Centellas, propuesto á castigar duramente á los paisanos; pero éstos se acrecentaron de manera y se presentaron tan temibles, que no osó acometerlos con la gente que llevaba, y escuchando al fin el parecer de personas prudentes, se volvió á Barcelona. Fué dichosa esta retirada, porque entraron en seguida las negociaciones, y por ellas se logró aquietar á los pueblos, aunque no sin grandes esfuerzos y dilaciones y aun algunas muestras de rigor; dieron éstas nueva ocasión á disgustos, y el marqués de Leganés y el joven conde de Melgar, don Tomás Enríquez de Cabrera y el duque de Villahermosa, pasaron uno tras otro por el Gobierno de la provincia, sin ver restablecida en ella la tranquilidad y la confianza. En tal estado andaba aún el país, cuando comenzó la nueva guerra contra Francia. Entró el duque de Noailles con nueve mil hombres, se puso sobre Camprodón y la tomó en pocos días, por la poca asistencia que la dieron los miqueletes y paisanos desconfiados del Gobierno. Recibió tanto sentimiento Villahermosa de esta pérdida, que mandó ahorcar al Gobernador D. Diego Rodado, á quien juzgaban todos inculpable. Pidiéronse donativos á Cataluña para continuar la guerra; mas ella, como disgustada, ya no quiso darlos. Á la sazón se juntaba en el ánimo de los naturales la cólera de los presentes disgustos con el recuerdo de que el Rey no hubiera venido aún á jurar sus privilegios, y cierta aprensión extraña de que los capitanes del Rey, inclinados á Francia, pretendían más bien entregar que no defender la provincia.
Por lo mismo, ya que no diesen dinero, no dejaron de levantar gente. Con ella, y algunos buenos trozos de infantería y caballería que vinieron de Castilla, salió á campaña el Virrey, llevando á D. Juan de la Carrera por Maestre de campo general, y al marqués de San Vicente en el mando de la caballería; el total del ejército llegó á componerse de más de catorce mil infantes y cuatro mil caballos. Con este ejército, tan superior al de los franceses, se propuso el de Villahermosa invadir el Rosellón, para divertir más al enemigo; pero la Corte le ordenó que fuese sobre Camprodón, y la sitiase. Logrólo á vista del enemigo que, formado en batalla muchos días, no se atrevió á empeñarla, á pesar de las provocaciones de los nuestros. Hubo con todo un combate contra dos regimientos franceses que defendían ciertas posiciones sobre la villa, en el cual los nuestros llevaron la ventaja, y como luego lograsen con industria los paisanos y miqueletes cortar el agua á la guarnición de la plaza, no tuvieron más remedio que abandonarla. Voló el de Villahermosa las fortificaciones con gran disgusto de los catalanes, y demolió también la plaza de Montallá, retirándose luego con tan lucido ejército sin hacer nada, á tomar cuarteles de invierno. Durante éste, hubo varios combates entre los paisanos y soldados, siendo el mayor delante de Gracia y Sarriá á las puertas mismas de Barcelona. Mantúvose fiel y tranquila esta ciudad y los más de los lugares del Principado; premió el Rey á Barcelona, concediéndola el privilegio que pretendió en 1632 y 1640 de que sus concelleres se cubriesen delante de los Príncipes, cosa que teniéndola ya por perdida, ó no habiéndola tenido nunca muy clara y determinada, fué ahora de grande agradecimiento, y fueron presos y castigados algunos de los paisanos sediciosos, y perdonado el mayor número, con que volvió á restablecerse la tranquilidad un tanto.
No tardaron los franceses en entrar de nuevo (1690) en Cataluña; tomaron á San Juan de las Abadesas y á Ripoll, demoliendo sus fortificaciones y rindieron á Vich, sin que el de Villahermosa hiciese más que movimientos inútiles y sin fruto. Fuera triste suerte la de este caudillo, á hallar quien lo juzgase con tanto rigor como él juzgó antes al Gobernador de Camprodón. Clamó Cataluña porque se le separase del mando, achacándole todas las pérdidas y desórdenes, y la Corte envió en su lugar al duque de Medinasidonia. Comenzóse bajo su mano la campaña de 1691, en la cual los franceses rindieron la Seo de Urgel, valerosamente defendida de D. José Agulló, por no haber sido socorrida, cosa muy sentida en Cataluña. Ofrecióse entonces llena de ira á facilitar hombres y dinero con que echar á los franceses. Una armada de éstos de cuarenta naves, al mando del conde de Estrées, bombardeó por dos días á Barcelona con poco daño, y se retiró al aparecer la nuestra, gobernada del conde de Aguilar, aunque ésta excusase el combate. Ni en esta campaña ni en la siguiente hizo más el de Medinasidonia que vagar de acá para allá con un mediano ejército que tenía, ya sitiando plazas, ya alzándose de sobre ellas, ora ofreciendo batalla al enemigo, ora huyéndola, sin llegar nunca á pelear. Sólo los miqueletes peleaban por donde quiera ejecutando sus ordinarias proezas, bajo sus caudillos naturales, entre los cuales se contaba aún el viejo Trinchería. Hubo también algunas celadas y choques de poca cuenta entre soldados sueltos del ejército. Tampoco los franceses hicieron más que demoler aquí y allá fortificaciones, hasta 1693 en que, con ejército de veinte mil hombres y cuarenta cañones, embistieron á Rosas. Defendióla valerosamente D. Pedro Rubí hasta ser herido de muerte en la defensa, y su sucesor, don Gabriel de Quiñones, rindió la plaza con poca honra.
Menos manifestó todavía el duque de Medinasidonia, que pudo lograr el socorro y no quiso intentarlo. Abandonaba la provincia á su suerte, y cuando se quejaban de ello los naturales respondía: «que todo era inútil, pues no había mejor partido que hacer las paces, sometiéndonos á la voluntad del extranjero». Duque indigno de su casa y nombre; otro Guzmán que añadir á aquellos tan fatales del reinado anterior. Vergonzosamente envió regalos el Gobernador de Barcelona á la armada francesa de M. de Tourville, que tuvo la insolencia de pedirlos al pasar por aquellas aguas, diciendo que de todas las plazas de la costa de España quería llevar esta muestra de agasajo. Lloró Cataluña con noble altivez aquella vileza, y más al ver que el Gobernador y sus capitanes achacaban la determinación al pueblo. Fué también de gran sentimiento el desorden de la campaña, porque el ejército francés se paseó por el Ampurdán como quiso, y el de los españoles malgastó el tiempo en pareceres y marchas, sin poner mano á las armas. La Corte, viendo tal interés, separó al fin al de Medinasidonia, y envió en su lugar al marqués de Villena; salió aquél del Principado querido por su carácter dulce y su justicia, pero universalmente despreciado. Era el nuevo Virrey tan imprudente como fué su antecesor irresoluto y no dotado de más talento que él. Al comenzar la campaña de 1694 envió capitanes que alistasen en Castilla muchas compañías. «Llegaron en crecido número, dice el historiador Feliú de la Peña, contemporáneo y catalán; pero tales, que antes servían de embarazo que de provecho, por no ser disciplinados, ni ser fácil en poco tiempo enseñarles el arte, modo de disparar, jugar las armas ni perderles el temor. Amaestrábanlos en el disparar, no sólo los hombres, sino hasta los muchachos de Barcelona, porque era para ellos muy extraño aquel ejercicio, como sacados de los cortijos y lugares de Castilla. No obstante, contento el Virrey del número, no advirtiendo la calidad, prometía prodigios y decía: «Con veinte mil hombres y todos españoles, no hay que temer.» El suceso le desengañó. Desengañóse, con efecto, muy en daño de la Monarquía, aunque no por culpa sólo de tales soldados.
Entró el duque de Noailles en el Ampurdán con ejército igual al nuestro, y asentó su campo á la orilla izquierda del Ter, cerca de Torroella de Mongri. Acudió al opósito el de Villena, poniéndose á la orilla derecha del río, en campo abierto, por juzgar que éste bastante lo defendía. Aprovechóse de esta confianza necia el de Noailles, y esguazando el río con parte de su caballería, cayó sobre nuestros descuidados cuarteles. En un momento fueron deshechos los trozos de caballería que gobernaban D. Juan Colón y D. Fernando de Toledo, con muerte honrosa de los dos capitanes. Huyó el resto de nuestra caballería, dejando sola en el llano á la infantería, que desordenada, y tan sin conocimiento de las armas como se sabe, no tardó en ser rota y dispersa. Murió el Maestre de campo D. Alonso de Granada pugnando por ponerla en orden, y en el propio empeño fenecieron los mejores capitanes, siendo otros muchos prisioneros. Del de Villena no se supo en todo el trance; el general de la caballería, Senmenat, quedó luego prisionero, y fuera allí total la vergüenza, á no ser por el esfuerzo de aquel valeroso José Bonet, que tan heroica muestra dió de sí años antes en la villa de Massanet, defendiéndola por largo espacio con sólo cuarenta hombres contra todo un ejército enemigo. Era ya el Bonet Maestre de campo en el tercio catalán llamado de la Diputación, y, además, gobernaba, por ausencia de caudillo, el tercio viejo de los morados, que era el mejor del ejército. Al ver la acometida de los enemigos y el desorden de los nuestros, Bonet formó en batalla sus tercios, que fueron los únicos que así se vieron aquel día, sobre una zanja, donde se mantuvo valerosamente hasta que se halló de todo punto desamparado. Luego volvió á hacer alto en la colina de Foxá, y recogió muchos fugitivos, salvando los restos del ejército, á pesar de que el enemigo puso el mayor empeño en desordenarle.
Glorioso y vencedor, se alejó por fin Bonet de aquel campo de ignominia, donde quedaron las banderas y la artillería, los papeles del Virrey y los de los regimientos, las armas, los bagajes y cuanto pudo ser presa del enemigo. No dejó éste escapar los frutos de aquella batalla que se llamó del Ter. Llegó delante de Palamós y la rindió á pesar de la esforzada defensa de D. Melchor de Avellaneda, que allí mandaba; luego se puso sobre la importantísima plaza de Gerona, que tan imposible de rendir había sido otras veces, y la tomó sin dificultad ninguna por causa del Maestre de campo general, D. Carlos Sucre, que aún gobernaba en la plaza, y de D. Juan Simón, que abandonó sin defensa una de sus más importantes fortalezas. Lloraron los vecinos largamente aquella capitulación que hubo de ajustar Sucre sin su noticia. Hostalrich con poca defensa y Castelfollit también cayeron en poder del enemigo, y ochenta partidarios franceses osaron entrar en Corbera á cuatro horas de Barcelona. Quisieron los paisanos y miqueletes recobrar á Hostalrich juntándose tumultuariamente en una especie de ejército donde vino á hallarse en persona el de Villena; pero se abandonó la empresa, no bien amagó el francés el socorro.
Dejó el de Villena avergonzado el mando y entró á sucederle aquel marqués de Gastañaga que tan mala cuenta había dado de sí en Flandes. Tuvo éste en los principios el acierto de reconocer su incapacidad y el poco valor de sus soldados, y manteniéndose en guarnición de las plazas con ellos, excitó á los paisanos á que defendiesen la tierra. Ayudaron los franceses cometiendo algunos daños; y no necesitaron de más los valerosos catalanes. En el invierno mismo de 1694, queriendo un inglés que gobernaba por Francia la villa de Blanes, bien fortificada, recoger algunos rehenes y tributos, envió un trozo de quinientos hombres á los lugares comarcanos, que fué derrotado. Para castigarse este hecho embistió el inglés con ochocientos hombres á Pineda, lugar pequeño y abierto; pero fué rechazado con muerte de más de sesenta de los suyos. Luego los mismos paisanos de Pineda y las cercanías le obligaron á encerrarse en Blanes. Derramados de repente los miqueletes por todo el principado, mataban á cuantos franceses osaban salir sin amparo de ejército á los caminos, entrando á matar dentro de la misma Gerona. Aconteció (1695) que no queriendo pagar contribución á Francia la villa de San Esteban de Bas, acudió á quemarla en castigo con mil trescientos hombres escogidos el Gobernador de Castelfollit, de orden de Mr. de San Silvestre, que estaba por caudillo de toda aquella parte de Gerona. Cuando llegaron los franceses cerca de San Esteban de Bas, hallaron ya la villa puesta á la defensa habiendo recogido á la montaña todas las personas inútiles. Hubiera sido grande la defensa de la villa á comenzar el ataque los franceses; pero no se atrevieron á intentarlo. Durante su marcha habían sido descubiertos por los paisanos catalanes, que con increíble audacia se pusieron á perseguirlos de uno en uno. Al llegar á San Esteban serían ya estos paisanos hasta en número de cuarenta; y aunque los enemigos subían á mil trescientos, repartidos en tres trozos, tuvieron valor para acometer uno de estos trozos. Acudió al punto el veguer de Vich con algunos paisanos, y el francés con notable cobardía dispuso la retirada. Serían ya hasta ochenta los paisanos, y se pusieron vivamente á perseguirle como si fueran un ejército, engrosándose ellos á cada momento y matando á cuantos hallaban un poco retrasados.
Apoderóse un terror pánico de los franceses, y al pasar un puente llamado de San Roque fueron desordenados por los paisanos, que llevaban ya muertos un centenar de ellos y prisioneros muchos más, separándolos en dos trozos. El menor de ellos, cercado en un hospital, tuvo que rendirse; el más grueso, donde iba el mismo Gobernador de Castelfollit, no atreviéndose á pasar adelante, se fortificó en el convento del Carmen de Olot. Ya el número de los paisanos era grueso acudiendo de todas partes; mandábanlos el veguer de Vich y los caudillos Francisco Toralla, José Más de Roda y Galderch, llamado el mozo, hombre de valor heroico. Este logró meterse por un agujero que abrió en el muro con hasta doce hombres dentro del convento, y allí peleó largo rato con el gran número de los franceses, hasta que, muerto él y cinco de los suyos, los otros tuvieron que fingirse muertos para salvar la vida. Entre tanto el convento era asaltado por todas partes, y después de un largo combate donde el caudillo francés fué mortalmente herido, tuvieron que rendirse sin más honor sino que no se quitasen á los oficiales los vestidos. Llenó de júbilo esta gloriosa victoria á toda Cataluña. La guarnición francesa de Blanes, desbandada, se salió del lugar dejándolo abandonado; pero acometida en el camino por los vecinos de Pineda y labradores, perdió ciento cincuenta hombres muertos y doscientos ochenta prisioneros, huyendo el resto en desorden. Trescientos franceses que guarnecían á Argelagués se rindieron también á algunas compañías de dragones y miqueletes; y un capitán por nombre Plex entró por un agujero que abrió en la puerta de San Lorenzo de la Muga, donde había cien granaderos franceses, con solo treinta hombres, y después de haberlos acorralado en la iglesia les obligó á rendirse. Sonaba el caracol marino por todas partes levantando en armas el principado, y los franceses no tenían en ninguna un momento de reposo. Blas de Trinchería, hijo acaso de aquel valeroso D. José y D. Valerio Saleta, con sus gavillas de miqueletes bloquearon á la guarnición de Hostalrich, reduciéndola al mayor extremo, y el veguer de Vich y José Más de Roda, pusieron en el mayor aprieto á Castelfollit, favorecidos por algunas compañías de dragones y derrotando á los franceses que intentaban socorrerla.
Ya estaban á punto los paisanos de tomar esta plaza, dirigidos por un cierto Luis de Novas, catalán que había estado al servicio de Francia, cuando vino al campo D. Juan de Acuña con un buen trozo de ejército á encargarse del sitio, y en un punto se perdió todo; fué preciso alzar el campo por haber logrado socorrerla los franceses. También tuvieron que alzarse de sobre Hostalrich los paisanos, por no ser socorridos con artillería y algunas municiones como solicitaban. Demolió sin embargo el francés tanto las fortificaciones de esta plaza como las de Castelfollit, de miedo de que los paisanos y miqueletes volviesen sobre ellas. Pero ya por entonces aquel glorioso ardor de los catalanes había desaparecido. El marqués de Gastañaga, D. Francisco Antonio de Agurto, se había mostrado cada día más afecto á los paisanos, loando y regalando á sus caudillos, recorriendo y animando por sí mismo las cuadrillas de ellos que pasaban por Barcelona, haciendo tocar en su palacio los temerosos caracoles marinos de que usaban y que solían levantar en ira las comarcas por donde iban. Si fueron órdenes de la Corte recelosa del ascendiente y soberbia de los paisanos, ó celo de los capitanes que la rodeaban, ó idea de que ya no eran necesarios tales servicios por haberse juntado numerosas tropas en la provincia, no se sabe; pero ello es que de pronto cambió de opinión el Virrey y comenzó á mirar con mal ceño las cuadrillas de paisanos.
La voz de Cataluña fué que el marqués de Villadarias, que acababa de venir por Maestre de campo general del ejército, había traído orden de la Corte para ir entregando la provincia á Francia; mas esto era increíble cuando cabalmente se había juntado allí el mejor y más numeroso ejército que tuviese España, y el de mejor calidad que hubiera aparecido en toda la guerra. Componíanlo hasta veintisiete mil hombres, muchos alemanes é irlandeses que trajo en refuerzo, de parte del Emperador, el príncipe Jorge de Hesse Darmstad, no pocos walones y bastantes castellanos y navarros de las nuevas levas.
Por este tiempo se presentaron también en aquellas costas las escuadras unidas de Holanda é Inglaterra, dueñas del mar. Con tal poder militar y poca ayuda de los paisanos, desalentados y aun llenos de saña con la mudanza que notaban en el Virrey, se continuó la campaña de 1698, y en ella se vió de nuevo cuanto superasen á los soldados mal acaudillados y organizados que teníamos los valerosos paisanos catalanes. Púsose el de Gastañaga con el gran ejército y armadas sobre Palamós, villa flaca, y hubo de alzar el asedio sin fruto, si bien los franceses, de propio motu, demolieron luego la plaza. Luego el ejército y armada se retiraron á descansar sin otra empresa por aquel año. Al siguiente volvió á salir á campaña Gastañaga, oponiéndosele el duque de Vandome con ejército igual en fuerzas. Asentaron los nuestros su campo entre Hostalrich y Gerona á orillas del río Tordera, y el francés se puso también no lejos de Gerona. Allí se mantuvieron unos y otros sin emprender nada; solo el Príncipe de Darmstad que gobernaba la caballería extranjera sostuvo un choque empeñado con los enemigos que querían envolverle, frustrando valientemente su intento. El de Gastañaga no hizo más que ordenar á los paisanos que ocupaban todavía algunos pasos que se retirasen, con lo cual los franceses bajaron por la Tordera y ocuparon sin dificultad aquellas villas de Blanes, Malgrat, Pineda y Calella que les habían dado tanto en que entender en otras ocasiones, saqueando á su sabor el país. Las quejas de Cataluña llegaron con esto á tanto, que la Corte separó al virrey Gastañaga y al Maestre de campo general Villadarias, enviando en su lugar de Virrey á D. Francisco de Velasco, soldado de probado valor y hermano natural del Condestable, y de Maestre de campo general al conde de la Corzana. No hicieron estos otra cosa que mejorar las fortificaciones de Barcelona, porque ya se recelaba del francés que quisiera cercarla.
Veníase tratando de paz hacía tiempo, negándose nuestra Corte á negociarla por temor de que como eran sus pérdidas grandes la fuese muy funesta. Para obligarla á ceder resolvió Luis XIV emprender el sitio de Barcelona, y dispúsose lo necesario no con tanto secreto que no hubiese noticia de todo. Por fin, á principios de Junio de 1697 llegó el duque de Vandome delante de aquella ciudad insigne con diez y ocho mil infantes y seis mil caballos; la armada, compuesta de cincuenta naves y ochenta velas de transportes, cerró la boca del puerto al mando del Bailío de Noailles, y se desembarcaron hasta ochenta piezas de artillería entre cañones y morteros para batir los muros, con inmensa copia de proyectiles y fuegos de artificio. Jamás se ha visto tanta flojedad como se vió entonces de nuestra parte. Había cerca de veinte mil hombres con que cerrar el paso al enemigo, y se le dejó llegar tranquilo delante de la ciudad; extendió sus cuarteles desde Sans hasta Esplugas, poniendo en Sarriá sus principales depósitos; abrió sus trincheras sosegadamente también, plantó sus baterías, todo como si no hubiese armas en la provincia. El Virrey y la Audiencia se salieron fuera de los muros á procurar socorros, y quedó en el mando el Maestre de campo general conde de la Corzana, con el Príncipe de Darmstad, el conde de la Rosa, D. Juan de Acuña y otros caudillos, y hasta diez mil infantes y mil trescientos caballos, mitad españoles, mitad extranjeros, sin contar otros cuatro mil infantes á que ascendía la milicia de los gremios que se levantó en la ciudad, ni la nobleza catalana, entre la cual se hallaba el marqués de Aytona, y voluntarios, toda gente valerosa. Pronto las montañas que rodean el llano de Barcelona aparecieron cuajadas de labradores y miqueletes que acudían de toda Cataluña á salvar su capital, mandados por el heroico Bonet, D. José de Agulló y Copons, y otros caudillos de igual denuedo y patriotismo. Por todas partes resonaban los ecos del caracol marino, llenando de pavor á los franceses, y hasta las mujeres y los niños recorrían las calles de Barcelona gritando: «¡antes morir que rendirnos!» Los Magistrados preparaban con ardiente patriotismo las cosas de la defensa; los mercaderes fiaban sus géneros; el clero se hallaba dondequiera, excediendo en valor á los soldados, todos cumpliendo con su deber largamente; aquella ciudad soberbia no había sido hasta entonces vencida. Pero todo se malogró por la ineptitud ó cobardía del conde de la Corzana y los demás capitanes, que á excepción del de Darmstad no parecía sino que obraban de acuerdo con los franceses. Bien pudo sospecharse que lo estuviesen según lo que hicieron.
D. Francisco de Velasco, que había puesto su cuartel general en Molins de Rey con todas las tropas que no habían quedado en la ciudad, se dejó sorprender del enemigo á punto que perdió todo su equipaje, y él á duras penas salvó la vida. No se dió orden alguna para que los valerosos miqueletes obrasen; de modo que aunque llevados de su ardor acometieron dos ó tres veces los cuarteles enemigos, fué sin fruto, perdiendo en una ocasión Bonet cinco capitanes de seis que lo acompañaban con casi toda su gente; y entre tanto el marqués de Corzana dispuso tres salidas tan mal dispuestas, que aún arrollando como se arrolló al enemigo, no se logró hacer ningún daño en sus trabajos de sitio. Descuidóse el fortificar los puntos débiles, negáronse armas á los que las pedían, y al cabo de cuarenta días, cuando la plaza estaba casi entera todavía, se resolvió la capitulación. Ofreció Barcelona llena de noble ira defenderse sola y obligar á los franceses á alzar todavía el sitio, con tal que el de la Corzana se fuese donde quisiera con todas sus tropas, menos el Príncipe de Darmstad y sus caballos. No fué la proposición admitida; y como en aquellos días fuese nombrado el de la Corzana Virrey, en lugar de D. Francisco Velasco, llevó á cabo la entrega contra el sentir de todo el pueblo que lloraba su suerte, y el parecer del Príncipe de Darmstad y de los mejores capitanes, avergonzados. Salió la guarnición con los honores de la guerra y se reconocieron los privilegios de Barcelona. Viéronse en este sitio hechos heroicos. Imaginóse introducir la deserción en el campo francés, ofreciendo cierta cantidad á los soldados; pero no parecía posible llevar hasta ellos el ofrecimiento. Entonces, Gabriel Fort, natural de la villa de Alforja, con dos paisanos y un muchacho, se prestó voluntariamente á fijar los carteles en Pedralbes y en Sarriá, cuarteles principales de los enemigos, y así lo hizo. El Canceller en Cap de Barcelona murió de dolor y de fatiga, notando que sus prodigiosos esfuerzos eran impotentes para salvar la ciudad. También murió de un mosquetazo Luis de Noves, aquél ingeniero catalán que tan bien dirigió á los paisanos en el sitio de Castelfollit. Señalóse el valor de los sitiados, en que siendo tan mal dirigida la defensa, causaron sin embargo horribles pérdidas á los vencedores. Después de rendida Barcelona, los franceses se acercaron á Vich; quisieron ponerse en defensa los valerosos moradores; pero el de la Corzana les envió á decir que no era tiempo de tales bizarrías, y que no esperasen socorro alguno de su parte. Entonces Vich se rindió también, y este fué el último hecho de la guerra con Francia.
No habían faltado en ella hostilidades marítimas; los corsarios catalanes y vascongados hicieron algún daño en el comercio francés, y el duque de Nájera, con las galeras de Nápoles, logró algunas ventajas en los mares de Italia. La armada francesa que bombardeó á Barcelona, hizo lo mismo con Alicante, no con más fruto, y aun intentó un desembarco en el cual fué rechazada con pérdida. Acudió el conde de Aguilar con veintiocho bajeles, y los enemigos huyeron precipitadamente, esquivando vergonzosamente el combate que le ofrecieron los nuestros. En América hubo sucesos muy diversos. Habiendo pretendido Cussi, que mandaba la parte francesa de la isla de Santo Domingo, apoderarse de toda ella, fué derrotado en un combate por nuestros colonos y soldados, muy inferiores en número. Llegó entonces á aquellos mares D. Jacinto López Girón con nueve bajeles destinados á perseguir corsarios enemigos, y el Gobernador de Santo Domingo, D. Iñigo Pérez de Castro de acuerdo con él, determinó castigar á los franceses. Cussi fué muerto con más de cuatrocientos hombres en un combate gloriosísimo para nuestras armas; tomóse el lugar de Guarico, y se echaron á pique algunos bajeles.
El contento de esta victoria lo desvanecieron los daños que nos hicieron los filibusteros aliados con los franceses. En 1697 el barón de Pointis, con diez bajeles de estos y hordas filibusteras de desembarco, tomó y saqueó á Cartagena de Indias, como todas aquellas plazas desguarnecida. Ni en África nos dejaban los franceses. Incitaron á los argelinos y al feroz Ismael, rey de Fez, segundo de los Filelis, á que nos hicieran furiosa guerra. Los catalanes y los marineros valencianos y andaluces tuvieron que construir y tripular buques con que alejarlos de nuestras costas, y á las plazas de África dieron todas cuidado. Sitió Ismael á Larache y la combatió por muchos días, hasta que el conde de Aguilar y el almirante Gregori, con una armada, llegaron al socorro, con la cual tuvo que alzar el campo (1691). Poco después (1693) el xeque de Mequínez vino sobre Orán con veinte mil caballos, y desmontándolos al llegar á la fortaleza y muros, dió un asalto general que duró siete horas y costó la vida á infinitos de ellos, sin fruto alguno. Ismael, acostumbrado á vencer en África á todos sus enemigos, sañudo, soberbio y sanguinario como ninguno de aquellos bárbaros monarcas, no escarmentado con el suceso de Larache, embistió á Ceuta. Dióla varios asaltos y procuró rendirla por fuerza; pero fué rechazado con muerte de los mejores caudillos. Cuéntase que el mismo Ismael, para librarse de ellos, les hacía poner, de propósito, en los lugares de más peligro. Continuaron los infieles por muchos años en este sitio, sin lograr efecto alguno, y, al propio tiempo, embistieron á Melilla y se pusieron de nuevo sobre Orán, todo para gloria de sus defensores.
Al concluirse la guerra con Francia, también decayeron las hostilidades de los infieles, y pudo reputarse, por tanto, completa y segura la paz. Esta, firmada en Riswich por los plenipotenciarios de las potencias beligerantes, fué la más ventajosa que hubiese ajustado España en mucho tiempo. Por ella le fueron devueltas todas las plazas conquistadas de los franceses en Flandes y en Cataluña durante la guerra, y, además, todas las que, bajo especiosos pretextos, había reunido Luis XIV á su corona en el reinado de Carlos II, exceptuando ochenta y dos lugares y villas, que se reservó como dependencias de Charlemont y de Maubege. Luis XIV, vencedor en todas partes, dió, sin embargo, los primeros pasos para la paz; y si se mostró generosísimo con España, no se mostró tampoco avaro con las demás potencias. Pero no era esto, ciertamente, porque hubiese abandonado su propósito de engrandecimiento, antes eran cada día mayores y se inclinaban ahora á una grande empresa.
Hemos visto que, á pesar del cariño que le tenía el Rey, determinó separar á Oropesa del Ministerio. Cuando el Conde vino á pedirle permiso para retirarse de la corte, le dijo aún acongojado: «Eso quieren, y es preciso que yo me conforme.» Nombróle, sin embargo, Presidente de Italia, sin admitir la renuncia que de semejante cargo hizo el Conde, que se retiró á la Puebla de Montalbán. Quedó con esto triunfante y señora de todo la Reina, y á la verdad que no podían haber venido las cosas públicas á peores manos. Sobre ser Doña Mariana mujer de virtud escasa y de notables defectos, había tenido la desgracia de rodearse y aconsejarse de gente ruin, famosa sólo por los males que supiera causar á la ya prosternada España. Figuraba muy principalmente, entre tales consejeros, la baronesa de Berlips, llamada del pueblo la Perdiz, por ignominia de su nombre, mujer alemana de obscuro origen, que había venido con la Reina, á la cual había servido desde la edad más tierna. Con esta andaba en tratos y compañía un cierto Enrique Wiser, apellidado el Cojo, sin duda porque lo era, mozo de airada vida y alemán de nación, que, echado de la corte de Portugal, donde servía en puesto inferior á causa de sus malas artes y conducta, halló acomodo en la nuestra, con la amistad de la Berlips, y entre ambos todo lo vendían y dilapidaban, procurando hacer de prisa su fortuna, por si todo se perdía, como era de temer, con la escasa salud del Rey. Dominaban á la Reina con ser cómplices y agentes de sus robos é injusticias; pero no contentos con esto, se valieron, para ello, de la traza con que se solía tener cautivos á los supersticiosos reyes austriacos. Lograron echar de España á un virtuosísimo jesuíta que tenía por confesor la Reina, y, en su lugar, trajeron al Padre Chiusa, capuchino alemán y hombre sin moralidad ni prenda alguna, el cual, de concierto con ellos, no aconsejaba á la Reina sino lo que á todos pudiera convenirles. También dieron participación la Berlips y el Cojo en su compañía al conde de Baños, que dicho está cómo sería, cuando alcanzaba de ellos favor semejante hombre que, debiendo á Medinaceli su elevación al puesto de caballerizo del Rey, y á Oropesa no pocas atenciones, contribuyó poderosamente á la caída de ambos, poniéndose siempre de parte del que más fuerzas tenía.
Aquí la pluma del historiador se resiste ya, de fatigada y temerosa, á seguir adelante con la relación de tamañas ignominias. Pero es fuerza cruzar, aunque sea pasando de ligero, por hechos que es bien que se sepan para que se advierta adonde conduce á las naciones la ineptitud ó vileza de los Príncipes y el demasiado indigno sufrimiento de los súbditos. Rodeada Doña Mariana de aquella gente, después de la retirada de Oropesa, todo lo gobernaba, como arriba decimos, á su antojo. Y aunque aquel Ministro poco venturoso había dejado detrás de sí grandes murmuraciones y quejas, hizo la Reina de modo que casi se le echase de menos antes de mucho. Había quedado pendiente la provisión de la secretaría de Estado, causa de tantas intrigas; y la Reina procuró, ante todo, que se hiciese con provecho suyo. Halló muy opuesto al Rey á que D. Pedro Coloma, de quien ella esperaba grandes regalos, fuese nombrado; y entonces para no perder el provecho dió la plaza á D. Juan de Angulo por siete mil doblones de oro, según de público se dijo. Ni le bastó á D. Juan este desembolso, porque tuvo, para afirmarse en el puesto, que ofrecer á la Berlips y sus demás cómplices no mucha menos cantidad de oro. Conócese á este Angulo en los documentos de la época por el sobrenombre de el Macho ó el Mulo, que le impuso el Monarca mismo, á causa de su ignorancia é increíble ineptitud, que superaba, por lo que parece, á su vileza. Al propio tiempo pensó la Reina en proveer los demás cargos de importancia desposeyendo á los parientes y deudos de Oropesa. Y como sus cómplices alemanes eran de tan bajo origen que no parecía posible encaramarlos á los primeros puestos, tuvo necesidad de recurrir para ello á los Grandes y Ministros antiguos de la Corona, prefiriendo siempre á los de inteligencia y virtud más dudosas. Por lo mismo fueron nombrados consejeros de Estado el duque del Infantado, sumiller de Corps, hombre de buena intención, pero de capacidad escasa y no suficiente para tal empleo, el duque de Montalto, en quien el valor y la capacidad eran bastantes y no muy malas las costumbres, dotado de apacibles modos, pero de condición sobrado altiva; el conde de Melgar, luego Almirante de Castilla, harto conocido ya en las intrigas de la época por su cautela y disimulación profunda, sus palabras dulces, sus hechos más generalmente amargos, y su entendimiento, no mayor que su ignorancia, pero sí mayor que su esfuerzo y patriotismo; el conde de Frijiliana y de Aguilar, que había vencido con el terror de su mala lengua cuantos obstáculos se habían opuesto á su elevación desmedida, antes general de la armada del Mediterráneo, donde hizo larga mercancía del cargo, y perdió muchos bajeles y ocasiones por la cobardía de su corazón y la flojedad de su entendimiento; don Pedro Ronquillo, conde de Granedo, á quien le bastara para descrédito haber sido uno de los que ajustaron la paz de Nimega; el conde de Burgomaine y el marqués de Villafranca, que eran los mejores, aquél por sus dilatados servicios, éste por su probidad y celo, con que logró vencer y refrenar la revolución de Sicilia, siendo Virrey de aquella isla.
Pero no mereció tan alta honra el buen marqués de Mortara, que fué el último de los generales de España, que ilustrase su nombre en aquel siglo; ni otros antiguos magistrados, ministros y capitanes, reliquias de la virtud pasada. No se dejó esperar mucho la caída del marqués de los Vélez, y de su criado y favorito Bustamante, á quien el Rey mismo había sorprendido en manifiestas concusiones, y que se había hecho insufrible por su maldad á los más malos, adquiriendo en pocos años uno de los más fuertes caudales que se conociesen en España. Quedó Bustamante sin empleo en una reforma amañada para ello, y el de los Vélez hizo dimisión, que le fué aceptada, conservando la presidencia de Indias, cargo de mucha menos cuenta. Entró, por empeño suyo, en el gobierno de la Hacienda un D. Diego de Espejo, su vasallo, hombre de capacidad cortísima y de ingratitud grande, que antes de mucho comenzó á hostilizar á su bienhechor y á intrigar en la corte hasta que alcanzó el Obispado de Málaga. Entonces la Reina y el confesor Matilla hicieron recaer la propiedad del puesto en D. Pedro Núñez de Prado, hecho á poco después conde de Adanero, no conocido hasta allí por armas ó letras en ningún empleo, de cuna humilde y de prendas menos que medianas. También fué separado el Presidente de Castilla Ibáñez, que no merecía más que otros tal empleo; y la Reina llegó á pensar que podía poner en tan alto cargo persona de su confianza. Pero anticipósele el Rey, que, sin consultarlo con ella, llamó á D. Manuel Arias Mon, caballero del hábito de San Juan y Embajador del gran maestre en España, á quien conocía sólo por una obra suya que había leído, manuscrita, sobre los males públicos, y le hizo gobernador del Consejo de Castilla. Asombró á la corte la novedad, juzgando unos por aquel paso que el Rey era capaz de disponerlo todo y que no se fiaría más de sus consejeros; opinando otros que la aptitud de Arias Mon era muy grande. Pero lo uno y lo otro lo desmintieron los sucesos.