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Historia de la decadencia de España

LIBRO OCTAVO (continued 2)

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Por los propios días salieron de Cádiz algunos bajeles contra las costas portuguesas al mando del duque de Aveiro, uno de los Grandes más poderosos de Lisboa que acababa de venirse á nuestro partido, y no logró otro efecto que la conquista del islote de Berlinga, y la del fuerte de Baleyers, siendo rechazado delante de Sagres. Se había pretendido formar una armada respetable haciendo un tratado con cierto comerciante de Génova llamado Hipólito Centurione, que por subido precio debía facilitarnos á punto de guerra los bajeles; mas el Gobierno de aquella república no quiso consentir el armamento, previendo ya las desdichas que había de acarrearle su fidelidad á España.

Estos sucesos llenaron de profunda tristeza el corazón de Felipe IV. Aleccionado al fin por la experiencia, comprendió que en Estremoz y Villaviciosa había perdido definitivamente el trono de Portugal. Así fué que al recibir la nueva de esta última batalla, dijo con acento doloroso: «hágase la voluntad de Dios», y cayó acongojado. Ya su edad de sesenta años no le permitía desvanecer las inquietudes del ánimo; y asomaron en él de pronto los desempeños y remordimientos de la vida pasada, más poderosos que nunca. Si otras veces halló medio de olvidar las desdichas, si halló placeres y deleites con que perturbar sus sentidos, ya el cansancio de los años le ofrecía desnudo el dolor, al paso que le velaba el consuelo. En vano se amontonaban á sus ojos los placeres. Corriendo el año de 1657 le dió el marqués de Heliche una comedia en la Zarzuela que costó diez y seis mil ducados; hubo luego una comida de mil platos. «Para que el gusano de seda no se muera al encapotarse el cielo y echar bravatas así de los truenos como de los rayos que arroja, el remedio único es tocar guitarras, sonar adufes, repicar sonajas y usar de todos los instrumentos alegres que usan los hombres para entretenerse: esto acontece con el Rey.» Tal decía, con harta verdad y menosprecio de Felipe, el autor de los Avisos inéditos, D. Gerónimo de Barrionuevo. Ni ya tenía queridas, ni tenía siquiera amigos. D. Luis de Haro, en quien puso algo del grande amor que tuvo al Conde-Duque, depositando en él sus confianzas, había muerto en 1661, y ni D. Baltasar Moscoso, Arzobispo de Toledo, ni el duque de Medina de las Torres, ni el viejo conde del Castrillo, D. García de Avellaneda, que se repartieron el despacho de los negocios después de la muerte de Haro, llegaron tan adentro en su confianza que pudieran aliviarle como él en aquellas horas de remordimientos y de melancolía.

Acrecentóle esta no poco la conducta del hijo primogénito de su último amigo D. Luis de Haro, que era el marqués de Heliche, D. Gaspar de Haro y Guzmán, joven de harta más ambición que talento, de vida desordenada y licenciosa, dado á maneras y costumbres extranjeras, y despreciador de las nuestras, el cual, resentido malamente porque no hubiese recaído en su persona la privanza del padre, ofreció por aquellos años una prueba más de cuán puerilmente jactancioso fuera decir que la tierra de España no hubiese criado hasta nuestra edad regicidas. Propúsose matar al Rey con todos los de su séquito cuando asistiese en el teatro del Buen Retiro, del cual era ó había sido director hasta entonces; y al efecto compró á precio de oro ciertos asesinos que escondiesen debajo del pavimento un barril de pólvora para ponerle fuego durante el espectáculo. Logrado por los asesinos el poner á punto el barril, todo lo demás era de ejecución no ardua; de modo que sin duda hubiera llegado á término la trama, á no descubrirla uno de los iniciados en ella. Fueron al punto presos todos los culpables, y, averiguado el caso, pagaron con la vida su crimen algunos de ellos. Pero el Marqués, que era el más criminal de todos y el que mayor castigo debía tener, no padeció otra pena que la de estar detenido algunos meses, porque el Rey, más aquejado de dolor que de cólera, le perdonó en memoria de su padre (1663). El Marqués agradecido, y avergonzado, se fué al ejército, sentando plaza de soldado particular, donde con gloriosos servicios lavó algo la mengua que había hecho recaer sobre su persona el haber intentado tan gran crimen por tan liviano motivo[23]. Mas el Rey que había visto contra sí la sangre de su amigo y que en pocos años había mirado tramarse dos conjuraciones contra su vida en la nación más amante de sus Reyes que hubiese habido en el mundo, tuvo ocasión de contemplar claramente y de llorar con muy amargas lágrimas el triste estado á que habían traído los ánimos y voluntades de sus vasallos los desórdenes y liviandades de su tiempo, en que él, ó por lo que toleró ó por lo que hizo, había tenido harta parte.

Ofrecierónsele por los mismos días otras ocasiones de mirar que si él había perdido en el respeto y amor de los vasallos, no había perdido menos en el respeto y consideración del mundo; y de que si decaídas dejaba las virtudes dentro del reino, no dejaba menos decaída la fama por fuera. Era cuando heredó el trono todavía el primer príncipe de la tierra, y apenas podía ya contarse entre los segundos; mortificación para él, tan orgulloso, muy horrible. Hemos visto antes con qué artificios indignos logró Cromwell que el séquito de un Embajador francés pasase por delante del séquito del de España. Después de tal acaecimiento, los Embajadores españoles en Londres, no contando con la buena voluntad de aquella Corte, se abstuvieron de enviar coches y séquito á ninguna de tales ceremonias, y como se declarase poco después la guerra entre Inglaterra y España, no acabándose hasta 1660, en que muerto Cromwell, subió Carlos II al trono de sus mayores, tampoco hubo muchas ocasiones de que tal abstención se notara. Pero no bien restablecido Carlos II, hallándose en Londres por Embajador nuestro el barón de Batteville, ocurrió la entrada de otro Embajador. Había concertado, á lo que parece, Batteville con el conde de Soissons, primer Embajador francés, con quien concurrió en aquella Corte, que tendría la preferencia el primero que llegase á la ceremonia, retirándose el otro; mas el conde de Estrées que sucedió al de Soissons, no quiso pasar por tal concierto y anunció su propósito de tomar la delantera. Entonces Batteville, ofendido, y no queriendo ceder á la imperiosa pretensión del francés, envió su séquito á la recepción del Embajador sueco, preparado para cualquier accidente. Los tirantes de los coches dispuso que fuesen cadenas de hierro, y los cocheros y lacayos todos iban armados. Llegados así á la ceremonia, los cocheros del conde de Estrées movieron sus caballos á pasar por delante de los de Batteville; pero los cocheros y lacayos de éste se arrojaron sobre los franceses, hirieron y mataron á algunos, desjarretaron sus caballos, cortaron los tirantes de sus coches, y luego tomaron el puesto que les correspondía. No bien supo el suceso el joven Luis XIV, cuando lleno de ira mandó salir de París el conde de Fuensaldaña, nuestro Embajador, llamó al suyo en Madrid, prohibió el paso por el reino al marqués de Caracena que venía de Flandes, y exigió imperiosamente de nuestra Corte que reprobase la conducta de Batteville y declarase que los Embajadores de Francia debían tener la preferencia sobre los de España.

Ofendióse justamente de la demanda la soberbia española, y entonces se hubieran celebrado los funerales á la paz de Irún ó de los Pirineos, á no hallarnos tan desprovistos de todo para comenzar de nuevo la guerra; pero cabalmente por entonces la retirada funesta de Evora nos traía más miserables que nunca. Hubo que ceder, y cedió Felipe IV con lágrimas en los ojos, separando de Londres al barón de Batteville en castigo de su entereza, y enviando á D. Gaspar de Teves, marqués de la Fuente, á París, para que delante de toda la Corte y de los Ministros extranjeros declarase que España no disputaría la prioridad á Francia. Batieron los franceses una medalla representando aquella declaración para nosotros tan humillante[24] y en Londres para evitar nuevos choques se abolió la costumbre que dió origen á tales reencuentros. Poco antes de morir Felipe IV se estipuló también entre España y Holanda que cuando se encontrasen buques de las dos naciones en los mares, arriasen á un tiempo la bandera, y que todo fuese igual para ambas potencias, perdiéndose hasta aquella demostración y reconocimiento de superioridad, que era lo único que nos quedaba ya de nuestro antiguo señorío. Nueva humillación que tuvo que llorar Felipe y aún mayor que otras, por ser de gente que tanto había despreciado.

No tardaron en faltarle las fuerzas del cuerpo como las del alma; y el sentir la muerte tan vecina, y el contemplar el mal Gobierno que para colmo de todas las desdichas dejaba en la Monarquía, precipitaron todavía más sus pasos hacia el sepulcro. Muertos los príncipes D. Baltasar y D. Felipe Próspero, no le quedaba más heredero que el príncipe D. Carlos, el cual, sobre criarse muy enfermizo, no llegaba aún á los cuatro años de edad. Su joven esposa, Doña Mariana de Austria, que por su muerte había de entrar interinamente en el Gobierno del reino, dejaba ya entender harto á las claras las faltas que se le notaron más tarde. Mirábala ya entregada á su confesor, el padre jesuíta alemán Nithard, sin hacer otra cosa que lo que él le aconsejase; mirábala en pugna con D. Juan de Austria, hombre que, con ser pequeño como era, todavía podía considerarse como el más importante que hubiese en la Monarquía; sabía y temía la ambición y la soberbia de éste, y que no había de llevar á bien el Gobierno de la Reina madre. Si á ésta la dejaba con el Gobierno, preveía que España sería gobernada por un jesuíta extranjero, y si lo dejaba en D. Juan, no podía estar del todo seguro de su fidelidad al tierno Infante que encomendaba á su arbitrio. Por todas partes iguales peligros, por todas partes grandes daños. No pudo resistir Felipe á tantos y tan diversos pesares; el único servicio que ya podía hacer á la Monarquía era prolongar por algunos años su vida, ahorrándola una minoría desastrosa y el reinado de aquel fatal jesuíta; y esto no tuvo bastante aliento en el alma, ni fuerzas en el cuerpo para que pudiera suceder. El día 15 de Septiembre de 1665 rindió al Criador su espíritu, y terminó su infeliz reinado, que había durado cuarenta y cuatro años, con estas lastimeras palabras encaminadas á su hijo, que no podía comprenderlas todavía: «Dios os bendiga y haga más dichoso que yo.»

En su testamento nombró por heredero á aquel único, varón que le quedaba de matrimonio, llamando al Trono á falta de su descendencia, á la infanta Doña Margarita y á sus descendientes; en falta de éstos á los hijos y descendientes de la augusta Emperatriz Doña María, su hermana, con las mismas condiciones y precedencias dispuestas en la sucesión de sus hijos; en falta de éstos á los hijos y descendientes legítimos de la infanta Doña Catalina, su tía, duquesa de Saboya; y excluyó á los descendientes de la Reina de Francia Doña María Teresa, su hija, con estas palabras: «Queda excluída la infanta Doña María Teresa y todos sus hijos y descendientes varones y hembras, aunque puedan decir ó pretender que en su persona no corren ni pueden considerarse las razones de la causa pública, ni otras en que se pueda fundar esta exclusión; y si acaeciere enviudar la serenísima Infanta sin hijos de este matrimonio, en tal caso quede libre de la exclusión que queda dicha y capaz de los derechos de poder y suceder en todo.» ¿Quién había de decir entonces que de tantas personas y líneas llamadas á la sucesión del Trono solo había de venir á ocuparla aquélla tan terminantemente excluída por las antecedentes palabras?

Decidióse también el Rey á nombrar por tutora del Príncipe y Gobernadora del reino, durante la menor edad de éste, á su esposa Doña Mariana, asistida de una junta ó consejo de gobierno, el cual había de componerse del Presidente del Consejo de Castilla, que era á la sazón el conde de Castrillo, del Vicecanciller de Aragón, que lo era el jurisconsulto D. Cristóbal Crespí de Valdaura, del Arzobispo de Toledo, primado del reino, que lo era el cardenal Sandoval, del Inquisidor general, que lo era el cardenal D. Pascual de Aragón, ó los que sucediesen en tales puestos, y además, por la clase de Grandes, del marqués de Aytona, y por el Consejo de Estado, del conde de Peñaranda. Con esta junta se pretendía acaso evitar que la regencia de la Reina fuera tan fatal como se preveía; pero no bastó por cierto, como hemos de ver adelante.

Tales fueron los hechos de Felipe IV, á quien llamó el Grande la lisonja vil del conde-duque de Olivares; díjose de él con donaire, y no falta quien suponga que lo dijo él mismo en época de amargura y desengaño, que no fué grande sino á manera que lo son los agujeros de la tierra, que mientras más se arranca de ellos, mayores son.

Cuéntanse hasta cuarenta batallas perdidas por él, y sin duda fueron tantas ó más las que consumieron nuestra sangre sin gloria ni ventaja. Las pérdidas de territorio fueron inmensas, añadiéndose algunas en los últimos años á las que ya hubo en tiempo del Conde-Duque. El ejército lo dejó reducido en toda la Península á veinte mil soldados, y esos sin instrucción ni pundonor, cuadrillas de holgazanes y forajidos, más bien que no escuadrones y tercios. El nombre de la infantería española no se conservaba más que para designar con él, tan noble y respetado antes, á la vil turba que en los patios de los teatros se ejercitaba en silbar ó aplaudir comedias; y, al compás que se agotaban los soldados, desaparecían los Generales y capitanes. Durante todas las campañas de este reinado se oyeron sonar en los ejércitos y batallas los antiguos nombres favorecidos de la fortuna y de la gloria; pero no ciertamente para hallar nuevos favores ni acrecentarse en esplendor y grandeza. Ejército mandó un duque de Alba en Portugal, y fuera mejor para su nombre glorioso que no lo mandara, y más allí donde tan alto lo había dejado su grande abuelo; ejército mandó allí mismo un duque de Osuna, diferente también del que mereció el título de Grande; ni el D. Juan de Austria de ahora era el de los días de Felipe II; ni fué el Colona que se halló en Cataluña semejante á aquellos otros valerosos y experimentados compañeros del Gran Capitán; ni tuvo que ver el Alejandro Farnesio de Portugal con aquel ilustre de Flandes; ni los Dorias y el marqués de Santa Cruz eran marinos invencibles como sus padres. Guzmanes y Zúñigas primero, luego Toledos, Benavides, Ponces de León y Haros, al paso que perdían á la nación en el gabinete, la deshonraban en los campos de batalla, principalmente aquellos Guzmanes á quienes el mismo rey D. Felipe contaba por los enemigos más funestos que en aquel siglo hubiese tenido España, poco antes de su muerte. Guzmán, era el Conde-Duque; Guzmán la duquesa de Braganza; Guzmán el vil marqués de Ayamonte; Guzmán el de Medinasidonia; Guzmanes se hallan entre todos los que saquearon el tesoro y huyeron en las batallas y perdieron reinos. Sólo un Guzmán, el marqués de Leganés, á pesar de sus faltas, sirvió bien á la Monarquía.

Á la par que éstos, se hallaron en poder é influencia casi todos los nobles de otros tiempos, porque los favoritos han sido siempre nobles. Ya no los contenía la venganza de Fernando V, ni los oprimía el brazo de Felipe II; pero no por eso daban altas muestras de sí, á no ser en rarísimas personas, ni reconquistaban ninguno de sus antiguos derechos políticos. Si iban á los ejércitos, no era por deber ó gloria, sino por los sueldos y comodidades; por poseerlos y disfrutarlos se disputaban los destinos públicos, sin consultar si la capacidad propia basta ó no para desempeñarlos; ninguno entendía servir á la patria, sino servirse á sí propio. Veíanse también aparecer títulos nuevos; personas de humilde ó mediano nacimiento llegar á ser contados entre los Grandes; y los hábitos de las Ordenes militares sacados á pública subasta, y las ejecutorias de hidalguía vendidas á precio de pequeños servicios, acabaron de echar por tierra los cimientos de la verdadera aristocracia, al paso que se acrecentaba la vanidad general, tan pueril y tan funesta. Esta pasión de la vanidad todo lo invadía ya, de suerte que no había quien no se creyese apto para todo; unos mismos hombres gobernaban indistintamente los ejércitos y la hacienda, y fallaban litigios en los tribunales, y asistían á los consejos del Rey, y componían tal vez en los ratos de ocio entremeses y comedias. La codicia corría parejas con la vanidad. Cargábase en cada plaza y en cada ejército doble número de gente de la que había; abastecíanse á gran costa las fortalezas y armadas, y luego se hallaba que ó los bastimentos no llegaban á entrar nunca en ellas, ó se vendían á buen precio. «Por cuyo engaño, decía en aquel tiempo el buen Estebanillo González, se perdieron muchas victorias y se malograron muchas ocasiones; que de ello pudiera decir acerca de esto y de otros sucesos que han pasado y pasan de esta misma calidad, no sólo á patrones de galeras, sino á Gobernadores de villas y castellanos de fortalezas, y á municioneros y proveedores, en quien puede más la fuerza del interés, que el blasón de la lealtad.»

Vendíanse hasta las municiones de las plazas y de los bajeles; y los capitanes de las compañías buscaban algunos truanes en los lugares donde estaban, que el día de la revista asistiesen como soldados, para fingir gran número, y no llevar consigo más que la mitad del que cobraban. Así la Corte disponía que se acometiese una empresa fiando en que ya había fuerzas para ella; declarábanla por bastante los documentos y partes de los Generales, y luego se malograba porque en el trance de la batalla éramos siempre menos numerosos que los enemigos. Á la par desaparecía lastimosamente la antigua honra del nombre español; no se vió en tiempo de Carlos V ni de los dos primeros Felipes capitán ó soldado que vendiese su puesto al enemigo, y ahora comenzaron á verse de ellos ni más ni menos que en las otras naciones. En tanto la población del reino, disminuída constantemente, desde el tiempo de los Reyes Católicos, quedaba ya reducida á cinco millones y medio de almas, esparcidos por los anchos territorios de Aragón y Castilla. Y dependiendo solamente el comercio y la hacienda del caudal de las flotas de América, como no había marina que las escoltase, ó no llegaban, ó llegaban tarde á nuestros puertos, robadas y perseguidas siempre, ya por las escuadras de las potencias enemigas ya por piratas de todas las naciones, que alentados con la impunidad y el cebo de la ganancia segura, salían á buscarlas por todos los mares.

Con el nombre de hermanos de la costa ó filibusteros, llegaron los piratas á atacar brazo á brazo nuestras flotas haciendo desembarcos en Tierra Firme; y se apoderaron del islote de la Tortuga, al Norte de Santo Domingo, estorbándonos desde allí la navegación de aquellos mares. Señaláronse entre tales piratas el francés Pedro Legrand, el holandés Juan David, los ingleses Mansfeld y Scot, y un mestizo de Nueva España llamado Diego el Mulato, al cual propuso nuestra Corte con harta afrenta, hacerlo Almirante de España, con crecido sueldo y perdón de sus innumerables crímenes con tal que viniese á nuestro servicio. No dejaban los argelinos de recoger las naves que libraban bien de los Hermanos de la costa, apresándolas luego en nuestras mismas aguas; y en tanto se pedían naves de limosna á Génova, se alquilaban á los holandeses, y el conde de Castrillo, D. García de Avellaneda, siendo Presidente del Consejo de Hacienda, declaraba que era preciso renunciar á tener armada.

La justicia andaba tan perdida como lo demuestra el caso escandaloso de D. Antonio de Amada, que en 1654 horrorizó á la Corte. Era éste criado del marqués de Cañete, y por su bizarría y buenas partes muy querido de todos. Aconteció que el Marqués golpease á la mujer de uno de sus lacayos, porque quiso impedirle que hiriese á su marido. Ofendido éste determinó matar al Marqués, y ya anochecido al bajar las escaleras, escondiéndose detrás del D. Antonio de Amada, le disparó una estocada de que quedó muerto, huyendo él al punto. Fué preso Amada, y aunque protestó de su inocencia hasta lo último, fué condenado á muerte sin oirle en derecho. Hallábase con órdenes menores, y lo reclamó la justicia eclesiástica; pero no oyéndola, en el momento de ejecutarse el suplicio, envió el Cardenal Arzobispo de Toledo, con licencia del Rey, cuadrillas de frailes y de criados que robaron al supuesto reo llevándolo á casa del Prelado. No tardó la justicia ordinaria en forzar la casa de éste y llevarse al reo de nuevo ejecutando al cabo de una semana la sentencia. Todos los Grandes acudieron á favorecer al verdugo, porque con la muerte del de Cañete cada cual temía por su vida, principalmente habiendo habido un cochero que respondiese por aquellos días al duque de Pastrana «que todos eran hombres y que cada uno se tenía por hijo de su padre», palabras y temor que ha conservado Barrionuevo[25] y que bien muestran lo que era por entonces la grandeza, y el estado que alcanzaban los plebeyos. Estos, excitados por los clérigos, estaban de parte de Amada y hubo que desterrar á muchos y aun al mismo Cardenal que se negó á cumplir la orden. Temíase un conflicto entre la grandeza y el clero donde hubiera que llegar á las armas, cuando un suceso inopinado vino á llenar á toda la corte de espanto. El lacayo que había muerto al de Cañete estando á punto de morir de heridas, que se ocasionó en la fuga, declaró que D. Antonio de Amada era inocente, y que él era el culpable. La vergüenza y el dolor del Rey fueron grandes; el escándalo tal, que en mucho tiempo no se trató de otra cosa en la corte. Por los mismos días el Condestable de Castilla mató á un criado suyo, é hizo armas contra un alcalde de Corte, y el suceso fué venir á quedar sin castigo, porque ni siquiera cumplió el corto destierro que se le impuso. Tal se entendía entonces la igualdad sagrada de la justicia.

Si volvemos los ojos á las Cortes de los reinos, tampoco hallaremos consuelo alguno. Reúnense periódicamente las de Castilla; pero continúa en ellas sólo el brazo popular, y éste es impotente para hacer prevalecer sus determinaciones. Mejoróse su constitución en los primeros años de Felipe IV, logrando de este Monarca que no continuase el abuso introducido por los antecesores de nombrar ellos los procuradores de las ciudades, con que desaparecía completamente la representación del reino. Todavía, durante este reinado, se vieron sus derechos subsistentes y respetados: todavía sin votarse en ellas no se cobraron impuestos, y aun en 1632 osaron negar al Rey el dinero que pedía. Pero el Conde-Duque halló medio de reprimir aquellas centellas de libertad é independencia como á su tiempo dijimos, reconociendo en los procuradores la facultad de conceder tributos por sí propios, sin venir autorizados de las ciudades. Así, ganados ellos, todo se lograba; y en adelante no hubo más resistencia.

Poco resistieron también las de Aragón, aunque á la verdad menos solicitados y gravados sus reinos que Castilla. Valencia fué más indócil, y sobre todo Cataluña. Pero la libertad de las Cortes en estas últimas provincias, y sobre todo en Cataluña, lejos de ser favorable á la nación, fué tan funesta como atrás hemos visto. Ajenas las Cortes en esta provincia á toda idea nacional, mirando sólo su particular conveniencia, no lograron su resistencia á los despilfarros del Rey, sino que los pagase sola Castilla, y aún que Castilla atendiese sola á la defensa de todos. Luego estas mismas Cortes contribuyeron á tan lastimosos levantamientos que pusieron á punto de perderse del todo la Monarquía. La falta de libertad en los unos, y en los otros la libertad sobrada, no habiéndose conservado en todos una libertad razonable; el no haberse preferido la unidad nacional á cualquiera otra ventaja; los males del provincialismo; las desventajas de la desunión de nobles y plebeyos en Castilla, y de que aquellos careciesen de representación é influjo en las Cortes; todos los errores en fin de nuestra organización política, no corregidos por Fernando el Católico, por Carlos V, ni por Felipe II, salieron ahora á la faz de la nación. ¡Cuántas lastimosas consecuencias debían preverse! Guerras civiles, desconcierto, impotencia, todo se toca ahora, y de todo hay que acusar á Felipe IV y sus Ministros. Eran males escondidos en el seno de nuestra organización política; pero las torpezas de aquellos hombres los exacerban y los suscitan, y aunque no los producen, los hacen nacer. Hacemos estricta justicia. Tampoco ha de contárseles por únicos responsables en el mayor mal que hubieran producido la intolerancia religiosa y el rigor de la Inquisición, que era la ruina intelectual de España. Ni esta ruina, ni siquiera la decadencia, se conocieron en los primeros años de Felipe IV. Dijimos ya en tiempo de Felipe III, que todo el poder intelectual de la nación se había consagrado á la literatura: esto se vió más y más en el reinado que acabamos de narrar, hasta que le tocó también á la literatura la hora de la decadencia.

La afición del Rey y de la Corte á las comedias, hizo que fuera este género de literatura el que más alto llegase; de modo que á calificar por una sola cosa este reinado, así como el de Felipe III puede decirse que fué de frailes y de monjas, de éste hay que decir que fué de cómicos y comedias. Jamás en tiempo ni en nación alguna se ha cultivado con más entusiasmo y más talento el arte dramático que en España y en el reinado de Felipe IV. Catorce años le duró la vida á Lope de Vega, después de muerto Felipe III, y en todo este tiempo no dejó de componerlas; de suerte que su nombre va también unido al de Felipe IV. Calderón fué ya todo suyo, y Tirso y Moreto y Rojas y el corcovado Alarcón escribieron para su placer y el de su Corte, La vida es sueño, El desdén con el desdén, El Burlador de Sevilla, D. Juan Tenorio, García del Castañar y La verdad sospechosa, obras inmortales. Á la par de estos ingenios de primer orden, cuyas obras andan en bocas de todos, brillaron Luis Vélez de Guevara, y Montalbán; hizo Guillén de Castro el original del Cid; la Hoz y Mata escribió su Castigo de la miseria; Diamante su Judía de Toledo; Solís sus obras dramáticas que eclipsaron más tarde el mérito singular de sus páginas históricas; D. Fernando de Zárate y el judaizante Enríquez Gómez las suyas, ya sean dos ellos, ya sea una propia persona; y florecieron Cubillo y Mira de Mescua, Matos Fragoso y D. Antonio de Mendoza, Belmonte y Leiva, si no con tan grande ingenio como los primeros, dignos todavía de admiración y aplauso. Y aun el catálogo dramático no está terminado, porque detrás de los poetas de primero y segundo orden, aparecieron otros no despreciables todavía: Villaizan, á cuyas comedias asistía siempre disfrazado Felipe IV, tal era la estimación en que las tenía; Zabaleta, el primero que escribió artículos de costumbres, ingenioso en ellos, penoso en sus reflexiones y escritos morales; el novelista Salas Barbadillo, funesto en la poesía épica, y no muy aventajado en la lírica; D. Alonso del Castillo Solórzano, también novelista y bueno, no así poeta, aunque algunas de sus novelas estén en verso; y Coello y los Herreras, D. Jacinto y D. Rodrigo, los hermanos Figueroas, D. José y D. Diego, Jiménez Enciso, D. Gerónimo Cáncer, que pudiera llamarse medio poeta, pues no escribió obras sino de por mitad, Villaviciosa y Avellaneda, su colega en componer comedias; Vélez el hijo, la célebre monja de Méjico, sor Juana Inés de la Cruz, Monroy, un cierto maestro León harto distinto del gran lírico en mérito y fama, Muget y Solís, Matías de los Reyes, y el doctor Felipe Godínez, más dado que á las humanas á las comedias religiosas.

En éstas se emplearon también, el maestro José de Valdivieso, no mejor dramático que épico; el trinitario fray Hortensio Félix Paravicino, predicador de Felipe IV, hombre no falto de talento, pero de deplorable gusto é ingenio, que hacía las delicias de la corte en sus sermones, y la desdicha de todo el mundo en sus comedias; los jesuítas Céspedes, Calleja y Fomperosa, y una multitud de frailes caballeros, anónimos y poetas aprendices ó perversos, indignos de memoria. Mas no es de olvidar entre ellos el nombre de Luis Quiñones de Benavente, que pretendió resucitar en España la ditirámbica imitación de Aristóteles, uno de los cuatro géneros en que está dividida la imitación poética: la cual consistía en juntar en una misma pieza, verso, música y baile. No podía ser la presentación más alta; pero ni aun el nombre ni la materia de sus obras correspondieron con ella, y sólo fué autor de bailes, entremeses y sainetes, en cuyo género de escribir le acompañaron Cáncer y Avellaneda y algunos otros de los escritores menos estimados de la época. También escribió comedias y medias comedias D. Francisco de Quevedo, y como en otra parte decimos, no falta quien suponga que las escribía el propio Monarca bajo el título de un ingenio de esta corte, bien que este género de anónimos fuese entonces empleado de muchos.

Con tales poetas y comedias no podían menos de ser muchos y buenos los comediantes[26]. Señaláronse desde los fines del reinado de Felipe III hasta la muerte de Felipe IV, aquella María Calderón, en quien tuvo el príncipe á D. Juan de Austria; la Baltasara, que purgó sus libertades de cómica con penitente y solitaria vida; la hermosa Josefa Vaca y su marido Alonso Morales, llamado el príncipe de los representantes; los dos Olmedos, padre é hijo, hidalgos é infanzones; el desvergonzado Juan Rana, encanto por sus gracias de la corte; Roque de Figueroa, el Néstor de los cómicos; María Riquelme, notable por haber sido virtuosa en las tablas; Bárbara Coronel, mujer varonil, célebre en aventuras y costumbres impropias de su sexo, homicida á lo que se cree de su esposo; Eufrasia de Reina, casada á un tiempo con dos maridos; la famosa Amarilis María de Córdoba; el noble caballero D. Pedro de Castro; Sebastián del Prado, que fué con la infanta Doña María Teresa á París, y durante mucho tiempo representó allí comedias españolas con grande aplauso y ganancia, y otros innumerables hidalgos, clérigos, frailes y personas de toda condición y estado, aficionados á tal género de vida, donde la piedad del siglo no extendía sus tiránicas leyes, ni clavaba la Inquisición, tan severa contra los libros y las ideas, su garra sangrienta.

Y todavía hay que añadir que así como al Rey se le encuentra entre los poetas dramáticos, á las Princesas españolas es preciso contarlas entre las cómicas de su época. Por el mes de Mayo de 1622 se representó en los jardines de Aranjuez una comedia fantástica del conde de Villamediana titulada: La gloria de Niquea; labrándose teatro de madera y telas á mucha costa. Asistieron el Rey, los infantes D. Carlos y D. Fernando y gran concurso de cortesanos; de modo que no se vió, según el narrador[27], lugar vacío. Hizo en esta comedia de Villamediana el papel de Reina de la hermosura la misma Doña Isabel de Borbón, por cuya causa parece cierto que murió luego el poeta, la infanta Doña María representó el papel de Niquea; y los demás las damas y criadas de la Real Casa, entre ellas una negra esclava que fué muy aplaudida. Es sabido también que la infanta Doña María Teresa, luego Reina de Francia, representó con sus damas una zarzuela de Bocángel Unzueta para celebrar la venida á España de la reina Doña Mariana de Austria. Pero á pesar de la inaudita afición que tales hechos demuestran á la poesía dramática, no tardó en caer éste á la par con los otros géneros de literatura.

Había heredado Felipe IV de su padre á Góngora, poeta de funesta originalidad, pues hallando ya manoseada la forma clásica, inventó para distinguirse de los demás una extraña y contraria á todos los buenos principios, que de su nombre se llamó gongorismo, y también culteranismo, por la afectación de cultura de que en ella se hizo alarde. En vano escribió Rioja, ó más bien perfeccionó, aquella inimitable canción de las Ruinas de Italia[28] con tan noble y clásico estilo, al paso que componía sus bellas silvas á las flores; en vano Jáuregui hizo aquella famosa traducción poética, que es aún la única que haya superado al original; en vano rivalizó Villegas con Anacreonte, y Espinosa con Teócrito; en vano Quevedo descargó los terribles golpes de su crítica contra la nueva escuela: él mismo fué arrastrado por ella antes de mucho con Lope, otro de sus enemigos, con el mismo Jáuregui y los más de los grandes líricos de aquella era. Señaláronse entre los sectarios de Góngora y apóstoles de la nueva forma, aquel hijo infeliz del correo Mayor hereditario, que con el nombre de conde de Villamediana fué tan trágicamente famoso, y de Salazar Mardones, que redujo á reglas y doctrinas lo que era antes deplorable uso y extravío. No tardó éste en comunicarse de la poesía lírica á la dramática, afeando sobre manera los dramas de Calderón y de Lope, introduciendo una afectación de sentimiento que mató la verdad, y un alambicamiento de estilo que obscureció los más bellos rasgos del ingenio; á la poesía épica en la que produjo abortos tan monstruosos como los poemas del mismo Lope, el Macabeo de Silveira y La Virgen de Atocha de Salas Barbadillo; á la historia que ennoblecida con las páginas inmortales de Moncada y de Mello hubo de llorar lastimosamente que Céspedes de Meneses el novelista narrase en culto los primeros años de Felipe IV; y al púlpito mismo donde si el Padre Paravicino hacia las delicias de la corte, no era sino explicando la noble y sencilla doctrina de Cristo en el lenguaje hinchado y pedantesco, salpicado de retruécanos, paranomasias, conceptillos, trasposiciones, neologismos latinos y griegos y alusiones mitológicas que en verso y prosa formaban los distintivos y especiales caracteres de la nueva escuela.

No se comprende á no recordar los antecedentes y meditar sobre ellos, cómo pudo sobrevenir de repente revolución tan completa. El genio y la fatalidad de un solo hombre no bastaban para eso, y más cuando él, aunque eminente, no alcanzaba superioridad alguna sobre tan ilustres varones como hubo entre sus secuaces. Traslúcese antes de examinar y estudiar el asunto, que algo había en los espíritus, algo en lo general de la nación que facilitara la empresa, y aun acaso impusiese la nueva escuela á muchos que voluntariamente no la habrían seguido jamás. Este algo era cabalmente el apartamiento de las ciencias y el exclusivo culto de la poesía y buenas letras que hemos ya señalado.

En todo el tiempo de Felipe IV apenas se oye hablar de un solo hombre eminente en filosofía, ni siquiera en aquella aristotélica y platónica tan estudiada de antes; nada se sabe de matemáticas, ni de física, ni de astronomía; crecen en tanto los teólogos, y se hacen por sus controversias estériles, famosos entre todos los teólogos del mundo, que los respetan y admiran y escuchan ávidos sus decisiones; se aumentan cada día los comentaristas escolásticos de las leyes, convirtiendo en un logogrifo la jurisprudencia, aunque no faltan jurisconsultos de nota como Crespí de Valdaura, Ramos del Manzano y otros; pululan los economistas, pero éstos con menos fortuna que nunca, pues sólo Fernández de Navarrete en su Conservación de monarquías que escribió comentando una gran consulta del Consejo de Castilla en 1619, y algún otro merecen ser recordados. Conocen generalmente los principales males de la nación; censúranles con juicio; pero, al lado de tal ó cual observación prudente, aparecen en tales autores cuanto la impertinencia y el delirio pueden producir de más absurdo. Así siguieron y comentando las palabras de la consulta famosa de 1619, halla el licenciado Navarrete las mayores enfermedades que aquejasen á la sazón á España, en lo costoso de los vestidos, la veleidad de las modas, la glotonería, el andar en coche y otras cosas por el estilo, al paso que sobre los mayorazgos cortos y la administración de justicia y la manera de colonizar de nuevo á España, y los males de la vanidad ociosa, y la conveniencia de acortar las profesiones religiosas, y hacer menos extensos ciertos estudios, que sólo producían holgazanes, pronuncia admirables sentencias.

El único libro de aquella época donde luce su actividad y libertad el espíritu humano, es el de las Empresas políticas de Saavedra; mas su autor lo pensó y escribió en tierra extranjera, y allí publicó las primeras ediciones[29]. Si luego se imprimió y pudo circular por España, debióse antes sin duda á la posición y al influjo del autor, que no á lo inculpable del texto. Y sin embargo Saavedra, si es todavía un escritor de primer orden, pensador no lo es tanto; tiene harto más de elocuente, de claro, de bello en la expresión, que no de profundo ú original en sus apreciaciones y juicios.

Era que desde el primer tercio del reinado de Felipe IV, la Inquisición tenía casi terminada su obra, la obra triste y laboriosa de más de un siglo; era que apenas dejaba ya pasar un rayo de luz el anillo de la serpiente. Y muerta la filosofía que produce las ideas y las matemáticas que las relacionan y las aplican; muertos la observación y experimentos de las ciencias naturales; ociosa la razón y vacía la inteligencia, ¿qué había de hacer la literatura, encerrada ya en los estrechos límites de lo pasado y entregada á su sola actividad, sino devorarse á sí misma? Tarde ó temprano eso tenía que suceder, y eso sucedió á fines del reinado del infeliz Felipe IV. Porque no es la literatura, no es la poesía la más perfecta de sus manifestaciones, sino la forma de objetos preexistentes, un cierto espejo donde se reflejan las épocas con sus sentimientos justos ó injustos y sus verdaderos ó falsos principios, y como forma y espejo que es, no tiene potencia para crear por sí sola la substancia que encierran los objetos que representa. Tal vez nacen hombres que á su cualidad de poetas juntan la de filósofos eminentes y van más allá de su siglo y pintan y reflejan cosas no existentes todavía. Pero la singularidad de tales genios no contradice ni impide la marcha general del arte y sus naturales condiciones; ni en el caso presente, perseguida con inaudita saña, hubiera podido la filosofía andar más segura debajo del manto vistoso de la poesía, que debajo de los latinos in folium salmantinos y complutenses. Y así como mientras manan y corren las ideas en poderoso río, producen sus riberas lozanas y numerosas las flores de la literatura, así cuando suspenden su movimiento las aguas y no acuden nuevas y se estancan las antiguas, viene como arriba decimos, la esterilidad y la decadencia, tarde ó temprano.

¡Dichosos los primeros que disfrutaron tales aguas, y halláronlas copiosas y claras!: ellos se hacen inmortales; los segundos las encuentran más turbias y más escasas, y con tanto ingenio como los primeros, es mucho menos lo que producen; mas los terceros sienten ya sed y repugnancia, anhelan por nuevas aguas, claras y copiosas, quisieran descubrir manantiales nuevos, los buscan por todas partes, y entonces nace fatalmente el hombre de la decadencia. Es siempre un hombre creador, de poderosa fantasía, de altos talentos, que debió ser de los primeros, y no lleva con paciencia ser de los últimos, que quisiera ser original, y no halla cómo serlo, oprimido por la fama de sus antecesores, no más dotados de genio que él, sino más afortunados en el nacimiento, deseoso de igualarlo, é imposibilitado de seguirles, jardinero en estío, espigador en invierno, que no halla flor ni grano que recompense su fatiga. Tal fué Góngora. Y cuando llegan ocasiones como ésta, cuando el hombre de la decadencia busca un camino por donde escapar del desierto que le rodea, por donde salir á la fama y á la gloria que le niega su época, no halla, no puede hallar más que uno solo, que es el de fabricar en la forma, ya que le falta con que fabricar en el fondo; es el de distinguirse por la palabra, ya que no puede hacerlo por el sentimiento ó la idea. En lugar de contener en frases sencillas ideas sublimes, encierra vulgares ideas en pomposas é hinchadas palabras; y en vez de dejar en hermosa desnudez el estilo, le viste de retruécanos, de paranomasias y de cuantas afectadas galas imagina. Desecha la metáfora natural por la violenta, abandona la palabra propia por la extraña, la nacional por la extranjera, confunde el alambicamiento con el ingenio, la pedantería con la erudición, lo relumbrante con lo claro y verdadero. Tal fué la escuela de decadencia introducida por Góngora en España. Y por tal inducción se explica solamente el que los más de los ingenios cedieran al momento al contagio, y que si hubo algunos que resistieron por cierto tiempo, no hubiese ninguno que al fin se salvara. Ellos, los genios afortunados, que habían nacido en una época de buen gusto, que habían alimentado su espíritu con los buenos modelos, todavía en medio de las aberraciones de la nueva escuela dejaron obras inmortales, principalmente en la dramática. Pero sus sucesores, criados ya en el cieno de la corrupción y del envilecimiento literario, no imitaron más que sus faltas, no aprobaron sino sus yerros, y á la par que la poseía, desaparecieron los poetas. Así acabó del todo el arte entre nosotros, perdido en las tinieblas del gongorismo, á la par que en Francia anunciaba Descartes la filosofía moderna, á la par que Corneille y Racine creaban la tragedia francesa, á la par que Molière perfeccionaba la comedia de nuestros días sobre modelos españoles.

Aquella gloria literaria tan superficial, aunque tan grande y seguida de tan mortal caída, fué acompañada de otra gloria no menor: la gloria de la pintura. Este arte, tan favorecido por Carlos V, por Felipe II y aun por el propio Felipe III, llegó durante el reinado de Felipe IV á su apogeo. No en balde aquellos dos primeros Monarcas habían hecho venir á España los primeros maestros y los mejores cuadros de su tiempo: con ellos se formaron en tiempo de Felipe III pintores inmortales, que en el reinado de Felipe IV fueron asombro de las artes. Tuvo este Monarca entre sus vanidades, la de que se empleasen en su obsequio los primeros pintores que entonces tuvo el mundo, españoles los más, no pocos italianos y flamencos de sus provincias súbditas ó dependientes: estos artistas transcribieron al lienzo todos los objetos de su amor, todos los asuntos que podían halagar su vanidad insaciable.

De ello ofrece larga muestra el Real Museo de Madrid. Allí está el retrato de Felipe III, obra de Velázquez, y el pincel de este grande hombre sigue al mismo Felipe IV desde la niñez hasta la edad madura, acertando á trazar las huellas que la edad y los placeres iban dejando en su rostro, con inimitable maestría. Allí están Doña Isabel de Borbón, la bella francesa, y Doña Mariana, la orgullosa austriaca; allí los príncipes infortunados D. Baltasar y D. Felipe Próspero; allí la infanta Doña Margarita y aun el Conde-Duque, á quien el Rey amó tanto ó más que á los de su familia, del propio pincel de Velázquez, retratados. La historia de la Virgen, casi entera, representada por Bartolomé Esteban Murillo; sus cuadros místicos y los de Zurbarán encantan allí los ojos de los artistas, después de haber presenciado las devociones del licencioso Rey en sus palacios; el flamenco Snyders ha dejado allí pintadas sus cacerías y el Padre Mayno ha conservado en alegoría su esperanza de reducir á Flandes. Y á la par se ven por dondequiera las glorias de los primeros días del reinado: de una parte la campaña del gran duque de Feria contra el Monferrato, representada en la marcha sobre Acqui, cuadro del aragonés José Leonardo; de otra campaña del mismo Duque en la Alsacia, representada con el socorro de Constanza y la expugnación de Reginfeld, cuadro del florentino Vicente Carducci; ya el cuadro del madrileño Eugenio Caxés, que señala el desembarco de los ingleses cerca de Cádiz al mando del conde Lest, y la conducta valerosa de aquel Maestre de campo D. Fernando de Girón, que enfermo y atormentado de la gota se hace llevar en silla de manos á disponer tan gloriosa victoria, ya el cuadro con que el Vicente Carducci, antes citado, pinta á D. Gonzalo de Córdoba, venciendo en la memorable batalla de Fleurus, ya el cuadro de Leonardo, donde pinta la rendición de Breda y al buen marqués de Spínola, que acompañado del de Leganés, D. Diego Felipe de Guzmán, recibe las llaves de la ciudad, y aquel otro que al propio asunto dedicó Velázquez, uno de los mejores de su autor, conocidísimo con el nombre de Cuadro de las Lanzas. Por último, por Velázquez y Van-Dick está allí retratado el victorioso Cardenal Infante, y por Rubens la victoria de Nordlinghen. Nunca más altos asuntos han sido tratados por más ilustres pinceles. Zurbarán en tanto, con sus trabajos de Hércules, Toledo con sus batallas marítimas, Alonso Cano, pintor, escultor y arquitecto de grandes obras y poco afortunada vida, Ribera, el Españoleto, Esteban March, Rizzi, los floristas Arellano y Vander Hamen, y otros muchos que fuera ocioso enumerar, se emplean en adornar el Alcázar Regio, el Buen Retiro, los sitios reales del Pardo y Aranjuez y el llamado La Zarzuela, y hacen que aquél sea con razón reputado en España por el Siglo de Oro de la pintura.

Por último, hablando de las cosas que alcanzaron estímulo y esplendor de Felipe IV, es imposible olvidar los juegos de cañas, toros y fiestas caballerescas que tanto alegraron en su tiempo los funerales de la Monarquía. No parece sino que para tales ejercicios nació predestinado este Príncipe, porque en los regocijos que por su nacimiento se celebraron en Valladolid, hubo ya famosas cañas en las cuales corrieron con los caballeros de la Corte el mismo Felipe III y su privado el duque de Lerma. Hijos tales ejercicios de la antigua galantería española y árabe, fueron ordinarios en tiempo de Carlos V, pocos en los días de Felipe II, raros en los de Felipe III, mas Felipe IV les dió mayor vida que hubiesen tenido nunca. Apenas hubo fiesta en su reinado en que él no corriese cañas por su persona. Corriólas famosísimas en 1623 con ocasión de la venida del príncipe de Gales en la Plaza Mayor de Madrid: las cuadrillas fueron diez con más de quinientos caballos, gobernándolas el Conde-Duque y Monterrey, el marqués de Villafranca y los principales señores de la Corte; el lujo fué increíble y la destreza y gallardía del Príncipe muy celebrada. Corriólas también el Rey en 1636 con diez y seis cuadrillas de á doce caballeros, donde rompió él por su persona tres lanzas. El casamiento de la infanta Doña María con el Rey de Hungría; la elección de éste como Rey de romanos; el nacimiento del príncipe D. Baltasar Carlos, y otros tales sucesos, dieron ocasión á fiestas de toros y cañas de gran magnificencia, donde el Rey lució igualmente su bizarría. En las del nacimiento de D. Baltasar fueron los caballeros sesenta, contándose el mismo Rey, con número inmenso de músicos y escuderos. La edad y los pesares del Rey también trajeron esto, como todo, á decadencia en sus últimos días.

Illustration from Historia de la decadencia de España

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