LIBRO SEXTO (continued 2)
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Si Castrillo, con sus malévolas insinuaciones intentó en vano despojarle de sus haberes, otros de sus enemigos no tardaron en lograr que á su mujer se la separase también del servicio de la Reina, mortificándola antes con continuos desaires, y que á su hijo D. Enrique de Guzmán, se le quitase la asistencia del Rey, desterrándole como á él de la corte. Creció con el tiempo y la seguridad de que era ya imposible su vuelta, el rencor y la saña contra el Conde-Duque. No ya solo sus enemigos, sino sus antiguos amigos y aduladores, como suele acontecer á los ministros caídos, censuraban agriamente su conducta, abriéndose entonces á la verdad los ojos que el interés y la cobardía tuvieron tantos años cerrados. Comenzaron también á escribirse papeles en contra del privado, y hubo uno en pro que debía ser de persona bien agraviada en la mudanza, con lo cual el Rey prohibió severamente semejante polémica, y castigó con graves penas á los que intervinieron en ella. Dios sabe adonde hubieran ido á parar las cosas, porque el Rey, continuamente acosado por todas partes de voces que pedían venganza, y persuadido ya de todas sus faltas, comenzaba á mirarle con odio, cuando la muerte vino á libertar al favorito de persecuciones. Sobrevínole en la ciudad de Toro, donde residía ejerciendo el cargo de regidor, por efecto de su despecho y amargura, antes que de enfermedad alguna, porque tenía más de altivez que no de conformidad la entereza que mostraba. Díjose que expiró perdido el juicio, por haber recibido del Rey una carta en que le decía estas palabras: «si he de reinar yo, y mi hijo se ha de coronar, será preciso que entregue vuestra cabeza á mis vasallos que á una voz la piden todos y es preciso no disgustarles más.» Y sea ó no esta particularidad cierta, el hecho es que el Rey no andaba ya muy lejos de tales pensamientos, y que si la muerte fué justa en D. Rodrigo Calderón, debía parecer en él pequeño castigo. Acusábanle con razón de haber sido la causa principal de que se perdiesen en Oriente, Ormuz, Goa, Fernambuco y todas las colonias portuguesas, el Brasil, las Islas Terceras, el Reino de Portugal, el Rosellón, todo el Ducado de Borgoña á excepción de cuatro plazas, la gran fortaleza de Arras, muchas en el Luxemburgo, Brunswick, en la Alsacia, y los derechos é influjo del Ducado de Mantua, que eran las mermas de dominios que ya á la sazón tenía España. Asímismo se le acusaba de haber perdido más de doscientos ochenta navíos en los mares, de haber sacado de las entrañas de la tierra y del corazón de los vasallos medias anatas, papel sellado, alcabalas y otras cosas innumerables por él imaginadas hasta ciento diez y seis millones de doblones de oro: parte gastado inútilmente en ejércitos y armadas perdidas; parte distribuído entre Virreyes, Gobernadores, Capitanes generales y otros ministros, todos criaturas suyas, ya por sangre ó por servil dependencia; parte acopiado en su propio bolsillo y casa. Lo de los gastos inútiles en ejércitos y armadas pruébanlo bien todas las campañas. Lo distribuído entre parientes y servidores no tiene tampoco duda, viéndose siempre al Conde-Duque no fiar de otros que de ellos los lucros: de modo que al mirarlo asociado con alguno en el Poder, hay que recordar que fué su tío D. Baltasar de Zúñiga, ó bien su primo D. Diego Felipe de Guzmán, marqués de Leganés, en quien, cuando estaba á su lado, descargaba una parte de los negocios públicos. Al inquirir quién gobernaba en Nápoles, hállase al conde de Monterrey, su cuñado, ó al duque de Medina de las Torres, su yerno; al nombrar al Virrey de Milán, tropiézase con el mismo marqués de Leganés, su primo, y lo propio al tratar de Cataluña; en el Generalísimo de la frontera de Portugal se encuentra otra vez á Monterrey, y fué mucho que desde la asistencia de Palacio, adonde ya veía á su hijo, el bastardo D. Enrique, mozo disoluto y sin autoridad ni talentos, no pasase á ocupar la presidencia del Consejo de Indias, que ya estaba para él dispuesta.
Siendo el conde-duque Guzmán y su mujer Zúñiga, Zúñigas y Guzmanes, se vieron casi solos en los altos empleos, exceptuando algún Velasco, por ser su abuelo materno de aquella casa y tener casado á su hijo con mujer de ella. El resto de los destinos que no pudo llenar con sus parientes, fué para sus viles aduladores, Jerónimo de Villanueva el protonotario de Aragón, Diego Suárez, Miguel de Vasconcellos, secretarios de Portugal, y algunos otros. Hasta su asesor en la privanza, D. Luis de Haro, no hubiera llegado á serlo sin ser sobrino suyo, porque sólo á eso debió la entrada en la Corte y la amistad del Rey; si bien cuando llegó á notar sus adelantos le aborreció sobremanera y comenzó también á preparar su ruina. Y en cuanto á los medros de su persona y casa particular, fueron inmensos. Su orgullo, que nunca le faltó, no consentía en él como en el duque de Lerma, que admitiese regalos ó donativos de particulares como en compra y paga de favores; pero supo obtener empleos y sueldos y comodidades que le produjesen con menos vergüenza tantos ó más beneficios. Primeramente obtuvo un privilegio para gozar encomiendas en todas las Ordenes militares, teniendo solamente la cruz de Alcántara, por lo cual gozaba cuarenta y dos mil ducados; luego se hizo declarar Camarero mayor del Rey, oficio no conocido desde el tiempo de Carlos V, del cual sacaba diez y ocho mil ducados; también tomó para sí el cargo de Caballerizo mayor, que daba veintiocho mil ducados; el de Sumiller de Corps, doce mil, y el puesto de Canciller de las Indias, que montaba cuarenta y ocho mil, todos en producto anual. Mas no era esto lo mayor, sino que cuando partían los galeones de Sevilla y Lisboa, hacía cargar cantidades exorbitantes de vino, aguardiente y trigo recogido en sus haciendas; y como tenía para sí los puertos francos, vendía tales géneros á precio muy subido; con lo cual y la carga de retorno, ganaba cada año en el trato hasta doscientos mil ducados. Además hizo que el Rey le cediese la villa de San Lucar la Mayor, con título de Duque, que en alcabalas y derechos valía cincuenta mil ducados. Y no contento con esto, sacó para su mujer la merced de Camarera mayor de la Reina y el cargo de aya del Príncipe, con salario de cuarenta y ocho mil ducados por ambos conceptos[20]. De este modo ascendían las ganancias que anualmente obtenía por su privanza á cerca de cuatrocientos cincuenta mil ducados, cantidad bastante para mantener un ejército, y que él derrochaba inútilmente en festines y locuras.
Así, por todos estos conceptos, fué el Conde-Duque de Olivares, el ministro más funesto y de odiosa memoria que haya tenido jamás España, donde tantos se han hecho dignos de censura. Y eso que como hombre, ni por su inteligencia ni por su carácter puede decirse que fuera un hombre vil como otros, no tan funestos como él, lo han sido.
