LIBRO SEGUNDO (continued 2)
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Las ciencias quedaban ya casi subyugadas á la teología y del todo envueltas en las tinieblas del escolasticismo y aristotelismo. Fueron los teólogos y filósofos de más nota, Ángel Manrique, llamado el Atlas, por su vasta doctrina, natural de Burgos, hombre elocuentísimo y catedrático de Salamanca; Marsilio Vázquez, Pedro de Oviedo, Gabriel Vázquez, Baltasar Téllez, Francisco Suárez, Francisco de Toledo, Rodrigo Arriaga, y, sobre todo, el ilustrísimo Juan Caramuel, uno de los talentos más singulares que haya habido jamás, teólogo, filósofo y orientalista. Todos ellos escribieron obras eruditísimas y de copiosa doctrina, pero sin grande elevación ni libertad filosófica. Dos cosas pueden llamar la atención en este punto, porque dan á entender en nuestro concepto que ni aun del escolasticismo y aristotelismo se fiaba ya la Inquisición española. Es la una, que no hubo filósofo alguno que no fuese eclesiástico, como si el serlo no se les permitiese ya á los legos. La otra es todavía más importante. Durante el reinado de Carlos V y de Felipe II, sin contar los que dentro del reino se miraron con más ó menos razón perseguidos, hubo algunos teólogos y filósofos que fueron á profesar sus doctrinas en tierras extrañas; mas no parecía singular, porque eran, por lo común, las que se iban, personas más ó menos inficionadas en la herejía. Ahora se notaba ya que ni uno solo, aun siendo muy buenos católicos, permanecía al fin en España, saliendo fuera de ella con diversos pretextos á enseñar sus doctrinas y á publicar sus obras. Fué á parar Marsillo Vázquez á Italia, y allí explicó filosofía con mucha reputación en las Universidades de Florencia y Ferrara; Pedro de Oviedo murió de Obispo en el Río de la Plata; Juan Caramuel, no bien concluyó sus estudios en la Universidad de Alcalá, pasó á Flandes y luego á Italia, donde tuvo que ver alguna cosa con el Sacro Colegio por cierta obra suya calificada de dudosa en la fe; Francisco de Toledo enseñó en Roma filosofía y teología, y fué nombrado por el Papa Gregorio XIII censor de sus propias obras, que fué concederle una especie de libertad de pensar exclusiva; Rodrigo de Arriaga, el más atrevido de aquellos filósofos, fué á parar con sus lecciones y doctrina en Bohemia; solo Ángel Manrique, Baltasar Téllez y el granadino Francisco Suárez, metafísico profundo y de clarísimo estilo, autor del libro De legibus y otros muchos, en los cuales estudió Vico un año entero la filosofía, por ser los más famosos de su tiempo, murieron en la Península; pero aun no en estos reinos, sino en Portugal, donde hubo siempre otro género de libertad religiosa y civil que en Aragón y Castilla. Fueran tales hechos para casuales demasiados en número, y bien pueden fundarse sobre ellos, cuando no evidencias, por lo menos muy razonables sospechas. Y aun pueden añadirle crédito algunos hechos que tuvieron lugar por entonces. Fué el P. Juan de Mariana el último de los grandes pensadores que tuvo España, y uno de los mayores de su siglo. Su historia, no desnuda ciertamente de defectos, fué la primera que vió Europa después del renacimiento de las letras que mereciera tal nombre, y los extranjeros, tan parcos en alabar nuestros hombres y nuestras cosas, han tributado al sabio jesuíta grandes homenajes de admiración y respeto. Permitiósele escribir acerca de los Reyes con libertad, aun hoy tenida de muchos por demasiada, porque entonces el sentimiento monárquico era tal, que no había en ello el menor peligro, y más parecía entretenimiento que doctrina el tratar de tales asuntos los sabios. Pero no bien trajo su pensamiento á censurar moderadamente las cosas presentes ó á explicar teorías de aplicación inmediata, fué rigurosamente perseguido, ocasionándole grandes pesares. Tal aconteció al escribir el tratado famoso sobre la alteración de la moneda, medida tan perjudicial de aquel reinado. Los lazos de la represión estaban, pues, más estrechos que nunca. Algunos años más, y doctrinas tales como las de Mariana en el libro De Rege, ni por entretenimiento podrían ser enseñadas ni defendidas. Argensola y el P. Sigüenza escribieron también en esta época libros históricos notables por la belleza del estilo, mas no por la crítica y filosofía de Mariana.
Pero en tanto que morían las ciencias, el ingenio español ofrecía altísimas muestras de sí en otro género de letras. Sin más pretensión aparente que el entretenimiento y recreo, dió á luz el inmortal Cervantes su Ingenioso Hidalgo, maravillosa lucha y contraste de lo real con lo imaginario, del mundo práctico con el mundo poético, de lo sublime con lo ridículo; cuadro inmenso de costumbres que no pierde su oportunidad con los siglos, símbolo eterno, libro, en fin, el más grande de nuestra literatura y que apenas halla rivales en el mundo. Menos afortunado en sus novelas, hízolas, sin embargo, dechado de estilo, y alguna de ellas singularísima en la pintura de caracteres y costumbres. Sus obras poéticas son las que menos boga han alcanzado; y aunque á la verdad no la merecían muy grande, siempre es cierto que la reputación del autor en otras cosas las ha perjudicado bastante. Floreció á la par Balbuena, poeta de talento colosal, que tal vez hubiera parecido más grande á tenerlo menor, y escribiendo con más estudio y en mejor ocasión sus obras. En el Bernardo dejó los trozos de poesía épica más valientes que haya en castellano, envueltos en un fárrago de versos insoportables, y en la Grandeza Mejicana describió la Primavera con gran belleza en la dicción, y mucha novedad y galanura en los pensamientos, á la par que con sus ordinarios defectos: también en el Siglo de oro dejó buenas églogas, aunque amaneradas y frías, como solía ser siempre aquel género de poesía, imitación eterna de la literatura latina. Con éstos ha de juntarse el nombre insigne de Lope de Vega, monstruo de fecundidad y de imaginación que dió su nombre á mil novecientas comedias, si no buenas todas, ninguna falta de belleza y de ingenio, verdadero maestro del arte dramático en España, y harto encarecido de propios y extraños, para que mucho nos detengamos en su elogio. Fué época aquella gloriosa, en fin, y grande para las bellas letras; pero no ha de atribuirse por ello honor alguno al Monarca ni á sus Ministros. Era que todas las fuerzas intelectuales de la nación se habían refugiado en la literatura, cerrado el camino de la Filosofía, de la Historia y de las Ciencias físicas y matemáticas. Aún allí no habían llevado sus armas la Inquisición y el escolasticismo, pero no andaban muy lejos. La representación de las comedias, bien tolerada por Felipe II, se vió ahora amenazada de muchos teólogos. Felipe III, aunque asistió á algunas, y señaladamente á una que se representó en cierto teatro mandado levantar por el duque de Lerma sobre las aguas del Tormes, no gustaba mucho de ellas: acaso hubiera caído entonces el arte dramático á no ser sostenido y defendido vigorosamente por otros teólogos y frailes muy aficionados á tal espectáculo.
En suma, sólo puede decirse que merecieran favor al rey Felipe III las costumbres privadas y el catolicismo. En su reinado no es posible olvidar á los confesores, antes parece preciso irlos recordando á la par de los ministros y capitanes. Acrecentáronse extraordinariamente los monasterios, tanto en bienes como en número de religiosos, á pesar de los clamores de las personas prudentes y en algún tiempo del mismo Consejo de Castilla, y llegó al último punto la influencia del clero en los pueblos. También se acrecentaron los santos, porque Roma, que tanto partido sacaba de Felipe III, no regateaba en cambio las canonizaciones y beatificaciones. Ni se echaron de menos los autos de fe, siendo entre todos notable el de 1610 en Logroño, donde fué quemada por bruja confitente una cierta María de Zozaya, y diversamente castigadas por igual delito ó por practicar distinto culto del católico, hasta otras cincuenta y dos personas. Mas ello fué que con el predominio de la idea religiosa, aunque produciendo tan dolorosos extremos á las veces, con los ejemplos piadosos del Rey y con la hipócrita moderación de la Corte, se logró que las costumbres públicas, lejos de decaer de como las había dejado Felipe II, se mejorasen todavía. Quizás en ninguna época se han visto en España tan pocos escándalos y crímenes como en este reinado, ni en país alguno del mundo se han respetado más la moral y las conveniencias sociales, obras todas de un rey cristiano. En cambio, la moralidad de la administración y del gobierno padecieron gran mengua. Salió á la plaza la lisonja poco sufrida de los reyes anteriores; diéronse al envilecimiento los puestos que solía tener antes el mérito; comenzaron las dádivas de todo género á hacer las veces del Consejo y á producir persuasión en los ánimos; la vanidad y la codicia y la abnegación se abrieron á todo camino, obras estas propias de un rey inepto. Buen católico y mal rey, he aquí formulado el carácter de Felipe III: lo que quiso ser y lo que fué para España.
