← Table of contents
Historia de la decadencia de España

LIBRO DÉCIMO (continued 2)

Reading edition

El Rey, como solía de cuando en cuando, al sentir alivio en sus enfermedades, se dedicó, por algunos días á los negocios; pero no pudiendo soportarlos, recayó de nuevo y tuvo que abandonarlos á los mismos que tan mala cuenta daban de ellos. Y Arias Mon probó, antes de mucho, que era en el talento moderadísimo, en la experiencia escaso, en el espíritu débil, y en la honra no muy escrupuloso. Llevó la Reina con poca paciencia este golpe, y más el ver que el duque de Montalto se iba adelantando en la gracia del Rey, á punto de parecer ya su valido. Pugnó por conservar la superioridad de su influjo; y como Montalto no se descuidaba y el confesor tampoco quería dejar su parte de dominación y Monterrey, el Almirante y el Condestable solicitaban los tres á un tiempo el poder, hubo una horrible lucha de intrigas en Madrid (1692) durante algún tiempo. Logró Montalto que, muerto el de los Vélez, se le diese á él la presidencia de Indias; pero no pudo impedir que, por lágrimas de la Reina, se diese el cargo de sumiller de Corps, también vacante, al conde de Benavente. Formóse una nueva Junta magna de gobierno, compuesta de todas aquellas personas rivales, y se trató largamente de buscar remedio á los males públicos; pero siempre en balde. Sólo se resolvió que los hábitos de las Ordenes militares no se diesen en adelante sino á los que hubiesen servido con honra en la guerra, medida justa, pero que el Cojo y la Bernips y la Reina misma hicieron inútil al poco tiempo, vencidos de la ordinaria codicia. Procuraron hacer economías; pero no se pudo, porque todas ellas habían de venir en detrimento de los gobernantes que disponían del Tesoro á su antojo. Por último, el duque de Montalto, sin nombre de valido, llegó á serlo del todo, y para afirmarse imaginó una traza, por todo extremo extraña, y que muestra hasta qué punto había llegado la sed de mando, que fué repartir en pedazos la Monarquía, para que tuviese uno cada uno de sus rivales.

Expidió el Rey, por su Consejo, un decreto en el cual nombró al Condestable Teniente general y Gobernador de Castilla la Vieja, y al Almirante de las Andalucías y Canarias, y á Monterrey de Aragón y Cataluña, reservándole á él la tenencia y gobierno de Castilla la Nueva. Así pensaba Montalto que todos quedasen contentos, y, con efecto, no estaba mal imaginado puesto que la Monarquía la miraban como patrimonio de ellos. Pero Monterrey no quiso aceptar la repartición, como quien ansiaba recoger todo el mando; y fué preciso hacer otra nueva en que Montalto tomó los reinos de Aragón, Navarra y Valencia y Cataluña, y el Condestable Galicia, Asturias y las Castillas, dejando las Andalucías al Almirante. Estos tres tenientes ó Ministros acordaron reunirse dos veces por semana y decidir por sí todas las cosas, mandando como gustasen á los tribunales y Capitanes generales de sus territorios respectivos. La burla de unos y la irritación de otros llegó con esto al último punto: todos los tribunales representaron en contra, y el marqués de Villena, Virrey de Navarra, y el duque de Sessa, general de la costa de Andalucía, hicieron renuncia de sus cargos. Nombróse en seguida una junta de Ministros para atender al remedio de la Hacienda; y allí, después de largos debates é intrigas se acordó que no se pagase merced alguna por todo el año de 1694; que durante el mismo año cediesen todos los empleados del reino la tercera parte de sus sueldos; que á cada título se sacasen trescientos ducados y á cada caballero de las Ordenes doscientos, y á los negociantes y demás personas de caudal cuanto se juzgase prudente, todo con nombre de donativo. Ordenóse también que en todos los pueblos se sorteasen los vecinos y que de cada diez fuese uno recogido para servir en los ejércitos. Causaron estas medidas terrible perturbación y ningún fruto, porque se recogió poco dinero y menos soldados servibles. Todas estas desgracias las hacía valer la Reina en contra del de Montalto, y éste hacía vanidad de despreciarla á ella y sus hechuras. Pero coaligada ella estrechamente con el confesor, no tardó en sembrar entre los tenientes la semilla de la discordia, atrayendo al Almirante á su partido con promesa de poner el gobierno en sus manos.

Tal era el estado de nuestra corte cuando Luis XIV fijó en ella los ojos, á fin de aprovecharse de cuanto le fuera útil para el gran propósito que ocupaba su ánimo. Era éste obtener todos los estados de la Monarquía española para su casa, poniéndolos bajo el cetro de su nieto Felipe de Anjou, hijo segundo del Delfín de Francia. Para contentar á los españoles y hacerles olvidar sus anteriores violencias y robos, hizo aquella paz generosa de Riswich (1697), y en seguida puso manos á la obra con el mayor empeño. La dinastía austriaca estaba moralmente muerta; acabó cuando debía morir: cuando no la quedaba ya un solo defensor desinteresado. El mal gobierno de Felipe III y de Felipe IV, los horrores de la Regente, la nulidad de Carlos II y la avaricia de su mujer Doña Mariana, habían hecho odioso á todos los españoles el nombre austriaco. Los socorros y donativos que con tan poca cordura se habían dado al Emperador, el desprecio con que últimamente había mirado nuestros intereses y la intervención deplorable de algunos alemanes en el gobierno durante los últimos años, eran otras tantas causas que impulsaban á nuestros conciudadanos á desear un cambio de gobierno que apartara de los alemanes el influjo. Á tal punto habían llegado las cosas, que hubiera sido necesario un gran Príncipe y un fortísimo gobierno para que la posteridad de Carlos II hubiera continuado en el Trono. Y no habiendo posteridad, y teniéndose que llamar á un Príncipe alemán al Trono, no era fácil que la nación lo aceptase, aun dado que no hubiese venido á disputarle la sucesión un pretendiente de más derecho y que excitase mayores simpatías.

Fué fortuna para Francia que al mismo tiempo que el nombre alemán caía en tanto aborrecimiento y menosprecio, su nombre fuese ganando fama y respeto en la opinión de los más de los españoles. Á la verdad Francia era, como es y será siempre, nuestra natural enemiga: su grandeza es nuestra humillación; la nuestra es su impotencia. Pero los daños que de ella nos venían eran para olvidados por pechos generosos. Nos vencían en lid ó por más numerosos, ó por más diestros; pero no nos destruían fingiéndose amigos nuestros, no devoraban las entrañas de la nación como estaban haciendo los austriacos.

Aun las Princesas que Francia nos llegó á dar habían dejado de sí dulces recuerdos, que más duraban, á medida que las Princesas alemanas excitaban mayor indignación ó desprecio. Doña Isabel de Borbón no se olvidó un punto del bien de los vasallos, como la Reina gobernadora Doña Mariana, que fué la más impolítica. Y de las dos mujeres de Carlos II, Doña María de Orleans había sido tan admirada de todos y tan amada de muchos, como era Doña Mariana de Neoburg aborrecida. Júntese con esto la gloria que alcanzaba entonces la casa de Francia. Los españoles, que sabían que todas sus desdichas venían de los malos Reyes, viendo que la casa alemana los daba á cual peores, debían lisonjearse, naturalmente, con la idea de ser gobernados por Príncipes de una casa que los producía tan afortunados. Falsos fundamentos, sin duda todos ellos, para inclinar la opinión de España á los franceses; mas no los necesitan los pueblos más sólidos ni justificados para formar sus opiniones. Estudiando bien nuestras conveniencias políticas, no podía dudarse que si un cambio dinástico era indispensable, donde menos había de buscarse nueva dinastía era en el vecino reino de Francia; y á estudiar la Historia con detenimiento, se habrían encontrado sin salir de la Monarquía ni del siglo, razones y ejemplos bastantes para temer el influjo y dominio de los franceses, tanto como el de los alemanes. Público era que en Nápoles y Sicilia, provincias nuestras, después de admitir á los franceses, por librarse del mal gobierno de la casa de Austria, habían tenido que echarlos de nuevo, coadyuvando poderosamente á restablecer el gobierno antiguo. Y sobre todo pudo España pedir lecciones á Cataluña.

Fué esta provincia tan indignamente tratada por los franceses, que no permitió más, en lo sucesivo, que echasen raíces en su suelo, á pesar de los disgustos continuos que traía con la corte, y no aceptó á la casa de Borbón, sino á virtud de la fuerza, después de largos y heroicos esfuerzos por arrojarla de la Península. Pero en el resto de España faltaba experiencia y previsión política y conocimiento de lo pasado, y así los ánimos, se inclinaron, desde el principio de la cuestión al partido francés. Los hombres de Estado que España tenía entonces valían todos muy poco, y no estaban más en el caso de juzgar con acierto que el vulgo mismo. Y además empeñados en sus míseras y exiguas discordias, no miraron en la nueva cuestión, tan inmensa como era, sino pretextos y enseñas diferentes para disputarse, con más codicia que nunca, los jirones de la Monarquía. Cuantos habían figurado hasta entonces en el gobierno y cuantos aspiraban á figurar en adelante se apresuraron á escoger puesto en los dos nuevos y grandes partidos, excepto aquellos, no escasos en número, que prefirieron, como suele acontecer en tales ocasiones, hacerse mediadores ó indiferentes, con el fin de no arriesgar nada en la derrota y compartir con cualquier vencedor el triunfo.

No se vieron bien determinados los dos partidos opuestos hasta la paz de Riswich, porque la guerra con Francia hacía arriesgado y deshonroso el declararse por parcial de ésta; pero no por eso dejaban ya antes de traslucirse los diversos sentimientos. Mientras vivió Doña María Luisa de Orleans, los Embajadores franceses no dejaron de intrigar en Madrid en favor de sus propósitos. Muerta ella, el Emperador aprovechó la ocasión de ser parienta suya, y cercana, la nueva Reina, para enviar á España, de Embajador, al conde de Harrach, uno de los principales señores de su Consejo, señalándole por sucesor á su hijo, á fin de que no padeciesen dilación ó extravío las negociaciones. Logró este Embajador que en los mayores apuros de la guerra con Francia llegase á prometerle Carlos II nombrar por heredero al archiduque Carlos, hijo segundo del Emperador, en quien éste y su hijo primogénito José renunciaban sus derechos, si enviaba doce mil hombres á su costa para defender á Cataluña. No accedió á la pretensión el Emperador, aunque no dejó de enviarle algunos refuerzos, por no consentir tal expedición la escasa suerte de sus armas en el Rhin y el Danubio; pero no por eso cejó en sus intrigas. Y Francia, aun en medio de la guerra, halló modo de ganar á su partido á no pocos Grandes y señores principales. Á esto atribuían los catalanes la flojedad con que los defendían los Virreyes, suponiéndolas ganados por Francia, y cierto que, en alguno de ellos, no puede menos de admitirse la inteligencia, so pena de apellidarlos traidores. Austriacos y franceses eran los que se disputaban la sucesión y los que procuraban formar grandes partidos en España que apoyasen sus pretensiones; mas no eran los únicos sus Príncipes que se presentasen como candidatos, ni siquiera los que alegasen más notorios derechos.

Fundaba el emperador Leopoldo los suyos en su cuarto abuelo D. Fernando I, hijo de Doña Juana la Loca, y hermano de Carlos V, y en su madre Doña María, hija de Felipe III, sosteniendo que, extinguida la línea primogénita de varón, debía acudirse á la línea segundogénita, de donde él era, sin pasar á las hembras; y que, aun dado el caso de pasar á éstas, según la costumbre de suceder de la casa de Austria, debía preferirse la cercana del tronco á la cercana del último posesor. El Rey de Francia negaba que por las leyes de España, que eran las que debían regir á la sazón, fuese llamada la línea segundogénita de varón, á falta de la primera, con preferencia á las hijas de los últimos posesores, y que excluyeran á éstas las más cercanas del tronco, con que daba por inconcusos los derechos del Delfín, hijo de María Teresa, primogénita de Felipe IV, y hermana mayor de Carlos II. Podía también apoyarse en los de su propia madre Ana de Austria, hija mayor de Felipe III, la cual debía ser preferida, como primogénita, á la madre del emperador Leopoldo. Y para evitar que pudieran considerarse incompatibles las Coronas de Francia y España, ó la imperial y española, al mismo tiempo que Leopoldo y su primogénito el archiduque José renunciaban sus derechos en el archiduque Carlos, hijo de aquél y hermano de éste, renunció los suyos el Delfín, hijo de la infanta María Teresa, en su hijo segundo Felipe, duque de Anjou.

Llevaban los de Austria á los de Borbón la ventaja de que no había incompatibilidad, por los tratados, en que las Coronas imperial y española viniesen á su poder; antes á la infanta Doña María, mujer del emperador Fernando III, se la había confirmado en el derecho de suceder, por los conciertos matrimoniales, con exclusión de los hijos de Francia. Lejos de esto, la casa de Borbón tenía contra sí las renuncias solemnes de Doña Ana y Doña María Teresa, de donde vino la expresa exclusión que de ellas y sus descendientes hizo en su testamento Felipe IV. Pero contra una y otra casa alegaba sus derechos el Príncipe de Baviera, nieto de la infanta Doña Margarita María, hija menor de Felipe IV y primera mujer del emperador Leopoldo. Aunque éste había hecho que su hija única, llamada María Antonieta, renunciase los derechos á la Corona de España, al contraer matrimonio con el duque de Baviera, semejante renuncia no era para tenida por válida, dado que no fué confirmada por Carlos II, ni por sus Consejos, ni por las Cortes de la Monarquía. Con que quedó reducida á un contrato privado entre la hija y el padre, muy diferente de aquel en que se habían ajustado las renuncias de las hembras de Francia. Por lo mismo, los más de los jurisconsultos se inclinaban á este último pretendiente, sosteniendo que, muerto Carlos II, debían sucederle sus hermanas; y estando una de ellas impedida por tal renuncia como la del tratado de los Pirineos, debía sucederle la otra, y, por representación, su nieto el Príncipe de Baviera.

No debían despreciarse tampoco los derechos del Rey de Portugal: eran los de la infanta Doña María, hermana menor de Doña Juana la Loca, casada con el rey D. Manuel, de cuyo matrimonio nacieron los reyes D. Juan III y D. Enrique y el príncipe D. Duarte, duque de Braganza, padre de la infanta Doña Catalina, que fué abuela de aquel D. Juan VI, por quien se separó este reino del resto de España. Por último se ofrecían como pretensores los duques de Saboya y de Orleans, como descendiente el primero de la infanta Catalina, hija de Felipe II y mujer del duque Carlos Manuel, tan famoso por su espíritu turbulento; y el segundo como hijo de Ana de Austria. Tres grandes cuestiones de derecho había envueltas en estas pretensiones contrarias. Era la primera si, extinguida la línea primogénita de varón, debía acudirse ó no á la línea segundogénita, con preferencia á todas las hembras; la segunda era si, llegada la sucesión á éstas, debía preferirse la más cercana del tronco á la más cercana del fundador ó al contrario; la tercera si la renuncia del antecesor podía ó no perjudicar al sucesor, en desapareciendo los motivos y circunstancias que aquella hubiese provocado.

De resolverse negativamente esta última, el derecho de Francia era incontestable en Castilla, donde las hembras primogénitas sucedían á sus hermanos varones, pero no en Aragón ni en otros estados de los que componían la Monarquía, donde ni leyes ni costumbres autorizaban tal sucesión de hembras. Y era muy peligroso, á la verdad, dejar resuelta esta cuestión del modo propuesto. El derecho público carecería de base si tales renuncias y tan solemnes como la de Doña María Teresa, pudieran ser olvidadas á placer por las personas interesadas en ello. Y parecía más peligroso aún teniendo en cuenta que no todas las provincias de España podían sujetarse á aquel derecho de heredar, desconocido en ellas, sin tomar quejas de su parte. Con preferir la línea segundogénita de varón se evitaban estas, se dejaban firmes las renuncias como base del derecho público, y la herencia total venía por legítimo derecho al emperador Leopoldo, descendiente del segundo hijo de Doña Juana la Loca. Si esto no se tenía por justo había que acudir á las hembras, y, circunscrita en éstas la cuestión, ó eran ó no válidas las renuncias. Porque no siéndolo era imposible disputar con Francia, y, siéndolo, la duda venía á estar entre las casas de Baviera, Portugal y Saboya, dado que las pretensiones de la de Orleans no eran tenidas por graves. De preferirse la hembra más cercana del último posesor, el derecho estaba en favor del Príncipe de Baviera, nieto de la hija menor de Felipe IV; pero quedaba en pie la dificultad que ofrecía el regir distintos derechos y costumbres en las diversas partes de España, de modo que si en unas partes era legítimo heredero, en otras no podía considerársele como tal. Y atendiéndose á la hembra más cercana del fundador, no había duda en que pertenecía la Corona al Rey de Portugal, una vez excluída la línea segundogénita de varón, representada por el Emperador de Alemania. Porque tomando como punto de partida á los Reyes Católicos, en cuyo tiempo vino á formarse la Monarquía, se halla que todos sus derechos los transmitieron á sus dos hijas Doña Juana y Doña María, únicas de quien hubiese sucesión. De Doña Juana quedaron dos hijos varones y dos líneas, la una que iba á extinguirse en Carlos II; la otra que representaba, á la sazón, el Emperador. Extinguida la primera y excluída ésta por cualquier causa que fuese, si la hembra más cercana del tronco debía preferirse, no hay duda que estaban delante de todos los derechos de Doña María y de sus descendientes, que eran los monarcas de Portugal.

Tales derechos, si no podían nunca prevalecer sobre los de la casa de Austria, que traía consigo varones descendientes de hembra primogénita, podían excluir los de las casas de Baviera y de Saboya, que venían de hembras mucho más lejanas del origen ó fundador, y, sobre todo, los de la casa de Francia, si eran válidas, como al parecer debían serlo, las renuncias. Y tenían en sí la ventaja de conciliar las opuestas leyes de sucesión de nuestras provincias, porque remontándose su origen á Doña Juana y Doña María, que no tuvieron varones que les disputasen la preeminencia, y excluídos los únicos varones que quedaban, que eran los de la casa de Austria, no podían ser desconocidos ni en Aragón, ni en Castilla, ni en ninguna parte. Aun las razones políticas que aconsejaban que los reinos de España y Francia, ó España y el Imperio, no estuviesen en una misma casa, debían considerarse como no válidas, tratándose de reinos que eran pedazos de uno mismo, y que habían hecho hacía tan poco tiempo un solo estado. Sólo podía contrastarse tal suma de derechos y conveniencias, acrecentados antes de mucho con la muerte del Príncipe de Baviera, que se llevó tras sí los derechos de esta casa, diciendo que por las leyes de Castilla la hembra lejana del fundador excluye á la cercana, en cuyo caso habría de obtener la preferencia sobre la de Portugal, la casa de Saboya. Pero como Castilla no sea más que una parte de la Monarquía, y estas cuestiones de sucesión de reinos cuando se complican suelen antes resolverse por derecho constituyente que no por derecho constituído, la pretensión de Portugal habría parecido harto más aceptable que la de Saboya á sostenerla aquella casa con el empeño que convenía. No lo hizo ni cuidó nadie de ello, porque como antes dijimos, fijábase la atención general, no en quien tuviese mejor derecho, sino en quien se hallase con más poder para sostener sus posiciones que eran Austria y Francia. No bien comenzó á discutirse la cuestión, pudo preverse que no eran parte los discursos ni los alegatos á resolverla, y que las armas tendrían al fin que tomarla por su cuenta. Para este caso se preparaban ya los dos principales competidores, aprovechando cada uno las flaquezas de su enemigo y haciendo valer todos sus recursos y sus medios; pero sin descuidar las intrigas y negociaciones.

En contraposición al conde de Harrach, envió el Rey de Francia á Madrid al marqués de Harcourt, después de las paces de Riswich, y no bien llegó, se entabló una lucha desesperada de manejos é intrigas entre él y el Embajador del Imperio.

Era el de Harcourt soldado valiente y capitán afortunado, calidades muy estimadas en España; de gran penetración, y de no escasa ciencia; fastuoso como convenía que lo fuese en una corte donde el fausto era la perdición del reino; afable, cortés, y dotado, en fin, de cuantas cualidades se necesitan para ser bien recibido del pueblo y de los Grandes y hacerse lugar entre todos. Puso Luis XIV á disposición del buen Embajador sus arcas, á fin de que no le excediese nadie en Madrid ni en generosidad ni en magnificencia, y no tardó en recoger copiosos frutos de la buena elección de la persona y de la eficacia de los medios que le había proporcionado. Alarmado el partido austriaco, y, sobre todo la Reina, con su venida, hicieron de modo que el de Harcourt fuese muy mal recibido en los principios. Aún no se le permitió ver al Rey sino de noche y en una cámara espaciosa y mal alumbrada, á fin de que no se apercibiese de que estaba á las puertas del sepulcro, como realmente estaba. Pero Harcourt, como diestro, disimuló su resentimiento, y no correspondió á él, sino llenando de delicados regalos y obsequios á los hijos de los Grandes y á los Grandes mismos, menos aficionados á Francia. Logró con eso harto mayor estimación que Harrach, el cual, sobre ser de aquellos alemanes tan aborrecidos, era altivo y duro, aunque inteligente y experimentado. Muy semejante á la de los maridos era la condición de las mujeres de los Embajadores, interviniendo ellas poderosamente en los sucesos, porque según estaba la Monarquía, más importancia solía alcanzar el sexo débil que el fuerte. Ganó la marquesa de Harcourt el cariño de la Reina y de sus damas, con ponerlas al corriente de las modas que por París se usaban á la sazón, y con tratar á éstas de igual á igual en las ceremonias.

Por el contrario, la de Harrach se hizo un enemigo en cada una de las damas de Palacio, á causa de haber pretendido que la diesen mayor tratamiento que la correspondía. Y poco faltó para que la Reina se pusiese á la cabeza del partido francés, contradiciendo su naturaleza y los intereses de su casa. El oro francés ganó á la Perdiz y al Cojo, que al ver que se formaban los dos partidos, no pensaron más sino en que ellos les ofrecían compradores, y el Padre Chiusa, confesor de la Reina, abandonó también por un momento la causa de sus compatriotas. Y como al propio tiempo descubriesen los favoritos ciertas inteligencias entre el Embajador imperial y Leganés y Monterrey, encaminadas á apartarlos del lado de la Reina para ser ellos los únicos que predominasen en sus consejos, se decidieron de todo punto por el partido de Harcourt. Aprovecháronse del buen ánimo de la Reina, por las benévolas relaciones que mantenía con la esposa de Harcourt, y la persuadieron de que tuviese una entrevista con este mismo, donde pudieran conciliarse los recíprocos intereses. Harcourt no desperdició la ocasión y manifestó á la Reina que sólo á su mediación quería que el duque de Anjou debiese la Corona, con lo cual halagaba su vanidad; indicóla al propio tiempo que se trataría de desposarla con el Delfín de Francia, muerto su esposo; que se darían ricos heredamientos á su favorita la Berlips y la púrpura cardenalicia á su confesor, concluyendo por prometerla que se devolvería á España el Rosellón y se la ayudaría á reconquistar á Portugal: cosas ambas que se habían dejado ya correr por el pueblo, y que hicieron en este mejor efecto que no en aquella Princesa, sólo ocupada en su particular conveniencia. La Reina, no atreviéndose á abandonar de un golpe al partido austriaco, estuvo mucho tiempo indecisa, aunque más inclinada á Francia que no á Austria. Pero viendo que sus mayores enemigos se ponían en contra de la casa de Austria, se mantuvo firme en este partido. Acompañábanla el almirante D. Tomás Enríquez de Cabrera, antes conde de Melgar, y el confesor Matilla con mucha parte de la grandeza, y Ministros y Magistrados poco amigos de novedades, y que temían ó aborrecían á la casa de Borbón como reformadora y de todo punto extranjera. No pudieron resistir, sin embargo, al impulso de la opinión general, tan enemiga de los austriacos, y tan bien manejada por Harcourt. La especie de neutralidad que guardó la Reina durante algún tiempo, y los recelos de que se inclinase al partido francés, acabaron de poner de parte de éste todas las probabilidades del triunfo, de modo que cuando aquella Princesa, vuelta á sus primeros propósitos, quiso deshacer lo hecho, ya era tarde.

Ya no quedaba más apoyo sólido al partido austriaco, sino la voluntad del enfermizo Carlos II, que como era natural, se inclinaba á los intereses de su familia. Pero la indiscreción y altanería de los agentes imperiales llegaron hasta enajenarles este apoyo. No cesaban de hablar de sus propósitos delante del Rey sin miramiento alguno á su dignidad, ni piedad de su estado, que era ya á la sazón dolorosísimo. Carlos, irritado de que tan codiciosamente disputasen su herencia, como si él ya no existiera, excusaba cuanto podía verse con Harrach y los austriacos. Y Harrach, muy diferente en esto de Harcourt, resentido al punto de que le mirase con despego el Rey, se retiró á Viena, dejando en su lugar á un hijo suyo, mozo inexperto. Con esto, y con haberse puesto el cardenal Portocarrero á la cabeza del partido francés, parecía el triunfo de éste indudable. Era el Cardenal hombre de rápida carrera, gran cortesano y de no vulgar ingenio, el cual, por la reputación que alcanzaba de justo y virtuoso, tenía no poco influjo en el Rey. Sin tomar mucha parte en las cosas políticas, había seguido la voz del Almirante, cuyo amigo era hasta entonces; mas rompiendo con él por motivos privados, fué á tomar puesto en el partido contrario. Su actividad y destreza acabaron de traer las cosas á punto que, como arriba decimos, pudo considerarse como seguro el triunfo del Príncipe francés. Á su ejemplo vinieron á alistarse en este partido el inquisidor general Rocaberti, que había sucedido á D. Diego Sarmiento, y los marqueses del Fresno y de Maceda, con otros muchos señores principales. Y conociendo de cuanta importancia era que poseyese él solo en tal ocasión el manejo de la conciencia del Rey, logró de éste que apartara de sí al Padre Matilla, y llamase á su lado al Padre Froilán Díaz, catedrático de prima de Alcalá, y hombre de más virtud que juicio, dándole por auxiliares á dos frailes hechuras suyas, á los cuales dió cuantas instrucciones necesitaban para favorecer sus propósitos y estorbar los de sus enemigos. Hubiera sido nombrado entonces heredero de España el duque de Anjou, á no aparecer de nuevo en la corte y en los negocios el conde de Oropesa.

Pero este Ministro, dotado de más cualidades que ninguno de sus émulos, acechaba desde la Puebla de Montalbán la ocasión de recobrar lo perdido. Nombrósele Gentilhombre, sin otro intento que el de hacerle con tal honra más llevadero su destierro; pero Oropesa lo entendió de diverso modo, y al punto se vino á Madrid y comenzó á hacer envidiar ó temer sus servicios á los dos partidos contendientes. La Reina, que de antemano le conocía y estimaba sus cualidades, por más que personalmente le aborreciese, se apresuró á echar mano de él, y lo elevó á la presidencia de Castilla. Dió esto algún aliento al partido austriaco; pero antes de mucho riñó Oropesa con el Almirante, que habiendo sido hasta allí el hombre de confianza de la Reina, temía verse suplantado por él y no cesaba de hostilizarle. Entonces, el nuevo Presidente, viendo que en el partido austriaco no cabía y que no era digno para él pasarse al de los franceses, determinó formar un tercer partido con que sobreponerse á los otros dos. Prohijó las pretensiones del duque de Baviera que, aunque apoyadas por los más de los jurisconsultos, no tenían desde que murió la Reina madre quien las hiciese valer en la corte, y tanto hizo, que quedara triunfante en la lucha á no interponerse la contraria voluntad del cielo. Ayudóle en su empresa la conducta de Luis XIV. Este Monarca, no fiándolo todo á las negociaciones y manejos de su Embajador en Madrid, había discurrido vencer á los españoles con ponerlos en la alternativa de dar la Corona á su nieto ó someterse á la desmembración y repartimiento de su Imperio. Para ello negoció tratados con el Emperador y los demás Príncipes más ó menos interesados en la sucesión de España.

Ya en 1668 había habido semejante idea, y aun se añade que llegó á ajustarse sobre el particular un tratado entre el Emperador y el Rey de Francia, que quedó en depósito del duque de Toscana, y que sirvió de norma á los posteriores. Sea esto ó no cierto, el caso es que corriendo el año 1698, se ajustó en la Haya un tratado solemne entre Inglaterra, Francia y Holanda, por el cual se estableció que Nápoles y Sicilia, los puertos de Toscana y el marquesado de Final con la provincia de Guipúzcoa, vendrían á poder del Delfín, ó de otro modo, serían agregados á Francia; que el ducado de Milán quedaría por el archiduque Carlos, y el resto de la Monarquía por el Príncipe de Baviera ó por su padre á falta suya, aunque este no pudiese alegar el más remoto derecho, comprometiéndose las tres potencias á llevarlo todo á efecto por fuerza de armas si era indispensable, secuestrando sus porciones á las casas de Austria y de Baviera cuando no quisiesen admitirlas.

El tratado, honrosísimo para Luis y sus Ministros, era muy ventajoso para Francia. Guillermo de Inglaterra no sacaba de él otro provecho sino que ésta abandonase la causa del pretendiente, y Holanda no debía siquiera tomar parte en él, supuesto que nada le tocaba. Pero el Rey de Francia quería más, que era el total de la Monarquía; desde este punto de vista, el tratado fué una falta que aprovechó diestramente Oropesa. Mientras el Emperador ardía en cólera contra Francia, Carlos II, herido en lo más vivo con ver que así dispusiesen los extranjeros de sus reinos, y el pueblo español, como siempre digno y soberbio, lejos de amedrentarse, protestaron enérgicamente contra el tratado. Todo lo que Francia había adelantado con su destreza, se perdió en un punto; Carlos se determinó á nombrar sucesor de por sí, y el pueblo á no recibir sino al que determinase su soberano, y Oropesa, á favor de la confusión de Harcourt y Portocarrero y del decaimiento en que sin él se hallaba de nuevo el partido austriaco, logró levantar el nombre de su candidato el Príncipe de Baviera. Una junta de Ministros y Magistrados de los diferentes Consejos, resolvió según la común opinión que á éste y no á otro pertenecía la Corona, y el Consejo de Estado votó en pro de lo mismo, sin asistencia de Portocarrero, que aunque era el alma del partido francés, no quiso entonces comprometerse ni con el Rey ni con la opinión pública, demasiado ofendidos. De acuerdo con estos dictámenes, expidió el Rey un decreto nombrando por sucesor y heredero en todos sus estados al príncipe José Leopoldo de Baviera.

Quísose guardar sigilo, pero no pudo evitarse que al punto supiesen el Emperador y el Rey de Francia lo decretado. Protestó el primero con una altivez que acabó de irritar contra él á todos los Grandes y nobleza y pueblo; el segundo, aleccionado en la pasada experiencia, con mucha templanza. Ya parecía resuelta la cuestión y asegurada la paz de Europa, aunque, á decir verdad, no era fácil que se evitase la guerra, cuando el Rey presunto de España murió en Bruselas á la edad de seis años, en 8 de Febrero de 1699. Supúsose que de veneno, y al menos así lo creyó su padre, porque en un manifiesto que publicó con este motivo decía «que la estrella fatal que perseguía á cuantos eran obstáculo al engrandecimiento de la casa de Austria, había hecho que su nieto muriese de una ligera indisposición, que solía atacarle sin peligro, antes de que estuviese nombrado heredero de España». No hay que decir con tales sospechas, la impresión que la muerte del Príncipe causaría en estos reinos. Restablecióse el crédito del partido francés con acrecentarse el odio al austriaco, y como Arias Mon, destituído del Gobierno del Consejo de Castilla por causa de Oropesa, y don Francisco Ronquillo, á quien habían quitado el cargo de Corregidor de Madrid, vinieran á ponerse al lado de Harcourt y Portocarrero, éstos juzgaron llegado el momento de hacer nuevos esfuerzos. El más temible de sus enemigos era Oropesa, que aunque inconsolable por la muerte de su protegido el de Baviera, no había tardado en buscar nuevas banderas, acogiéndose otra vez á las de la casa de Austria. No tardó en sentirse su hábil mano en éstas. El partido austriaco se mostraba de nuevo poderoso; el Rey consintió en que se llamase á Madrid al Príncipe de Hesse-Darmstad, con doscientos caballos imperiales que habían servido en Cataluña durante la última guerra, no con otro objeto, sin duda, que con el de intimidar al pueblo, harto parcial ya de los franceses. No había tiempo que perder, y Harcourt y su partido obraron á punto de evitar que con aquellas disposiciones entrase en los unos el temor, en otros la desconfianza, y sucumbiese su causa.

Olvidada de día en día la administración pública con tales contiendas, ya no era que se hiciesen mal las cosas, sino que nada se hacía, y todo quedaba abandonado á la ventura. El Gobierno de los Tenientes generales había caído por sí solo en una especie de desuso, modo inaudito de caer gobernantes. El duque de Montalto y el Condestable no sonaban ya en la política; únicamente el Almirante, más ambicioso que ninguno de sus compañeros, continuaba influyendo y trabajando por influir más todavía. Oropesa y Portocarrero, sin ser ninguno de ellos Ministro, eran los que más importancia tenían en la Corte, y la Reina, ya unida con uno de ellos, ya combatiéndolos á los dos, no deseaba otra cosa sino conservar su funesto crédito y predominio. Como la muerte de Carlos estaba evidentemente tan próxima, nadie disputaba el honor de ser su favorito, sino el de serlo con el futuro Rey, para lo cual pretendía cada cual que se eligiese á su antojo. Por lo mismo, nadie se cuidaba ya, cual en otro tiempo, de que en Madrid no faltasen bastimentos, aunque faltasen en todo el reino, y como hubiese malísimas cosechasen estos años, llegaron á padecerse aquí la escasez y el hambre. No se necesitaba más para promover una sublevación tanto tiempo hacía contenida por el antiguo hábito de obedecer de los infelices ciudadanos. Achacaban la falta al conde de Oropesa, que como Presidente de Castilla debía cuidar de los mantenimientos, y por dondequiera se oían denuestos contra él, acusándole también de que comerciaba con su mujer en trigo y en aceite, beneficiando la carestía.

Tampoco dejaban de oirse quejas contra el Rey, harto injustas por cierto, porque el infeliz no era posible que atendiese á más dolores que los que lentamente iban consumiendo su vida. «De todo aquesto, ¿qué se le da al Rey?», decían ciertos cantares de entonces, después de enumerar cuantas miserias padecía el pueblo. Y Harcourt y sus amigos, para que no pudiera dirigirse contra ellos igual pregunta, y con el objeto también de acusar con sus hechos los de sus adversarios, repartían á manos llenas las limosnas, y afectaban una caridad nimia, que el Tesoro de Francia pagaba y el pueblo agradecía pródigamente. Servíalos en esto don Francisco Ronquillo, que como Corregidor que había sido, conocía mejor que nadie las necesidades y la gente á quien había que excitar y contentar según viniese á cuento. Y no es mucho suponer que el mismo Ronquillo fuese quien preparó los sucesos de que vamos á dar cuenta, demasiado útiles y bien aprovechados para pasar por casuales é imprevistos. Ello es que cierta mañana de Abril, estando en la Plaza el Corregidor, que lo era D. Francisco de Vargas, atendiendo á los deberes de su oficio, uno de sus alguaciles maltrató por pequeña ocasión á una verdulera. Desatóse ella en injurias contra el Corregidor, y la gente que presenciaba la escena tomó al punto una actitud tan hostil, que el de Vargas juzgó prudente retirarse. Siguióle la gente con insultos y amenazas, y en un momento el espacio que media entre la Plaza y el Arco de Palacio se vió lleno de hombres y mujeres, que acudían á porfía de todos los extremos de la ciudad gritando: ¡Viva el Rey! ¡Pan! ¡Pan! ¡Muera Oropesa! La multitud no se detuvo en el Arco, sino que llegó hasta los mismos balcones del Alcázar, redoblando sus gritos. Oyólos el Rey con más amargura que cólera, sin saber qué partido tomaría en el trance. Súpose que Vargas había estado para morir á tronchazos y pedradas, y que se amenazaba con peor suerte á Oropesa.

Creció el miedo, y el cardenal Córdoba, el marqués de Leganés, el conde de Benavente y otros muchos Grandes que acudieron al punto á Palacio, no sabían qué aconsejar ni qué hacer ellos mismos. La Reina, con alguna más presencia de ánimo, se determinó á salir al balcón, y habló á los amotinados diciéndoles que el Rey dormía; pero que no bien despertase le comunicaría sus quejas. «Ya hace mucho que duerme y es tiempo de que despierte»—respondieron agrandes voces. Entonces, se asomó el Rey al balcón; pero no por eso cesaron los clamores. El peligro arreciaba, y el conde de Benavente, que disfrutaba de algún favor en el vulgo, se ofreció al fin á hablarle, saliendo fuera de Palacio. Sus palabras templadas, pero más acaso las inteligencias que tenía con los insurrectos, lograron acallar el tumulto y que el gentío ofreciera retirarse, con tal de nombrar Corregidor á Ronquillo y no castigar á ninguna de las cabezas del desorden. Consintió el Rey en ello; llamóse á Ronquillo á Palacio, y acompañado del conde de Benavente salió á caballo por la Plaza, llenándolos á ambos la multitud de vítores y bendiciones. Si esto no bastara para probar que uno y otro estaban y entendían secretamente en el motín, de todo punto podrían demostrarlo ciertas palabras del conde de Benavente, que volvieron á encender la confusión calmada. «El Rey os perdona—les dijo—; pero en cuanto á la carestía no puede él remediarla, y será bien que os dirijáis al Presidente de Castilla.» No fué menester más. El vulgo, desatado, dejó desierta en un instante la Plaza de Palacio, y se encaminó á las casas de Oropesa, situadas enfrente de Santo Domingo.

Fué fortuna para éste que el Almirante, con quien á la sazón estaba de acuerdo, siendo los dos jefes del partido austriaco, pudiera avisarle á tiempo, con un billete lo que pasaba. Á la verdad, no habían dejado también de oirse amenazadores gritos contra el astuto Almirante, aunque no tan continuos como contra Oropesa. La casa de éste fué en un momento entrada, á pesar de la resistencia armada que opusieron sus criados, y habiendo muerto algunos de los asaltantes, la muchedumbre destrozó los muebles y los echó por las ventanas; destrozó las pinturas y los papeles, y no hubo, en fin, exceso que no creyese poco para satisfacer su ira. Habíase refugiado Oropesa con el aviso del Almirante en casa de su vecino el Inquisidor general, y el terrible nombre de esta dignidad contuvo á las puertas de aquel asilo á la multitud, que no osó siguiera insultarlas. Aproximábase ya la noche y el tumulto no cedía, sin embargo, pidiendo todos á voces la cabeza de Oropesa, cuando el Cardenal de Córdoba y otros sacerdotes salieron de Santo Domingo con un crucifijo, y sus exhortaciones y las de Ronquillo, que ya debía tener por bastante lo hecho, lograron restablecer la calma y el silencio. Creían, sin duda, los del partido francés que con esto bastaría para que el Rey separase de nuevo á Oropesa; pero se engañaron, porque habiendo éste solicitado su retiro, á causa de que no se castigaba á los culpables en el alboroto, no quiso Carlos consentirlo, mandándole que permaneciese en la Presidencia. Entonces, sus adversarios celebraron una junta en casa de Portocarrero, donde después de oir la opinión del jurisconsulto Pérez de Soto, favorable al duque de Anjou, se acordó echar el resto en alejar á Oropesa de la corte. Fué entonces Portocarrero á ver al Rey, y prevaliéndose de su calidad cardenalicia y del influjo espiritual que en tal concepto tenía con el Rey, le obligó á decretar la vuelta de Oropesa á la Puebla de Montalbán, el destierro del Almirante á treinta leguas de la corte, y el nombramiento de D. Manuel Arias Mon, parcialísimo, como sabemos, del de Anjou, para la presidencia de Castilla. Quedó entonces el partido francés triunfante, y sin más apoyo el austriaco que la Reina, el conde de Frigiliana y de Aguilar y D. Antonio de Ubilla, secretario del despacho universal, que á falta de otros más calificados, llegó á ser uno de sus caudillos.

Un suceso singular, del cual se ha hablado mucho posteriormente, ocupaba á la sazón á nuestra corte. Eran los supuestos hechizos del Rey, cuyo recuerdo podría bastar para comprender á qué punto llegaba la fanática superstición de unos, y la hipócrita maldad de otros en aquella época. Ya hacía tiempo que el vulgo atribuía á hechizos las enfermedades del Rey. Viéndole dotado de entendimiento muy claro, de rectísima conciencia, de tanto amor á sus vasallos, sin que hiciese valer ninguna de estas calidades; no comprendiendo tampoco cómo desde la edad temprana hubiera podido padecer una flaqueza tan extrema que le impedía ejercitar su virtud, dió por cierto que algunos malos hechizos estaban apoderados de su persona. Á punto llegó el rumor que en tiempo del inquisidor Sarmiento y Valladares, el Tribunal Supremo de la fe llegó á intentar algunas averiguaciones. Suspendiéronse por respeto á la persona del Monarca, y así continuaron las cosas, hasta que en los principios de 1698, el mismo Carlos llamó al Inquisidor general Rocaberti y le rogó que indagase si él era ó no víctima de hechizos, como vulgarmente se creía. Oyólo Rocaberti con atención proporcionada á su ignorancia, que era grande, porque de pobre dominico se había visto elevado á tal categoría, más por intrigas que no por fama ó mérito como entonces se solía. Dió parte del asunto al Tribunal, cuyos Ministros, más sabios que él, se negaron á entender en cosa tan inverosímil y ridícula.

No se desalentó con esto Rocaberti, y á poco lo consultó con el Padre confesor Fr. Froilán Díaz, que no teniendo más luces que él, se conformó con sus opiniones y propósitos. Diéronse entonces ambos á cazar los tales hechizos, y no tardaron en saber, casualmente, que un cierto Fr. Antonio Álvarez Argüelles, vicario de un convento de monjas en la villa de Cangas, solía tener gracia particular para exorcizar endemoniados, y platicar con los mismos demonios, de quienes sabía curiosísimos secretos. Escribieron ambos al Obispo de Oviedo para que éste interrogase al vicario sobre los hechizos del Rey: pero aquel prelado respondió con desprecio que el Rey no tenía hechizos, sino flaqueza de ánimo y de cuerpo, y que antes que de exorcismos necesitaba de buenos consejos. Ni Rocaberti ni el confesor se avergonzaron con esta respuesta; llenos de fe se pusieron á buscar otros conductos por donde entenderse con el vicario, y lo lograron, entablándose una correspondencia entre los tres, fecundísima en puerilidades y absurdos y locuras, que asombra que pudiera seriamente seguirse. Notóse, sin embargo, que los demonios á quienes interrogaba el vicario Argüelles, no cesaban de hablar mal de los parciales de la casa de Austria, y principalmente de la Reina y del Almirante, sin perdonar á la Reina madre, por ser ya cosa del otro mundo, ni á ninguno de cuantos antes ó después habían abogado en contra de la casa de Francia. Y dando por ciertos los hechizos, solían proponer para el Rey remedios capaces de causar su muerte aunque estuviese robusto y sano, cuanto más en la situación en que se hallaba. Ni Rocaberti ni Froilán sospechaban por eso de los demonios ni de su interlocutor, y molestaban sin cesar al pobre Príncipe, haciendo las más de las cosas que aquéllos les prevenían, y excusando sólo las que manifiestamente eran dañosas ó impracticables.

Así transcurrió algún tiempo, hasta que los demonios se cansaron de pronto de hablar, y respondieron al vicario que no dirían palabra más si no era en Madrid, en la capilla de Atocha. Asombró al confesor y al Inquisidor tan extraña demanda, y si la dieron crédito no se sabe; pero ello es que no les pareció bien traer tan cerca del Rey persona que poseía el admirable privilegio de andar con los malos, de que á su juicio andaba aquél poseído. Negáronse á su venida, y continuaron carteándose con el vicario hasta la muerte del inquisidor Rocaberti, sin obtener otra cosa que nuevos embustes cada día. Pero este vicario y estos demonios tenían cierto olor francés que puso en alarma á los austriacos, no bien se susurró el caso en la corte. No era este partido menos rico en frailes y demonios que lo fuera su adversario, y antes de mucho se recibió en Madrid una información auténtica del Obispo de Viena, donde se contenían graves respuestas traídas por el demonio á la boca de unos energúmenos, á quienes él y su clero estaban exorcizando en la iglesia de Santa Sofía, sobre los hechizos del rey Carlos II. De ellas se deducía claramente que este Príncipe había sido hechizado por una mujer, de nombre Isabel, que vivía en Madrid, en la calle de Silva. Dió el Embajador imperial la información al Rey; pasó luego al Tribunal, y se hicieron inútiles pesquisas. Parecía ya indispensable exorcizar al Rey, y se llamó para ello de Alemania al mejor exorcista del imperio, por nombre Fr. Mauro de Tenda, capuchino de religión, y dotado de gran torrente de voz, con la cual atormentaba día y noche al Rey, llamando á voces á los demonios que se albergaban en su cuerpo. Empeoró mucho el Rey con el sobresalto, y como estaba en poder de demonios y exorcistas austriacos, era de temer cualquier extravío en su juicio que hiciese venir la Corona á poder del Archiduque. Entonces, un nuevo demonio, más audaz que los otros, se apoderó de una pobre mujer y la condujo al Palacio mismo, donde entró desgreñada y furiosa sin que nadie pudiese contenerla, hasta llegar á la presencia del Rey, el cual no halló más medio de librarse de ella que ponerse por delante un relicario que traía consigo. Interrogóse á este nuevo demonio, y acusó claramente de autores del hechizo á la Reina y al Almirante, de donde se supo ser este demonio francés. Irritóse la Reina; hizo que su marido apartase de su lado al Padre Froilán Díaz, y mandó que se le formase un proceso que duró mucho tiempo, y del cual resultó que él, como Rocaberti, no eran culpables sino por ignorantes y fanáticos. No de todos los cortesanos se pudo decir lo mismo; porque sin acusar de tan indigna farsa á ninguna persona determinada, parece fuera de duda que fué obra de los partidos, que con tanto encarnizamiento se disputaban la herencia de Carlos II.

La muerte estaba tan cercana del desdichado Príncipe, que no podía ya perdonarse ningún esfuerzo, y desde la primavera de 1700 á 1701, ni dentro ni fuera de España se habló apenas de otra cosa que de la resolución de este grande asunto. Luis XIV, viendo que en Madrid tenía ya recobrado lo perdido, comenzó á moverse por fuera con nuevo empeño. Persistía en el propósito de hacer entender á los españoles que tenían que darse á él ó someterse á la desmembración del reino. Para ello negoció un nuevo tratado de repartición con el rey Guillermo III en Londres. Disponíase en él que por muerte del Príncipe de Baviera pasasen al archiduque Carlos los estados que á aquél estaban asignados, añadiéndose la Lorena á los que debía recibir Francia, y dándole en cambio al poseedor de aquel ducado el de Milán. Y si el Archiduque no admitía el tratado en el término de tres meses, determinábase que toda su parte sería secuestrada, nombrando los aliados Príncipe que ocupase su puesto. Protestó el Emperador contra el tratado, y el Rey de España hizo fuertísimas reclamaciones en Londres y París, de cuyas resultas el marqués de Canales, nuestro Embajador, fué expulsado de Inglaterra y se rompieron las relaciones entre las dos Coronas. Aprovechóse el partido austriaco de esta nueva falta de Luis XIV, y puso en tal disposición el ánimo del Rey, que Harcourt tuvo que volverse á Francia, llamado por su Soberano. Ubilla ayudó poderosamente á la Reina. Prometióse á esta casarla con el heredero imperial, si lograba que fuese nombrado heredero el Archiduque, y Doña Mariana no sólo admitió el partido, sino que delató á su marido la promesa que le había hecho Harcourt de casarla con el Delfín, después que él muriese. Ya se habían dado órdenes á los Virreyes de Italia para admitir guarniciones imperiales, y el partido francés parecía del todo perdido. Estorbó lo de las guarniciones la amenaza que hicieron Francia é Inglaterra de declarar inmediatamente la guerra, y la habilidad de Portocarrero y los demás españoles que seguían el partido del duque de Anjou, puso definitivamente de su parte la victoria.

Porque en el verano de 1761, después de una excursión al Escorial, donde sintió algún alivio, cayó Carlos en el lecho de que no había de levantarse jamás. Instalóse Portocarrero en su aposento, y sin hablarle más que de cosas religiosas, logró ahuyentar á la Reina y á Ubilla y á todos sus parciales, incluso el confesor Torres Padmota y el inquisidor Mendoza, pues para la asistencia espiritual del enfermo traía ya él consigo dos frailes que suponía en olor de santidad. El Rey, que veía ya su muerte inmediata, entregó á Portocarrero el cuidado de su salvación, que fué entregar su Corona á la casa de Francia. Indújole el artificioso Cardenal á que hiciese testamento que él no quería; luego lo persuadió de que pidiese dictamen á los diferentes Consejos sobre el nombramiento de heredero. La mayoría del de Castilla, ganada ya, opinó porque fuese preferido el francés. En el Consejo de Estado fué la discusión muy viva. El duque de Medinasidonia, los marqueses de Villafranca, Maceda y el Fresno, y los condes del Montijo y de San Esteban, opinaron con Portocarrero en favor de la casa de Anjou; el conde de Frigiliana y Aguilar y el de Fuensalida se opusieron á ello, pidiendo que se convocasen unas Cortes generales del reino, donde se eligiese sucesor libremente. Apoyábanse en muy sólidas razones, en especial aquella de que no era fácil conciliar en ninguno de los pretendientes las distintas leyes de Aragón y Castilla. Desechó la mayoría todo pensamiento de convocar Cortes, y el de Frigiliana, levantándose conmovido, pronunció estas nobles palabras, dignas de más pura lengua: «hoy destruís la Monarquía.» Acordóse que el duque de Anjou debía ser nombrado heredero. Resistía, sin embargo, el Rey, y sabiendo Portocarrero que el Papa estaba muy irritado contra el Emperador, aconsejó que se sometiese á su decisión el caso. Gustó Carlos del Consejo, y la respuesta de Inocencio XII fué, como esperaba Portocarrero, favorable al francés.

Entonces, Carlos no resistió más, y llamando á Ubilla, en presencia de Portocarrero y de D. Manuel Arias Mon, le hizo que extendiera un testamento, nombrando por heredero en todos sus estados y señoríos al duque de Anjou, «reconociendo—decía—que la razón en que se funda la renuncia de las señoras Doña Ana y Doña María Teresa, Reinas de Francia, mi tía y hermana, á la sucesión de estos reinos, fué evitar el perjuicio de unirse á la Corona de Francia, y reconociendo que viniendo á cesar este motivo fundamental, subsiste el derecho á la sucesión en el pariente más inmediato, conforme á las leyes de estos reinos, y que hoy se verifica este caso con el hijo segundo del Delfín.» Nombró una Junta para que gobernara sus reinos durante la ausencia del de Anjou, compuesta de la Reina su esposa, Portocarrero, Montalto, Arias, Frigiliana, Benavente, el Inquisidor general Mendoza y D. Antonio de Ubilla como secretario. Y hecho esto, exclamó con los ojos llenos de lágrimas: «Dios es quien da los reinos.» Con que manifestó la repugnancia que le costaba el desheredar á su familia. Cerróse el testamento solemnemente, y Portocarrero y los suyos lo notificaron al punto al rey Luis, cerciorándose de que estaba dispuesto á tomar entera la herencia y á defenderla con las armas, á pesar de los tratados de repartimiento que había hecho. Pocos días después, Carlos se halló incapaz de entender en asunto alguno de gobierno, y expidió un decreto confiándolo en lo civil y militar al cardenal Portocarrero, hasta su muerte. Quiso éste por cortesanía que se le asociase la Reina; pero Carlos no consintió en ello, mostrando así que había llegado en sus últimos momentos á aborrecerla. Al fin, el día de Todos Santos de 1701, después de haber recibido muy devotamente los sacramentos, expiró el desdichado Carlos, repitiendo: «ya nada somos»: Príncipe, como dejamos indicado, digno de lástima y amor, no de odio y desprecio.

No hay que explicar largamente cómo quedaría la Monarquía. Ya en 1686 decía el economista D. Miguel Álvarez Osorio y Redín estas palabras: «Si todo no se desbarata, es imposible remediar esta Monarquía, si Dios no envía un ángel para libertarnos de esta confusión y cadena que labró la malicia». El conocimiento no faltaba; pero, ¿y el remedio del mal? Hallábalo entre otras cosas el buen Osorio, en «reducir el número de artesanos y mercaderes, porque además de defraudar las rentas reales, quitaban las ventas unos á otros». Es imposible imaginar mayor absurdo; pero tal andaban los estudios entonces. Hubo, sin embargo, un hombre, harto censurable como Ministro, D. Manuel de Lira, que siendo Presidente de Indias dirigió al Rey un memorial digno de eterna memoria, en el cual proponía francamente que se llamasen á España capitalistas extranjeros, que se les abriese el comercio de América, y que se les permitiese seguir su culto á cada uno, con tal que no fuese en público, concediéndoseles cementerios y otros privilegios que aún hoy se les disputan. Pero los sabios consejos de Lira, fundados en su mucha experiencia de viajes y negocios, no fueron oídos, y gracias que era poderoso, que si no la Inquisición hubiera dado buena cuenta de su persona. Á manos de la represión de este tribunal infausto había ya muerto todo género de filosofía, y tras esta ciencia matriz habían desaparecido todas las ciencias y artes. Alguno que otro poeta dramático de mediana importancia, y éste ó el otro lírico culto interrumpen de vez en cuando el silencio de nuestras letras. Mas sólo los eruditos florecen y dan algún honor á nuestra patria. Nicolás Antonio, Mondéjar, Ferreras y D. Juan Lucas Cortés ofrecieron á nuestra última decadencia el consuelo que tienen todas, que es el de rebuscar en lo pasado. Eran, sin embargo, varones dignos de otro tiempo y de otra patria.

Illustration from Historia de la decadencia de España
Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings