-XXVIII-
Reading edition
Al día siguiente el Vizconde fue a visitar a Rafaela, que vivía en el primer piso de una magnífica casa, no lejos del Arco de la Estrella, en calle y barrio nuevos y elegantes. Rafaela no estaba en casa o no recibía. El Vizconde volvió casi de diario, pero siempre en balde.
Así transcurrió, no sin grande impaciencia del Vizconde, una semana entera, y llegó otro viernes, día en que la señora de Pinto tenía su tertulia.
El Vizconde acudió tan temprano, que sólo encontró a la señora y señoritas de la casa y a tres o cuatro amigos íntimos que habían estado a comer con ellas. Tuvo, pues, ocasión de ir pasando revista, según entraban, a todas las personas que fueron a la tertulia aquella noche.
Rafaela no aparecía y el Vizconde casi había perdido la esperanza de que apareciese, cuando al fin la anunció en voz alta un criado, diciendo desde la antesala:
—La señora de Figueredo y el Barón de Castell-Bourdac.
Se diría que el Barón era el indispensable complemento de Rafaela.
El Vizconde la saludó al entrar y cruzó con ella algunas palabras; pero acertó a contenerse durante más de una hora, para que ella se cansase de charlar con sus admiradores y amigos y de recibir adoraciones, y espió la ocasión propicia en que ella estaba menos rodeada, a fin de osear fácilmente a los interlocutores enojosos y poder hablar con ella sin que nadie interviniese en la conversación ni le molestase.
Harto difícil era esto, pero al cabo lo consiguió. Creyó notar además, con íntima alegría, que para conseguirlo, si el amor propio no le alucinaba, Rafaela había puesto mucho de su parte, haciendo que desmayase la conversación, no dando cuerda a los que hablaban con ella y disimulando poco su fastidio.
En suma, el Vizconde pudo hablar con Rafaela en medio de aquel bullicio, como si estuviesen ambos a solas.
Aunque pequemos de entrometidos, acerquémonos al sofá del boudoir en que ambos están sentados y oigamos algo de lo que dicen. Sin duda habían hablado ya de muchas cosas, cuando Rafaela prosiguió diciendo:
—Ahora soy independiente y libre como el aire. Alguna compensación ha de tener lo melancólico de mi aislamiento. Ni el deber, ni la gratitud, ni el amor me enlazan hoy, por manera singular, fuerte y exclusiva, con ningún ser humano. Esta paz y este sosiego de que gozo fomentan mi egoísmo, y cada día se acrecienta más mi temor de perder ese sosiego y esa paz que me son tan gratos y tan caros en medio de la agitación y del tumulto de esta ciudad populosa. ¿Por qué pretende usted privarme de mi tranquilidad y despertar mi corazón que se reposa y está como dormido? Desecharé la modestia y convendré con usted en que el tiempo no ha hecho estragos en mi ser corporal.
—Está usted más hermosa, más interesante, más lozana que nunca,—interrumpió el Vizconde.
—Sea así,—replicó ella—. Muy lisonjeada me siento de que usted lo crea y muy inclinada a creer y muy satisfecha de creer que usted no se engaña; pero si el cuerpo permanece como si hubiera vivido encantado o como si no hubiera vivido, el alma mía ha envejecido de una manera horrible. Se me figura que mi alma vive, piensa, padece y ama desde hace miles de años. Mi alma está fatigadísima. Déjela usted que se repose. No me la inquiete. Seamos buenos amigos, mejores amigos que nunca; pero nada más.
—Hoy menos que nunca puedo yo resignarme a no ser más que buen amigo de usted. Esa necesidad de reposo que usted me dice que siente me parece fingida. Cuando el cuerpo, que es mortal, está brioso y floreciente ¿cómo quiere usted que crea yo que el alma está fatigada? A veces sospecho que tiene usted otros amores. Comprendo entonces que usted no me ame; pero si no tiene usted otros amores, ámeme a mí y sean estos los últimos amores de usted y míos. Busca usted el reposo, pero el reposo no se halla en la negación del amor. El reposo y la dicha no están en que el alma ame sin objeto, o en que combata para vencer un amor naciente, o en que muerto en ella el amor de todo lo visible y asequible, se forje para satisfacción de su amor siempre vivo un objeto ideal, que jamás se realiza en la tierra. Mi alma también se siente como la de usted triste y fatigada; mas por eso mismo, y conociendo que la soledad no disiparía su tristeza ni aliviaría su fatiga, quiere el dulce apoyo de una compañera, no para lanzarse con ella en busca de violentas emociones, sino para hallar en ella la paz que le falta y el bien y el regalo que sólo pueden calmar la sed que siente de inefables venturas.
—Muy sutil y poético está usted esta noche—dijo Rafaela sonriendo—. Y lo peor es que está usted muy razonador y dialéctico; y vamos, empiezo a tener miedo de que usted me convenza. Para huir del peligro me decido a poner término a este coloquio. Déme usted el brazo.
Rafaela se levantó del sofá, tomó el brazo del Vizconde, recorrió las salas y fue saludando y hablando a multitud de personas.
El Vizconde, a pesar de tantos saludos y conversaciones diversas, no dejaba de insistir en su pretensión. De vez en cuando, en los intermedios, esto es, siempre que Rafaela dejaba de hablar a una persona para ir a hablar con otra, el Vizconde, con palabras rápidas, dichas casi al oído de ella, le rogaba que le amase. Ella parecía no oír o no entender y no le daba respuesta.
Llegó por último la hora de partir, sin que Rafaela cediese, sin que al menos diese esperanza.
Vio Rafaela al Barón de Castell-Bourdac y le encargó que fuese a buscar su abrigo. Se despidió luego de la Sra. de Pinto, y, siempre del brazo del Vizconde, se dirigió a la antesala.
Aquella noche había en la tertulia mucha gente, y el Barón tardó bastante en volver con el abrigo, a pesar de lo habilidoso que era para tales menesteres. Las súplicas del Vizconde fueron entonces más fervorosas y reiteradas. Rafaela se quedó un momento pensativa y como vacilante. Al fin dijo al Vizconde en voz muy baja:
—Sea; usted lo quiere y el diablo lo quiere también.
—¿Y cuándo?—dijo con ansia el Vizconde.
—Dentro de doce días, el 20 de este mes—contestó ella—, hasta entonces ni nos hablaremos ni nos veremos.
—¿Y por qué tan largo plazo?—exclamó él.
—Porque quiero—dijo ella—imitar con usted lo que hizo Ninon de Lenclos con el abate Gedoyn.
—¿Y qué hizo Ninon con el abate?
—Aguardó para hacerle dichoso y le hizo dichoso el día de su cumpleaños. Trazas tiene de fábula, pero afirman las historias que Ninon cumplió ochenta aquel día. Mucho disto yo de ser tan anciana, pero el 20 de este mes cumpliré los cincuenta. Quiero que al terminar el primer medio siglo de mi vida, la cual no sé si tema o espere yo que dure todo un siglo, empiecen mis más serios, constantes y últimos amores. No me engañe usted, Vizconde; ¿quiere usted como yo que estos últimos amores nuestros sean serios y constantes?
—No me basta con desear que sean para toda la vida; quiero que sean inmortales.
—Pues a fin de entrar solemnemente, y como en nueva era, en la inmortalidad de esos amores, vaya usted a mi casa el 20, a las cinco de la tarde. Estaré sola.
En esto volvía ya el Barón de Castell-Bourdac, muy diligente y apresurado, con el abrigo de Rafaela. Trató de disculpar su tardanza, puso el abrigo a la dama, le dio el brazo, bajó con ella la escalera y sin duda la acompañó en coche a su casa.
El Vizconde apenas se dignó reparar en esta intimidad de Rafaela y del Barón, a quien había calificado de tan simpático como inofensivo.
Refrenando con dificultad su impaciencia, el Vizconde sintió pasar los días con lentitud hasta que llegó el 20 al cabo.
Aún no habían dado las diez de la mañana, cuando le trajeron un grueso pliego cerrado y sellado. Rompió el sobre y halló dentro un precioso librito, encuadernado con buen gusto y esmero en cuero de Rusia, al cual estaban asidos tres No me olvides y un trébol de cuatro hojas, en oro esmaltado. Un broche de oro, esmaltado también, cerraba el librito. Separadamente había un papel, donde el Vizconde leyó estas palabras:
—Antes de que vengas a verme y antes de que tu alma llegue a unirse en estrecho lazo con la mía, quiero que la conozcas bien y que penetres en los abismos que en ella hay.
Hasta el día en que te fuiste de Río, nadie mejor que tú conoce mi vida. Después han sobrevenido en ella sucesos que profundamente la modifican. Ni para confiarlos, ni para decir las penas y los sentimientos que estos sucesos han causado en mi alma, he encontrado un amigo a propósito hasta que hará cerca de veinte días te encontré en casa de la señora de Pinto. Mi alegría fue grande al verte de nuevo. No pensé aún en que por amor iba a volver a ser tuya, pero pensé en nuestra antigua amistad y me propuse renovarla, estrecharla y hacerla ya más constante y sin interrupciones. Pensé también confiarme en ti y desahogar mi corazón diciéndote todos mis disgustos y mis dolores todos. Con este intento, sin orden, según las ideas y los recuerdos acudían a mi mente, me puse a escribirlos con precipitación en el libro que te remito adjunto. Escritos están ya, léelos y queda así apercibido para que no te sorprenda lo más extraordinario ni lo más raro.
Lleno el Vizconde de curiosa ansiedad, después de leer esta advertencia, abrió el libro, le leyó y vio que decía de esta suerte: