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Genio y figura

-XI-

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Mientras mejor dotado de brillantes cualidades entendía Rafaela que estaba un sujeto, y mientras mayores simpatías le inspiraba, mayor y más vehemente era en ella el deseo de corregir sus faltas, haciendo de él un dechado de perfección, hasta donde la perfección es dable a nuestra decaída humana naturaleza. Por esto me atrevo a asegurar que con nadie anheló más fervorosamente ejercer su eficaz magisterio que con el ilustre Pedro Lobo, Ayudante de campo de Juan Manuel Rosas, dictador de la República Argentina.

En 1850, Pedro Lobo había venido a Río con el carácter oficial de Agregado militar a la Legación de su patria, si bien se susurraba que tenía instrucciones secretas del dictador, cuyo favorito era.

La fama había precedido en Río a Pedro Lobo, refiriendo sus extraordinarias hazañas contra los indios del extremo Sur de la Pampa, más allá de Carmen de Patagones, y contra los unitarios refugiados en Montevideo, dando cuenta, con mil novelescos pormenores, de sus correrías por las más apartadas regiones de la misma Pampa, de los Andes, y de la Patagonia, y ensalzando sus raras prendas de carácter, su brío indómito y su agilidad y destreza en todos los ejercicios del cuerpo. Nadie desbravaba mejor que él el más fogoso potro no domado; nadie disparaba mejor las bolas ni detenía con el lazo, ya a los toros bravos, ya a los ligeros avestruces o ñandúes, ni nadie manejaba mejor el puñal y el machete, ni tenía tino más certero con la carabina.

Mil lances extraños y no pocos actos de inaudito arrojo habían dado a Pedro Lobo fama de hábil y astuto capitán y de valeroso soldado, sirviendo, durante seis años, en la República Oriental del Uruguay, en favor de Rosas y a las órdenes de Oribe. Pedro Lobo se jactaba, y no sin fundamento, de haberse hallado en cien combates, y de haber sido el más rudo adversario de la valerosa legión italiana mandada por Garibaldi.

Sabedor Juan Manuel Rosas de los grandes servicios y del raro mérito de Pedro Lobo, le llamó a su lado y le prestó toda su confianza.

Era Pedro Lobo fanático de americanismo. Nunca fue Rosas tan lejos como él en su amor y en su entusiasmo por América y en su aborrecimiento de los europeos.

Allá a su manera, no sabré decir si de su propio caletre, o de oídas, o por lecturas de algunos libros, Pedro Lobo había sacado o construido una singular filosofía de la historia. Según él era evidentísimo el progreso del linaje humano, viniendo a realizarle sucesivamente razas cada vez más nobles. Fue primero la raza negra: vino después la raza amarilla. Y cuando la raza amarilla alcanzó el término de su cultura y puso en práctica todo su ideal, apareció la raza blanca con su gloriosa historia de persas, babilonios y fenicios, griegos y romanos, y naciones cristianas, medioevales y modernas. Pero el fin de la civilización de Europa tocaba ya a su término. De su propio seno habían de surgir sus destructores: un proletariado inculto, hambriento, esclavo de la miseria, atormentado por el trabajo continuo, y ofendido por el desprecio, había de levantarse lleno de ira y acabar con todo. Las abultadas noticias de las recientes luchas revolucionarias, promovidas por el socialismo, corroboraban a Pedro Lobo en su opinión. Aquello era para él el principio del fin. La evolución total de la cultura europea vendría al cabo a terminar en espantosa tragedia; pero en América estaba el porvenir del mundo. Una nueva raza, la americana, debía ya mostrar en flor la aurora de más alta, sana, poderosa y duradera civilización, en aquel nuevo continente. La audaz empresa de Colón y la venida de los españoles habían retardado este florecimiento y aun puesto en peligro de que se secara o se destruyera la planta en que había de darse. Según Pedro Lobo, los españoles habían sido como venenoso reptil que trepa a lo alto de la roca donde el cóndor tiene su nido, y devora o mutila a los polluelos antes de que les crezcan las alas para enseñorearse del espacio sin límites, remontarse más allá de las nubes, y mirar el sol de hito en hito. Los españoles habían sido, cuando aportaron a América, como granizo destructor que cae en fértil suelo, al empezar la primavera, y rompe y destroza las yemas y los brotes de los árboles, impidiendo que se revistan de flores y verdura, y que den más tarde frutas sabrosas y dulces. En todas las tribus y lenguas que cubrían y animaban el Nuevo Mundo, en el Anahuac, en el Yucatán, en Guatemala, en la risueña meseta de los Andes, donde moraban los chibchas y en el resto de la América del Sur, sobre todo, entre los quichúas y los guaraníes, germinaba y estaba ya pronta a abrirse como flor hermosa una civilización original e indígena que los españoles arrancaron de cuajo, borrando sus huellas, aniquilando hasta su recuerdo, y, ora destruyendo la raza que iba a dar al mundo esa civilización llena de novedad inaudita, ora sumiendo en la abyección a esa raza por medio de la servidumbre, del oprobio, de rudos trabajos y de inhumanos castigos.

Pedro Lobo tenía en sus venas mucha sangre india, pero también tenía en sus venas sangre española. La sangre india, sin embargo, se sublevaba furiosa contra todo cuanto había en él de español. Aún esperaba él el remedio de tantos males: que manase de nuevo con abundancia el represado manantial americano; que se regenerasen los pueblos del Nuevo Mundo, y que su comprimida superior cultura retoñase y apareciese espléndida antes de que desapareciese la civilización europea en medio de las convulsiones de un horroroso cataclismo.

A veces columbraba Pedro Lobo, en visión profética, a toda Europa tan arruinada ya y tan desierta como contemplamos hoy el centro de Asia. Se figuraba a París, Londres y Viena, como contemplamos hoy los amontonados escombros de Nínive y de Babilonia. Lo que es de Madrid afirmaba que apenas quedaría rastro: sólo quedarían tal vez algunos cimientos del Palacio Real. Y como estos cimientos estarían tan solos, los hombres de las futuras edades imaginarían que había habitado en aquel alcázar un tirano anacoreta, un monarca misántropo y amigo de la soledad, que había ido a buscar para su vivienda un yermo inhospitable, feo y estéril.

Después de trazar de tan linda manera el cuadro de la Europa del porvenir, Pedro Lobo pintaba en su imaginación una América resplandeciente y dichosa, con artes y ciencias superiores a las europeas, originalísimas y casi sin antecedentes. Y como ciudad principal, centro y cabeza de este nuevo mundo, ponía él a Buenos Aires, su patria, en cuya ingente plaza mayor se levantaría grandioso monumento, más alto que la más alta de las pirámides, a la memoria de Juan Manuel Rosas, precursor y fundador de la nueva era y tremendo nivelador y constructor del camino por donde el linaje humano en América había de subir a tamaña altura.

El profeta filósofo, sustentador de las teorías que aquí se ponen en resumen, se hizo pronto uno de los más asiduos tertulianos de la señora de Figueredo.

Apenas tendría él treinta y cinco años. A pesar de su odio a España, tenía más apariencias de español que de indio. Parecía un andaluz moreno, esbelto y gracioso, con un no sé qué de extraño que le diferenciaba y distinguía. Y a pesar de su odio contra la civilización europea y a pesar de su vida y hábitos de gaucho, se allanaba y se resignaba, con naturalidad y sin esfuerzo, a aparecer, en la vida y trato de las ciudades, como un caballero atildado, pulcro y bien vestido, ya de frac, ya de levita, a la última moda, con botas de charol, y por las noches con corbata blanca y guantes amarillos o lilas. Rafaela le encontraba muy fino, y lo que es el señor de Figueredo aún ponderaba más su finura.

Con lo único que Rafaela no podía transigir era con el fanatismo anti-europeo y sobre todo anti-español de sus doctrinas históricas.

Rafaela se empeñó, pues, en convertir a Pedro Lobo, haciendo de él una persona razonable.

Este empeño no podía ser más natural ni más propio de las mujeres. ¿Cuántas de ellas no han soñado con traer o han traído, ya herejes o paganos al gremio de la cristiandad, ya desaforados criminales a una vida penitente, y ya a la templanza, a la paz y a las costumbres morigeradas a hombres crapulosos, jugadores y pendencieros?

La tentación de Rafaela era difícil de vencer. Rafaela se propuso hacer de Pedro Lobo otro hombre. Y para ello decidió emplear su buena maña y sus suaves rodeos; pero como Rafaela profesaba con ardor una filosofía de la historia totalmente contraria a la del gaucho y era además una española llena del más ardiente patriotismo, siempre le faltaban la paciencia y el disimulo para no impugnar con violenta furia los asertos del gaucho, que ella juzgaba intolerables errores y desaforadas blasfemias.

De aquí que muy a menudo sus conversaciones con Pedro Lobo, más frecuentes cada día, fuesen una acalorada disputa.

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