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Genio y figura

-XXI-

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Rafaela, que era generosa de todo, lo era también de aplausos y de alabanzas. Por nada del mundo hubiera gustado de que silbasen a la Stolz como la habían silbado a ella, a no tener a la mano otro D. Joaquín para consolarla de la silba. Rafaela quiso, pues, que la Stolz triunfase, y se propuso contribuir a su triunfo. Y como Rafaela además era aficionadísima a la música, no se resignó a dejar de oír a tan egregia cantarina. De aquí que saliese del retraimiento en que por la pena de la reciente muerte de Arturito se encontraba y apareciese en su palco, en el teatro, la primera noche en que la Stolz cantó en la Semíramis. Don Joaquín fue también, aunque estaba tan apesadumbrado como si hubiese perdido un hijo.

En el entreacto, el vizconde de Goivoformoso y Juan Maury, que estaban en butacas contiguas, subieron juntos a visitar a Rafaela.

Muy impresionado estaba el vizconde, así por el canto como por la acción y la mímica de la Stolz, pero casi le borró aquella impresión una sorpresa que D. Joaquín, sin pensarlo ni quererlo, acertó a dar a él, y también a Juan Maury y a Rafaela.

No sabemos cómo se habló de Arturito y se lamentó su muerte. Don Joaquín se conmovió, hizo tres o cuatro pucheritos y se le saltaron las lágrimas.

—Toda mi vida—exclamó—, conservaré como recuerdo una prenda suya, que, sin duda, Madame Duval llevó a la alcoba de mi mujer, donde yo la encontré hace dos o tres días. Esta es la prenda.

Y levantando la mano del puño del bastón en que la tenía apoyada, dejó ver la cabecita de marfil que ya hemos descrito. Y llorando todavía por el difunto, tocó el resorte y movió la cabecita para que bajase y subiese los párpados, abriese la boca y sacase la lengua, luciendo sus habilidades. Al ver aquello, el vizconde se sonrió con malicia mirando a Juan Maury; éste se puso rojo como la grana, y Rafaela, sin poder reprimirse, empezó a reír a carcajadas. Don Joaquín hubo de imaginar que a Rafaela le hacían mucha gracia las muecas de aquel muñeco, y le movió más, poniéndosele delante. Rafaela rió entonces con carcajadas más sonoras, y, para no llamar la atención del público, se retiró al fondo del palco. Allí siguió la risa, y siguió, hasta que D. Joaquín, que había cesado ya de mover el resorte, acabó por alarmarse. También se alarmaron Juan Maury y el vizconde, únicos allí presentes. La risa, por caso extraño, se convirtió en ataque de nervios. Fue menester que Rafaela se retirase a su casa a media función, sin contribuir al triunfo de la famosa cantarina y sin presenciarle.

Sólo el vizconde, testigo de aquella escena, pudo comprender sus causas y explicar su significado.

Don Joaquín no volvió a servirse del bastón, porque Rafaela le dijo que el verle le hacía daño.

En efecto; Rafaela era una criatura muy singular. Al principio halló chistosa la equivocación de su marido y se rió de todas veras, con placer semejante al que produce la representación de un grotesco sainete; pero la tenaz persistencia de la escultura en sus muecas y visajes le produjo un efecto muy raro. Del mismo modo que al restregar un fósforo se hace brotar la llama, se diría que aquella figura, con sus persistentes y fantásticos movimientos, le restregó las telas del cerebro, y barriendo de allí las imágenes ridículas, hizo aparecer el cuadro vivo de tristes sucesos a que ella había dado ocasión, cuando no causa, y la no menos viva representación de la deplorable facilidad con que ella, casi sin saber cómo, había abandonado, en un momento de alucinación, los sinceros propósitos y los excelentes planes que le había hecho concebir el Padre García. Tal vez en la misma noche en que Arturito y el gaucho reñían un duelo a muerte, ella con el inglesito se había olvidado de todo. El puño del bastón, con su monstruosa y semi-humana figura, de repente se trocó en un espectro para ella; en un espectro que acudía a atormentarla con burlas espantosas.

La señora de Figueredo, con todo, no se ahogaba en poca agua ni se asustaba por cualquier niñería. El ahogo y el susto pasaron pronto. Todas las cosas volvieron al ser que tenían.

El inglesito llegó a ser íntimo en casa de Rafaela. Don Joaquín concibió por él mucho más cariño que el que tuvo al gaucho, y casi estamos por afirmar que un poco más que el que tuvo a Arturito. Hasta la propia Madame Duval le cobró mayor amistad, le consideró más que a nadie y le miró como si fuese el señorito hijo de la casa, hablándole siempre en inglés y dándole el tratamiento de Master John.

Pasado este incidente, advertido sólo por el vizconde de Goivoformoso y por los tres actores principales, empezó y transcurrió una época brillantísima para el hotel de los señores de Figueredo y famosa en los anales de la high life fluminense. Banquetes, animadas tertulias, bailes, lucidas cabalgatas y hasta giras de campo se sucedían con corta interrupción. El inglesito no faltaba jamás en estas diversiones. Y Rafaela, como el sol en el meridiano, resplandecía por su hermosura y elegancia y parecía dichosa. Lo que es D. Joaquín no se mostraba menos elegante ni menos satisfecho, aunque sí harto menos bonito, y dejando notar en la flojedad de sus piernas y en el temblor de sus manos que lo que llaman vulgarmente el bajón iba llegando para él, y que así para él como para los demás mortales, no pasan en balde los años.

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