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Genio y figura

-XXVI-

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Creyendo la señora de Pinto cumplir con un deber y deseosa además de presentar al Vizconde a los más notables personajes de su tertulia, se apoyo en su brazo y recorrió con él los salones. La concurrencia era verdaderamente cosmopolita, y, al parecer, de lo más selecto y encopetado. Verdad es que la señora de Pinto no nombraba sino a las personas que más notables le parecían, y sólo a las archinotables presentaba al Vizconde. Había allí cuatro príncipes rusos y dos o tres griegos, varios marqueses italianos, un miembro del Parlamento inglés, un célebre poeta rumano, algunos señores polacos y seis o siete condes de Alemania y de Austria, todos hof-fähig, o dígase capaces de asistir en la corte, con dieciséis cuarteles cabales, y sin el menor menoscabo ni deterioro en ninguno de ellos. Las esposas, hijas o hermanas de todo aquel señorío masculino daban a los salones gracia, hermosura y lucimiento.

Había allí también literatos franceses, aunque de quinto o sexto orden, o de aquellos cuya celebridad y gloria estaban aún en ciernes o en capullo, sin acabar de florecer y de abrirse a la clara luz del día; periodistas de varios partidos y media docena de banqueros o aprendices de banqueros, unos israelitas y otros católicos.

No se habla aquí de los españoles, portugueses y americanos, porque estos eran muchos y formaban la gran mayoría de tan híbrida asamblea.

Entre los varios sujetos a quienes la señora de Pinto presentó al Vizconde, ninguno llamó más su atención, atrajo más su curiosidad ni le inspiró mayor simpatía que un caballero gascón, llamado el Barón de Castel-Bourdac. Sin ver en ello el menor rasgo de caricatura, y sin poner ironía en el tono o en el giro de la frase, podíase afirmar de este Barón, tanto a primera vista, como después de hablarle y tratarle, que en su porte, en sus modales, en su conversación y en su traza, era todo un gentil hombre: un caballero muy distinguido. Algo había en él de ridículo, pero estaba tan hondo y bien disimulado, que era menester penetrar mucho para que se descubriese. Tenía él cerca de setenta años, pero no estaba ni muy grueso ni muy flaco, era ágil y esbelto, no se pintaba la cara ni se teñía la barba ni el pelo, cuya limpia blancura despedía resplandor argentino. Su traje, sin nada que se contrapusiese a la ancianidad de la persona, era sencillo y elegante. Nada de dijes. Sólo botoncillos de nácar cerraban la bien planchada pechera. El lazo de la corbata blanca estaba improvisado sin artificio. El chaleco era negro.

Pasaba el Barón por persona de conversación amenísima. Sus chistes eran repentinos, frescos y no recalentados ni preparados en casa. Todo el mundo sabía que era pobre, y él distaba infinito de ocultarlo, aunque nunca se lamentaba de su pobreza. No adulaba a nadie, pero no hablaba mal de nadie tampoco. Estaba lleno de ingénita benignidad y de natural indulgencia. Era gracioso y hacía reír con sus ocurrencias, sin poderlo remediar: de la manera más espontánea, sin chocarrerías ni bufonadas, y sin que ni remotamente se descubriera en él el propósito de ganarse por aquel mérito las voluntades y de adquirir reputación y valimiento.

Lo más censurable que en él había, estaba fundado en el consorcio estrecho, en la combinación fecunda de su imaginación y de su memoria. Se diría que recordaba cuanto inventaba y que inventaba cuanto recordaba. Siempre que contaba algo, lo soñado y lo vivido eran como si fuesen idénticos, apareciendo él de resultas, no embustero, sino poeta. Pero en sus cuentos, ora fuesen ficción, ora historia verdadera, nada había nunca en perjuicio del prójimo, y a veces había mucho de verdad, aunque exagerada y bordada. Las telas de su cerebro eran como mapa confuso, donde estaban muy borrosos los límites entre lo real y lo ideal, lo fantástico y lo positivo.

De todos modos, era innegable y notorio que el Barón había poseído bastantes bienes de fortuna que en su mocedad había disipado; que hacía treinta o cuarenta años había figurado como joven muy gallardo e interesante, conquistador de no pocos corazones femeninos, y que por su nacimiento y familia bien se podía jactar de ser muy ilustre. Él ponderaba y encarecía sus perdidas riquezas, sus antiguas conquistas, lo glorioso de su cuna y su clarísima prosapia. Sin duda, él elevaba todo esto a la cuarta o a la quinta potencia, pero tenía por raíz exacta la verdad, y nadie lo desconocía.

Puestos ya en comunicación el Barón y el Vizconde, la señora de Pinto dijo a éste:

—Ahora voy a dar a usted una muy agradable sorpresa; voy a llevarle a la presencia de la que por su beldad, discreción y elegancia, es reina de estos salones y lo sería de cualesquiera otros en que se hallase.

—¿Y por qué ha de ser eso una sorpresa?—preguntó el Vizconde.

—Es una sorpresa—replicó la señora de Pinto—, porque la dama de que hablo es una antigua, íntima y constante amiga de usted, a quien tiene usted muy olvidada.

Y sin más explicaciones, llevó al Vizconde al boudoir, donde no habían entrado aún.

Cercada allí de seis o siete caballeros y en muy animada conversación, había una dama, en cuyo traje y adornos nada se notaba de llamativo ni de extraordinario, pero en quien todo sujeto inteligente y perito en cosas del gran mundo hubiera notado en seguida valer superior a cuanto en torno tenía. Hubiera podido imaginarse que era un ser de más fina y noble naturaleza, como caído de las nubes, en medio de aquella sociedad de distinción más aparente que real.

La dama llevaba un traje de seda negra. En su blanca garganta lucía un magnífico collar de gruesas y redondas perlas. Y perlas adornaban también sus negrísimos cabellos. Su edad, nadie hubiera acertado a determinarla. Parecía no tener edad, como las diosas o como las inmortales obras del arte. En sus expresivos y negros ojos ardía la llama de perdurable primavera y en sus mejillas tersas, sin el menor afeite, florecían las rosas de juventud sana, inmarcesible y sin término. Grande era la serena majestad que se notaba en sus movimientos y en los gestos y expresión de su cara, aunque hablaba y reía con la mayor animación, naturalidad y desenfado, no dejando traslucir, ni por un leve instante, el afán de excitar la admiración y de obtener el encomio. Ella parecía como olvidada de sí misma, deleitándose en hablar sin oírse y sin pensar en el efecto que su figura corporal, su voz y su palabra producirían.

Inmenso fue el asombro del Vizconde cuando reconoció en aquella dama a su excelente amiga Rafaela la generosa, bellísima como en el Retiro de Camoens, elegantísima y no menos bella que en Río de Janeiro, pero perfeccionada, refinada y elevada a un grado supremo de cultura, gracias a los muchos años que en la sabia escuela de París había cursado. Si vale y cabe la comparación, Rafaela se asemejaba, en lo vivo y en lo natural, a la obra maestra de un arte exquisito que con el tiempo gana y se mejora: a pasmosa e inspirada pintura, a la que presta suavidad apacible y aterciopelado realce la pátina del tiempo.

No bien la Sra. de Pinto presentó o mejor diremos representó al Vizconde a la Sra. de Figueredo, ésta le recibió con efusión vivísima y con la alegría franca y cordial de quien vuelve a ver, después de cerca de veinte años de ausencia, a un bueno y cariñoso amigo.

No tuvo, sin embargo, Rafaela, a quien pronto dejaron sola con el Vizconde los que antes la rodeaban, ni una sola palabra de queja por el olvido y por la indiferencia que al parecer él había tenido para con ella.

Rafaela pasó con rapidez deslizándose sobre toda la serie de años que ella y el Vizconde habían estado sin verse.

Habló con él como habló Fray Luis de León con sus discípulos después de salir de la cárcel. Rafaela dijo también: decíamos ayer; esto es, habló con el Vizconde como si reanudase con él la conversación de la víspera. Si algo se aludió al tiempo pasado, fue para afirmar él, con admiración y con insistencia, que ese tiempo no había pasado por ella sino para mejorarla, o que al menos, durante todo ese tiempo, ella había estado como las encantadas princesas de los cuentos de hadas, sin que el tiempo, al pasar, las toque con sus alas, ni las ofenda, ni las huelle. El tiempo las deja en el mismo ser que tienen, ya que al empezar el encantamiento y al ponerse en ellas no les preste algo de sobrenatural y divino. Con la obligada y casi indispensable modestia, que en ocasiones tales se usa, Rafaela trató de probar que había envejecido; pero al cabo, tal vez porque no lo creía, o tal vez para evitar enojosas discusiones, convino en que estaba tan bien o mejor que nunca. Después, ella y el Vizconde charlaron muy largo rato y ambos volvieron a sentirse tan amigos como veinte años antes en Río de Janeiro, y como cerca de treinta años antes en Lisboa.

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