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Genio y figura

-XX-

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Grosero y pesimista es el refrán que dice: el muerto al hoyo y el vivo al bollo. El refrán, con todo, tiene por desgracia mucho de verdad. A los siete u ocho días de muerto Arturito y a los tres o cuatro de ido Pedro Lobo, nadie se acordaba ya de Arturito, salvo su padre, Octaviano, Rafaela y el Sr. D. Joaquín, que le amaba y le lloraba como a su mejor amigo. Porque D. Joaquín, cual fruto almibarado y sabroso con cáscara amarga, no bien quedó despojado por el amor y el arte de su mujer de la cáscara de usurero en que durante muchos años se había parapetado y escondido, apareció como el ser más tierno y angelical entre todos los seres humanos.

En Río se seguía la vida de costumbre, si bien muchos caballeros y la elegante juventud dorada echaban de menos la tertulia de Rafaela, la cual andaba retraída y triste, y no recibía.

Muchos jóvenes de la buena sociedad acudían con frecuencia al casino como único recurso. Nuestros amigos, o por lo menos conocidos ya del lector, el vizconde de Goivoformoso y Juan Maury, eran de los que allí más acudían.

Hubo, a la sazón, un incidente que tiene trazas de insignificante, pero del cual importa dar cuenta ahora, porque contribuye algo a la claridad y al proceso de esta historia, quizás más verdadera que divertida.

En sus ademanes, en su conversación, en su modo de vestir, de presentarse y hasta de andar, era tan sencillo Juan Maury y carecía tanto de afectación y estudio, o los disimulaba tan bien, que las personas ordinarias no caían en la cuenta de su aristocrática y natural distinción, y sólo las personas que, si no tenían la misma distinción, eran dignas y capaces de tenerla, comprendían y estimaban en todos sus quilates la del inglesito: pero ni a unas ni a otras personas deslumbraba él ni hería o lastimaba con elegancias de relumbrón. Era todo lo contrario de lo que había sido Arturito al volver de París. La ropa, los dijes y los primores de Arturito habían excitado la admiración y la envidia. Su dandinismo había hecho estruendosa irrupción en la mente de sus maravillados compatriotas, mientras que el dandinismo de Juan Maury, casi a despecho de su poseedor, sólo se insinuaba con suave lentitud en el espíritu de la gente más delicada. Evidentemente, Juan Maury ni tenía en Río, ni hubiera tenido en parte alguna, el menor propósito de llamar la atención, y menos que por nada por adornos o perfiles que pueden comprarse en una tienda. Pero aún era muchacho y solía tener caprichos casi infantiles. Por uno, pues, había llamado la atención a pesar suyo. Nadie había reparado en que sus fracs y sus levitas tenían corte más elegante, ni que en todo lo demás de su traje había el sello de la perfección que cabe en lo humano; pero el bastón que llevaba de diario excitó la admiración e hizo el encanto de todos, porque entonces era objeto de altísima novedad, y de invención tan reciente, que tal vez no se contaría aún por todo el mundo media docena de semejantes bastones, los cuales, con el andar del tiempo, se han emplebeyecido y divulgado tanto, que ya nadie los lleva, a no ser algún cursi frenético y atrasado de moda.

El bastón de Juan Maury era un bambú como cualquiera otro. Por donde descollaba y pasmaba, era por el puño, hecho de marfil en forma de cabeza semi-humana, semi-perruna, bastante bien tallada. Los ojos eran de vidrio, imitando los naturales, y muy luminosos. La parte que figuraba el pelo estaba teñida de negro; en las mejillas había un tinte sonrosado, y en la boca vivísimo color rojo. Se tocaba un resorte o botoncito, y la figura entonces bajaba y subía los párpados, abría mucho la boca y sacaba y enseñaba una lengua muy larga y puntiaguda.

Las muecas de la cabeza esculpida, al moverse por medio del resorte de la manera ya indicada, divirtieron mucho a los jóvenes brasileños, y no pocos se apresuraron a ser presentados a Juan Maury para que les enseñara el bastón, cuyo éxito fue tan grande que le pidieron las señas de la ciudad y de la tienda donde le había comprado, y pidieron una buena remesa de ellos para Río.

Mucho distaba aún de llegar la remesa, cuando, en aquellos mismos días del lance entre Arturito y el gaucho, notó la gente que Juan Maury no llevaba ya el bastón. Le preguntaron por su paradero y él contestó que no sabía. El bastón se le había perdido. No había quedado rastro de él. Era como si la tierra se le hubiese tragado.

Tres puntos fueron los que en aquellos días se tocaron en las conversaciones en que la política o la literatura no entraban por nada. La muerte de Arturito y la pérdida del bastón, aunque pronto empezaron a olvidarse ambas cosas, y por último la aparición de la famosa contralto Rosina Stolz, que iba a estrenarse en el teatro principal, en la Semíramis de Rossini, donde ella era admirable, como actriz y como cantora, haciendo el papel de Arsaces.

Los filarmónicos, que en los ensayos la habían oído, estaban entusiasmados y referían maravillas, lo cual acrecentaba la envidiable fama que la había precedido antes de llegar de Europa y estimulaba en todas las personas de buen gusto la curiosidad y el anhelo de verla y de oírla.

Daba mayor interés a la aparición de la Stolz en el teatro de Río, el que se había formado un terrible partido contra ella, impulsado por el sentimiento patriótico. Y no porque nadie imaginase que podía existir rivalidad entre las modinhas del país y la música de los grandes maestros italianos, ni entre las indígenas y populares cantoras y una diva tan eminente y tan aplaudida en los principales teatros europeos. Todo era por culpa de un desaforado crítico francés, que no ha dejado de tener imitadores más tarde. Anticipándose a Julio Lemaître, que publicó un artículo en los periódicos dando consejos a Sara Bernhardt cuando fue a América, el referido crítico había dado y publicado también consejos a la Stolz antes de que se embarcase en un puerto de Europa para ir a la conquista del Nuevo Mundo.

Muy de veras me aflige no conservar el artículo de los consejos dirigidos a la Stolz para poder copiar aquí un trocito; pero como Julio Lemaître, en caso parecido, si no idéntico, vino a decir lo propio, pondré aquí algo de lo que dijo:

«Vais—le dijo, yo supongo que dirigiéndose a la Stolz—, a mostraros a hombres de poco arte y de menos literatura, que os comprenderán mal, que os mirarán con el asombro que se mira una ternera de cinco patas, que verán en vos un ser extravagante y estruendoso, y no la artista infinitamente seductora; y que no reconocerán vuestro talento sino porque les costará caro el oíros».

Para remachar el clavo con que el crítico hería el orgullo de la América latina, como ahora se dice, había en el artículo algunas amonestaciones a la artista, a fin de que no se dejase enternecer por las ardientes adoraciones de los entusiastas americanos, a quienes el articulista calificaba de sensuales y de candorosos, y que, inflamados de amor, irían a ponerse de hinojos ante ella.

Este arranque de la outrecuidance parisina enojó en extremo a los brasileños más patriotas, faltando poco para que no le produjese a la Stolz el amargo fruto de una silba. Por fortuna la filarmonía pudo más en esta ocasión que el patriotismo vidrioso, y la Stolz fue aplaudida frenéticamente, y llevada a su casa en triunfo, con música, antorchas y faroles encendidos. Hubo, no obstante, algún poeta satírico y avinagrado, que se vengó en la Stolz de la insolencia del crítico francés, y todavía conservo yo en la memoria algo de una graciosísima sátira que le compuso, donde después de afirmar que la artista era un desecho del viejo mundo y ella también vieja, justifica irónicamente los aplausos que le han dado con razones y comparaciones como las contenidas en los siguientes versos:

Um velho poema de capa extragada Nao perde por isso o interno valor, E a veces de baixo da pranta pisada Descóbrense ainda vestigios da flor.

Pero no adelantemos los sucesos; prescindamos de este episodio que apenas tiene relación con nuestra historia, y volvamos a la noche en que Rosina Stolz apareció en el teatro de Río por vez primera.

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