-XIV-
Reading edition
Salva la discrepancia en que solían estar marido y mujer sobre este punto de la nobleza, don Joaquín se mostraba siempre en perfecto acuerdo con Rafaela, gustando de lo que ella gustaba, y ensalzando y aplaudiendo lo que ella ensalzaba y aplaudía.
Pedro Lobo, pues, vino a ser el encanto de D. Joaquín, quien siempre quería tenerle en su casa, de suerte que, cuando Pedro Lobo, retenido por sus quehaceres, dejaba algún día de venir o retardaba su venida, D. Joaquín iba a buscarle y no paraba ni descansaba hasta que se le traía consigo. Todo esto daba ocasión a no pocos chistes, que cundían por la ciudad, pero que por fortuna jamás llegaban a los oídos de don Joaquín, víctima de ellos.
Algo más de un año duró esta armonía y constante convivencia entre D. Joaquín, Rafaela y Pedro Lobo.
No hubo de ser éste tan afortunado como en otras cosas en su secreta misión política. El Brasil, más enemigo cada día del dictador Rosas, conspiró contra su poder, hizo un tratado secreto con la República Oriental del Uruguay, se concertó con el general Justo José Urquiza, gobernador de Entreríos, y suministró toda clase de recursos para el levantamiento contra el tirano.
El representante diplomático de Rosas en Río de Janeiro pidió entonces sus pasaportes. Y retirada la Legación argentina, Pedro Lobo se marchó con ella, volviendo a Buenos Aires, para dar al dictador auxilio de más valer como soldado que como agente secreto.
Rafaela sintió la partida de Pedro Lobo, pero como su carácter era tan alegre, logró consolarse pronto. Pedro Lobo además no se dejaba convencer, y esto mortificaba a Rafaela, y como él tenía un carácter dominante y ella también le tenía, procurando avasallar y repugnando que la avasallasen, sus relaciones con el gaucho nada tuvieron de apacibles y no pocas veces la enojaban y desesperaban. El prurito de romper aquellas relaciones, que ella en el fondo de su alma calificaba de cadenas, estimulaba entonces su voluntad, pero, aunque era muy valerosa y apenas conocía el miedo, no se atrevía a intentar la ruptura. Puede, por lo tanto, conjeturarse que Rafaela vio con oculta satisfacción las circunstancias políticas que, si por una parte la privaban del agradable trato de una persona de tanto mérito como Pedro Lobo, la libertaban por otra, sin rebelión ni pendencias, de lo que se le figuraba en ocasiones que tenía traza de yugo y de servidumbre.
Rafaela, aunque aparentó sentir, no sintió demasiado, por lo que ya queda dicho, la partida de Pedro Lobo. Quien la sintió con todo su corazón, y la lamentó y la lloró, fue D. Joaquín, que era muy tierno, pudiendo asegurarse que poseía el don de lágrimas.
A poco de la partida del gaucho, ocurrió en Río cierta novedad, que, aun suponiendo a Rafaela muy melancólica, hubiera distraído sus melancolías.
El Sr. Gregorio Machado era el más rico propietario de todo el Brasil, dueño de muchos fondos públicos y de acciones del Banco, de magníficas fazendas en las provincias de San Pablo y Pernambuco y de florestas dilatadas, donde abundaban las maderas preciosas, en la interior provincia de Mato-Grosso. Centenares de esclavos cultivaban sus posesiones; y sus rentas y ganancias eran tres o cuatro veces mayores que las de D. Joaquín, con ser éste uno de los más acaudalados brasileños.
Viudo el Sr. Machado, tenía un hijo, llamado Arturo, de veintiséis años de edad y muy lindo mozo.
Arturo había estudiado leyes en la Universidad de San Pablo, donde las mujeres son guapísimas. En todo el Brasil alcanzan fama de seductoras y de que tienen misteriosas cualidades y encantados lazos con que saben cautivar a los hombres. De San Pablo han salido mujeres que, por su belleza y por otros atractivos, han llegado al pináculo de la fortuna.
Arturito, que era muy enamorado, estudió poquísimo e hizo en San Pablo doscientos mil disparates. Su padre creyó prudente sacarle y le sacó de aquella Pafos del Brasil y le envió a Olinda, donde hay también escuela de Derecho. Allí, bien o mal, tomó la borla de doctor el joven Arturo.
Ya doctorado, nada más natural que ir a Europa para acabar de civilizarse y conocer por experiencia hasta los más delicados perfiles y las más recientes conquistas del espíritu humano. Arturo fue, pues, a París, haciendo de París su residencia habitual y el centro de sus excursiones. Desde allí salió a recorrer con rapidez y por pocos meses la Alemania y la Italia, y desde allí fue a solazarse, durante los veranos, en Baden, Wiesbaden y Homburgo, donde había treinta y cuarenta y ruleta, y donde asistía multitud de ninfas sabias y elegantes, más aptas que Egeria para adoctrinar, pulir y dar charol a los modernos Numas.
No se descuidó Arturo, aprendió cuanto hay que aprender y supo aprovechar las lecciones que le dieron; pero las lecciones salieron extremadamente caras. A los dos años de haber estado Arturo en Europa, había ya gastado a su padre, perdiéndolo al juego o en obsequio de las ninfas, cerca de 400 millones o contos de reis.
No hay que asustarse ni considerar monstruosa la suma, porque los reis del Brasil son fracos, y cada uno vale la mitad de un rei de Portugal o rei gordo. Arturo, por lo tanto, no gastó una enormidad; pero, como cada conto de reis fracos equivale sobre poco más o menos a 2.500 francos, siempre resultó que su gasto, a pesar de las grandes riquezas del Sr. Gregorio Machado, había sido excesivo, elevándose a un millón de francos en moneda francesa.
El padre se hartó de enviar dinero, sitió por hambre a su hijo, y éste tuvo que volver a los patrios lares harto desconsolado y mohíno, pero convertido en el caballerete más elegante que había pisado el suelo del Brasil desde los tiempos de Pedro Cabral y de Diego Correa, apellidado Carumurú y fundador de Bahía.
Acostumbrado Arturito a las exquisiteces, primores y alambicadas quintas esencias de las mujeres de París, volvió muy desdeñoso, encontrando a sus compatriotas feas, zafias y mal vestidas. En ninguna de ellas descubría un átomo de chic. La misma princesa de los Tupinambas, la divina Paraguassú, heroína de la epopeya nacional, si hubiera resucitado y se le hubiera presentado, le hubiera parecido un adefesio.
Cuando Rafaela se enteró de todas estas cosas, concibió el propósito de vindicar al Brasil de aquellos injustificados desdenes, volviendo por el honor de su patria adoptiva y probando a Arturito que todas las heteras parisinas no valían un pitoche comparadas con ella, y que ella las vencía en beldad, ingenio, sal y garabato.
Acudió a reforzar su patriótico intento el prurito didáctico que había en su alma y que jamás la abandonaba. Se propuso mejorar la condición de aquel extraviado mancebo, hacerle aborrecer el desorden y el despilfarro absurdo, y hacerle amar el orden y la economía.
Impulsada por tan benéficas miras, pronto atrajo Rafaela a su casa al joven Arturo; y pronto también logró que olvidase los devaneos de París y que reconociese que ella era por todos estilos más guapa que cuantas mujeres habían ido a cenar con él en el Café Inglés, en la Maison Dorée o en los kursaals que regocijaban y animaban, en aquellos días, las inmediaciones del Taunus y de la Selva Negra.