-XXIV-
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Entre no echar de menos a una persona y olvidarla por completo hay una enorme distancia. Si el Vizconde de Goivoformoso hubiera seguido siempre en Río de Janeiro, todo en torno de él, no sólo le hubiera recordado a Rafaela, si no le hubiera hecho desear su presencia y lamentar la falta de su trato y de su vista. Pero el Vizconde anduvo peregrinando por muy diversos y distantes países, viendo objetos nuevos, penetrando en el seno de muy diversas sociedades, hablando y oyendo hablar lenguas distintas y corriendo no pocas y variadas aventuras. Estuvo en Constantinopla, en Roma, en San Petersburgo, en Berlín y en Viena; y, aunque la nación a quien servía, así por su posición geográfica, como por la decadencia a que ha venido, no se mezclaba activamente en los grandes sucesos, él, por afición natural y también por su oficio, tuvo que enterarse circunstanciadamente de todos y mirarlos con interés. Ocurrieron casos extraordinarios que no pudieron menos de cautivar su atención poderosamente. Acabaron muchas dinastías, se hundieron muchos tronos; Italia logró al fin su unidad, en balde deseada durante trece o catorce siglos; se deshizo la confederación germánica; Austria perdió la hegemonía; Prusia, vencedora, se puso al frente de casi todos los pueblos germánicos; y por último, en tremenda lucha con Francia, Prusia la venció y la desmembró, apoderándose de algunas de sus hermosas ciudades y de parte de su fértil territorio y obligándola, desde su misma capital, de que se había apoderado, a pagar suma enormísima por su rescate.
La vida del Vizconde, que permaneció soltero, fue, a su modo, y aunque por estilo apacible, no menos rica de acontecimientos que la del mundo. No faltaron en ella lances de honor y fortuna que no nos incumbe relatar aquí. Baste saber que, durante veinte años, sobre pocos más o menos, pues no creo que importe mucho una gran exactitud cronológica, el Vizconde no volvió a ver en parte alguna a Rafaela, y ésta, si bien siguió presente en su memoria, fue como imagen aérea y algo confusa, velada como entre nubes de vagos recuerdos y de agradables antiguas emociones.
En los primeros días del año 1873, el Vizconde de Goivoformoso vino a París a pasar una larga temporada.
Vencida Francia, despojada de ricas provincias, desquiciado el primer imperio entre anárquicas convulsiones, y cruelmente multada ella, todavía se repuso o más bien no tuvo necesidad de reponerse, porque no decayó, permaneciendo robusta y firme en medio de tantos males y conservando su poder y su riqueza gracias a la constancia y a la energía de sus hijos. La fertilidad de su suelo y más aún el talento de los que en él nacen y viven para todas las artes que hermosean, hechizan o consuelan la vida humana, su industria y su comercio, su fecunda habilidad para producir objetos de lujo y de regalo y su virtud económica para crear riqueza y para conservarla, todo esto concurrió a que Francia siguiese siendo, si no la primera en poderío material, la más querida, la más admirada, la más respetada, y fuera de Inglaterra, la más rica nación de Europa. Francia siguió dando la moda, enseñando la elegancia y siendo escuela y centro de toda cortesía. La más brillante antorcha de la moderna cultura se diría que siguió ardiendo en París y que desde allí iluminaba al mundo y atraía amorosamente a las almas. Sabios, poetas, dramaturgos y novelistas hay, sin duda, en otras naciones, pero los que más se leen, se celebran y se admiran en todas son los franceses. Apenas hay doctrina flamante, buena o mala, ni filosofía, ni sistema político, social o religioso, ni corriente que arrebate y lleve por nuevo camino las creaciones de la literatura y del arte que no nazca en Francia o que desde Francia no sea difundida y divulgada por todo el mundo. El francés sigue siendo, por donde quiera, la lengua diplomática y el idioma universal de los refinados y de los ilustrados. Las gentes de otros países de Europa, y más aún las de América, si tienen medios para ello, acuden a París, como las mariposas acuden a la luz, cegadas por su brillo. Allí creen las mujeres que, sobre las prendas que en el suelo natal debieron a la naturaleza, van a adquirir otras prendas artísticas y en cierto modo sobrenaturales, con las cuales, cuando vuelvan a su tierra, pasmarán a sus compatriotas, matando de amor a los hombres y de envidia a las mujeres. Los mancebos, que van allí desde apartadas regiones, imaginan que van a probar alambicadísimos deleites, ignorados y apenas columbrados en sueños en los lugares de donde vienen, y que van a trocar su primitiva rudeza en tan raro y gentil atildamiento que parecerán otros, y que, al salir del baño de París, resplandecerán como seres punto menos que divinos; y los hombres inclinados a las ciencias, a las letras o a las artes, entienden que en París van a dar a su educación los últimos y más delicados toques y van a hacerse dignos y capaces de la gloria, difundiéndola desde allí, si es que la consiguen, con mayor facilidad y prontitud que desde su misma patria o desde cualquier otro punto del planeta.
No es de extrañar, en atención a lo expuesto, que los aspirantes a high-life, en todos sentidos, vayan en peregrinación a París como van a la Meca los musulmanes. Las mujeres van a comprarse dijes, afeites y mudas, a vestirse con Worth y a aprender a saludar, a andar y moverse con suprema distinción y según el último estilo; los seres humanos de ambos sexos, que presumen de discreción, van allí a adquirir desenfado y soltura fina y a ejercitarse en lo que llaman la causerie, o dígase en cierto linaje de amenísima y sutilísima charla, que, según afirman los franceses, y casi todos los que no son franceses creen, sólo en Francia y en francés es posible; y los jóvenes, por último, que sienten arder en su cabeza, ora el volcán de la inspiración poética o artística, ora el fuego sagrado y creador de las especulaciones filosóficas o de las ciencias experimentales, van a París a iniciarse en ellas, a inspirarse, a saturarse bien de civilización, ya frecuentando la Sorbona, ya asistiendo a los teatros, ya paseándose por los boulevards, ya conversando con las heteras, como Sócrates, Alcibíades y Pericles conversaban con Aspasia.
Claro está que estos peregrinos de la cultura procuran visitar y tratar a los ídolos a quienes mayor devoción consagran. Para el que se precia en su país de hidalgo y linajudo, ¿qué mayor triunfo que introducirse en algunas casas y en el seno de algunas ilustres familias del Faubourg Saint Germain? Para el novicio o recluta de la sabiduría, ¿qué honra más superfina y disparatada que la de ser presentado y bien recibido, por ejemplo, en el año 1873 a que nos referimos, por el sabio Ernesto Renan o por el espiritualista Caro, almibarado filósofo y maestro de filosofía para las damas? ¿Y qué mayor encanto en el mismo año de 1873 que el de hablar con Víctor Hugo o con Flaubert que aún vivían? Si el que era presentado a ellos componía versos, pongamos por caso, impresos o manuscritos podía llevárselos al ídolo, el cual tal vez tenía la dignación de aparentar que los leía y que los entendía, aunque no los leyese ni los entendiese. Y si por dicha llegaba a celebrarlos con olímpica benevolencia, el poeta peregrino se llenaba de entusiasmo, de fe y de aliento para atreverse a mayores cosas y ser en su tierra trasunto, arrendajo, o copia en menor escala, guardando siempre la proporción debida, de aquel a modo de numen tutelar de que había acertado a proveerse. Pero, ¿qué mucho si hasta menos altas facultades y virtudes, cuando están en potencia, se actúan, se acicalan, se templan, se bruñen y se aguzan en París como la espada en la oficina del armero?
En París, no sólo el entendimiento, la imaginación y la sensibilidad, no sólo los sentidos estéticos, o sea la vista y el oído, sino también los otros tres sentidos, se educan y se perfeccionan.
El olfato se adiestra para atinar con los perfumes distinguidos y para no confundirlos con los que sahúman o aromatizan a la gente ordinaria; el tacto adquiere perspicacia asombrosa para reconocer y disfrutar lo suave, aterciopelado, tibio y madoroso; y el paladar, por último, deja de estar embotado por los groseros guisotes patrios, se limpia y se despeja y llega a penetrarse de cuantos deliciosos sabores dan a sus guisos los más inspirados cocineros del mundo.
De lo exterior y somero de todas estas cosas goza el peregrino que llega a París con dinero bastante; mas para entrar bien en París, para naturalizarse allí de veras, y no en los bajos y obscuros círculos, sino en los más eminentes y luminosos, el dinero no basta. Se necesita además saber muy bien la lengua, poseer notables prendas de entendimiento o de carácter, tener alguna habilidad rara que pueda manifestarse fácilmente, estar dotado de cierta desenvoltura y atrevimiento, y sobre todo, caer en gracia, lo cual suele depender, más que del mérito, de la suerte. Si esta elevada naturalización no se consigue, el que va a París no goza en París sino de lo que se paga; se queda aislado o desnivelado, sin llegar a vencer la prevención, si a veces algo justificada, siempre fatua, de que él es un ser retrasado en la marcha ascendente de la humanidad hacia las regiones de la luz: un individuo de una casta o nacionalidad inferior, y un bárbaro en suma. Verdad es, que siempre que un feliz mortal, viniendo de tierras extrañas, logra vencer la prevención susodicha, su triunfo es completísimo, su propia calidad de exótico le da mayor precio, y los más encumbrados parisienses le ponen sobre el pedestal en que ellos mismos están o se creen colocados. Así sucedió, por ejemplo, con el célebre Enrique Heine, y así sucedía en el año a que nos referimos con el famoso novelista ruso Ivan Turgueneff.
Harto difícil y muy raro es el mencionado triunfo; de suerte que la mayoría de los extranjeros que van a París, sobre todo si son portugueses, españoles o hispano-americanos, a fin de gozar en París de algo más que de aquello que se paga, forman sociedad aparte, y son como una colonia, y están como en un teatro, cuyas magníficas decoraciones son la gran ciudad de las orillas del Sena, pero entre cuyos personajes apenas hay un francés de cierta importancia, a no ser alguno que por curiosidad cruce el escenario de pasada y tome parte en la acción sin premeditarlo y casualmente.
Claro está que el Vizconde de Goivoformoso, aunque sólo fuera por su posición diplomática, podía aspirar a más honda penetración en París y a trato más íntimo con las varias aristocracias indígenas; pero, como recién llegado, empezó por visitar y frecuentar los círculos hispano-americano, español, portugués y brasileño.
La acaudalada señora de Pinto, rica propietaria de Bahía de Todos los Santos, que hacía cuatro años vivía en París con gran lujo, no bien se informó de la llegada del Vizconde, a quien había conocido en Río, le escribió un billetito, convidándole a los tés musicales y a veces danzantes que tenía todos los viernes, y donde la mayor de sus hijas, que eran dos, y ambas bonitas, mostraba su habilidad y hechizaba con su voz melodiosa, cantando alternativamente, ya las modinhas de su país, ya las canciones más sentimentales y melancólicas de Alemania, Italia y Francia.
El Vizconde de Goivoformoso aceptó gustosísimo aquella amable invitación, y casi puede decirse que la primera tertulia a que asistió, después de su llegada, fue a un té en casa de la mencionada dama brasileña.