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Genio y figura

-XV-

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El poder didáctico de Rafaela jamás realizó en nadie tan rápidas y provechosas mudanzas como en el ánimo y en todo el ser de Arturo Machado.

Las saudades que él tenía de París, y que le hacían fastidioso a él mismo y a las demás personas, se disiparon por completo. Arturito volvió a gustar de su patria como cuando era estudiante y no había vivido aún en el corazón y en el cerebro del mundo, como llama a París Víctor Hugo. Se hizo ordenado y económico y ni gastaba ni sabía en qué gastar su dinero. No pensaba ya en francachelas ni en vigilias tempestuosas. Y con su vida regular y morigerada recobró la salud, que nunca había sido muy fuerte y que habían estragado las excitaciones constantes de la existencia de calavera, para la cual no había nacido. Porque, si bien era lindo mozo, agraciado y simpático, tenía más de enclenque que de robusto. Era de genio manso, suave e inclinado a la quietud y a la paz. Y sólo el mal ejemplo, las perversas compañías y hasta la propia docilidad con que cedía él y dejaba que le guiasen habían sido causa de sus travesuras y derroches pasados. Para Rafaela, hecha ya esta conversión, se desvaneció por desgracia casi todo el atractivo de Arturito. Empezó a hallarle poco ameno, y después soso, y por último llegó a encontrarle empalagosísimo a causa de su dulzura.

Entonces sentía Rafaela grandes veleidades de plantarle; pero, como era caritativa y estimaba además como gloriosa producción de su ingenio y de la energía de su voluntad todos los progresos y mejoras de un espíritu cultivado por ella, resistía a la tentación de plantar a Arturito. Allá en sus adentros se comparaba a la vara que sostiene en el aire a una planta rastrera a fin de que no caiga al suelo y se ensucie y pudra en el fango. Temía Rafaela que Arturito cayese si le dejaba ella, y por eso no le dejaba. A menudo solía lamentar que aquel muchacho hubiera sido tan dócil y se hubiera convertido tan pronto. Lo conforme a su gusto hubiera sido una educación más larga y difícil, así porque, durando la educación, también hubiera durado el prestigio que hacia Arturito la había atraído como porque la misma tardanza en educarse y en cambiar de condición hubiera sido garantía de lo seguro y firme del cambio.

En estas cavilaciones hubiera persistido largo tiempo Rafaela sin atreverse a despedir a Arturito, a no ser porque ella tenía a veces crisis extrañas en el corazón y en la mente. Religioso fervor la dominaba. Iba a confesarse o tenía largos y piadosos coloquios con el Padre García, su director espiritual. Sus remordimientos de engañar a D. Joaquín no la mortificaban demasiado, pues, aunque ella repugnaba el engaño y nunca había engañado a nadie sino a D. Joaquín, todavía se figuraba ella que en realidad no había tal engaño. Nada disimuló ni ocultó al casarse, y su marido por lo tanto debió comprender desde luego a lo que había de atenerse. Ella le hizo confesión general anticipada. Fue como si de una vez le confesase y descubriese todas sus culpas, pasadas y futuras. ¿Para qué, pues, molerle y atormentarle confesándoselas después una a una según iban sobreviviendo? Esto no hubiera sido noble franqueza sino crueldad insensata. No era, pues, por D. Joaquín sino por ella misma por lo que el pecado le dolía. Le dolía el pecado porque en su anhelo de toda clase de perfección, para ella y para los otros, soñaba con una vida honrada y limpia.

Por rara coincidencia, estos sueños de limpieza y de honradez acudían en tropel a su mente, y más amenudo que nunca, desde que empezó a visitarla Juan Maury.

Sus facultades críticas y analíticas, sin poderlo remediar ella, se aplicaban a la comparación. Y comparando al joven inglés con Arturo, Arturo salía siempre muy mal parado. Arturo era de menos que mediana estatura y estrecho de hombros. El inglés alto, sin dejar de ser bien proporcionado, y ancho de espaldas, sin que la esbeltez y la elegancia le faltasen. Era el uno moreno pálido, casi cetrino, blanco y sonrosado el otro y rubio como las candelas. Y por último, en lo tocante a las prendas intelectuales y morales, al ingenio, al saber y a la energía de voluntad que en medio de su aparente timidez en el inglesito se notaba, la diferencia aparecía enorme en la mente escrutadora de Rafaela.

Empezó, pues, a tener vergüenza del afecto que Arturito le había inspirado. La compasión hacia él fue disminuyéndose casi hasta desaparecer. Y el anhelo de elevarse hasta la virtud más sólida, de consagrarse fielmente a D. Joaquín y de ser modelo de casadas y señora muy respetable vino a ser la constante obsesión de su alma. Aunque ella era un lince para notar los defectos de las personas que trataba, no sé cómo se las compuso que no halló el menor defecto en el inglesito. Todo él le pareció una perfección. Y en vez de pensar en educarle para elevarle a su altura, pensó en educarse a sí misma para subir a la altura en que le veía colocado.

Bullían todos estos pensamientos en la mente de Rafaela de modo harto confuso. Lejos de ella el imaginarse enamorada del inglesito. El propósito de enamorarle más lejos aún. Sólo meditaba entonces virtud, abnegación y toda clase de sublimidades.

La única determinación firme que nacía de todo ello era la de despedir a Arturito, que ya le parecía insufrible.

Pero Rafaela era la bondad misma y, antes de hacer la herida que consideraba indispensable hacer, preparaba bálsamos para curarla.

Pensó en que el término dichoso, honesto y santo de la educación que a Arturito había dado, era casarle con la más linda señorita que hubiese en Río de Janeiro, cristiana y recatadamente educada, bonita y amable y de distinguida familia, en quien Arturito hallase una compañera digna y fiel y lograse dar a su padre el Sr. D. Gregorio algunos graciosos y queridísimos nietos, que fueran el hechizo y el consuelo de su cansada senectud.

No acierto a encarecer cuánto se deleitó Rafaela al concebir este proyecto y el arte delicado y el impaciente afán con que trató de realizarle.

Rafaela, que gustaba tanto de educar a los otros, no se había descuidado en aquellos últimos años, y singularmente desde que era gran señora, en formar su corazón y su espíritu, leyendo no pocos libros, sobre todo de novelas y poesías. Según vulgarmente se dice, se había hecho bastante licurga o marisabidilla. Con el inglesito hablaba de artes, de religión, de historia y hasta de filosofía. Arturito estaba presente a estas conversaciones, que nada tenían de misteriosas, pero no entendía palabra y no tomaba parte en ellas.

Así mientras duraban estos coloquios, como después al retraerlos a la memoria, Rafaela lo veía todo tan pulcro, tan acicalado y tan moralmente pulido y lustroso, que se desesperaba de sus amistosas relaciones con Arturito como si fuesen fea mancha en medio de tanto resplandor, nitidez y aseo. En suma, no había ya remedio; era menester borrar aquella mancha, pero sin rasgar la tela; era menester dar a Arturito su pasaporte, pero en forma de cucurucho repleto de delicadísimos confites.

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