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Genio y figura

-XIX-

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Rafaela tuvo pronta y exacta noticia de cuanto había ocurrido, y su dolor fue muy hondo. Ella tendría sus defectos, pero no se puede negar que era leal y verídica, y que abominaba del embuste. Lo que había dicho a Arturito cuando le despidió era la verdad misma. Al dejar de quererle, como amante, había seguido queriéndole como si fuera su hijo: como criatura de su espíritu, ya que le había iluminado y mejorado. De aquí que la función de la Tejuca, triste prueba de la recaída del joven, abandonado por ella, bastó para afligirla; pero lo que la desoló, por no ofrecer ya remedio ni esperanza, fue la muerte violenta tan estúpida y brutalmente motivada.

Rafaela, distando mucho de ser merengue de fresa, sin tener nada de empalagoso sino de brioso, atesoraba en el centro de su corazón un inexhausto manantial de cariño. No por reflexión ni por estudiadas teorías, sino por ciego e indomable instinto, era la mujer filántropa. El Padre García se lo había dicho muchas veces: ¡Ay, hija mía, sí tú amases a Dios la mitad siquiera que a los hombres, no estarías ya en la tierra, sino en el cielo, en el ardiente coro de los más enamorados serafines que coronan cual nimbo luminoso el trono del Altísimo! Lo conveniente, añadía el Padre en otra ocasión, es que tu filantropía se trueque en caridad cristiana: que ames a Dios sobre todas las cosas. Considera lo encaramada y elevada que estás ya en el amor, y calcula, si puedes, hasta dónde te encumbrarías en cuanto pusieses sobre todo ello tu amor divino.

Por desgracia, esta deseada y aconsejada superposición no había llegado a verificarse, aunque Rafaela a menudo la apetecía.

Indudablemente, sin ninguna intención y sin oculto propósito, sin descubrir ni reconocer ella como causa de su cambio la impresión que Juan Maury le había hecho, y creyéndose impulsada por las amonestaciones y piadosos discursos del Padre García, no sólo había despedido a Arturito, sino que también se propuso no volver a recibir al gaucho y romper para siempre con él, aunque bien notaba, con cierto sentimiento entre lisonjero y penoso, que la segunda venida del gaucho a Río había sido por ella.

Y como ella jamás desechaba la gratitud ni la amistad, aunque desechase el amor, todavía, al despedir resueltamente al gaucho por medio de Madame Duval, conservaba por él estimación y afecto. Sólo cuando supo la tragedia de la Tejuca, obra sin duda del injustificado rencor de Pedro Lobo, su amistad y su estimación hacia él se trocaron en aborrecimiento.

La insistencia pertinaz que mostró Pedro Lobo en volver a verla, exacerbó este odio, agotó su paciencia y le hizo perder los estribos.

Ella no recibía entonces, ni salía de casa; pero Madame Duval era perseguida y detenida por Pedro Lobo, y ora por su medio, ora imprudentemente, valiéndose de un criado cualquiera, Pedro Lobo la inquietaba y la atormentaba con cartas pidiéndole, casi exigiéndole una cita.

A las cuatro primeras cartas, dos al día, nada contestó Rafaela. A la quinta, en la mañana del día tercero, Rafaela se puso fuera de sí, perdió toda su circunspección, desechó recelos, resolvió arrostrar cualquier peligro que sobreviniese y contestó al gaucho, sin rasgar el papel, aunque bien pudiera decirse, citando el antiguo romance, que le escribió:

Con tanta cólera y rabia, que donde pone la pluma el delgado papel rasga.

La carta de Rafaela era como sigue:

«Sr. D. Pedro Lobo: Ni usted tiene, ni yo he dado a usted el menor derecho para lo que hace, inquietándome, afligiéndome y desesperándome. Jamás prometí ni exigí a usted que me prometiera fidelidad ni constancia. No hay lazo que nos ate ni obligación que nos encadene. Libre es usted y yo también lo soy de querer a quien se nos antoje. Con plena libertad, aun después de haber arrojado de mi alma, por motivos de que no tengo que darle cuenta, todo tierno afecto hacia usted, le consagraba yo aún estimación amistosa. Esta se ha perdido también por la tremenda culpa de usted cometida hace pocos días. Ya ni amor, ni amistad, ni estimación le tengo. No diré que le odio, porque no odio a nadie, y si le odiase haría de usted excepción honrosa. Me es usted indiferente, pero me aburren y me atacan los nervios sus persecuciones. Váyase usted de Río y déjeme en paz. Como no gusto de frases pomposas, cuyo contenido pudiera alguien poner en duda, no me meto en decir que soy una dama y que usted es un caballero: diré sólo que soy una buena mujer, aunque pecadora, y que espero que sea usted un hombre bueno para mí y que como tal se conduzca. Con dicha esperanza escribo esta carta, y confío en que no me comprometerá usted abusando de ella; mas aunque desconfiase, de nada tendría miedo. Podría usted causarme el mayor daño y me sería menos insufrible que su empeño de reanudar relaciones. Rotas están para siempre y nada temo por mí. Temo por usted y le aconsejo que se vaya cuanto antes a Europa. Por nada del mundo quisiera yo más tragedia. Yo no soy vengativa, pero hay personas que lo son. Guárdese usted de ellas, y póngase en salvo.»

Así terminaba la carta, firmada sólo con la inicial R.

Madame Duval la llevó a la fonda donde el gaucho vivía, y estuvo presente a su lectura.

No bien acabó de leer, Pedro Lobo dijo furioso:

—Me insulta y hasta se atreve a amenazarme. Sin duda tiene nuevo galán y con él es con quien me amenaza. Yo me río. Morirá a mis manos como Arturito ha muerto.

—Sosiéguese usted—dijo Madame Duval con mucho reposo—. No es amenaza sino aviso lo que da mi señora. Ella dista mucho de tener nuevo galán. Créame usted. Hablo sinceramente. Mi señora se ha entrado por la devoción y lleva camino de ser una santa.

—¿Pues entonces quién es la persona de quien dice que debo salvarme? Yo no quiero salvarme de nadie. La buscaré y nos veremos las caras.

—No se exalte usted, señor Pedro Lobo—replicó la dueña—. No hay motivo ni posibilidad de que usted tenga nuevo lance. El aviso de mi señora se funda....

—¿En qué se funda?

—Tal vez en que ha irritado usted a un hombre rico y poderoso arrebatándole su único hijo, a quien idolatraba.

—¿Cree Rafaela acaso que el viejo Machado es capaz de pagar sicarios para que me asesinen?

—Muy lejos está de creerlo, pero tal vez haya quien, sin esperar ni recibir salarios, ponga a usted asechanzas y atente contra su vida.

—¿Y quién puede ser ese guapo?

—Pues bien, señor Pedro Lobo, voy a decírselo a usted para su gobierno. No digo que sea, pero puede ser el negro Octaviano. Acusarle sería inútil y hasta peligroso porque se pondría cierto lance en conocimiento de la justicia y porque no hay prueba alguna contra Octaviano. Yo sólo sé que él es rencoroso y fuerte, que sabe disimular sus propósitos y que amaba en extremo a su niño, como él llamaba al señorito Arturo. El brío del tal negro es para aterrar a cualquiera. Todos los otros negros le reconocen como el más diestro y pujante en la carnerada.

—¿Y qué diantre de carnerada es esa?—preguntó Pedro Lobo riendo, aunque preocupado y un tanto cuanto con la risa del conejo.

—La carnerada—contestó Madame Duval—, es un raro arte de esgrima que los negros aprenden y ejercen. Como tienen la cabeza más dura que hierro, hacen de ella un arma y llegan a dar topetadas feroces y a veces mortales. A menudo, ni la ley puede castigarlos por este crimen, porque una fiebre o un delirio, que también se llama carnerada, se apodera de ellos, les quita la responsabilidad y el juicio y los impulsa a correr frenéticos por las calles y a chocar con el primero que más a propósito se les antoja, dándole a veces tan tremendo golpe en el pecho, que le causa la muerte. Ni mi señora ni yo podemos saber de fijo que Octaviano quiera emplear en usted la carnerada; pero todo es posible, y tenga usted entendido que Octaviano no es solamente audaz, sino también precavido y astuto, por lo cual, si se propone topar contra usted, no le bastaría fiar en su destreza, aunque es mucho lo que en ella fía, y de seguro que habrá juramentado a varios de sus amigos y discípulos en el arte, para que si él malogra la empresa, ellos la terminen.

Al oír esta relación, Pedro Lobo no pudo aguantar más, montó en cólera y dijo a la dueña:

—Ea, basta ya, doña Duval o doña Marisápalos, y no pretenda burlarse de mí e intimidarme con mentiras o con ridiculeces. Pronto, largo de aquí, si no quiere usted que me olvide de que es mujer y... vieja.

Lo de vieja dolió en extremo a Madame Duval, porque se consideraba joven y casi lo era. Aún no había cumplido cuarenta años; gozaba de muy buena salud; si bien algo chata, no tenía mal ver, y estaba rolliza y sonrosada, y con la tez tersa y jugosa.

Al llamarla vieja, Pedro Lobo procedía con injusticia notoria y con falta bestial de galantería, pero, como estaba tan enojado, algo debemos perdonarle.

Lo que es Madame Duval no le perdonó nada. Tuvo, sí, miedo de su furia y puso pies en polvorosa. Sin embargo, al llegar a la puerta de la sala, y antes de apresurar el paso y aun de echar a correr, no pudo resistir a la tentación de imitar a los partos y de disparar huyendo la más emponzoñada flecha.

—Señor valiente—dijo—. No disimule usted su miedo con la cólera. El caso es grave. No morirá usted de cornada de burro, pero puede morir de topetada de negro. Esté sobre aviso.

Pedro Lobo quedó bramando de coraje. Hallaba ridículo que le amenazasen con la carnerada, y más ridículo aún que él la temiese. Pedro Lobo, no obstante, la temía, aunque trataba de disipar el temor y de ocultarle a su propia conciencia.

Harto sabía él que lo de la fiebre o delirio de la carnerada no era fábula. Por otra parte ¿qué adelantaba con seguir en Río? La carta de Rafaela era feroz, pero él desistía de vengarse de ella villanamente. Y pretender o exigir de nuevo reconciliación, ya con súplicas, ya con intimidaciones, estaba convencido de que era inútil.

En Río, además, donde el Sr. Gregorio Machado era bastante querido, casi toda la gente de la sociedad miraba al gaucho con disgusto mal disimulado como a matador de un mozo que en medio de todos sus extravíos siempre había sido dulce y afable.

Pedro Lobo revolvió mil cosas en su mente, formó mil desatinados proyectos: hasta pensó en ir de mano armada a buscar a Octaviano, adelantándose a matarle antes de que él le matara; pero al cabo, después de muchos desvaríos, prevaleció la determinación más juiciosa; y, cuatro días después de la conversación que tuvo con Madame Duval, Pedro Lobo se embarcó en un vapor inglés que iba a Southampton y libró de su odiada presencia a Rafaela, a Madame Duval, al señor Gregorio Machado, a Octaviano, y a casi toda la sociedad fluminense.

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