LOS CURANDEROS FILIPINOS Y SUS ABOMINABLES PRÁCTICAS
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I
Para a tratar con acierto esta materia se necesitaría ser un médico inteligente é imparcial, porque hay prácticas y medicamentos al parecer puramente supersticiosos, que los curanderos no pudieran aplicar sino llevados de su pedantería y atrevimiento, hijos de su ignorancia. Y, sin embargo, curan, y es porque, examinados bien, tienen su razón de ser. ¡Cuántos casos de enfermedad no hemos visto con nuestros propios ojos, desahuciados por hábiles médicos, y curados después con pasmosa facilidad por aquellos á quienes consideraran meros charlatanes!
¿Y quién duda que muchos de los curanderos indios conocen ignoradas virtudes de las plantas de Filipinas, todas las cuales, sin excepción, son medicinales?
En las provincias tagalas, siempre que alguno se vuelva maniático, loco ó por cualquier causa, delirante, se atribuye el mal á imaginarios mangkukulam y dicen sus parientes lo siguiente ó cosa parecida.
—Seguramente aquel fulano á quien riñó en tal día ó no le dió dinero ó causó algún disgusto, es mangkukulam, y hé aquí los efectos de su venganza.
Entonces acuden á los curanderos que tienen la especialidad de echar del cuerpo al mangkukulam. Suponen que éste invisiblemente vá al lecho del paciente, y le aprieta el cuello ó produce su enfermedad y que si se azota ó golpea al paciente, no siente él los golpes sino el mangkukulam.
En un caso ocurrido en Malabon á cierta jóven, los curanderos aconsejaron martirizar á la paciente, pues, como vá dicho, no sufre los martirios sino el mangkukulam, y con ellos se consigue ahuyentarle.
La familia se conformó con el aconsejando tratamiento, y la enferma fué clavada, azotada cruelmente y martirizada hasta que se escapó el mangkukulam, digo, el alma de la paciente á la eternidad, y los curanderos y la familia de la difunta fueron á parar con toda su humanidad al presidio de Bilibid.
Pero no escarmenaron los malaboneses: sufrió fuerte calentura un tal Bruno (en 1864) y, naturalmente, deliraba; se le ocurrió á la familia lo del mangkukulam y llamaron á los curanderos ad-hoc. Le sometieron á toda clase de martirios; el pobre gemía y gruñía; le hacían soplar por un tubo de caña y después el médico mandaba salir al mangkukulam.
El enfermo, delirante, contestaba cualquier cosa y creían que el que respondía era el mangkukulam y no el enfermo.
Había muchos curanderos, se relevaban unos á otros y cada uno aplicaba su propio tratamiento.
—¿Cuántos sois?—preguntaba uno al enfermo—y éste contestaba:—Tres.
—¡Tres!—exclamaba entonces el curandero—¡ya vén Vds! Efectivamente, está dominado por mangkukulam, y ¡qué muchos! A muchos enemigos, muchos también y eficaces remedios. Venga un ramo del lipang kalabao (Urtica ferox, Spr.) que mata de comezon.
Y le iban á asesinar atrozmente al pobre enfermo, si no hubieran sido aprehendidos con tiempo por agentes de la autoridad. Después se curó el enfermo por sí sólo.
Diz que los curanderos contra-mangkukulam conocen á los verdaderos muertos, porque es de saber que el mangkukulam no mata, sino que aprieta el cuello á uno, y porque éste parece estar muerto, es enterrado, á pesar de estar vivo.
Cuentan de muchos, al parecer cadáveres, resucitados por los curanderos. Uno de estos casos ocurrió en Meycauayan, según quien asegura haberlo visto con sus propios ojos (sic.)
Yo iba—dice este tal—con el curandero á una casa mortuoria, encontramos en ella un cadáver que estaban festejando con comilonas y libaciones. El curandero, después de observar largo rato el cadáver, dijo que no estaba muerto sino que un mangkukulam, le impedía respirar y lo veía. Pidió agua herviente, echóla sobre el cadáver, y …… éste resucitó!
Como se supone, el mangkukulam fué el que se coció y murió efectivamente, y por eso se curó el que parecía estar muerto. Asi fué, en efecto, porque después se encontró en otro lugar un hombre asesinado, pero que antes de morir pudo declarar que fué muerto por el curandero en tal hora en que justamente bañó con agua herviente al cadáver supuesto.
De modo que, matando al mangkukulam que daña, cesan los efectos de su poder. Así lo creen los tagalos y pampangos no ilustrados. Y esta creencia les hace cometer asesinatos algunas veces, matando á inocentes, á quienes suponen ser mangkukulam.
Allá por los años 1840, uno de la Pampanga, hizo asesinar á casi toda una familia que creía á pié juntillas que era de mangkukulam y que eran la causa de la enfermedad que aquejaba á su madre. El pobre fué ahorcado en Manila, habiéndose justificado plenamente el móvil de su delito.
¡Ay del que el vulgo crea ser mangkukulam! Cuando, menos lo piensa, es denunciado y citado en el tribunal ó juzgado local por los parientes de algún enfermo, cuyo mal le atribuyen.
En cierta ocasión fueron demandados en el tribunal de Navotas dos supuestos mangkukulam (padre é hijo) y el demandante llevaba como testigo al médico «contra-mangkukulam.»
Preguntado éste por el gobernadorcillo en qué fundaba sus sospechas, contestó:
—Sí, señor; estoy muy convencido de que éstos han hecho kulam (daño) al paciente.
—Pruébalo.
—Ahora mismo; aquí tengo dos piedrecitas que esos mangkukulam no tendrán reparo en poner en sus bocas, si es cierto que no lo son.
Y diciendo ésto, alargó una piedrecita al hijo. Éste no vaciló en aceptar y la iba á meter en su boca, cuando el padre se la arrebató impidiendo tenazmente que lo hiciera, entre sollozos.
—¡Ah!—exclamó entonces con aire de triunfo el curandero;—¡ya vé V., señor capitán! ¿No está V. convencido aún de que sean tales mangkukulam?
—Tienes razón;—contestó el cándido gobernadorcillo, que estaba muy demudado y le hororizaba el juzgar y tener en su presencia á unos mangkukulam. Pero en fin, sacando fuerzas de su confusión y miedo, añadió en tono solemne:
—Efectivamente, si no lo fuérais, ¿porqué temeriais meter en vuestra boca esas piedrecitas? ¡Ah! Os condeno á que cureis al que habeis dañado. ¡Cuidado con no cumplir en seguida este mandato mio y cuidado si vosotros, vengándoos de mi justicia y autoridad, me haceis experimentar el menor mal. Os haré crucificar y quemar en la plaza.
—Señor,—contestó el padre,— nosotros ganamos con honradez nuestro sustento, aunque seamos pobres; odiamos camorras, nos alejamos de la chismografía del vecindarío y nos encerramos solitos en nuestra casa, y de esto ha deducido ese pícaro que en nuestra casita rendimos culto al demonio y tenemos pactos con él. El curandero es el pillo: gana la morisqueta diaria con su charlatanismo, á muchos ha embaucado, muchos le tienen por malo; y ¿cómo no habiamos de temer que esas piedrecitas estén envenenadas por ese que es capaz de todo, para que si las tragarnos y morimos, pueda decir que Dios ó sus piedras milagrosas nos han castigado, y sí no las tragamos por justificado temor, pueda decir que somos mangkukulam, como pretende ahora? Mire V. bien, señor capitan, que el dilema está bien carpinteado y con semejantes medios engaña al vecindario; pero su ingénio indica gran perversión de su sentido moral.
—Miren Vds. qué listo el mangkukulam—interrumpió el curandero;—no le oiga V., señor capitan, que le está inspirando su amigo el invisible. ¡A crucificarles, á quemarles vivos!
—A crucificarles, á quemarles—repitió el pueblo.
Ignoro por qué no les crucificaron y quemaron vivos, cuando el pueblo y el mismo gobernadorcillo estaban convencidísimos de que aquellos eran verdaderos mangkukulam.
II
Sí el supuesto mangkukulam se vé rodeado de peligros en las provincias tagalas y en la Pampanga; á lo mejor le desorejan, le atan en un lugar donde abundan hormigas feroces como el hantik, ó le asesinan; en las islas Visayas y aún en las mismas provincias tagalas, el presunto asuang está expuesto á que cuando menos lo piensa, sea apaleado ó asesinado.
Pero no empecemos por donde debemos terminar.
Cuando el curadero visaya, generalmente uno ó una, entrada ya en años, es llamado por un doliente pobre, no siempre complace y suele buscar cualquier pretexto para eludir la asistencia; sin embargo, no le deja sin algún consuelo: inquiere los síntomas de la enfermedad y el estado del paciente; acude á su oráculo, es decir, pone en un plato el milagroso «ban auan», piedra blanca, casi trasparente, redonda, de tamaño de una pulgada ó poco ménos; luego finje rezar y después de esta ceremonia asegura conocer ya la enfermedad que aqueja al doliente, pues en la piedra apareció la figura del enfermo mostrando el sitio de su mal.
Otras veces, cuando tiene muchos quehaceres ó pereza, se limita á tomar el pulso, no al doliente, sino al que fué á llamar al curandero.
Casi siempre las enfermedades que padecen los visayos, á juzgar por lo que dicen sus curanderos; son mal aire, traspaso de hambre, calor en el estómago ó daño de los talonanon, espíritus campestres, ó de los asuang.
Si el oráculo ha inspirado al curandero que la enfermedad de que se trata es mal-aire, aconseja aquel frotar diez veces poco más ó menos, al día, todo el cuerpo del paciente con ajos machacados y espíritu de vino; otras veces manda sobar todo el cuerpo y luego frotarle con una composición de haplas (planta) y aceite, y después hacer tomar al enfermo unos polvos de corteza desconocida en un poco de agua.
Si el enfermo siente frío, hay que aplicarle además sinapismos en los brazos y piernas, para que el calor de la cabeza—según el curandero—se desparrame en las demás partes del cuerpo. Y si todavía el mal-aire persiste, se le aplican ventosas en la espalda.
Si se trata de traspasos de hambre ó calor de estómago, con un emplasto, compuesto por el Galeno visaya, aplicado á la boca del estómago, suele desaparecer el mal. O si no, tomando infusión de la corteza de suma (Anamirta cocculus, Wight et Arn.)
Pero si el enfermo tiene algún dinero, el curandero se apresura á ir á verle con su característica talega, esto es, su botiquin de mano, que se compone de mutiás (piedras milagrosas) y muchas cortezas y raices de árboles, que curan todo género de enfermedades. Las piedras sirven, además, de amuletos.
El curandero toma el pulso al doliente y al cabo de un minuto de grave meditación, augura feliz resultado y soba, compone ungüento ó brebaje, aplica sinapismos ó lo que sea conveniente á la enfermedad que se trate de combatir.
Demuestra hacer todo esto con verdadero afán, mucho cuidado y sobrada afectación de su exclusiva cencia.
Después de la operación, los de la casa le ofrecen vino y comida, ó sea el sumsuman, plato, por lo regular, de pescados asados, y el indispensable sanag (honorarios de su primera visita), sin lo cual asegura el charlatán que pasaría á él la enfermedad.
Si empeora el paciente, se vale el curandero de estremosos (léase brutales) remedios; reza, invoca á Dios y al demonio; va á la iglesia á barrer ó prestar algún servicio á los santos y después practica ceremonias supersticiosas en honor de los diuatas (dioses falsos de los visayas).
Pregunta si alguna vez el enfermo ha estado á la sombra de algún supersticioso árbol; si ha estado en algún bosque, campiña ó ribera de algún río. Si contestan que sí, como casi siempre, por lo visto, el curandero respira fuerte, como si hubiese dado con el remedio eficaz.
Ya decía yo—asevera el nuevo Hipócrates—que esta enfermedad tiene síntomas y carácter singulares. Y es claro, porque la produce una piedra ó cuña de madera que los espíritus malignos le han metido en el cuerpo, vengándose de él por ofensas que, acaso sin saberlo, les haya causado. Hay, pues, que extraer esa piedra con el butbut, ó sea emplasto de jengibre machacado.
Si este remedio no surte el efecto apetecido, el mediquilló rodea de muchos braceros el lecho del paciente y quema en ellos incienso, palma bendita ó romero. Y si con esto todavía no acaba de matar asfixiado al moribundo, coge una palma bendita y con ella procura echar del cuerpo del doliente á los espíritus maléficos, azotándole con todas sus fuerzas, en la creencia de que no los sufre el enfermo sino los espíritus como el mangkukulam. También sacude con la palma las paredes para enviar de una vez al quinto infierno á los malditos demonios.
Esto, si el curandero dá en volver daño por daño á los enemigos invisibles. Otras veces prefiere aplacar la ira de estos con estas ceremonias: cuelga de la cabecera del enfermo un huevo de gallina; mata un cerdo blanco y lo divide en dos partes: una para el curandero y otra … para el mismo; pero mientras la primera se la lleva con conocimiento de todos, la otra lo hace con amaños y embustes. La condimenta, y una voz cocida, la reparte en varios platos, y á éstos los lleva al sitio donde haya estado el doliente, para que se los coman los espíritus indignados, y en efecto … desaparecen los contenidos. Esta práctica es reminiscencia de su antigua teogonía.
Que á pesar de tantas ceremonias y de tan estupenda cencia del nuevo Dr. Sangredo, ¿murió, por fin, el enfermo?
¡Ah!… en ese caso indudablemente un asuang fué la causa de todo. Hay que buscar á ese guapo y asesinarle.
¿Y quién es él?… Un hombre ó una mujer que tiene pactos con el demonio; no entra en las iglesias y demás lugares sagrados; tiene un agujero en el sobaco que contiene aceite, maravilloso óleo que le hace volar á do quiera; cuando anda, no parece sino sacudiendo una estera (petate); sus uñas son muy largas, y su lengua horriblemente dilatada, negra y flexible como la seda. Gusta mucho de la carne humana, especialmente de la de los fetos; por eso procura lamer el vientre de alguna embarazada y con esto sólo muere ella y el asuang logrará su manjar favorito, tal es el feto. Toma las formas que quiere, la de un perro, de un gato, ave ú otro animal cualquiera.
Por la noche es cuando recorre el mundo. En las primeras horas sale á esplorar las casas, donde más tarde y mientras el mundo duerme, pueda impunemente hacer sus fechorías; coge á niños abandonados y á caminantes solitarios. A media noche deja en un rincon de la casa la mitad de su cuerpo á partir de la cintura á los piés, y la otra mitad vuela en busca del sustento diario. Si uno sorprende la ausencia del asuang y logra salar la mitad abandonada en la parte de unión, al volver éste, ya no podrá unir las dos mitades.
El tiktik, ave nocturna, anuncia con su canto la proximidad del asuang, por lo cual éste le persigue y son enemigos. En cambio, el caiman es amigo del asuang. Comparte uno con otro su presa y ambos gustan de la carne humana. Por lo regular, el asuang vive en chozas asentadas en las orillas de un río.
Los visayas suelen designar como tales á los deformes, feos y de aspecto fenomenal. ¡Y pobre del que la opinión señale como tal! Se citan asesinatos de personas inocentes. Los parientes del difunto, cuya muerte se atribuye á un asuang, suelen por la noche ir á asesinar al presunto, y dentro de las 24 horas de haberle herido, tomando cualquier pretexto, van á verle y hablar con él; sin estas ceremonias, ó van fuera del tiempo oportuno, sé curará con pasmosa prontitud.
¡Ay del presunto asuang! Aunque fuese más hermoso que Absalon y más rico que los Roschilds, nadie querrá casarse con él ni con sus hijos; todos huyen horrorizados de él; le reciben con agasajo por puro temor, pero deseando que se vaya lo más pronto posible. Si ven en su casa algun animal, creen que es el mismo asuang metamorfoseado.
El pájaro llamado en visaya bauá es un asuang trasformado en la época prehistórica, segun los visayas, los cuales temen encontrarle, no sea que les convierta en asuang, pájaro ú otra clase de animal, ó que les devore.
Las embarazadas, sobre todo, temen mucho al asuang y suponen que éste pasea por la noche alrededor de su casa, viendo de devorar el feto.
Cuando se presentan los primeros síntomas del parto, el marido se arma de bolo ó cuchillo y se coloca desnudo unas veces en el tejado repartiendo mandobles á diestro y siniestro en el aire, ó en el piso bajo del cuarto donde está dando á luz su mujer, para ahuyentar al asuang, pues desde el tejado ó desde el piso puede extender su dilatada lengua y lamer el vientre de la parturienta. Mientras tanto, los demás parientes de la familia se reparten en la casa con el mismo objeto: unos en la escalera, otros en los demás sitios por donde pueda colarse el maldito.
Y la comadrona, si no llevan farolito, cuando van á llamarla de noche, se escusa diciendo que sin luz saldría á su encuentro el asuang, para impedir que vaya á ayudar á bien parir. En una palabra, todo lo que les convenga, lo piden con pretexto del dichoso asuang.
III
Los filipinos de color son de una misma familia: la malaya. Por eso, sus facciones y costumbres, como sus teogonías y supersticiones, se parecen mucho. El muñeco del mangkukulam tagalo ó pamgango, recuerda el ban-auan del visaya. Los tagalos atribuyen la locura al mangkukulam, y los ilocanos al sangkabagí ó katatao-an. En las provincias tagalas, visayas y la Pampanga, se cometen asesinatos en las personas de los supuestos mangkukulam y asuang, y en Ilocos los mangsisibrong practican (rarísimas veces ya ahora), el panagtutuyó. El visaya conoce el sumsuman y el ilocano también, pero con algunas diferencias.
El más famoso curandero de los joloanos Panlima Arat, que según se dice, profetizaba sobre el desenlace de las enfermedades, es ni más ni menos que los baglanes de los monteses de Abra, que pretenden hacer lo mismo con predicciones tan ambiguas que sea cual fuese el resultado del mal, hallan ellos subterfugio.
En el capítulo anterior hablamos de los curanderos visayas, del mal-aire ó mal-viento á que suelen atribuir todas las enfermedades, y de las friegas que hacen para echar la causa del mal. Ahora bien, lo mismito practican los taabib de los moros filipinos. Estos atribuyen asimismo casi todas las enfermedades al dichoso mal-aire, y para que desaparezca, friegan al paciente de un modo bárbaro, no sin haberle antes suministrado algunos brebajes, cuyos componentes sólo Dios sabe.
En vez de ventosas, aplican botonazos de fuego en los desvanecimientos ó pérdidas de conocimiento, con tanta crueldad que muchos deben morir más bien por sus quemaduras que por la enfermedad que se trata de curar.
Sus medicamentos son limaduras de ciertas maderas, raices ó cortezas, cocimientos de ciertas plantas ó yerbas, emplastos, el aceite de moro ó tagulauay, medicina eficaz para las heridas y quemaduras.
Los taabib, durante la curación, suelen vivir en la casa del doliente y comer á costa de éste, y después, perciben además alguna propina, que no es mucha.
Un enfermo puede hacer que lo asistan cuantos curanderos quiera, según sus recursos; y cuando se pone malo el Sultan, todos los del lugar acuden á asistirle.
Los curanderos moros, como los demás filipinos, se hacen tales á sí mismos, aprendiendo algunos conocimientos ó prácticas y divulgando sus propios méritos con su charlatanería peculiar. Se dice, sin embargo, que los árabes han introducido en pasados siglos algunos tratados de medicina.
En mi libro Artículos Varios hablo de los curanderos tinguianes.