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El Folk-lore Filipino (Tomo I)

¿Folk-Lore Administrativo?

Reading edition

DEDICATORIA

Al Sr. D. Juan Atayde

Director de «La España Oriental.»

Al concluir la publicación de mi predilecto libro, respondiendo á un deseo invencible, hijo de la admiración y el agradecimiento, quiero dar á conocer íntimamente á mis lectores al Director de La España Oriental, el Sr. D. Juan Atayde, con las noticias particulares que han llegado á mí por ser del dominio público.

Ya como inspirado poeta, se le conocía hace tiempo en la república de las letras. Como Jefe retirado del Ejército, ostenta entre varias condecoraciones la placa de S. Hermenegildo, que representa una vida de inmaculados servicios, unida á la historia militar de Filipinas, con delicadas y brillantes comisiones confiadas á su talento y pericia. En su trato particular se vé siempre la caballerosidad, la esmerada educación y vasta instrucción, habiendo recorrido muchos paises del estranjero, por lo que se le han dado comisiones especiales por el Ministerio de Ultramar, siendo una de ellas, la de Jurado en la Exposición Colonial de Amsterdam, y otra, la de secretario con el Senador D. Manuel Fernandez de Castro en una alta Junta que presidía el Excmo. Sr. Marqués de la Habana.

Como Director de la Revista La España Oriental,… eso toca juzgar á los lectores, que han seguido la marcha de esta publicación hasta encontrar el carácter que ahora ya tiene fijado.

Solo diré que sobre sus muchos conocimientos está su excesiva modestia, pues no hubiera de ningun modo aceptado este cargo, sino por apremiantes circunstancias, sosteniéndolo por pura dignidad y patriotismo; y prueba de ello es que hizo publicar su condición provisional, esperando poder declinarlo en persona de especial competencia. ¿Pero quién reemplazaría al que parece nacido para llevar La España Oriental por el derrotero de progreso y patriotismo, en cuyos ideales está colocada? Tendría que tener las mismas dotes de talento y prudencia.

Con ellas ha levantado á esta Revista cuando estaba en decadencia; y ya con vida propia, ha podido extenderse á publicar una edición bilingüe, para la ilustración del pueblo indígena.

En una y otra edición, no le inspira más que el amor á Filipinas unido á España, para el mutuo engrandecimiento de paises que forman una sola pátria.

Con este lema, no ha tenido necesidad de hacer alardes ni ruidosas propagandas, bastando para atraer la adhesión y simpatía al periódico, sus artículos llenos de prudencia, al par que de energía y decisión para abogar por los intereses de Filipinas.

Debo á este propósito de La España Oriental la razonada defensa que hizo de mí, cuando fuí objeto de injustificados ataques, por sostener lealmente aspiraciones del país. Y aprovecho ésta ocasión, que encuentro muy oportuna, para rendir tributo eterno de gratitud á mis buenos paisanos, por la espontánea demostración de afecto que hicieron hácia mi humilde persona, suscribiéndose en masa al periódico que me había defendido.

Y por esta cariñosa defensa que no olvidaré nunca y por el estímulo y la acogida que me ha prestado en la publicación de este Folk-Lore Filipino, reciba el Sr. Atayde, Director-propietario de La España Oriental, con el artículo que á continuación le dedico, el homenage del más profundo agradecimiento.

Isabelo de los Reyes.

I

Isio (Dionisio) había estudiado en un colegio de Manila; pero no pudo concluir su carrera, porque murió su padre y hubo de regresar á su pueblo natal (Unión,) por no poder sostenerse en esta capital.

No tardó en seguir á la tumba su madre, y viéndose ya el jóven Isio huérfano y sólo en medio del mundo, hizo esfuerzos para reconstruir los pocos restos de la fortuna de sus padres, que se desvaneció, ora por su prodigalidad, ora por el cargo de gobernadorcillo que su padre había desempeñado.

La horfandad de Isio fué una continua série de crueles tormentos: figuraos que se había criado entre relativa comodidad, para más tarde venir á la pobreza, sufriendo privaciones á que no estaba acostumbrado.

Sin embargo, con resignación apuró hasta las heces la copa de amargura con que su hado implacable le brindara. Y habiendo empezado por dedicarse en pequeña escala al negocio del añil y arroz, al principio con peculio propio y más tarde en sociedad con otros, no tardó en convencerse de que el trabajo y la buena fé continuados suelen hacer milagros. Y en efecto, al cabo de diez años tuvo la dicha de ver recuperada casi toda la fortuna que había perdido su padre.

Pero un día, cuando más ocupado estaba en las tareas del campo, recibe una comunicación del gobernadorcillo en que se le notificaba su nombramiento de cabeza de barangay, y él, en vez de deshacerse en insultos y perseguir con un palo al alguacil que llevaba el pliego, cual lo hacen muchos, como si el pobre tuviese la menor culpa de ello, le dijo:

—Bueno, déjame el expediente, que ya iré á ver al señor Gobernadorcillo.

Y en efecto, fué para decirle:

—Señor, no tengo inconveniente en servir al Estado, porque reconozco en él perfectísimo derecho para exigir á todos y á cada uno de los ciudadanos algún servicio, faltando el cual, ni hay Estado, ni sociedad para la que fuimos criados, como demuestran nuestra natural debilidad y la imprescindible necesidad que sentimos del apoyo ajeno. En una palabra, acepto gustoso la cabecería, y hasta con agradecimiento por haberse dignado Vdes. inscribirme en la lista de los principales (especie de nobleza), y soy de los que pagan las contribuciones é impuestos, sin hacer muecas; pero para tranquilidad de mi conciencia y satisfacción de mi honradez, exijo como condición que se me rindan claritas las cuentas; quiero decir, que V. me convenza de que las que figuran en el padrón ó lista de tributantes que me ha de entregar, verdaderamente existen ó hay posibilidad de cobrarles aquí, porque ni yo consiento que mi fortuna, adquirida á fuerza de grandes trabajos, se pierda por abonar lo que deben los ausentes, ni puedo ir á buscarlos en otras provincias, ni …

—Hombre, hombre,—le interrumpió el pedáneo.— ¿Está V. en su juicio? Quieras que no, forzosamente ha de aceptar el cargo, y ahora mismo acabo de mandar pregonar en bandillos que sus bienes no se pueden enagenar, pues ya están hipotecados para responder á la Hacienda Pública de las obligaciones de su cabecería.

—Pero, señor gobernadorcillo, ¿quién los ha hipotecado? ¡Es posible que haya otro más que yo, con derecho á gravar mis bienes!

—Claro, hombre: varios principales y yo informamos que tal casa y cuales terrenos pertenecen á Vd., y el gobernador de la provincia, en vista de este informe, de cuya veracidad hemos de responder con nuestras cosas, ha firmado su nombramiento de cabeza, y sin que lo sepa V., ya lo es.

—Mil gracias por haberse Vds. presentado como fiadores mios; pero ni esa casa ni esos terrenos son del todo míos, sino de mi socio X. parte de ellos.

—Nada, ya es V. cabeza, y no cabe réplica.

—Acepto gustoso la cabecería, pero con la condición de que haya posibilidad de colocar las cédulas, que forzosamente he de abonar, y sin este requisito no firmo la notificación, ni acepto el padrón ni las cédulas.

—Si yo considerara su manera de contestar como falta de respeto, ahora mismo estaría Vd. en el calabozo; pero gracias que conozco su apacible carácter y comprendo su ignorancia; Vds. los negociantes creen que todo se arregla con cuentas claras. Están equivocados; y no sea V. tonto rechazando la cabecería, el padrón y las cédulas, porque eso no quita que sea V. cabeza, y en el día de pagar á la Administración lo que debe su cabecería, usted haya cobrado ó nó, aceptado ó no el cárgo, tendrá, forzosamente que abonarlo todo, como si hubiera colocado todas las cédulas. Con que, amigo mio, V. sabe en cuánto le aprecio, y si cree, como supongo, en mis palabras, es mejor que V. se lleve las cédulas para ver de colocarlas, y así abonará poco ó mucho, pero no todo.

—Entonces, déme V. dos días de plazo para meditar lo que más me convenga.—Contestó Isio, y se fué derechito á consultar con un anciano ex-gobernadorcillo, y por consiguiente muy ducho en el asunto.

II

—Buenas noches, capitan Bindoy, dijo Isio al ex-pedáneo.

—Muy buenas las tenga V., Sr. Cabeza de Barangay,—contestó el viejo, recalcando el tono al pronunciar estas últimas palabras.

—Hombre, ¿cuándo lo ha sabido V.?

—Acaso antes que V. mismo: por el bandillo en que se advirtió al público que sus bienes quedan afectos á las obligaciones de la cabecería que desempeña.

—Precisamente, vengo por eso de ver á nuestro pedáneo y estoy aquí para consultarle sobre el particular.

—Nada, amigo; le ha tocado el premio gordo, como satíricamente se dice.

—Eso es, ¡el premio gordo! la recompensa, el digno coronamiento de mis esfuerzos por reconstruir la escasa fortuna de mi padre, arruinado con ese cargo y el de gobernadorcillo.

—Y ¿qué te ha dicho el pedáneo?

—Que ya soy cabeza, por obra y gracia de él y de algunos principales, y que me conviene más aceptar el cargo, para ver de cobrar algo, y no venir á abonar todo; pero no me inspira confianza: yo sé que todas las cabecerías vacantes corren á su cargo y es muy natural que busque medios para endosarlas á otros.

—Es verdad: ¡pobre gobernadorcillo! y ¿todavía Vd. y otros que tienen dinero se excusan de ayudarle en algo, á pesar de desvivirse él por conservar el órden público, por arreglar las calles, en fin, por gobernarnos? Pues con todo eso, con tener que desembolsar no despreciable cantidad de dinero por atender á los gastos ocasionados por el cargo, varias cabezas de barangay, cumplido el plazo reglamentario, renuncian á sus cargos y el pobre gobernadorcillo aumenta á sus cargas las de estas cabacerías, abonando considerable cantidad de dinero. Nada, Isio; tenga V. compasión del pobre gobernadorcillo ayudémosle y sirvamos como buenos ciudadanos al Estado, á la sociedad á que pertenecemos; son cosas de la vida, obligaciones innatas de los que tengan más; y luego, cuando no prestamos nuestra ayuda al pedáneo, y éste desmaya, vendremos pidiendo buenos caminos y otras exigencias.

—Eh, amigo; me parece que es V. partidario del gobernadorcillo y acaso uno de los que firmaron la sentencia de muerte de mis bienes, cuando precisamente yo venía á consultarle sobre la manera de ó aceptar la cabecería, pero con las cuentas bien arregladas, ó rechazarla.

—Ambas cosas son imposibles, amigo mío; y haría bien en no perder tiempo, aceptando las cédulas. Y vaya el consejo que le puedo dar: si es listo, digo, si V. es poco escrupuloso, poco ó nada perderá con la cabecería.

—¿Y cómo?

—No, no he dicho nada; no será V. capaz …

—¿De qué? El caso es salvar mi fortuna con tanto sudor adquirida.

—Pues por ahí anda gente de mal vivir que necesita proveerse de varias cédulas, para burlarse de la policía:… no se ha de comprometer Vd., puesto que se las ha de dar en blanco sin firma.

—A tanto no me atrevo.

—Pues procure colocar las cédulas entre sus amigos y parientes.

—¿Pero si no figuran en mi padrón …?

—No importa: eso no se averigua, basta que ellos presenten sus cédulas cuando se las exijan, sin meterse nadie á averiguar si el cabeza que la autoriza, pertenece al mismo barangay.

—¿Y el pobre cabeza que debiera cobrarles?

—Pues quedará haciendo cruces sobre su boca abierta, si es tan tonto que no hace lo mismo con otros.

—¡Umf! La cosa no está libre de contingencias.

—¡Claro! todo negocio tiene sus quiebras.

—Entonces no lo he de ejecutar.

—Pues otra quiebra mayor le ha de alcanzar: entrará en la cárcel por desfalcado, cargará angarillas, perderá sus bienes, que se malvenderán en pública subasta, y todo por sus excesivos escrúpulos.

—No lo creo.

—Y su padre, ¿cómo ha perdido sus bienes?… Cuando yo fuí cabeza, en vez de perder mi casa, adquirí otra por razón del cargo.

—¡Milagro!

—No crea V. en milagros, papamoscas. La cosa fué muy sencilla. La gente de esta provincia es muy ignorante y tímida, y el que tenga dos dedos de frente vive divinamente á costa de ellos. Cuando recibí el padrón ó lista de los que yo debía cobrar, noté que faltaba más de la mitad: unos estaban ausentes en lejanos lugares, otros desconocidos, y otros muertos.

—Habrá V. exigido que renovasen la lista.

—Eso era perder tontamente el tiempo y el dinero: lo primero, porque el expediente que se instruiría por cada ausente, no terminaría hasta el fin de los siglos; y lo segundo, porque los expedientes se extenderían en papel de oficio ó de ocho cuartos pliego, á costa mía, y tendría además que asoldar un escribiente y director al mismo tiempo, que siendo de los pocos que saben hacer estas cosas, se vendería carito.

—Y entonces ¿qué ha hecho V.?

—Pues hacer pagar á los presentes lo que debían los ausentes. Conocía yo donde vivían los primeros, y solía visitar á los del campo, es decír, aquellos á quienes impunemente podía exigir regalos de huevos, gallinas, cerdos, frutas, etc., que vendidos, valían dinero. Además emprendí levantar una casa: á unos pedí que me trajesen del bosque maderas; á otros bejuco, cogon y otros materiales; y á todos á trabajar, dándoles á veces, no salarios, sino algunos cuartos.

Esto á nadie chocaba, pues ya sabe V. que es costumbre inveterada.

—Y del servicio personal, ¿qué sacaba?

—¿Pero no te acabo de decir que les hacía trabajar en mi provecho?—Contestó á Isio el ex-gobernadorcillo.

—Eso no pudo ser, porque el pedáneo directamente vigilaría por la asidua asistencia de los polistas.

—Bueno; pero ¿cree V. que el gobernadorcillo se atrevería á pedirme cuentas? ¿A mí, que por cualquier cosa sería capaz de meterle en un atolladero sin salida?…

Isio no pudo replicar.

Y el capitan pasado prosiguió, envanecido por su triunfo:

—Ya he dicho que Vds. todavía poca cantidad de morisqueta han consumido; mire mis canas; ¡cuántos años y cuánta experiencia representan! Es verdad que ésta la adquirí á costa de amargos desengaños y profundos disgustos. ¡Oh! con qué abundancia de lágrimas he regado el espinoso camino por donde he venido á la ancianidad. Acaso habría caido á la mitad de él, si no hubiera siempre tenido presente que todos, absolutamente todos los mortales, así ricos como pobres, la plebe y la nobleza, seguían y siguen la misma senda que yó. Nada, nada: necesita V. aún comer muchos plátanos para poder comprender los misterios de la vida; y ya te digo: me fué divinamente la cabecería; mire que la redención del servicio personal representa otro ingreso; y las quintas …

—Advierto á V. que me ofende con esos consejos.

—¿Y quién le ha dicho que sería capaz de seguirlos? Pero V. me ha suplicado que prosiguiera; y por considerar que ha venido a oir mis consejos, le dí los que mi pobre inteligencia y mis años me habían enseñado.

—Entonces si V. no puede darme otros, dispénseme la molestia y mil gracias por sus atenciones.

Le dijo Isio, y sin poder disimular su disgusto, se fué.

Y su viejo interlocutor, volviendo de conducirle á la escalera, se sentó en un sillon de bambú; cogió un paypay, también de caña, en forma de guión de iglesia; descubrió más el pecho, echó el cuerpo hácia el espaldar, levantó los piés, y abanicándose fuertemente, y á cada momento rascándose las espaldas, decía á sus solas:

—Isio es muy excelente persona; la enérgica dignidad con que rechazó mis consejos me ha gustado mucho, si bien la venerabilidad de mis años se ha humillado un poco ante las lecciones de ese imberbe. Venía el pobre á pedirme buenos consejos, y ¿á quién se le ocurriría, si no á este desdichado vejete, enseñarle peligrosos disparates?…

Después de rascarse los muslos y las pantorrillas; y abanicándose fuertemente, prosiguió:

—Pero ¿qué otra cosa podía aconsejarle? Tengo lástima de esos bienes que á fuerza de continuados esfuerzos ha vuelto á adquirir este buen mozo. Es verdad que para salvar los nuestros propios, no tenemos derecho para arruinar al prójimo. Pero ¡Demonio de chinches y de mosquitos! Y estos ¡¡sarpullidos!!

Y seguía rascándose con más furor, y abanicándose para refrescar su ardiente cuerpo.

Después añadió:

—Los escrúpulos … ¡cá! ¡Tonterías de la humanidad! Ya veremos, ya veremos á ese guapo, y á dónde le conducirá al fin su estrecha conciencia … No puede ser: con bien no ha de salir, á no ser él un Salomon … ¡Vaya un buen tipo de Salomon que tiene el inocente Isio!

III

Las dudas del capitan pasado no tardaron mucho en aclararse.

El primer año, Isio abonó á la Administración de Hacienda pública setenta pesos, á pesar de haber desatendido por completo sus tareas en el campo, para ver de colocar las cédulas y buscar en varios rincones de la provincia á los que se creían oficialmente que le pagaban religiosamente las contribuciones.

De modo que también perdió lo que debiera haber ganado en el campo, de no desempeñar cabecería alguna.

Y lo que gastó en los viajes que hizo en busca de sus kailianes, y los contínuos á la Administración.

Lo que á Isio sucedió en el primer año fué para él, no sé si desengaño, lección ó principio de desesperación.

Verdaderamente no es lo mismo perder lo que se ha ganado en el juego, que lo adquirido á costa de tantos sudores y de constancia, y es más doloroso perderlo, después de haber agotado todos los esfuerzos imaginables para salvarlo.

En seguida se acordó de los consejos del anciano capitan pasado; pero no tenía valor para seguirlos, para abusar de los pobres, quitándoles su escasa morisqueta, adquirida á costa de tantos trabajos, ya que su miseria no les permitía comer más que dos veces al día sin más manjares que la sal, alguna legumbre pasada en agua, ó poco bagon. Robar á esta clase de gente, sería casi casi como asesinato. Isio no podía; pero ¿quién le había de pagar lo que había abonado? Esta era la cuestión que le preocupaba mucho.

Y para olvidar un tanto su angustiosa situación, aprendió á tomar basi (vino ilocano que se extrae da la caña-dulce) y á emborracharse.

Excuso deciros que Isio, alucinado por la bebida, se acercaba al abismo de su perdición.

Olvidó por completo dedicarse á su antiguo negocio, y en sus borracheras solía exclamar:

—Ah, mientras viva, á lograr el tiempo; yo he de disfrutar de los frutos de mis afanes antes que otros.

Y como no se ocupó más en cobrar á sus tributantes, dejándolo todo al primogénito, (ayudante de cabeza de Barangay con cédula gratuita por este servicio), el déficit se duplicó el año siguiente, é Isio en vez de sentirlo más, casi no lo experimentó, á pesar de haber tenido que sufrir disgustos por buscar el dinero que necesitaba, pues sus antiguos sócios no le fiaron la cantidad que les había pedido, viendo que ya él había abandonado sus trabajos en el campo y que sus bienes estaban hipotecados á favor de la Hacienda pública.

Acaso lo más prudente para él hubiera sido que se declarase entonces en quiebra, es decir, manifestase claramente al gobernadorcillo que no tenía el dinero que necesitaba para saldar las cuentas de su cabecería, poniendo á disposición de la Hacienda pública sus verdaderos bienes, y aquella se encargaría de venderlos en pública subasta.

Pero por de pronto el gobernadorcillo le remitiría preso al Gobierno civil y entraría en la carcel y saldría á trabajos públicos, entretanto que se vendiesen en público subasta sus bienes.

Mis lectores no comprenderán, como yo, la razón de este procedimiento comun en provincias; y cuidado que no es porque las autoridades provinciales lo dispongan por arbitrariedad para evitar expedientes abrumadores, procurando que el cabeza siquiera por vergüenza, busque dinero fuera para salvar sus cuentas; no, no hay arbitrariedad, lo que debe haber es alguna disposición superior mal entendida, cuya equivocada aplicación haya sido sancionada por la rutina.

Varios Alcaldes mayores se veían obligados á meter en la cárcel á centenares de cabezas desfalcados, personas honradas, sin más delito que el de no haber podido abonar lo que no habían cobrado á sus tributarios ausentes.

Pero ni Isio, con toda su borrachera, tenía valor para entrar en la cárcel, ni podía consentir que así desapareciesen sus bienes honradamente adquiridos.

Y al fin, logró alucinar á un avaro principal, que le dió el dinero que necesitaba para saldar sus cuentas con la Administración, con el interés de veinte por ciento al mes, y todavía con derecho de quedarse, si al cabo de dos años, Isio no podía pagar su deuda, con todos sus bienes, hipotecados por segunda vez á favor del acreedor, que ignoraba que en caso de quiebra entraría antes á cobrar la Administración.

Pronto Isio fué asaltado por sérios temores, y con frecuencia murmuraba:

—Todavía habrá posibilidad de que yo salga con bien de mis compromisos con la Hacienda pública, pero de las garras del codicioso, ¡ninguna! Debo meditar formalmente lo que me convenga, y una vez hallado el medio, hay que emplearlo con valentía, sin fijarse en averiguar si es justo ó reprobado.

El arrepentimiento—añadía,—nunca viene con oportunidad. ¡Oh! Qué sábios aquellos consejos que inocentemente he rechazado; pero ya no es tiempo; he perdido tontamente dos años sin ganar nada con la cabecería, y sí perdiendo todo lo que poseo, como ya lo he perdido, á pesar de conservarlo aún en mi poder …

—¡Eureka!—exclamó después de haber meditado largo rato, como si un rayo divino hubiese penetrado en aquella tenebrosa cabeza, donde se habían fraguado toda clase de maléficos planes.

—¡Eureka!—repitió.—¡Magnífica y salvadora idea!

Iré á consultarla con el inteligente ex-gobernadorcillo.

IV

—¡Pobre jóven!—exclamó el viejo ex-gobernadorcillo, al oir el conmovedor relato de Isio y su decidida resolución de procurarse el nombramiento de gobernadorcillo, para salvar su crítica situación.

—¡Pobre jóven sin experiencia!—no pudo menos de repetir, y añadió:

—Pero si es peor el remedio, ¡hombre de Dios!

—De modo que mi situación no se resuelve, si no ahorcándome en un balete ¿(árbol)?—Exclamó Isio.

—Tanto, no; como se ha de ahorcar V., ¡tonto! Sí, tonto y muy tonto sería, si no encontrase otro remedio que la ¡desesperación! Pero no es menos peregrina su idea de salvarse con el cargo de gobernadorcillo, cuando este es infinitamente peor que el de cabeza de Barangay. El mejor remedio será resignarse á perder sus bienes, entrar en la cárcel y salir á trabajos públicos; con eso no se desprestigiará, porque es de todos conocida su honradez, al menos hasta ahora; y después ya que es jóven aún, no tardará en recuperar lo perdido. Ea, sea, V. magnánimo, que el cielo nunca desampara á los hombres laboriosos y de buena fé.

—Me parece muy excelente el consejo, y lástima que antes no se me haya ocurrido tan fácil y eficaz remedio; lo seguiré, y adios, muy señor y amigo mio.

Y diciendo esto Isio, saludó á su interlocutor y juntos se dirigieron á la escalera.

Ya abajo el cabeza de Barangay, se le ocurrió una duda y antes de despedirse por última vez, preguntó:

—Pero diga V.: ¿otra vez no me podrán elegir cabeza de barangay, cuando vuelva á reunir modesta fortuna?

Por de pronto el viejo no pudo contestar; se arrugó su frente, y después de un minuto, murmuró:

—Esa es la dificultad: como V. no ha desempeñado durante diez años seguidos el cargo, podrán obligarle á aceptarlo de nuevo.

—¡Otra vez!—exclamó Isio y volvió á subir corriendo.

—¿Diez años seguidos?—repitió el mismo—¿y quién podrá ejercerlo durante ese tiempo, de no tratarse de verdaderos ricos?…¡Eh! amigo, renuncio á practicar sus saludables consejos; antes he de salir gobernadorcillo y con lo que adquiera con ese cargo, tendré con que seguir abonando durante diez años.

—Verdaderamente—contestó el viejo enseñando una silla á su interlocutor—el caso es para desesperar.

Y después de una pausa, añadió:

—Bueno; será V. gobernadorcillo, pero ¿qué espera hombre de Dios, con ese cargo, si no disgustos á montones, humillaciones, desembolsos que no puede hacer, y su ruina completa?

—Pero no me dijo V. que cuando lo desempeñó, ¿ganó mucho dinero?

—Tanto, nó; el no haberme salido mal la broma, representa un triunfo; pero V. no tiene el atrevimiento, astucia y experiencia suficientes para no salirle el tiro por la culata; ni el valor necesario para sufrir ciertas cosas. Acabará V. por morir de disgusto.

—Hombre, no parece sino que V. tiene otro candidato para ese cargo, pues no comprendo aquellos consejos suyos que rechazé, disuadiéndome ahora.

—Amigo, le di aquellos, porque yo veía que usted no podía rechazar la cabecería; pero ahora no debe buscar su propia ruina, estando en sus manos el evitarla.

—Y ¿por qué ese cargo es tan disputado?… Algun dulce ha de encerrar, cuando á él acuden hormigas.

—¿Dulce? ¡veneno con baño de almibar!… pero, en fin, ¡dulce es! ¡Oh! muchísimos piensan coma V., así de los de abajo, por lo cual es disputado; como de los de arriba, por lo que no se modifica este cargo en el sentido de que ha de ser honorífico, si así les place; pero que de ninguna manera debiera ser muy gravoso á los que los desempeñen.

—¿Cómo gravoso?

—Sí, hombre; y lo es en grado superlativo: recuerde, si no, aquellas cabecerías vacantes de que, según hablamos anteriormente, pasaban á cargo del gobernadorcillo; y si una acabó de arruinar á V., cuatro, seis, diez ó más ¿que no le causarán?… ¿Y el sueldo del directorcillo, á quién V. pagará de su bolsillo particular al mes, lo que V. percibirá al año? ¿Y las picardías de él, de las que V. saldrá responsable, pues él no es más que un consultor particular?

—Como yo sé chapurrear el castellano, no necesitaré de directorcillo.

—Es indispensable, hombre, porque V. ignora las fórmulas para extender las primeras diligencias, poner y contestar los oficios, etc., etc.

—Si es verdaderamente indispensable, promoveré expediente para que el gobierno me conceda crédito para asoldar un directorcillo de carácter oficial con responsabilidad de sus consejos.

—Ya vé V. ¡si no es inocente! No, no puede V. ser gobernadorcillo por cándido. Y esa candidez y buena fé extremadas le acarrearán muchos disgustos.

—Me portaré listo.

—¡Tu dixisti!

—Dirá V. lo que quiera, capitan; pero me parece que tiene otro candidato.

—Hombre, V. me ofende; y basta eso para que yo contribuya á castigar su increible inocencia. Será V. gobernadorcillo; ahora mismo voy á visitar á mis partidarios, para que todos apoyen calurosamente su candidatura.

—Si, señor mío, á ver si me hace ese señaladísimo favor.

—No es favor, sino agravio; los indígenas, como la clase popular ó menos ilustrada de Europa, merecen bien el dictado de niños grandes: el prurito de figurar, el de elevarse algo del nivel de sus paisanos, cómo les deslumbra, ¡cómo les pierde! En efecto, los pobres se elevan un momento para venir á caer luego al fondo de las cárceles ó al abismo de la desgracia de toda su familia.

—Es V. muy pesimista.

—Vamos á las pruebas: los capitanes de este pueblo (ex-gobernadorcillos) que viven, son: Andong (Fernando), Islao (Wenceslao), Asia (Deogracias), Ansong (Juan), Ittong (Evaristo), Maddó (Romualado) y su servidor. Pues bien: el primero, que fué muy querido del pueblo, perdió todos sus bienes con el cargo y entró una vez en la cárcel, siendo persona muy honrada; el segundo está aún en presidio, porque quiso hacer picardías y no supo hacerlas bien; el tercero, por sus torpezas frecuentaba la carcel, sin ser pillo; el cuarto perdió un brazo en la persecución de malhechores, porque alardeaba de valiente ó buen servidor del Estado, y ya sabe V. bien que no solo su brazo perdió; el quinto pagó caras las picardías del directorcillo y otros á quienes había obedecido de buena fé; el sexto pasó muchos meses en la prisión por no tener con que abonar los cargos de las cabecerías vacantes y otros gastos que puede abonar un gobernadorcillo; y yo … fuí el único que no entró en la carcel, ni oyó reprimendas porque yo conocía de antemano el oficio; pero crea V.—que solo lo solicité deslumbrado por el prurito de ser jefe local; pronto me arrepentí y aunque verdaderamente salí ganando, juro que nunca más aceptaré el cargo.

Fijo Isio en la idea de salvarse con el cargo de gobernadorcillo, debió haber oido distraidamente á su interlocutor; solo así se comprende que al final de aquellas buenas lecciones, contestase.

—Dígame V. la verdad: ¿Su opinión obedecerá á que está desesperado de poder hacer triunfar mi candidatura?

—¡Qué no he de poder yo!—rugió el ex-gobernadorcillo, herido en su amor propio.—¡Siempre he derrotado á mis adversarios!

—Bueno; por la gran influencia que justamente ejerce V. sobre el pueblo, he de ser elegido seguramente gobernadorcillo, ¿no es eso, capitan?—Contestó Isio, conociendo el pié de que cojeaba su interlocutor.

— Sí, hombre; ya que se empeña.

V

Isio, procurando explotar en provecho (no digo suyo) de su candidatura, el orgullo del viejo, publicó que estaba apoyada por éste, y por medio de varios amigos íntimos suyos propaló la noticia de que el partido opuesto se preparaba afanosamente á la lucha electoral y que creían triunfarse fácilmente de Isio y del viejo.

En vista de tales noticias, éste, que era muy astuto y vanidoso, tomó á pechos llevar avante la candidatura de Isio.

Los del partido opuesto con las murmuraciones provocativas de los primeros, eligieron un candidato suyo para oponer á Isio.

Los chismes crecían de tal modo que no parecía sino que el pueblo llegase á convertirse un dia en campo de Agramante; los ánimos estaban alebrestados y las pasiones se enardecían; unos principales que antes se respetaban mútuamente, se enviaban recados insultantes; los que eran amigos antes, ya no se saludaban …

Ya las elecciones se acercan; machos cabezas esta vez acuden voluntariamente á la Administración de Hacienda pública para saldar sus cuentas, pues no entra á votar el que tiene alguna deuda al Tesoro; los partidos se enteran minuciosamente de la conducta de sus adversarios, para ver de encontrar tachas; acuden á los juzgados, desentierran causas ó diligencias criminales ó expedientes gubernativos …

Y todo es por el dichoso cargo de gobernadorcillo, que á todos arruina.

En fin, ya llegó la víspera de la elección de gobernadorcillo ó sea el día de la de los tenientes, alguaciles, cuadrilleros y demás sirvientes sin sueldo del pequeño gobernador.

Anochecía; el bombo del tribunal (casa Ayuntamiento) no cesaba de llamar á Junta general á los principales del pueblo; y éstos acudían al llamamiento.

Ya amigos y enemigos están sentados á una larga mesa, presididos por el gobernadorcillo y empiezan á discutir la propuesta de los subalternos. Admira la calma con que al parecer se hallan reunidos los dos bandos opuestos, y es porque todos temen un sangriento choque que todos procuran evitar. El mismo presidente, que siempre es uno de los jefes de los partidos militantes, se muestra imparcial y cuando la discusión empieza á enredarse entre los jóvenes principales, en seguida los ancianos la cortan procurando una avenencia, y aquellos callan ante la voz de éstos. La discusión tiende á evitar que los propios partidarios sean nombrados subalternos.

No así ya sucede en la elección de gobernadorcillos, porque saben que no pueden venirse á las manos, por estar presididos por el jefe español de la provincia.

En ese día, el pueblo ofrece singular animación; toda la nobleza ó principalía del pueblo, vestida de extravagante chaqueta con los faldones de la camisa fuera, y sin corbata, espera al Gobernador en el tribunal con la banda de música del município. El Gobernador, antes de empezar la votación, pronuncia un discurso encaminado á desvanecer las rencillas de partidos, y para que elijan al más digno. Después se lee la lista de los que se hallan en aptitud de votar, y es cuando se nota un hecho singular, increíble y digno de ser estudiado.

Aquella gente tímida que no se atreviera á despegar los lábios delante de cualquier español peninsular en otros casos, en el presente cobra, como magnetizado, impropio atrevimiento. Y con la mayor serenidad dicen, á la faz de todo el pueblo, al Gobernador de la provincia, que Fulano es incapaz de votar por ladron ó estar encausado por hurto, y otras causas por el estilo, llamando la atención el calor con que se defienden y acusan los adversarios. Allí delante del jefe de la provincia, se cruzan verdaderos insultos, pero en forma respetuosa para el presidente.

Y cuando tocan á tachar á los candidatos á gobernadorcillos, ¡oh! aquello es indescriptible é inusitado.

Ya lo ha probado Cantú con la historia universal de la humanidad en la mano, que la indolencia ó indiferentismo es efecto de la tiranía muchas veces. ¿Por qué los indígenas en ese caso defienden tenazmente á sus partidarios? ¿Por qué esa energía en acusar?… Sencillamente, porque saben que eso les está permitido, y nadie les cohibe. Concededles, pues, más derechos; no limiteis los que les correspondan, y sólo entonces podreis juzgar de su cacareada inercia.

VI

Isio fué derrotado por sus adversarios y ocupó el segundo lugar en la terna.

Humillado el viejo padrino de Isio, se mordía los labios, no podía hablar de despecho y de vergüenza; al paso que los del opuesto bando celebraban su triunfo con comilonas, libaciones de basi (vino) y animadas tertulias. Y unos ante el golpe fatal de su derrota, y otros ante su deslumbradora victoria, todos se olvidaron de pedirse mútuamente explicaciones de los insultos que se habían cruzado delante de todo el pueblo.

Isio todavía se atrevió á aparecer delante del ex-gobernadorcillo, su padrino, quien había tomado más empeño en la lucha.

Sí, el pretendiente fué melancólico á la casa del viejo, y fué indescriptible su primera entrevista: instintivamente bajaron corridos los ojos al suelo.

—¿Qué tal, cómo sigue V.?—al fin Isio pudo murmurar.

Comprendiendo el viejo lo que con esto queria decir, contestó:

—No desespere V.; todavía hay remedio; estamos no más á la mitad de la guerra, casi se puede decir que aún no hemos roto el fuego, y esos tontos ya cantan victoria … Calle V.; ahora, se necesita mucha prudencia y sigilo … Trabajaremos, y V. será elegido.

—Veremos!

—¿Cómo veremos? Es preciso seguir ad pedem litteræ mis consejos.

Cuando menos lo pensaba el elegido en primer lugar, que ya se había gastado mucho por celebrar su triunfo, y contraido deudas, pues el pueblo en nada se niega á los gobernadorcillos actuales ó electos; cuando menos lo pensaba, repito, se recibió del Gobierno general el nombramiento de Isio como gobernador chiquitin.

Y ahora me preguntareis:

—¿Y el elegido por el pueblo? ¿Para qué entonces sirven estas elecciones?

Isio también fué elegido por ese mismo pueblo, si bien en segundo lugar; y sobre los votos del pueblo están los informes del jefe de la provincia, de la Guardia civil y del Cura párroco, y la decisión de la Autoridad Superior.

VII

El pueblo ofrecía inusitada animación, las calles se veían adornadas con colgaduras ó colgajos, banderolas y pañuelos.

Era el día de tomar posesión el electo gobernadorcillo, el bastante jóven Isio.

Al fin, la música anunció la llegada de la comitiva; rompía la marcha una banda de música vestida de gala; seguían dos filas de alguaciles y tenientes, llevando luengas varas encarnadas y verdes, respectivamente, y cortaba las dos líneas paralelas otra más corta, la de los primeros jefes locales, ó sean el gobernadorcillo Isio, á la derecha el teniente mayor y á la izquierda el teniente segundo. Después seguía la principalía compuesta de ex-gobernadorcillos y cabezas de Barangay, con los nuevos jueces de sementera, de ganados, y de policía.

Isio iba muy formalote y como tímida doncella, contrastando con esta figura la del viejo ex-gobernadorcillo, que iba detrás del primero, tan alegre; tan decidor, y tan lleno de sí mismo.

Todo era alegría para Isio, si bien fué algo interrumpida aquella con haberse propasado momentáneamente con él, uno de quien no le era dado vengarse.

Todo era júbilo. ¡Oh! Más aún, cuando Isio sentado en un deslumbrador sillon, con el baston de mando en la mano, presidiendo nada menos que la principalía del pueblo que le vió nacer, á la faz de todos los kailianes (vecinos) leyendo el alguacil mayor su indispensable programa gubernamental, en que se mandaba en primer lugar oir misa los días de guardar y cumplir con todos los deberes que la sacrosanta Religión Cristiana nos impone; se amenaza á los jugadores, borrachos y ladrones, á quienes habría que castigarse con mano de hierro, etc., etc.

VIII

El tiempo vuela.

Isio lleva sólo un mes de mando y casi está ya cansado con ir y venir del Gobierno de la provincia y de otras casas, donde habitan sus superiores, que son la Administración de H. P., la Guardia civil, etc.; ¿pero qué son esos cansancios ante el prurito de ir á oir misa, con la música delante, atrayendo la vista y las simpatías de las babbalasang (solteras) del pueblo?

El tiempo sigue volando.

Isio ya está cansado de tanto ruido, á juzgar porque ya piensa en renunciar el cargo.

Pero el viejo mentor de él, le dijo en tono solemne:

—Si ahora desmaya V., es mejor que se ahorque, y si le falta cuerda para ello, acuérdese de las borlas de su baston. ¡Animo para todo, y mucha prudencia!

—Bueno, me ahorcaré,—le solía contestar el inocente Isio—no tengo valor para tanto sufrir.

—Es ley natural del inferior con el superior. Hágalo lo mismo con los otros.

¡Y volaba el tiempo!

Habían pasado seis meses.

Isio ya no era tímido; los polistas, en vez de trabajar en los caminos y puentes, se ocupaban en levantar una gran casa de tabla para él.

Tenía fama de valiente; había organizado el cuerpo de cuadrilleros militarmente, y con ellos tenía á raya á los malhechores y á los igorrotes, á quienes visitaba con frecuencia en son de guerra.

Ya tenía algún dinero; zanjó, más bien violentamente que otra cosa, sus cuentas con sus antiguos deudores

¡Volaba, volaba el tiempo!

Isio llevaría ocho meses de mando: no ya solamente tenía metidos en cintura á los tulisanes y demás gentuza del monte, sino á la misma turbulenta principalía del pueblo.

—¡Oh! solía gritar á sus enemigos en pleno Tribunal, cuando se ponía furioso—¡¡ustedes cuidado!!; qué no anden tonteando conmigo, pues no hay más ley que mi voluntad, ni más imperio que la fuerza de mis cuadrilleros. No me importa que me ahorquen; después de haber hecho degollar á Vdes.

¡Cá! si su mismo padrino temblaba de miedo, cuando Isio apostrofaba en las juntas á sus enemigos.

IX

Todo le iba bien, cuando recibió una orden del Juzgado, de comparecencia, para responder de los cargos que la principalía amotinada dirigía contra él por abusos.

—¿Qué hacer?—consultó Isio amostazado á su padrino, el viejo ex-gobernadorcillo.

—Pués váyase V. sin miedo, y niegue todos los cargos rotundamente.

—¿Pero si los he cometido á la faz de todo el mundo?

—No importa; muéstrese ahora más valiente que nunca con todos; persiga V. sin tregua á sus enemigos, en fin, dé á conocer que hada teme de ellos, fingiendo que lo hace porque siempre ha de salir con bien de todo, y ya verá si alguien se atreverá á declarar contra Vd.

Y en efecto, Isio, en vez de amansarse con el golpe, con inaudito descaro mandó llamar oficialmente á los que se habían citado como testigos y les amenazó maltratarles de obra, si declaraban contra él.

Al principio, efectivamente los más fieles y decididos testigos no se atrevieron á confesar la verdad contra Isio; pero de tantos que se habían citado no faltaron después, aunque escasos, quienes declararon contra él, y fueron aumentándose al ver que éste no cumplía sus amenazas.

Isio visitó á su consultor el ex-gobernadorcillo, y éste no pudo menos de exclamar:

—¡Hijo mío! por mi parte no encuentro medio de salvarle, es cuestión de suerte; más que eso hice cuando desempeñé el mismo cargo, y sin embargo, logré ahogar las quejas del pueblo contra mí.

—¿Y entonces?—contestó Isio ya muy abrumado.

—Pues, conformarse con su mala suerte.

—No, no puedo ir á la cárcel, después de los muchos sacrificios que hice, para ejercer lo mejor posible este cargo.

—Es el caso que V. no tenía derecho para desquitarse en sus inferiores, y la ley es inflexible.

—¡Inflexible!—exclamó Isio—y después de larga pausa murmuró:—Es verdad; pero he venido aquí para que V. me enseñe la manera de parar sus golpes.

—No veo ninguna.

—¿Ninguna? Ahí tengo una casa bastante bonita, poseo algún dinero, ¿todo esto no pueden hacer algo en mi favor?

—¡Nada!

—¿Cómo nada? Me parece V. como niño recien nacido.

—Nada, repito, porque tiene muchos enemigos que hacen imposible lo que indica.

Entonces Isio exclamó, levantando la vista:

—¡Cielos!

Y después de una breve pausa, añadió:

——¡Cielos! de tí na debo esperar nada;… tampoco de V., capitan; tampoco de mi casa y de otros bienes mios.

Y dirigió su mirada al sitio de su casa, para retirarla apresuradamente, como si no pudiera soportar el dolor que le causaba aquella, al recordar que irremisiblemente se malvendería.

Por mera casualidad se fijó su vaga vista en la vecina cordillera; entonces meditó un instante y después preguntó al viejo:

—Y esos montes ¿no podrán prestarme hospitalario refugio?

—Hombre, murmuró el viejo; es verdad que no veo otra salida para V. que huir á ellos; pero no puede V. figurarse lo triste que sería su destierro, siempre en perpetuo peligro de ser sorprendido por los agentes de justicia ó por los caníbales, y sin poder ya volver á esta vida en buena sociedad.

—¡Y qué buena es!—¡contestó con desden Isio!—Nó; prefiero el salvajismo: las murmuraciones, las envidias, la opresión del inferior por el superior, la enemistad entre el rico y el pobre; en fin, los horrores de la desigualdad, ¿son los encantos de la sociedad?… ¿Qué atractivos tiene ésta?… Si se trata de amores, ¿no es mejor, infinitamente mas grato llevar á la espesura de los bosques al objeto de nuestro cariño, y adorarle allí sin trabas, haciendo imposibles los celos y proclamarla como reina de la Naturaleza bruta?

—¡Hombre! despéjese V … vamos, temo que pierda la razón por la desgracia que le amenaza, y la cosa ciertamente no es para menos.

—¿Pero acaso he dicho alguna mentira? Señale V. cuáles son los atractivos de la sociedad.

En esto, recibe Isio un despacho urgente de la cabecera, en el que un amigo le participa que dentro de pocas horas se firmaría su destitución provisional como gobernadorcillo al par que el auto de su ingreso en la cárcel, y que según todas las probabilidades irá á parar al presidio por abusos de autoridad, exacciones ilegales y otros delitos por este estilo que han resultado justificados contra él.

Enterado su viejo interlocutor de esto, díjole:

—Sálvese V. como pueda, vaya al monte.., ó en fin, á donde quiera, hijo mío, que yo no puedo aconsejarle nada.

Isio, sin perder momento, se entrevistó con los ricos y disimulando el apuro en que se veía, y sus intenciones, malvendió en pocas horas todas sus cosas, excepto un hermoso caballo que tenía, algunos libros é instrumentos de mágia, que había aprendido en Manila y á la que tenía mucha afición, y acompañado de un criado suyo, tan fiel como valiente, aunque visiblemente de más edad que él, se dirigió al monte.

X

Isio y su criado se dirigieron á los montes para buscar un refugio en sus bosques, y al penetrar en la primera ranchería de los igorrotes alzados ó caníbales, disparó algunas bombas y tres cohetes de bengala.

Figuraos el efecto que surtirían entre los salvajes aquel ruido y aquellas luces: los baglanes (sacerdotes) de la ranchería, se reunieron con los ancianos, sumamente admirados todos, para explicar aquellas luces, que mal podían ser de los españoles, porque estos sólo entrarían, para castigar alguna fechoría, que no habían cometido, y en todo caso, como se anuncian con ruido, los espías y centinelas hubieran antes dado aviso de ello; y excusado será decir que no lo esperaban de los demás igorrotes.

Era, pués, aquello muy singular, y seguramente un milagro extraordinario de los Anitos.

Asi debió suponer Isio, ó ese era su propósito, porque se presentó vestido con un lujoso traje de Capitán general de los que se usan en las comedias ilocanas, y á los que se adelantaron á verle, les manifestó ser enviado de los Anitos, y que nada tenían que temer de ellos.

Sabido lo cual, los ancianos y los baglanes acordaron recibirles, después de haberse ellos convencido de que iban solos Isio y Colás (Nicolás) que así se llamaba su criado, también con traje de comediante.

Isio, confiado en su revolver y en que era muy diestro en la esgrima, á indicación de ellos bajó de su caballo y subió sólo, sin miedo alguno, á su tribunal, lo que no pudo menos de admirar á los caníbales.

Ya delante de la atónita principalía, pronunció un discurso procurando imprimir cierto aire profético ó sobrenatural en la pronunciación, en sus acciones, en su mirada vaga y casi siempre fija en lo alto, aunque observando la actitud de su auditorio.

Dijo en su discurso haber sido enviado por los Anitos para advertir á todas aquellas rancherías que eran hermanas, y que por consiguiente, sus diarias luchas intestinas tenían sumamente enojados á los Anitos; pero antes de castigarlos con calamidades, creyeron deber advertirles su error.

Un baglan intentó protestar contra su veracidad, diciendo que para eso está un anito de la guerra; pero Isio le contestó con energía:

—Calla, falaz baglan:—y mostrando su revolver, añadió:—ten entendido que en este divino cañuto llevo encerrado el rayo, y estoy dispuesto á lanzarlo contra tí, sí intentas desobedecer á los anitos.

Era la primera vez que alguien se atreviera á insultar al más venerable baglan, y el atrevimiento de Isio aumentó la sorpresa de los presentes que no podían despegar los lábios.

Y después añadió:—Todas las cosas fueron criadas por el Supremo Dios del Cielo, y si es así, ¿cómo habría hecho las razas, para complacerse después en ver unas á otras destrozarse en constante guerra, en que hoy la victoria os sonríe como mañana os llenará de luto, pero en ambos casos perdiendo siempre vidas? ¿Acaso se haya equivocado el más sábio de todos, al criar á los hombres á quienes creis que desempara en la lucha? Claro es que nó, claro es que es absurdo cuanto has dicho. Dios, sumamente justo y bueno, os crió para gozarse en ver vuestro bienestar, y para todos mandó anitos buenos que os defiendan en los peligros.

Y comprendiendo Isio qué los baglanes podrían ser ó sus temibles enemigos ó sus apóstoles poderosos, añadió:

—Tu, venerable baglán, estás muy equivocado, porque eso sí, los hombres no pueden por sí solos comprender la grandeza, la sabiduría y las bondades de Dios. Dios y los anitos te aprecian en mucho por tus virtudes, y por eso han querido que tu ranchería fuese la primera en recibir directamente de mis labios las sábias revelaciones del Cielo. No desconfieis de mí, que no predico más que la caridad al prójimo, obediencia á los superiores, y consideración á los inferiores. ¿No creeis acaso que el rayo está en mis manos? No quiero probar en ningún hombre los terribles efectos de este divino cañuto (el revolver), porque ya digo, los sacrificios humanos y todo lo que sea matanza ó destrucción, desagradan á nuestros dioses. Venga un toro ó un carabao montés ó un javalí terrible, y si no me reconocen ellos como enviado de Dios, ya lo verán.

A Isio presentaron un cimarron y un javalí de terrible aspecto, y les mató á tiros de revolver.

Figuraos ahora el efecto que hubiera podido producir el milagro entre aquellos monteses.

Cogió mi palito de fósforo y dijo:—Voy á encenderlo en el tinghoy (candil) del sol, y ardió con gran admiración de su auditorio.

Cogió un lente y quemó la mano de un usurero.

Y ayudado de la prestidigitación, de la magia, de la esgrima y de su no poco comun ingénio, logró alucinar á los monteses.

XI

La fama de sus virtudes y de sus maravillas cundió pronto en los bosques, exagerándose sus milagros.

Los baglanes le adoraron como á profeta; y halagando Isio su vanidad y enseñándoles á curar con las plantas del país y otras lecciones muy útiles, se convirtieron en apóstoles suyos.

La religion que enseñaba era la Anitería malaya, ó sea la misma que se conservaba en aquellas bosques, pero perfeccionada y reducida á racional sistema. Combatía Isio el catolicismo con los argumentos de los herejes y atacaba la sociabilidad, ó sea la idea de reducir á la vida civilizada á los igorrotes con las objeciones del católico contra el socialismo exagerado, por supuesto, todo presentado en formas sofísticas que alucinaban no sólo á aquellos monteses, sino que logró además adeptos aún entre los ilocanos.

Sus dogmas se reducían á tres: adorar y obedecer hasta el sacrificio á Dios y á sus anitos en la persona de su Profeta; no hacer á nadie lo que no queremos para nosotros; antes bien socorrer al pobre y desamparado.

Desde los montes de Ilocos hasta Cagayan, Isio era venerado por sus milagros, su sabiduría y su desinterés.

Y esto de desinterés debe entenderse por limitarse Isio á pedir lo que personalmente necesitaba, como alimento y parca contribución de dinero ó en especie, que visiblemente empleaba en el bienestar de aquellas rancherías, como en la construcción de puentes, la policía, el cuerpo de atalayas avanzadas, que se comunicaban de dia con sábanas izadas y de noche con luces. Predicó el trabajo y les estimuló á estudiar, enseñando conocimientos útiles, especialmente la Medicina y la Agricultura.

Inspiró á los súbditos el respeto á los jefes de las rancherías, y á éstos el amor á sus hermanos.

Es cierto que llevaba consigo como vírgenes para el puro culto de los anitos, á las más guapas de la ranchería.

En fin, logró civilizar relativamente á aquella gente; con la libertad y justicia que procuró para los inferiores, se estimularon á trabajar con afan; con la fraternidad sincera, el olvido de los agravios y mútuo auxilio que predicó, abolió las luchas diarias de ranchería contra ranchería, y todos no procuraban más que atender á las nuevas necesidades buenas que les había creado Isio, como las de vestirse y alimentarse bien, costear la enseñanza de los niños y pagar los demás impuestos para mejorar sus nacientes pueblos, etc.

XII

Si fuera Isio verdaderamente desinteresado y patriota, estaba en sus manos el entregar un gran pueblo á los españoles, para que acabasen la obra comenzada por él, é indudablemente le hubieran indultado, ya en consideración á este gran servicio, ya porque cometió aquellas exacciones de antes, obligado por las tristes circunstancias que le rodeaban.

Pero á la propia comodidad, al espíritu de venganza y al prurito de gobernar, todo lo sacrificó, hasta su misma labor civilizadora.

Los españoles habían sabido que en el centro de Abra, se organizaba potente un gran pueblo compacto, decidido á todo y dirigido por el sagaz y denodado Isio, y con justa razón temieron que algún dia daría serio quehacer á los vecinos pueblos civilizados, y se propusieron prender al prófugo ex-gobernadorcillo.

Isio lo supo y entonces predicó la guerra contra los españoles y los ilocanos que les seguían.

—¡Esos—exclamaba—vienen á perseguir al enviado de los anitos, que os está haciendo grandes servicios! Nuestros dioses quieren probar vuestra obediencia para poderla premiar después en el paraiso. Por lo demás, la victoria no es dudosa para nosotros.

Logró reunir un numeroso pelotón de monteses y en una sola noche asaltaron los antiguos baluartes que había en Ilocos y que se habían levantado para rechazar á los moros joloanos, y como casi todos estaban abandonados, fueron derrotados sus vigilantes y se apoderaron de los cañones y demás armas, municiones y pólvora que allí había.

Con los cañones cerraron las gargantas de los montes que daban acceso á aquellos valles, y asi favorecidos grandemente por la Naturaleza, hicieron imposible toda idea de avanzar un pasito más de sus avanzadas. En la Historia de la comarca ilocana deben de estar consignadas las muchas desastrosas retiradas y lamentables fracasos que las tropas españolas sufrieron al intentar castigar al célebre Isio, y últimamente fué derrotado el capitan Pinto.

Pero fué enviado contra él el no menos famoso capitan español Galvey, á principios de 1831. Se reunieron las fuerzas de Ilocos con las de Pangasinan en el rio Piapia de Balaoang y se dirigieron á Tamoron.

Galvey, con sus anteriores simuladas expediciones al país de los igorrotes, desde 1829, logró que estos acabasen con toda su pólvora, y cuando se convenció de ello, intentó llevar á cabo un decidido ataque.

Notes in this chapter

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