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Una historia de dos ciudades

LIBRO TERCERO EL RUMBO DE LA TORMENTA

Gregorio Lafuerza translation

I. EN SECRETO

Poco a poco abreviaba el viajero el camino que le separaba de París. Estamos en otoño del año mil setecientos noventa y dos. No le habrían faltado caminos detestables, carruajes pésimos y caballos atacados de vejez que dificultasen su marcha, aun cuando el destronado rey de Francia hubiese continuado ocupando su trono y reinando entre esplendores de gloria; pero aparte de esos obstáculos, la alteración de los tiempos habían acumulado otros mil. Todas las puertas de las ciudades, todas las entradas de los pueblos, contaban con sus bandas de ciudadanos patriotas, armados con mosquetes nacionales prontos a dispararse por sí solos, que detenían a cuantas personas entraban o salían, para someterlas a rígidos interrogatorios, examinar con detenimiento sus documentos, ver si figuraban sus nombres en las listas de que estaban provistos, y dejarlos en libertad de proseguir su viaje, o bien prenderlos, según aconsejase su capricho, en bien de la recién nacida República Una e Indivisible, de la Libertad, de la Igualdad, de la Fraternidad o de la Muerte.

Muy pocas leguas de terreno francés había recorrido Carlos Darnay, cuando comenzó a darse cuenta de la imposibilidad en que se encontraría de volver a pisar aquellos caminos eternos, si antes no era declarado buen ciudadano de París. Pero ya no podía retroceder; fuese la que fuese la suerte que el destino le tuviera deparada, no tenía más remedio que continuar el viaje hasta el final. A sus espaldas dejaba un camino abierto, libre de barreras y de fosos, pero esto no obstante, sabía que entre Inglaterra y su persona se alzaban obstáculos mil veces más infranqueables que las más sólidas puertas de hierro. De tal suerte le rodeaba la vigilancia universal, que si hubiera viajado metido dentro de las mallas de espesa red de acero, o bien acondicionado en el interior de una jaula, no hubiese considerado su libertad más perdida.

Esa vigilancia universal no sólo le obligaba a detenerse veinte veces al día en los caminos reales, en los relevos de postas, si no que también entorpecía y retardaba su marcha otras tantas veces en en cada jornada, ora alcanzándole y mandándole volver atrás, ora acompañándole e impidiéndole avanzar con la rapidez que él deseaba. Varios días llevaba recorriendo territorio francés, cuando una noche se acostó temprano en la cama de una posada de una población de poca importancia, situada bastante lejos de París.

A la carta que desde la cárcel de la Abadía le dirigió Gabelle, debía el haber llegado tan lejos, pero al llegar a la población de que hablamos, opusiéronle en las puertas tantas dificultades, que comprendió que estaba muy próxima la crisis. No le sorprendió, pues, gran cosa ser despertado a media noche en la cama de la posada en que se acostó con ánimo de dormir hasta la mañana siguiente.

Al despertar, tropezaron sus ojos con un funcionario local, de temperamento tímido, y con tres patriotas armados hasta los dientes, cubiertos con gorros de color rojo rabioso y fumando descomunales pipas. Los tres de los gorros tomaron asiento sobre su cama.

—Emigrado—dijo el funcionario,—he decidido enviarte a París con una escolta.

—Ciudadano, mi mayor deseo es llegar a París, pero puedo prescindir perfectamente de la escolta.

—¡Silencio!—gritó un gorro rojo dando un golpe a la cama con la culata del mosquete.—¡A callar, aristócrata!

—Tiene razón este buen patriota—dijo el funcionario con timidez.—Eres aristócrata, y por tanto, debes hacer el viaje bajo la vigilancia de una escolta.

—No está en mi mano la elección—contestó Carlos Darnay.

—¡Elección!—exclamó uno de los gorros colorados.—¿Habráse visto? ¡Como si no se le hiciera un favor dispensándole de adornar desde este instante el gancho de un farol!

—La observación del buen patriota no puede ser más justa—terció el funcionario.—Levántate y vístete, emigrado.

Obedeció Darnay, quien fué conducido inmediatamente al cuerpo de guardia, donde encontró a muchos patriotas que lucían sus correspondientes gorros colorados, fumando unos y bebiendo otros al amor de la lumbre. Después que se le obligó a pagar una fuerte cantidad por una escolta que no había pedido, emprendió el viaje a las tres de la madrugada.

Constituían la escolta dos patriotas montados, que cabalgaban a sus lados, en cuyos gorros rojos lucían escarapelas tricolores, e iban armados con mosquetes y sables nacionales. El escoltado manejaba su caballo, pero en las bridas de éste había sujeta una cuerda cuyo extremo contrario llevaba uno de los patriotas amarrado a la muñeca. En esta forma hacían el viaje, sufriendo una llovizna helada que el viento lanzaba contra sus rostros, a un trote pesado, por caminos desiguales y alternados con extensos lodazales. Sin que en el viaje introdujeran más cambios que el de caballos, llegaron al fin a la capital.

Viajaban durante la noche, haciendo alto una o dos horas antes de romper el día, y durmiendo hasta el crepúsculo de la tarde. La escolta vestía con pobreza tan extremada, que para abrigarse las piernas desnudas, habían de recurrir a la paja, con la cual las acolchaban. Aparte de las molestias consiguientes al viaje, a la contrariedad de ir escoltado y a los peligros inherentes a depender de patriotas crónicamente borrachos y armados con mosquetes que se disparaban solos, Carlos Darnay podía desechar toda clase de temores, toda vez que era de esperar que, en cuanto hiciera referencia a sus merecimientos, que confirmaría al prisionero de la Abadía, se apresurarían a tratarle como a un hombre amigo del pueblo.

Sin embargo, cuando llegaron a la ciudad de Beauvais a la caída de la tarde, y por consiguiente, cuando las calles estaban llenas de gente, no pudo menos de comprender que las cosas presentaban cariz alarmante. En el patio de la casa de postas se reunieron muchos grupos que, contemplándole con expresión ceñuda al principio, concluyeron por gritar:

—¡Muera el emigrado!

Detúvose Darnay en el instante en que iba a echar pie a tierra, y desde la silla, replicó:

—Emigrado no, amigos míos. ¿No me estáis viendo aquí, amigos míos, en Francia, por mi libre y espontánea voluntad?

—¡Eres un emigrado maldito y un aristócrata canalla!—gritó un herrador, abalanzándose hacia él con un martillo en alto.

Interpúsose el encargado de la casa de postas entre el furioso herrador y el jinete, y como quien desea evitar una escena desagradable, dijo:

—¡Dejadle, amigos, dejadle! Le juzgarán en París.

—¡Juzgarán!—repitió el herrador, blandiendo el martillo.—Le condenarán por traidor.

Las turbas lanzaron feroces rugidos de aprobación.

Darnay, tan pronto como pudo hacerse oir, exclamó:

—Estáis engañados, amigos míos, estáis engañados. Yo no soy traidor.

—¡Mientes!—rugió el herrador.—¡Según el decreto, es un traidor!... ¡Su vida pertenece al pueblo... no es suya su existencia maldita!

En las miradas de las turbas leyó Carlos Darnay una de esas arremetidas feroces cuyo desenlace es siempre un hombre hecho pedazos. Tal suerte le habría cabido de no haber sido por el encargado de la casa de postas, que obligó al caballo a entrar en el patio. La escolta siguió a nuestro amigo, y el de la casa cerró y atrancó inmediatamente la puerta. El herrador descargó sobre ésta los martillazos que no podía descargar sobre la cabeza del emigrado; las turbas rugieron indignadas, pero no pasó más.

—¿Qué decreto es ése que mencionó el herrador?—preguntó Darnay al dueño de la casa de postas, después de darle las gracias por su afortunada mediación.

—Es el decreto que dispone la venta en pública subasta de los bienes de los emigrados—contestó el interrogado.

—¿Cuándo se promulgó?

—El día catorce.

—El mismo que salí yo de Inglaterra.

—Todo el mundo afirma que no es más que el primero de los de la serie, redactados ya... o que serán redactados en breve, los cuales destierran a los emigrados y condenan a muerte a los que vuelvan a pisar territorio francés. Es lo que quiso decir el herrador cuando afirmó que su vida de usted no era de usted, sino del pueblo.

—Pero supongo que no han sido promulgados todavía semejantes decretos, ¿no es verdad?

—No puedo asegurarlo—respondió el encargado de la casa de postas, encogiéndose de hombros.—Puede que no hayan sido promulgados aún, y puede que sí; pero es igual.

Darnay descansó hasta media noche tendido sobre un montón de paja, saliendo de la ciudad cuando los habitantes de ésta estaban entregados al sueño. Entre los muchos cambios radicales de costumbres que pudo observar Darnay durante su accidentado viaje, cambios que daban a éste fuerte color fantástico, no era el menor la carencia de sueño en los patriotas. Con frecuencia, después de una larga y pesada caminata por veredas solitarias, llegaban a altas horas de la noche a un pueblo, cuyos habitantes, en vez de dormir tranquilamente, bailaban danzas fantásticas en rededor de un árbol de la Libertad, o entonaban himnos a la Libertad. Por fortuna, empero, aquella noche Beauvais creyó conveniente entregarse al reposo, merced a lo cual pudieron los excursionistas proseguir su viaje por caminos desiertos, cubiertos de barrizales y de agua, bordeando campos incultos que ninguna cosecha habían producido aquel año, entre caseríos incendiados, y con riesgo de recibir inopinadamente un balazo disparado por cualquiera de los innumerables patriotas que pululaban por todas partes.

Cerca de los muros de París se encontraban, cuando recibieron el saludo de las primeras luces del día. En la barrera encontraron fuerte guardia.

—¿Dónde están los documentos del prisionero?—preguntó con tono autoritario un hombre de aspecto resuelto, llamado por el centinela.

Carlos Darnay, disgustado al oir palabra tan poco grata, replicó que no era prisionero, sino un viajero que llegaba libre y espontáneamente, ciudadano francés, confiado a la custodia de una escolta que el estado perturbado del país hacía necesaria, y que había pagado de su bolsillo.

—¿Dónde están los documentos de este prisionero?—repitió el mismo sujeto, sin hacer el menor caso de Darnay ni de sus palabras.

El patriota de la borrachera perpetua los sacó de su gorro, donde los llevaba, entregándolos al personaje que los pedía. La carta de Gabelle produjo en aquél cierto desconcierto y no poca sorpresa, a la par que despertó su atención, que concentró en Darnay.

Sin decir palabra dejó a la escolta y al escoltado y entró en el cuerpo de guardia, dejando a los viajeros a caballo frente a la puerta. Carlos Darnay, mientras tanto, pudo observar que la guardia la formaban soldados y patriotas, más de estos últimos que de los primeros, y que, al paso que los carros que traían víveres a la ciudad, o los que a cualquier clase de tráfico se dedicaban, no tropezaban con dificultades de ningún género para entrar, en cambio los encontraban, y muy grandes, para salir, aun cuando se tratase de la gente más humilde. Hombres y mujeres, bestias de carga y de tiro y carretas y coches de toda clase esperaban que se les permitiera salir; pero con tal rigidez se cumplía la ley sobre la identificación previa, que aunque a la barrera llegaban por cientos, la salida la hacían de uno en uno y por largos intervalos. Los que sabían que habría de pasar mucho tiempo antes que les llegase el turno, lo esperaban tendidos en la calle, donde dormían o fumaban, mientras otros entablaban animadas conversaciones o entretenían el tiempo paseando. Los gorros colorados y escarapelas tricolores eran prenda obligada que ostentaba todo el mundo, sin distinción de edades ni sexos.

Duraría media hora la espera de Carlos Darnay, quien en ese espacio de tiempo pudo hacer las observaciones que quedan apuntadas, cuando volvió a salir el mismo personaje, jefe, al parecer, de la guardia de la barrera, quien, después de dar a la escolta un recibo de la persona del escoltado, mandó a éste que echara pie a tierra. Obedeció Darnay, y los hombres que hasta allí le acompañaron, hiciéronse cargo de su caballo y partieron sin entrar en la ciudad.

El jefe de la guardia condujo a Darnay al cuerpo de la misma, que apestaba a vino ordinario y a tabaco, donde había varios grupos de soldados y de patriotas, unos dormidos y otros despiertos, éstos borrachos y aquéllos serenos, y algunos en los linderos de la vigilia y del sueño, y de la sobriedad y la borrachera. Dos velones de aceite derramaban una claridad muy discutible sobre el cuerpo de guardia, en uno de cuyos testeros había una mesa, sobre la cual se veían algunos registros. Un oficial de aspecto grosero, sentado frente a la mesa, era el encargado de los registros.

—Ciudadano Defarge—dijo el personaje que había introducido a Darnay, mientras tomaba una hoja de papel—¿es éste el emigrado Evrémonde?

—Este es.

—¿Cuántos años tienes, Evrémonde?

—Treinta y siete.

—¿Casado, Evrémonde?

—Sí.

—¿Dónde?

—En Inglaterra.

—Lo creo. ¿Dónde está tu mujer, Evrémonde?

—En Inglaterra.

—Lo creo también. Vas consignado, Evrémonde, a la prisión de La Force.

—¡Dios del Cielo!—exclamó Darnay—¿En virtud de qué ley, y por qué delito o falta?

Al cabo de algunos segundos de muda contemplación, contestó el funcionario:

—Desde que saliste de Francia, Evrémonde, nos regimos por leyes nuevas y ha variado profundamente lo referente a delitos y faltas.

—Te ruego tengas presente, ciudadano, que he venido voluntariamente, cediendo a la súplica escrita en ese papel que tienes ante tus ojos—replicó Darnay.—No pido otra cosa más que la ocasión de hacer lo que un compatriota mío solicita. ¿No estoy en mi derecho?

—Los emigrados no tienen derechos, Evrémonde—fué la estólida contestación del funcionario.

Después de dirigir a Darnay una sonrisa siniestra, escribió unos renglones, dobló el papel, y lo entregó a Defarge diciendo:

—Secreto.

Defarge indicó al prisionero que le siguiera. Obedeció el prisionero, a quien acompañaron además dos patriotas armados, que se colocaron a su derecha e izquierda.

Mientras salían del cuerpo de guardia para entrar en París, Defarge preguntó al prisionero en voz baja:

—¿Eres tú el que casaste con la hija del doctor Manette, prisionero en otro tiempo en la Bastilla, que ya no existe?

—Sí—respondió Darnay, mirándole con sorpresa.

—Me llamo Defarge y soy dueño de una taberna del barrio de San Antonio. Es posible que me conozcas de referencia.

—Mi mujer fué a tu casa a reclamar a su padre... ¡Sí, sí!

Parece que la palabra «mujer» despertó en Defarge recuerdos sombríos, pues dijo con brusca impaciencia:

—¿Quieres decirme, en nombre de esa mujer recién nacida llamada Guillotina, por qué demonios has venido a Francia?

—No hace un minuto me oiste explicar cuál fué la causa de mi viaje. ¿Es que crees que no dije verdad?

—Verdad que no puede ser más fatal para ti—replicó Defarge, fruncido el entrecejo y mirando a su interlocutor con fijeza.

—Cierto es que me encuentro aquí perdido. Lo veo todo tan trastornado, tan distinto de lo que antes era, tan desagradable, que confieso que ni sé a dónde volver los ojos. ¿Quieres hacerme un pequeño favor?

—En absoluto ninguno—respondió Defarge, con la mirada como perdida en el espacio.

—¿Tampoco querrás contestarme una pregunta, una sola?

—Veremos... Según sea. Puedes hacerla.

—En la prisión en que tan injustamente me encierran, ¿podré comunicar libremente con el mundo exterior?

—Tú mismo lo verás.

—¿Piensan sepultarme en ella, sin juzgarme, sin condenarme, sin concederme medios de justificarme y defenderme?

—Lo verás tú mismo... Pero si así fuera, ¿qué?; muchos otros tan buenos como tú se han visto sepultados en prisiones peores.

—Pero no por causa mía, ciudadano Defarge.

La expresión sombría del rostro de Defarge se acentuó extraordinariamente al escuchar la respuesta, después de lo cual prosiguió caminando en silencio. A medida que su taciturnidad aumentaba, se disipaban las esperanzas que en un principio tuvo Darnay de ablandar a aquel hombre.

—Para mí es de una importancia excepcional, como sabes tan bien como yo mismo, ciudadano Defarge, hacer saber al señor Lorry, del Banco Tellson, un caballero inglés que en la actualidad se encuentra en París, el hecho sencillo, sin comentario alguno, de que me han recluído en la prisión de La Force. ¿Me harás el favor de encargarte de ponerlo en su conocimiento?

—No haré en tu obsequio nada absolutamente—replicó Defarge.—Me debo a mi patria y al pueblo. He jurado servir a los dos contra ti. Nada esperes de mí.

Calló Darnay, tanto porque dió por perdidas definitivamente todas las probabilidades de obtener de aquel hombre el favor más insignificante, cuanto porque su amor propio lastimado le movió a considerar como humillaciones sus instancias. No pudo menos de reparar, mientras en silencio recorría las calles, en lo acostumbrado que el pueblo estaba al espectáculo de los prisioneros que por ellas transitaban. Ni los niños se fijaban en él. Algunos transeuntes volvían sus cabezas y le apuntaban con el dedo indicando que era un aristócrata, y nada más. Verdad es que ver que un hombre bien vestido era conducido a la cárcel era tan corriente y natural como ver a un obrero que se dirige al trabajo con las herramientas de su oficio en la mano. En una calleja estrecha, obscura y sucia que hubieron de atravesar, encontraron a un orador callejero excitadísimo, que dirigía arengas excitadas a un auditorio excitado, ponderando los crímenes que contra el pueblo soberano habían cometido el Rey, la familia real y los nobles. De las pocas palabras que llegaron a oídos de Darnay pudo éste colegir que el Rey había sido encerrado en una prisión y que los embajadores extranjeros habían abandonado en masa a París, noticias que desconocía en absoluto, pues durante su viaje, los individuos que le escoltaron, juntamente con la vigilancia universal, le tuvieron en un aislamiento tan absoluto, que nada había oído.

Como es natural, comprendió que los peligros que le amenazaban eran infinitamente mayores e infinitamente más numerosos de lo que supuso al salir de Inglaterra; comprendió que los peligros se multiplicaban con rapidez alarmante y que se multiplicarían aún más; no pudo menos de confesarse a sí propio que ni por las mientes se le hubiese pasado la idea de hacer el viaje de haber previsto los sucesos desarrollados en los días últimos. Y sin embargo, sus temores, examinados a la luz de los incidentes más recientes, no eran tan grandes como parece deberían ser. Por nebuloso que el porvenir se le presentara, era un porvenir desconocido que en su misma obscuridad entrañaba cierta esperanza. Tan ajeno como los que vivieron millares de años antes que él estaba a las horribles matanzas que, continuadas un día y otro día, una noche y otra noche, debían ahogar en caudalosos ríos de sangre la época siempre bendita de la recolección de la cosecha. Apenas si de nombre conocía a la «mujer recién nacida llamada Guillotina», como apenas si de nombre la conocía la generalidad del pueblo, pues por aquellos días, los mismos que la trajeron al mundo no imaginaban siquiera como probables las espantosas hazañas que muy en breve habían de envolverla en inmensa aureola sangrienta.

Sospechaba que sería víctima de una detención arbitraria, que se le trataría con irritante injusticia, que habría de soportar privaciones y penalidades, de las cuales no sería la menor verse alejado de su adorada mujer y de su idolatrada hija; todo eso lo sospechaba; más aún, lo consideraba indudable; pero fuera de ello, nada temía.

Tales eran las reflexiones que le embargaban, cuando llegó a la cárcel llamada La Force. Un hombre de cara feroz abrió el postigo.

—El emigrado Evrémonde—dijo Defarge, haciendo la presentación del preso.

—¡Demonios coronados! ¿Pero es que no va a acabar nunca la procesión?—exclamó el de la cara de fiera.

Tomó Defarge el recibo que le alargaba el cancerbero, sin parar mientes en la exclamación del mismo, y se retiró juntamente con los dos patriotas.

—¡Rayos y truenos!—gruñó el carcelero, ya solo con su mujer.—¡Esto es un río que corre siempre!

La mujer del carcelero, que en su depósito de contestaciones no debía tener la que cuadraba a la exclamación anterior, se limitó a responder:

—Hay que tener paciencia, amigo mío.

Los sonidos de una campana que la mujer hizo repicar evocaron a tres calaboceros, diciendo a coro:

—¡Viva la Libertad!

El coro no parecía el más apropiado para ser cantado en un sitio como aquél, pero mayores anomalías se ven en el mundo.

Era la prisión de La Force un edificio tétrico, repugnante e inmundo, donde se respiraba la atmósfera hedionda de la muerte. Asombra en realidad la rapidez con que percibe el olfato el olor a carne almacenada en lugares como aquél, sobre todo, cuando no reunen condiciones para el objeto, y por añadidura están descuidados.

—¡Y además secreto!—murmuró el alcaide mientras leía el papel.—¡Como si no estuviera ya tan lleno de ellos que el mejor día doy un estallido!

Con muestras de pésimo humor ensartó el papel con una espiga que atravesaba a muchísimos otros, y comenzó a pasear por la estancia abovedada sin hacer el menor caso del prisionero, a quien tuvo esperando más de media hora.

—Sígueme, emigrado—dijo al fin, tomando las llaves.

El alcaide condujo al nuevo pupilo por un corredor y una escalera, y al cabo de varios minutos, y no sin abrir durante la marcha muchas puertas y de cerrarlas de nuevo después de franqueadas, llegó a una pieza de grandes proporciones y techo bajo y abovedado, atestada de prisioneros de ambos sexos. Estaban las mujeres sentadas en torno a una mesa, leyendo o escribiendo, haciendo media, cosiendo o bordando, mientras los hombres, en su mayor parte, se hallaban de pie detrás de las sillas ocupadas por aquéllas, excepto algunos que se entretenían paseando.

Tan tétrica era la sala, tan sombría la expresión de las personas allí hacinadas, tan acentuada la amarillez que en sus rostros habían creado las privaciones y miseria a que estaban sometidas que Carlos Darnay creyó que se encontraba entre una colección numerosa de muertos. Allí no había más que fantasmas. Fantasmas de belleza, fantasmas de la elegancia, fantasmas de la altivez, fantasmas del orgullo, fantasmas de la frivolidad, fantasmas del talento, fantasmas de la juventud, fantasmas de la vejez, todos ellos esperando llegase la hora de abandonar la playa inhospitalaria del mundo, todos ellos clavando en el recién entrado unos ojos que la muerte había alterado en cuanto penetraron en la antesala de los dominios de aquélla.

Darnay quedó inmóvil, yerto, por efecto de su estupefacción. El aspecto del alcaide, que permanecía a su lado, no menos que el de los calaboceros que andaban de una parte para otra, en pleno ejercicio, sin duda, de sus altas funciones, eran tan rudos, tan brutales, tan feroces, sobre todo puestos en parangón con el de las atribuladas madres y de las hermosas hijas allí almacenadas, con la coquetería, la distinción propias de las jóvenes bien nacidas y con la delicadeza de modales de la dama de alto rango, que Darnay hubo de afianzarse en la creencia de que le habían recluído en la mansión de los espectros.

—En nombre propio y en el de todos los compañeros de infortunio aquí amontonados—dijo un caballero de modales cortesanos, dando un paso al frente,—tengo el honor de dar a usted la bienvenida a La Force, y de lamentar con usted la calamidad que aquí le trae. ¡Ojalá sea de breve duración y termine con felicidad! Ahora bien; manifestarle nuestros deseos sería imperdonable impertinencia en cualquier otra parte, pero no aquí. Nos permitimos preguntarle su nombre y condición.

Darnay se apresuró a acceder a los deseos manifestados por el caballero.

—Supongo que no estará usted aquí «en secreto»—repuso el caballero, siguiendo con la vista al alcaide que en aquel momento cruzaba la estancia.

—Dos o tres veces he oído pronunciar esa consigna refiriéndose a mí, pero ignoro lo que puede significar.

—¡Oh, que lástima! Muy de veras lo lamentamos... Pero no se desanime usted. Son muchos los que han venido aquí «en secreto» y luego se ha modificado su situación.

Seguidamente añadió alzando la voz:

—Con profundo pesar informo a mis compañeros que... en secreto.

Mientras Carlos Darnay se dirigía a la puerta defendida con gruesa reja junto a la cual le esperaba el alcaide, alzáronse fuertes murmullos de conmiseración, mezclados con frases de piedad de las mujeres, que se esforzaban por infundirle aliento. Llegado a la puerta mencionada, volvióse Carlos y dió las gracias a los que dejaba desde el fondo de su corazón. Cerróse la puerta empujada por la mano del alcaide, y las apariciones espectrales se borraron para siempre.

Daba acceso la puerta a una escalera de caracol, por la cual subió Darnay siguiendo a su guía. Después de subir cuarenta peldaños, contados concienzudamente por el prisionero de media hora, abrió el alcaide una puerta baja y muy negra y entró en una celda solitaria. Era muy fría, olía a moho, pero no estaba obscura.

—La tuya—dijo el alcaide.

—¿Por qué me encierran solo?

—Eso es lo que yo no sé.

—¿Supongo que se me permitirá comprar papel, pluma y tinta?

—Por el momento no. Te visitarán... no sé cuando, y entonces podrás solicitar ese favor. Puedes comprar comida, pero nada más.

En la celda había una silla, una mesa y un jergón de paja. El alcaide, después de someter a escrupulosa inspección el mobiliario de la celda, salió dejando solo a Darnay.

—Puedo decir que estoy muerto y sepultado—murmuró el infeliz.—Cinco pasos por cuatro y medio... cinco pasos por cuatro y medio—repetía maquinalmente, recorriendo la celda en todos sentidos y contando al propio tiempo.

El ruido de la ciudad llegaba a sus oídos convertido en una especie de sordo redoblar de tambores mezclado con estridentes voces humanas.

—Cinco pasos por cuatro y medio... Hacía zapatos... cinco pasos por cuatro y medio... hacía zapatos... zapatos...

El prisionero aceleraba el paso y procuraba contar, a fin de ahuyentar la idea del que hacía zapatos, que amenazaba convertirse en idea fija.

—Los espectros se han desvanecido en cuanto traspasé la puerta de la reja—seguía pensando.—Vi entre ellos el de una señora vestida de negro, que estaba apoyada sobre el alféizar de la ventana. La luz daba de lleno sobre su cabellera de oro, y parecía a... ¡Dios mío... Dios mío!... ¿Volveré algún día a transitar por las aldeas visitadas por la luz del sol, por las aldeas donde despiertan las gentes? Hacía zapatos... hacía zapatos... hacía zapatos... Cinco pasos por cuatro y medio... cinco pasos por cuatro y medio...

Caminaba el prisionero cada vez con mayor celeridad, siempre embebido en las mismas ideas, siempre contando, siempre teniendo ante los ojos de la imaginación la visión del zapatero, mientras el estruendo de la ciudad continuaba sonando en sus oídos como sordo redoblar de tambores mezclado con llantos de voces que conocía y quería, con ayes desgarradores emitidos por gargantas que hasta entonces apenas dieron salida a sonidos que no fueran reflejo de la alegría del corazón.

II. LA PIEDRA DE AFILAR

El Banco Tellson, establecido en el Barrio Saint Germain de París, ocupaba un ala de un edificio inmenso, precedido por un jardín separado de la calle por un muro de bastante altura y una verja muy sólida. Era el inmueble propiedad de un noble de los más poderosos del reino, que había vivido en él hasta que las perturbaciones de la época le obligaron a emprender la fuga, envuelto en la indumentaria de su cocinero, y a cruzar la frontera. Aunque en realidad quedaba reducido a la condición de pieza de caza que consiguió burlar las acometidas de los ojeadores y de los monteros, no por ello dejaba de ser el mismo señor, cuya importante operación de preparar el chocolate y de llevarlos a sus gloriosos labios, exigía los esfuerzos de tres servidores, aparte de los del cocinero.

Habíase ido el señor; sus servidores se absolvieron a sí mismos del horrendo pecado de haber recibido los salarios de aquél mostrándose perfectamente dispuestos a rebanarle el pescuezo sobre el flamante altar de la República Una e Indivisible, de la Libertad, de la Igualdad, de la Fraternidad o Muerte, y el suntuoso inmueble del señor fué primero secuestrado y luego confiscado. Las cosas se hacían con tan vertiginosa rapidez, y los decretos se sucedían con precipitación tan fiera, que a la tercera noche del mes de septiembre, patriotas emisarios de la ley se habían posesionado de la casa en cuestión, la habían purificado haciendo tremolar sobre ella la bandera tricolor, y fumaban y se emborrachaban bonitamente en sus suntuosas habitaciones.

Si la Casa Tellson de Londres se hubiese parecido a la Casa Tellson de París, a buen seguro que los londinenses la hubiesen visto figurar muy en breve entre los quebrados que merecían aparecer en la Gaceta. ¿Qué habría dicho la espetada respetabilidad inglesa, si en el vestíbulo de un Banco hubiese encontrado abundantes macetas plantadas de naranjos, y... ¡horror! la figura de un Cupido presidiendo la caja? Y, sin embargo, por inconcebible que parezca, tal ocurría en el Banco Tellson de París. Cierto que Tellson había blanqueado con algunas manos de cal el Cupido del testero, pero quedaba el del techo, muy ligero de ropas, contemplando con mirada ansiosa la caja (es lo que suele hacer de ordinario) desde que amanecía hasta que cerraba la noche. La quiebra más tremenda hubiese sido consecuencia fatal e inevitable de la presencia de aquel agradable pagano en la calle Lombard de Londres, si ya no hubieran bastado para producirla una alcoba medio oculta entre ricos cortinones, delante de la cual estaba el niño de las travesuras, el inmenso espejo que en el muro habían dejado, y los empleados mismos, no tan viejos como era de desear, que no tenían el menor reparo en bailar en público a poco que se les instase a hacerlo. Verdad es que un Tellson francés podía permitirse todo eso y aún más, sin escándalo de nadie, sin que capitalista alguno soñase siquiera en retirar por causas tan insignificantes sus capitales.

Cuánto dinero saldría en lo sucesivo de las cajas de la Casa Tellson de París, cuánto habría de quedar allí perdido y olvidado, cuánta plata, cuántas joyas perderían su brillo inmaculado en las cámaras secretas del establecimiento, mientras sus dueños lo perdían en los calabozos o en el cadalso, cuántas cuentas corrientes del Banco quedarían sin saldar en este mundo y pasarían al otro, es lo que ningún mortal hubiese podido decir, lo que ni aproximadamente logró conjeturar aquella noche el mismísimo Mauricio Lorry, no obstante haberse repetido cientos de veces estas preguntas. Sentado junto a la chimenea en la que ardían chisporroteando algunos leños (aquel año estéril e infecundo había adelantado la estación de los fríos), su rostro, reflejo de honradez, presentaba sombras que no proyectaba la lámpara pendiente del techo ni ninguno de los objetos que en la estancia había.

Ocupaba Lorry habitaciones en el edificio del Banco, a lo que le daba derecho indiscutible su probada fidelidad a la casa de la cual formaba parte integrante. Creían muchos que era garantía de seguridad para el establecimiento la ocupación patriótica de casi todo el edificio, aunque el leal Lorry jamás participó de semejante creencia. Cuanto ocurría en París érale indiferente, pues para él, lo único que excitaba su interés, era el cumplimiento de su deber. En el fondo del jardín, bajo una techumbre sostenida por graciosas columnas, había una cochera, en la cual quedaban algunos de los carruajes del señor. Sujetas a dos columnas había dos antorchas encendidas, y al pie, colocada de manera que recibiera la luz de aquéllas, una piedra de afilar, montada de cualquier manera, que sin duda había sido traída de cualquier herrería o carpintería inmediata. Lorry, que se levantó del asiento y se asomó a la ventana, retiróse con un estremecimiento al ver aquel objeto inofensivo.

Hasta en la habitación que trabajaba Lorry llegaba el sordo rumor de las calles, al que de vez en cuando se unían ruidos que parecían proceder de un mundo fantástico, ruidos inauditos por lo terribles que se elevaban desde la tierra al cielo.

—Gracias a Dios—dijo Lorry juntando las manos,—ninguna persona querida tengo a mi lado esta noche pavorosa. ¡Mire el Altísimo con ojos compasivos a cuantos se ven en peligro!

Apenas había pronunciado estas palabras, cuando sonó la campana de la verja.

—Sin duda vuelven—pensó Lorry.

Permaneció sentado y escuchando; mas como no oyera rumor de pasos en el vestíbulo, como esperaba, ni sonara tampoco la verja al ser cerrada de nuevo, asaltaron al buen Lorry temores vagos con respecto al Banco. Tranquilizóse, sin embargo, convencido de que estaba bien guardado por hombres de confianza absoluta. Iba a reanudar sus tareas, cuando bruscamente se abrió la puerta de su habitación y en su umbral aparecieron dos personas, a cuya vista retrocedió Lorry, presa del pasmo más violento que en su vida experimentara.

Lucía y su padre; Lucía, que le tendía con ademán suplicante las manos y le miraba con expresión de quien en sus ojos tiene concentrada su vida entera.

—¡Lucía... Manette!... ¿Qué es esto?—exclamó Lorry, con asombro indescriptible—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Qué les trae aquí?

Lucía, pálida como un cadáver, cayó sollozante en los brazos del anciano amigo de su infancia.

—¡Oh... amigo querido! Mi marido...

—¿Su marido, Lucía?

—Carlos.

—¿Qué hay de Carlos?

—Aquí... en París.

—¿En París?

—Lleva aquí algunos días... tres o cuatro... no sé cuántos... Me es imposible poner orden en mis pensamientos... Le trajo aquí una idea generosa que nos es desconocida; fué detenido en la barrera y conducido a la cárcel.

El anciano lanzó un grito de espanto. Casi al mismo tiempo sonó la campana de la verja y se oyeron en el jardín voces mezcladas con rumor de pasos.

—¿Qué ruido es ése?—preguntó el doctor, dirigiéndose a la ventana.

—¡No se asome usted! ¡No mire fuera!... ¡Por lo que más quiera, Manette, por su vida... no toque la persiana!

Volvióse el doctor, sin separar la mano de la falleba de la ventana, y con sonrisa fría y osada, contestó.

—Mi querido amigo, en esta ciudad, mi vida es sagrada. He sido prisionero de la Bastilla. No hay un patriota en París... ¿qué digo en París? en ¡toda la Francia!... No hay un patriota en toda la Francia que, sabiendo que he sido prisionero de la Bastilla, se atreva a tocarme, como no sea para estrujarme a fuerza de abrazos o para llevarme en triunfo por las calles. Mis torturas antiguas me han dado influencia bastante para llegar hasta aquí sin encontrar obstáculos en las barreras y para obtener noticias sobre Carlos. Sabía yo que así sería, sabía yo que me sería fácil librar a Carlos de los peligros que le amenazan, y así se lo aseguré a Lucía... ¿Pero qué ruido es ese?—terminó, volviéndose hacia la ventana.

—¡No mire usted!—gritó Lorry con acento desesperado—¡Usted tampoco, Lucía, mi querida Lucía!—añadió, pasando su brazo al rededor de su cintura.—Pero no tema... no se asuste. Juro que no sé que a Carlos le haya ocurrido mal alguno... que ni sospechaba siquiera que la fatalidad le hubiese traído a esta ciudad. ¿En qué cárcel está?

—En la Force.

—La Force. Si alguna vez ha sido usted valiente, Lucía, hija mía, si alguna vez se ha considerado con fuerzas para hacer algo útil, hoy más que nunca es preciso que recurra a todo su valor y a todo su esfuerzo para cumplir al pie de la letra lo que yo le diga, pues le aseguro que de ello depende mucho más de lo que usted pueda suponer, mucho más de lo que yo pudiera decirle. Lo que voy a suplicarle que por su Carlos haga, es lo más duro, lo más difícil que cabe pensar, porque precisamente voy a mandarle que se tranquilice, que no haga nada, que me obedezca, que me permita que la lleve a una habitación retirada de esta casa y que permanezca tranquila en ella, dejándonos solos a su padre y a mí por espacio de algunos minutos. ¡Por su Carlos querido, por la muerte, que hoy anda suelta por esta desdichada ciudad, seguro estoy que me obedecerá!

—Acato sumisa sus deseos, porque veo en su cara que no puedo ni debo hacer otra cosa, y que en mi conveniencia inspira usted sus palabras.

Lorry besó a Lucía e inmediatamente la acompañó a su habitación donde la dejó, cerrando, al salir, con llave la puerta. Volvió presuroso a reunirse con el doctor, abrió la ventana que daba al jardín, puso su diestra sobre el hombro de su amigo, y se asomó, indicando a éste que hiciera lo propio.

Ante sus ojos había un grupo compacto de hombres y de mujeres, no muchos, es decir, no los bastantes, ni con mucho, para llenar el jardín, pues no pasarían de cuarenta o cincuenta. Las personas que ocupaban la casa les habían franqueado la entrada para que utilizasen la piedra de afilar, instalada allí para el servicio público, sin duda.

Parece que nada de particular debería tener una piedra de afilar, ni mucho menos que a ella se acercasen afiladores; pero hiela la sangre pensar en aquellos horribles afiladores, tanto por su aspecto cuanto por la índole del trabajo, mejor dicho, por el objetivo del trabajo que realizaban.

Daban vueltas a la piedra dos hombres cuyas caras eran más horribles y de expresión más cruel que las de los salvajes más feroces cuando ostentan sus prendas y pinturas más bárbaras. Falsas cejas y bigotes falsos servían de adorno a unos rostros repugnantes, todos salpicados de sangre, rostros contraídos por la ira y el desenfreno. Mientras aquellos desalmados daban a la piedra vueltas y más vueltas, algunas mujeres aproximaban a sus labios vasijas llenas de vino. La escena no podía ser más nauseabunda ni más feroz. Sangre, vino y fuego eran los elementos constitutivos del cuadro; sangre que llenaba las caras y las manos de todos los monstruos que allí había, vino que rezumaban sus hediondas bocas, y fuego que brotaba en chispas brillantes de la piedra de afilar. Empujándose y atropellándose unos a otros en su afán de afilar cuanto antes sus instrumentos de matanza, se veían hombres desnudos de cintura arriba, tintos en sangre los brazos, los cuellos, las caras y el cuerpo; hombres cubiertos de harapos, con los harapos tintos en sangre; hombres engalanados con prendas de vestir mujeriles, con encajes, cintas y sedas, y las sedas y las cintas y los encajes tintos en sangre. Hachas, cuchillos, bayonetas, sables, espadas, todos los instrumentos que afilaban estaban tintos en sangre. Algunos llevaban las espadas o las hachas sujetas a las muñecas con tiras de tela o pedazos de vestidos; las ligaduras variaban, pero no el color, todas eran rojas.

Lorry y el doctor retrocedieron no bien tropezaron sus ojos con la repugnante escena.

—Están asesinando a los prisioneros—dijo Lorry, contestando a la pregunta muda que el doctor acababa de dirigirle.—Si tiene usted seguridad de lo que dice, si realmente posee la influencia que cree poseer, y que yo también creo que posee, dése a conocer a esos demonios y hágase llevar a La Force. Puede que sea ya tarde, quién sabe; pero de todas suertes, no pierda ni un segundo.

El doctor Manette estrechó la mano de su amigo y, sin contestar palabra, sin cubrirse siquiera, bajó al jardín.

Su pelo blanco como la nieve, su rostro, que no podía menos de llamar la atención, la decisión con que apartó las armas de aquella turba de monstruos, le abrieron el camino hasta el centro de la reunión, hasta la misma piedra de afilar. Lorry observó que callaban todos, que en medio de un silencio solemne se alzaba vibrante la voz del anciano, que todos escuchaban atentos, que todos miraban al orador con el respeto más profundo; y al cabo de breves minutos, vió que más de veinte hombres formaban compacto grupo, que rodeaban al doctor y, entronizándolo sobre sus hombros, salían a la calle gritando con entusiasmo delirante:

—¡Viva el prisionero de la Bastilla!

—¡Queremos al pariente del de la Bastilla preso en La Force!

—¡Paso al prisionero de la Bastilla!

—¡Libertad al prisionero Evrémonde, encerrado en La Force!

Lorry cerró la ventana muy esperanzado, y se apresuró a reunirse con Lucía, a la que refirió que su padre, auxiliado por el pueblo, había ido a buscar a su marido. Con Lucía estaba su hija y la señorita Pross, pero tal era la confusión del buen Lorry, que ni le sorprendió siquiera encontrarlas allí hasta mucho rato después.

La noche fué horrible. Lucía, presa de estupor, estaba sentada en el suelo retorciéndose las manos, y la señorita Pross, después de acostar a la niña, cedió al sueño que la acosaba y quedó dormida con la cabeza doblada sobre la camita de la niña. ¡Noche horrible, durante la cual Lorry hubo de escuchar los constantes sollozos de la desventurada Lucía! ¡Noche horrible, noche eterna, noche de angustias, noche de ansiedad, noche pasada esperando la llegada de un padre que no llegaba, la llegada de noticias de un marido colocado al borde del sepulcro, y las noticias no venían!

Dos veces más repicó con violencia la campana de la verja, dos veces más se repitió la irrupción, dos veces más pusieron en movimiento la piedra de afilar. Lucía se asustó.

—¿Qué es eso?—preguntó.

—¡Silencio!—respondió Lorry.—Son los soldados que afilan sus espadas. La casa es hoy una propiedad nacional, hija mía.

Alboreó el nuevo día. Lorry pudo desasirse de las crispadas manos de Lucía y se asomó a la ventana. Junto a la piedra de afilar, un hombre, cubierto de sangre de pies a cabeza, semejante a un soldado herido que recobra el conocimiento en el campo de batalla, se levantaba del suelo sobre el que había estado tendido y miraba con expresión estúpida en rededor. Aquel asesino cansado de matar vió los soberbios carruajes del señor, se dirigió a uno de ellos con paso vacilante, abrió la portezuela, y se encerró en su interior dispuesto a descansar de las fatigas de la noche sobre los mullidos almohadones.

III. LA SOMBRA

Una de las reflexiones primeras que sugirió al señor Lorry su entendimiento práctico, tan pronto como sonó al día siguiente la hora de dar comienzo a las operaciones del Banco, fué que carecía de derecho para crear dificultades y atraer peligros sobre el Banco Tellson, concediendo albergue en el edificio del mismo a la esposa de un emigrado preso. Sin un segundo de vacilación, con alegría, con toda su alma, hubiese sacrificado ante el altar del cariño que a Lucía y a su hija profesaba todo cuanto poseía, incluso su libertad y su vida; pero el gran establecimiento bancario no era suyo, y en lo referente a negocios, Lorry era rígido, inflexible.

Consecuencia de sus cavilaciones, fué pensar en Defarge, y al pensamiento siguió la decisión de llegarse a la taberna y rogar a su dueño que le indicase un refugio seguro para Lucía, si es que lo había en aquella ciudad perturbada, refugio que muy bien podía ser, si a ello se prestaba Defarge, el mismo sotabanco en que en tiempos pasados vivió el doctor Manette. Desechó, empero, este proyecto, apenas concebido, en atención a que la taberna estaba enclavada en el barrio más peligroso de la ciudad y a que Defarge, persona influyente, a no dudar, entre los habitantes de aquella región violenta, andaría metido de lleno en las empresas que allí se fraguaban y maduraban.

Próximas ya las doce de la mañana, como el doctor no pareciera, y cada minuto que pasaba tendía a multiplicar el compromiso en que había colocado al Banco Tellson, Lorry decidió celebrar consejo con Lucía. Manifestó ésta que su padre le había hablado de alquilar una habitación en aquel mismo distrito, no lejos del Banco. Visto que el proyecto del doctor no estaba en oposición con los negocios del Banco, y previendo Lorry que por bien que la situación de Carlos se solucionara, aun cuando merced a la intervención e influencia del doctor fuese puesto en libertad, habría de serle imposible escapar de la ciudad, salió inmediatamente a buscar habitación conveniente y la encontró en una calle aislada rodeada de edificios deshabitados.

Sin perder momento trasladó a la habitación mencionada a Lucía, a su hija y a la señorita Pross, a las cuales dió cuantos consuelos pudo, que fueron más de los que él mismo tenía. Dejó con ellas a Jeremías Lapa y volvió a engolfarse en sus ocupaciones.

Pasó el resto del día triste, preocupado y receloso, hasta que llegó la hora de cerrar el establecimiento. Retiróse entonces a su habitación, como el día anterior, y estaba pensando en las resoluciones que le convendría adoptar, cuando oyó ruido de pasos en la escalera. Segundos después se le presentaba un hombre que, mirándole con mirada penetrante, se le dirigía por su nombre.

—A su disposición, señor Lorry. ¿Me conoce usted?

Era un individuo de constitución sólida, de pelo negro naturalmente rizado y de unos cuarenta y cinco años de edad.

—¿Me conoce usted?—repitió.

—He visto a usted en alguna parte.

—¿En mi tienda de vinos, quizás?

Más interesado que nunca, y no poco agitado, preguntó Lorry:

—¿Viene usted de parte del doctor Manette?

—Sí; vengo de parte del doctor Manette.

—¿Y qué dice? ¿Me envía algo?

Defarge puso en la mano que anhelante le tendía Lorry un pedazo de papel, que contenía las palabras siguientes, escritas de puño del doctor:

«Carlos sin novedad, pero no puedo yo abandonar el sitio en que me encuentro. He logrado que el portador de esta lleve dos líneas de Carlos para su mujer. Haga que el dador se vea con mi hija.»

Estaba fechada la misiva en La Force una hora antes.

—¿Tiene usted la bondad de acompañarme a la casa en que reside la esposa de Carlos?—preguntó Lorry, sin ocultar la alegría que la lectura del billete le había producido.

—Sí—contestó Defarge.

Sin parar mientes en el tono reservado y curiosamente mecánico con que Defarge hablaba, Lorry se encasquetó el sombrero y bajó con su visitante al jardín, donde encontraron a dos mujeres, una de ellas haciendo calceta.

—¿La señora Defarge?—preguntó Lorry, quien la había dejado ocupada en lo mismo diez y siete años antes.

—La misma—contestó el marido.

—¿Viene con nosotros su señora?—preguntó Lorry, al observar que las mujeres echaban a andar.

—Sí. Viene para reconocer las caras y conocer a las personas. Es una medida que conviene a la hija del doctor.

Lorry, a quien comenzaron a parecerle extrañas la actitud y palabras de Defarge, dirigióle una mirada recelosa y continuó andando. Siguieron las dos mujeres, una de las cuales era la llamada La Venganza.

Cruzaron las calles inmediatas con cuanta rapidez les fué posible, subieron la escalera del domicilio de Lucía, Jeremías les franqueó la entrada, y encontraron a la esposa de Carlos sola y llorando. Las noticias que acerca de su marido la dió Lorry la llenaron de alegría, y estrechó con efusión la mano que la entregaba las breves palabras escritas por su Carlos... sin pensar en lo que la noche anterior había estado haciendo aquella mano muy cerca de la persona de su marido, ni en lo que con éste hubiese hecho de no impedirlo una casualidad feliz.

«Valor, queridita mía. Estoy bien, y tu padre goza de influencia sobre los que me rodean. No puedes contestarme. Besa por mí a nuestro ángel.»

Nada más decía el billete. Era, sin embargo, tanto para la desventurada que acababa de recibirlo, que en su agradecimiento se volvió hacia la mujer de Defarge y besó con efusión las manos que hacían calceta. Fué un acto de esposa apasionada, amante, agradecida; pero la mano que de aquel fué objeto no lo contestó. Separóse de sus labios pesada, fría como el hielo, y continuó haciendo media.

Algo encontró Lucía en aquella mano que la estremeció. En el instante mismo en que llevaba la diestra a su seno para guardar allí el billete recibido, sus ojos, clavados en el rostro de la tabernera, reflejaron un terror infinito. La señora Defarge contestó a su mirada con otra que rebosaba impasibilidad, hielo.

—Mi querida Lucía—dijo Lorry, tratando de explicar la presencia de las mujeres,—son muy frecuentes las conmociones en las calles, y aunque no es probable que nadie moleste a usted, ha venido la señora Defarge con objeto de ver a las personas hasta las cuales puede extender su protección, pues conviene que las conozca bien a fin de poder identificarlas en cualquier momento dado. Creo, ciudadano Defarge—terminó sin atreverse a prodigar nuevas palabras de consuelo,—que he expuesto la verdad del caso, ¿no es cierto?

Defarge dirigió a su mujer una mirada sombría y se limitó a exteriorizar su conformidad por medio de un gruñido.

—Creo, Lucía, que sería conveniente que salieran la niña y la señorita Pross—repuso Lorry.—Nuestra excelente Pross, Defarge, es una señora inglesa, que desconoce por completo el francés.

La señora en cuestión, en cuyo pecho arraigaba muy honda la creencia de que se bastaba y hasta se sobraba para poner en cintura a cualquier extranjero, y no había perdido su serenidad de ánimo, no obstante las perturbaciones y anarquía reinantes en París, se presentó con los brazos cruzados, y dirigió una mirada castizamente inglesa a La Venganza, con cuyos ojos tropezaron desde el primer momento los suyos.

—¡Hola, descarada!—dijo en inglés.—Me alegro de verla buena.

También dirigió una o dos palabras a la señora Defarge; pero ni la una ni la otra tuvieron por conveniente contestar.

—¿Es ésa la niña?—preguntó la señora Defarge, suspendiendo por primera vez su tarea y apuntando a Lucía con la aguja de hacer media cual si fuera el dedo de la Fatalidad.

—Sí, señora—contestó Lorry.—Esa es la hija adorada y única de nuestro pobre prisionero.

La sombra que acompañaba a la señora Defarge y compañeros tomó tonos tan tétricos y amenazadores, que la pobre madre cayó instintivamente de rodillas al lado de su hija y la estrechó contra su amante pecho. La sombra que acompañaba a la señora Defarge y compañeros pareció extenderse entonces negra, amenazadora, sobre la madre y la hija.

—No hace falta más—dijo la tabernera.—Los hemos visto ya. Vámonos.

Aquellas palabras entrañaban amenazas muy encubiertas, sí, pero no tanto que no las penetrase el instinto maternal. He aquí por qué Lucía, tendiendo sus brazos suplicantes hacia la señora Defarge, dijo:

—¿Tratarán con bondad a mi pobre marido? ¿Verdad que no le harán daño? ¿Que me conseguirán que pueda verle, si de ustedes depende?

—No es tu marido el que aquí me ha traído—replicó la señora Defarge, mirando a Lucía con calma espantosa.—Lo único que me interesa es la hija de tu padre.

—Por mí, pues, sea compasiva con mi marido... ¡por mí y por mi pobre hijita! ¡Mi hija tiende conmigo hacia ustedes sus manecitas y las suplica que no cierren su corazón a la voz de la piedad! ¡Más miedo nos inspiran ustedes que toda la ciudad junta!

La Defarge recibió esta frase última como un cumplimiento, y volvió sus ojos hacia su marido. Este, que escuchaba a Lucía mordiendo la uña de su pulgar, acentuó la expresión dura de su rostro al sentir sobre él la mirada de su mujer.

—¿Qué es lo que en esa cartita te dice tu marido?—preguntó la tabernera con sonrisa sarcástica.—¿No habla sobre influencia?

—Dice que mi padre goza alguna influencia sobre los que le rodean—contestó Lucía, sacando apresuradamente el billete del pecho, pero con sus ojos llenos de alarma puestos sobre su interlocutora y no sobre el papel.

—En ese caso, él le salvará—observó la tabernera;—no tenemos por qué mezclarnos nosotros.

—Como esposa y como madre—exclamó Lucía con expresión de ansiedad inmensa,—imploro la piedad de ustedes y les pido de rodillas que no empleen el poder que poseen en contra de mi marido, sino en su favor. ¡Hermanas mías... hermanas mías! ¡Acuérdense de que es una esposa y una madre la que se lo ruega!

La señora Defarge miró a la suplicante con la frialdad de siempre, y dijo, volviendo su rostro hacia La Venganza:

—Las esposas y madres que desde que nacimos, o poco menos, estamos acostumbradas a ver, han sido tratadas con grandes consideraciones, ¿verdad? ¿No es cierto que con gran frecuencia hemos visto a sus maridos y a sus padres sepultados en inmundos calabozos? Desde que vinimos al mundo, ¿no hemos visto sufrir a nuestras hermanas, en sus personas y en las de sus hijos, pobrezas, desnudeces, hambres, sed, enfermedades, miserias, opresiones y desprecios de toda clase?

—Jamás vimos otra cosa—respondió La Venganza.

—Todas esas cosas las hemos sufrido durante mucho, muchísimo tiempo—repuso la tabernera dirigiéndose a Lucía.—Ahora dime, juzga por ti misma; ¿crees probable que el dolor de una esposa y la ansiedad de una madre hagan mella en nosotras?

Continuó haciendo media y salió. Tras ella echó a andar La Venganza y Defarge salió el último, cerrando la puerta al salir.

—¡Valor, mi querida Lucía!—exclamó Lorry, alzándola del suelo.—¡Valor y valor! Hasta ahora todo va bien... mucho, muchísimo mejor de lo que podíamos prometernos. ¡Levante su corazón, querida Lucía, y demos gracias al Cielo!

—No me falta un corazón agradecido ni dejo de abrigar esperanzas; pero aquellas mujeres horribles son como sombras negras que obscurecen el cielo de mis esperanzas.

—¡Chitón, chitón!—exclamó Lorry—¿Cómo se entiende? ¿Es posible que en ese bravo corazoncito tenga entrada el abatimiento? ¡Sombras! Las sombras nada significan, Lucía, son inconsistentes... ¡nada!

Pese a sus palabras él mismo sentía también la influencia, la opresión, de aquellas sombras fatídicas y, aunque no lo confesaba, es lo cierto que le preocupaban y perturbaban en extremo.

IV. CALMA EN LA TORMENTA

Cuatro días duró la ausencia del doctor Manette.

Con tal diligencia ocultaron a Lucía la mayor parte de los horrorosos acontecimientos ocurridos en ese lapso de tiempo, que hasta mucho tiempo después, cuando ya se encontraba a gran distancia del territorio francés, no supo que mil cien prisioneros indefensos, de ambos sexos y de todas las edades, habían sido brutalmente asesinados por un populacho ebrio de sangre, que durante aquellos cuatro días con sus noches no cesaron ni por un segundo las hazañas de horror, que las calles de la ciudad en que vivía estaban inundadas de sangre y que la atmósfera que respiraba era una atmósfera saturada de emanaciones de sangre. Las únicas noticias que a sus oídos llegaron fueron que el populacho había atacado las prisiones, que todos los presos políticos habían corrido serios peligros, y que algunos habían sido arrastrados por las calles y asesinados.

El doctor comunicó al señor Lorry, no sin exigirle el secreto más absoluto, que las turbas le obligaron a presenciar brutales escenas de carnicería y de sangre en la prisión de La Force; que allí había encontrado en funciones permanentes a un Tribunal, ante el cual eran presentados uno a uno los prisioneros, que inmediatamente eran condenados a muerte y ejecutados, o puestos en libertad (muy pocos), o bien encerrados de nuevo en sus celdas. Añadió que, habiéndole presentado al Tribunal en cuestión los patriotas que le acompañaban, expuso él su nombre y su profesión e hizo constar que, sin previa acusación, y como consecuencia sin previa sentencia, había sido por espacio de diez y ocho años prisionero secreto de la Bastilla; y que uno de los individuos que componían el Tribunal se levantó y le identificó, resultando ser Defarge el individuo de referencia.

Dijo que por los registros que sobre la mesa del Tribunal había pudo cerciorarse de que su yerno figuraba entre los prisioneros vivos, y que le defendió con gran calor ante el Tribunal, algunos de cuyos miembros roncaban desaforadamente mientras otros estaban despiertos, y entre los cuales los había manchados con sangre de pies a cabeza y limpios de crímenes (muy pocos), algunos sobrios y otros borrachos (casi todos), en honor a la Libertad. Que en el primer momento de entusiasmo, consiguiente a la presencia en aquel lugar de un hombre que tanto había sufrido, de un mártir torturado por la situación derribada, le concedieron que Carlos compareciera inmediatamente ante aquel Tribunal extraño y fuera examinado. Que cuando todo hacía suponer que iban a decretar su libertad, las corrientes decididamente favorables tropezaron con obstáculos, cuyo origen y naturaleza eran misterios para el doctor, los cuales dieron margen a una conferencia secreta. Que el sujeto que ocupaba el sillón presidencial manifestó seguidamente al doctor que el prisionero debía continuar recluído, aunque, en atención a las torturas del doctor, la persona de aquél sería inviolable. Que inmediatamente, a una señal del presidente, el prisionero fué conducido de nuevo a su calabozo, pero que él, el doctor, con tal insistencia solicitó permiso para permanecer allí a fin de asegurarse de que su yerno, por equivocación o por malicia, no era entregado a las turbas, cuyos feroces aullidos ensordecían a los jueces, que le fué concedida la autorización solicitada, y que no se movió de la Sala de la Sangre hasta que finalizó la escena última del sangriento drama.

Imposible detallar todas las brutalidades, todos los actos de feroz salvajismo que hubo de presenciar el doctor durante aquellos cuatro días con sus noches. La loca alegría a que se entregaban los prisioneros que conseguían un fallo absolutorio le impresionó casi tanto como la loca ferocidad con que el populacho hacía pedazos a los que resultaban condenados. Hubo un prisionero a quien el Tribunal declaró absuelto y que, al salir libre a la calle, un monstruo, por equivocación sin duda, le asestó una lanzada. El doctor Manette, a quien rogaron que saliera a curar al herido, salió inmediatamente a la calle y le encontró rodeado y atendido por infinidad de compasivos Samaritanos, sentados todos ellos sobre los cadáveres de sus víctimas. Dando pruebas de una inconsistencia inconcebible por lo monstruosa, ayudaron al doctor, atendieron al herido con solicitud ejemplar, improvisaron una camilla y lo transportaron... pero hundiendo una vez más sus armas asesinas en los cadáveres que llenaban la calle y realizando otras brutalidades tan repugnantes, que el doctor hubo de cubrirse los ojos con las manos, y ni aun así pudo evitar caer desmayado en medio de aquellas fieras.

Vivos temores asaltaron al buen Lorry, mientras escuchaba el pavoroso relato de labios de su amigo, cuya edad frisaba ya en los sesenta y dos años, de que las espantosas escenas que había presenciado dieran vida nueva al peligro antiguo. Acaso se equivocase, sin embargo, y la causa de su equivocación fuera el hecho de no haber visto nunca a su amigo bajo el aspecto y carácter en que entonces le veía. Por primera vez en su vida comprendía el doctor que sus sufrimientos pasados eran para él fuente de energías y de influencia; por primera vez sintió que en aquella fragua ardiente forjaba poco a poco los hierros que habían de quebrantar las puertas de la prisión en que estaba encerrado el marido de su hija y concederle la libertad.

—En medio de todo fué un bien, amigo mío; no todo han sido calamidades y ruinas. De la misma manera que mi hija idolatrada hizo cuanto humanamente podía hacer para que yo recobrara la salud del cuerpo y la del alma, yo no descansaré hasta que la devuelva a ella lo que constituye la porción más querida de sí misma. ¡Con la ayuda del Cielo lo haré!

Tales fueron las palabras pronunciadas por el doctor Manette, una vez hubo terminado la exposición de hechos. Y cuando Mauricio Lorry vió chispear en sus ojos el fuego del entusiasmo, y cuando reparó en la serenidad tranquila de aquel hombre, cuya vida, paralizada por espacio de varios años, resurgía de nuevo pletórica de energías, abrió su pecho a la esperanza, y creyó.

Obstáculos mucho mayores que los que ante el doctor se alzaban habrían cedido ante una perseverancia tan indomable como la suya. Sin rebasar los linderos de su profesión como médico, cuya misión es alternar con todas las clases y condiciones sociales, tanto con los presos como con los que de libertad gozan, lo mismo con los ricos que con los pobres, sin distinción de opresores y de oprimidos, de buenos y de malos, de sabios y de ignorantes, con tal sagacidad supo emplear su influencia, que no tardó en ser nombrado médico inspector de las cárceles, y como consecuencia, de la de La Force. Pudo asegurar a Lucía que su marido ya no permanecía solo en una celda aislada, sino mezclado con la generalidad de los prisioneros; pudo visitar una vez a la semana al marido de su hija y transmitir a ésta mensajes de aquél; consiguió que Lucía recibiera algunas cartas de su marido, bien que nunca por conducto del mismo doctor, pero no consintió que aquélla las dirigiera a Carlos, pues entre todos los emigrados que sufrían en las cárceles, ninguno despertaba en el populacho tantas sospechas como aquellos de quienes se sabía que tenían parientes fuera.

No cabe dudar que aquella fase nueva de la vida del doctor llevaba consigo ansiedades sin cuento, pero Lorry, a quien no faltaba sagacidad, comprendió desde el primer momento que a las ansiedades se unía cierto orgullo que actuaba en ella como poderoso sostén. Nada de inconveniente tenía aquel orgullo, al contrario, era un orgullo natural y digno. Sin embargo, Lorry lo observaba como curiosidad digna de estudio. Sabía el doctor que hasta entonces, tanto su hija como su amigo habían atribuído a sus largos años de encierro su aflicción personal, su debilidad, su agotamiento. Pero las circunstancias habían variado radicalmente; y persuadido de que sus antiguas torturas le hicieron dueño de fuerzas que podía poner al servicio de la causa de Carlos, de fuerzas que bien empleadas podían dar como resultado la libertad del marido de su hija, llegó a exaltarse en tales términos, que tomó la dirección del asunto y aceptó a los demás en calidad de cooperadores secundarios, como acepta el que se considera fuerte el auxilio de otras personas a quienes tiene por débiles. Se invirtieron las posiciones respectivas del doctor y de su hija, bien que solamente en lo que podían invertirse sin menoscabo del cariño más tierno y del amor más acendrado, pues el padre cifraba todo su orgullo en prestar algún servicio a la que tan inmensos se los había prestado a él.

—El fenómeno es muy curioso—pensaba Lorry;—pero muy natural y muy noble. Toma, pues, la jefatura, mi querido amigo, encárgate de la dirección y consérvala: no puede estar en mejores manos.

Mucho trabajó el doctor para conseguir que su yerno fuera puesto en libertad, o bien para que compareciera ante el Tribunal que decidiera su suerte, mas no logró vencer las corrientes arrolladoras entonces desencadenadas. Había alboreado una era nueva, el Rey había sido sentenciado, condenado y decapitado; la República de la Libertad, de la Igualdad, de la Fraternidad o la Muerte había declarado que vencería al mundo alzado en armas contra ella o moriría; en lo alto de las torres de Nuestra Señora flameaba día y noche la bandera negra; trescientos mil hombres, evocados por el soplo potente que los llamaba para combatir a los tiranos de la tierra, brotaron de las distintas provincias de Francia, cual si los dientes del feroz dragón, sembrados al vuelo, hubiesen nacido y fructificado por igual en las montañas y en las llanuras, en las rocas y en la grava, en los terrenos secos y en los pantanosos, bajo el hermoso cielo meridional y bajo el brumoso del norte, en los eriales y en los bosques, en las viñas y en los olivares, entre los trigos y entre las hierbas, en las hermosas vegas bañadas por los ríos y en las arenosas playas besadas por el mar. ¿Qué esfuerzo particular, por inmenso que fuera, era capaz de luchar contra el diluvio del Año Uno de la Libertad... un diluvio que brotaba abajo en vez de venir de las nubes, un diluvio que anegaba a Francia estando cerradas las compuertas de los cielos?

Del suelo francés habían quedado desterradas la pausa, la piedad, la compasión, la paz, el descanso, el sosiego, la medición del tiempo. Los días y las noches se sucedían como siempre, es verdad; a la noche seguía la mañana y comenzaba un día nuevo, pero la cuenta del tiempo no pasaba de allí, pues su percepción se había perdido en la fiebre devoradora de una nación, de la misma manera que la pierde un enfermo en su fiebre individual. Hoy interrumpía el silencio sobrenatural de toda una ciudad el verdugo, mostrando al pueblo la cabeza del Rey, y otro día presentaba la cabeza de una Reina célebre por su hermosura, que no necesitó más que ocho meses de viudez y de miserias para que sus cabellos sé trocaran de rubios que eran en blancos como la nieve.

Sin embargo, cumpliéndose una vez más la ley extraña de las contradicciones, el tiempo, no obstante volar con vertiginosa rapidez, parecía arrastrarse con lentitud desesperante. Un tribunal revolucionario en la capital y cuarenta y cinco mil comités revolucionarios funcionando en la nación; una Ley de Sospechosos que barrió las garantías en que descansan la libertad y la vida y entregó a toda persona buena o inocente en manos de cualquier malvado, de cualquier criminal; prisiones atestadas de gente que no habían cometido falta alguna y a quienes se cerraban todos los caminos que pudieran conducir a su justificación, tales eran los principios en que descansaba el orden social establecido, principios que parecían de uso antiguo a las pocas semanas de implantados. Por encima de todo, descollaba una figura fatídica que con rapidez brutal se hizo tan familiar a los franceses como si fuera anterior a los fundamentos del mundo; la figura de la esposa llamada Guillotina.

El pueblo la había convertido en manantial inagotable de chistes. Era el remedio más eficaz para curar el dolor de cabeza, el preventivo más infalible contra las canas y la calvicie, daba al cutis una delicadeza especial, era la Navaja Barbera Nacional que mejor afeitaba, el que tenía la suerte de besar a la Guillotina, miraba por un agujerito y estornudaba dentro de un cesto; era el signo de la regeneración del género humano y había eclipsado a la Cruz. Muchas gargantas que antes llevaron crucecitas ostentaban ahora dijes-guillotina y eran infinitos los que jamás creyeron en la Cruz y, sin embargo, creían en la Guillotina y ante ella se postraban.

Tantas eran las cabezas que cortaba, que lo mismo que el feroz aparato como el suelo que deshonraba rezumaban sangre. Formada de varias piezas desmontables, como los rompe-cabezas, la armaban cuantas veces debía entrar en funciones. Era una señora cuya misión principal consistía en hacer enmudecer a la elocuencia, en humillar a los poderosos y en concluir con la hermosura y con la bondad. En una mañana, y en veintidós minutos, había rebanado veintidós cabezas de otros tantos amigos del bien público, de ellos veintiuno vivos, y uno muerto antes de subir al tablado fatal. El funcionario público encargado de manejarla había heredado el nombre de aquel prodigio de fuerzas de que nos habla el Antiguo Testamento; pero el Sansón francés, armado de la Guillotina, era mucho más fuerte y robusto que su tocayo israelita, y más ciego y más bruto, pues todos los días y a todas horas arrancaba las puertas del mismo Templo de Dios.

Caminaba el doctor Manette entre estos horrores y entre la ralea que los producía con la cabeza firme, lleno de confianza en su poder, siempre tendiendo al fin que se había prefijado, bien que cautelosamente, y sin poner en tela de juicio que el resultado de sus esfuerzos sería en definitiva la libertad del marido de Lucía. Era, empero, tan impetuosa la corriente del tiempo, tan profundas las aguas, volaba aquél con furia tan tremenda, que Carlos continuaba pudriéndose en la cárcel a los quince meses de haber entrado en ella sin que la robusta confianza del doctor se conmoviera. Durante el mes de diciembre, la Revolución arreció de tal manera en sus furias, que los ríos del Sur con dificultad podían correr por sus espaciosos cauces, llenos de montones de cadáveres de los que durante la noche eran ahogados violentamente en sus aguas. Los prisioneros eran arcabuceados por docenas, por cientos, por millares; pero el doctor continuaba avanzando entre tantos horrores con paso firme y cabeza sólida. En París no había hombre más conocido que él ni que en situación más extraña se encontrase. Silencioso, humano, indispensable en los hospitales y en las cárceles, prodigando los auxilios de la ciencia lo mismo a los asesinos que a las víctimas, puede decirse que era un hombre aparte. En el ejercicio de su profesión, el cautivo de la Bastilla era el ídolo del pueblo. Más que hombre, parecía Espíritu que se movía entre los mortales.

V. EL ASERRADOR

Un año y tres meses. No disfrutó Lucía de un minuto de tranquilidad durante todo ese tiempo, pues jamás pudo hoy asegurar que la cabeza de su marido no rodaría al día siguiente. A todas horas rebotaban sobre el empedrado de las calles carretas de la Muerte llenas de condenados. Lindas muchachitas, señoras en el apogeo de su hermosura, cabezas de pelo negro, de pelo castaño, de pelo rubio, de pelo blanco; jóvenes robustos, pletóricos de vida, y ancianos encorvados bajo el peso de los años, caballeros y labriegos, damas y campesinas, todos proporcionaban vino rojo a la Guillotina, saliendo diariamente de las obscuras cuevas de sus inmundos calabozos y conducidos en procesión interminable por las calles para apagar la sed devoradora de aquélla. Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte... Más frutos has dado de Muerte que de Libertad, Igualdad ni Fraternidad, ¡oh Guillotina!

Si lo brusco e inesperado de sus calamidades y el rodar vertiginoso de las ruedas del tiempo hubieran aturdido a la hija del doctor, sumiéndola en ese estado de desesperación ociosa, seguramente la habría enviado a la tumba o al manicomio, como ha enviado con menos motivos a tantas otras, pero desde el instante en que estrechó contra su pecho juvenil aquella cabeza de cabellos de nieve en el sotabanco de la taberna del barrio de San Antonio, se había consagrado al cumplimiento estricto de sus deberes, y los cumplió con tanta abnegación en los días de prueba, como en los de calma y felicidad.

No bien se instalaron en su nueva residencia, y tan pronto como su padre entró de lleno en el ejercicio de su profesión, Lucía arregló su reducido hogar exactamente lo mismo que si a su lado hubiese tenido a su marido. El orden era perfecto en aquella casa. Lucita daba sus lecciones con la regularidad misma de su casa de Londres. Los inocentes artificios con que la desolada esposa pretendía engañarse a sí misma, infiltrando en su pecho la creencia de que muy pronto tendría la dicha de abrazar a su marido, los preparativos de marcha que todos los días hacía... juntamente con las plegarias solemnes que todas las noches dirigía al Cielo en favor de un prisionero especial, en favor de un desgraciado determinado de los muchos que gemían en las tétricas antesalas de la muerte, eran los consuelos únicos de su conturbada alma.

Su aspecto exterior varió muy poco. Su sencillo vestidito negro, muy semejante a los crespones de la viudez, así como el de su hija, negro como el suyo, reflejaban tanta limpieza y tanto esmero como reflejaron los que usó en sus días más felices. Perdió la frescura de su rostro, constantemente triste y decaído, pero en nada decayeron su hermosura y gentileza. A veces, por la noche, en el momento de besar a su padre, buscaba salida por sus ojos el llanto almacenado en su pecho durante las horas interminables del día, pudiendo decirse que aquél era su único consuelo en la tierra. El doctor contestaba invariablemente con decisión:

—Nada puede sucederle sin que yo lo sepa, y yo sé que puedo salvarle, hija mía.

No habían transcurrido muchas semanas, cuando una noche, al regresar a casa, la dijo su padre:

—Mira, querida; en lo más alto del edificio de la cárcel hay una ventana, hasta la cual puede llegar algunas veces Carlos a las tres de la tarde. Cuando lo consigue, lo que depende de circunstancias e incidentes ocasionales, y como consecuencia inciertos, cree que podría verte, si estuvieras en un sitio determinado de la calle que yo te indicaré. En cambio tú, pobre hija mía, no podrás verle a él, fuera de que, aun cuando pudieras, sería peligroso que hicieras la señal más insignificante de reconocimiento.

—¡Oh padre mío! Enséñame el sitio, y allí estaré yo todos los días.

A partir de aquella noche, Lucía, todos los días, fueran buenos o malos, de sol o de lluvia, de calor o de frío, pasó en el sitio que le indicó su padre dos horas. Allí estaba en el momento que los relojes de la ciudad dejaban oir las dos campanadas, y allí continuaba hasta las cuatro, hora en que se retiraba con santa resignación. Cuando el tiempo no estaba excesivamente malo, llevaba consigo a Lucita; en caso contrario, iba sola; pero no faltó ni un solo día.

El lugar de espera era un sitio obscuro y sucio de una calleja estrecha y tortuosa. No había en ella más que una casa habitada por un hombre que se dedicaba a aserrar leños para la lumbre; todo lo demás de la calle era muro correspondiente a edificios que tenían la entrada por otra paralela.

Al tercer día de acudir Lucía al sitio indicado por su padre, la vió el aserrador.

—Buenas tardes, ciudadana.

—Buenas tardes, ciudadano.

Era la salutación prescripta nada menos que por un decreto. Habíanla implantado algún tiempo antes los patriotas más exaltados, pero por la época a que nos referimos, era obligatoria para todo el mundo.

—¿Paseando por aquí, ciudadana?

—Ya lo estás viendo, ciudadano.

El aserrador, que en tiempos anteriores había sido peón caminero, alzó los ojos, extendió el brazo en dirección a la cárcel, llevó ambas manos a la cara colocando los dedos en forma que representasen una reja, miró a través de los mismos, y soltó una risotada significativa.

—No es asunto mío—dijo,—y continuó aserrando.

Al día siguiente, parece que el aserrador estaba esperando a Lucía, pues se abocó con ella no bien hizo su aparición en la calleja.

—¿Otra vez de paseo por aquí, ciudadana?

—Sí, ciudadano.

—¡Ah! ¿Y con una niña? Tu mamá, ciudadanita, ¿no es verdad?

—¿Contesto que sí, mamá?—preguntó en voz baja la niña, acercándose a su madre.

—Sí, querida, sí.

—Sí, ciudadano—respondió Lucita.

—¡Ah! No es asunto mío. Lo único que me interesa es trabajar... Mira mi sierra, ciudadana... La llamo mi querida Guillotina... La, la, la, la, la... y cae una cabeza.

En efecto; mientras hablaba, cayó el trozo de leño, y el aserrador lo metió en un cesto.

—Yo me doy el nombre de Sansón el de la Guillotina del combustible. Manejo mi aparato, y cae una cabeza... Ahora cae una cabeza de mujer... ¿estás viendo, ciudadana? Llega el turno a la niña... ¡paf! ¡Adiós, cabecita! Concluí con toda la familia.

Repugnaba a Lucía ver aserrar los leños y no podía ver sin sentir un estremecimiento el acto de ponerlos en el cesto, pero le era imposible permanecer en aquel sitio durante las horas de trabajo del aserrador sin que éste la viese. En lo sucesivo, a fin de conquistarse sus simpatías, no sólo era ella la que se adelantaba a dirigirle la palabra, sino también le daba algunas monedas para beber, que él aceptaba sin hacerse de rogar.

Era el aserrador un sujeto sumamente curioso. Muchas veces, cuando Lucía, olvidada de su presencia permanecía largo rato con la vista fija en las rejas de la cárcel y el corazón puesto en su marido, al darse cuenta de su imprudencia, bajaba la vista y veía al aserrador que la miraba sonriente, puesta la rodilla sobre el banco y empuñando la sierra, pero sin trabajar. Cuando esto ocurría, por regla general decía «no es asunto mío,» y reanudaba el trabajo sin más comentarios.

En todo tiempo, lo mismo durante las nieves y hielos del invierno que aguantando los furiosos vendavales de la primavera, tanto bajo el sol abrasador de verano como bajo las torrenciales lluvias del otoño, ni un solo día dejó Lucía de pasar dos horas en aquel sitio, ni un solo día dejó de besar, al marcharse, los muros de la cárcel. Veíala su marido (lo sabía Lucía por conducto de su padre) una vez por cada cinco o seis que salía, dos o tres días consecutivos algunas veces, aunque también ocurría que se viese privado de esa dicha durante una semana entera. Lucía estaba satisfecha con que la viese cuantas veces tuviera oportunidad de llegar hasta la ventana, y a trueque de no defraudarle una sola, hubiese salido no un día, no una semana; años enteros.

Llegó el mes de diciembre. Su padre continuaba caminando entre espantosos horrores, siempre con paso firme, siempre con cabeza sólida. Una tarde fría y lluviosa, Lucía llegó al rinconcito de costumbre. Era un día de regocijo general. Había visto aquélla las casas engalanadas con profusión de gorros atravesados en pequeñas lanzas, y adornados con cintas tricolores y con la inscripción, también tricolor (las letras tricolores estaban en gran moda): «República Una e Indivisible. Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte.»

Tan mísero y reducido era el taller del aserrador, que toda su superficie resultaba casi insuficiente para la inscripción copiada. Coronaba la casa su correspondiente lanza provista de su indispensable gorro colorado, cual cuadraba a todo ciudadano que por bueno se tuviera, y en una ventana había colocado su sierra, bajo la cual se leía la inscripción siguiente: «La Santa Guillotina.» El taller estaba cerrado, el aserrador se encontraba ausente, y Lucía pudo saborear el placer de verse completamente sola.

No estaba, empero, muy lejos el aserrador. Duraba la espera de Lucía contados minutos, cuando sonaron en la calle recios gritos que la llenaron de terror. Segundos después, doblaban la esquina de la cárcel compactas muchedumbres, en cuyo centro iba el aserrador dando la mano a La Venganza. No bajarían las personas de quinientas, y bailaban como pudieran hacerlo quinientos mil demonios. Ni llevaban tampoco música, que para sus endiabladas danzas bastábales el ronco y discordante gritar de sus gargantas. Cantaban el himno popular a la Revolución, y se acompañaban con feroz entrechocar de dientes. Bailaban una danza feroz, que no describiremos, pues a nuestro propósito basta decir que el salvajismo reinante había convertido una distracción inocente en medio eficaz de encender la sangre, embotar los sentidos y endurecer el corazón.

Era la Carmañola. Lucía, horrorizada, yerta de espanto, habíase refugiado en el hueco de la puerta del aserrador, cubriéndose el rostro con las manos.

—¡Oh padre mío!—exclamó al separar las manos, y encontrarse inopinadamente frente al doctor.—¡Qué espectáculo tan cruel, tan repugnante!

—Lo sé, queridita mía, lo sé. Lo he presenciado muchas veces. No te asustes, que nadie ha de hacerte el menor daño.

—No me asusto por mí, padre mío; pero cuando pienso en mi marido y en los arrebatos de esas gentes...

—Pronto le pondremos a cubierto de sus arrebatos. Le he dejado subiendo a la ventana y he venido a decírtelo. Como hoy nadie queda por aquí que pueda verte, no importa que envíes un beso con la mano a lo más alto del tejado, al mismo alero.

—Lo enviaré, padre mío, y con el beso enviaré mi alma entera.

—No puedes verle, pobre hija mía; ¿verdad?

—No, padre mío, no puedo—contestó Lucía llorando.

Sonaron algunos pasos y apareció la señora Defarge.

—Salud, ciudadana—dijo el doctor.

—Salud, ciudadano—contestó la tabernera, continuando la marcha sin detenerse.

—Dame el brazo, querida mía. Sal de aquí, pero fingiendo alegría, aunque ya sé que no puedes sentirla... Así, muy bien. Mañana comparecerá Carlos ante sus jueces.

—¡Mañana!

—No se puede perder tiempo. Todo lo tengo admirablemente dispuesto, pero hay necesidad de adoptar precauciones que es imposible ultimar hasta el momento mismo en que Carlos se presente ante el Tribunal. No ha recibido aún la citación, pero me consta que le citarán para mañana y que será trasladado a la Conserjería. Como ves, recibo las noticias con oportunidad. Supongo que no te asustarás, ¿eh?

A duras penas pudo balbucear la infeliz.

—Confío en ti.

—Puedes confiar, en la seguridad de no salir defraudada. Tus agonías tocan a su fin, amor mío. Dentro de breves horas le tendrás en tus brazos. Le he rodeado de todas las protecciones imaginables. Necesito ver a Lorry...

Interrumpióse el doctor. En la calle inmediata sonaba pesado ruido de carros. Una... dos... tres... Tres carretas cargadas de condenados conducidos al suplicio.

—Necesito ver a Lorry—repitió el doctor, volviendo la cabeza al lado contrario para no ver el fúnebre convoy.

El buen Lorry continuaba inmóvil en el edificio del Banco. Tanto él como los libros eran objeto de frecuentes requisas en calidad de bienes confiscados y convertidos en nacionales, lo que no fué óbice para que salvase cuanto le fué posible, a fuerza de entereza y de abnegación.

Estaba obscureciendo cuando el padre y la hija llegaron al Banco. La suntuosa residencia del señor continuaba desierta. Sobre la verja del jardín había una inscripción que decía así: «Propiedad Nacional. República Una e Indivisible. Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte.»

¿Qué era del señor Lorry, que no se encontraba en su despacho? ¿A quién acababa de despedir cuando salió, agitado y sorprendido, para estrechar entre sus brazos a su idolatrada amiguita? ¿A quién repitió las palabras que con balbuciente voz acababan de dirigirle a él, diciendo desde la puerta que estaba traspasando: «Trasladado a la Conserjería y citado para mañana?»

VI. TRIUNFO

Sin exageración puede afirmarse que el formidable Tribunal de los Cinco no ya sólo funcionaba todos los días, sino también estaba en función permanente. Las relaciones de los prisioneros que debían comparecer ante el Tribunal al día siguiente eran entregadas todas las tardes a los alcaides de las cárceles, quienes, a su vez, leían a los interesados. En la jerga de la cárcel, a las listas en cuestión se las llamaba «Diarios de la noche.»

«Carlos Evrémonde, alias Darnay.»

Tal era el nombre que encabezaba el «Diario de la noche» correspondiente a La Force.

Apenas pronunciado el nombre, separóse el interesado del grupo de sus compañeros de infortunio y se colocó en el sitio destinado a los nombrados. Como Carlos Darnay había presenciado aquella escena centenares de veces, dicho se está que le sobraban motivos para conocer la costumbre.

El rechoncho alcaide le dirigió una mirada a través de los sucios cristales de las antiparras, sin las cuales no podía leer, a fin de cerciorarse de que había pasado al lugar que debía ocupar, y comprobado ese extremo, continuó leyendo la lista, haciendo una pausa parecida después de cada nombre. Veintitrés fueron los nombrados, pero como de ellos había fallecido uno en la cárcel, y la Santa Guillotina había hecho rodar las cabezas de otros dos, aunque ni de éstos ni de aquél se acordaba nadie, sólo veinte contestaron al llamamiento. La lista fué leída en la misma pieza abovedada donde Carlos encontró reunidos a tantos prisioneros la noche de su ingreso en la cárcel. Todos ellos habían sido despedazados por las turbas el día de la matanza general, y los que con posterioridad entraron, volvieron a salir para tomar en el cadalso el pasaje para el otro mundo.

Cruzáronse entre los que salían y los que quedaban algunas frases de despedida y de aliento, no muchas, pues aparte de tratarse de un incidente que se repetía todos los días, la sociedad de La Force tenía en proyecto para aquella noche la celebración de algunos juegos, y había que aprovechar el tiempo para ultimar el programa. Los que quedaban acompañaron a los que se iban hasta la reja de salida de la sala, vertieron algunas lágrimas, y se volvieron, pues era preciso rellenar los veinte huecos que los ausentes dejaban vacantes, si no querían renunciar a los esparcimientos de la velada, y había que hacerlo antes de la hora de silencio, en que se confiaba la vigilancia del establecimiento a ejércitos de feroces mastines que llenaban los corredores y salas contiguas. Y no es que los prisioneros fueran insensibles ni duros de corazón; pero en su carácter, en su manera de ser, influía, como no podía menos, la condición de la época. De la misma manera que aquéllos vieron salir punto menos que impasibles a sus compañeros de infortunio, hubo muchos que, intoxicados, cediendo sin duda a una especie de fervor que hoy apenas se comprende, pero muy natural en aquel tiempo, desafiaron sin ninguna necesidad al pueblo, y corrieron espontáneamente en busca de las caricias de la guillotina, sin que en su acto influyera poco ni mucho la jactancia, sino la infección general consiguiente al brutal sacudimiento del alma pública. En épocas de pestilencia, se ven personas a quienes atrae misteriosamente el contagio, personas que desearían morir de él. Y es que todos llevamos encerradas en el fondo de nuestras almas rarezas dormidas que no necesitan más que el concurso de determinadas circunstancias para despertar.

Breve y obscuro era el paso desde La Force a la Conserjería, largas y frías las noches pasadas en las pestilentes celdas de la última. Quince prisioneros comparecieron ante el Tribunal a la mañana siguiente, antes que fuera llamado a comparecer Carlos Darnay. Las vistas de los quince duraron hora y media, y los quince fueron condenados a muerte.

«Carlos Evrémonde, alias Darnay,» llamaron al fin.

Lucían los jueces sombreros adornados con plumas, pero fuera de ellos, toda la concurrencia llevaba gorros de lana colorados con sus correspondientes escarapelas tricolores. Bastaba dirigir una mirada al Tribunal para sospechar que había sido invertido el orden natural de las cosas y que los criminales juzgaban a los hombres honrados. Inspiraba las sentencias el populacho más vil, más cruel, más criminal de la ciudad, y las inspiraba poniendo en sus inspiraciones cantidades inmensas de bajeza, de crueldad y de ruindad, ora comentando a grito herido, ora aplaudiendo, ora anticipando y precipitando el resultado de las deliberaciones. Todos los hombres que llenaban la sala iban armados hasta los dientes; todas las mujeres llevaban cuchillos y dagas, algunas comían, otras bebían, otras hacían calceta. Entre estas últimas había una que se distinguía por su laboriosidad. Estaba sentada en una de las primeras filas junto a un hombre a quien Carlos no había vuelto a ver desde el día que llegó a la Barrera de París, pero que le recordaba a Defarge. Observó aquél que la mujer habló dos o tres veces en voz muy baja a su vecino de asiento, lo que le hizo suponer que era su mujer, pero lo que más poderosamente llamó su atención, fué que no obstante encontrarse lo más cerca posible de él, ni una sola vez le miraron. Volvía con frecuencia los ojos a los jueces, como si esperasen algo, pero nada más. Cerca del Presidente del Tribunal estaba sentado el doctor Manette, tranquilo como siempre y vestido como siempre. El prisionero reparó en que solamente el doctor y el señor Lorry, sentado a su lado, vestían como de ordinario, y no ostentaban la soez indumentaria de la Carmañola.

Carlos Evrémonde, llamado también Darnay, fué acusado por el Fiscal público de emigrado cuya vida correspondía a la República a tenor del decreto que proscribía a todos los emigrados bajo pena de muerte. Que el decreto en cuestión hubiese sido promulgado cuando ya el acusado estaba en Francia, era circunstancia trivial que no merecía tenerse en cuenta. Existía el decreto, tenían delante al acusado que había sido preso dentro de las fronteras de Francia, y la República pedía su cabeza.

—¡Que ruede su cabeza!—rugió el público—¡Muera ese enemigo de la República!

El Presidente agitó la campanilla para acallar aquellos gritos, y preguntó al acusado si no era cierto que había residido muchos años en Inglaterra.

Darnay contestó afirmativamente.

—¿Y dices que no eres emigrado? ¿Qué nombre te das, pues?

—No me tengo por emigrado a tenor de la letra y del espíritu de la ley.

—¿Por qué no? Eso es lo que deseo saber.

—Porque libre y espontáneamente renuncié un título que no era de mi gusto y una posición social que me desagradaba, y salí de mi patria para vivir de mi trabajo en Inglaterra antes que de rentas cobradas al pueblo de Francia, agobiado bajo el peso de tantos tributos y gabelas.

—¿Cómo pruebas la exactitud de tus manifestaciones?

—Con el testimonio de Teófilo Gabelle y de Alejandro Manette.

—Pero tú casaste en Inglaterra—objetó el Presidente.

—Cierto; pero no con mujer inglesa.

—¿Con una ciudadana de Francia?

—Sí.

—¿Su apellido y familia?

—Lucía Manette, hija única del doctor Manette, del excelente médico aquí presente.

Esta contestación produjo en el auditorio un efecto imposible de pintar con palabras. Retemblaba la sala bajo los gritos de entusiasmo delirante que arrancó el solo nombre del doctor Manette. Tan caprichosos eran los movimientos del pueblo, que inmediatamente se llenaron de lágrimas muchos ojos que un segundo antes contemplaban con ferocidad al acusado cual si se desbordase la impaciencia porque les fuera entregado para despedazarlo.

Carlos Darnay, en sus manifestaciones, había seguido al pie de la letra las instrucciones del doctor.

—¿Por qué regresó el acusado a Francia cuando lo hizo, y no antes?—preguntó el Presidente.

—No regresé antes—contestó Carlos—sencillamente porque en Francia no poseía otros medios de vida que los bienes que había renunciado, al paso que en Inglaterra ganaba lo necesario para mi subsistencia dando lecciones de francés y de literatura francesa. Si regresé cuando lo hice, fué cediendo a una súplica escrita de un ciudadano francés, quien me manifestó que mi ausencia comprometía muy seriamente su vida. Regresé para salvar la vida al ciudadano en cuestión, y para declarar la verdad sin reparar en peligros ni molestias. ¿Qué crimen ven en esto los ojos de la República?

El populacho gritó ebrio de entusiasmo:

—¡Ninguno... ninguno!

Agitó el Presidente la campanilla, mas no logró imponer silencio hasta que el auditorio se cansó de gritar.

—¿Cómo se llamaba el ciudadano a quien el acusado se refiere?—preguntó el Presidente.

—Teófilo Gabelle, aquí presente. Comprueba mis manifestaciones la carta a que he aludido, la cual, si bien me fué quitada en la Barrera, no dudo que figurará entre los documentos que el Presidente tiene sobre la mesa.

Buen cuidado había tenido el doctor de que la carta de referencia estuviera sobre la mesa. El Presidente la encontró sin esfuerzo, y la leyó en voz alta. Seguidamente fué llamado Gabelle para que confirmara las manifestaciones del acusado y se declarara autor de la carta, lo que hizo aquél con gran precisión y acento de verdad. Insinuó el ciudadano Gabelle con delicadeza y tacto exquisitos, que el Tribunal, falto de tiempo como consecuencia de los infinitos enemigos de la República que exigían toda su atención, habíale dejado en la cárcel de la Abadía hasta tres días antes, olvido insignificante y muy natural; y que, cuando compareció ante el Tribunal, fué declarado inocente y puesto en libertad, por haber disipado a satisfacción de sus jueces las acusaciones que sobre él pesaban.

Fué interrogado a continuación el doctor Manette. Su gran popularidad personal y la claridad y precisión de sus respuestas ejercieron en el auditorio sensación indescriptible; pero cuando demostró que el acusado fué el que con mayor eficacia contribuyó a libertarle de su eterno cautiverio, cuando manifestó que el acusado permaneció en Inglaterra rodeando de tierna solicitud y de cariño abnegado, no ya sólo a su hija, sino también a él mismo, cariño y solicitud que les hicieron dulce el destierro, cuando añadió que lejos de ser partidario y defensor del gobierno aristócrata del país en que vivía fué procesado y estuvo a punto de ser condenado a muerte como enemigo de Inglaterra y amigo de los Estados Unidos. Luego que hizo una exposición clara y elocuente de todas estas circunstancias, Tribunal y auditorio se identificaron. Tanto es así, que cuando invocó el testimonio del señor Lorry, caballero inglés allí presente, testigo, como él, del proceso seguido en Inglaterra contra Darnay, y dispuesto a corroborar todas sus manifestaciones, contestaron los jueces que les bastaba lo que habían oído, y que con gusto votarían, si el Presidente tenía a bien recibir los votos.

A medida que los jueces votaban (hacíanlo individualmente y en voz alta), el auditorio prorrumpía en aplausos frenéticos. Por unanimidad declararon inocente al prisionero, y como consecuencia el Presidente le declaró libre.

Siguió entonces una de esas escenas extraordinarias que ponen de relieve la volubilidad del populacho, o los impulsos hacia la generosidad y la piedad, dormidos en el fondo de su alma, o bien lo que a juicio suyo es a manera de demostración de que no se deja arrastrar por la fuerza explosiva de una rabia cruel. Imposible precisar cuál de estos tres motivos influyó por modo decisivo en las escenas extraordinarias que siguieron; probablemente influirían los tres, bien que predominando el segundo. El hecho es que, no bien fué pronunciado el fallo absolutorio, brotaron las lágrimas en tanta abundancia como en otras ocasiones brotaba la sangre, y fueron tantos y tan apretados los abrazos que el prisionero recibió de todos, sin distinción de sexos, que corrió verdadero peligro de que su dilatado cautiverio tuviera como desenlace una asfixia en toda regla; siendo de notar que aquellos abrazos se los daban las mismas personas que, impulsadas por otra corriente distinta, se habrían lanzado sobre él con idéntica intensidad, para destrozarle entre sus uñas y arrastrar sus restos palpitantes por las calles.

Gracias a que hubo de salir de la sala para ceder el puesto a otros acusados que esperaban sentencia, pudo librarse por el momento de aquel torrente deshecho de caricias.

Comparecieron a continuación cinco acusados juntos, sobre los cuales pesaba la inculpación de enemigos de la República, no porque hubiesen trabajado en su contra, sino porque nada habían hecho, ni de palabra ni de obra, en su favor. Tal prisa se dió el Tribunal para compensar a la nación por la libertad concedida a un acusado, que no había salido éste de la sala cuando ya pesaba sobre los cinco infelices sentencia de muerte, que debía ejecutarse a las veinticuatro horas. El primero de los condenados manifestó a Darnay la suerte que le esperaba alzando un dedo, símbolo de muerte entre los encarcelados, y sus compañeros gritaron a coro con acento sarcástico:

—¡Viva la República!

Cierto que no dispuso Darnay de más tiempo para escuchar las explicaciones que pudieran o desearan darle los condenados, pues no bien salió a la calle en compañía del doctor Manette, se vió rodeado de compacta muchedumbre, en la que vió casi todas las caras que antes viera en la sala, excepción hecha de dos, que en vano buscó con la mirada. Nuevamente le envolvió el furioso torbellino que antes estuvo a punto de asfixiarle, para besarle, abrazarle, llorar, gritar y entregarse a otras expansiones más propias de locos que de personas cuerdas.

Sentáronle a viva fuerza en un gran sillón que, o habían sacado de la sala del Tribunal, o tomado de cualquiera de las casas próximas. Engalanaron el sillón con una bandera roja y una lanza en cuyo hierro se veía un gorro colorado atravesado. Todas las súplicas del doctor no bastaron a impedir que fuera conducido en triunfo a su casa, sentado en aquel sillón que, llevado en hombros, semejaba trono emplazado sobre agitado mar de gorros rojos.

Adelantándose a aquella procesión salvaje, que abrazaba a cuantos topaba en el camino, el doctor llegó a su casa a fin de preparar convenientemente a su hija. Esto no obstante, cuando Carlos pudo bajar de su improvisado trono y abrió los brazos a su amante esposa, ésta cayó en ellos desvanecida.

Mientras Darnay sostenía a Lucía apoyándola contra su pecho, doblada la cabeza a fin de que el populacho no viera las lágrimas que copiosas corrían por sus mejillas, algunos de los que le habían llevado en triunfo comenzaron a bailar, contagiáronse los demás, y segundos después se improvisaba en el patio de la casa una desenfrenada Carmañola. Más tarde instalaron sobre el sillón vacante a una joven, a la que proclamaron Diosa de la Libertad, llevándola en hombros por las calles adyacentes, entre gritos ensordecedores y cantos discordantes.

Carlos, después de estrechar entre sus brazos al doctor, cuya cara ofrecía aires de vencedor, después de abrazar al señor Lorry, que jadeante y sin aliento consiguió llegar hasta él nadando contra el inmenso oleaje que bailaba la Carmañola, después de besar a Lucita, a la que alzó del suelo para que pudiera rodear con sus bracitos su cuello, después de abrazar a la fiel Pross, alzó entre sus brazos a Lucía y la condujo a sus habitaciones.

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