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Una historia de dos ciudades

LIBRO SEGUNDO EL HILO DE ORO

Gregorio Lafuerza translation

I. CINCO AÑOS DESPUÉS

Ya en el año de mil setecientos ochenta, el domicilio social del Banco Tellson podía vanagloriarse de su respetable ancianidad. Era un edificio muy pequeño, muy obscuro, muy sucio y muy incómodo. Los socios de la Casa se enorgullecían de su pequeñez, se enorgullecían de su obscuridad, se enorgullecían de su suciedad y se enorgullecían de sus incomodidades: más todavía, su mayor timbre de gloria era que aquélla poseyera estas cualidades en grado eminente, y abrigaban la convicción íntima de que si fuera menos pequeña, menos obscura, menos sucia y menos incómoda, sería muchísimo menos respetable. Y cuenta que no se trataba de una creencia pasiva; nada de eso: era un arma que esgrimían contra otras casas similares establecidas en edificios lujosos. La casa Tellson, decían, no necesita salones, no necesita luz, no necesita comodidades ni lujos. Que los tengan Noakes y Compañía, o Snooks Hermanos, está bien; pero la casa Tellson... ¡Horror!

Cualquiera de los socios hubiera sido capaz de desheredar al hijo más mimado que hubiese osado insinuar siquiera la conveniencia de reedificar el domicilio social. En este particular, la casa se parecía mucho a la nación, que con frecuencia deshereda a aquellos hijos que llevan su inconcebible atrevimiento hasta el escandaloso extremo de proponer mejoras y adelantos en leyes o costumbres que todo el mundo reconoce y confiesa que son malas, pero que precisamente por esto mismo son más respetables.

Quedamos, pues, en que la casa Tellson era algo así como una glorificación de las molestias e inconveniencias. Aquellos de mis lectores que hubieran tenido necesidad o gusto de visitar la casa Tellson, después de abrir una puerta, que les habría dado la bienvenida con chirridos ásperos y estridentes, y de bajar dos escalones, se hubiesen encontrado en un miserable tugurio, donde dos empleados, viejos como el tiempo, sentados tras dos desvencijados mostradores, les habrían arrebatado el cheque o cheques de las manos, para examinar las firmas a la luz de la ventana más sucia que quepa imaginarse, ventanas que apenas si dejaban filtrar la luz, pues aparte de que sus cristales no se vieron jamás limpios de la capa de barro que desde la calle les fué arrojada el mismo día que los colocaron, estaban defendidas por gruesos barrotes de hierro enmohecido y gozaban de la sombra protectora del Tribunal del Temple. Si los negocios hubieran obligado a cualquiera a recorrer «la casa», este cualquiera habría sido conducido a una especie de Celda de los Condenados, situada a espaldas del edificio, donde hubiese permanecido haciendo reflexiones filosóficas sobre la futilidad de la vida hasta que se le presentase la casa, con las manos en los bolsillos. Ingresaba o salía el dinero de cajones de madera roída por las carcomas. Los billetes de Banco olían a moho, cual si se encontrasen en pleno período de descomposición. Amontonada la plata en depósitos que, a no dudar, estaban en comunicación con las letrinas, dos o tres días bastaban para robarle su brillo peculiar. Quien fuera a depositar en el Banco títulos o valores de cualquier clase, podía abrigar la seguridad de que, cerrados aquéllos en cuartos que en su tiempo fueron cocinas o caballerizas, habían de oler muy en breve a guisotes trasnochados o a estiércol, y si un fatal pensamiento le inducía a llevar documentos o papeles de familia, éstos eran guardados en una cámara del piso alto, en cuyo centro había una mesa comedor, aunque jamás se sirvió en ella una comida, donde las cartas escritas por su primer amor, o por sus tiernos hijitos, quedaban condenadas, en pleno año de mil setecientos ochenta, a sufrir el horror de ser blanco de las miradas de las cabezas que a diario exponía en el Tribunal del Temple una brutalidad insensata y una ferocidad digna de Abisinia o de los aschantis.

Verdad es que en aquellos tiempos felices era la pena de muerte panacea universal, receta muy en boga en todos los oficios y profesiones, y no iba a ser una excepción, ni mucho menos, el Banco Tellson. Si la Naturaleza todo lo remedia con la muerte, ¿por qué no ha de hacer otro tanto la ley? Nada, pues, más natural y lógico que imponer pena de muerte al falsificador, pena de muerte al portador de un billete falso, pena de muerte al que abría indebidamente una carta, pena de muerte al que robaba cuarenta chelines y seis peniques. El que custodiaba un caballo a las puertas del Banco Tellson, y desaparecía con el animal, era condenado a muerte, a muerte condenaban a quien acuñaba un chelín falso, y con la cabeza pagaban las tres cuartas partes de los mortales que rozaban los linderos del crimen. Cierto que la sanción penal, con ser un poquito severa, lejos de prevenir, lejos de aminorar las transgresiones, las multiplicaba, pero concluía, por lo menos, de una vez y para siempre con las molestias y engorros anejos a cada paso particular. Tantas vidas había segado el Banco Tellson, y como él, todos los establecimientos similares contemporáneos suyos, que si las cabezas de los muertos hubieran sido apiladas frente a su fachada, es casi seguro que hubiesen cerrado por completo el paso a la escasa luz que por sus sucias ventanas penetraba en su interior.

Encaramados sobre bancos inverosímiles y arcones de formas raras, los empleados viejos del Banco trabajaban con extrema gravedad y compostura de esfinge. Cuando era admitido algún joven, encerrábanlo no se sabe dónde y no volvía a parecer hasta que era viejo. Evidentemente lo guardaban, como se guarda el queso, en alguna cámara obscura, hasta que había adquirido el olor peculiar de la Casa.

Fuera del edificio, cuya puerta jamás se le permitió franquear, sin ser llamado, había un viejo, investido de las funciones de portero y de mensajero, que era algo así como la muestra viva de la casa. Jamás se separó de la puerta, durante las horas de oficina, como no le enviaran a algún recado, y aun entonces, en la puerta le representaba un hijo suyo, pillete de unos doce años, que era su vivo retrato. No faltaban maliciosos que aseguraban que la casa se limitaba a tolerar al viejo en cuestión, a quien daban el remoquete de Lapa, aunque muchos años antes, en la iglesia parroquial de Houndsditch, donde cansado de permanecer encerrado y en tinieblas, quiso asomar sus ojos a la luz del mundo, recibió el nombre de Jeremías.

Fué escenario del incidente que voy a narrar la residencia particular del alto empleado Lapa, hora las siete y media de una mañana ventosa del mes de marzo, y Anno Domini, mil setecientos ochenta. Digo Anno Domini en vez de año de Nuestro Señor, para acomodarme a la manera de hablar del sapientísimo Lapa, quien, creyendo que la era cristiana tuvo su origen en la invención del juego de dominó, hecha por una señora llamada Ana, siempre que hablaba de fechas, lo hacía anteponiendo a la del año las palabras Ana Dominó.

No estaban decoradas y amuebladas con lujo excesivo las habitaciones particulares del buen Lapa, ni pasaban de dos, contando como una un ropero, pero sí limpias y aseadas. Pese a lo intempestivo de la hora, y lo desapacible de la ventosa mañana de marzo, la habitación en que aquél roncaba como un justo había sido barrida y baldeada, y sobre la mesa, su poquito coja, cubierta con un mantel, blanco como la nieve, brillaban las copas, platos, y demás utensilios necesarios para el almuerzo.

Roncaba el señor Lapa bajo las colchas de la cama como roncar pudiera cualquier Arlequín en su casa. El sueño era profundo; pero al fin comenzaron a agitarse las colchas, Lapa se revolvió con aire inquieto, y al cabo del rato aparecieron sobre las sábanas unas púas que por milagro no las rasgaron, y que eran el abrigo con que la Naturaleza dotó a su cabeza. A la par que asomaban los pelos, exclamó su propietario con voz exasperada.

—¡Que me empalen si no ha vuelto a las andadas!

Una mujer, prototipo de laboriosidad y de orden, se alzó de un rincón, donde se hallaba de rodillas, con apresuramiento más que suficiente para demostrar que a ella iban dirigidas las airadas palabras del durmiente.

—Conque vuelta a lo de siempre, ¿eh?—repuso Lapa, alargando un brazo en busca de una bota.

La bota salió volando por los aires juntamente con esta segunda salutación. Era una bota sucia, llena de barro; y ya que de las botas hablo, diré, como circunstancia que no deja de ser extraña, que al paso que el señor Lapa volvía muchas veces a su casa, después de terminado su servicio en el Banco, con las botas limpias, rara era la mañana que, al despertar, no estaban aquéllas llenas de lodo.

—¿Qué estabas haciendo ahí, beata de los demonios?—gritó el melifluo Lapa, después de errar el tiro.

—Rezaba.

—¡Rezaba!... ¡Bonita ocupación! ¿Y qué es lo que te propones, pasándote el tiempo de rodillas rezando contra mí?

—No rezo contra ti, sino por ti.

—No es verdad; y aunque lo fuera, no te tolero que te tomes esas libertades. ¡A fe que te ha tocado en suerte una madre modelo, hijo mío!... ¡Figúrate! ¡Una madre que reza contra la prosperidad de tu padre! ¡Una madre tan religiosa, tan celosa del cumplimiento de su deber, que se pasa el tiempo pidiendo al Cielo y al infierno que arranque de la boca de su hijo único la tostada con manteca que constituye su alimento! ¡Qué te parece!

Muy mal debió parecerle al digno retoño del señor Lapa lo que éste insinuaba en la última parte de su discurso, pues a gritos pidió a la madre que no se le volviera a ocurrir mezclar con sus rezos nada que con su alimentación personal tuviera relación.

—¿Y qué es lo que supones tú, mujer ilusa, que valen tus rezos?—repuso el marido, con insistencia inconsciente.—Dime: ¿qué valor concedes a tus oraciones?

—Brotan del corazón, Jeremías; este es su único mérito.

—¡Su único mérito!—repitió el señor Lapa.—¡Poco valen, entonces! De todas suertes, valgan lo que valieren, no quiero que vuelvas a rezar: vaya, ¡se acabó! ¿Crees que voy a tolerar que llames sobre mi cabeza la mala suerte? Si quieres caer de rodillas, hazlo en favor de tu marido y de tu hijo, y no contra ellos. La semana última, si el infierno no me hubiese concedido una mujer desnaturalizada, y una madre desnaturalizada a este pobre niño, habría ganado montones de oro en vez de tener la sombra más negra que mortal alguno haya tenido desde que el mundo es mundo. Vístete, hijo mío, vístete; y mientras yo limpio mis botas, no pierdas de vista a tu madre, y avísame con un grito si adviertes señales de que va a caer de rodillas. Yo te aseguro que no lo aguanto—añadió, dirigiéndose a su costilla.—Soy más bruto que un coche de alquiler, duermo como el láudano, pocas veces sé si soy yo, o si soy el vecino de en frente; ¡pero cuando me tocan al bolsillo, me escamo; con el bolsillo no quiero bromas, sábelo de una vez y para siempre, y si tus rezos conspiran contra él, mal lo vas a pasar, beata de los infiernos!

El señor Lapa, lanzando de tanto en tanto frases de indignación, emprendió con vigor la obra de limpiar sus botas. Su hijo, entretanto, cuya cabeza guarnecían púas un poquito menos aceradas que las del padre, y cuyos ojillos estaban poco más o menos tan juntos como los del padre, acechaba insistente a la madre. Varios sustos dió a la pobre mujer gritando desde el fondo del armario ropero, donde se vestía.

—¡Padre!... ¡Que se arrodilla... que se arrodilla!

Ni con el almuerzo se dulcificó el humor de Lapa, antes bien pareció que acrecentaba su animosidad contra su mujer.

—¿Pero qué estás haciendo? ¿Otra vez, condenada?

Contestó la mujer que no había hecho más que impetrar la bendición del Cielo.

—¡Cuidado con traer bendiciones!—barbotó, mirando como si temiera ver desaparecer el pan de la mesa ante la eficacia de la oración de su mujer.—¡Quiero desterrar las bendiciones de mi casa...! ¡No quiero bendiciones en mi mesa!

Rojo de cólera, con los ojos fuera de las órbitas, el señor Lapa devoraba, que no comía, el almuerzo, rezongando y gruñendo como pudiera hacerlo cualquier congénere suyo de cuatro patas. A eso de las nueve de la mañana, algún tanto domeñado su encrespado natural, salió de su casa para entregarse a las ocupaciones del día.

Apenas si su oficio merecía el nombre de tal, no obstante llamarse él a sí mismo «honrado menestral». Todas las mañanas, colocaba un banco, hecho de un respaldo de silla rota, debajo de la ventana del Banco Tellson más inmediata al Tribunal del Temple. El banco, y algunos puñados de paja que tomaba del primer carro que pasaba por la calle cargado de ella, constituían todos sus enseres. El señor Lapa y su banco eran tan conocidos en la calle Fleet como el Temple mismo... y con corta diferencia, de tan poco grato aspecto.

Instalado en su sitio antes de las nueve, a tiempo para poder llevar la mano a su tricornio cada vez que entraba o salía del Banco Tellson alguna persona cuya respetabilidad lo mereciera, el señor Lapa, acompañado por su hijo, entreteníase en aquella mañana ventosa de marzo en injuriar mental y corporalmente a cuantos niños o personas mayores pasaban a su alcance, a falta de mejor ocupación. Padre e hijo, entre los cuales mediaba un parecido maravilloso, más que seres humanos semejaban una pareja de monos. Jeremías el mayor mascaba pajas, mientras los brillantes ojuelos de Jeremías el menor acechaban inquietos el tráfico matinal de la calle Fleet, cuando asomó la cabeza de uno de los ordenanzas del Banco en la puerta del establecimiento, y dijo con voz campanuda:

—¡Que entre el portero!

—Ya tenemos un recado en puerta para comenzar el día, padre—observó Jeremías el menor.

El padre cedió el banco al hijo, y éste se sentó, recogiendo y llevando a su boca la paja que el primero estaba mascando.

II. UNA VISITA

—¿Conoce usted bien el Old Bailey?[1]—preguntó uno de los empleados más ancianos del Banco a Jeremías Lapa.

[1] Tribunal Central de lo Criminal de Londres:—(N. del T.).

—Sí... señor—contestó con cierto retintín el interrogado.—Conozco el Bailey.

—Perfectamente. También conoce usted al señor Lorry, ¿no es verdad?

—Conozco al señor Lorry mucho mejor que el Bailey, señor... mucho más de lo que yo, menestral honrado a carta cabal, deseo conocer el Bailey.

—Muy bien. Va usted a llegarse a la puerta reservada para los testigos, donde enseñará al guardián de la misma esta nota para el señor Lorry. Le dejarán pasar sin dificultad.

—¿Hasta la Sala de Justicia?

—Hasta la Sala de Justicia.

—¿He de esperar en la Sala, señor?

—Voy a decirle lo que ha de hacer. El guardián de la puerta entregará esa nota al señor Lorry, y usted, desde el sitio donde se encuentre, procurará atraer la atención del señor Lorry, por medio de cualquier gesto, a fin de que aquél sepa dónde espera usted. Luego, todas sus obligaciones se reducen a una sola: a esperar hasta que el señor Lorry le necesite.

—¿Nada más?

—Nada más. El señor Lorry desea tener a mano un mensajero, lo esencial es hacerle saber que el mensajero de que puede disponer en cualquier momento dado es usted.

Mientras el empleado del Banco plegaba el papel y estampaba el sobrescrito, el buen Lapa, que le contempló sin despegar los labios hasta que vió que buscaba el papel secante, preguntó.

—¿Fallan hoy alguna causa por falsificación?

—Por traición.

—¡Descuartizamiento seguro!—exclamó Lapa.—¡Qué barbaridad!

—Es la ley—replicó el anciano, volviendo con sorpresa los ojos hacia Lapa,—la ley, y nada más que la ley.

—Por respetable que la ley sea, me parece una barbaridad despedazar a un hombre. Bastante cruel es arrancarle la vida, pero hacerle cuartos, lo encuentro feroz.

—Procure hablar bien de la ley, amigo mío—repuso el empleado.—Guarde para sí sus observaciones, selle los labios, y deje que la ley cuide de sí misma: es un consejo que le conviene no dar al olvido.

—¡Ah señor! ¡Es la vida dura que llevo la que mueve mi lengua!—exclamó Lapa.—A su consideración dejo el juzgar si el que gana el mendrugo de pan que llevo a la boca como lo gano yo, puede tener sellados los labios.

—Todos ganamos el pan con el sudor de nuestro rostro, aunque algunos con menos fatigas que otros... Tome usted la carta... y en marcha.

Tomó el mensajero la carta, hizo una reverencia, y salió.

Ahorcaban por entonces en Tyburn, y de consiguiente, la calle en que se alzaba Newgate no había alcanzado aún la sombría celebridad que luego pesó sobre ella. Era, sin embargo, una cárcel espantosa, donde se practicaban toda clase de villanías y atrocidades, un foco de las enfermedades más terribles, que no pocas veces penetraban en la Sala de Justicia con los prisioneros, se cebaban, dando pruebas de muy poco miramiento, en el mismo Justicia Mayor, y le obligaba a abandonar para siempre su elevado sitial. Con frecuencia ocurría que el juez del birrete negro pronunciaba su propia sentencia a la par que la del encausado, y hasta moría más pronto que éste. Por lo demás, la Bailey era a manera de posada por cuyo espacioso zaguán salían constantemente pálidos viajeros, montados en carretas o en coches, que se encaminaban al otro mundo previo un recorrido de dos o tres millas de calles públicas y de camino, infundiendo saludable temor en alguno que otro ciudadano, quizá en ninguno: tanta es la fuerza de la costumbre. También era famosa por la picota, institución atinada y feliz que suponía un castigo cuya extensión y alcance nadie era capaz de prever; éralo asimismo por los postes en que se ataba a los condenados a la pena de azotes, sistema el más indicado para suavizar costumbres y dulcificar temperamentos, no menos que por la infinidad de tratos que en ella se celebraban, en los cuales entraba el oro por una parte y el derramamiento de sangre por la otra, resto de la indiscutible sabiduría de nuestros antepasados, que conducía sistemáticamente a la perpetración de los crímenes mercenarios más espantosos que puedan cometerse bajo la capa del cielo. Por lo demás, la Old Bailey era por aquel tiempo demostración elocuente del precepto, «Todo lo que es, es justo», aforismo que resultaría tan necio como inocente si no llevara aparejada la consecuencia, altamente perjudicial, de que «Nada de lo que ha existido fué injusto».

Abriéndose paso por entre aquella abigarrada muchedumbre, que llenaba el repugnante escenario donde había de desarrollarse la acción, con la habilidad del que está habituado a caminar entre gentes, el mensajero no tardó en llegar a la puerta que buscaba, donde entregó la carta de que era portador, haciéndola pasar por un ventanillo practicado en la misma, pues bueno será hacer constar que las personas que deseaban ver las funciones representadas en la Old Bailey, habían de pagar las localidades ni más ni menos que las que querían distraerse viendo el Manicomio, sin más diferencia que la de costar más caro entrar en aquélla que en este último. Como consecuencia, estaban perfectamente guardadas todas las puertas, excepción hecha, como es natural, de las que daban acceso a los criminales, pues éstos las encontraban siempre abiertas de par en par.

Con algún retraso, y no sin que el guardián mascullase algunas palabras de descontento, la puerta giró sobre sus goznes para dar paso al mensajero.

—¿Qué hay?—preguntó al primer hombre que encontró.

—Nada todavía.

—¿Qué habrá luego?

—Una vista por traición.

—Descuartizamiento seguro, ¿eh?

—¡Ah! Primero, tendido sobre un cañizo, le arrastrarán hasta el sitio donde le espere la horca, allí le medio ahorcarán, le bajarán de la horca para arrancarle las entrañas, que quemarán ante sus ojos, luego le cortarán la cabeza, y por fin le harán cuartos. Esa es la sentencia.

—Suponiendo que le declaren culpable, querrá usted decir.

—¡Bah! ¡Le declararán culpable, pierda usted cuidado!

El señor Lapa prestó entonces atención al guardián de la puerta, a quien vió, encaminándose en derechura hacia el señor Lorry con la carta en la mano. Hallábase el señor Lorry sentado junto a una mesa entre señores convenientemente empelucados, muy cerca del abogado defensor del reo, que usaba una peluca descomunal, y tenía varios legajos de papeles debajo de los ojos, y casi frente a otro caballero, no menos empelucado que el defensor, el cual, cuando le vió el señor Lapa, así como también después, estaba con las manos en los bolsillos, puesta toda su atención en el techo. A fuerza de accesos de tos consiguió el mensajero llamar la atención del señor Lorry, quien se puso inmediatamente en pie, hizo una seña con la cabeza, y volvió a sentarse.

—¿Qué papel representa ése en el proceso?—preguntó a Lapa el individuo a quien antes había preguntado éste.

—Que me aspen si lo sé.

—Entonces... si la pregunta no es indiscreta, ¿qué papel representa usted?

—Que me descuarticen si lo sé tampoco.

Puso fin al diálogo la entrada del juez en la Sala. A partir de aquel momento, toda la atención, todo el interés del público se concentraron en la barra. Los calaboceros, que hasta aquel instante habían estado a uno y otro lado de la barra, salieron para entrar momentos después con el prisionero.

Todos los ojos, excepto los del caballero de la peluca, que tenía los suyos clavados en el techo, se fijaron en los del prisionero, todos los alientos humanos de la sala partieron hacia él, semejantes al mar, semejantes al fuego, semejantes al viento. Pegados a las columnas, sobresaliendo de los ángulos, veíanse rostros que reflejaban ansiedad, los espectadores de las filas últimas se ponían en pie, otros se alzaban sobre las puntas de los pies, y muchos se encaramaban sobre los bancos en su afán de verlo todo. No era de los que menos curiosidad demostraba Jeremías Lapa, quien se erguía semejante a un pedazo animado del muro coronado de púas de Newgate y disparaba contra el prisionero ondas de aliento saturado de vapores de cerveza—había tomado un vaso durante el camino,—las que se mezclaban con las que partían de otras bocas, saturadas de emanaciones de ginebra, de café y de te.

El objeto de tan viva curiosidad era un joven de unos veinticinco años, buen mozo, guapo, de mejillas redondas y ojos negros. Era caballero. Vestía de negro, o de gris muy obscuro, y su pelo, que era largo y castaño, caía sobre su espalda, recogido por una cinta. De la misma manera que las emociones del alma humana se filtran a través de la envoltura material, así la engendrada por la situación en que se veía colocado se manifestaba por medio de una palidez superpuesta a la tez morena y curtida del acusado, demostrando que su alma era más fuerte que el sol. Mostróse, sin embargo, perfectamente dueño de sí mismo. Con calma maravillosa se inclinó ante el juez, y esperó:

¿Sentimientos de elevada humanidad en el interés que en la Sala despertaba el reo? ¡Ni por pienso! Si la sentencia que amagaba su cabeza hubiera sido menos espantosa, si hubieran existido probabilidades de que en la ejecución de aquella se prescindiera de algunos de sus feroces detalles, la fascinación habría sufrido rudo golpe. Ante los ojos de los espectadores se alzaba el arrogante cuerpo que muy en breve sería condenado a bárbaras mutilaciones, la criatura dotada de alma inmortal próxima a ser despedazada, hecha cuartos, y el interés que inspiraba, dijeran lo que dijeran los mismos que lo sentían, era, en su raíz, en su esencia, el interés del ogro.

¡Silencio en la Sala!

—Carlos Darnay, que así se llamaba el acusado, había negado el día anterior la terrible acusación fulminada contra él. De ser cierta, Carlos Darnay era traidor y aleve a nuestro sereno, augusto, excelente, etc. etc. Rey y Señor, por haber auxiliado en distintas ocasiones y por medios diversos a Luis, rey de Francia, en sus guerras contra nuestro sereno, augusto, excelente, etc., etc. Rey y Señor. Había hecho frecuentes viajes entre los dominios de nuestro sereno, augusto, excelente, etc., etc. Rey y Señor y los de dicho rey de Francia, con objeto de revelar inicuamente, pérfidamente, alevosamente (y muchos otros calificativos adverbiales) al repetido rey de Francia las fuerzas militares que nuestro sereno, augusto, excelente, etc. etc. Rey y Señor tenía preparadas para enviarlas al Canadá y a la América del Norte.

Tales eran, en substancia, los datos que con enorme satisfacción había conseguido adquirir Jeremías Lapa.

El acusado, a quien mentalmente habían ahorcado, decapitado y descuartizado todos los presentes a la vista, ni temblaba ante la situación ni afectaba arrogancias teatrales. Vió con calma perfecta que los jueces prestaban juramento y que el fiscal de la Corona se disponía a hablar. Con grave interés presenció los preparativos, y con tal compostura escuchó los procedimientos, que no movió ni una hoja de las hierbas aromáticas rociadas con vinagre que alfombraban el pavimento, como medida higiénica contra el contagio de la fiebre del presidio y contra la atmósfera viciada que allí se respiraba.

Sobre la cabeza del reo había un gran espejo que tenía por objeto concentrar en su rostro la mayor suma posible de luz. Millares de desgraciados y de malvados habían visto reflejadas sus contraídas caras en su tersa superficie, minutos antes de que una capa de tierra las ocultara para siempre. No habría infierno comparable a aquella Sala abominable si la luna de un espejo pudiera devolver las imágenes que refleja, de la misma manera que el Océano devuelve a sus muertos. Tal vez sintió nuestro reo la ola de infamia y de deshonra que iba a envolverle, quizá fuera la casualidad o un rayo más vivo de luz lo que le movió a alzar los ojos: el hecho es que vió el espejo, y que, al verlo, vivos carmines tiñeron su rostro y su cuerpo experimentó un estremecimiento violento cual si acabara de recibir enérgica descarga eléctrica.

Al separar sus miradas del espejo las llevó hacia la izquierda, donde tropezaron con dos personas sobre las cuales se detuvieron con tal fijeza, que no quedó en la Sala un espectador que hacia ellas no volviera los ojos.

Eran las personas en cuestión una señorita joven, de veinte años de edad aproximadamente, y un caballero, a todas luces su padre. Llamaban poderosamente la atención en este último la blancura de nieve de sus cabellos y cierta expresión indescriptible de vehemencia, no activa, sino reflexiva, íntima. Cuando dominaba esta expresión, parecía viejo, pero en los momentos en que desaparecía, cuando hablaba con su hija, por ejemplo, era un hombre hermoso que apenas habría pasado de la primavera de la vida.

Aferraba su hija su brazo y se estrechaba contra su cuerpo impelida por el espanto que la escena la producía y la piedad que el reo la inspiraba, espanto y piedad tan elocuentemente retratados en su frente y en sus ojos, que los espectadores, inconmovibles ante la triste suerte del acusado, no pudieron ver sin profunda lástima el estado de la joven. «¿Quiénes serán?» se preguntaban unos a otros al oído.

No dejó de preguntar Jeremías Lapa a su vecino, a cuyos perspicaces ojos no había pasado inadvertida la expresión de la joven, quiénes eran aquellas personas; y como todos habían hecho la misma pregunta, la respuesta, que circulaba ya de boca en boca, llegó al fin a su oído.

—Son testigos.

—¿De cargo?

—Testigos en contra.

—¿En contra de quién?

—Del reo.

El juez, cuyas miradas habían seguido la dirección que siguieron las de todos los espectadores, las desvió para clavarlas insistentes en el desgraciado cuya vida tenía en sus manos, en el momento que el fiscal de la Corona se levantaba para torcer la soga, afilar el hacha y forjar el martillo y los clavos que debían preparar el cadalso.

III. DECEPCIÓN

El señor fiscal de la Corona manifestó en su informe que el acusado, aunque joven en años, era tan viejo en actos alevosos y prácticas de pérfida traición, que se imponía la necesidad de acabar con su vida. «Sus tratos y correspondencia continua con el enemigo público—dijo—no datan de ayer, ni de anteayer, ni del año pasado, ni de dos años atrás. Desde fecha mucho más remota viene el reo haciendo viajes constantes entre Inglaterra y Francia, viajes misteriosos, cuyo objeto ni él mismo ha sabido explicarnos satisfactoriamente. ¡Ah! Si el Cielo, en su alta sabiduría, no hubiera condenado a eterno fracaso las maquinaciones de los traidores, los actos criminosos de ese hombre habrían dado sus naturales frutos, pero la Providencia, que vela de una manera especial por la suerte de nuestra querida Inglaterra, inspiró a una persona, en cuyo pecho no tiene entrada el miedo y en cuya conciencia no cabe la malicia, el feliz pensamiento de penetrar los siniestros planes del reo, y cuando hubo conseguido su objeto, lleno de terror, se apresuró a descubrirlos al primer secretario de Estado y al augusto Consejo Privado de Su Majestad. Pronto tendréis ocasión de conocer a ese patriota, cuya conducta ha sido sublime. Había sido amigo íntimo del traidor, pero no bien descubrió sus infamias, decidió inmolar una amistad, que ya no podía conservar en su pecho, en el altar sacrosanto del patriotismo. Si Inglaterra erige alguna vez estatuas, como las erigieron Grecia y Roma en honor de los que en aras de la patria han sacrificado sus más vivas afecciones, no cabe dudar que tendrá la suya ese ciudadano eminente. La virtud, según han afirmado infinidad de poetas, cuyos nombres no citaré porque todos mis oyentes los tienen en la punta de la lengua, es contagiosa en grado eminente, y sobre todo, la virtud sagrada del patriotismo, al amor a la patria. No es, pues, de admirar que el alto y sublime ejemplo del testigo inmaculado e impecable a que me refiero, cuyo nombre da honor a quien lo pronuncia, se contagiase a un criado del mismo reo, y engendrase en él la santa resolución de practicar registros en las gavetas de las mesas y en los bolsillos de su señor, para apoderarse o tomar nota de sus documentos más secretos. No faltarán detractores que claven sus dientes en la reputación de este criado admirable, maldicientes que expongan en la picota pública pecadillos de su vida pasada, pero aun así he de protestar que su conducta presente le hace acreedor a todo mi respeto, he de decir que me merece más consideraciones que mis mismos hermanos, más consideraciones que mis mismos padres. Yo no dudo, no puedo dudar que lo propio harán los que me escuchan. Las declaraciones de los dos testigos nombrados, juntamente con los documentos que a su tiempo serán exhibidos, demuestran claro como la luz del sol que el prisionero poseía relaciones numéricas de las fuerzas militares de Su Majestad, estados explicativos de la disposición y preparación de las mismas, y no cabe dudar que esas relaciones, esos estados, los llevaba, como ha llevado tantos otros, a una potencia enemiga. Confieso que no ha sido posible demostrar que esas relaciones y esos estados sean de puño y letra del reo, pero eso no tiene importancia, nada significa, y en todo caso, será circunstancia agravante, puesto que pondrá de relieve la artera malicia del acusado. A cinco años se remontan las pruebas, demostrando palpablemente que el prisionero se dedicaba ya por entonces a llevar a cabo misiones infames y perniciosas, que ya vendía a la patria semanas antes de haberse reñido la primera batalla entre las fuerzas inglesas y las americanas. Todas estas razones influirán necesariamente en el ánimo del Jurado, si es Jurado leal, como me consta que lo es, si es Jurado responsable, como por tal le tengo, para declarar culpable al prisionero, y librar al mundo de un traidor. ¡Ah, señores jurados! Mientras haya una cabeza sobre los hombros del prisionero, no es posible que vuestras cabezas reposen tranquilas sobre las almohadas de vuestros lechos, no es posible que las cabezas de vuestras tiernas esposas reposen tranquilas sobre las almohadas de sus lechos, no es posible que las cabecitas de vuestros queridos hijos reposen tranquilas sobre las almohadas de sus lechos. El fiscal de la Corona os pide por lo más sagrado, por lo que más caro os sea, por el juramento que habéis prestado, por el Rey augusto y excelente que nos gobierna, por la patria, que es nuestra madre, que deis al prisionero por ahorcado, decapitado y descuartizado.»

Cuando el fiscal de la Corona cesó de hablar, llenaron la Sala sordos murmullos. No parecía sino que el aire se había llenado de enjambres de moscas azules que zumbaban en torno de la cabeza del reo, sabedoras del estado en que no tardarían en encontrarle. Cuando se extinguieron los zumbidos, apareció en la tribuna de los testigos el ciudadano impecable, el sublime patriota citado por el fiscal de la Corona.

El señor procurador general, ateniéndose estrictamente a las instrucciones de su jefe, examinó entonces al patriota. Llamábase Juan Barsad, y era caballero. La historia de su alma pura e inmaculada resultó ser la que el señor fiscal de la Corona había expuesto sucintamente en su acusación. Luego que hubo contestado las preguntas que le fueron dirigidas, se hubiera retirado modestamente, de no haber manifestado deseos de hacerle algunas otras el caballero de la enorme peluca y abultados legajos de papeles, que estaba sentado a escasa distancia del señor Lorry. El segundo empelucado continuaba mirando al techo.

He aquí, en resumen, el interrogatorio a que fué sometido el gran patriota por el caballero de la peluca:

—¿Ha sido usted espía alguna vez?

—Jamás—contestó indignado el ciudadano.

—¿De qué vive usted?

—De mis rentas.

—¿En qué consisten esas rentas?

—No tengo por qué dar explicaciones sobre este particular.

—¿Dónde radican sus bienes?

—No lo recuerdo con precisión.

—¿Ha heredado usted?

—Sí.

—¿De quién?

—De un pariente lejano.

—¿Muy lejano?

—Bastante.

—¿Ha sido procesado alguna vez?

—Nunca.

—¿Ni ha estado en la cárcel por deudas?

—No sé que tenga nada que ver eso con el asunto que se debate.

—¿Ha estado en la cárcel por deudas?

—¿Otra vez?

—Conteste usted.

—Sí.

—¿Cuántas veces?

—Dos o tres.

—¿No serán cinco o seis?

—Tal vez.

—¿Su profesión?

—Caballero.

—¿Le han dado de patadas alguna vez?

—Puede que sí.

—¿Con frecuencia?

—No.

—¿Le han echado a puntapiés de alguna casa?

—No.

—¿No le han hecho rodar a patadas escaleras abajo?

—Repito que no. En una ocasión recibí algunas patadas en lo alto de una escalera, y la bajé rodando, pero fué porque quise, por mi voluntad, deliberadamente.

—En la ocasión a que se refiere, ¿no le echaron a puntapiés por fullero, por hacer trampas en una partida de dados?

—Algo por el estilo dijo el borracho embustero que me dió las patadas, pero era falso.

—¿Jura usted que era falso?

—Sin el menor reparo.

—¿No ha buscado usted nunca en las trampas del juego los medios de vivir?

—Nunca.

—¿Ni ha vivido del juego?

—He jugado como juegan todos los demás caballeros.

—¿Le ha prestado dinero el prisionero?

—Sí.

—¿Y lo ha pagado?

—No.

—La amistad que con el prisionero le ha ligado, en realidad una amistad ligera, ¿no era de las que solemos llamar obligadas, es decir, una amistad cultivada en sillas de posta, posadas y barcos?

—No.

—¿Ha visto las relaciones y listas en poder del prisionero?

—Sí.

—¿Puede decir algo más acerca de esas listas?

—No.

—¿Espera que su declaración le valga algún provecho o beneficio?

—No.

—¿Ni siquiera un destino de espía a sueldo del gobierno?

—No.

—¿Ni ningún otro empleo?

—No.

—¿Lo jura?

—Una y mil veces.

—¿Obedece a otros motivos que a los de patriotismo?

—No.

Fué llamado a declarar el virtuoso criado del prisionero, Rogerio Cly, quien prestó con gran decisión su juramento. Cuatro años antes había entrado al servicio del prisionero, sencillamente y de buena fe. A bordo del barco que hacía el servicio de Calais, preguntó al prisionero si necesitaba un criado, y aquel le recibió. Muy poco después le pareció sospechosa la conducta del prisionero, y resolvió espiarle. En los diferentes viajes que hizo en su compañía, en las ropas de su amo vió varias veces listas y relaciones semejantes a las que obraban en poder de la justicia. El fué el que sacó algunas de aquellas listas de una gaveta de la mesa de su amo. Vió que éste enseñaba otras listas idénticas a un caballero francés en Calais y otras a otros caballeros también franceses, tanto en Calais como en Boulogne. Amante de su patria, su conciencia se sublevó contra tan negras traiciones y denunció los hechos. Acerca de su honradez, aseguró que era tan intachable, que nadie se atrevió jamás a acusarle del robo de una tetera de plata, pues si bien no faltaron maldicientes que le achacaron en una ocasión el hurto de una mantequera, hechas las comprobaciones, resultó que no era de plata, sino de metal plateado. Conocía al testigo que le precedió en la declaración desde siete u ocho años antes, pero nunca se trataron más que por coincidencia. No afirmó que se tratara de coincidencias extraordinariamente curiosas, sin duda porque es público y notorio que las coincidencias lo son por regla general.

Oyóse por segunda vez el sordo zumbido de las moscas azules, y el señor fiscal de la Corona llamó al señor Mauricio Lorry.

—¿Es usted empleado del Banco Tellson, señor Mauricio Lorry?

—Sí, señor.

—En la noche de un viernes del mes de noviembre del año mil setecientos setenta y cinco, ¿hizo usted un viaje desde Londres a Dover, por la diligencia-correo?

—Sí, señor.

—¿Iban en la diligencia otros viajeros?

—Sí, señor: dos.

—¿Dejaron la diligencia aquella noche, antes de llegar a Dover?

—Sí, señor.

—Vea usted al prisionero, señor Lorry, y díganos si era uno de aquellos viajeros.

—No puedo decir que lo fuera.

—¿Se parece a alguno de sus compañeros de viaje?

—Iban los dos tan embozados, la noche era tan obscura, y los tres guardamos tanta reserva, que me es imposible contestar la pregunta.

—Examine con más detenimiento al prisionero, señor Lorry. Represénteselo embozado, en la forma misma que iban sus compañeros de viaje, y díganos si, dada su estatura y corpulencia, es imposible que fuera uno de los dos viajeros.

—No es imposible.

—¿Usted no juraría que el reo no era ninguno de ellos?

—No.

—Luego confiesa usted que podía ser uno de ellos, ¿no es verdad?

—Admito la posibilidad, pero... pero recuerdo perfectamente que mis dos compañeros de viaje tenían... y yo también... un miedo horrible a los ladrones, y me parece que el reo no es de los que se asustan fácilmente.

—¿Y no ha visto usted nunca miedo... de pega, quiero decir, personas que fingen sentir un miedo que en realidad no sienten?

—No, señor.

—Vuelva usted a reconocer al reo, señor Lorry. ¿Recuerda haberle visto en alguna ocasión?

—Sí.

—¿Cuándo y dónde?

—A mi regreso de Francia, pocos días después del incidente de la diligencia, le encontré en Calais a bordo del barco en que yo volvía, e hicimos juntos el viaje.

—¿A qué hora embarcó el reo?

—Ya avanzada la noche. Era el único pasajero del barco, excepción hecha de nosotros, y llegó a última hora.

—¿Qué hora sería?

—Poco más de media noche.

—¿Y dice usted que llegó el último?

—Dió la casualidad que llegase el último, sí, señor.

—Dejemos a un lado las «casualidades». Fué el único pasajero que llegó a altas horas de la noche, ¿no es cierto?

—Sí, señor.

—¿Viajaba usted solo, o acompañado, señor Lorry?

—Con dos compañeros: un caballero y una señorita. Ambos están aquí.

—En efecto: aquí están. ¿Habló usted con el prisionero?

—Muy poco. El tiempo estaba tormentoso, la travesía era larga y pesada, y me la pasé de playa a playa tendido en el sofá.

—¡Señorita Manette!

Púsose en pie la señorita hacia la cual se habían antes vuelto todas las miradas, y hacia la cual se volvieron de nuevo al ser llamada. Al propio tiempo que ella, se levantó su padre.

—Examine usted al prisionero, señorita Manette.

Mil veces más penoso fué para el acusado verse frente a aquella niña, joven y hermosa, que le contemplaba con compasión anhelante, que afrontar las miradas curiosas de las turbas que llenaban la sala. Sin pestañear, sin que se alterase un solo músculo de su rostro, aguantó la terrible acusación del fiscal de la Corona; las declaraciones de los testigos de cargo no consiguieron demudar su semblante, pero al ver desde el borde de la tumba la mirada, no de curiosidad, sino de piedad, de la niña, todo su nervio, que era mucho, no bastaba a refrenar la agitación de su pecho, y en los esfuerzos desesperados hechos para permanecer sereno, sus labios quedaron descoloridos, toda la sangre refluyó a su corazón.

—¿Conocía usted al prisionero, señorita Manette?

—Sí, señor.

—¿Dónde le conoció usted?

—A bordo del barco que antes han mencionado y en la misma ocasión.

—¿Es usted la señorita aludida por el señor Lorry?

—¡Por desgracia, señor, soy yo!

Los acentos de compasión que la niña supo poner en su voz no dulcificaron la del juez, quien repuso con cierta severidad:

—Conteste la testigo las preguntas que se le hagan sin hacer observaciones ni comentarios... Señorita Manette, ¿sostuvo usted alguna conversación con el prisionero durante la travesía del Canal?

—Sí, señor.

—Refiérala.

En medio de un silencio imponente, comenzó la niña con voz débil:

—Cuando llegó a bordo ese caballero...

—¿Se refiere usted al prisionero?—interrogó el juez, frunciendo el entrecejo.

—Sí, señor.

—Pues cuando haya de nombrarle, llámele el prisionero.

—Cuando llegó a bordo el prisionero, advirtió que mi padre estaba muy fatigado y en estado de salud sumamente delicado. Tal era la postración de mi padre, que temiendo que le perjudicase la falta de aire, le preparé una cama sobre el puente, junto a la escalera de la cámara, y yo me senté a su lado con objeto de atenderle. Los pasajeros no éramos más que cuatro. Fué tan bueno el prisionero, que después de rogarme que le dispensase el atrevimiento, me enseñó la manera de colocar a mi padre al abrigo del aire y del relente, cosa que yo no había sabido hacer. Prodigó a mi padre atenciones y bondades que no puedo olvidar, y estoy segura que se las prodigó de corazón. He aquí cómo comenzamos a hablar.

—Permítame que la interrumpa. ¿Llegó solo a bordo?

—No, señor.

—¿Cuántos le acompañaban?

—Dos caballeros franceses.

—¿Qué conferenciaban con el prisionero?

—Hablaron con el prisionero hasta el último momento. Cuando el barco levaba, se despidieron de él y saltaron a su bote.

—¿Se cambiaron entre ellos algunos papeles semejantes a éstos?

—Cambiaron algunos papeles, pero ignoro cómo o qué eran.

—¿Parecidos a éstos en tamaño y forma?

—Es posible, pero no puedo asegurarlo, aunque me encontraba yo muy cerca del sitio donde ellos hablaban. La noche estaba muy obscura y el prisionero y los caballeros franceses se colocaron en lo alto de la escalera de la cámara, debajo del farol allí pendiente. Sostenían, sin embargo, la conversación con voz tan baja, que no oí una palabra. Vi, sí, que leían papeles, y nada más.

—Repítanos usted la conversación que sostuvo con el prisionero, señorita Manette.

—El prisionero fué conmigo muy franco... puso en mí gran confianza... fué muy amable, muy bueno... trató con tierna solicitud a mi padre... y no quisiera—terminó la joven, hecha un mar de lágrimas—no quisiera corresponder a sus favores con declaraciones que acaso le perjudiquen.

Los moscardones azules volvieron a zumbar.

—Señorita Manette—replicó el fiscal,—si el prisionero no se convence de que usted presta la declaración que es su deber prestar... que está obligada a prestar... que no puede dispensarse de prestar, contra su voluntad y con sobrada repugnancia, habrá que confesar que está ciego. Tenga la bondad de continuar.

—Me dijo que motivaban su viaje asuntos de índole altamente delicada y comprometida, asuntos que acaso originasen serios conflictos entre pueblos distintos, y que por esta razón, viajaba bajo nombre supuesto. Me dijo que esos asuntos le habían llevado a Francia pocos días antes, y que probablemente, durante un período más o menos largo, le obligarían a hacer frecuentes viajes entre Inglaterra y Francia.

—¿Habló de América, señorita Manette? Tenga la bondad de especificar con detalles.

—Procuró explicarme las causas que dieron margen al conflicto, y me dijo que, en opinión suya, la sinrazón y la injusticia estaban de parte de Inglaterra. Añadió, en tono humorístico, que quizá Jorge Wáshington estaba llamado a alcanzar en la historia tan alto renombre como Jorge III. Pero en todo ello no había ni sombra de malicia: lo dijo riendo y para pasar el tiempo.

El señor fiscal de la Corona manifestó que consideraba necesario interrogar al padre de la señorita, al doctor Manette.

—Mire usted al prisionero, doctor Manette: ¿recuerda haberle visto antes?

—Una sola vez. Hará tres años o tres y medio que me visitó en mi casa de Londres.

—¿Puede usted decirnos si fué su compañero de viaje durante la travesía del Canal, o repetirnos la conversación que tuvo con su hija?

—Ni lo uno ni lo otro, señor.

—¿Existen razones particulares y especiales que le imposibilitan hacer lo que se le pide?

—Existen—contestó el doctor con voz muy baja.

—¿Son éstas la desventura de haber sufrido un cautiverio larguísimo en su país natal, sin ser condenado, y hasta sin ser acusado?

Con tono que penetró hasta el fondo de los corazones de todos los presentes, contestó:

—¡Un cautiverio eterno!

—¿Había recobrado usted recientemente la libertad, cuando se hizo el viaje a que me refiero?

—Eso me dicen.

—¿No lo recuerda usted?

—No recuerdo nada. Mi cerebro fué una noche profunda durante algún tiempo... no puedo decir cuánto... desde que en mi calabozo me dedicaba a hacer zapatos hasta que me encontré en Londres en compañía de mi querida hija. Me habitué a su trato... ignoro cómo... no conservo recuerdo del proceso... y al fin, el Dios misericordioso tuvo a bien devolverme las facultades.

El señor fiscal de la Corona dió por terminado el interrogatorio, y el padre y la hija volvieron a sentarse.

Ocurrió en este punto un incidente singular. El objeto de las actuaciones, el fin que en el proceso se perseguía, era demostrar que el acusado, en compañía de otro traidor cómplice suyo, cuya identidad era un misterio hasta entonces, viajeros, en la noche de un viernes del mes de noviembre de cinco años atrás, en la diligencia-correo de Londres a Dover, habían desmontado durante la marcha, con objeto de despistar, en un sitio en el que no pensaban quedarse, desde donde retrocedieron doce o más millas hasta llegar a una plaza fuerte que tenía arsenal, donde recogieron los datos que perseguían. Un testigo declaró que en el día y hora indicados había visto al prisionero en el comedor de un hotel de la plaza fuerte y arsenal mencionados, esperando a otra persona. El abogado defensor del procesado estaba sometiendo al testigo a un interrogatorio tan rígido como habilidoso, sin más resultado que el de asegurar aquél que jamás, ni antes ni después de la ocasión indicada, había visto al prisionero, cuando el caballero empelucado, que desde los comienzos de la vista tenía los ojos clavados en el techo de la Sala, escribió dos o tres palabras en un papelito, lo retorció, y seguidamente lo tiró al defensor. Este, después de leer el papelito, miró con atención y curiosidad extraordinarias al prisionero.

—¿Dice usted que tiene seguridad absoluta de que era el prisionero?—preguntó al testigo.

—Absolutísima.

—¿No ha visto nunca a nadie que se parezca al prisionero?

—A nadie que se le parezca tanto, que pueda dar lugar a una equivocación.

—Fíjese bien en aquel caballero,—repuso, indicando al que acababa de tirarle el papelito—y luego, fíjese bien en el prisionero. ¿Qué me dice usted? ¿No es verdad que se parecen bastante?

No obstante la dejadez y desaliño del caballero del papelito, existía entre él y el prisionero un parecido bastante notable para llenar de sorpresa no sólo al testigo, sino también a cuantas personas se hallaban en la Sala. El presidente del tribunal suplicó al repetido caballero del papelito que se quitase la peluca, y la semejanza se hizo muchísimo más notable. Preguntó el presidente al señor Stryver, que era el abogado defensor, si habrían de encausar por el delito de traición al señor Carton, nombre del caballero del papelito, a lo que el defensor respondió que no, pero que deseaba preguntar al testigo si creía que lo que una vez ha sucedido no puede suceder otra, si hubiera osado hablar con tanta seguridad y aplomo si antes hubiese visto aquel ejemplo palpable de su temeridad, si la vista de una persona que tanto se parecía al prisionero no habría sido golpe rudo asestado a su confianza, etc., etc. El resultado de este incidente fué aniquilar al testigo, destruir el efecto de su declaración, y quitar todo el valor a sus manifestaciones.

El buen Jeremías Lapa, que seguía el curso de la vista sin perder palabra ni gesto, hubo de escuchar cómo el defensor volvía la tortilla que el fiscal y los testigos habían servido al Jurado, diciendo que el excelso, el sublime patriota Barsad, era un espía mercenario, un vil traidor, un traficante en sangre que no conocía el decoro ni la vergüenza, el reptil de alma más negra que había existido en el mundo desde que el maldecido Judas, a quien se parecía física y moralmente, lo deshonró con su presencia. Afirmó que el espejo de criado, el inocente Cly, era amigo y cómplice de Barsad, y digno de serlo por cierto, que los ojos siempre abiertos de aquellos miserables falsificadores y perjuros resolvieron convertir en víctima de sus codicias al prisionero, aprovechando para sus nefandos fines la circunstancia de que aquél, francés de origen, hacía frecuentes viajes entre Inglaterra y Francia por asuntos de familia que no podía explicar, y que no explicaría el prisionero, aun cuando su silencio le costase la vida, porque se lo vedaban altas consideraciones. Demostró que las manifestaciones hechas por la señorita Manette, cuya angustia al hacerlas todos habían tenido ocasión de apreciar, no tenían la menor importancia, ni eran otra cosa que inocentes galanterías, muy naturales en un joven que tropieza en un viaje con una niña agraciada, excepción hecha de lo referente a Jorge Wáshington, que a su juicio resultaba tan extravagante, que sólo como chiste desatinado cabía considerarlo. Añadió que daría la Justicia pruebas palpables de debilidad si persistía en la idea de perseguir una populachería estéril aprovechando bajas antipatías y temores nacionales que el señor fiscal de la Corona había explotado en su informe, el cual, en realidad de verdad, no tenía más fundamento que las ruindades y vilezas de una declaración cuya mala fe saltaba a la vista, declaración prestada con ánimo deliberado de desfigurar los hechos, declaración que tiende a que la Justicia, para vergüenza nuestra, añada un error lamentabilísimo a la interminable serie de los que ha cometido.

El presidente, cual si lo que acababa de manifestar el defensor no fuera expresión exacta de la verdad, interrumpió con cara fosca al orador, para decir, con grave ademán, que le era imposible continuar ocupando su elevado sitial si se le obligaba a tolerar alusiones tan desagradables.

Interrogó el defensor a los escasos testigos de descargo, y a continuación, los oyentes hubieron de admirar los esfuerzos hechos por el señor fiscal de la Corona para volver del revés el traje que el primero había confeccionado para el Jurado. Lo más saliente de su discurso fué asegurar una y mil veces que los heroicos Barsad y Cly eran mil veces más virtuosos de lo que al principio había dicho, y el prisionero mil veces más criminal. El presidente, en su informe final, dió vueltas y más vueltas al traje confeccionado por el fiscal y procuró deshacer las costuras del presentado por el defensor, demostrando tendencias decididas a preparar con uno y otro la mortaja del prisionero.

Retiróse el Jurado a deliberar y los grandes moscardones azules dejaron oir de nuevo sus desagradables zumbidos.

El movimiento, los murmullos generales, la expectación que de todos los testigos de la vista se había adueñado, no fueron parte a que el señor Carton, que continuaba sentado y mirando al techo, variase de actitud ni de sitio. Mientras, su amigo el señor Stryver, recogiendo los papeles que tenía delante, conversaba con las personas que tenía más cerca y de tanto en tanto dirigía miradas de ansiedad al Jurado, mientras todos los espectadores se movían más o menos, ora separándose, ora reuniéndose de nuevo, mientras el mismo presidente abandonaba su asiento para pasear por la plataforma, dando motivos para que los presentes sospecharan que el estado de su ánimo distaba mucho de ser sosegado, el señor Carton permanecía arrellanado en su asiento, con la peluca medio ladeada, las manos en los bolsillos, como indiferente a todo y a todos, clavados en el techo los ojos como los había tenido todo el día.

Esto no obstante, el señor Carton avizoraba más detalles de la escena que ante sus ojos se desarrollaba de lo que a primera vista parecía. Prueba de ello es que, cuando la señorita Manette, rendida bajo el peso de tantas emociones, cayó desfallecida en los brazos de su padre, fué Carton el primero que lo advirtió, y el primero que acudió al remedio, diciendo:

—¡Guardia! Atienda usted a aquella señorita... Ayude al caballero a que la saque de la Sala... ¿No ve usted que está a punto de caer desmayada?

Todos se movieron a compasión al ver que retiraban a la señorita de la Sala, y no hubo quien no concediera todas sus simpatías al padre. La escena, que no podía menos de recordar a éste los años interminables de su inmerecida prisión, hubo de afectarle profundamente. Buena prueba de ello fué la intensa agitación interior que le produjo el interrogatorio, agitación que a nadie pasó inadvertida.

Momentos después se presentaba el Jurado, y por boca de su presidente manifestaba que, no habiéndose puesto de acuerdo, deseaba retirarse de nuevo.

El presidente de la Sala, cuya imaginación llenóla, si no se engañan algunos maliciosos, el retrato de Jorge Wáshington, manifestó alguna sorpresa al saber que el Jurado no se había puesto de acuerdo, pero accedió a que se retirara nuevamente a deliberar, y, sin duda para imitar su conducta, se retiró también él. La vista había durado todo el día y era preciso encender las luces de la Sala de Justicia. Circularon rumores de que las deliberaciones del Jurado serían largas, en vista de lo cual, los espectadores comenzaron a desfilar para tomar algún refrigerio, y el reo fué llevado a la parte más retirada de la barra, donde tomó asiento.

El señor Lorry, que había salido acompañando a la señorita Manette y a su padre, reapareció de nuevo y llamó por señas a Jeremías Lapa.

—Si quiere usted tomar algo, Jeremías, puede hacerlo, pero sin alejarse mucho de aquí. Es preciso que cuando entre el Jurado se encuentre usted a mi lado, pues en el Banco esperan impacientes la noticia del veredicto. Es usted el mensajero más rápido que conozco y podrá llegar al Tribunal del Temple mucho antes que yo.

Lapa hizo una reverencia muy graciosa, ignoro si por la confianza que en su persona depositaba el señor Lorry, o si por el chelín que acababa de poner en sus manos.

En aquel punto abandonó su asiento el señor Carton y tocó en un hombro a Lorry.

—¿Cómo se encuentra la señorita?—preguntó.

—Terriblemente angustiada, pero procura consolarla su padre, y parece que se halla mejor que antes de salir de la Sala.

—Voy a decírselo al prisionero. Un caballero tan respetable como usted no está bien que le hable en público.

Enrojeció intensamente Lorry, sin duda porque vió que habían leído los pensamientos que en aquel instante le embargaban, y Carton echó a andar en dirección a la barra. Huelga decir que Jeremías Lapa le siguió con todos sus ojos, con todos sus oídos, y con todas las púas que adornaban su cuero cabelludo.

—Señor Darnay—llamó Carton.

El prisionero se levantó en seguida.

—Es natural que desee usted tener noticias de la testigo señorita Manette. Se encuentra mejor: ha pasado lo más intenso de su agitación.

—Con toda mi alma lamento haber sido la causa de ella. ¿Tendrá usted la bondad de hacérselo presente en mi nombre?

—Lo haré, si usted lo desea.

La actitud de Carton era tan indiferente, que rayaba en insolente.

—Lo deseo mucho, y doy a usted las gracias más cordiales—contestó el prisionero.

—¿Qué espera usted, señor Darnay?—preguntó Carton, medio vuelto de espaldas a su interlocutor.

—Lo peor.

—Hace usted bien, puesto que espera lo que probablemente será. Sin embargo, la nueva retirada del Jurado permite abrigar alguna esperanza.

Jeremías Lapa se alejó sin oir más. Allí, debajo del gran espejo que reflejaba las dos caras, quedaron los dos hombres, tan semejantes por las facciones y tan desemejantes en lo que a modales y actitud se refería.

Transcurrió lenta, pesada, eterna, hora y media más. El mensajero del Banco, después de tomar su refrigerio, se había sentado y dormido en un banco, cuando le envolvió el oleaje humano que clamoroso invadía nuevamente la Sala.

—¡Jeremías... Jeremías!—gritó el señor Lorry, procurando acercarse a la puerta.

—¡Aquí estoy, señor... pero he de abrirme paso a codazos si quiero volver a entrar!

Lorry extendió un brazo y le entregó un papel.

—¡Volando...! ¿Lo tiene ya?

—Sí, señor.

En el papel había escrita una sola palabra: «absuelto».

—Si esta vez hubiera escrito usted «Resucitado»,—murmuró Lapa al dar la vuelta—ya sabría yo lo que significa todo eso.

Fué lo único que pudo decir, o pensar, o hacer, hasta tanto no se vió fuera del Old Bailey, pues las turbas salían cual torrente desbordado arrollando y arrastrando cuanto tropezaban por delante. Los murmullos eran semejantes al recio zumbar de moscardones azules que se dispersan chasqueados al encontrarse privados de las piltrafas podridas que creían encontrar.

IV. ENHORABUENA

Trascolaban por los sucios y lóbregos pasadizos del edificio del tribunal los últimos sedimentos del guisote humano que durante todo el día había hervido en la Sala, cuando el doctor Manette, Lucía, su hija, el señor Lorry, el abogado defensor y el procurador de la defensa, formaban un grupo en derredor de Carlos Darnay, puesto momentos antes en libertad, a quien daban parabienes y enhorabuenas por haber escapado casi milagrosamente de la muerte.

Escasa era la luz, pero aun a la de un brillante sol de estío hubiese sido muy difícil reconocer en el sereno e inteligente rostro y cuerpo erguido del doctor al zapatero del sotabanco de París. Esto no obstante, era imposible verle una vez sin experimentar comezón irresistible de examinarle de nuevo, aun cuando el observador no hubiese tenido ocasión de escuchar el ritmo lúgubre de su voz profunda, ni reparado en la especie de nube que ensombrecía su fisonomía sin razón aparente. Y es que no necesitaba que causas externas evocasen en su alma, como había ocurrido en la Sala de Justicia durante la vista, ecos dolorosos de sus pasadas agonías; éstos brotaban espontáneamente, y al brotar, envolvíanle en algo así como un velo fúnebre que no podían ver los que desconocían su triste historia.

Unicamente su hija conseguía ahuyentar de su mente los negros recuerdos que le perseguían insistentes. Lucía era el hilo de oro que le unía a un pasado anterior a sus miserias y a un presente posterior a sus desdichas. La dulce música de su voz, la alegría que reflejaba su linda cara, el contacto de su mano, casi siempre ejercían sobre él una influencia benéfica decisiva, y digo casi siempre, porque ocasiones había habido, aunque no muchas, en que el poder de la niña se había estrellado contra su tristeza. Lucía abrigaba la dulce esperanza de que esos casos no se repetirían.

Darnay había saboreado el placer de besar la mano de la joven, y después de exteriorizar con frases fervientes su gratitud, habíase vuelto hacia su defensor, el señor Stryver, a quien dió calurosamente las gracias. Stryver, hombre que apenas contaba treinta años de edad, aunque parecía de cincuenta, robusto, grueso, rojo, fanfarrón y refractario a toda clase de impulsos de delicadeza, poseía el secreto de amoldarse, moral y físicamente, a toda clase de compañías y conversaciones, y era de suponer que lo mismo que se amoldaba a las compañías y conversaciones, supiese amoldarse a las mil y una pequeñeces relacionadas con la vida.

Todavía llevaba puestas la toga y la peluca. Al ir a contestar a su defendido, giró sobre sus talones en forma que eliminó del grupo al inocente señor Lorry, y dijo:

—Celebro infinito haber sacado a usted del trance con honor, señor Darnay. Ha sido usted víctima de una persecución infame, brutalmente infame, pero que muy bien pudo tener el desenlace que perseguían sus enemigos.

—Las obligaciones que con usted he contraído no prescribirán jamás—respondió el joven, estrechando con calor la mano del abogado.

—He hecho por usted cuanto he podido, señor Darnay, y tengo la presunción de creer que puedo tanto como pueda cualquier otro hombre.

Las últimas palabras tenían una contestación obligada, que debía y podía dar cualquiera de los que formaban el grupo. Dióla el señor Lorry, probablemente interesada, es decir, para que de nuevo le admitieran en el grupo.

—Más, mucho más que ningún otro hombre—dijo.

—¿Lo cree usted así?—preguntó Stryver.—Perfectamente. Ha sido usted testigo de toda la vista, y motivos tiene para saber lo que dice. Además, es usted hombre de negocios.

—Y en calidad de tal—replicó Lorry, a quien el abogado había metido en el grupo de la misma manera que antes le había echado fuera—en mi calidad de tal, ruego al doctor Manette que ponga fin a esta conferencia, a fin de retirarnos cada cual a su respectiva casa. La señorita Lucía no se encuentra bien, el señor Darnay ha pasado un día terrible, y todos estamos rendidos.

—Hable usted por sí, señor Lorry, hable usted por sí—dijo el abogado.—A mí me espera una noche de trabajo continuo.

—Por mí hablo—replicó Lorry—y por el señor Darnay, y por la señorita Lucía y... ¿No cree usted, señorita Lucía, que puedo hablar, por todos nosotros?—preguntó, dirigiéndose a la joven, pero mirando al mismo tiempo a su padre.

La cara del anciano adquirió una expresión indefinible al dirigir a Darnay una mirada intensa. En la frente del primero se marcaron profundas arrugas, sus labios se crisparon, y poco a poco sus miradas expresaron repugnancia, recelo y temor.

—¡Padre mío!—musitó en su oído, a la par que estrechaba su mano.

El anciano, cuyo rostro se fué iluminando gradualmente, se volvió hacia su hija.

—¿Vamos a casa, padre mío?—repuso la niña.

El doctor exhaló un suspiro muy hondo y muy prolongado, y contestó:

—Sí.

Los amigos del prisionero, a quienes éste había hecho creer que no sería puesto en libertad aquella noche, habíanse dispersado ya. Casi todas las luces que iluminaban los estrechos corredores del edificio siniestro, que a la mañana siguiente se llenaría de nuevo de gentes ávidas de emociones, se habían apagado. El abogado defensor se retiró el primero para ir a cambiar de ropa, y Lucía Manette llamó un coche, se despidió de los señores Lorry y Darnay, y se hizo conducir a su casa, acompañando a su padre.

Otra persona, que no había formado parte del grupo ni cambiado una palabra con ninguno de los que lo componían, se destacó de la pared contra la cual había estado apoyada y, tan pronto como se perdió de vista el coche, aproximóse silenciosa como una sombra a Lorry y a Darnay, que habían quedado hablando en la acera.

—¡Hola, señor Lorry!—dijo.—Parece que ya los hombres de negocios se atreven a hablar con Darnay, ¿eh? ¡Qué de conflictos originan los negocios! Se reiría usted, Darnay, si supiera las luchas que los hombres de negocios tienen que sostener entre sus impulsos naturales y las exigencias de su posición.

—Ya hizo usted antes esa misma indicación, señor Carton—replicó Lorry, enrojeciendo hasta lo blanco de los ojos.—Nosotros, los hombres de negocios, los que servimos a una casa, no somos dueños de nosotros mismos. Más que en nosotros, tenemos que pensar en la casa.

—¡Lo sé, lo sé, señor Lorry!—contestó Carton con negligencia.—Sentiría que se molestase usted. Me consta que no es usted peor que los otros, y hasta me atrevería a asegurar que es mucho mejor.

—A decir verdad, caballero, no acierto a comprender su ingerencia. Perdóneme si, amparándome en mis años, le hablo con franqueza tal vez excesiva, pero no veo que usted tenga nada que ver en nuestros asuntos.

—¡Asuntos! ¡Válgame Dios, señor! Yo no tengo asuntos.

—Es una lástima que no los tenga usted.

—De acuerdo.

—Porque si los tuviera, les dedicaría alguna atención.

—¡No, amigo mío, no! ¡Tenga usted por seguro que no les prestaría ninguna!

—¡Está bien, señor!—exclamó Lorry, a quien llenó de indignación la indiferencia de su interlocutor.—Diga usted lo que quiera, es muy bueno y muy respetable tener negocios, y si en determinadas ocasiones los negocios imponen silencio, restricciones e impedimentos, de ello se hacen cargo los que, como el señor Darnay, son caballeros generosos... Señor Darnay... muy buenas noches. Le felicito con toda la efusión de mi alma y le deseo una vida próspera y feliz... ¡Cochero!

Un poquito incomodado consigo mismo, y desde luego más con su interlocutor, el señor Lorry tomó por asalto el coche y se hizo conducir al Banco Tellson. Carton, que olía a vino, y cuyo fuerte, a juzgar por las apariencias, no era la sobriedad, soltó la carcajada y se volvió hacia Darnay.

—¡Extraños caprichos tiene la casualidad, señor Darnay!—exclamó Carton.—¿Podía usted suponer que esta noche iba a encontrarse aquí, pisando las piedras de la calle, en compañía de su alter ego?

—¿Cómo había de suponerlo, si hasta el hecho de pertenecer a este mundo me parece un sueño?—contestó Darnay.

—No me admira, después de lo cerca que del otro se encontraba. Noto en su voz cierta debilidad, señor Darnay.

—Es que principio a creer que me encuentro débil, señor Carton.

—¿Por qué no come, pues? Yo comí ya, mientras aquellos zánganos se ponían de acuerdo acerca del mundo en que usted habría de vivir. Voy a acompañarle a la taberna más próxima donde podrá usted comer lo que le acomode.

Pasando sin más ceremonias su brazo por el de Darnay, Carton echó a andar hacia la calle Fleet, no tardando en dar con sus huesos en una taberna. El encargado acompañó a los recién llegados a un cuartito reservado, donde Darnay repuso sus fuerzas. Carton, sentado a la misma mesa frente a Darnay, se hizo servir una botella de vino.

—¿Va usted convenciéndose de que pertenece todavía a este mundo terrestre, Darnay?—preguntó Carton.

—Apenas si puedo darme cuenta cabal del tiempo y del lugar, pero confieso que me he convencido casi de lo que usted dice.

—¡Y se habrá convencido de ello con satisfacción inmensa!—exclamó Carton con cierto tono de amargura y llenando de nuevo el vaso, que por cierto era de los más grandes.—De mí puedo decir que mi mayor deseo sería olvidar que de él formo parte. Ni el mundo tiene para mí nada bueno... no siendo el vino, ni yo tengo nada bueno para el mundo. En lo que a este particular se refiere, somos tal para cual, nos parecemos bastante... Por supuesto, que voy creyendo que también usted y yo nos parecemos en todo, ¿no?

Carlos Darnay, sobre quien pesaba aún la influencia de las emociones del día, tardó bastante en contestar, sencillamente porque no sabía qué respuesta dar a las extravagantes palabras de su interlocutor. Cuando lo hizo, se mostró de perfecto acuerdo.

—Ahora que ha hecho usted honor a la comida, señor Darnay, ¿por qué no levanta una copa? ¿Por qué no brinda usted?

—¿Levantar la copa? ¿En honor de quién?

—En honor y por la salud de la persona cuyo nombre tiene usted en la punta de la lengua. Debe tenerlo, lo tiene, juraría que no me engaño.

—¡Brindo, pues, por la señorita Manette!

—¡A la salud de la señorita Manette!

Clavada una mirada insolente en Darnay, mientras apuraba el contenido del vaso, Carton estrelló el suyo contra la pared, después de beber, donde se hizo pedazos. Seguidamente tocó la campanilla y pidió otro.

—Es una niña encantadora, en cuya compañía sería delicioso hacer un viaje en coche, ¿eh?—preguntó, llenando de vino el vaso que acababan de traerle.

—Sí—contestó secamente y con un ligero fruncimiento de cejas Darnay.

—Digna de compasión y de que por ella se hagan verdaderas locuras. ¿Qué tal se encuentra? A fe que vale la pena verse en peligro de ser condenado a muerte a trueque de convertirse en objeto de sus simpatías y compasión: ¿qué me dice usted, Darnay?

El interpelado guardó silencio.

—Le agradó sobremanera escuchar el mensaje que por mi conducto la envió usted. No me lo dijo, pero lo supongo.

La alusión fué a manera de recordatorio para Darnay. Acordóse de que su desagradable compañero le había prestado un servicio en aquel día azaroso y le dió las gracias, llevando la conversación a aquel incidente.

—Ni me hace falta que me dé usted las gracias, ni las merezco—replicó con fría indiferencia Carton.—En primer lugar, no sabía qué hacer, y en segundo, no sé por qué hice lo que hice. ¿Me permitirá usted que le haga una pregunta, señor Darnay?

—Cuantas guste, a ello le dan derecho los favores que me ha prestado.

—¿Cree usted que me es simpático?

—La verdad... señor Carton...—respondió Darnay, completamente desconcertado,—no se me ha ocurrido formularme esa pregunta.

—Hágasela usted ahora.

—Como si yo le mereciera alguna simpatía se comportó usted, pero si he de decir lo que siento, creo que no se lo soy.

—Y yo creo lo mismo que usted—observó Carton.—Principio a formar opinión excelente de su inteligencia.

—Lo que no debe ser obstáculo—repuso Darnay haciendo sonar la campanilla—para que yo le quede profundamente agradecido y para que nos despidamos sin malquerencias mutuas.

—Desde luego—contestó Carton.—¿Dice usted que me queda reconocido?

—Lo digo y así es.

—Entonces, mozo, tráeme otra pinta de este mismo vino, y despiértame mañana a las diez.

Pagada la cuenta, levantóse Darnay, dió las buenas noches y se encaminó hacia la puerta. Carton, sin contestar las buenas noches, levantóse también, miró con expresión airada al que se marchaba, y dijo:

—Dos palabras, señor Darnay, ¿Cree usted que estoy borracho?

—Creo que ha bebido usted mucho, señor Carton.

—¿Lo cree nada más? Sabe perfectamente que he bebido.

—Puesto que usted se empeña, diré que, en efecto, sé que ha bebido.

—En ese caso, quizá sepa usted también por qué he bebido. Soy un desilusionado, un desengañado. Ni a mí me importa la suerte de ningún hombre de la tierra, ni ningún hombre de la tierra se acuerda siquiera de mi persona.

—Lo que no deja de ser una desgracia. Debió usted dar mejor empleo a su talento.

—Puede que tenga usted razón, y puede que se engañe lastimosamente. No se envanezca, sin embargo, amigo mío, que no sabe usted lo que el porvenir le reserva... ¡Buenas noches!

Cuando quedó solo, aquel hombre singular tomó el candelero, se acercó a un espejo que pendía de la pared y examinó minuciosa y detalladamente la imagen reflejada en su tersa superficie.

—¿Te es simpático ese hombre?—murmuró, cual si dirigiera la pregunta a su propia imagen.—¿Por qué ha de serte simpático un hombre que se te parece? ¿Acaso tienes tú algo que pueda agradar a nadie? De sobras sabes que no. No acierto a comprender el por qué del cambio... ¡Maldito seas!... ¡Y a fe que merece simpatía el hombre que te dice lo que pudiste ser y lo que en realidad eres! ¡Vaya!... ¡Dilo de una vez y con franqueza! ¡Tú aborreces a ese individuo!

Cual si el vino fuera para él manantial de consuelos, en muy contados minutos hizo pasar a su estómago la pinta de vino y quedó dormido en la misma mesa, apoyada la cabeza sobre sus brazos.

V. EL CHACAL

En aquellos tiempos, rendíase culto universal a la botella. Si yo especificase y detallase aquí la cantidad de vino y de ponche que un hombre tragaba en el curso de una noche, sin que su reputación de perfecto caballero sufriera el menor detrimento, a buen seguro que pasaría ante los lectores plaza de exagerador ridículo. Los hombres bebían mucho, y no eran ciertamente excepción de la regla las lumbreras del foro ni las notabilidades en cualquier otro ramo del saber humano, que nunca ha sido la ciencia barrera alzada entre quien la posee y los altares de Baco. No nos admira por tanto que el señor Stryver, letrado que avanzaba con paso de gigante por el camino de su lucrativa profesión, rindiera culto tan constante a la botella como las esponjas más resecadas de la comunidad de picapleitos.

Favorito en el Old Bailey e indispensable en el tribunal llamado Sessions, Stryver separaba con el pie los peldaños de la escalera a medida que los iba dejando atrás. Todos los días, en uno o en otro tribunal, la roja cara de Stryver brotaba de entre una capa de pelucas semejante al girasol que yergue su cabeza sobre un plantel de brillantes flores.

Habían observado en el foro que Stryver, en los comienzos de su carrera, si bien era hombre suelto de lengua, falto de escrúpulos, dispuesto a todo, osado y procaz, carecía de la facultad de entresacar la esencia, la medula de los informes y de las pruebas testificales, que tan indispensable es a todo buen abogado, pero posteriormente, hizo en este particular progresos maravillosos. Cuanto más trabajaba, con mayor facilidad llegaba al fondo, al tuétano de los asuntos, siendo de notar que, aun cuando tenía la costumbre de pasarse las noches de claro en claro vaciando botellas en compañía de Carton, los puntos que había de tratar a la mañana siguiente ni se borraban de su mente, ni se obscurecían.

Sydney Carton, el más vago y holgazán ejemplar de la humanidad, era el aliado más poderoso de Stryver. Sobre el líquido que entre los dos tragaban hubiera podido flotar perfectamente un navío de tres puentes. Uno y otro llevaban la misma vida, uno y otro prolongaban sus orgías hasta la madrugada, y más de una vez vieron a Carton, ya bien alto el sol, dirigiéndose con paso vacilante a su casa o al estrado del tribunal. No faltaron maliciosos que aseguraron que Carton, si no era ni llegaría jamás a ser un león, en cambio era un tigre excelente, y que, en calidad de tal, prestaba preciosos servicios a su amigo Stryver.

—Las diez, señor—dijo el encargado de la taberna a quien Carton había encargado que le despertase.—Las diez de la noche.

—¿Qué ocurre?

—Que son las diez, señor.

—¿Y qué? ¿Las diez de la noche?

—Sí, señor. Me encargó que le despertase a esa hora.

—¡Ah, sí! ¡Ya me acuerdo! Está bien.

No sin que procurase dormir de nuevo, intentos que el tabernero combatió removiendo sin cesar el fuego y haciendo ruido, Carton concluyó por enderezarse y salir. Luego que hubo refrescado su cabeza dando un paseo regular, se dirigió al despacho de Stryver.

El oficial de Stryver, que jamás asistía a las conferencias que éste celebraba con Carton, había salido, y como consecuencia, hubo de abrir la puerta al visitante el mismo Stryver en persona. Iba en bata y zapatillas, y sus ojos brillaban entre dos círculos amoratados semejantes a los que caracterizan a todos los que hacen y han hecho vida disipada.

—Llegas un poquito tarde, Carton—dijo Stryver.

—Poco más o menos a la hora de siempre, tal vez quince minutos más tarde.

Ambos entraron en el despacho, pieza no muy grande, atestada de libros y de papeles. Ardía en ella una lumbre deliciosa. Sobre la mesa de trabajo, humeaba una tetera entre montones de papeles y botellas de ron, de brandy y de vino, y entre terrones de azúcar y limones.

—Veo que has despachado ya tu botella de costumbre, Carton.

—Esta noche fueron dos. Estuve comiendo con mi cliente de hoy... o viéndole comer, para el caso es lo mismo.

—Diste al asunto un giro verdaderamente singular, Carton, llamándome la atención hacia lo referente a la identificación del reo. ¿Cómo demonios se te ocurrió semejante cosa?

—¡Bah! Vi que era un buen mozo, muy guapo, y pensé que así podría ser yo, a poco que la suerte me hubiese favorecido.

Stryver soltó la carcajada.

—La suerte hay que llamarla trabajando, amigo mío, así que... ¡a trabajar!

Con cara más que medianamente fosca se aligeró el chacal de ropa, entró en la estancia contigua, y no tardó en salir con un cubo de agua, una palangana y una o dos toallas. Empapó en agua fría las toallas, envolvió con ellas su cabeza, sentóse frente a la mesa, y dijo:

—Ya podemos principiar.

—No es mucho el trabajo que tenemos esta noche, Carton.

—¿Cuánto?

—Dos protocolos.

—Dame ante todo el peor.

—Aquí están los dos... ¡Manos a la obra!

El león del foro se arrellanó en un sofá mientras el chacal tomaba una silla. Sobre la mesa, interpuesta entre los dos, había botellas y vasos. Uno y otro recurrían a ellos con gran frecuencia pero de distinta manera: bebía el león, abstraído la mayor parte del tiempo, o a lo sumo ojeando indiferente algún documento poco importante, pero el chacal, con tal ardor y entusiasmo se entregaba a su tarea, que casi nunca seguían sus ojos el movimiento de las manos cuando éstas andaban en busca del vaso, resultando que más de cuatro veces andaba tentando uno o dos minutos antes de tropezar con el vaso y llevarlo a sus labios. En dos o tres ocasiones debió encontrar tan enrevesado el asunto que estudiaba, que consideró necesario levantarse de la silla y humedecer de nuevo las toallas.

Al cabo del rato consiguió el chacal preparar al león una comida aceptable, y procedió a ofrecérsela. El león procuró digerirla con cuidado y precauciones exquisitas separando algunos manjares, prescindiendo de algunos componentes y haciendo atinadas observaciones, que parecieron bien al chacal. Digerida la comida, el león se tendió sobre el sofá, mientras el chacal, después de vigorizarse nuevamente a fuerza de libaciones y de compresas de agua fría, se dedicó a la confección de la segunda comida, que fué servida al león en la misma forma que la anterior. Los relojes daban ya las tres de la madrugada.

—Ahora que hemos terminado, Carton, tomaremos un ponche.

Quitóse el chacal las toallas de la cabeza, bostezó, se desperezó, y preparó el ponche.

—Razón tenías, Carton, en lo referente a los testigos de esta mañana: todo salió a pedir de boca.

—Me parece que la tengo siempre: ¿te atreverás a decir lo contrario?

—¡No, hombre, no! Vienes hoy con el genio encrespado, amigo. No estará de más que lo rocíes con un buen chaparrón de ponche para suavizarlo.

El chacal contestó con un gruñido, pero siguiendo el consejo.

—El buen Sydney Carton, abogado de la Facultad de Zorrilandia, es una especie de columpio—observó Stryver.—Tan pronto está arriba, como abajo: al minuto de ser todo fuego, se le ve todo desesperación.

—¡Ah, sí!—replicó Carton, exhalando un suspiro.—Ya de estudiante me animaban los asuntos de mis condiscípulos, muy contadas veces los míos.

—¿Pero por qué no?

—¡Vete a saber! Por temperamento, supongo.

Sentóse, dichas estas palabras, con las manos en los bolsillos, extendidas las piernas y mirando a la lumbre.

—No puede negarse, Carton—dijo Stryver al antiguo estudiante de la Facultad de Zorrilandia,—que tu temperamento, tu manera de ser, es y ha sido siempre defectuosa. Adolece de falta de energía, de unidad de propósito. Mírame a mí.

—¿Sermones a estas alturas?—exclamó Carton riendo cínicamente.—Ahora es cuando creo aquello del diablo predicador...

—¿Cómo he podido llegar a donde he llegado? ¿Cómo ocupo el puesto que ocupo?

—En parte, gracias a mi cooperación, supongo yo. Pero dejemos estas discusiones que no han de conducirnos a nada práctico. Tú haces lo que se te antoja, siempre has figurado en primera línea, y yo, en cambio, he formado siempre en la última.

—Tuve necesidad de abrirme el camino, si quise colocarme en primera fila, pues no sé yo que naciera en ella—replicó Stryver.

—No tuve el honor de presenciar la ceremonia de tu nacimiento, pero creo que, al echarte al mundo, te dejaron entre los privilegiados.

Los dos interlocutores soltaron la carcajada.

—Antes de cursar en la universidad de Zorrilandia—repuso Carton,—mientras cursábamos, y después que de ella salimos graduados, figurabas en fila distinta de la mía. Hasta cuando en París estábamos aprendiendo a mascullar el francés y adquiriendo algunas nociones de derecho francés, y familiarizándonos con muchas otras tonterías francesas, que de nada nos sirven, eras tú algo, mientras yo fuí siempre Don Nadie.

—¿De quién era la culpa?

—¡Por mi vida que no seré yo quien asegure que la culpa no fué tuya! Bullías tú tanto, te destacabas tanto, te movías, te agitabas en tales términos, que no sé que pudiera yo hacer otra cosa que permanecer envuelto en sombras y condenado al reposo... Pero dejemos este tema, que no es muy agradable, a fe mía, hablar del pasado obscuro de uno al romper el día.

—Perfectamente—dijo Stryver levantando el vaso.—Hablaremos de tu linda testigo. ¿No te parece que es tema más agradable?

No debía serlo, a juzgar por la sombra que obscureció su rostro.

—¡La linda testigo!—exclamó fijando sus ojos en el fondo del vaso.—He visto hoy muchas testigos... ¿A quién te refieres?

—A la preciosa hija del doctor, a la señorita Manette.

—¿Es linda?

—¿No lo es, acaso?

—No.

—¡Pero hombre de Dios!... ¡Si ha sido la admiración del tribunal entero!

—¡Váyase al diablo el tribunal con su admiración! ¿Quién ha hecho al Old Bailey juez de la belleza? ¡Linda!... ¡Una muñeca de pelo de oro!...

—¿Sabes, Carton—preguntó Stryver, clavando en su amigo una mirada penetrante y pasando la diestra por su roja cara,—que voy creyendo que has simpatizado demasiado con esa muñeca de pelo de oro, y que tu interés advirtió muy pronto lo que a la tal muñeca de pelo de oro ocurría?

—¡Que lo advertí demasiado pronto! Me parece que si una niña, muñeca o no, se desmaya a dos varas de las narices de cualquier cristiano, puede advertirlo sin mirar con telescopio. El tema de la conversación no me desagrada, pero niego lo de la hermosura... ¡No bebo más!... ¡Me voy a la cama!

Cuando el dueño de la casa acompañó a Carton hasta el descansillo, para hacerle luz con la vela que llevaba en la mano mientras bajaba la escalera, comenzaban a filtrarse los resplandores inciertos del nuevo día por los empañados cristales. Llegado a la calle, vióse el chacal respirando una atmósfera fría y triste, bajo un cielo cubierto de nubes, bordeando un río de aguas negruzcas y en parajes que parecían el desierto de la vida. Torbellinos de polvo huían girando vertiginosos ante el soplo de la mañana, cual si lejos, muy lejos, hubieran emprendido el vuelo las arenas del desierto y sus primeras nubes amenazaran envolver la ciudad.

Falto de estímulos internos que avivasen sus energías, y puesto en el centro de un páramo sin fin, aquel hombre quedó erguido durante algunos minutos y vió, allá en las lejanías de la estepa desolada y triste que se extendía ante sus miradas, espejismos de ambición noble, reflejos de abnegación y de perseverancia. En la ciudad encantada que surgió ante sus ojos había elevadas galerías desde donde amorcillos y gracias le miraban sonrientes, bellos jardines donde maduraban los dulces frutos de la vida y aguas de esperanza que saltaban rumorosas. La visión se borró con tanta rapidez como había surgido. Poco más tarde subía la empinada escalera de su triste cuarto y caía sobre las revueltas ropas de su cama.

Su almohada estaba empapada en lágrimas cuando se alzó un sol enfermizo, triste, melancólico, aunque no tanto como aquel hombre de talento indiscutible, de grandes dotes, y sin embargo, incapaz de sentir dulces emociones, incapaz de dirigirse por los senderos de la vida, incapaz de proporcionarse bienestar, incapaz de saborear una gota de felicidad, sensible sólo a la eterna noche en que se debatía y resignado a no salir nunca de ella.

VI. CENTENARES DE VISITAS

Residía el doctor Manette en una de las calles más tranquilas de la ciudad, no lejos de la plaza de Soho. Una tarde deliciosa de un domingo, cuando las olas eternas de cuatro meses habían pasado sobre la causa criminal por traición relegándola al olvido y arrastrándola mar adentro a regiones hasta las cuales no llegaba el interés ni la memoria públicos, el señor Mauricio Lorry avanzaba a buen paso por las soleadas calles interpuestas entre Clerkenwell, donde vivía, y la casa del doctor, a cuya mesa debía sentarse aquella tarde. Bueno será que sepan los lectores que Lorry, después de varios períodos de retraimiento absoluto y de absorción completa en los negocios, había concluído por hacerse amigo íntimo del doctor y por ver en la calle tranquila en que éste vivía el oasis más delicioso de su vida.

Tres motivos principalísimos empujaban al señor Lorry, en este delicioso domingo, en dirección a la plaza de Soho, en las primeras horas de la tarde. Primera: porque antes de comer, casi siempre solía salir a paseo acompañando al doctor y a su hija Lucía. Segunda, porque los domingos por la tarde si ésta estaba poco apacible, la pasaba al lado de aquéllos, como amigo de la familia, hablando, leyendo, mirando por la ventana y moviéndose constantemente, y tercera, porque deseaba solventar algunas dudas enrevesadas, y sabía que en ninguna parte era tan probable que encontrase la solución como en la casa del doctor.

No había en todo Londres rinconcito más pintoresco que aquel en que vivía el doctor. Aislado de las grandes arterias de la ciudad, apenas si había tránsito, y desde los balcones del frente de la casa se dominaban vistas hermosas que llevaban estampado el sello del reposo. Los edificios eran muy escasos, y más aún hacia el norte del camino de Oxford, en cuyos dilatados campos, hoy desaparecidos, se alzaban deliciosos bosquecillos, crecían espontáneamente flores de vistosos colores que saturaban el ambiente de fragantes emanaciones y brotaban lindos capullos de los espinos blancos y de los oxiacantos. Como consecuencia, los aires circulaban con libertad completa por los alrededores de Soho, cuyos habitantes no se veían precisados a respirar la atmósfera mefítica y venenosa de los grandes centros donde se asfixian los pobres y languidecen los ricos. Cerca de los balcones del doctor había más de un peral, cuyos frutos llegaban a sazón en tiempo oportuno.

Los rayos del sol de verano penetraban radiantes en aquel delicioso retiro en las primeras horas del día, pero cuando quemaban, cuando convertían en ardiente horno los demás distritos de la ciudad, el rinconcito quedaba envuelto en sombras, bien que éstas no eran tan profundas que no las penetrasen los fulgores brillantes de un sol lejano. Era, en una palabra, un sitio fresco, sosegado y tranquilo, pero placentero, un puerto abrigado contra el estruendo y la agitación bramadora de las calles.

Un fondeadero tan ideal no se concebía sin una barca tranquila, y en efecto, la tenía. Ocupaba el doctor dos pisos de una casa bastante espaciosa, en cuyas puertas llamaban durante la noche muchos que solicitaban servicios que debían prestarse al día siguiente. A espaldas de la casa, y separado de ésta por un patio en cuyo centro crecía un plátano silvestre, había un edificio en el cual se fabricaban órganos de iglesia y cincelaba la plata y batía el oro un gigante misterioso cuyo potente brazo parecía brotar de la pared lanzando áureos destellos, cual si también el brazo fuera de oro y amenazara convertir en oro a cuantos visitaban aquel lugar. Apenas si estas industrias dejaban oir el menor ruido, muy contadas veces se veía llegar un visitante solitario y más contadas todavía las que un coche cruzara aquellos sitios apacibles. Cierto que de tarde en tarde se veía a algún obrero que atravesaba el patio poniéndose la chaqueta, o a un desconocido a quien atraía la curiosidad, o hería los oídos el eco lejano de algún martillazo del gigante de oro, pero eran éstas las únicas excepciones, siempre necesarias para probar la regla de que aquél era el rincón de los ecos, el centro del reposo y del silencio, que sólo interrumpían el piar de los gorriones que tenían su cuartel general en la copa del plátano silvestre.

Recibía el doctor Manette en su casa a los enfermos que le traía su antigua reputación unida a las brisas flotantes de la historia dolorosa de su vida. Sus conocimientos científicos, su práctica en el difícil ejercicio de su profesión y los experimentos ingeniosos a que se entregaba, diéronle una clientela muy envidiable y ganaba con creces lo necesario para cubrir las atenciones de la vida.

Todo esto lo sabía perfectamente el buen Mauricio Lorry cuando tiró de la cadena pendiente a lo largo de la puerta, y puso en movimiento a los moradores de la tranquila casa emplazada en el delicioso rinconcito que acabo de describir, un domingo por la tarde.

—¿Está en casa el señor doctor?

—No, señor.

—¿Y la señorita Lucía?

—Tampoco.

—¿Y la señorita Pross?

Probablemente esta última se encontraba en casa, pero como la criada que abrió la puerta ignoraba cuáles fueran sus intenciones respecto a admitir o negar el hecho, contestó que tampoco.

—De todas suertes subo—replicó Lorry,—porque me considero aquí como en mi casa.

Aunque nada aprendió la hija del doctor en su patria de origen, es lo cierto que ésta la inició en aquella habilidad rara que consiste en hacer mucho con medios escasos, lo que constituía una de sus características más preciosas y agradables. Modesto y sencillo era el mobiliario de las habitaciones de la casa, y esto no obstante, algunas chucherías, que no tenían más valor real que el gusto exquisito con que estaban colocadas, daban a aquéllas un efecto delicioso. La disposición de cuanto en la casa había, comenzando por el mueble más grande y acabando por el objeto más insignificante, la combinación de colores, y el contraste obtenido merced a nonadas por manos delicadas, ojos de mirada clara y sentidos de gusto irreprochable, ofrecían un conjunto tan agradable en sí y retrataban tan gráficamente a su autora, que no parecía sino que con mudo pero elocuente lenguaje preguntaban al señor Lorry, mientras extasiado los contemplaba, si merecían su aprobación.

Tres habitaciones principales tenía el piso, cuyas puertas de comunicación estaban todas abiertas, a fin de que los aires circularan como dueños y señores por ellas. Lorry pasaba sonriente y complacido de una a otra. En la primera, que era la mejor, tenía Lucía sus pájaros, sus libros, una mesa escritorio y un costurero, así como también una caja de colores; la segunda era el salón de consultas del doctor, el que a la vez servía de comedor, y la tercera, cerca de cuyos balcones susurraban las hojas del plátano silvestre que en el patio crecía, era el dormitorio del doctor, en uno de cuyos rincones vió Lorry la banqueta y las herramientas de zapatero, tal como en otro tiempo estuvieron en el sotabanco de la taberna del barrio de San Antonio de París.

—Me sorprende—murmuró con voz clara e inteligible Lorry—que conserve estos objetos que por necesidad han de recordarle sus sufrimientos y miserias.

—¿Y por qué ha de sorprenderle?—preguntó de pronto una voz brusca que le obligó a volverse vivamente.

La voz tenía su origen en la garganta de la señorita Pross, que era la misma mujer de cara colorada y mano fuerte y pesada con la cual trabó Lorry conocimiento en el Hotel del Rey Jorge en Dover.

—Se me figuraba...—comenzó a decir Lorry.

—Se le figuraba... ¿qué?—replicó la señorita Pross.—¡Alguna sandez sin duda!

Lorry no contestó.

—¿Cómo está usted?—preguntó entonces la dama con voz dura, bien que sin malicia ni ánimo de ofender.

—Muy bien, gracias... ¿y usted?

—Descontenta a más no poder.

—¿Será posible?

—¡Y tan posible! Me saca de mis casillas lo que ocurre con la señorita Lucía.

—¿Será posible?

—¡Pero hombre de Dios! ¿No ha aprendido más que esas dos palabras que me coloca a cada paso? ¡Será posible!... ¡Un poco de variación, si no quiere acabar de desesperarme!

—¿De veras?—preguntó Lorry, enmendándose.

—No es la frase muy feliz que digamos, pero, en fin, vale más que su sempiterno «será posible». Pues sí, señor; lo que ocurre con la señorita me saca de quicio.

—¿Será indiscreción preguntar la causa?

—Me ataca los nervios que vengan a verla docenas de personas que no son dignas de ella.

—¿Docenas?—preguntó Lorry admirado.

—Centenares—replicó la señorita Pross, una de cuyas características, que suele ser la de muchas personas, era exagerar la afirmación original, si observaba que alguien la ponía en tela de juicio.

—¡Santo Dios!—exclamó Lorry, a quien no se le ocurrió otra contestación más apropiada.

—Desde que la señorita tenía diez años, he vivido con ella... o ella ha vivido conmigo, y me ha pagado, lo que nunca hubiese consentido, téngalo usted por seguro, si yo hubiera encontrado el secreto de cuidar de mí y de ella por nada. ¡Oh! ¡Es verdaderamente doloroso!

Lorry, no viendo con claridad qué podía ser lo doloroso, limitóse a mover la cabeza, utilizando aquella parte de su persona como capa la más indicada para taparlo todo.

—A todas horas rondan en torno suyo infinidad de personas que no son dignas de mi tesoro, señor Lorry. ¡No, no lo son, ni mucho menos! Cuando usted dió principio al desfile...

—¿Yo le di principio, señorita Pross?

—¡Claro que sí! ¿Quién sacó a su padre de la tumba?

—Si eso fué darle principio...

—Supongo que no pretenderá usted decir que eso fué darle fin... Repito que cuando dió principio al desfile, resultaba ya éste bastante desagradable. Y cuenta que no es mi intención decir que tenga la culpa el doctor Manette, en quien no veo más falta que la de no ser digno de tener una hija como la que tiene, y ésa no le es imputable, toda vez que en el mundo no existe persona que sea digno de serlo. Al padre quizá habría yo podido perdonarle, pero confiese usted que es horriblemente doloroso ver a todas horas turbas y enjambres de personas que se mueven al rededor del padre y me roban el afecto de la hija.

Sabía Lorry que la señorita Pross era la encarnación de los celos, pero constábale al propio tiempo que, prescindiendo de sus extravagancias, figuraba a la cabeza de esos seres puros de todo egoísmo que, cediendo a motivos de cariño y de admiración, tienden voluntariamente el cuello a la cadena de la esclavitud, dispuestos a sacrificarse en aras de una juventud que ellos han perdido, de una hermosura que nunca atesoraron, de dones y perfecciones que jamás tuvieron la fortuna de alcanzar, y de esperanzas halagüeñas que nunca derramaron un punto de luz sobre sus sombrías vidas. Tenía Lorry conocimiento bastante perfecto del mundo para saber que nada puede compararse a los servicios fieles y abnegados que tienen su asiento en el corazón, y como consecuencia, los de la señorita Pross le merecían un respeto tan exaltado, que en las clasificaciones distributivas que mentalmente hacía, pues nadie deja de hacerlas, en mayor o menor número, colocaba a la colorada y expeditiva dama mucho más inmediata al último peldaño de los ángeles que a no pocas señoras inconmensurablemente mejor dotadas que aquélla, tanto por la Naturaleza, como por el Arte, y dueñas, por añadidura, de capitales depositados en las cajas del Banco Tellson.

—No ha existido, ni existirá más que un hombre digno de la señorita—dijo la señorita Pross.—Ese hombre fué mi hermano Salomón... si no hubiera tenido un pequeño desliz en la vida.

Una observación: las investigaciones practicadas por Lorry acerca de la historia personal de la señorita Pross, habían dado por resultado la averiguación y comprobación del hecho de que su hermano Salomón fué un miserable desalmado que la robó cuanto poseía, so pretexto de especular y comerciar, dejándola luego abandonada en su miseria, sin pizca de remordimiento. La buena opinión que de su hermano tenía la señorita Pross, no obstante su pequeño desliz, era para el señor Lorry motivo de admiración profunda y contribuía a acrecentar en grado superlativo el respeto que a aquella profesaba.

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