LIBRO SEGUNDO EL HILO DE ORO (continued 3)
Gregorio Lafuerza translation
El tono de protección con que hablaba Stryver acentuaba la impertinencia de sus palabras y las hacía doblemente ofensivas.
—No te ofenda que ahora te recomiende que estudies la cuestión de frente y sin prevenciones estúpidas tal como la he estudiado yo, aunque nuestra condición respectiva difiere mucho. Cásate. Busca a quien cuide de tu persona. No importa que la compañía de las mujeres no sea de tu gusto; no importa que carezcas de inteligencia, de tacto para tratarlas. Busca una mujer respetable que tenga algunos bienes, y cásate con ella cuanto antes, única manera de prevenirte con tiempo contra las calamidades e incertidumbres de la vida. He terminado. Piensa en ello, Sydney.
—Lo pensaré—contestó Sydney Carton.
XII. EL CABALLERO DELICADO
Una vez resuelto el señor Stryver a labrar la felicidad de la señorita Manette, nada más natural que hacerla saber cuanto antes la dicha que en su magnanimidad la había deparado. Después de debatir mentalmente y con el detenimiento debido un punto tan importante, llegó a la conclusión de que debía dar desde luego, antes de salir de vacaciones, los pasos preliminares, dejando para más tarde el señalamiento del día de la boda, que podría celebrarse una o dos semanas antes de la sanmiguelada, o bien durante las breves vacaciones de las Pascuas de Nochebuena.
Que tenía ganado de antemano el pleito era tan evidente, que hubiera sido necio dudarlo. Tratábase de un pleito claro, sin punto débil, de uno de esos pleitos en los que basta formular la demanda para obtener sentencia favorable. Hasta podría dispensarse de la molestia de razonar su petición. ¿Para qué? El jurado fallaría en su favor sin deliberar siquiera: de ello estaba más que persuadido el famoso abogado.
En consecuencia, Stryver inauguró sus vacaciones proponiendo a la señorita Manette llevarla a los jardines de Vauxhall. Declinada la oferta, invitóla a Ranelagh; y como, con mucha sorpresa suya, tampoco fuera aceptada esta invitación, resolvió declarar las nobles aspiraciones de su alma en la misma casita de Soho.
Una mañana, Stryver salió del Tribunal del Temple y enderezó sus pasos hacia el plácido retiro en que vivía el doctor Manette. Como quiera que el Banco Tellson le tomaba al paso, sabedor de la amistad íntima que mediaba entre el señor Lorry y los Manette, ocurriósele entrar en el Banco y revelar a aquél la radiante estrella que derramaba vivos resplandores en el horizonte de Soho. Abrió, pues, la puerta, que rechinó ásperamente al girar sobre sus gastados goznes, descendió los dos escalones, y no tardó en presentarse en el despacho en que Lorry, inclinado sobre sus libros, escribía interminables columnas de números, perfectamente alineados.
—¡Hola, señor Lorry!—exclamó Stryver al entrar.—¿Cómo está usted? Supongo que tan bien como siempre.
—¡Hola, señor Stryver!—respondió Lorry, estrechando la mano que el abogado le tendía.—Muy bien, gracias; ¿y usted? ¿Desea algo de mí, señor Stryver?
—No... muchas gracias. Me trae el deseo de hacerle una visita particular, señor Lorry; el deseo de decirle cuatro palabras a solas.
—¡Oh, las que usted quiera!—contestó Lorry, cerrando el libro y preparándose a oir.
—Voy...—comenzó diciendo el abogado, apoyando sus codos sobre la mesa y con tono confidencial,—voy a hacer una proposición matrimonial a su querida y agradable amiguita Lucía Manette, señor Lorry.
—¡Demonio!—exclamó Lorry, rascándose la barba y mirando perplejo al abogado.
—¿Demonio?—repitió Stryver vivamente.—¿Eso es lo que a usted se le ocurre decirme? ¿Qué significa su exclamación, señor Lorry?
—Es una exclamación... amistosa... personal... puramente apreciativa, que puede significar todo lo que usted desee que signifique. La verdad, señor Stryver... me parece... encuentro...
—¡Basta!—respondió el abogado, descargando un manotazo sobre la mesa.—¡Si entiendo lo que me dice, señor Lorry, que me cuelguen!
Lorry ajustó a su cabeza su peluquín, y quedó mirando a su interlocutor mordiendo las barbas de su pluma.
—¿Es que me considera usted no elegible?—preguntó Stryver, mirando con fijeza a su interlocutor.
—¡Muy al contrario, señor Stryver! Sí... es usted elegible.
—¿No soy buen partido?
—Buen partido; sí... ¿por qué no?
—¿No progreso? ¿No medro?
—Sí, señor... ¿quién lo duda?
—Entonces, ¿qué demonios quiere decir su actitud?
—Pues... yo... Dígame: ¿adónde iba usted ahora?
—De frente al asunto—contestó Stryver, dando un puñetazo sobre la mesa.
—Si yo me encontrara en su lugar, lo dejaría para mejor ocasión.
—¿Por qué?—tronó el abogado.—Voy a estrechar a usted hasta el último límite. Como hombre de negocios que es usted, está en la obligación de hablar con motivo justificado. Vengan los motivos: ¿por qué no iría usted?
—Porque se trata de un asunto que no abordaría yo nunca sin contar con esperanzas fundadas de conseguir la realización de mi deseo.
—¡Ira de Dios!—gritó Stryver.—¡Es una razón que tumba de espaldas!
Lorry no contestó.
—He aquí a un hombre de negocios, un hombre de años, un hombre de experiencia... en un Banco, quien después de admitir la existencia de las tres razones principales, cada una de las cuales basta por sí sola para asegurar el éxito, se descuelga diciendo que no existe razón alguna. ¡Si eso no es el más desatinado de los desatinos, venga Dios y lo vea!
—Cuando me referí al éxito, pensaba en la señorita Manette, y al hablar de causas y razones en que fundar las esperanzas de ver realizado el deseo, me refería a causas que lo fueran en realidad para la señorita Manette. Sí... mi buen amigo... la señorita, porque la señorita es el juez único e inapelable.
—Entonces, lo que usted quiere decirme, señor Lorry, es que la señorita, en opinión de usted, es una tonta melindrosa.
—Me interpreta usted de una manera lastimosa, señor Stryver—replicó Lorry, rojo de cólera.—Lo que he querido decir, y lo que digo, es que no toleraré que lengua alguna pronuncie una palabra irrespetuosa acerca de la señorita Manette, y que si supiera de algún hombre... que quiero creer que no existe, de algún hombre de gusto tan grosero y temperamento tan arrebatado, que osara hablar con poco respeto de la señorita Manette, la consideración de encontrarnos en el Banco Tellson no sería bastante para que yo dejara impune su grosería.
La necesidad de contener dentro del pecho la cólera que pugnaba por hacer explosión había puesto a Stryver en estado de ánimo peligroso; en cuanto a Lorry, no obstante tener acostumbrada su sangre a no alterarse por nada ni por nadie, se hallaba en situación de ánimo tan peligrosa como la del abogado.
—Ya sabe usted lo que quería decirle, caballero—repuso Lorry.—Mucho le agradeceré que no lo olvide.
Siguió un rato de silencio, durante el cual Stryver chupaba el extremo de un cuadradillo de hierro que había tomado de la mesa. Al fin rompió el silencio, verdaderamente penoso, diciendo:
—Tan nuevo es lo que usted me dice, señor Lorry, tan inconcebible, que no acierto a comprenderlo bien, pese a la claridad de sus palabras. ¿Me aconseja de veras que no me presente en Soho, y ofrezca mi mano... la mano del famoso abogado Stryver, a la hija del doctor Manette?
—¿Me pide usted franqueza, señor Stryver?
—Sí.
—Perfectamente. Ha repetido usted palabra por palabra y letra por letra lo que yo debo contestar. No se presente usted en Soho, ni ofrezca su mano... la mano del brillante abogado Stryver, a la hija del doctor Manette.
—Y yo contesto que eso... ¡ja, ja, ja, ja! da ciento y raya a todos los desatinos pasados, presentes y futuros.
—Pongamos los puntos sobre las íes—añadió Lorry;—como hombre de negocios, nada puedo decir sobre el asunto que debatimos, porque como hombre de negocios, nada sé: pero como amigo antiguo de la casa, como hombre que ha mecido a la señorita Manette en sus brazos, que es el amigo de confianza de la señorita Manette y de su padre, como hombre que quiere a los dos con cariño entrañable, puedo hablar, y como tal he hablado. Ahora bien: ¿cree usted que puedo estar equivocado?
—¡Ni por pienso! El sentido común es planta rara que crece en pocas partes. Jamás he tenido esperanzas de encontrarla fuera de mí mismo. Suponía yo que acaso existiera donde, por lo visto, según usted, sólo encuentra terreno abonado la insensatez. Me llevo un desencanto, lo confieso, pues esperaba otra cosa; pero creo que tiene usted razón.
—¡Ni he hablado de terrenos abonados o por abonar para que en ellos crezca la insensatez, ni toleraré... dentro o fuera del Banco Tellson, que nacido alguno ofenda a personas cuyo nombre sólo puede pronunciar de rodillas!—gritó Lorry, enfureciéndose de nuevo.
—No se moleste usted: le ruego perdone frases dichas sin ánimo de molestar a nadie.
—Perdonado, y gracias. Lo que quise decir fué lo siguiente: sería doloroso para usted sufrir un desengaño, sería doloroso para el doctor Manette verse en la precisión de ser explícito con usted, y sería muy doloroso para la señorita Lucía encontrarse en la dura necesidad de hablar a usted con franqueza. Sabe usted que me cabe el honor y la dicha de ser buen amigo de la familia. Pues bien: si usted quiere que, sin ostentar representación alguna suya, sin mezclar a usted en nada ni para nada, haga observaciones nuevas que confirmen o modifiquen las impresiones que hoy tengo, a ello me ofrezco desde luego. Si el resultado de mis nuevas observaciones no le satisficiese, dueño será usted de comprobar personalmente su fundamento; en caso contrario, habremos conseguido al menos evitar escenas y situaciones desagradables. ¿Qué le parece mi plan?
—¿Cuánto tiempo tardaría usted en contestarme?
—¡Oh! ¡Es cuestión de pocas horas! Esta tarde puedo ir a Soho, y desde allí llegarme en derechura a su casa.
—Siendo así, me parece bien. Espero a usted esta noche... ¡Buenos días!
Salió el señor Stryver del edificio del Banco llevando en su pecho una tempestad de ira. Sobrábale penetración para comprender que el banquero no hubiera exteriorizado con la claridad que lo hizo sus opiniones sobre el particular de no haber contado en su apoyo un fundamento tan sólido, que equivalía a una certeza moral. Lejos estaba de pensar, cuando entró en el Banco, que le esperase una píldora tan amarga; pero no tuvo más remedio que tragársela.
—Te has puesto en situación poco airosa, Stryver—se decía a sí mismo;—has hecho el ridículo... ¡Aquí de tu talento forense para salir bien del paso!
Claramente se veía que la píldora se le había atragantado y que el eminente abogado buscaba la forma de escupirla.
—¡Ah, mi querida señorita!—murmuró al cabo de pocos momentos.—¡No seré yo quien cargue con el ridículo!... ¡Vas a tener el placer de quedarte con el fruto de la familia de las cucurbitáceas que me reservas!
En efecto: aquella noche, cuando Lorry se presentó en la casa del abogado, encontró a éste entre rimeros de papeles y pilas de libros colocados de propósito sobre su mesa de trabajo, absorto en su labor y ajeno por completo al asunto tratado aquella mañana. Hasta pareció sorprendido al ver a Lorry.
—He estado en Soho—dijo el emisario, al cabo de más de media hora de tiempo, empleada en vanas tentativas para abordar la cuestión.
—¿En Soho?—repitió con indiferencia glacial Stryver.—¡Ah... ya! ¡Qué cabeza la mía! ¿Creerá usted que no me acordaba de semejante cosa?
—Ya no me cabe la menor duda de que el consejo que a usted di fué acertadísimo. Mis impresiones se han confirmado plenamente.
—Crea usted que lo lamento muy de veras por usted—contestó Stryver con calma perfecta,—y no menos de veras por el pobre padre. Es un incidente que la familia recordará siempre con dolor, y que... Pero no hablemos de ello.
—Confieso que no comprendo.
—Lo creo; pero no importa... no importa.
—Al contrario—replicó Lorry,—importa, y desearía que se explicase.
—Repito que no importa. Creí ver sentido común y ambición laudable donde no existe lo uno ni lo otro. Me engañé, quedo curado de mi error, y asunto concluído. Por fortuna, mi error es de los que no acarrean perjuicios a quien fué de él víctima. Son muchas las damiselas que han cometido locuras semejantes, de las cuales han venido a arrepentirse cuando no era ya tiempo, cuando se han visto sumidas en la ruina y en la miseria... ¡Pobrecillas!... ¡No las culpo! ¡A fe que son dignas de compasión! ¡Es tan irreflexiva la juventud!... Visto lo ocurrido desde un punto de vista puro de todo egoísmo, lo siento, porque para ella hubiera sido un buen negocio, y si lo estudio a través del prisma de mi egoísmo, no puedo menos de celebrar un fracaso que me evita hacer un negocio desastroso. Comprenderá usted, sin que yo se lo diga, que yo, lejos de salir ganando, perdía, y no poco. Por supuesto, hasta ahora ningún daño me ha hecho. No he ofrecido mi mano a esa señorita, y aquí para nosotros, hablando con franqueza, nunca pensé en hacer semejante ofrecimiento. Siga mi consejo, señor Lorry: no intente usted nunca luchar contra las frivolidades y locuras de esas cabecitas casquivanas si no quiere cosechar desencantos a granel... ¡No... hágame el favor! Dejemos esta conversación. Repito que lamento lo ocurrido por los demás pero que me alegro por lo que a mí toca. Nunca agradeceré a usted bastante el consejo que me dió. Conoce usted a esa señorita mucho mejor que yo... Tenía usted razón... Se me ocurrió cometer un desatino aunque seguramente no habría llegado a cometerlo.
Fué tal el desconcierto, la estupefacción de Lorry, que no se le ocurrió otra cosa que mirar con expresión estúpida a su interlocutor, cuya cara reflejaba generosidad, nobleza y buenos deseos.
—¡Créame usted, mi querido amigo!—repetía Stryver mientras acompañaba a Lorry hasta la puerta,—siga mi consejo. Muchas gracias... ¡Buenas noches!
Lorry se encontró en la calle antes de darse cuenta de lo que le pasaba. Stryver quedó tendido boca arriba en el sofá mirando al techo.
XIII. EL SUJETO NO DELICADO
Si en alguna ocasión, o en alguna parte, brilló Sydney Carton, a buen seguro que no fué en la morada del señor Manette. La visitó con bastante frecuencia durante un año entero, y siempre estuvo triste, taciturno, caviloso. Y no es que careciera de oratoria, no; sabía hablar perfectamente cuando se lo proponía; pero era tan tupida la nube que le envolvía, que muy contadas veces consiguieron taladrarla los destellos luminosos de su inteligencia.
Que las calles próximas a la casa mencionada, y hasta las piedras insensibles de las aceras, ejercían sobre él misterioso atractivo, no cabía ponerlo en tela de juicio. Más de una noche se le hubiera encontrado rondando cual alma en pena aquellos lugares, sobre todo, cuando el vino no llegaba a infiltrar en su pecho una alegría ficticia y transitoria. Más de una madrugada, los pálidos fulgores de la aurora naciente pusieron de manifiesto, no lejos de la casa del doctor, los contornos de un bulto, que si no era Sydney Carton en persona, ofrecía con el de éste notable analogía. Más de una mañana, los primeros rayos del sol, a la par que hacían resaltar las bellezas arquitectónicas de los campanarios de las iglesias y de los edificios más notables, llevaban el desaliento al pecho del solitario noctámbulo, haciéndole ver que hay cosas que el hombre, con toda su buena voluntad, no puede alcanzar. Desde algún tiempo antes, el lecho desordenado que en el Tribunal del Temple tenía Carton, rara vez merecía el honor de ser usado por su propietario, siendo de notar que, aun cuando por excepción ocurriera esto último, Carton se levantaba al cabo de pocos minutos para continuar sus peregrinaciones.
Un día del mes de agosto, cuando ya el señor Stryver, después de manifestar a su amigo que «reflexiones más detenidas habíanle inducido a renunciar a sus proyectos matrimoniales», había trasladado a Devonshire los tesoros de finura y de delicadeza anejos a su persona, uno de esos días de agosto en que los malos encuentran en el cáliz de las flores ricos manantiales de bondad, de salud los enfermos, y de juventud los viejos y gastados, Carton, esclavo de su costumbre, rondaba como alma en pena las calles. Caminaba irresoluto y sin rumbo fijo; mas de pronto brillaron sus ojos; sus pies se animaron al soplo de la intención que brotó en su cerebro, y fieles y sumisos esclavos de esta última aquéllos, lleváronle en derechura a la puerta del doctor Manette.
Lucía, a la que encontró sola y entregada a sus labores, recibióle con alguna turbación, y hasta es más que probable que de poder hacer su gusto se hubiera negado a recibirle, pues siempre la inspiró cierta sensación de recelo la manera de ser de Carton. Sin embargo, al cruzarse entre los dos las primeras frases, algo notó en la expresión del rostro de su visitante que la tranquilizó, primero, y luego excitó en su pecho la compasión.
—¿Se siente usted malo, señor Carton?—preguntó.
—No me encuentro bien, es cierto: pero la vida que llevo, señorita Manette, no es el medio más indicado para gozar de salud. ¡Qué podemos esperar los libertinos!
—¿Y no es lástima?... Le ruego que me perdone; pero ya que sin darme cuenta, salió de mis labios el principio de la pregunta, la terminaré, bien que haciendo constar que nada más lejos de mi ánimo que el propósito de ofenderle. ¿No es lástima que no procure usted vivir vida más ordenada?
—¡Es algo más que lástima! ¡Dios sabe muy bien que es una vergüenza!
—Entonces, ¿por qué no se corrige?
Lucía, que al formular la pregunta miró de frente a su interlocutor, vió, con sorpresa mezclada de pena, que los ojos de Carton estaban arrasados en lágrimas. Lágrimas destilaba también su voz cuando contestó:
—Ya no es tiempo... Nunca seré mejor de lo que hoy soy... antes al contrario... empeoraré... descenderé más y más...
Puesto de codos sobre la mesa, cubrióse los ojos con las manos. La mesa temblaba durante el penoso silencio que siguió.
—Perdóneme, señorita Manette—repuso Carton.—Guardo un secreto que me pesa demasiado y que desearía revelarla: ¿será tan buena que se digne escucharme?
—Si escucharle ha de ser beneficioso para usted, señor Carton, si ha de proporcionarle un contento que por lo visto no tiene ahora, hable usted, que en escucharle tendré yo placer espacial.
—Dios, sin duda, la premiará la compasión con que me trata.
Serenóse algún tanto Carton, separó las manos de sus ojos y repuso, con acento firme:
—No le alarmen mis palabras ni se asuste si le digo que he vivido ya lo que debía vivir, que soy como el que ha muerto muy joven. Nada queda en mí capaz de fructificar... soy estéril para el bien.
—¡No, señor Carton, no! Es usted joven, quedan en su alma sedimentos de bondad. Segura estoy de que, con un poquito de buena voluntad, puede hacerse muy digno de sí mismo...
—Dígame que puedo hacerme digno de su piedad, al menos, señorita, y aunque me consta que se equivoca, aunque leo en el fondo de mi naufragado corazón el engaño en que se halla, no lo olvidaré jamás.
Densa palidez cubrió las mejillas de la niña: sus manos temblaban.
—Si un milagro de Dios, suponiendo que a tanto alcance la omnipotencia divina, hubiera hecho posible que usted, señorita Lucía, correspondiera al amor del hombre que en este instante tiene ante sus ojos, al amor de este ser degradado, perdido, libertino, borracho, de este despojo repugnante de la humanidad... que no otra cosa soy... usted lo sabe muy bien, la felicidad que inundaría mi alma, con ser tan grande, no me impediría ver que la unión de nuestros destinos arrastraría a usted hasta el fondo de mis miserias, la sumiría en los abismos del dolor y del arrepentimiento tardío, la envolvería en olas de deshonra. De ello estoy firmemente convencido; tan convencido como de que su corazón no puede guardar ternuras para mí. ¡No las espero, no las pido! Es más: ¡doy gracias al Cielo que las ha hecho imposibles!
—¿No podría salvar a usted, señor Carton, sin esas ternuras a que se refiere? ¿No podría yo?... ¡Perdón otra vez! ¿No podría yo mostrarle un camino mejor, guiarle por senderos más rectos? ¿Ha de serme imposible pagar de alguna manera la confianza que en mí hace? Porque yo sé que se trata de una confianza—añadió Lucía con modestia, bien que con cierta vacilación,—de una confianza que no depositaría en nadie, y que deposita en mí. ¿No podríamos dar a esa confianza un giro beneficioso para usted, señor Carton?
—No, señorita Lucía—respondió Carton, moviendo con expresión de amarga tristeza la cabeza.—Imposible. Conque me dispense la bondad de escucharme durante algunos momentos más, habrá hecho en mi obsequio cuanto puede hacer. Quiero que sepa usted que ha sido el sueño último de mi alma: quiero que sepa que su imagen y la de su padre, la vista de este hogar, que lo es gracias a usted, han llegado hasta el abismo profundo de mi degradación y agitado allí sombras que yo creía muertas para siempre: quiero que sepa que, desde que conozco a usted, siento el aguijón de remordimientos que yo suponía sin vida ni eficacia, y suenan en mis oídos susurros de voces antiguas que yo creía por siempre enmudecidas. ¡Hasta he llegado a pensar seriamente en empezar, en entablar nuevas luchas, en inaugurar una vida nueva, en correr con arrestos nuevos a la palestra tantos años ha abandonada!... ¡Quimeras... ilusiones, sueños que a nada práctico pueden conducir! ¡Pero quimeras, sueños e ilusiones evocados por usted, inspirados por usted!
—Pero esas ilusiones, esos ensueños, algo habrán dejado en su alma... ¡Oh señor Carton! ¡Busque... medite... pruebe!
—Es inútil: perdería el tiempo, y además no merezco vivir. Y sin embargo, para que se forme usted idea del extremo inconcebible a que llegan las aberraciones humanas, confesaré que he tenido la debilidad, tengo aún la franqueza de desear que usted conozca la rapidez prodigiosa con que me ha transformado a mí, montón de cenizas extinguidas y heladas, en fuego vivo... bien que en fuego en todo semejante a mi naturaleza corrompida, en fuego que nada anima, que nada ilumina, que para nada sirve, en fuego que se pierde.
—Puesto que he tenido la desgracia de hacerle más desventurado de lo que era antes de conocerme...
—No diga usted eso, señorita Lucía; que si de redención fuera yo capaz, usted me habría redimido; si mis desventuras pudieran tener término, usted se lo habría puesto. No es usted, no ha podido ser usted causa de que mi desgracia sea mayor.
—Quise decir que, si el estado actual de su alma se debe a influencias mías, ¿no habría medio de encauzar esas influencias en forma que le resultaran beneficiosas? ¿Ningún bien puedo hacerle?
—El mayor, el único que yo podía apetecer, me lo ha proporcionado ya. Me permite usted que durante el resto de mi desordenada vida conserve el recuerdo de que fué usted la última persona a quien abrí mi corazón, y la creencia de que en éste queda algo que ha merecido la piedad compasiva de usted, y con ello me hace el mayor bien que pude soñar.
—Con toda mi alma desearía convencerle, señor Carton, de que, con un poquito de esfuerzo, y otro poquito de buena voluntad, conseguiría usted mejores cosas.
—La engaña su excelente corazón, señorita Lucía. Créame usted: me he puesto a prueba, y el resultado ha sido deplorable: soy incapaz de redención. Sé que estoy apenando a usted, y voy a terminar. He depositado en un corazón puro e inocente el secreto más dulce de mi vida. Cuando el recuerdo de este día brote en mi memoria, ¿me será permitido abrigar la consoladora creencia de que ese corazón lo ha recogido y lo conserva, resuelto a no confiarlo a ningún otro?
—Si esa creencia es para usted un consuelo, abríguela usted.
—¿Me promete usted no revelarlo a nadie, ni aun a la persona que más querida le sea hoy, o pueda serlo en lo futuro?
—Señor Carton—respondió Lucía con agitación,—el secreto no es mío, sino de usted: tenga la seguridad más absoluta de que sabré respetarlo.
—¡Muchas gracias... y que Dios la bendiga!
Tomó Carton la mano que Lucía le tendió, la llevó a sus labios, y comenzó a caminar hacia la puerta.
—Cuente usted, señorita Lucía, con que jamás haré referencia a la conversación que acabamos de sostener. Si cayera muerto en este instante, el secreto no quedaría, por lo que a mí toca, mejor guardado. Un corazón puro, un corazón inocente es el arca santa donde desde hoy quedan guardados mi nombre, mis extravíos, mis miserias, mi confesión postrera... ¡Ah! ¡A la hora de mi muerte, será para mí un consuelo inefable abrazarme a este pensamiento, que ha de ser mi compañero sagrado durante el resto de mi vida!
Lágrimas abundantes corrían por las mejillas de Lucía Manette.
—No llore usted, señorita Lucía, que no merezco que nadie, y menos un ángel como usted, vierta lágrimas por mí. Dentro de una o dos horas, amistades viles y hábitos viciosos, que desprecio, pero a los cuales sucumbo, harán de mí un objeto menos digno de esas lágrimas que el último despojo humano que arrastra sus miserias por las calles. Quiero, sin embargo, hacer constar que, si exteriormente seguiré siendo lo que hasta el presente he sido, para usted, mi interior será lo que ahora es. Mi penúltima súplica tiene por objetivo rogar a usted que me crea.
—Le creo, señor Carton, le creo.
—Voy a dirigirle mi ruego último y seguidamente la libraré de la presencia de un visitante en cuya alma degradada no puede encontrar la suya de ángel una sola cuerda armónica, y de quien está usted separada por un abismo sin fondo y sin bordes. Sé que decirlo es inútil; pero brota de mi alma y me es imposible callarlo. Por usted, y por cualquier persona que usted quiera, lo haré todo. Sacrificar una existencia perdida, no es mérito alguno, lo sé; pero si la Providencia me deparara ocasión de sacrificarla, por usted y por las personas que le fueran queridas la sacrificaría con gusto. Procure retener en su memoria lo que estoy diciendo. Vendrá día, y no tardará, en que contraiga usted nuevos lazos, lazos nuevos que la ligarán muy estrechamente al hombre que tenga la dicha de merecerla, lazos los más tiernos, los más dulces, los más hermosos que pueden alegrar la humana existencia. ¡Oh, señorita Lucía! ¡En medio de la felicidad que la espera, cuando al rostro feliz de su padre se una al de otro hombre que se mira en sus ojos, acuérdese alguna vez de que en el mundo vive un ser dispuesto a dar en todo momento su vida a trueque de conservar la del mortal que usted ame! El último favor que la pido, es que no olvide mi ofrecimiento... ¡Adiós... adiós!... ¡Que Dios la bendiga!
XIV. EL HONRADO MENESTRAL
Muchos y muy variados objetos desfilaban ante los ojos de Jeremías Lapa, durante las horas que diariamente se pasaba sentado en su rústico banco en la calle Fleet, acompañado de su poco agraciado retoño. Quien se pasara las horas más animadas del día en la calle Fleet, sentado sobre un banco o sobre una silla, sobre una piedra o sobre el duro suelo, necesariamente había de salir de la jornada aturdido y sordo, por efecto de las dos procesiones inmensas, interminables que, no obstante seguir rumbos opuestos, una de Oriente a Poniente, otra de Poniente a Oriente, caminaban fatalmente hacia el mismo final, hacia el mundo que jamás visitan los rayos rojos y púrpura del sol.
El buen Lapa, mascando la obligada paja, contemplaba el curso de los dos gigantescos arroyos, semejante a aquel gentil rústico que permaneció varios siglos contemplando el curso de un río, sin más diferencia entre uno y otro que la de temer el segundo que el río se secase, y abrigar Jeremías la seguridad de que el curso de aquellos no se interrumpiría jamás. Verdad es que esa seguridad era para Lapa manantial de risueñas esperanzas, toda vez que gran parte de sus rentas las ganaba sirviendo de piloto a las mujeres que deseaban hacer la travesía de la calle. Aunque por regla general, las señoras que recurrían a sus servicios habían entrado de lleno en el declinar de la vida, y por otra parte, las relaciones entabladas durante la breve travesía eran forzosamente de poca duración, tanta impresión ejercía en el fogoso Jeremías el bello sexo, que nunca prestó un servicio de esa clase sin expresar deseos vehementes de que le fuera concedido el honor de beber a la salud de la acompañada.
Hubo tiempos en que los poetas se sentaban sobre un banco en los sitios más públicos para pensar, y meditar, y reflexionar a la vista de los hombres. Jeremías Lapa se sentaba también en un banco y en sitio público; pero como no era poeta, pensaba, reflexionaba y meditaba lo menos posible, y en cambio miraba mucho.
Atravesaba uno de esos momentos angustiosos en que el tránsito por la calle era escaso, y más escasas las mujeres que deseaban cruzarla, uno de esos momentos en que sus negocios presentaban cariz tan desconsolador, que nuestro héroe llegó a recelar que su mujer estuviera arrodillada y rezando en cualquier rincón, cuando llamó su atención un torrente humano de caudal inusitado, que descendía arrollador por la calle Fleet, siguiendo el curso mismo del sol, es decir, hacia Oeste. Examinado el torrente, vió Lapa que se trataba de un entierro que sin duda no sería de gusto del pueblo, toda vez que éste ofrecía objeciones a su paso.
—Es un entierro, hijo—dijo Jeremías a su retoño.
—¡Viva... padre!—gritó el hijo de Lapa, dando cuatro zapatetas en el aire.
El caballerito puso en su grito de alegría una significación misteriosa que desagradó hasta tal extremo al padre, que acechó, y aprovechó muy pronto la oportunidad, para agarrar a su retoño por una oreja.
—¿Qué es eso?—gritó Jeremías padre.—¿Qué significa ese viva? ¿Ese es el respeto que a tu padre tienes? ¡Este muchacho es un pillete, un descastado, tan descastado como sus vivas! ¡Que no vuelva a oirte, si no quieres sentirme! ¿Entiendes?
—¿Hacía daño a nadie?—exclamó el muchacho en son de protesta y frotándose la oreja.
—¡Lo que no hacías era bien!—replicó Lapa.—Súbete sobre este banco y mira a las turbas.
Obedeció el hijo. Venían las muchedumbres gritando desaforadamente y saltando en derredor de un carro de muertos sucio y viejo, seguido de un coche fúnebre tan sucio, tan viejo y tan deslustrado como el carra, ocupado por una sola representante del duelo, que ostentaba las galas fúnebres que a la dignidad de su posición consideraba indispensables. No parecía, empero, que su posición fuera muy de apetecer, pues las turbas saltaban en torno del coche gritando hasta ensordecerle haciendo visajes y contorsiones, mofándose de su respetable persona, y lanzando apóstrofes poco gratos al oído.
Siempre fueron los entierros motivo de excitación especial para Jeremías Lapa; no es, pues, de admirar que en la ocasión presente, tratándose de un entierro que traía tan ruidoso acompañamiento, le sacase de sus casillas hasta el punto de preguntar al primer individuo con quien topó:
—¿Qué pasa, hermano? ¿Qué es eso?
—No lo sé—contestó el interrogado sin detenerse. ¡Espías!... ¡Espías!
—¿Quién es el muerto?—preguntó a otro.
—No lo sé—respondió también éste, colocando las manos delante de la boca a guisa de bocina, y gritando con furia redoblada:—¡Espías! ¡Espías!
Tropezó al fin Lapa con una persona mejor informada del caso, gracias a la cual pudo averiguar que se trataba del entierro de un individuo llamado Rogerio Cly.
—¿Era espía?—preguntó Lapa.
—Espía del Old Bailey—contestó el informador.—¡Espía... sí... espía del Old Bailey!
—¡Demonio!—exclamó Lapa, recordando la vista a que había asistido en otro tiempo.—Le conozco. ¿Está muerto?
—¡Muerto como mi abuela! ¡Y aun debía estarlo más!... ¡Fuera!... ¡Espía!... ¡Que lo echen aquí!
Una idea tan luminosa había de ser forzosamente aceptada por aquellas turbas, y así fué, en efecto. Todos se apoderaron con ardorosa ansiedad del grito, y lo repitieron una y mil veces, a la par que se acercaban tanto al coche y al carro fúnebres, que los obligaron a detenerse. En un abrir y cerrar de ojos se apoderaron del representante del duelo; pero éste, que nada tenía de torpe, tan admirablemente supo aprovechar el tiempo, que en otro abrir y cerrar de ojos dió esquinazo a las turbas tomando a la carrera una callejuela lateral, no sin dejar en manos de aquellas su capa, su sombrero, la gasa que le cubría hasta las rodillas, el pañuelo blanco de rigor, y otras lágrimas simbólicas.
El pueblo se entretuvo en rasgar y esparcir a los cuatro vientos los objetos y prendas indicadas demostrando loca alegría, mientras los comerciantes cerraban a toda prisa las puertas de sus establecimientos, pues la turba, en aquellos tiempos felices, eran monstruo altamente peligroso, capaz de devorarlo todo una vez abría las fauces. Habían abierto ya las puertas del carro fúnebre pasa sacar el ataúd, cuando otro genio propuso escoltarla hasta su destino entre el regocijo general. La proposición, como todas las que son eminentemente prácticas, mereció ser aprobada por aclamación, e inmediatamente asaltaron el coche ocho individuos mientras otros seis se encaramaban sobre la cubierta del carro fúnebre. Uno de los primeros voluntarios fué Jeremías Lapa, quien, en su modestia, escondió su persona y su cabeza en un rincón del coche.
Protestaron los empleados de la funeraria contra aquella alteración del ceremonial; pero la distancia hasta el río era alarmantemente corta, y varias voces habían preconizado ya la eficacia de una inmersión fría para hacer entrar en razón a los empleados recalcitrantes de pompas fúnebres, y como consecuencia, las protestas fueron débiles y breves. Prosiguió su curso la procesión una vez reformada. Un deshollinador de chimeneas guiaba el carro fúnebre, asesorado por un cochero profesional, sentado a su lado, y de la conducción del coche se encargó un pastelero, servido a su vez por un ministro responsable. Agregóse a la comitiva un húngaro con su oso, tipo callejero muy popular en aquella época, el cual oso, por ser negro, y estar muy flaco, se armonizaba perfectamente con el carácter fúnebre de la procesión de que formaba parte.
De esta suerte continuó aquella procesión desordenada, engrosando a cada paso y obligando a cerrar todas las tiendas de las calles que recorría. El término de la carrera era la antigua iglesia de San Pancracio, situada fuera de la ciudad, donde llegó a su debido tiempo. El enterramiento del cadáver de Rogerio Cly hízose con arreglo a un ceremonial extravagante, con gran satisfacción del nutrido acompañamiento.
Enterrado el difunto, el autor de la humorística proposición anterior, o bien otro genio, que nunca faltan en las muchedumbres, concibió y propuso la diabólica idea, aprobada por unanimidad, de acusar de espías de la Old Bailey y de clamar venganza contra todos los transeuntes a quienes la casualidad llevase por aquellos parajes. Docenas de infelices inocentes que en su vida habían pasado a mil varas del aborrecido tribunal fueron perseguidas como fieras y acosadas y golpeadas sin piedad. La transición desde este juego al de romper cristales, echar abajo puertas y ventanas y entrar a saco en ventorros y tabernas, no podía ser ni más sencilla, ni más natural, ni más lógica. Al cabo de varias horas de saqueos, cuando habían sido tomadas por asalto varias casas de campo y taladas no pocas tiendas, y destrozadas muchas verjas de hierro que proporcionaron armas a los caracteres más beligerantes, corrió la voz de que venían los guardias. Bastó la noticia para que se dispersaran las turbas antes de la llegada de los guardias, quienes quizá ni pensaron siquiera en aproximarse al teatro de los sucesos.
No tomó parte en los desórdenes últimos Jeremías Lapa, quien prefirió permanecer en el cementerio, conferenciado con los empleados de la funeraria y haciendo tristes meditaciones. El campo de la muerte siempre ejerció sobre él una influencia sedante. Sentado sobre una sepultura, fumando con calma filosófica una pipa que se había procurado en la taberna vecina, meditaba, puestos los ojos en la verja.
¡Ya ves, Jeremías, lo que es el mundo!—se decía Lapa.—No ha mucho tiempo viste con tus propios ojos a ese Cly, joven, robusto, derrochando vida, y ahora...
Después de fumada su pipa, y al cabo de no poco rato de meditaciones profundas y de tristes reflexiones, levantóse y emprendió la vuelta a la ciudad, con objeto de encontrarse en su puesto antes de la hora de cerrar el Banco. No ha sido posible aclarar del todo si sus meditaciones ejercieron sobre su hígado influencia perniciosa, o si su salud venía quebrantada ya de antes, o bien si su visita no tuvo otro objeto que dispensar un honor a la persona a quien visitó: fuera uno u otra la causa, el hecho fué que, en el camino, se detuvo algunos minutos en la casa de su médico... albeitar eminente de la ciudad.
El hijo manifestó con muestras de gran interés al padre que nada había ocurrido durante su ausencia. Cerró el Banco las operaciones del día, salieron los empleados, y Lapa, acompañado por su hijo, se encaminó a su casa.
—Hoy vas a saber quién soy yo—dijo a su mujer no bien traspasó el umbral de la casa.—Si esta noche estoy de malas como honrado menestral, será prueba de que te has pasado el día rezando en mi contra y sabrás cuántas son cinco, lo mismo que si yo, con estos ojos, te hubiera visto arrastrada por los suelos.
Su costilla movió la cabeza.
—¡Cómo! ¿Te atreves a hacerlo en mis barbas?—repuso con entonación colérica.
—¡Si no digo nada!
—¡Ya lo sé; pero piensas! ¡Tanto monta pensar como hablar! ¡Lo mismo puedes arruinarme rezando como meditando! ¡No quiero que hagas ni lo uno ni lo otro!
—Está bien, Jeremías.
—¡Sí!... Está bien, Jeremías... Perfectamente, Jeremías... Conforme, Jeremías... Lo que tú digas, Jeremías... Crees que me engañas con esas palabras de conformidad, ¿no es cierto? ¡Pues te equivocas de medio a medio!
—¿Piensas salir esta noche?—preguntó la mujer.
—Sí; pienso salir.
—¿Podré acompañarle, padre?—preguntó su retoño.
—No podrás acompañarme. Esta noche voy... ya lo sabe tu madre... voy a pescar; a pescar; eso es.
—Cada día son más listos los peces, ¿verdad, padre?
—Es lo que no te importa.
—¿Traerá pescado?
—Si no lo traigo, mañana habrá solfeo general en casa—replicó Lapa moviendo la cabeza.—Y basta de preguntas, muñeco. No saldré hasta que tú te hayas acostado.
El resto de la velada lo consagró a acechar a su mujer y a obligarla a hablar constantemente a fin de impedir que rezara o meditara en contra suya. Con el mismo objeto a la vista, obligó también a su hijo a que charlara sin tasa con su madre, con no poco disgusto de ésta, que no dispuso de un segundo de tiempo para consagrarlo a sus reflexiones. La persona más devota no hubiese podido rendir homenaje más elocuente a la eficacia de una oración honrada. El temor a las plegarias de su mujer era tanto como si una persona que jurase y perjurase que no creía en fantasmas ni aparecidos, se horrorizara al escuchar historias de fantasmas y de aparecidos.
—¡Es cosa grande que tus rezos sean amenaza constante a nuestros estómagos!—dijo Lapa.—Tu conducta desnaturalizada mataría de hambre a tu marido y a tu hijo, si yo no vigilara a todas horas. ¡Mira a tu hijo...! Porque creo que es tu hijo, ¿eh? Está más delgado que un estoque... Tú, que tienes el atrevimiento de llamarte su madre, ¿no sabes que el primero, el más sagrado de los deberes de una madre es hacer que su hijo engorde?
Estas palabras conmovieron tan profundamente al hijo, que conjuró a su madre a que cumpliera ante todo y sobre todo la función maternal con delicadeza tanta indicada por su padre.
Así fué deslizándose la velada en el tranquilo hogar de los Lapas, hasta que madre e hijo recibieron orden de meterse en la cama. El jefe de la familia distrajo las horas de la noche fumando pipas solitarias hasta poco más de la media noche, que se levantó para salir. Antes, sin embargo, sacó de un armario, cuya llave guardaba en el bolsillo, un saco, una barra de hierro bastante gruesa, algunas cuerdas, una cadena, y otros útiles de pesca parecidos, los que, colocados y acondicionados convenientemente, apagó la luz y se fué.
Minutos después salía tras el padre su curioso retoño, quien había tenido la precaución de acostarse vestido sobre la cama cuando recibió la orden de recogerse. Al amparo del manto de la noche salió de su habitación, descendió sigiloso la escalera y se aventuró por las solitarias calles. En cuanto a la vuelta a la casa paterna, no le inspiraba ningún recelo, pues sabía muy bien que la puerta quedaba abierta toda la noche.
Impulsado por el deseo muy laudable de aprender las artes y misterios de las ocupaciones nocturnas de su honrado padre, el muchacho, pegado a las paredes de las casas, embebiéndose en los huecos de las puertas, procuraba no perder un instante de vista al laborioso autor de sus días. Tomó éste dirección norte, y no se había alejado gran cosa, cuando topó con un nuevo discípulo de Isaac Walton, en cuya compañía prosiguió la marcha.
Media hora después caminaban ambos sin hablar palabra por un camino solitario, al que no llegaban las miradas de los faroles ni menos las de los vigilantes nocturnos. En el camino se les incorporó otro pescador, pero con tanto recato y silencio, que si el muchacho hubiera sido supersticioso, seguramente habría creído que el hombre que primero se reuniera a su padre se había partido súbita y milagrosamente en dos.
Los tres prosiguieron la marcha seguidos por el hijo de Lapa, hasta que hicieron alto al pie de un desmonte cuyo talud se alzaba sobre el camino. Sobre el talud, corría un muro de ladrillo de escasa elevación, coronado por una verja de hierro. Los hombres se deslizaron como fantasmas a lo largo del talud, procurando ampararse de su sombra, hasta llegar a un entrante que daba acceso a una especie de callejón, uno de cuyos lados, formado por el muro de ladrillo, tendría sobre diez pies de altura. A la luz blanquecina de la luna pudo ver el muchacho que el honrado menestral a quien debía la existencia escalaba con ligereza sin igual la verja de hierro. Inmediatamente le siguió el segundo pescador, y a éste el tercero. Los tres ganaron el terreno comprendido en el interior de la verja, donde permanecieron algunos minutos, tendidos en tierra... probablemente escuchando. Luego avanzaron, arrastrándose sobre las manos y las rodillas.
El muchacho se acercó a la verja, conteniendo la respiración. Desde un rincón donde se agazapó vió que los tres pescadores se arrastraban como serpientes por entre la crecida hierba que cubría el terreno... y por entre muchas cruces y lápidas sepulcrales. Estaban en un cementerio, y parecían fantasmas espantables acechados por otro fantasma más espantable, más monstruoso aún: por la torre de la iglesia vecina, gigante terrorífico encargado de velar por la tranquilidad de los muertos. No avanzaron mucho trecho. El muchacho no tardó en observar que se enderezaban y daban comienzo a la pesca.
Pescaron primero con azada. Poco después, el honrado Lapa preparó un instrumento semejante a descomunal sacacorchos. Cualesquiera que fueran los útiles de pesca que utilizaran, manejábanlos con inusitado ardor. Las púas que coronaban la cabeza del muchacho adquirieron la dureza acerada de las de su padre cuando el gigante guardián de la ciudad de los muertos dejó oir lentas, sonoras, graves, terroríficas, las dos de la madrugada.
El muchacho emprendió desatinada fuga; mas el deseo de saber era tan grande, que no sólo se contuvo al cabo de breve trecho de recorrido, sino que le incitó a volver a la verja. Vió que los tres hombres continuaban pescando, y supuso que habían pescado algo al observar que los pescadores parecían inclinados y como doblegados, haciendo esfuerzos encaminados a sacar algún pez de mucho peso. Así era en efecto: poco a poco fueron izando el pescado, hasta que éste salió a la superficie. La forma del pescado era de las que no dejan lugar a duda; pero cuando el muchacho vió que su padre se disponía a abrirlo, sintióse acometido de tal pánico, que emprendió una carrera frenética sin detenerse ni moderar la velocidad hasta que dejó atrás más de una milla de terreno.
Ni aun entonces se habría detenido si no le hubiese faltado el aliento, pues no huía ante imágenes engendradas por el miedo, sino ante espectros que le acosaban terribles. El ataúd que había visto le pisaba los talones, saltando sobre las piedras y tierra del camino en posición perpendicular y sobre el extremo más estrecho, empeñado en alcanzarle y en colocarse a su lado... quizá para asirse a su brazo. Aquel diabólico ataúd debía ser prodigio de incongruencia y de ubicuidad, pues tan pronto saltaba entre las negras filas de árboles que bordeaban el camino como volaba sobre las espesas copas, semejante a cometa sin rabo ni alas. Ocultábase también en los huecos de las puertas, contra las cuales frotaba sus horribles costillas, produciendo un ruido semejante a huecas carcajadas. Constantemente ganaba terreno al muchacho en aquella carrera fantástica. Cuando el perseguido llegó a la puerta de su casa, estaba medio muerto de miedo. Ni aun después de refugiarse en ella se vió libre de la encarnizada persecución del ataúd, que subió tras él la escalera saltando sobre sus peldaños, y se acostó en su cama, y se subió sobre su pecho cuando el sueño o el terror rindieron al desventurado curioso.
La presencia de Jeremías Lapa en el estrecho cuarto del muchacho puso fin al agitado sueño de éste antes que los primeros rayos del sol hicieran su aparición sobre la tierra. La fortuna debió serle poco propicia aquella noche; así, al menos, lo infirió su hijo del hecho de que tuviera a su mujer agarrada por las orejas y sacudiéndola sin consideración.
—¡Te lo ofrecí, y lo cumplo!—decía Jeremías.
—¡Por Dios, Jeremías!—exclamaba su mujer con acento de súplica.
—Te empeñas en estropearme los negocios, sin tener en cuenta que me perjudicas a mí y a mis asociados. Tu obligación es obedecer: ¿por qué no lo haces?
—¡Procuro ser mujer honrada!—contestaba la infeliz, derramando lágrimas.
—¿Y crees que la honradez consiste en echar a perder los negocios de tu marido? ¿Crees honrar a tu marido deshonrando sus asuntos?
—¡No deberías dedicarte a negocios tan horribles, Jeremías!
—Debe bastarte el ser la esposa de un honrado menestral y no dar entrada en tu estrecho entendimiento femenino a cálculos o apreciaciones acerca de la naturaleza de los negocios que hace o deja de hacer tu marido. La mujer que es honrada y obediente, no se mete en lo que es incumbencia privativa de su esposo. ¿Y tú te llamas religiosa? ¿Tú te llamas honrada? ¡Si eres religiosa, si eres honrada, dénme mujeres irreligiosas y sin honra!
El altercado, que se sostenía en voz baja, llegó a su término cuando Jeremías, despojándose de las botas cubiertas de barro, se tendió sobre el suelo, boca arriba y puestas las manos debajo de la cabeza a guisa de almohada. El hijo, en su deseo de imitar al padre, volvió a tenderse sobre la cama, no tardando en dormirse.
Después del almuerzo, en cuyo menú no figuró ningún plato de pescado, y puede decirse que de ningún otro manjar, el señor Jeremías, que dicho sea de paso estaba furioso como nunca, bien acepillado y lavado, salió con su hijo a la calle y tomó el camino del Banco Tellson.
El joven vástago del honrado menestral que caminaba al lado de éste por la calle Fleet no era ya el mismo que la noche anterior huía despavorido por caminos solitarios de su terrible perseguidor. Con los resplandores del día recobró su atrevimiento habitual, y sus bascas y escrúpulos terminaron con la noche... en cuyos particulares es más que probable que tuviera muchos compadres en la animada calle Fleet.
—Padre—dijo el muchacho durante el trayecto,—¿qué es un desenterrador?
El buen Lapa no pudo contestar pregunta tan inesperada sin antes quedar como clavado en el sitio.
—¡Yo qué sé!—respondió al fin.
—Yo creí que usted lo sabía todo, padre—repuso el candoroso muchacho.
—¡Hum! ¡Pues... mira!—dijo Jeremías Lapa, después de quitarse el sombrero y de rascarse la frente.—Un desenterrador es un honrado menestral, un comerciante.
—¿En qué ramo comercia?
—Comercia... en géneros científicos de naturaleza especial.
—En cadáveres humanos; ¿verdad, padre?
—Creo que no andas del todo descaminado, hijo.
—¡Oh padre! ¡Yo quisiera ser desenterrador cuando llegue a hombre!
La proposición llenó de noble orgullo al padre. Sin embargo, moviendo la cabeza como con aire de duda, replicó:
—Dependerá del vuelo que alcancen tus talentos. Procura alentar su desarrollo, a lo cual contribuirá poderosamente el ejemplo que te doy. Hoy es prematuro hablar de lo que en lo futuro harás o dejarás de hacer.
Momentos después, mientras el muchacho iba a colocar el banco a la sombra del edificio del Tribunal del Temple, Jeremías Lapa murmuró para sus adentros:
—Amigo Jeremías, honrado menestral; puedes abrigar esperanzas fundadas de que tu hijo llegará con el tiempo a ser un tesoro que compensará tu desgracia de tener por esposa a una mujer desnaturalizada.
XV. HACIENDO CALCETA
Aquel día, en la taberna del señor Defarge, habían comenzado las libaciones más temprano que de ordinario. Cuando a las seis de la mañana, caras pálidas se acercaron a los barrotes de las rejas que defendían las ventanas, vieron otras caras pálidas inclinadas sobre sendos cubiletes de vino. Por regla general, el vino que en la taberna de Defarge se expendía había recibido las saludables aguas del bautismo, pero el que en esta ocasión bebían los báquicos madrugadores debía ser agrio, o al menos tenía la propiedad de agriar el temperamento de los que lo ingerían. El zumo de las uvas encerrado en los toneles de Defarge no encendía alegres llamas báquicas, sino un fuego latente, un fuego que ardía sin salir a la superficie.
Tres mañanas hacía ya que los sacrificios a Baco comenzaban muy temprano en la taberna de Defarge. Se inauguraron el lunes y nos encontramos en miércoles. Verdad es que se hablaba o se escuchaba más que se bebía, pues no faltaban madrugadores, que penetraban en el establecimiento no bien se abría la puerta, a quienes hubiese sido imposible depositar sobre el mostrador una moneda, aun cuando de la salvación de su alma se hubiera tratado. No por eso dejaban de mostrar el mismo contento que si se hubiesen hecho servir barricas enteras de vino; veíaseles pasar de una banqueta a otra, trasladarse de un rincón a otro rincón, tragando con manifiesta ansiedad sendos párrafos de conversación en vez de saborear sendos tragos de vino.
Aunque la concurrencia era más numerosa que de ordinario, el tabernero no había considerado necesario hacerse visible. Los parroquianos no debían conceder importancia a la ausencia de Defarge, toda vez que nadie preguntaba por él, nadie mostraba deseos de verle, nadie se extrañaba de ver sola a la señora Defarge, sentada tras el mostrador, presidiendo la distribución del vino y recogiendo contrahechas monedas, de las que habían desaparecido las efigies y escudos impresos por el troquel. Eran monedas dignas de los andrajosos bolsillos de que habían salido.
Aburrimiento, falta absoluta de interés y sobra de fastidio es lo único que en la taberna hubieran notado los espías que, a no dudar, avizoraban desde la calle, como avizoraban todos los sitios, altos y bajos, desde el palacio del rey hasta la celda del criminal. Languidecían las barajas, los jugadores de dominó hacían castillos con las fichas, los bebedores dibujaban caras sobre las mesas con las gotas de vino que caían de los cubiletes, y la señora Defarge seguía con un mondadientes los dibujos de la manga de su vestido, como si oyese algo que no hería los tímpanos y viese cosas que no impresionaban la retina.
Hasta el mediodía, en nada variaron las características de San Antonio en su aspecto vinoso. Poco después de las doce, llegaron dos hombres cubiertos de polvo, uno de los cuales era el señor Defarge, y el otro un peón caminero, ambos con semblantes adustos y sedientos, los cuales entraron en la taberna. Su llegada encendió en el pecho de San Antonio encendidas chispas que, corriéndose por fuera de la taberna, no tardaron en transformarse en llamas, y éstas a su vez en caras humanas que llenaron todas las puertas y ventanas del barrio. Nadie siguió a los polvorientos viajeros, nadie les dirigió una sola palabra, pero todos clavaron en ellos los ojos.
—¡Buenos días!—contestó un coro nutrido.
—Mal tiempo, señores—repuso Defarge, moviendo la cabeza.
Cada uno de los presentes miró a su vecino, y a continuación, todos bajaron los ojos al suelo y guardaron silencio. Uno solo, por excepción, se levantó de su asiento y se fué.
—Mi querida esposa—continuó Defarge,—he recorrido una porción de leguas en compañía de este buen caminero, que se llama Santiago. Le encontré... por casualidad, a jornada y media de París. Es un buen muchacho y se llama Santiago... ¡Dale de beber, querida!
Levantóse otro hombre y salió de la taberna. La señora Defarge sirvió un vaso de vino al buen peón caminero, quien saludó quitándose el gorro azul que cubría su cabeza, y bebió. Sacó del seno un pedazo de pan áspero y negro, se sentó junto al mostrador, y principió a comer y a beber. Otro parroquiano, el tercero, se puso en pie y abandonó la taberna.
Defarge se sirvió otro vaso de vino, de menor capacidad que el servido al caminero, y esperó a que éste despachara su refrigerio. Ni miró a ninguno de los presentes, ni ninguno de los presentes volvió los ojos hacia él. La señora Defarge había tomado en sus manos la calceta, y trabajaba sin mirar y sin hablar.
—¿Ha terminado ya el almuerzo?—preguntó el tabernero al peón luego que advirtió que no comía.
—Sí; muchas gracias.
—Entonces, vamos: le enseñaré la habitación que le dije que ocuparía, y que desde luego aseguro que ha de ser de su gusto.
Desde la tienda salieron a la calle, desde la calle entraron a un patio, en el patio tomaron una escalera, y al final de la escalera encontraron un sotabanco... que en otro tiempo fué alojamiento de un hombre de cabellos blancos como la nieve, que se pasaba los días sentado en una banqueta y haciendo zapatos.
No se encontraba en el sotabanco el de los cabellos blancos como la nieve, pero sí los tres hombres que antes salieron uno a uno de la taberna.
Defarge cerró cuidadosamente la puerta del sotabanco, y dijo a media voz:
—¡Santiago Primero, Santiago Segundo, Santiago Tercero! Os presento al testigo encontrado por mí, Santiago Cuarto. El os lo dirá todo. Puedes hablar, Santiago Quinto.
El peón caminero, después de secar su sudorosa frente con el gorro azul que en la mano tenía, preguntó:
—¿Por dónde comienzo?
—Puedes comenzar por el principio—respondió con mucha lógica Defarge.
—Le vi, señores—comenzó el peón caminero,—ha hecho un año este verano, bajo el carruaje del señor Marqués, pendiente de la cadena. Yo acababa de dejar mi tarea, el sol se hundía en el horizonte, el coche del señor Marqués subía trabajosamente la colina, y él iba suspendido de la cadena de esta manera.
El orador representó gráficamente una escena que había representado millares de veces en la aldea durante un año entero.
Tomó la palabra Santiago Primero para preguntar al caminero si había visto antes al hombre que pendía de la cadena.
—Nunca—contestó el interpelado, recobrando la posición perpendicular.
Preguntó Santiago Tercero cómo había podido reconocerle después, no habiéndole visto hasta ese día.
—Le reconocí por su elevada estatura—dijo el peón caminero, puesto el índice de la mano derecha en la nariz.—Cuando aquella noche preguntó el señor Marqués qué señas tenía, yo contesté: «Es alto como un espectro».
—Debió usted decir «pequeño como un enano»-observó Santiago Segundo.
—¿Y qué sabía yo? Ni había sido cometida la hazaña ni él se había confiado a mí. Pero tengan ustedes en cuenta que, aun en esas circunstancias, yo nada declaré, nada dije. Buena prueba de ello es que el señor Marqués, señalándome con el dedo, gritó: «¡Traedme a ese canalla!» ¡No, no, señores! ¡Nada dije!
—Tiene razón, Santiago—dijo Defarge.—Sigue.
—Pues bien—continuó el peón caminero con aire de misterio.—El hombre alto se ha perdido y lo buscan... ¿desde cuándo? ¿Desde nueve, diez, once meses?
—El número de meses es lo que menos viene al caso—contestó Defarge.—Estaba bien escondido, pero al fin y a la postre, le encontraron desgraciadamente. Prosigue.
—Otra vez estoy trabajando en la falda de la colina y el sol traspone también las montañas de Occidente, como en la ocasión anterior. Recojo mis herramientas para bajar a la aldea, donde ha cerrado ya la noche, cuando, al alzar los ojos, veo aparecer en la cima de la colina seis soldados. En medio de los soldados veo a un hombre con los brazos atados a los lados... en esta forma.
Con la ayuda de su indispensable gorro azul, el orador representa admirablemente a un hombre cuyos codos están amarrados a la cintura.
—Me hago a un lado, señores, colocándome junto a un acopio, para ver pasar a los soldados y a su prisionero, pues se trata de un camino militar por el que nada pasa que no sea digno de ser mirado, y cuando aquellos se acercaron, en los primeros momentos, nada vi más que a seis soldados que conducían a un hombre amarrado, un hombre alto, y que soldados y prisionero parecían negros, excepto por la parte que daba frente a la puesta del sol, donde advertí algunas líneas rojizas. También pude observar que las sombras que proyectaban sus cuerpos cruzaban el camino en todo su ancho, cual si fueran sombras de gigante. Vi asimismo que iban cubiertos de polvo, y que levantaban nubes de polvo al andar marcando el paso. Cuando pasaron frente a mí, reconocí al hombre alto que llevaban preso y él me reconoció también a mí. ¡Ah! ¡Bien sé yo que el preso se hubiera arrojado de cabeza por la falda de la colina como hizo la tarde en que le vi por vez primera en el mismo sitio!
A continuación hizo una descripción detallada y llena de vida de la escena a que acababa de aludir.
—Ni yo di a entender a los soldados que había reconocido al preso, ni el preso dejó entrever a los soldados que me hubiera reconocido a mí. En cambio nosotros nos lo dimos a comprender por medio del lenguaje de los ojos. «¡Vivo, vivo!»—dijo el jefe de los soldados.—«¡Llevémosle pronto a la fosa!»; y, en efecto, aceleraron el paso. Yo les seguí. Los brazos del preso estaban hinchados por efecto de la brutal presión de las cuerdas, y como sus zuecos le estaban grandes y eran muy pesados, andaba cojo. El que está cojo, no puede caminar de prisa, y como los soldados querían hacer con rapidez el viaje, arreaban al preso de esta manera.
El peón caminero imitó los movimientos del hombre a quien obligan a caminar a culatazos.
—Cayó de bruces el prisionero mientras bajaban la pendiente corriendo como locos. Los soldados rompieron a reir y le levantaron. Sangraba su cara y estaba llena de tierra, pero el infeliz no pudo llevar hasta ella sus manos, lo que, visto por los soldados, dió margen a nuevas carcajadas. Lleváronle a la aldea, que salió en masa a verle, y desde la aldea al molino, y desde el molino al calabozo. La aldea entera vió cómo se abría la puerta del calabozo y se engullía al prisionero de esta manera:
El peón caminero abrió una boca descomunal, y la cerró con estrépito producido por sus dientes al entrechocarse con violencia. Con tal verismo quiso representar la escena, que continuó con la boca cerrada hasta que Defarge, al cabo de un buen espacio de esperar, dijo:
—Adelante, Santiago.
—La aldea en masa se retira,—prosiguió el caminero, bajando la voz y puesto sobre las puntas de sus pies,—la aldea en masa se congrega en torno de la fuente, y habla; la aldea entera se recoge en sus lechos; la aldea entera sueña en aquel desdichado, que se encuentra entre muros y hierros, encerrado en el calabozo que se alza al borde del tajo, del cual no saldrá más que para morir. A la mañana siguiente, me echo las herramientas sobre los hombros, tomo un pedazo de pan negro, y dando un rodeo, paso junto a la cárcel antes de dirigirme al trabajo. Allí le veo, detrás de los recios barrotes de aquella jaula de hierro, cubierto de sangre y de polvo, lo mismo que estaba la noche anterior. No puede alargarme una mano, porque ninguna le han dejado libre; no me atrevo a llamarle ni él se atreve a decirme palabra; su aspecto es el de un muerto.
Tanto Defarge como los tres oyentes se dirigen miradas sombrías, miradas que respiran odio y venganza, mientras escuchan la historia de labios del caminero. La actitud de los tres, aunque reservada, es autoritaria, cual si constituyeran un tribunal severísimo. Los Santiagos Primero y Segundo están sentados sobre el viejo jergón, apoyadas las respectivas barbillas sobre las manos y fijos los ojos en el narrador. Santiago Tercero ha puesto una rodilla en tierra y no cesa de pasar su mano nerviosa por su boca y nariz, y Defarge, de pie entre el grupo formado por los tres Santiagos y el narrador, ora mira a éste, ora vuelve su severa cara hacia aquéllos.
—Adelante, Santiago—dice Defarge.
—En aquella jaula de hierro le tienen encerrado una porción de días. La aldea le ve, pero recatándose, pues tiene miedo. Durante el día, contempla desde lejos el calabozo del tajo, y por la noche, cuando ha terminado la labor del día y se reúne junto a la fuente, todas las caras se vuelven hacia la cárcel. Antes, el objeto de las miradas de la aldea entera era la casa de postas: hoy es la prisión del tajo. En las conversaciones que la aldea sostiene junto a la fuente dice que, aun cuando le condenaran a muerte, no será ejecutada la sentencia; dicen que han sido presentadas en París exposiciones en las cuales demuestran que el infeliz enloqueció y no supo lo que hacía a consecuencia de la desgraciada muerte de su hijo; dicen que ha sido presentada una exposición al mismo Rey... ¿Quién sabe? ¡Puede ser! Yo no aseguro ni que sí ni que no.
—¡Escucha con atención, Santiago!—interrumpió con duro acento Santiago Primero.—Sabe que ha sido presentada una exposición al Rey y a la Reina. Todos los que aquí estamos, excepción hecha de ti, sabemos que el Rey la tomó en sus manos, en ocasión en que paseaba por la calle en carruaje, sentado junto a la Reina. Defarge, a quien estás viendo, con riesgo de su vida, se puso delante de los caballos llevando el memorial en la mano.
—¡Escúchame ahora a mí, Santiago!—terció Santiago Tercero, siempre con una rodilla en tierra y agitando sus nerviosos dedos.—¡La escolta, de a pie y de a caballo, cayeron sobre el suplicante y le magullaron a golpes! ¿Has entendido?
—He entendido, señores.
—Adelante, pues—dijo Defarge.
—No faltan tampoco personas que aseguran que ha sido llevado a nuestro país para ejecutarlo en él, y que será irremisiblemente ejecutado. También dicen que, como mató al señor, y el señor es el padre de sus vasallos, será ejecutado como parricida. Dice un viejo que quemarán en vivo su mano derecha, armada de un cuchillo; que en las heridas que abrirán en sus brazos, en su pecho y en sus piernas, derramarán aceite hirviendo, plomo derretido, resina encendida, cera y azufre ardiendo, y finalmente, que atado a las colas de cuatro caballos, será despedazado. Afirma el mismo viejo que eso fué lo que hicieron con un reo que atentó contra la vida de nuestro difunto rey Luis XV. ¿Será verdad? ¿Será mentira? No lo sé: no soy sabio.
—¡Escucha otra vez, Santiago!—exclamó el tercero de este nombre.—El reo de quien hablas se llamaba Damiens, y el programa que acabas de exponer se ejecutó a la luz del sol y en las calles de París. Acerca de la impresión que produjo en las personas que lo presenciaron, sólo te diré, Santiago, que la infinidad de damas de la más alta nobleza que acudieron a presenciar la ejecución, no quisieron privarse de ningún detalle, la contemplaron con arrobamiento hasta el final... hasta el final, Santiago, que no sobrevino hasta el anochecer, horas después de haber perdido el infeliz dos piernas y un brazo... ¡y aun respiraba! Ocurrió eso... Pero dime, ¿cuántos años tienes?
—Treinta y cinco—contestó el caminero, que representaba sesenta.
—¡Demasiados!—murmuró con impaciencia Defarge.—Continúa.
—No se habla en la aldea de otra cosa: hasta la fuente parece haber aprendido la misma cantinela. Al fin, un domingo por la noche, llegan los soldados y se encaminan a la prisión. Obreros que cavan, obreros que clavan, soldados que ríen a carcajadas, y cuando luce el día, junto a la fuente se alza un patíbulo de cuarenta pies de elevación, cuya sombra envenena las aguas. Todo el mundo suspende los trabajos, todo el mundo se reúne allí, las vacas no salen al campo porque tampoco quieren privarse del espectáculo. Al mediodía truenan los tambores. Los soldados, que la noche anterior fueron a la prisión, vuelven llevándole en medio. El reo está amarrado, le han puesto en la boca una mordaza sujeta con una cuerda en forma tal, que parece que ríe. En lo alto del patíbulo han colocado un cuchillo con la punta al aire. El reo es ahorcado a cuarenta pies de altura, y su cadáver queda balanceándose... envenenando con su sombra las aguas de la fuente.
Los oyentes se dirigieron miradas sombrías, mientras el narrador se secaba el sudor de la cara con el gorro azul.
—¡Es horroroso, señores!—repuso.—¿Cómo han de beber agua de la fuente las mujeres y los niños? ¿Quién es el atrevido que osa hablar durante la noche bajo aquella sombra? ¿Bajo la sombra dije? ¡Cuando yo salí de la aldea el lunes por la tarde, casi a puestas de sol, volví la cabeza desde la cima de la colina y vi que la sombra cubría la iglesia, cubría el molino, cubría la prisión del tajo, cubría toda la tierra, señores, que tiene por techo el cielo azul!
El oyente que escuchaba rodilla en tierra parecía estar hambriento de algo... que no era ni comida ni bebida.
—He terminado, señores. Abandoné la aldea momentos antes de ponerse el sol, conforme acabo de decir, y caminé toda la noche y la mitad del día siguiente, hasta que encontré, conforme también he dicho, a este camarada. En su compañía llegué hasta aquí, unas veces a pie otras a caballo, viajando todo el resto del día de ayer y toda la noche pasada. He dicho.
—Está bien—dijo Santiago Primero, después de un silencio imponente.—Has obrado y narrado con fidelidad. ¿Quieres esperarnos por breve tiempo fuera, en la escalera?
—Con mucho gusto—contestó el peón caminero.
Defarge le acompañó hasta la escalera, le dejó sentado sobre el último peldaño, y volvió a entrar en el sotabanco. Los tres Santiagos se habían levantado y formaban un grupo muy apretado.
—¿Qué dices, Santiago?—preguntó el número uno de este nombre.—¿Lo consignamos en nuestro registro?
—¡Regístralo como condenado a la destrucción!—contestó Defarge.
—¡Magnífico!—exclamó Santiago Tercero.
—¿El castillo y toda la raza?—repuso el primero.
—¡Sí; el castillo y toda la raza!—bramó Defarge—¡Exterminio completo!
—¡Sublime!—gritó el tercer Santiago.
—¿Tienes seguridad de que el sistema que hemos acordado para el registro no ha de originarnos ningún contratiempo?—preguntó a Defarge Santiago Primero.—Que es seguro, no ofrece duda, toda vez que, excepción hecha de nosotros, nadie es capaz de descifrarlo: ¿pero podremos descifrarlo siempre... mejor dicho, podrá ella?...
—Santiago—replicó Defarge irguiéndose,—si mi mujer se empeña en guardar todo el registro en su memoria, ten por seguro que no se perderá ni una palabra, ni una sílaba de cuantas contenga. Con puntos de calceta es ella capaz de escribirlo todo más claro que el sol. Confía en mi mujer. El poltrón más cobarde, el más apegado al mundo que viva o haya vivido bajo la capa del cielo ha de encontrar menos dificultades para quitarse a sí mismo la existencia, que para arrancar una sola letra del registro escrito a punto de media por mi señora.
Murmullos de aprobación acogieron las palabras de Defarge.
—¿Qué hacemos con ese rústico?—preguntó Santiago Tercero.—¿Lo despedimos? Me parece excesivamente simple: ¿no nos resultará peligroso?
—Nada sabe—replicó Defarge,—y lo poco que pudiera decir, únicamente le serviría para subir a un patíbulo tan alto como el que ha poco nos estaba describiendo. Yo me encargo de él; dejadlo a mi cuidado. A su tiempo lo despediré. Parece que desea ver al Rey, a la Reina, a los magnates y señores de la corte: le permitiremos que satisfaga su gusto el domingo.
—¡Cómo!—exclamó Santiago Tercero.—¿No te parece mal síntoma que desee ver la realeza y la nobleza?
—Santiago—replicó Defarge,—enseña al gato la leche, si quieres excitar su sed; muestra al mastín su presa natural, si quieres que en su día caiga sobre ella y la despedace.
Nada más se dijo por entonces. El peón caminero, a quien encontraron dando cabezadas en el descansillo, fué invitado a tenderse sobre el jergón. No se hizo repetir la invitación, y momentos después, dormía como un tronco.
Peor alojamiento del que le ofrecía la taberna de Defarge hubiera podido encontrar en París un infeliz como el caminero. Si prescindimos del miedo misterioso que le inspiraba la tabernera, miedo que le acosaba constantemente, llevaba una vida que no podía ser más agradable. Pero es el caso que la tabernera se pasaba el día entero sentada detrás del mostrador, tan indiferente a su persona, tan empeñada en no darse cuenta de la presencia de un extraño en la casa, que éste andaba desconcertado y receloso.
No es, pues, de extrañar que, cuando llegado el domingo, supo que la tabernera se agregaría a su marido para acompañarle a Versalles, le hiciera muy poca gracia el programa, aunque otra cosa dijera su lengua. Vino a aumentar su desconcierto el hecho de que la tabernera no cesaba de hacer calceta durante el camino, y su desconcierto se trocó en horrible aturdimiento cuando, aquella tarde, en ocasión en que esperaban el paso de la Reina, hubo de permanecer al lado de la tabernera, cuyas manos manejaban con verdadero ardor las agujas de la media.
—¿Trabaja usted mucho, señora?—dijo un hombre que pasó por su lado.
—Sí—respondió la señora Defarge,—tengo mucho que hacer.
—¿Y qué hace usted, señora?
—Muchas cosas.
—Por ejemplo...
—Por ejemplo—contestó la tabernera con la calma misma de antes—mortajas.
Alejóse el desconocido tan pronto como le fué posible. El pobre caminero sintió en el pecho tan extraña opresión, que hubo de hacerse aire con su gorro. Si para su completo restablecimiento necesitaba de la presencia de dos testas coronadas, fuerza es confesar que no pudo quejarse de su suerte, toda vez que, momentos después, aparecían un rey de grandes quijadas y una reina de hermoso rostro, cómodamente instalados en áurea carroza. Con los soberanos venía lo mejorcito, lo más notable de su corte. El pobre peón caminero, al ver aquel ejército encantador de sonrientes damas y de brillantes caballeros, unas y otros cubiertos de sedas y de encajes, de blondas y de ricos terciopelos, de galones de oro y de deslumbrante pedrería, sintió en su pecho tales oleadas de entusiasmo, que gritando a voz en cuello dió vivas al Rey y a la Reina, a damas y caballeros y aun a las carrozas y a los caballos que de ellos tiraban. Y vió hermosos jardines y encantadoras arboledas, y terrazas soberbias y fuentes maravillosas, y encontró nuevamente al Rey y a la Reina, y dió vivas, hasta desgañitarse, a todo lo creado, y creció su entusiasmo, y el entusiasmo dió nacimiento en su alma a la simpatía, y la simpatía a la ternura, y ésta, encontrando estrechos los límites del pecho, se desbordó a torrentes por sus ojos en forma de lágrimas. Durante la escena, que duró tres horas, durante las cuales gritó hasta enronquecer y lloró hasta agotar el manantial de sus lágrimas, Defarge hubo de tenerle sujeto con una mano por el cuello para impedir que en su irreflexivo entusiasmo cayera sobre los objetos de su pasajera devoción y los destrozara entre sus manazas.
—¡Bravo!—exclamó Defarge cuando terminó el desfile.—Eres un buen muchacho.
Temió haber cometido una torpeza el caminero, que comenzaba a volver en sí, pero pronto se tranquilizó.
—Eres el hombre que necesitamos—díjole Defarge pegando los labios a sus oídos.—Harás creer a esos insensatos que sus locuras durarán siempre; crecerá su insolencia, y ellos mismos precipitarán su fin.
—¡Calla!—exclamó el caminero.—¡Pues es verdad!
—Son idiotas y ciegos. Te desprecian profundamente; verían impasibles tu muerte y la de mil más como tú; es más: sacrificarían sin remordimiento esas mil vidas a trueque de salvar la de uno solo de sus caballos o perros, y sin embargo, les envanecen tus gritos. Engañémoslos durante algún tiempo más, que por grande que el engaño sea, nunca será tan grande como merecen.
La señora Defarge miró al caminero e hizo signos de aprobación.
—Dígame, amigo: si le pusieran delante un montón enorme de hermosas muñecas y le dijeran que podía destrozar y despojar a las que se le antojase, ¿no es verdad que escogería las más ricas, las más hermosas?
—Verdad es, señora.
—Muy bien. Y si le mostrasen una bandada de pájaros de hermoso plumaje, incapaces de levantar el vuelo, y le dieran permiso para arrancarles las plumas en beneficio suyo, ¿no es verdad que principiaría por los que más bellas plumas tuvieran?
—Así es, señora.
—Pues acaba de ver el montón de hermosas muñecas y la bandada de pájaros de vistoso plumaje: ahora, vámonos a casa.
XVI. MÁS PUNTO DE MEDIA
Mientras la señora Defarge y su señor marido regresaban en amigable compañía al centro de San Antonio, un gorro de color azul avanzaba horadando tinieblas y envuelto en espesas nubes de polvo por los caminos que conducían al sitio en que el castillo del señor Marqués, a la sazón durmiendo el sueño eterno, escuchaba las susurrantes conversaciones de los árboles. Tiempo tenían de sobra los rostros de piedra para escuchar las conversaciones sostenidas por los árboles y la fuente, y con tal interés lo aprovechaban, que los esqueletos que poblaban la aldea y rondaban las inmediaciones del castillo en busca de algunas hierbas con que acallar su hambre y de algunos leños con que alimentar la lumbre de sus fríos hogares, si llegaron a dar vista al patio, doble escalera y terraza del castillo, dieron cabida en su famélica fantasía a la idea de que la expresión de los rostros de piedra había sufrido profunda alteración. Aseguraban los míseros moradores de la aldea que la expresión de orgullo y de desdén de los guardianes de piedra del castillo se trocaba en expresión de dolor y de cólera cuando el cuchillo hería a la Casa, y aseguraban que desde el instante en que se balanceó a cuarenta pies de elevación sobre el suelo el cuerpo del asesino, a la expresión de dolor y de cólera de aquéllos sucedió otra que respiraba feroz venganza, que perduraría en ellos hasta la consumación de los siglos. La faz de piedra que vigilaba la gran ventana de la alcoba en que el asesinato había sido perpetrado apareció un día con dos mellas finísimas en la nariz; y si alguna vez, de entre algún grupo de harapientos aldeanos se destacaban dos o tres para acercarse al Marqués petrificado, no transcurría un minuto de contemplación sin que huyeran asustados como liebres perseguidas por ágiles lebreles.
Castillo y chozas, faces de piedra y caras de carne y hueso, losas del patio del castillo teñidas de rojo y aguas puras encerradas en el pozo de la aldea, millares de hectáreas de terreno... toda una provincia de Francia... la Francia entera, duermen bajo la inmensa bóveda azulada, cual si fueran un punto imperceptible, un átomo perdido en la inmensidad. No es otra cosa el mundo, con toda su grandeza y su insignificancia, con relación a la brillante estrella que le parpadea en las alturas. Los sabios de la tierra quiebran, dividen, descomponen un rayo de luz y analizan sus componentes; y de la misma manera, otra inteligencia más sublime que la humana lee los débiles destellos que brotan de esta tierra que habitamos, y analiza todos los pensamientos y todos los actos, todos los vicios y todas las virtudes de las criaturas dotadas de inteligencia.
El carruaje público en el que hicieron el viaje de regreso los Defarge, marido y mujer, hizo alto en la puerta de la ciudad más próxima a su domicilio, donde no tardaron en dejarse ver los faroles de costumbre encargados de practicar el examen e investigaciones reglamentarias. Defarge saltó del carruaje al ver a dos o tres soldados y a un policía conocidos suyos; este último, con quien le ligaban lazos de amistad íntima, le abrazó.
Llegados a los linderos del distrito puesto bajo la protección de las alas de San Antonio, dejaron los Defarge el carruaje y se encaminaron a su casa a pie, por calles obscuras y cubiertas de lodo. En el trayecto, la señora Defarge preguntó a su marido:
—¿Qué te ha dicho Santiago el policía?
—Todo lo que sabe, bien que es muy poca cosa. Han nombrado otro espía para nuestro barrio: quizá no sea ése solo, pero aquél no conoce más que a uno.
—Está bien—contestó la tabernera con la calma de siempre.—Habrá que anotarlo en el registro. ¿Cómo se llama ese hombre?
—Es inglés.
—¡Mejor que mejor! ¿Su nombre?
—Barsad.
—Barsad. ¡Perfectamente! ¿Su nombre de pila?
—Juan.
—Juan Barsad... Juan Barsad—repitió la tabernera.—Muy bien. ¿Sus señas?
—Unos cuarenta años de edad, sobre cinco pies nueve pulgadas de estatura, pelo negro, color moreno cetrino, ojos negros, delgado, nariz aguileña, pero no recta: ofrece la particularidad de estar torcida ligeramente hacia la izquierda, lo que le da, como es natural, expresión siniestra.
—¡Es un retrato acabado a fe mía!—exclamó la señora Defarge riendo.—Lo registraré mañana.
Llegados a la taberna, que encontraron cerrada—eran más de las doce de la noche,—la señora Defarge tomó asiento detrás del mostrador y consagró su atención al examen de las cuentas del día. Principió por volcar sobre el mostrador el jarro dentro del cual se colocaba el importe de las ventas, contó el dinero, midió las existencias, leyó las entradas y salidas consignadas en el libro destinado al objeto, corrigió los asientos, hizo algunos nuevos y discutió otros, y después de apurar, y estrechar, y marear de mil maneras al individuo encargado del establecimiento, envióle a dormir. A continuación, hizo de las monedas sacadas del jarro varias pilas iguales, que fué anudando en el pañuelo de bolsillo, el cual no tardó en quedar convertido en rosario de nudos. Defarge, mientras tanto, paseaba por el establecimiento, fumando su pipa y admirando complacido la prudente y sabia economía doméstica de su mujer, bien que sin entrometerse en ella.
Como la tienda era estrecha, y el techo poco elevado, y la noche estaba calurosa en extremo y cerradas todas las ventanas y puertas, respirábase una atmósfera extraordinariamente viciada. No era un portento de delicadeza el sentido del olfato del señor Defarge, pero aun así, los vapores del vino, unidos a los del ron y del aguardiente, le molestaban en tales términos, que procuraba alejarlos de su nariz a fuerza de resoplidos y de darse aire con las manos.
—Estás cansado, amigo mío—dijo su mujer, dirigiéndole una mirada mientras anudaba el dinero.—El olor que aquí se respira es el de todos los días.
—En efecto; estoy cansado—contestó Defarge.
—Y un poco deprimido y descorazonado—repuso la tabernera, cuyos penetrantes ojos, no obstante estar atentos a las cuentas, distraían uno o dos rayos para examinar al marido.—¡Ah... los hombres!...
—Pero...
—No hay pero que valga—replicó la señora con entereza.—Repito que esta noche te encuentras descorazonado.
—¡Tarda tanto tiempo!—exclamó Defarge.
—¿Tarda tanto tiempo?... ¿Y qué es lo que no exige tiempo? ¡Siempre lo han exigido la venganza y la justicia!
—No es mucho el que emplea el rayo para herir al hombre—observó Defarge.
—¿Y cuánto tiempo tarda en acumularse la electricidad necesaria para que brote el rayo? ¡Dímelo, si es que lo sabes!
Defarge alzó la cabeza, pero no contestó.
—Poco tiempo tarda un terremoto en hacer polvo a una ciudad. Pues bien: ¿cuánto tiempo se necesita para preparar un terremoto?
—Mucho, supongo—respondió Defarge.
—Pero cuando está preparado, cuando sobreviene, la ciudad revienta, queda pulverizada, reducida a átomos impalpables. ¡Consuélate! El terremoto se está preparando aunque nadie lo vea, aunque nadie lo oiga.
Con ojos relampagueantes ató otro nudo; parecía que estrangulaba a un enemigo.
—Yo te aseguro—añadió extendiendo la diestra como para dar mayor expresión a sus palabras—que por mucho que en llegar tarde, está en camino, se acerca por momentos. Yo te aseguro que avanza siempre, que no retrocede, que no se detiene. Mira en torno tuyo y escudriña las vidas de cuantas personas te son conocidas, repara en las caras del mundo entero, y verás que el descontento, la rabia que ruge en el pecho de los explotados aumenta de día en día, de hora en hora. ¿Y crees que ese estado de cosas puede durar? ¡Bah! ¡Eres un cándido!
—Mi querida mujercita—contestó Defarge, poniéndose en pie frente a su esposa, baja la cabeza y con las manos a la espalda, semejante al dócil escolar delante de su maestro,—no lo pongo en duda... La irritación existe: pero data de tanto tiempo, que es muy posible... que no estalle a tiempo para que nosotros presenciemos el cataclismo.
—¿Y qué?—replicó la mujer.—Aun cuando así fuera, ¿qué?
—Pues... que no nos cabría la dicha de saborear el triunfo.
—Pero sí la de haber contribuído a él—dijo con energía la tabernera.—Nada de cuanto hagamos será perdido. Creo con toda mi alma que veremos el triunfo; pero aun cuando supiera positivamente que no me ha de caber esa dicha, mientras exista un cuello de aristócrata o de tirano no dejaré de...
—¡Calma... calma!—exclamó Defarge, cuyo rostro se tiñó de carmín cual si le hubieran acusado de cobarde.—Tampoco yo, querida mía, retrocederé por nada ni por nadie.
—Lo sé; pero eres débil a pesar de todo, y lo eres, porque para que no decaiga tu valor necesitas ver a tu víctima a tus pies. Procura no decaer, aunque te parezca que la víctima está lejos. Cuando llegue la ocasión, suelta los tigres y los demonios que guardas encerrados dentro del pecho, pero mientras tanto, ténlos encadenados... ocultos, pero siempre dispuestos.
La buena tabernera terminó su consejo descargando sobre el mostrador un golpe con el pañuelo convertido en pesado rosario; seguidamente lo levantó, y con calma imperturbable indicó que era ya hora de irse a la cama.
La mañana siguiente encontró a aquella mujer admirable en su sitio de costumbre, haciendo calceta con verdadero ardor. A su lado había una rosa hacia la cual volvía de vez en cuando los ojos. Algunos parroquianos, de pie o sentados, bebían y charlaban. El día estaba muy caluroso, y los enjambres de moscas que llevaban su atrevimiento hasta el extremo de curiosear el contenido de los vasos que había cerca de la señora, no tardaban en caer muertas en su fondo. No ejercía la menor impresión su suerte desdichada en las demás moscas, que las contemplaban impertérritas e indiferentes hasta que las ocurría idéntica desgracia. ¡Qué estúpidas son las moscas!
La señora Defarge vió la sombra de una persona que entraba en la taberna y comprendió que se trataba de un cliente nuevo. Antes de mirar el rostro de la persona en cuestión, dejó sobre el mostrador la media y prendió la rosa en su cabeza.
La escena que siguió no pudo ser más curiosa: no bien los dedos de la tabernera tocaron la rosa, cesaron en el establecimiento las conversaciones y todos los parroquianos comenzaron a salir a la calle.
—Buenos días, señora—dijo el recién llegado.
—Buenos días, señor—contestó la señora Defarge tomando de nuevo la media.—¡Ah!—añadió para sus adentros.—Unos cuarenta años de edad, sobre cinco pies nueve pulgadas de estatura, pelo negro, color moreno cetrino, ojos negros, delgado, nariz aguileña, pero no recta, ofrece la particularidad de estar ligeramente torcida hacia la izquierda, lo que da, como es natural, expresión siniestra... ¡Buen día de veras!
—¿Tiene usted la bondad de darme una copita de coñac viejo y un sorbo de agua fresca, señora?
La tabernera sirvió lo que el cliente pedía.
—¡Rico coñac, señora!
Como era la primera vez que oía elogiar su coñac, no es de admirar que la tabernera sospechase que el elogio obedecía a motivos que acaso no fueran precisamente la bondad del licor. Dió, sin embargo, las gracias, y siguió haciendo calceta.
El desconocido permaneció algunos momentos observando las manos de la señora Defarge, y de paso, reconociendo el establecimiento.
—Hace usted media con rapidez maravillosa—dijo.
—La costumbre... estoy muy acostumbrada a esta labor.
—Y con una perfección que encanta.
—¿Lo cree usted así?
—Con toda mi alma... Y dígame: ¿esa media es...?
—Pasatiempo... un medio de distracción—contestó la tabernera mirando a su interlocutor con la sonrisa en los labios.
—¿No piensa hacer uso de ella?
—Según. Quizá llegue día en que las use—dijo la tabernera con cierta coquetería.—Con seguridad que las utilizaré... si las hago bien.
Por muy curioso que parezca, ello es que el gusto de San Antonio mostraba decidida oposición a que la señora Defarge ostentase en su peinado una rosa. Entraron por separado dos hombres, se acercaron al mostrador con manifiesta intención de pedir algo que beber, y no bien vieron la rosa, vacilaron, miraron en derredor como si buscaran a algún amigo, que no encontraron, y se fueron inmediatamente. De todos los que en el establecimiento se encontraban cuando entró el que conversaba con la tabernera, no quedaba uno solo: todos se habían ido. El espía, pues ya habrán comprendido los lectores que el individuo en cuestión era un espía, ninguna seña había logrado sorprender, aunque desde que entró miraba con cien ojos.
—¡Juan!—pensaba la señora Defarge, haciendo calceta y puestos los ojos en el cliente.—A poco más que continúes aquí, escribiré Barsad en tus mismas barbas.
—¿Es usted casada, señora?
—Sí.
—¿Con hijos?
—Sin hijos.
—Y los negocios, ¿bien?
—Los negocios muy mal. ¡Son tan pobres las gentes!...
—¡Ah, sí! ¡Pobres y desgraciadas! ¡Y hasta oprimidas vergonzosamente!... como dice usted.
—Como dice usted—rectificó la tabernera, moviendo con más rapidez los dedos y añadiendo algo al apellido Barsad.
—Perdone usted: cierto que fuí yo quien lo dije, pero no me cabe duda de que usted lo piensa. No puede ser otra cosa.
—¿Que yo lo pienso?—replicó la tabernera.—Nos ocasiona a mi marido y a mí demasiados quebraderos de cabeza el establecimiento para que podamos permitirnos el lujo de pensar. En lo único que pensamos es en que no nos falte lo necesario para vivir. Este es el objetivo de todas nuestras cavilaciones, el que proporciona campo muy dilatado para todos nuestros pensamientos. ¿Yo pensar para los demás? ¡No en mis días!
El espía, que había entrado decidido a recoger lo que pudiera, se guardó muy mucho de permitir que su siniestra cara reflejara su desencanto. Antes por el contrario, continuó apoyado de codos sobre el mostrador, dirigiendo alguna que otra galantería a la tabernera y tomando de tarde en tarde algún sorbito de coñac.
—La ejecución de Gaspard ha sido una brutalidad judicial, señora. ¡Pobre Gaspard!—exclamó, exhalando un suspiro.
—No estamos de acuerdo—replicó la tabernera con frialdad.—Justo es que aquellos que se permiten dar a sus cuchillos el empleo que Gaspard dió al suyo, lo paguen. Sabía él perfectamente el precio a que se pagan esos lujos, y lo ha pagado: nada más natural.
—Creo—añadió el espía bajando la voz y como invitando a su interlocutora a pasar al terreno de las confidencias, a la par que daba a su siniestra cara expresión resueltamente revolucionaria,—creo que todo este barrio compadece la suerte del desgraciado y ruge de furor contra los que le han sacrificado. Aquí para entre los dos, lo encuentro justificado.
—¿Pero existe ese furor?
—¿No lo ha observado usted?
—Aquí está mi marido—dijo la señora Defarge.
No bien entró el tabernero en el establecimiento, el espía saludó llevando la mano al sombrero y diciendo con sonrisa insinuante:
—Buenos días, Santiago.
Defarge quedó como clavado en el suelo, fijos los ojos en el espía.
—Se equivoca usted, señor mío.—Me confunde usted con otro. No me llamo Santiago: soy Ernesto Defarge.
—Es igual—repuso el espía con la sonrisa en los labios, bien que sin poder ocultar del todo su contrariedad.—El nombre es lo de menos. Buenos días.
—Buenos días—contestó secamente Defarge.
—Estaba diciendo a la señora, con la que he tenido el honor de charlar un rato, que, según me dicen, reina en el barrio... y no me admira... tanta simpatía en favor del infortunado Gaspard como irritación contra los que inhumanamente lo han sacrificado.
—A nadie he oído decir semejante cosa—replicó Defarge.—No sé una palabra.
Dicho esto, pasó detrás del mostrador y se colocó a espaldas de su mujer. Desde el lado opuesto de la frágil barrera contemplaba el matrimonio a aquel individuo a quien hubieran arcabuceado con el mayor placer.
El espía, práctico en su oficio, no modificó su actitud de indiferencia. Apuró el contenido de la copita que le habían servido, tomó un sorbo de agua fresca, y pidió la segunda copa de coñac. Sirviósela la señora Defarge, después de lo cual continuó haciendo media con gran ardor y tarareando una tonadilla.
—Parece que conoce usted bien el barrio—observó Defarge;—quiero decir, que lo conoce mejor que yo.
—No, amigo mío. Lo conozco muy poco, pero espero llegar a conocerlo bien. Sus míseros habitantes despiertan en mí interés profundo.
—¡Ah!—exclamó Defarge.
—El placer de conversar con usted, señor Defarge—prosiguió el espía—me recuerda que he tenido el honor de familiarizarme con incidentes en los cuales ha tomado usted parte activa.
—¡De veras!—dijo Defarge con indiferencia.
—Nada más cierto. Cuando pusieron en libertad al doctor Manette, hízose usted, en tiempos pasados su criado, cargo de él. Se lo confiaron a usted. Ya ve, pues, que estoy al tanto del asunto.
—Es verdad: tiene usted razón—contestó.
Accidentalmente, el codo de su mujer, que continuaba moviendo las agujas con gran actividad, rozó el suyo, y en el roce, a pesar de ser accidental, vió Defarge una indicación de que contestase él las preguntas del espía, pero con brevedad.
—Se presentó a usted la hija del doctor—continuó el espía.—Vino en compañía de un caballero... ¿cómo se llamaba éste?... Un caballero que usaba peluquín... ¡Ah, sí! Lorry... Lorry se llamaba... del Banco Tellson y Compañía... Vino en compañía del señor Lorry, se hizo cargo de la persona de su padre y lo llevó a Inglaterra.
—Así fué, en efecto—repitió Defarge.
—Siempre recuerda uno con gusto incidentes semejantes—repuso el espía.—He conocido al doctor Manette y a su hija en Inglaterra.
—¿Sí?—preguntó Defarge.
—¿Recibe usted noticias suyas con frecuencia?—preguntó el espía.
—No—respondió Defarge.
—Hace muchísimo tiempo que no sabemos de ellos—terció la señora del tabernero.—Recibimos noticias de que habían llegado bien, y algún tiempo después una carta... quizá dos; pero luego, ellos han seguido su camino, nosotros el nuestro, y ha cesado en absoluto nuestra correspondencia.
—Es lo que suele ocurrir—observó el espía.—La hija está para casarse.
—¿Está para casarse?—repitió la señora Defarge.—Es bastante hermosa para haberse casado hace mucho tiempo. ¡Por supuesto, ustedes, los ingleses, son bloques de hielo en vez de hombres!
—¡Ah! ¿Quién ha dicho a usted que soy inglés?
—Veo que su lengua es inglesa, y siempre he creído que el hombre es de la misma nacionalidad que su lengua.
El ver descubierta su nacionalidad no hizo ninguna gracia al espía, aunque tuvo buen cuidado de guardar en el fondo de su pecho el descontento. Soltó una carcajada, apuró el contenido de la copa y repuso:
—Pues sí, la señorita Manette está para casarse, pero no con un inglés, sino con un hombre que, como ella, nació en Francia. ¡A propósito de Gaspard!... ¡Pobre Gaspard!... ¡Fué una crueldad... un acto de ferocidad!... Pues bien, el hombre con quien la señorita Manette va a casarse es el sobrino del señor Marqués por cuya causa bailó Gaspard a una altura de cuarenta pies sobre el suelo; mejor dicho: el Marqués actual. Vive en Inglaterra bajo nombre supuesto, sin ostentar el título de Marqués. Se hace llamar Carlos Darnay; ya sabe usted que el apellido de su madre era D'Aulnais.
La señora Defarge no tenía ojos ni manos, ni facultades más que para la media que hacía, pero la noticia produjo en su marido efecto palpable. Su cara reflejó intensa turbación, pese a sus esfuerzos por dominarse, temblaban sus manos, y su agitación interior le salía por todos los poros de su cuerpo. No habría sido el espía digno de su cargo si no hubiese reparado en ello y grabádolo en su memoria.
Obtenido ese resultado, bien que sin saber si podría serle de algún provecho, el señor Barsad, viendo que no llegaban parroquianos cuyas conversaciones hubieran podido facilitarle datos preciosos, pagó lo que había tomado y se despidió, no sin manifestar, con suma amabilidad, que tendría el placer de visitar con frecuencia el establecimiento. Minutos después, cuando el espía había salido del radio protegido por San Antonio, marido y mujer continuaban exactamente lo mismo que si el espía no hubiera salido de la tienda, temiendo, sin duda, que volviera sobre sus pasos.
—¿Será verdad lo que ese hombre ha dicho a propósito de la señorita Manette?—preguntó Defarge en voz baja.
—Probablemente será mentira; pero no niego que puede ser verdad—respondió la mujer.
—Si lo es...
Defarge no terminó su pensamiento.
—¿Qué?—preguntó la mujer.
—Si lo es... y dado que las cosas vengan en forma que nosotros podamos ver el triunfo... por ella desearé yo que el Destino retenga lejos de Francia a su marido.
—El destino de su marido le llevará a donde deba ir—respondió con calma glacial la tabernera—y le conducirá al fin que le está destinado. Es lo único que puedo decirte.
—Pero me negarás que es muy... extraño... digo extraño por no emplear otro calificativo... ¿no te parece extraño que con toda la simpatía que siempre nos ha merecido su padre, y aun ella misma, proscribas tú con tu propia mano en este instante a su marido, sin más fundamento que lo que acaba de decir ese perro del infierno que se fué hace un momento?
—Cosas más extrañas que esa ocurrirán cuando llegue el día—respondió la señora Defarge.—A los dos los tengo aquí; no te quepa duda; y se les tratará según sean sus merecimientos. Esto debe bastarte.
Dichas estas palabras, recogió la media y quitó la rosa que adornaba su cabeza. Fuera que instintivamente sabía San Antonio la hora, el momento preciso en que la tabernera haría desaparecer aquella flor inocente que tanto parecía desagradarle, fuera que estuviese acechando el instante de su desaparición, es lo cierto que el Santo no tardó en presentarse, y que, al cabo de contados segundos, el establecimiento había recobrado la animación de costumbre.
Llegada la noche, en las épocas del año en que los habitantes de San Antonio se sentaban en las puertas de sus casas o se reunían por calles y patios buscando aire puro que respirar, la señora Defarge, con su labor en las manos solía ir de puerta en puerta y de grupo en grupo... especie de misionero como tantos otros. Todas las mujeres hacían calceta, sin duda para que aquel trabajo mecánico substituyese al de las mandíbulas, en paro forzoso la mayor parte del tiempo. Ya que no podían moverse las mandíbulas ni el aparato digestivo, se movían las manos. Si el paro se hubiese extendido hasta los dedos, los estómagos habrían sentido más los rigores del hambre.
A la par que se movían los dedos se movían también los ojos y los pensamientos; y a medida que la señora Defarge pasaba de puerta en puerta y de grupo en grupo, los dedos de las mujeres que encontraba trabajaban con ardor redoblado, y los ojos miraban con mayor fiereza y la actividad de los pensamientos se centuplicaba.