LIBRO TERCERO EL RUMBO DE LA TORMENTA (continued 3)
Gregorio Lafuerza translation
»Estuve aquel día tan ocupado, que no me fué posible terminar la carta hasta después de cerrar la noche. A la mañana siguiente, dejé el lecho antes de la hora acostumbrada. Era el último día del año. Acababa de dar la última mano a la carta, cuando me avisaron que me esperaba una señora que deseaba verme...
»Por momentos me considero más incapaz de dar cima a la tarea que me he impuesto. ¡Es tan insoportable el frío, tan escasa la luz, tan completa la parálisis de mis facultades, tan horrible la obscuridad de mi alma!...
»Era una señora joven, simpática y hermosa, pero señalada con el dedo descarnado de la muerte. La encontré presa de intensa agitación. Me dijo que era la esposa del marqués de Evrémonde. Yo relacioné el título de marqués que el muchacho moribundo diera al hermano mayor con la inicial que descubrí en la corbata blasonada y, con tales datos a la vista, no me fué difícil adivinar que el hombre de quien me había separado y el marqués de Evrémonde eran una misma persona.
»Aunque mi memoria continúa despejada, me es imposible consignar aquí las palabras que se cruzaron en nuestra conversación. Parece que la señora tenía noticia de la intervención que yo había tenido en un suceso que conocía en parte y en parte sospechaba. No sabía que la infortunada joven hubiese muerto. Sus deseos, según me manifestó anegada en lágrimas, eran visitarla en secreto y testimoniarla su simpatía, y sus anhelos, desviar la cólera de Dios suspendida sobre una casa que de antiguo venía siendo objeto del odio de tantos a quienes había precipitado en los negros abismos de la desgracia.
»El objeto de la visita de aquella señora, que tenía sus motivos para creer que la desdichada víctima de su marido dejaba una hermana más joven, era suplicarme que la indicase el nombre y lugar de la residencia de la hermana en cuestión, a fin de ayudarla y protegerla. No pude contestar otra cosa sino que, en efecto, existía aquella hermana; mas no facilitarla datos que desconocía entonces, y desconozco a la hora en que escribo estas líneas...
»Me falta ya el papel. Ayer me quitaron una hoja, temo que la vigilancia de que me hacen objeto es más estrecha que nunca, y hoy mismo es preciso que termine mi relato.
»La señora era buena, de corazón compasivo, y desgraciadísima en su matrimonio. El hermano de su marido la odiaba, desconfiaba de ella y empleaba en su contra toda su influencia. Ella le temía, y temía también a su marido. Cuando la acompañé hasta la puerta de mi casa, después de despedirse de mí, vi a un hijo suyo, que la esperaba en el coche, un niño precioso de dos a tres años de edad.
»—Por amor a este inocente, doctor,—me dijo la pobre madre hecha un mar de lágrimas,—he de llegar, en el camino de las reparaciones, hasta donde alcancen mis escasas fuerzas. Una voz interior me dice que ha de purgar el inocente hijo los delitos de su culpable padre, si oportunamente no ofrezco alguna expiación por ellos. Mi preocupación primera ha de ser inocular en su tierno corazón la compasión hacia sus semejantes, y mi postrer encargo, el de velar por la hermana que busco, si puedo encontrarla.
»Besó a continuación al niño, y le dijo:
»—Por ti lo hago todo, Carlos. ¿Olvidarás mis encargos?
»—Nunca—respondió con resolución el niño.
»No consigné en mi carta un nombre que me habían comunicado confidencialmente. La cerré, y no queriendo confiarla a nadie, aquel día la llevé yo mismo a su destino.
»Por la noche, era la última del año, a eso de las nueve, llamó en mi casa un hombre vestido de negro, dijo que necesitaba verme, y mi criado Ernesto Defarge lo condujo a mi presencia.
»—Un caso urgente en la calle St. Honoré—dijo.
»Salí inmediatamente. En la calle me esperaba un coche... que me condujo aquí, a la tumba. Apenas habíamos perdido de vista mi casa, cuando inopinadamente me amordazaron y sujetaron con cuerdas los brazos. No tardaron en salir los dos hermanos al encuentro del coche. El Marqués sacó del bolsillo la carta que yo había llevado al Ministro, me la enseñó, la quemó con la llama de una linterna que llevaba en la mano, y pisoteó las cenizas. No se habló ni una palabra. Me trajeron a esta tumba, y en ella sigo.
»Si en el lapso de estos horribles años, Dios se hubiera dignado tocar el corazón de cualquiera de los dos hermanos, no para que pusieran término a mi espantoso cautiverio, sino para que me dieran noticias de mi adorada esposa... para que me dijeran, ya que no otra cosa, si vive o ha muerto, creería que, a pesar de sus maldades, no los ha dejado por completo de su mano; pero hoy creo que las cruces rojas trazadas con sangre por el muchacho moribundo han sido fatales para ellos, creo que el Cielo los ha condenado. Como consecuencia, yo, Alejandro Manette, cautivo infortunado, en la noche última del año 1767, denuncio a los dos hermanos y a todos sus descendientes, hasta el último, a los tiempos que no pueden menos de llegar, en que los hombres castiguen maldades como las de que se han hecho reos. También los denuncio al cielo y a la tierra.»
Terribles rugidos siguieron a la lectura de este documento. No se oían palabras, que las gargantas no podían modular, sino rugidos que revelaban sed insaciable de sangre.
Ante aquel tribunal, y ante aquel auditorio, ninguna necesidad había de explicar cómo poseía Defarge aquel terrible documento que acababa de hacerse público, cómo no lo había tampoco de hacer saber que el nombre de aquella familia odiada figuraba desde largo tiempo antes en los formidables registros de San Antonio. No había nacido el hombre capaz de defender al mortal sobre quien pesase tan grave denuncia.
Venía a agravar hasta lo infinito la situación del condenado la circunstancia de que su delator fuera un ciudadano conocidísimo y muy respetable, su amigo del alma, nada menos que el padre de su mujer. Una de las aspiraciones más corrientes en el populacho era la de imitar las virtudes públicas de la antigüedad, sacrificarse por la causa del pueblo, inmolar los efectos más tiernos en aras de la República. He aquí por qué, cuando el Presidente dijo que el buen médico republicano no vacilaba en dejar viuda a su hija y huérfano a su nieto, a trueque de exterminar una familia de perniciosos aristócratas, las turbas dieron rienda suelta a un fervor patriótico salvaje, sin que en ningún pecho vibrasen las cuerdas de la simpatía humana.
—¿Conque le has rodeado de influencias poderosas, eh, doctor?—murmuró la señora Defarge, mirando, sonriendo, a La Venganza—¡Sálvale, doctor, sálvale ahora, si puedes!
Los jurados se expresaron por medio de rugidos. Cada voto emitido fué un rugido, la sentencia, una sucesión de rugidos.
Poco se hizo esperar el fallo. Carlos Evrémonde, por otro nombre Darnay, aristócrata de corazón y de sangre, enemigo de la República y feroz opresor del pueblo, volvería a la Conserjería para ser decapitado a las veinticuatro horas.
XI. SOMBRAS
La feroz sentencia que condenaba a la última pena a un inocente fué para la esposa sin ventura agudo puñal que traspasó su tierno corazón. No exhaló, sin embargo, la infeliz un quejido; en el fondo de su alma se alzó una voz potente que la marcó el camino de su deber, diciéndola que su obligación era sostener a su esposo adorado en vez de acrecentar con las suyas sus agonías, y ante el conjuro de aquella voz, la joven se irguió arrogante, sobreponiéndose a los efectos del tremendo golpe recibido.
Los jueces levantaron la sesión para tomar parte en la bulliciosa manifestación pública que no podía menos de tener lugar después del incidente de la vista, y muy en breve, abiertas todas las puertas de la Sala de Justicia, salía el público, indiferente al dolor de Lucía, que tendía sus brazos anhelantes hacia la plataforma donde quedaba su marido.
—¡Si me fuera dado llegar hasta él, Dios mío! ¡Si pudiera darle un abrazo, uno solo! ¡Oh ciudadanos! ¡Buscad en vuestros pechos un resto de piedad y acceded a una súplica que os hago de rodillas!
No quedaban allí más personas que un carcelero con dos de los cuatro individuos que el día anterior fueron a prender a Carlos, y Barsad. El público corría ya bullicioso por las calles.
—Dejemos que le dé un abrazo—propuso Barsad a sus compañeros;—es cuestión de un momento.
Aquellas fieras se ablandaron. Lucía pudo llegar hasta el pie de la plataforma, y su marido, inclinándose sobre la barandilla, la estrechó entre sus brazos.
—¡Adiós, dulce alma mía!—dijo.—Abandono este mundo bendiciendo los amores que en él dejo. En la mansión donde duermen los odios y las pasiones humanas volveremos a encontrarnos.
—Espantosa es mi desventura, Carlos querido; pero la recibo resignada. No sufras por mí, que Dios me protege y sostiene mis fuerzas. ¡La última bendición para nuestro ángel, y adiós!
—Contigo se la envío, y al besarte a ti, beso a las dos, y de las dos me despido al hacerlo de ti.
—¡No... Carlos querido, no! ¡Un momento más!—exclamó Lucía, al ver que el condenado intentaba desasirse de sus brazos.—Nuestra separación no será larga. Presiento que mis amarguras pondrán pronto fin a mi triste vida; pero mientras me quede un soplo de energía, cumpliré con mi deber, y cuando deje a nuestra hija, el Dios misericordioso que me deparó almas buenas que, con su cariño y abnegación alegraron mi existencia, no ha de regateárselas a ella.
Habíala seguido su padre convertido en muda estatua del dolor, quien habría caído de rodillas a los pies de los dos, de no haberlo impedido Carlos.
—¡No... no!—gritó éste, tendiéndole los brazos—¿Ha cometido usted acaso alguna culpa, para postrarse de rodillas ante nosotros? ¡Ah, no! ¡Todo lo contrario! ¡Ahora es cuando me doy cuenta cabal de las torturas horribles que desgarraron su alma! ¡Ahora es cuando puedo aquilatar lo que usted sufrió cuando sospechó la sangre que por mis venas corría y la desesperación que debió sentir cuando las sospechas se trocaron en certeza! ¡Ahora es cuando comprendo las luchas encarnizadas que hubo de librar contra una antipatía natural, los esfuerzos que necesariamente tuvo que hacer para vencerla! ¡Con todo nuestro corazón le damos las gracias! Suyo es todo nuestro agradecimiento, suyo todo nuestro cariño. ¡Que el Cielo le bendiga, como le bendecimos nosotros!
No pudo contestar el anciano, pues ni su garganta agarrotada era capaz de articular palabra, ni en su cuerpo quedaban energías más que para mesarse los cabellos y lanzar alguno que otro quejido de angustia.
—Tenía que suceder así—repuso el reo.—Todo ha conspirado para llegar al fatal resultado a que llegamos. Han sido estériles cuantos esfuerzos he hecho para satisfacer aquella aspiración de mi santa madre a la que dió salida el día primero que usted la conoció y me conoció. Hubiera sido necio esperar bien alguno de una siembra tan abundante de males, hacerse ilusiones de que podría tener término feliz lo que se inauguró con principios fatales. Tenga valor, y perdóneme. ¡El Dios misericordioso le colme de bendiciones!
Separáronse los esposos; y mientras el reo se alejaba entre sus guardianes, su esposa permanecía mirándole, juntas las manos en actitud de súplica y con rostro radiante en el que predominaba una sonrisa acariciadora y confortadora. Sin embargo, no bien desapareció el condenado por la puerta que comunicaba con la cárcel, Lucía dobló su cabeza cual flor segada por el tallo, intentó hablar, y cayó desplomada en tierra.
Del obscuro rincón donde había permanecido oculto desde el comienzo de la vista, salió entonces Sydney Carton y alzó a la desventurada del suelo. No quedaban con ella más que su padre y Lorry. Temblaba el brazo de Carton mientras la levantaba, y, sin embargo, su expresión no era sólo de piedad; había en ella fuerte mezcla de orgullo.
—¿La llevo al coche?—preguntó.—No sentiré su peso.
En sus brazos la condujo hasta el coche que esperaba en la puerta, donde la acomodó. El anciano doctor y el buen Lorry se sentaron a su lado, y Carton se acomodó en el pescante, junto al cochero.
Llegados frente a la verja, al sitio en que horas antes se detuviera Carton procurando adivinar qué piedras habían hollado los pies de Lucía, sacó a ésta del coche, y en sus brazos la subió orgulloso hasta sus habitaciones, acostándola sobre un sofá. Lucita y la señorita Pross lloraban desconsoladas.
—No haga nada por disipar su desmayo.—dijo Carton a la última con voz muy baja.—Está mejor así.
—¡Oh Carton, Carton!—gritó Lucita, saltando al cuello de Carton y rodeándole con sus brazos.—Ahora que ha venido usted, no dudo que hará algo para consolar a mamá, para salvar a papá. ¡Véala usted, Carton! ¿Puede usted, puede nadie que la quiera contemplarla sin que salte hecho pedazos su corazón?
Carton dió un beso a la niña, separó con dulzura sus bracitos, contempló durante algunos segundos a la madre, y dijo:
—Antes de irme... ¿puedo besarla?
Más tarde recordaron los testigos de esta escena que, mientras rozaban sus labios las mejillas de la desmayada, murmuró algunas palabras. La niña, que era la que se encontraba más cerca, dijo después, y repitió muchas veces a sus nietos, cuando era una viejecita encorvada bajo el peso de los años: «Es una vida que amas».
En la habitación inmediata, donde encontró al doctor y a Lorry, dijo al primero:
—Ayer tenía usted mucha influencia, doctor Manette; debe usted ponerla toda en juego. Los jueces, y todos los que hoy tienen algún poder, son amigos suyos y están agradecidos a sus servicios; ¿no es cierto?
—Nada me ocultaron de lo que a Carlos se refería. Abrigaba yo esperanzas, casi seguridad absoluta de salvarle, y le salvé—contestó el doctor, hablando con mucha lentitud y con expresión conturbada.
—Pruebe otra vez. Breves son las horas que separan a hoy de mañana; pero pruebe.
—Probaré... No descansaré un instante.
—Es lo que debe hacer. He visto hacer grandes cosas a hombres dotados de las energías de usted, aunque nunca—añadió, sonriendo y suspirando al mismo tiempo—tan grandes como la que le propongo. Pruebe, sin embargo. La salvación de una vida querida bien vale ese esfuerzo.
—Me presentaré al Fiscal de la República y al Presidente—contestó el doctor Manette,—así como también a otros que no es necesario nombrar. Escribiré también, y... Pero ahora recuerdo que hoy se celebran festejos públicos y que no podré ver a nadie hasta que sea de noche.
—Es verdad. ¡Bah! De todas suertes, se trata de una esperanza muy remota; poco se pierde con esperar hasta la noche. Comienzo por decir que nada espero. Dígame, doctor Manette, ¿cuándo cree que podrá ver a esas autoridades formidables?
—Inmediatamente después de anochecido; yo creo que dentro de una o dos horas.
—Anochecerá poco después de las cuatro... Aprovechemos la hora o dos horas que tenemos por delante. Si a las nueve me presento en casa del señor Lorry, ¿podré saber el resultado de sus gestiones?
—Desde luego.
—¡Ojalá tengan buen éxito!
Acompañó Lorry a Carton hasta la puerta de la calle, donde le dijo con voz muy baja y acento apesadumbrado:
—Nada espero.
—Ni yo.
—Aun cuando uno cualquiera de esos hombres... aun cuando todos esos hombres estuvieran dispuestos a concederle la vida... lo que es suponer demasiado, después de lo ocurrido en la vista, dudo mucho que se atrevieran a hacerlo.
—También lo dudo yo... La cuchilla no se detendrá.
Lorry llevó las manos a la cara y dejó escapar algunos sollozos.
—No se desespere usted... no ceda al abatimiento—dijo con dulzura extremada Carton.—Si he aconsejado al doctor que trabaje sin descanso, ha sido porque sus trabajos, aunque han de ser estériles, han de consolar a su hija algún día. Si su padre se cruzara de brazos, podría pensar que había sido sacrificada una vida sin que nadie se tomase el trabajo de disputarla al verdugo.
—¡Sí, sí, sí! ¡Tiene usted razón!—respondió Lorry, secándose los ojos.—Se trabajará; pero morirá... ¡no resta un átomo de esperanza!
—Es cierto. Morirá... ¡No queda un átomo de esperanza!—repitió Carton como un eco.
Seguidamente echó a andar con paso firme.
XII. TINIEBLAS
Muy poco trecho había recorrido Carton cuando se detuvo, no bien decidido acerca del sitio al que se encaminaría.
—A las nueve en el Banco Tellson—murmuró.—De aquí a entonces, ¿será prudente que me deje ver? Creo que sí. No estará de más que esas gentes tengan noticia de que por aquí anda un hombre como yo... quizá sea una precaución acertada... una precaución necesaria... ¡Cuidado, Carton, cuidado...! ¡Pensémoslo otra vez!
Suspendiendo la marcha ya iniciada en una dirección determinada, entró en una calleja obscura y solitaria y procuró pesar el pro y el contra de su proyecto, midiendo con su imaginación el alcance y las consecuencias probables que aquél pudiera tener.
—No hay duda; es lo mejor—pensó.—Esas gentes deben saber que por la ciudad anda un hombre que se llama Carton.
Con paso resuelto echó a andar hacia San Antonio.
Como aquel mismo día había dicho Defarge en la vista que era dueño de una taberna sita en el barrio de San Antonio, pocas dificultades había de encontrar cualquiera que conociera bien la ciudad para dar con la taberna en cuestión, sin necesidad de preguntar a nadie. Carton, pues, salió de la calleja obscura y comió en una casa de comidas, descabezando a continuación un sueño. En muchos años no había bebido tan poco como aquel día. Desde la noche anterior, sólo había tomado un poco de vino aguado.
A eso de las siete despertó, y reanudó su marcha. Al llegar al barrio de San Antonio, detúvose un instante frente a una tienda donde vió un espejo, y alteró ligeramente el lazo de su corbata y desordenó su cuello y su cabello. Hecho esto, encaminóse en derechura a la taberna Defarge y entró resueltamente en ella.
No encontró en el establecimiento más que a Santiago Tercero, a quien recordó haber visto aquella tarde entre los jurados, el cual estaba bebiendo y conversando con los Defarges, marido y mujer. La Venganza, en su calidad de miembro de la taberna, asistía a la conversación.
Carton, luego que tomó asiento, pidió un vaso de vino. La señora Defarge le dirigió una mirada indiferente, luego otra más detenida, siguió otra extraordinariamente penetrante, y terminó acercándose a él y preguntándole qué deseaba.
Carton repitió lo que antes había dicho.
—¿Inglés?—preguntó la tabernera, enarcando las cejas.
Carton, después de mirarla un buen espacio, cual si le costase gran trabajo pronunciar una palabra francesa, contestó con acento extranjero marcadísimo:
—Sí, señora, sí; inglés.
Fué la tabernera al mostrador para servir el vino, y Carton, mientras tomaba entre sus manos un periódico jacobino y fingía hacer esfuerzos por interpretar la lengua en que estaba escrito, oyó que decía la primera:
—Juro que se parece a Evrémonde.
Sirvió el vino Defarge, dando las buenas noches al parroquiano.
—¿Qué?—preguntó Carton.
—Buenas noches.
—¡Oh... muy buenas noches, ciudadano... y muy buen vino! ¡Brindo por la República!
Volvió Defarge al mostrador, diciendo:
—Es cierto; se le parece un poco.
—¡Y yo repito que se le parece mucho!—replicó con dureza la tabernera.
—Lo tienes tan presente en tu memoria...—observó Santiago Tercero.
—¡A fe que yo tampoco le olvido un momento!—exclamó La Venganza riendo.—Y si no me engaño, estás tú esperando llegue el día de mañana para verle otra vez.
Carton continuaba leyendo, siguiendo con el índice las líneas del periódico y puesta en la lectura toda su atención. Los Defarges, La Venganza y Santiago Tercero, juntas las cabezas y de codos sobre el mostrador, conversaban en voz muy baja. Después de algunos momentos de silencio, durante los cuales las cuatro personas tuvieron sus ojos clavados en el aplicado lector, que no tenía ojos ni oídos más que para el periódico, reanudaron la conversación.
—Opino que tiene razón tu mujer. ¿Por qué detenernos hasta el final del viaje? El argumento es de gran fuerza.
—Todo lo que quieras—objetó Defarge—pero en una parte o en otra tendremos que hacer alto. En realidad, lo único que hay que acordar es dónde se hace ese alto.
—¡Después del exterminio!—replicó la tabernera.
—¡Magnífico!—aulló Santiago Tercero.
—¡Soberbio!—gritó La Venganza.
—Profeso la santa doctrina del exterminio, y dicho se está que, en general, nada tengo que decir en su contra—observó Defarge.—Pero hay que tener en cuenta que ese pobre doctor ha sufrido ya mucho. Hoy habéis podido convenceros de ello, pues todos habréis reparado en la expresión de su cara mientras se leía el papel.
—¡He reparado en la expresión de su cara, sí!—replicó la tabernera, poniendo en sus palabras todo el desprecio y todo el odio de su corazón de fiera.—He reparado en la expresión de su cara, sí; y he visto que no era la cara de un amigo verdadero de la República; eso es lo que he visto.
—Y no te habrán pasado inadvertidas las crueles agonías de su hija, agonías que habrán exacerbado enormemente las suyas—repuso Defarge.
—También he observado a su hija, sí—contestó la tabernera;—la he observado muchas veces; no hoy sólo. La he observado hoy en el Tribunal, y la he observado otros días en la calle, contemplando los muros de la cárcel. Me basta alzar un dedo, para que baje inmediatamente la cuchilla que haga rodar su cabeza.
—¡Eres una ciudadana prodigiosa!—rugió Santiago Tercero.
—¡Un ángel!—suspiró La Venganza.
—En cuanto a ti—prosiguió la tabernera implacable, dirigiéndose a su marido,—segura estoy de que, si de ti dependiera... que por fortuna no depende... serías capaz de salvar aún a ese hombre.
—¡No!—protestó Defarge—¡Si con levantar este vaso pudiera salvarlo, ten por seguro que no lo levantaría! Pero me detendría allí; repito que daría mi obra por acabada.
—Ya lo estás viendo, Santiago—exclamó la tabernera lanzando por los ojos llamaradas de rabia—Ya lo estás viendo también tú, mi querida Venganza... Los dos lo véis... Los dos lo oís... Hace mucho tiempo que figura esa raza en mis registros condenada a la destrucción, al exterminio, por crímenes que nada tienen que ver con los de la tiranía y opresión. Preguntad a mi marido si miento.
—Es verdad—contestó Defarge, sin esperar a que le preguntasen.
—En los comienzos de los grandes días, cuando cayó la Bastilla, encuentra mi marido el papel que se ha hecho público hoy, lo trae a casa, y después de media noche, cuando el establecimiento está cerrado y desierto, lo leemos en este mismo sitio y a la luz de esta misma lámpara. Preguntadle si digo verdad.
—Es verdad, sí—contestó Defarge.
—Aquella misma noche, después de leído el papel y apagada la lámpara, cuando comenzaba a filtrarse el día por entre las grietas de las ventanas y los hierros de las rejas, le dije que tenía que comunicarle un secreto. Que os diga si miento.
—Es cierto—asintió Defarge.
—Y le comuniqué el secreto. Golpeé su pecho con estas dos manos, como lo golpeo ahora, y le dije: «Defarge; me crié entre pescadores de la playa, y la familia labriega tan ultrajada por los hermanos Evrémonde, esa familia que describe el papel encontrado en la Bastilla, es mi familia. Defarge, la hermana moribunda del muchacho campesino herido mortalmente era mi hermana, el marido era el marido de mi hermana, el fruto de sus amores que jamás abrió los ojos a la luz, era el hijo de mi hermana, y aquel hermano labriego era mi hermano, y el padre muerto de dolor era mi padre, los que murieron eran mis muertos, y sus gritos de venganza a mí se han dirigido desde entonces...» Preguntadle si es verdad lo que digo.
—Así es—confesó Defarge.
—¡Y ahora, decidme si es posible poner compuertas al vendaval o extinguir el fuego del infierno!—repuso la tabernera.—Pero no; no es necesario que me lo digáis.
Los dos oyentes saboreaban un placer horrible al convencerse de la índole implacable del odio de la tabernera, cuya palidez de espectro estaba viendo el lector del periódico sin ver su rostro. Defarge, minoría insignificante, aventuró algunas palabras haciendo resaltar la compasión de la esposa del Marqués; pero no consiguió más que la repetición de las palabras últimas de su mujer:
—¡Dime si es posible poner compuertas al vendaval o extinguir el fuego del infierno!
La entrada de algunos parroquianos puso fin a la conferencia. El inglés pagó el gasto hecho y preguntó dónde estaba el Palacio Nacional. Acompañóle hasta la puerta la señora Defarge, y allí, poniendo su brazo sobre el de aquél, le indicó el camino que debía seguir. Ganas se le vinieron al parroquiano inglés de alzar aquel brazo y herir con mano segura a su propietaria.
Alejóse Carton de aquellos parajes, no tardando en rondar los muros de la cárcel. A la hora convenida se presentó en la casa de Lorry, donde halló al anciano que le esperaba inquieto y lleno de ansiedad. Manifestóle el buen banquero que había estado acompañando a Lucía hasta momentos antes, y que se había separado de ella para acudir a la cita convenida; que no habían visto a su padre desde que salió a las cuatro de la tarde; que Lucía abrigaba alguna esperanza de que, por mediación del doctor, acaso se salvase Carlos, pero que las esperanzas eran muy débiles.
Cinco horas duraba la ausencia del doctor: ¿dónde podría estar? Lorry le esperó hasta las diez, y como no podía resignarse a dejar a Lucía sola y sin noticias durante tanto tiempo, decidieron que Lorry volviera a la casa de la infeliz, y que Carton esperaría la llegada del doctor. Lorry debía regresar al Banco a media noche.
Dieron las doce y el doctor no apareció. Volvió Lorry, y ni encontró noticias, ni trajo ninguna. ¿Dónde estaría?
Este era el punto que estaban discutiendo, casi abriendo sus pechos a la esperanza, fundada en lo prolongado de la ausencia, cuando oyeron sonar sus pasos en la escalera. No bien apareció en la habitación, vieron que todo estaba perdido.
Jamás ha podido saberse si se pasó todas las largas horas de ausencia vagando al azar por las calles, o bien si visitó a sus relaciones. Entró en la estancia, permaneció con la mirada fija en los que le esperaban, y no despegó los labios, ni nadie le dirigió la palabra, pues bien claramente decía la expresión de su rostro que todo estaba perdido.
—No puedo encontrarlo—dijo.—¿Dónde está? Me hace falta.
Venía con la cabeza desnuda y abierta la pechera de la camisa. Después de tender miradas de angustia en derredor, se quitó la levita y se sentó en el suelo.
—¿Pero dónde está mi banqueta? Por todas partes la ando buscando sin poder dar con ella. ¿Qué han hecho con mi labor? Necesito concluir esos zapatos... los esperan con urgencia.
Los dos oyentes se miraron consternados.
—¡Vaya... vaya!—repuso el anciano.—¡Mi banqueta... mi labor comenzada...! ¡Repito que es muy urgente!...
Al no recibir contestación, se tiró del cabello y pateó el suelo, semejante a un niño enfadado.
—¡No martiricen a un desgraciado!—exclamó, lanzando un grito formidable.—¡Dénme mi labor... por Dios! ¿Qué será de nosotros si esta noche no termino los zapatos?
¡Perdido, perdido por completo!
Era inútil intentar encender una luz que el recio huracán de la desgracia había extinguido para siempre. Con espanto de Lorry, con terror de Sydney Carton, el doctor Manette volvía a ser el zapatero del sotabanco, el desventurado idiota que años antes entregaron al tabernero Defarge.
Impresionados ambos, afectados por la misma idea y comprendiendo la necesidad de sobreponerse a sus emociones, dedicáronse, no a intentar reanimar aquella inteligencia, totalmente extinguida, sino a tranquilizar al infeliz anciano, prometiéndole que muy en breve le serían devueltos la banqueta, las herramientas y los zapatos.
—Ha sucumbido al golpe, excesivamente rudo para él—dijo Carton.—Sí; no hay más remedio que llevarlo a su hija; pero antes de hacerlo, ¿tendrá usted la bondad de prestarme un momento de atención? Necesito imponer algunas condiciones y arrancar a usted una promesa; pero no me pregunte el motivo de las primeras ni el por qué de la segunda, que para callarlas tengo una razón... y de mucho peso.
—No lo dudo—respondió Lorry.—Siga usted.
En una silla colocada entre los dos interlocutores estaba el anciano, meciéndose con monotonía maquinal y sollozando. Los interlocutores hablaban con voz muy baja, cual si se hallaran junto al lecho de un enfermo.
Carton se bajó para alzar del suelo la levita del doctor. Al hacerlo, cayó al suelo una cajita donde el doctor tenía la costumbre de guardar la lista de las visitas que debía hacer durante el día. La recogió y abrió, encontrando dentro un papel doblado.
—¿Quiere usted que veamos qué es esto?—preguntó.
Lorry asintió con un movimiento de cabeza.
—¡Gracias, Dios mío!—exclamó Carton no bien desdobló el papel.
—¿Qué es?—preguntó Lorry con acento anhelante.
—Un poquito de paciencia; se lo explicaré a su tiempo. Ante todo—dijo, llevando la mano al bolsillo interior de su levita y sacando otro papel,—conviene que vea usted esto, que es un certificado, merced al cual puedo salir de la ciudad sin inconveniente. Léalo usted.... Sydney Carton, súbdito inglés...
Lorry quedó contemplando el papel.
—Guárdelo usted hasta mañana. Recordará usted que he de visitar al prisionero, y no creo prudente llevarlo conmigo a la cárcel.
—¿Por qué no?
—No lo sé... Un capricho, quizá, pero prefiero no llevarlo. Tome también el papel que el doctor Manette llevaba en su bolsillo, y que es otro certificado análogo, un salvo conducto para que él, su hija y su nieta, puedan franquear la Barrera y la frontera en cualquier momento. ¿Lo ve usted?
—Sí.
—Probablemente se lo proporcionaría ayer, a fin de adoptar toda clase de precauciones contra la tormenta. ¿Qué fecha tiene? Pero no importa; no hay necesidad de tomar nota de ese dato. Lo esencial es que lo guarde usted juntamente con el mío y el de usted. Ahora bien; escuche con atención mis palabras, y no las olvide; hasta hace dos horas, no pasó por mi imaginación que pudieran necesitar ese papel, que hoy es firme y valedero, y lo será mientras no lo revoquen. Pero pueden revocarlo; y es más: motivos poderosos me hacen creer que lo revocarán muy pronto.
—¿Están en peligro?
—Están en peligro inminente. Están en peligro de ser denunciados por la tabernera Defarge; no me lo ha contado nadie; lo he escuchado yo de sus propios labios. Esta noche he sorprendido una conversación de esa mujer, y la conversación me ha hecho ver el peligro que a la familia del doctor amenaza. Desde que la oí, no he desperdiciado el tiempo, he visitado a mi espía, y mis impresiones primeras se han confirmado plenamente. Sabe aquél que un aserrador de leña, hechura de los Defarges, está pronto a declarar que la ha visto (Carton no pronunciaba nunca el nombre de Lucía) haciendo señas a los prisioneros. No es difícil adivinar que sobran motivos para fundar sobre el hecho mencionado una acusación cualquiera, un complot contra la República, por ejemplo, cuya consecuencia sería la muerte de ella, quién sabe si también la de su hija... acaso hasta la de su padre, pues ambos han sido también vistos en el mismo sitio... No se asuste usted... que a todos los salvará usted.
—¡Quiéralo el Cielo, Carton! ¿pero cómo?
—Es lo que voy a decirle ahora mismo. Fío en usted, convencido de que no podría poner el asunto en mejores manos. La nueva delación no será formulada hasta que pase el día de mañana... probablemente la dejarán para dos o tres días después, y aun es más probable que la dilaten una semana. Sabe usted perfectamente que incurre en pena de muerte en este bendito país el que llora o simpatiza con una víctima de la guillotina. No cabe dudar que tanto ella como su padre se harán reos del crimen mencionado, y desde luego aseguro que la tabernera, cuyo odio feroz llega a extremos inconcebibles, esperará hasta contar con armas que aumenten la fuerza de su denuncia y hagan doblemente seguro el resultado. ¿Va usted comprendiendo?
—Con tanta atención, y tan penetrado de la exactitud de lo que usted afirma, que hasta olvido momentáneamente esta desdicha—contestó extendiendo la diestra hacia la silla del doctor.
—No ha de encontrar dificultades usted, que dispone de dinero en abundancia, para ganar la costa utilizando los medios de locomoción más rápidos. Hace ya días que tiene usted ultimados sus preparativos para regresar a Inglaterra. Dé usted órdenes para que mañana tengan enganchados los caballos para emprender el viaje a las dos de la tarde.
—Lo estarán.
—¿No dije antes que era imposible poner el asunto en mejores manos? Tiene usted un corazón todo nobleza. Esta noche, dirá a ella que conoce el peligro que se cierne sobre su cabeza, y que ese peligro puede envolver también a su hija y a su padre. Insista usted en este punto, pues de no hacerlo así, es probable que nada consiguiera, porque ella, sin inconveniente, antes bien llena de alegría, colocaría su hermosa cabeza junto a la de su marido, para que el mismo golpe hiciera rodar las de los dos. Insistiendo en el peligro que corre su hija y en el que amenaza a su padre, hágala usted ver la necesidad imperiosa de salir mañana a la hora indicada de París, con ellos y con usted. Dígala que es deseo de su marido, deseo expreso de cuyo cumplimiento depende mucho más de lo que ella puede suponer o esperar. ¿No le parece a usted que su padre, no obstante la lamentable condición de su espíritu, se someterá a los deseos de la hija?
—Estoy seguro de ello.
—Lo suponía. Sobre todo, téngalo todo dispuesto para la hora indicada. El coche preparado, enganchados los caballos y ustedes acomodados en sus asientos. En el momento que llegue yo, colóquenme en el coche, y en marcha.
—¿He de esperar su llegada de usted, suceda lo que suceda?
—Tiene usted en su poder mi salvoconducto, juntamente con los demás, salvoconducto que me da derecho a un asiento. Esperará usted hasta que ese asiento esté ocupado, y en cuanto lo esté, a Inglaterra lo más rápidamente posible.
—En ese caso—observó Lorry, dando un fuerte apretón de manos a Carton,—ya no depende todo de un pobre viejo, puesto que llevaré a mi lado a un joven ardiente y decidido.
—¡Con la ayuda de Dios, lo tendrá usted! Prométame ahora solemnemente que por nada del mundo alterará ni modificará nada de lo que hemos convenido.
—Nada, Carton; lo juro.
—Mañana, procure recordar con frecuencia estas palabras: «Una variación... una demora... sea la que sea la causa a que obedezca, puede comprometer la salvación de las vidas de todos y ocasionar el sacrificio inevitable de muchas otras.»
—Las recordaré. Espero que Dios me dará fuerzas para llenar fielmente mi misión.
—Yo también espero que no me faltarán para cumplir la mía. Y ahora... adiós.
No se fué, sin embargo, aunque a continuación de pronunciar la palabra de despedida, llevó a sus labios y besó la mano que Lorry le tendía. Antes ayudó a levantar al doctor de la silla, a ponerle la levita y el sombrero, y a inducirle a salir, diciéndole que iban a buscar la banqueta y los zapatos que deseaba. Acompañó a los dos ancianos hasta el jardín de la casa donde lloraba un corazón lacerado, tan feliz en otros tiempos, y, cuando aquellos le dejaron solo, permaneció algunos momentos contemplando una ventana, cuyas maderas dejaban escapar algunos hilos de luz, la ventana de la habitación de ella. Antes de irse, su corazón envió a la ventana un adiós solemne envuelto en hermosa nube de bendiciones.
XIII. CINCUENTA Y DOS
Encerrados en negruzcos muros, los condenados del día esperaban la hora de subir al cadalso en la siniestra cárcel de la Conserjería. Eran tantos como semanas tiene el año. Cincuenta y dos vidas humanas debían perderse aquella tarde en el mar insaciable que las absorbe todas. Antes que se vaciasen sus celdas quedaban designados los que habrían de remplazarlos, antes que corriera su sangre sobre la sangre vertida el día anterior, había sido puesta en sitio separado la que al día siguiente vendría a mezclarse con la suya.
Cincuenta y dos vidas segadas, cincuenta y dos víctimas, pertenecientes a todas las clases sociales; desde el rico propietario de setenta años, cuyas riquezas de nada le servían para prolongar la existencia, hasta el mísero jornalero, a quien tampoco podía salvar su obscuridad y su miseria. De la misma manera que en las enfermedades físicas, que tienen su origen en los vicios y en los descuidos de los hombres, hacen sus víctimas sin reparar en categorías ni edades, así también las espantosas dolencias morales, engendradas por sufrimientos indecibles, opresiones intolerables e indiferencias crueles, hieren por igual y sin distinción de personas.
Carlos Darnay, encerrado en su celda a solas con sus pensamientos, no se hizo ilusión alguna desde que salió de la Sala de Justicia. En cada palabra de la terrible narración allí leída vió una sentencia de muerte, y no se le ocultó que no había influencia humana capaz de salvarle, que virtualmente pesaba sobre él una sentencia pronunciada por millones de votos, contra los cuales de nada servían los esfuerzos individuales.
No era, sin embargo, empresa fácil resignarse a morir, el que como él conservaba fresca en su mente la imagen de su adorada esposa. Lazos muy sólidos le unían a la vida, y era duro, muy duro, ver tan de cerca la cuchilla que los cortaría para siempre. Sus pensamientos se atropellaban, se agitaban tumultuosos en su pecho, reñían entre sí rudas batallas, y a la postre unían sus fuerzas para contender contra la resignación. Si momentáneamente conseguía calmarlos, brotaba inmediatamente la imagen de su mujer, la imagen de su tierna hija, acordábase de que las dejaba en el mundo, y protestaba contra ello con todas las fuerzas de su alma, ni más ni menos que si en su pecho alentase el egoísmo más agudo.
Verdad es que estas luchas no fueron de larga duración. No pasó mucho rato sin que actuara en él como estimulante poderoso la consideración de que la muerte que le esperaba no llevaba consigo el apéndice de la deshonra, y el pensamiento de que muchos, tan inocentes como él, recorrían todos los días y con paso firme el mismo camino doloroso que él debía recorrer. Pensó luego en la futura tranquilidad de espíritu de que, pasados los primeros momentos, disfrutarían los seres queridos que dejaba en el mundo, si le veían aceptar la muerte con entereza varonil, y de esta suerte, poco a poco y por grados, fué recobrando la calma y engolfándose en reflexiones de índole más elevada.
Antes que cerrase la noche, había adelantado la mayor parte del camino en el viaje de su resignación. Provisto de recado de escribir y de luz, tomó la pluma y no la dejó hasta que llegó la hora en que el reglamento de la cárcel obligaba a apagar las lámparas.
Escribió una carta muy extensa a Lucía, demostrándola que jamás tuvo noticia del eterno cautiverio de su padre hasta que lo oyó de los mismos labios de éste, y que, con anterioridad a la lectura del documento encontrado en la Bastilla, estaba tan ignorante como ella misma de la culpabilidad directa de su padre y de su tío en aquel triste acontecimiento. Ya antes la había explicado que, si ocultó su apellido verdadero, apellido que había renunciado, fué para cumplir una condición, cuyo motivo comprendía ahora perfectamente, impuesta por el doctor al dar su asentimiento a las relaciones amorosas con su hija, y ratificada la mañana de su boda. La suplicaba encarecidamente que, por amor a su padre, jamás intentase averiguar si aquél había olvidado la existencia del documento, o bien si se la recordó la historia de la Torre de Londres narrada bajo el plátano del jardín aquella noche de verano. Si del documento en cuestión conservaba algún recuerdo, indudablemente lo supuso destruído con la Bastilla, al ver que no figuraba entre las reliquias de los prisioneros encontradas por el populacho y hechas tan públicas que las conocía el mundo entero. Instábala—bien que añadiendo que ya sabía que la recomendación era inútil—a que consolase a su padre, convenciéndole, por todos los medios imaginables, de que no sólo no había hecho nada vituperable, nada que hubiera ocasionado su desventura, sino que, por el contrario, se había sacrificado siempre por la felicidad de su hija y del marido de su hija. Terminaba recomendándola que procurase sobreponerse a su dolor, que se consagrase a su querida hija, y sobre todo, que a fuerza de ternura consolase a su padre.
Escribió al doctor otra carta inspirada en los mismos pensamientos y diciéndole que confiaba a su cariño a su mujer y a su hija. Con frase vibrante le hacía ese encargo, no porque lo considerara necesario, sino más bien con objeto de levantar su ánimo y alejar de su mente pensamientos retrospectivos, que desde luego suponía que se alzarían con mayor fuerza que nunca.
Dirigió una carta al señor Lorry, encomendando a su solicitud los seres queridos que dejaba y explicándole todos sus asuntos terrenos. No se acordó de Carton. Eran tantos los pensamientos que le embargaban, que no dejaron hueco para una persona con la que nunca sostuvo relaciones frecuentes.
Cuando se apagaron las luces y se tendió sobre el mísero jergón de paja, creyó que había concluído ya con el mundo.
Resurgió, sin embargo, éste durante su sueño, y resurgió brillante, encantador. Encontróse de nuevo en el tranquilo rinconcito de Soho, libre, feliz, contento, en compañía de su Lucía, la cual le aseguraba que todo había sido un sueño, una pesadilla, que nunca habían abandonado a Inglaterra, que nunca se había separado de ella. A este sueño siguió una pausa de olvido completo, después de la cual se imaginó que vivía con su mujer, pero muerto, decapitado. Sobrevino otra pausa de olvido, y despertó al fin por la mañana, sin darse cuenta del sitio en que se encontraba sin acordarse de lo ocurrido la víspera, hasta que brotaron en su mente con caracteres de fuego estas palabras: «Hoy es el día de tu muerte.»
Encontrábase en el día en que debían rodar cincuenta y dos cabezas, una de ellas la suya, y mientras, resignado a su triste suerte, hacía acopio de alientos para sufrirla con tranquilo heroísmo, sus pensamientos, muy difíciles de dominar, emprendieron con actividad febril nuevos derroteros.
Nunca había visto el terrible instrumento que horas más tarde segaría su vida. Cuánta sería la elevación sobre el suelo de la lúgubre máquina, cuántos peldaños tenía la escalera fatal, dónde estaría emplazada, qué manos se encargarían de colocarle sobre el tajo, si estarían tintas en sangre, hacia qué lado volvería la cabeza, si sería él el primero o si sería el último; éstas y otras preguntas semejantes se hacía una y otra vez, atropelladamente, sin que en ello interviniera su voluntad, sino su imaginación sobreexcitada. Tampoco las inspiraba el miedo, sino más bien un deseo extraño de saber qué era lo que haría cuando llegase el caso, un deseo que no guardaba proporción con los fugaces instantes a los cuales se refería, una curiosidad inexplicable sentida por una alma distinta de la suya.
Pasaba el tiempo y el reloj sonaba horas que el infeliz no volvería a oir sonar. Dieron las nueve, las diez, las once, y estaban para dar las doce. El reo paseaba cada vez más sereno. Lo peor de la lucha interna había pasado. Ya no conturbaban su imaginación pensamientos disparatados, ya podía rezar por sí y por los suyos.
Sonaron las doce.
Habíanle dicho que la hora última que para él sonaría en el mundo serían las tres, y sabía que le sacarían del calabozo con bastante anticipación a la hora indicada, pues las carretas de la muerte recorrían muy lentamente el camino del patíbulo. Supuso, pues que le llamarían a las dos.
Cruzados los brazos delante del pecho paseaba por su celda, cuando hirió sus oídos la una; no perdió su calma heroica. Fervorosamente dió gracias a Dios por haberle dado fuerzas para recobrar la calma, y pensó:
«Me resta otra hora.»
Sonó rumor de pasos en el pasadizo exterior. La puerta de su celda se abrió y volvió a cerrar sin ruido. Alguien dijo junto a la puerta, abierta ya, o mientras la abrían, estas palabras:
«No me ha visto nunca aquí, pues he cuidado siempre de alejarme de su paso. Entre usted... Esperaré fuera... No pierda tiempo.»
Frente al prisionero brotó un hombre que le miraba sonriente, tranquilo. Era Sydney Carton.
Tal era la expresión de su rostro, tan notable su mirada, que en el primer instante temió el prisionero que se tratase de una aparición no real, fruto de su imaginación alborotada. Pero la aparición habló, y el tono de su voz era el de Carton; estrechó la mano del reo, y su mano era una mano real, de carne y hueso.
—Apuesto a que soy yo el último ser humano a quien usted esperaría ver: ¿me equivoco?
—No solo no esperaba ver a usted, sino que, aun viéndole, estoy dudando que frente a mí se encuentre el Sydney Carton a quien he conocido... ¿Es también prisionero?
—No. La casualidad me ha hecho dueño de uno de los calaboceros de esta cárcel, y a esa circunstancia debo el encontrarme junto a usted. Vengo de parte de ella... de parte de su mujer, mi querido Darnay.
El reo le tendió silenciosamente la mano.
—Y traigo el encargo de hacerle una súplica.
—¿Qué es?
—Es la súplica más fervorosa, la más apremiante, la más ardiente de las que le han sido dirigidas por aquella voz que tan querida le es. No la desoiga, porque esa voz querida se la dirige con el tono más patético que nunca ha sonado en sus oídos.
El reo dobló la cabeza sin contestar.
—Ni usted tiene tiempo para preguntarme por qué soy el emisario encargado de formular la súplica en cuestión, o para pedirme explicaciones acerca de lo que signifique, ni lo tengo yo para dárselas. Su obligación... obligación sagrada, es obedecer sin replicar... ¡Quítese las botas, y póngase las mías!
Adosada a uno de los muros, a espaldas del reo, había una silla. Carton, mientras hablaba con la rapidez del rayo, había obligado a aquél a sentarse en la silla en cuestión.
—Descálcese y póngase estas botas mías... ¡Pronto!...
—Carton... Es imposible escapar de aquí—replicó Carlos, completamente desconcertado;—imposible de todo punto... No conseguirá usted otra cosa que morir conmigo... Es una locura....
—Sería una locura si yo le dijera a usted que escapara; ¿pero se lo he insinuado siquiera? Cuando le diga que franquee aquella puerta, contésteme que es una locura y no me haga caso... Fuera esa corbata y póngase la mía... Eso es... Ahora la levita... Haremos un cambio de levitas... ¡Magnífico! Me permitirá que le quite esa cinta que sujeta su pelo, y que desordene un poquito su peinado... ¡eso es! Ya va usted tan mal peinado como yo.
Con celeridad portentosa, con una fuerza de voluntad que más que humana parecía sobrenatural, transformó al prisionero en un abrir y cerrar de ojos. El reo parecía niño sin voluntad en sus manos.
—¡Carton... Mi querido Carton! ¡Es una locura... un desatino! No es posible llevarlo a cabo... Jamás se ha conseguido... Docenas de veces lo han intentado y siempre fué el fracaso más ruidoso el resultado... ¡Por Dios le pido, amigo querido, que no aumente mis amarguras sacrificando estérilmente su vida...! ¿No basta con que muera yo?
—¿Le he dicho por ventura, mi querido Darnay, que rebase aquella puerta? Cuando se lo diga, conteste rotundamente que no, y asunto concluído. Veo papel, tinta y pluma en aquella mesa; ¿tiene usted el pulso firme? ¿Podrá escribir?
—Firme lo tenía cuando usted entró.
—Pues es preciso que lo esté otra vez, para que escriba con letra muy clara lo que voy a dictar... ¡Pronto, amigo mío, pronto!
Darnay, estupefacto, maravillado, aturdido, tomó asiento frente a la mesa. Carton, puesta la diestra sobre el pecho, quedó en pie al lado suyo.
—Escriba punto por punto lo que yo le dicte.
—¿A quién dirijo el escrito?
—A nadie.
La diestra de Carton continuaba fija sobre su pecho.
—¿Pongo fecha?
—No.
El reo alzaba la cabeza cada vez que formulaba una pregunta; Carton, sin mover la diestra, miraba al suelo.
«Si no ha olvidado usted las palabras que entre los dos se cruzaron—dijo Carton dictando,—comprenderá sin esfuerzo esta carta, no bien la lea. Sé positivamente que las recuerda, pues no es usted de los que olvidan pronto.»
El reo, que no comprendía el sentido de lo que estaba escribiendo, alzó inopinadamente los ojos y sorprendió a Carton en el momento que sacaba del pecho la mano. Esta se detuvo.
—¿Ha escrito usted «olvidan pronto?»
—Sí. ¿Tiene en su mano algún arma?
—No; no tengo armas.
—¿Qué tiene, pues?
—Dentro de un momento lo sabrá usted... Continúe escribiendo, que son ya muy pocas las palabras que nos faltan... «Doy gracias a Dios que me permite probarlas con hechos. No quisiera que lo que hago fuera para nadie motivo de pesadumbre o de tristeza.»
Mientras dictaba estas palabras, clavados los ojos sobre el que escribía, su mano derecha fué moviéndose cautelosamente acercándose a la cara del reo.
La pluma cayó de la mano de Darnay, quien miró con expresión atontada en derredor.
—¿Qué vapor es éste?—preguntó.
—¿Vapor?
—Sí... un olor que me molesta y aturde.
—Nada percibo... No es posible que aquí se respiren vapores... Tome de nuevo la pluma y terminemos... ¡Pronto, pronto!
El reo, cuya respiración se había hecho jadeante, y cuyo rostro reflejaba el desorden de sus facultades, se inclinó sobre el papel dispuesto a escribir.
«De haber sido otro el curso de los sucesos—continuó dictando Carton, cuya mano derecha estaba debajo de la nariz del escribiente,—es natural que me hubiese faltado esta oportunidad; de haber sido otro el curso de los sucesos...»
Fijó Carton sus ojos en la pluma, y vió que garrapateaba signos ininteligibles.
El reo se enderezó de pronto dirigiendo a Carton una mirada llena de reconvenciones; pero la diestra del último se acercó más y más a su nariz, mientras su brazo izquierdo rodeaba su cintura. Luchó el reo débilmente y durante breves segundos con el hombre que venía a dar su vida por la suya; pero antes que transcurriera un minuto, yacía inmóvil sobre el suelo.
Carton vistió inmediatamente las ropas que el prisionero dejara minutos antes, se peinó mejor que nunca, ató su cabello con la cinta que antes sujetaba el de Darnay, y dijo con voz muy baja:
—¡Entre... entre!...
Dos segundos después, se presentaba el espía.
—¿Lo ve usted?—preguntó Carton alzando la cabeza, e hincando a continuación una rodilla en tierra para colocar en el bolsillo de Carlos el papel que había escrito.—¿No le dije que su riesgo era insignificante?
—Mi riesgo, señor Carton, no está en esto—respondió el espía,—sino en que usted cumpla fielmente lo estipulado.
—Esté usted tranquilo, que yo me atendré a lo convenido hasta la muerte.
—Así debe ser para que resulte exacto el número cincuenta y dos. Con que usted lo complete, vestido como está en este momento nada temo.
—Nada debe temer. Yo, que podría perjudicarle, desapareceré muy en breve de este mundo, gracias a Dios... Ahora, ayúdeme; mejor dicho; lléveme al coche.
—¿A usted?—preguntó el espía con aprensión visible.
—¡A él, hombre de Dios, al reo con quien cambio la suerte! ¿Saldrá por la misma puerta por la que entré yo?
—Claro que sí.
—Pues bien; como me encontraba débil y desfallecido cuando entré, lo natural es que salga más débil y más desfallecido. La despedida eterna me ha impresionado tanto, que he perdido el conocimiento; esto ha ocurrido aquí con mucha frecuencia... con demasiada frecuencia. Cuenta suya es no cometer ninguna torpeza... Pronto... Pida auxilio.
—¿Me jura usted que no me traicionará?—preguntó el espía temblando.
—¡Pero hombre! ¿No lo he jurado ya solemnemente?—replicó Carton, pateando con impaciencia.—¿A qué, pues, perder ahora momentos que son preciosos? Sáquelo al patio que usted sabe, colóquelo en el coche, llévelo al lado del señor Lorry, dígale que no le dé ninguna medicina, que lo único que necesita es aire, que recuerde mis palabras de anoche, que cumpla la promesa que anoche me hizo, y nada más.
Retiróse el espía, y Carton se sentó a la mesa, sobre la cual apoyó los codos. Segundos después volvía a entrar el espía con dos hombres.
—¡Hombre!—exclamó el uno, al ver a Carlos tendido en tierra.—¿Tanta impresión le ha hecho ver que su amigo ha sacado el gordo en la lotería de Santa Guillotina?
—¡A fe que no se hubiera afligido más un buen patriota si el aristócrata hubiese sido declarado absuelto!—observó el otro.
Entre los dos colocaron al desmayado en una litera que habían traído y se lo llevaron.
—¡Pocas horas de vida te quedan, Evrémonde!—dijo el espía.
—Lo sé muy bien—respondió Carton.—Cuida de mi amigo y déjame en paz.
—Vámonos, hijos míos—dijo el espía a sus compañeros.—Andando.
Cerróse la puerta quedando Carton solo. Concentró en su oído todas las facultades de su alma por si sonaba algo que indicase sospechas o alarmas; nada se oyó. Giraron llaves en las cerraduras, se cerraron puertas con estrépito, los pasos se fueron alejando, pero ni se oyó un grito ni se perturbó el orden o la tranquilidad habitual. Carton, más tranquilo ya, permaneció sentado frente a la mesa hasta que sonaron las dos.
A sus oídos llegaron entonces ruidos que no le alarmaron ni sorprendieron, sencillamente porque sabía perfectamente qué significaban. Sucesivamente fueron abiertas muchas puertas, hasta que al fin llegó el turno a la de su celda. Un carcelero, provisto de una lista, sin pasar del umbral, se limitó a decir:
—Sígueme, Evrémonde.
Carton salió tras el calabocero hasta llegar a una celda obscura, de grandes dimensiones, situada a bastante distancia, atestada de prisioneros. Aunque la luz era muy escasa, Carton pudo ver que todos tenían atados los brazos, que unos estaban en pie y otros sentados, que éstos se quejaban y aquéllos paseaban inquietos y nerviosos. La mayor parte, sin embargo, permanecían silenciosos e inmóviles, con los ojos clavados en tierra.
Mientras de pie junto al negruzco muro, contemplaba a sus cincuenta y un compañeros de cadalso, algunos de los cuales entraron después que él, un hombre se detuvo al paso para abrazarle. Carton se estremeció, temiendo ser descubierto, pero aquél continuó su marcha luego que le hubo dado un abrazo. Momentos después, una muchachita de cuerpo gracioso y lindas facciones se levantó del suelo y se acercó a Carton.
—Ciudadano Evrémonde—dijo, alargándole su mano helada;—soy una costurerita que fuí tu compañera de prisión en La Force.
—¡Ah, sí!—murmuró Carton.—¡Es verdad! Lo que no recuerdo es la acusación que te llevó a la cárcel.
—Me acusaron de conspiradora; pero el buen Dios sabe que soy inocente. ¿Puede haber conspirador que confíe sus maquinaciones a una niña débil como yo?
La sonrisa con que la jovencita acompañó sus palabras conmovió tan profundamente a Carton, que las lágrimas asomaron a sus ojos.
—No me da miedo morir, ciudadano Evrémonde, pero repito que nada he hecho. Hasta moriría con alegría si la República, que según dicen, ha de hacer felices a los pobres, obtuviera algún provecho de mi muerte; pero si he de decir lo que siento, no creo que mi muerte sirva para nada, Evrémonde. ¿Qué beneficios ha de reportar a la República la muerte de una criatura débil como yo?
La compasión que la niña inspiraba a Carton era infinita.
—Oí decir que te habían absuelto, ciudadano Evrémonde, y de veras siento que no sea verdad.
—Lo fuí; pero luego me prendieron de nuevo y me han condenado.
—Si nos colocan en el mismo carro, ciudadano Evrémonde, ¿me permitirás que te coja la mano? No es que tenga miedo; pero como soy una niña, tu mano me dará el valor que me falta.
Carton vió que por los ojos de la niña, al clavarlos en su cara, pasaba una nube de duda primero, y de asombro después.
—¿Vas a morir por él?
—¡Y por su mujer y su hija... sí!
—¡Oh! ¿Me permitirás tener entre las mías tu mano valerosa?
—Sí, desventurada hermana mía... hasta el postrer momento.
Las mismas sombras que envuelven a los condenados cercan a las turbas estacionadas a la misma hora en las inmediaciones de la Barrera en el momento que un coche de camino, procedente del interior de la ciudad, se acerca para presentar los documentos de los que lo ocupan.
—¿Quiénes son los viajeros? ¡A ver... los documentos!
Una mano presenta los documentos, que son leídos.
—Alejandro Manette... médico... francés... Veamos; ¿quién es?
Un brazo extendido indica un viejo extenuado que murmura palabras ininteligibles.
—Parece que el ciudadano doctor tiene perturbadas las facultades, ¿eh? Le ha abrasado el cerebro la fiebre de la Revolución.
—Eso parece.
—¡Bah! Son muchos los que se encuentran en su caso... Lucía, su hija... francesa... ¿Quién es?
—Esta.
—Muy bien. Evrémonde emprende otro viaje distinto... Lucía, hija de Lucía... inglesa... ¿Es esta?
—La misma.
—Dame un beso, hija de Evrémonde... Has besado a un buen republicano, cosa nueva en tu familia, no lo olvides. Sydney Carton, abogado, inglés... ¿Quién es?
—Este que yace tendido en el fondo del coche.
—¿Va desmayado el abogado inglés?
—Sí... su salud está muy quebrantada, pero el aire puro le sentará indudablemente bien. Acaba de despedirse de un amigo suyo que ha tenido la desgracia de incurrir en el desagrado de la República.
—¿Por tan poca cosa se desmaya? Muchos son los que incurren en el desagrado de la República, y mal de muchos... Mauricio Lorry, banquero, inglés... ¿Quién es el banquero?
—Yo; no puede ser otro, puesto que nadie más queda en el coche.
Mauricio Lorry era el que había contestado a las preguntas anteriores, Mauricio Lorry el que había echado pie a tierra y, apoyada la diestra en la portezuela del carruaje, respondía al interrogatorio del encargado de la vigilancia de la Barrera.
—Toma tus documentos, Mauricio Lorry... ¡Refrendados!
—¿Podemos proseguir la marcha?
—Cuando os acomode. Adelante, postillones, y buen viaje.
—Salud, ciudadanos... Pasó el primer peligro.
—¿No le parece que caminamos demasiado despacio?—preguntó Lucía llorando, asiendo el abrazo del buen Lorry.
—Si corriéramos más, parecería que huíamos; no conviene; excitaríamos sospechas.
—Vuelva la vista atrás... ¿No nos persiguen?
—No, querida mía, no; hasta ahora no nos persiguen.
Los fugitivos dejan a sus espaldas casas de uno o de dos pisos que bordean la carretera, granjas, casas de labor abandonadas, tenerías en ruinas, campos solitarios, avenidas que serpentean entre hileras de árboles sin hojas. Corren por caminos ásperos y desiguales, cruzando malezas, ora saltando sobre espesa capa de piedras, ora atascándose en profundos lodazales. Su impaciencia, su agonía es tan grande, que no ven nada, en nada reparan, en nada piensan más que en llegar cuanto antes al puerto de salvación.
Relevan los caballos. Nuevos postillones ocupan las sillas mientras quedan descansando los antiguos. Atraviesan una aldea, suben trabajosamente una rampa, coronan la colina, descienden por la vertiente opuesta, entran en terrenos menos áridos... ¡Dios santo! ¡Los persiguen!
—¡Ah del coche...! ¡Alto!
—¿Qué pasa?—pregunta Lorry, asomando la cabeza por la portezuela.
—¿Cuántos han sido hoy?
—No comprendo.
—¿Cuántos han besado hoy la Santa Guillotina?
—Cincuenta y dos.
—¡Bien! ¡Buen número! Ya hubieran querido mis buenos conciudadanos de aquí despachar a tantos; pero han sido diez menos... La Guillotina marcha admirablemente... ¡Bien por la Guillotina...! ¡Viva la Guillotina...! ¡La adoro...! ¡Adelante!
Cierra la noche. Carlos comienza a moverse... revive... dice palabras inteligibles. Cree que continúa al lado de Carton y le pregunta qué es lo que tiene en la mano...
¡Dios del Cielo! ¡Ten lástima de los fugitivos!
Tras ellos vuela veloz el viento, tras ellos se precipitan las nubes, tras ellos corre la luna, las sombras de la noche los siguen incansables; pero, por fortuna, hasta entonces, nadie más corre en su seguimiento.
XIV. FIN DE LA CALCETA
A la hora misma en que los cincuenta y dos esperaban el momento de trabar relaciones demasiado estrechas con la Guillotina, celebraban siniestro consejo secreto la señora Defarge, La Venganza y Santiago Tercero. La conferencia no tenía lugar en la taberna, sino en el taller del aserrador de leños, peón caminero en otros tiempos, y a ella no fué admitido el aserrador, sino obligado a permanecer fuera, a distancia respetable.
—De todas suertes, nuestro Defarge es un buen republicano, ¿eh?—preguntó Santiago Tercero.
—No lo hay mejor en toda Francia—respondió con calor La Venganza.
—Calma, mi querida Venganza—replicó la tabernera, poniendo una mano sobre el brazo de su tenienta y frunciendo ligeramente el ceño.—Antes de emitir opiniones, conviene que escuches lo que voy a decir. Mi marido, como ciudadano, es un buen republicano y un hombre de valor; ha merecido bien de la República y posee su confianza; pero mi marido tiene sus debilidades, y una de las mayores, la mayor seguramente, es la de querer al doctor.
—¡Es una desgracia!—exclamó Santiago Tercero, moviendo con expresión enigmática la cabeza.—Esas debilidades desdicen de un buen ciudadano... ¡Qué lástima!
—Lo que menos me importa a mí es el doctor—repuso la tabernera.—Por mí, puede llevar la cabeza sobre los hombros, o perderla; me es completamente igual; pero la raza Evrémonde ha de ser exterminada, ha de desaparecer de la tierra, y como consecuencia, la esposa y la hija deben seguir al otro mundo al marido y al padre.
—Y que tiene una cabeza hermosa si las hay; una cabeza que está pidiendo a gritos la Guillotina—contestó Santiago Tercero.—No hay nada que entusiasme tanto como ver pendiente de las manos de nuestro buen Sansón una cabecita de ojos azules y cabellos de oro.
La señora Defarge bajó los ojos y permaneció en actitud reflexiva durante algunos momentos.
—También tiene cabellos de oro y ojos azules la niña—repuso Santiago Tercero.—Además, pocas veces se nos concede el placer de ver sobre el tablado niñas de sus años. Será un espectáculo soberbio.
—Hablando con franqueza—dijo la tabernera sacudiendo su abstracción,—en este asunto no me merece confianza mi marido. No sólo estoy convencida desde anoche de que no debo confiarle los detalles de mis proyectos, sino también de que, a poco tiempo que perdamos, es muy capaz de advertirles del peligro que corren, en cuyo caso, se nos escapan.
—¡No escaparán, no... ni uno ni medio!—gruñó Santiago Tercero.—¡Caerán todos, hasta el último! ¡Es preciso llegar a sesenta diarios!
—En una palabra—añadió la tabernera,—ni mi marido tiene las razones que yo para exigir el exterminio total de esa raza, ni yo tengo las razones que él para tratar con consideración al doctor. De consiguiente, debo prescindir de él y obrar por mi cuenta. Puedes entrar, ciudadano—terminó dirigiéndose al aserrador.
Obedeció, temblando, el aserrador, quien se presentó con el gorro rojo en la mano.
—Respecto a las señales que viste que aquella mujer hacía a los prisioneros, ¿estás dispuesto a sostenerlas con tu declaración en cualquier momento, ciudadano?—preguntó la tabernera.
—¿Por qué no? Desde aquí la he visto todos los días, lluviosos o serenos, fríos o calurosos, desde las dos de la tarde hasta las cuatro, unas veces con la niña, otras sola, y siempre haciendo señales. Estos mismos ojos lo han visto.
Mientras hablaba, hacía con las manos gran variedad de señas que jamás había visto.
—Complots... maquinaciones... es indudable—respondió Santiago Tercero.
—¿Podemos contar con el jurado?—preguntó la tabernera.
—En absoluto. Es un jurado patriota, ciudadana. Respondo yo de todos los que lo forman.
—Otra cosa...—añadió la tabernera, meditando.—Veamos..... ¿Puedo perdonar al doctor en obsequio a mi marido? A mí me es igual... el doctor me es indiferente... ¿Puedo perdonarlo?
—Sería una cabeza más—observó Santiago Tercero.—Principian a escasear las cabezas... dentro de poco escasearán más aún... Yo creo que sería una lástima perdonarlo.
—Cuando yo le encontré frente al sitio donde estamos, hacía las mismas señas que su hija—dijo la señora Defarge.—Si hablo de la una, forzosamente he de hablar del otro. Por otra parte, no me es posible callar, así es que, descargo toda la responsabilidad del caso sobre este ciudadano. El declarará lo que quiera. De mí, lo único que puedo decir es que nunca seré testigo falso.
La Venganza y Santiago Tercero demostraron claro como la luz del sol que, lejos de ser testigo falso, siempre había sido espejo de testigos admirables y maravillosos, y el ciudadano aserrador, no queriendo quedar atrás, protestó ante el cielo y la tierra que la señora Defarge era un testigo celestial.
—¡Que se cumpla su destino!—dijo la tabernera.—No; no puedo perdonarle... Supongo, ciudadano, que para las tres de hoy no puedes disponer de tu persona, pues creo que no te privarás del gusto de contemplar la hornada del día, ¿eh?
Contestó inmediatamente el aserrador que por nada del mundo se privaría de tan hermoso espectáculo, lo que le dió pie para añadir que era el republicano más fervoroso, y que se consideraría el más desolado de los republicanos, si algún día le impedían fumar su pipa mientras contemplaba el hermoso funcionamiento de la Navaja Barbera Nacional.
—También asistiré yo—respondió la tabernera.—Luego que termine la función... a las ocho... sí; es buena hora... a las ocho vendrás a buscarme a San Antonio para delatar a esos individuos en mi sección.
Contestó el aserrador que sería para él honor altísimo y viva satisfacción acudir a la cita que le daba la ciudadana.
La señora Defarge se acercó a la puerta del taller, llamó por medio de una seña a Santiago Tercero y a La Venganza, y luego que estuvieron éstos a su lado, expúsoles con toda claridad sus puntos de vista.
—Seguramente se encuentra en este instante en su casa, esperando la noticia de la muerte de su marido—dijo.—En su dolor y desesperación, no sólo llorará la desgracia que la aflige, sino que también censurará la justicia de la República. Todas sus simpatías estarán de parte de los enemigos del pueblo; así, que voy sin pérdida de momento a verla.
—¡Qué mujer tan admirable! ¡Qué patriota tan adorable!—exclamó Santiago Tercero, cuyo entusiasmo llegó a lo indecible.
La Venganza la abrazó llorando en un rapto de admiración.
—Toma mi calceta—repuso la señora Defarge, depositándola en manos de La Venganza,—y ténmela preparada en mi asiento de costumbre. Vete allí en derechura, no pierdas tiempo, pues es casi seguro que hoy haya más concurrencia que de ordinario.
—Con toda mi alma obedeceré las órdenes de mi jefe—contestó La Venganza, besando a la tabernera en la mejilla.—¿Tardarás mucho?
—Allí estaré antes que comience la función.
—Procura llegar antes que las carretas—replicó La Venganza.
La tabernera salió del taller a buen paso, no tardando en perderse de vista.
Muchas fueron en aquella época las mujeres cuyas siluetas morales no es posible contemplar, no obstante la distancia del tiempo, sin horror y asco; pero entre ellas, no hubo ninguna tan inhumana, tan feroz, tan despiadada, como la que dejamos en este instante dirigiéndose al domicilio del desventurado doctor Manette. Era mujer inaccesible al miedo, inflexible, inteligente, astuta y resuelta, dotada de esa hermosura especial que infiltra en el ánimo de quien la posee firmeza y animosidad que fuerza a los demás a rendir homenaje instintivo a las cualidades expresadas. De haber vivido en época menos conturbada, de haberse movido en otro teatro, quién sabe si hubiese sido la gloria de su sexo; pero víctima desde niña de las injusticias sociales, crecida en una atmósfera de odio implacable de clase, se convirtió en tigre. Desconocía en absoluto la piedad; y si alguna vez anidó en su alma la virtud, habíala extirpado muchos años antes no dejando de ella ni rastros.
¿Qué importaba que muriera un inocente por pecados cometidos por sus antepasados? Su furia implacable no veía al primero, sino a los últimos. Ni tenía importancia dejar viuda a una infeliz mujer o huérfana a su hija; antes bien conceptuaba insuficiente el castigo desde el momento que se trataba de sus enemigos naturales, de su presa, de seres que no tenían derecho a vivir. Intentar aplacarla, era inútil, pues carecía de la facultad de compadecerse, no ya solo de los demás, sino hasta de sí misma. Si en alguno de los muchos encuentros en que tomó parte hubiese caído bajo la mano de sus enemigos, hubiera aceptado su desgracia como cosa natural y corriente, y si la hubiesen obligado a subir la escalera fatal que terminaba en la guillotina, habría tendido su cuello sin que en su fiera alma nacieran otros sentimientos que un deseo rabioso de cambiar de puesto con el hombre que allí la enviara.
Tal era el corazón que palpitaba bajo el tosco vestido de la señora Defarge. Sucio, harapiento, no por eso dejaba de ser vestido, siquiera ofreciera un aspecto lúgubre como no dejaba de ofrecer algún atractivo su abundante masa de cabellos negros, mal encerrados dentro del gorro colorado. Oculta en su seno llevaba siempre una pistola cargada y en la cintura una daga de hoja larga y afilada. Así ataviada, caminando con paso seguro, con esa libertad de movimientos propia de la mujer que desde niña ha ido donde la han llevado sus deseos o sus caprichos, desnuda de pie y pierna, la tabernera Defarge dejaba atrás calles y más calles.
Fuerza será que hagamos una pequeña digresión, a fin de aclarar algunos puntos que pudiera el lector encontrar obscuros. La noche anterior, cuando Lorry ultimaba los preparativos del viaje de los fugitivos, fué para él motivo de grandes preocupaciones la dificultad de llevar consigo a la señorita Pross. No sólo era muy de desear evitar excesos de carga que acaso entorpecieran la marcha, sino también reducir al mínimum el tiempo que en la Barrera emplearían para examinar los documentos y reconocer a los viajeros, pues la salvación de todos podía depender de aprovechar o de perder breves segundos de tiempo. Tras largas consideraciones, y no sin medir detenidamente los inconvenientes y las ventajas, había propuesto dejar a la señorita Pross y a Jeremías Lapa, que podían salir de la ciudad cuando les acomodase, con orden de emprender el viaje a las tres de la madrugada, utilizando uno de los carruajes más ligeros entonces conocido. Libres del engorro de equipajes, no tardarían en dar alcance a los señores, y hasta en dejarlos rezagados.
La señorita Pross aceptó con alegría una proposición que la deparaba oportunidad de prestar algún servicio de importancia a las personas queridas. Ella y Jeremías habían conocido a la persona que su hermano Salomón había traído desmayada en un coche, habían despedido a los viajeros, habían pasado diez minutos de terrible ansiedad, y estaban haciendo los últimos preparativos para ponerse en camino y alcanzar el coche en el momento que la tabernera Defarge se acercaba por momentos a la casa, con las intenciones que los lectores conocen perfectamente.
—¿Qué opina usted, señor Lapa?—preguntó la señorita Pross, cuya agitación era tan grande que, ni la dejaba hablar, ni moverse, ni permanecer en pie, ni vivir.—¿Qué opina usted de nuestro viaje? La salida de dos carruajes en tan breve espacio de tiempo ha de despertar sospechas; así lo temo, al menos.
—Mi opinión, señorita, es que tiene usted razón—contestó Lapa—También opino que siempre apoyaré lo que usted diga, tanto si tiene razón como si se equivoca.
—Hasta tal extremo me enloquecen el temor y la esperanza por la suerte que puedan correr nuestros señores—repuso la señorita Pross llorando desconsoladamente,—que soy incapaz de formar ningún plan racional. Y usted, señor Lapa, mi querido señor Lapa, ¿se siente con capacidad bastante para formar algún plan medianamente racional?
—Con respecto a la vida futura, señorita, creo que sí—respondió Jeremías Lapa;—pero con respecto al uso presente de esta bendita cabeza que llevo sobre los hombros, me temo que no. ¿Quiere usted hacerse cargo, señorita, de dos promesas o votos que es mi deseo hacer, como recuerdo perpetuo de la crisis en que nos encontramos?
—¡Dios nos tenga de su mano!—exclamó la señorita Pross, llorando a grito herido.—Vengan en seguida esos votos o promesas, hágalos sin perder instante como buen cristiano que es.
—Lo primero que prometo—dijo Lapa temblando como un azogado y con expresión patética,—lo primero que juro, es no volver a hacer nunca más algunas cosillas que antes hacía... No; nunca más.
—Bien segura estoy, señor Lapa, de que no ha de hacerlas nunca más, sean lo que sean esas cosillas, que no es necesario mencionar.
—No, señorita; no las mencionaré. Lo segundo que prometo, lo segundo que juro, es no volver a mezclarme más en los rezos de la señora Lapa. No; nunca más la impediré que se pase la vida entera de rodillas.
—Hará usted muy bien.—contestó la señorita Pross, secando las lágrimas que la cegaban.—Deje que de las cosas del hogar cuide su señora... ¡Oh... mi pobre señorita!
—Creo conveniente hacer constar, señorita—repuso Lapa cual si estuviera hablando desde lo alto de un púlpito,—y desearía que usted transmitiera mis palabras a la señora Lapa, que mis opiniones con respecto a los rezos han sufrido un cambio radical, y que con toda mi alma desearía que la señora Lapa estuviera de rodillas y rezando en este instante.
—¡Oh, sí! ¡Ojalá esté rezando, y ojalá el Cielo escuche benigno sus oraciones!
—¡Maldigo—prosiguió el señor Lapa con mayor solemnidad que nunca—maldigo cuanto he hecho y dicho contra las buenas almas que rezan y se pasan el tiempo de rodillas! ¡Maldigo a todos los mortales que en este mismo momento no están de rodillas y rezando para que el Señor nos saque con bien de este riesgo mortal en que nos encontramos! ¡Maldigo, señorita... maldigo...!
El buen Lapa bajó la cabeza después de buscar en vano durante una porción de segundos otra cosa que maldecir.
—Si la misericordia divina quiere que alguna vez lleguemos a nuestra patria—contestó la señorita Pross,—puede usted abrigar la seguridad más absoluta de que repetiré a la señora Lapa cuanto usted acaba de decir con lenguaje tan elocuente; y suceda lo que suceda, en todo momento me encontrará dispuesta a dar testimonio de sus excelentes propósitos... ¡Pero pensemos, señor Lapa.... pensemos!
Al cabo de largo rato de profunda meditación, dijo la señorita Pross:
—¿No le parece acertado, señor Lapa, dar orden de que el coche, en vez de venir aquí, espere en cualquier parte? Si mi proposición le agrada, podría salir usted a dar el aviso, y yo acudiría al punto que conviniéramos.
Jeremías Lapa contestó que el plan le parecía acertado.
—¿Dónde podrían esperarme?—preguntó la señorita Pross.
Tan aturdido estaba el señor Lapa, que no se le ocurrió indicar lugar más a propósito que la acera del Tribunal del Temple de Londres, junto al Banco Tellson.
¡Suerte infausta! El Tribunal del Temple estaba a cientos de millas de distancia, y en cambio la tabernera Defarge se encontraba muy cerca de la casa.
—Junto a la puerta de la catedral—dijo la señorita Pross.—¿Le parece a usted buen sitio la puerta de la catedral, entre las dos torres?
—Me parece inmejorable, señorita.
—Entonces, lléguese a la casa de postas, y dé las órdenes convenientes.
—Lo único que me intranquiliza—dijo Lapa rascándose la cabeza,—es dejar a usted. No sabemos lo que puede suceder.
—Sólo Dios lo sabe, es verdad; pero no tema por mí. Espéreme con el coche a las tres en punto junto a la puerta de la catedral, o lo más cerca que le sea posible, que desde luego será menos expuesto a contratiempos que si saliéramos de aquí. ¡Que Dios le bendiga, señor Lapa! Piense, no en nuestras vidas, que poco valen, sino en las otras más preciosas que probablemente dependen de las nuestras.
Estas palabras, y la actitud de la señorita Pross, que tendía hacia él sus manos suplicantes, acabaron de decidir a Lapa, quien salió inmediatamente, dispuesto a cumplir la comisión.
No contribuyó poco a tranquilizar a la señorita Pross ver en camino de ejecución las medidas de precaución adoptadas. También halló consuelo en la necesidad de componer su aspecto exterior a fin de no llamar en las calles una atención que podía ser peligrosa. Consultó el reloj y vió que eran las dos y veinte. No podía perder tiempo.
Asustada al pensar en la soledad de aquellas habitaciones desiertas, temiendo ver por todas partes ojos que la acechaban, presa de terrores indecibles, la señorita Pross puso agua fría en una jofaina y principió a lavarse los ojos, rojos e hinchados de tanto llorar. Acosada por sus aprensiones, a cada segundo interrumpía el lavatorio para dirigir en torno suyo miradas de espanto. En una de esas interrupciones, retrocedió y lanzó un alarido penetrante, pues, en realidad, descubrió a una persona que de pie, en el centro de la habitación, la estaba mirando.
La jofaina se hizo mil pedazos y el agua derramada llegó a besar los pies desnudos de la tabernera Defarge. Aunque parezca extraño, aquellos pies, que iban a buscar sangre, se encontraban con agua.
—¿Dónde está la mujer de Evrémonde?—preguntó la tabernera con frialdad.
Rápida como el rayo penetró en la mente de la señorita Pross la idea de que, la circunstancia de que estuvieran abiertas de par en par todas las puertas, haría sospechar propósitos de fuga. Comenzó, pues, por cerrarlas todas, y a continuación, se colocó frente a la puerta que daba acceso a la habitación que hasta aquel día había ocupado Lucía.
Con mirada llameante siguió la tabernera Defarge todos los movimientos de la señorita Pross, fijándolos en su cara luego que la vió inmóvil junto a la puerta.
Limpia de toda clase de atractivos físicos estaba la señorita Pross. Los años no habían amansado su rústica rudeza ni suavizado la hosquedad ceñuda de su cara. Era al propio tiempo mujer resuelta, los peligros personales no la asustaban, y lejos de amilanarse al ver a la señora Defarge, midióla de alto abajo con una mirada de profundo desdén.
—Por tu aspecto, podrías ser la mujer del mismísimo Lucifer—se dijo para sus adentros la señorita Pross.—Pero si crees que me das miedo, te equivocas; soy inglesa.
Contemplábala la tabernera con el desprecio en la mirada, aunque comprendiendo que se encontraba frente a un enemigo de cuidado. Sabía muy bien que la señorita Pross era capaz de perder la vida por la familia del doctor, de la misma manera que la señorita Pross sabía que la tabernera Defarge era capaz de todo lo malo tratándose de la familia indicada.
—Iba al lugar donde tengo reservada una silla—dijo la Defarge, extendiendo un brazo en dirección al sitio donde estaba emplazada la guillotina,—y de paso, he querido dar mi enhorabuena a la mujer de Evrémonde. Necesito verla.
—Sé que tus intenciones son malas, y puedes contar desde luego con la seguridad de que encontrarás en mí quien se oponga a que las realices—replicó la señorita Pross.
Cada cual hablaba en su lengua patria. Ni la tabernera entendía una palabra de las pronunciadas por la señorita Pross, ni ésta las pronunciadas por aquélla. Sin embargo, acechábanse mutuamente con mirada tan intensa, que sus gestos, su expresión, hacían inteligibles las palabras que nada decían a sus oídos.
—Peor para ella si no me la dejas ver ahora mismo—repuso la tabernera.—Los buenos patriotas sabrán muy pronto lo que eso significa. Quiero verla... necesito verla... Ve y dila que no me voy de aquí sin verla. ¿No me oyes?
—Te empeñas en quedarte sin ojos, y lo vas a conseguir—replicó la señorita Pross.—Mírame, mírame con esos ojos de bestia feroz, pero no me tientes el bulto, que tengo malas pulgas. Puede que vengas por lana y dejes la tuya entre mis uñas.
Claro que la Defarge no entendió palabra de las frases que quedan copiadas, pero sí se dió cuenta cabal de que su interlocutora se negaba en redondo a obedecer sus mandatos.
—¡Imbécil... cara de marrana hambrienta!—barbotó.—¡Quiero ver a la mujer de Evrémonde! ¡O vas ahora mismo a decírselo, o te separas de esa puerta y me dejas paso franco!
—Nunca me imaginé que pudiera hacerme falta entender esa lengua estúpida que hablas; pero la verdad es que daría ahora mismo todo lo que tengo, excepto la camisa que llevo puesta, por saber si sospechas toda la verdad o parte de ella.
Las dos mujeres se clavaban mutuamente con la vista. La tabernera, que hasta aquí no se había movido del sitio en que la vió la señorita Pross cuando se lavaba los ojos, avanzó un paso.
—Soy bretona y estoy furiosa—dijo la señorita Pross.—Mi vida me importa un rábano. Sé que cuanto más tiempo te detenga, más aseguro la salvación de mi señorita... Como te acerques, yo te aseguro que no te dejo un pelo en esa cabeza.
Era el valor de la señorita Pross de índole sentimental, un valor que llenó de lágrimas sus ojos. Poco práctica la tabernera en fenómenos de sentimiento, tomó las lágrimas por debilidad.
—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Pobrecilla, y qué poco vales!—exclamó.—No quiero nada contigo... ¡Ciudadano doctor!—gritó.—¡Mujer de Evrémonde, hija de Evrémonde! ¡Contestad a la ciudadana Defarge, miserables habitantes de esa casa!
Acaso el silencio que siguió a sus gritos, acaso la expresión de la señorita Pross, acaso presentimientos nacidos en su negra alma, sugirieron a la tabernera la sospecha de que las personas cuya sangre buscaba habían huído. El hecho fué que de las cuatro puertas que tenía la habitación en que se encontraba, abrió tres y miró al interior de las estancias a las cuales daban acceso.
—¡Todo lo veo en desorden, en estas habitaciones no hay nadie, y sospecho que también está desierta la que tú guardas! ¡Quiero reconocerla!—gritó.
—¡Nunca!—respondió la señorita Pross, quien entendió las palabras de la tabernera tan bien como ésta entendió su respuesta.
—Si no están en esa habitación, se han ido; y aun es tiempo de perseguirlos y de darles alcance—pensó la Defarge.
—Mientras no averigües si están o no en esta habitación, no sabrás qué partido tomar—se dijo a sí misma la señorita Pross;—y yo te aseguro que no has de averigüarlo si en mi mano está impedirlo. Otra cosa; de aquí no has de salir mientras me queden manos con que sujetarte.
—No he encontrado hasta hoy muro capaz de cerrarme el paso; ten por seguro que te haré pedazos si no sales de esa puerta—rugió la tabernera.
—Estamos solas en una habitación interior de una casa solitaria y en un barrio solitario. No es probable que nos oigan. De aquí no saldrás, fiera, pues cada minuto que te detenga, vale un mundo para mi querida señorita.
La tabernera, perdida la paciencia, avanzó con paso resuelto hacia la puerta. La señorita Pross, guiada por el instinto de momento, la agarró con entrambos brazos por la cintura. En vano intentó resistirse y herir la primera, pues su antagonista, con esa tenacidad de gigante que da el amor, siempre más fuerte que el odio, no sólo la sujetó, sino que también la alzó del suelo entre sus brazos. Debatióse furiosa la Defarge, descargó bofetones y más bofetones sobre la cara de su enemiga, la arañó despiadada, pero la señorita Pross, que para defenderse había bajado la cabeza, estrechaba cada vez más el cerco de acero con que aprisionaba su cintura.
Las manos de la tabernera dejaron de golpear y bajaron a la cintura.
—No te molestes—dijo la señorita Pross;—está por bajo de mi brazo y no has de poder desenvainarlo. Soy más fuerte que tú, gracias a Dios, y no te soltaré hasta que caigas desmayada o muerta.
La señora Defarge llevó la diestra al seno. La señorita Pross vió el objeto que aquella mano sacaba. Rápida como un rayo alzó un brazo, descargó un golpe, y... brotó una llamarada, sonó un trueno, y retrocedió. La estancia quedó llena de humo.
Todo ello no duró más de un segundo. El humo principió a salir por la ventana, llevando entre sus negras espirales el alma de la mujer que yacía sin vida sobre el pavimento.
Lo terrible de la situación en que se veía, hizo que la señorita Pross, en el primer momento, intentara huir del cadáver y bajara corriendo la escalera con ánimo de pedir socorros innecesarios y tardíos; pero afortunadamente hízose cargo de las consecuencias a tiempo para detenerse y volver sobre sus pasos. Horrible era pasar sobre el cadáver, tendido a través de la puerta; pero pasó para recoger el sombrero y otros objetos que debía llevarse. Los sacó al descansillo de la escalera, cerró la puerta con llave, se sentó con objeto de dar salida por los ojos al espanto que la ahogaba, y ya más tranquila, se levantó y se fué.
Por fortuna para ella, el velo del sombrero era bastante tupido, pues en caso contrario, lo probable es que la hubieran detenido en la calle. Por fortuna para ella, era tan fea, que los arañazos profundos que en la contienda había recibido no dejaron en su cara las huellas que en otro rostro más favorecido por la naturaleza habrían dejado.
Al cruzar el puente, arrojó al río la llave de la casa. Llegó frente a la puerta de la catedral algunos minutos antes de la hora convenida con Lapa, y esperó, llena de terror, al pensar que acaso pescasen la llave que acababa de arrojar, y descubriesen a qué casa pertenecía, y abriesen la puerta, y encontrasen un cadáver, y la prendieran y condenaran a muerte por el delito de asesinato. Tales eran los pensamientos que la agitaban cuando llegó Lapa.
—¿Hay ruido en las calles?—preguntó la señorita Pross.
—El ordinario—respondió Lapa, no poco sorprendido tanto por la pregunta cuanto por el aspecto de quien la hizo.
—No le oigo... ¿Qué me dice?
En vano repitió Lapa una y otra vez lo que había dicho; la señorita Pross no le oía.
—¡Vaya!—pensó Lapa.—Me haré entender por señas.
—¿Hay ruido en las calles?
Lapa movió afirmativamente la cabeza.
—No oigo nada.
—¿Sorda como una tapia en una hora? ¡Es extraño!—pensó Lapa—¿Qué la habrá pasado?
—He visto un relámpago, he oído un trueno; y el trueno fué lo último que oí en mi vida—explicó la señorita Pross.
—La encuentro completamente cambiada... ¿Qué habrá podido tomar para cobrar aliento? Porque la verdad es que no parece que tenga ni pizca de miedo... ¡El ruido de esas malditas carretas...! ¿Las oye usted, señorita?
—No oigo nada, absolutamente nada—contestó la buena Pross, reparando en el movimiento de los labios de su compañero.—Un relámpago, un trueno, y nada más.
—Si no oye el rodar de esas horribles carretas, opino que no volverá a oir nada en este mundo—murmuró Lapa.
No se engañaba. La señorita Pross quedó sorda para siempre.
XV. LOS ECOS SE APAGAN PARA SIEMPRE
Rebotan sobre el empedrado de las calles de París los vehículos de la muerte chirriando lúgubremente. Seis carretas llevan a la guillotina la ración de vino con que diariamente se entretiene su sed. Los monstruos devoradores, los monstruos insaciables que han forjado las imaginaciones humanas desde el instante primero de su actividad se han fundido en una realización única, y esta realización única se llama guillotina. Y, sin embargo, en Francia, con toda su rica variedad de clima y de suelo, no hay una brizna de hierba, una hoja, una raíz, un renuevo, susceptible de llegar a sazón y madurez bajo condiciones más favorables que aquellas que produjeron aquel horror. El día que martillos semejantes aplasten y machaquen a la humanidad, retorciéndola y borrando su forma, reaparecerá aquélla bajo las mismas formas violentas y contrahechas bajo las cuales reapareció entonces, el día que se siembre la semilla de la licencia rapaz y de la opresión, florecerán y sazonarán los mismos frutos que entonces florecieron y sazonaron.
Seis carretas ruedan chirriando a lo largo de las calles. ¡Transfórmalas en lo que antes fueron, tú, Tiempo, encantador poderoso, reintégralas a su forma y condición anterior, y las veremos trocadas en otras tantas carrozas soberbias de monarcas absolutos, en trenes de nobles feudales, en lujosas galas de deslumbradoras Jezabeles, en Sinagogas que han dejado de ser la Casa de Mi Padre para convertirse en cavernas de ladrones, en míseras chozas de millones de famélicos campesinos! No; el gran mago que majestuosamente trastorna el orden establecido por el Creador, jamás destruye sus transformaciones. «Si la voluntad de Dios te ha dado la forma que afectas, no intentes variarla; pero si la debes a pasajeras conjuras humanas, recobra la que recibiste del Altísimo,» dicen los magos a los seres encantados en los cuentos árabes.
Las ruedas sombrías de las carretas al dar vueltas sobre el empedrado semejan potente arado que abre un surco profundo entre el populacho que llena las calles, a uno y otro lado del que quedan cabezas humanas. Tan habituados están al horrendo espectáculo los vecinos de las casas, que en muchos balcones no se ve una sola cara, y es muy frecuente ver personas empleadas en alguna ocupación que no suspenden el movimiento de sus manos al paso de aquéllas, aunque sus ojos se vuelvan a las carretas para ver quiénes son los desgraciados que las ocupan.
Entre los que montan las fatídicas carretas, los hay que contemplan lo que les rodea con mirada impasible y los hay que concentran en ello un interés pasajero. Dan pruebas palpables unos de desesperación silenciosa haciendo el viaje postrero con las cabezas dobladas sobre el pecho, al paso que otros las llevan arrogantemente erguidas y dirigen a las turbas miradas de altivo desdén. Muchos meditan o procuran recoger sus pensamientos empeñados en vagar sin freno, y a ese fin cierran los ojos, mientras uno, uno solo, mísero ser de aspecto repugnante, parece tan enloquecido de terror, que canta y hasta intenta bailar. Las expresiones de los condenados varían hasta el infinito, pero ni uno solo despierta piedad en los diamantinos pechos del pueblo.
Rompen la marcha algunos jinetes de aspecto embrutecido a quienes los curiosos dirigen de vez en cuando preguntas. Sin duda éstas son siempre las mismas, pues a la contestación sigue invariablemente un movimiento de las turbas en dirección a la tercera carreta. Los jinetes de rostro embrutecido que cabalgan delante también señalan con frecuencia con la punta de sus sables a un hombre de los que la ocupan. El condenado en cuestión ha excitado la curiosidad general; todos desean saber quién es el hombre que, apoyada la espalda contra el respaldo de la tercera carreta, conversa con una muchachita sentada a su lado. No parece que le interese la escena ni que le importe nada de cuanto le rodea. En la calle de San Honorato gritan las turbas contra él; a los gritos contesta con una sonrisa y con movimientos enérgicos de cabeza que desordenan más sus largos cabellos, caídos sobre su cara, hasta la cual no puede llevar las manos, pues sus brazos están amarrados.
En lo alto de una escalinata de una iglesia espera el paso de la fúnebre comitiva el espía a quien Sydney Carton llamaba el mirlo del verdugo. Clava sus miradas en la primera carreta: no está allí. Mira con ansiedad a la segunda... Tampoco. Su rostro refleja el temor que comienza a invadirle, cuando, al escudriñar la tercera, sonríe complacido.
—¿Quién es Evrémonde?—pregunta un hombre colocado a su espalda.
—Aquel... el de la tercera carreta.
—¿El que habla con la chicuela?
—Sí.
—¡Muera Evrémonde!—vocifera inmediatamente el hombre en cuestión.—¡A la guillotina todos los aristócratas! ¡Muera Evrémonde!
—¡Calla.... calla...!—exclama con timidez el espía.
—¿Por qué he de callar?
—Porque va ya a pagar sus crímenes... Dentro de cinco minutos los habrá purgado... Déjale ahora en paz.
—¡Muera Evrémonde!—continúa gritando aquel bárbaro.
Evrémonde vuelve la cara hacia el que vocifera; ve al espía, le mira con atención, y prosigue impávido su camino.
Los relojes de la ciudad están para dar las tres, y el arado se desvía de la recta para llegar al sitio designado para las ejecuciones. Las líneas de cabezas humanas que flanqueaban hasta allí el surco abierto por el arado se agrupan en tropel rodeando a la guillotina que va a entrar en funciones. En primera fila, cómodamente instaladas en sillas, exactamente lo mismo que si estuvieran en el teatro, hay una porción de mujeres, que hacen calceta con verdadero ardor; entre ellas no era difícil ver a La Venganza, que parece inquieta y nerviosa.
—¡Teresa!—grita apelando a su registro más estridente.—¿Quién ha visto a Teresa... a Teresa Defarge?
—Es la primera vez que falta—contesta una de las trabajadoras.
—¡No... no faltará hoy tampoco...! ¡Teresa!—ruge La Venganza.
—Grita más—aconseja la mujer que habló antes.
¡Ah! Grita, Venganza, grita: ¡que por altos que tus gritos sean es difícil que te oiga! ¡Grita, Venganza, grita... no importa que acompañes tus gritos con maldiciones; que ni aquéllos ni éstas han de llegar a oídos de tu jefe! ¡Envía emisarios que la busquen por todas partes; que esos emisarios, aun cuando no puede negarse que han dado cima a empresas difíciles, es seguro que no han de ir a buscarla donde está! ¡Ha hecho un viaje demasiado largo!
—¡Mala suerte!—acalla La Venganza, pateando con furia—¡Y ya están aquí las carretas...! ¡Y Evrémonde será despachado sin que esté ella!
Mientras La Venganza llama a grito herido a Teresa Defarge, son descargadas las carretas. Los ministros de Santa Guillotina están vestidos y dispuestos a trabajar... Se oye un golpe, rueda una cabeza que inmediatamente alza en su mano uno de los ministros, y las mujeres, sin mirar apenas, continúan haciendo calceta, diciendo por todo comentario:
—Una.
La escena se repite varias veces, sin que las mujeres interrumpan su labor ni dejen de contar.
Sube al tablado fatal el supuesto Evrémonde, dando la mano a la desventurada niña, según la había ofrecido, a la que coloca de espaldas a la terrible cuchilla, que sube y baja sin interrupción.
—De no haber sido por ti, mi querido desconocido, no tendría yo la calma y resignación que tengo, pues soy una pobre niña y mi corazón es débil. Tampoco habría sabido elevar mis pensamientos hacia Aquél que murió por nosotros, a Aquél cuya misericordia es hoy mi única esperanza. Yo creo que son los Cielos los que te han enviado a mí en este día de prueba.
—Quizá seas tú el mensajero que los Cielos me han enviado a mí—replicó Carton.—Fija en mí tus ojos, niña querida, y no te acuerdes de nada más.
—Mientras tenga entre mis manos la tuya, estaré tranquila; y si al separarla para emprender el viaje, el golpe es rápido, tampoco temeré.
—El golpe será rápido; pierde cuidado.
Aunque se encontraban entre las demás víctimas, hablaban con tanta libertad como si hubiesen estado solos. Aquellos dos hijos de la Madre Universal, desconocidos hasta entonces el uno al otro, iban a hacer juntos el último viaje, a comparecer juntos ante el Creador, a reposar juntos en el Cielo.
—¡Valiente y generoso amigo!—exclamó la niña—¿Me permites que te haga una pregunta? Soy muy ignorante, y se trata de una cosa que me turba y mortifica... un poquito.
—Pregunta lo que quieras.
—Tengo una prima, mi único pariente, huérfana como yo, a quien quiero mucho. Tiene cinco años menos de edad que yo y vive en una casa de labor, por el Mediodía. La pobreza nos separó; ignora mi desgracia y yo no puedo escribirla... y, aunque pudiera... ¿qué iba a decirle? Mejor es así.
—Es verdad: mejor es así.
—Lo que he estado pensando mientras nos traían aquí, y lo que seguía pensando ahora, es lo siguiente: si en realidad la República ha de hacer la felicidad de los pobres, si gracias a ella padecen menos hambre y se alivian sus sufrimientos, mi prima puede vivir aún muchos años; hasta es posible que llegue a vieja.
—¿Y qué, mi querida hermanita?
—Si así es, ¿no te parece que se me hará muy larga la espera, allá en aquel mundo mejor en que confío ser misericordiosamente acogida contigo, en aquel mundo donde viviremos eternamente tú, ella y yo?
—No, hija mía, no; en aquel mundo mejor a que aludes, no existe el Tiempo ni tienen cabida los sufrimientos.
—¡Cuánto me consuelan tus palabras! ¡Soy yo tan ignorante! ¿He de besarte ya? ¿Llegó el momento?
—Sí, hija mía, sí.
La niña besa los labios de Sydney Carton y Sydney Carton besa los labios de la niña. No tiemblan sus manos al separarse. «Adiós». Rueda primero la cabeza de la niña... Las mujeres que hacen calceta cuentan VEINTIDÓS.