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Una historia de dos ciudades

LIBRO TERCERO EL RUMBO DE LA TORMENTA (continued 2)

Gregorio Lafuerza translation

—¡Lucía... mi Lucía... Libre... Libre!...

—¡Oh mi querido Carlos! ¡Permíteme que hincada de rodillas dé gracias a Dios con el mismo fervor con que le pedí por ti!

Cayó de hinojos Lucía. Todos los presentes doblaron reverentes las cabezas y rezaron desde el fondo de sus corazones. Cuando, terminada la oración, Lucía volvió a sus brazos, dijo Carlos.

—¡Da ahora las gracias a tu padre, mujercita mía! ¡Ningún hombre de Francia habría podido hacer por mí tanto como él ha hecho!

Reclinó Lucía la cabeza sobre el pecho de su padre, de la misma manera que la había reclinado largos años antes. El doctor se consideró feliz al poder pagar de alguna manera las muestras de cariño abnegado de su hija, dió por bien empleados todos sus sufrimientos y sintió noble orgullo al pensar en sus fuerzas.

—Sé fuerte en la bonanza como lo fuiste en la tormenta, hija mía. No tiembles... No llores. Le he salvado yo.

VII. VISITA INESPERADA

No era un sueño como tantas otras veces; allí estaba Carlos, y sin embargo, temblaba su mujer presa de un terror vago pero intenso.

Respirábase una atmósfera tan negra y corrompida, eran las gentes tan brutalmente vengativas y crueles, con tan terrible regularidad eran llevados al matadero los inocentes que tenían la desgracia de inspirar cualquier sospecha, por vaga que fuera, o de despertar la malicia, tan imposible era olvidar cuantos, tan limpios de culpa como su marido, y tan idolatrados por los suyos como Carlos lo fuera por Lucía, caían a los golpes que el yerno del doctor Manette había conseguido eludir, que el corazón de su afligida esposa no conseguía verse libre del peso horrible que lo oprimía. Las sombras del crepúsculo vespertino de invierno comenzaban a envolver la ciudad, y aun continuaban rodando por las calles las fatídicas carretas de la muerte. Con la imaginación las seguía Lucía, los ojos del alma buscaban a su marido entre los condenados, y al verlo con los de la carne a su lado, se estrechaba contra él y temblaba más que nunca.

Su padre, esforzándose por tranquilizarla, riéndose de sus temores daba muestras de una superioridad compasiva admirable, de una entereza varonil que contrastaba con la debilidad mujeril de su hija. El sotabanco, la banqueta de zapatero, al anciano que se pasaba los días cosiendo zapatos, el Ciento Cinco, Torre del Norte, eran sucesos pasados de los que ni rastros quedaban. Había acabado felizmente la empresa que con ánimo varonil acometiera, había redimido su promesa, Carlos estaba en libertad, ¿por qué temer? Fuerzas le sobraban al doctor para servir de robusto sostén a todos los que sintieran decaer las suyas.

El menaje de su casa no podía ser más modesto; no sólo porque la prudencia así lo aconsejaba, para no herir la pobreza del pueblo, sino también porque no eran ricos, pues Carlos, durante el período dilatado de su cautiverio, había tenido que pagar a precio exorbitante la comida, las dietas de sus guardianes, y una parte proporcional para sufragar los gastos de los prisioneros más pobres que él. Debido en parte a los motivos apuntados, y en parte a evitar el peligro de ser espiados dentro del mismo hogar, no tenían criados. El ciudadano y la ciudadana encargados del servicio de la portería prestaban a la familia los servicios necesarios, si las circunstancias lo exigían, aparte de Jeremías, que les había sido cedido casi por completo por el buen Lorry, y estaba durante el día a su disposición y dormía en la casa por las noches.

Había dispuesto la República Una e Indivisible de la Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte, que sobre las puertas de todas las casas y a una altura determinada, hubiese un cartelón, en el cual estuvieran inscriptos, con letras de tamaño también determinado, los nombres de cuantas personas las habitasen. Como consecuencia, entre los nombres inscriptos en el cartelón puesto en la puerta del domicilio del doctor, figuraba el de Jeremías Lapa, y en la ocasión a que se refiere esta historia, no sólo el nombre, sino también el propietario del nombre se hallaba plantado junto a la puerta, contemplando al pintor llamado por el doctor Manette para que añadiera al cartelón el nombre de Carlos Evrémonde, llamado también Darnay.

La atmósfera de terror y de desconfianza en que se vivía había alterado profundamente hasta los hábitos más inocentes y más inofensivos de la vida. En la casa del doctor, como en casi todas las demás, los artículos de primera necesidad y de consumo diario se compraban todas las tardes por cantidades pequeñas y en distintas tiendas pequeñas. Era la manera de no llamar la atención y de suministrar la menor ocasión posible a las murmuraciones y a la envidia.

Desde algunos meses antes, estaban encargados de la compra la señorita Pross y Jeremías Lapa; este último llevaba la cesta, la primera el dinero. Todas las tardes, cuando se encendían los faroles del alumbrado público, salían ambos y traían a la casa los artículos de consumo necesario para el día siguiente. Aunque la señorita Pross, dados los muchos años que llevaba viviendo con una familia francesa, parece que debía hablar el francés con tanta corrección y soltura como el inglés, sabía exactamente lo mismo que Jeremías Lapa, quien no conocía ni una palabra, y es que, o carecía de talento, o no quería aplicarlo a tonterías (tal era el nombre que ella le daba) como aquélla. Como consecuencia, su sistema comercial consistía en disparar un nombre substantivo a quema ropa, en cuanto se encaraba con el tendero, y si el nombre no cuadraba con el artículo que necesitaba, como ocurría casi siempre, tendía en derredor sus miradas, agarraba el artículo, y no lo soltaba hasta después de cerrado el trato. En cuanto al precio, se entendía sin dificultad, alzando un dedo menos que el tendero, fuera el que fuera el número de los que aquél levantase.

—Señor Lapa—dijo la señorita Pross, en cuyos ojos chispeaba la felicidad,—yo estoy dispuesta; ¿y usted?

Jeremías contestó que estaba a las órdenes de la señorita Pross.

—Hoy nos hace falta de todo,—observó la señorita Pross,—y entre otras cosas, vino. Mal rato nos espera. En cualquier parte que lo compremos, hemos de encontrar abundantes gorros colorados brindando como condenados.

—No se romperán mucho los cascos para encontrar sus brindis—observó Jeremías.—Siempre les oigo brindar por el mismo; por el Unico.

—¿Y quién es ese único?

—Vaya usted a saber. Como no se refieran a Noé... el que plantó la primera viña...

—¡Ah... ya! No hace falta ser muy sabio para comprender por quién brindan esos desdichados. Brindan por el Asesino... por el Malvado.

—¡Cuidado, amiga mía!—terció Lucía—¡Prudencia, por favor, mucha prudencia!

—¡Sí, sí, sí! seré muy prudente; pero me parece que entre nosotros puedo decir que no es muy grato recibir por esas calles suspiros que apestan a cebolla, a aguardiente y a tabaco, mezclados con abrazos. Voy a salir; pero no se mueva usted de junto a la lumbre hasta que yo vuelva, mi querida señorita. Cuide del marido que ha recobrado y nada tema. ¿Puedo hacer una pregunta antes de marchar, señor doctor?

—Me parece que puede usted tomarse esa libertad—respondió el doctor con tono humorístico.

—Por todos los santos del Cielo, no hable usted de libertad, señor doctor. Estoy de libertad hasta la coronilla—exclamó la Pross.

—Por Dios, querida; ¿otra vez?—dijo Lucía.

—Vaya, señorita—replicó la Pross, moviendo la cabeza con aire solemne;—si quiere que diga lo que siento, manifestaré que yo, como súbdita que soy de Su Graciosa Majestad el Rey Jorge III, me río de esos descamisados. Mi máxima es: «Maldita de Dios sea su política; quiera Dios frustrar sus criminales propósitos; en Dios tengo puesta mi confianza, y viva el Rey.»

Lapa, en un arrebato de lealtad a su soberano, repitió el viva con voz estentórea.

—Celebro que sea usted un inglés castizo, señor Lapa,—dijo la señorita Pross con tono de aprobación,—aunque hubiese sido de desear que no hubiera puesto tanta energía en su grito. Pero vamos a la pregunta, señor doctor; ¿no ha encontrado usted aún el medio de salir para siempre de esta maldita ciudad?

—No, por ahora; salir en estas circunstancias, sería peligroso para Carlos.

—¡Qué se le va a hacer!—exclamó la señorita Pross, conteniendo un suspiro y mirando a Lucía.—Tendremos paciencia y esperaremos... Animo, y que ruja la tempestad sobre la cabeza del vecino, como solía decir mi hermano Salomón. Vámonos ya, señor Lapa... No se mueva, señorita.

Salieron la Pross y Lapa, dejando a Lucía, al marido de ésta, al doctor y a Lucita, sentados al amor de la lumbre. Esperaban que de un momento a otro llegase el señor Lorry. Había encendido una luz la señorita Pross, pero la colocó en un rincón, a fin de que la familia disfrutara exclusivamente de la débil que irradiaba la chimenea. Lucita, sentada sobre la rodilla de su abuelo, escuchaba la historia de un hada grande y poderosa que en una ocasión rompió los robustos muros de un calabozo, para libertar a un cautivo que en otros tiempos había prestado al hada un servicio.

—¿Qué es eso?—exclamó de pronto Lucía.

—¡Querida mía!—contestó el doctor, suspendiendo la narración de la historia—Tranquilízate. El desorden de tus nervios es extraordinario. La cosa más insignificante... hasta sin motivo alguno... te alarma. Me tienes a mí... a tu padre, hija mía.

—He creído oir rumor de pasos en la escalera—balbuceó Lucía.

—¡Tontuela...! La escalera está tan silenciosa como una tumba.

Mientras salía de sus labios la palabra última, sonó un golpe en la puerta.

—¡Oh, padre... padre mío! ¿Qué será? ¡Que se esconda Carlos...! ¡Sálvalo!

—¡Hija querida!—contestó el doctor levantándose y poniendo su mano sobre el hombro de Lucía.—Le he salvado ya. No comprendo tu debilidad... Voy a abrir la puerta.

Tomó en su mano el candelero, cruzó las dos habitaciones intermedias y abrió la puerta. Cuatro hombres de aspecto salvaje, cubiertos con gorros rojos y armados de sables y pistolas penetraron en el recibimiento, desde donde pasaron a la habitación en que se hallaba la familia.

—¿El ciudadano Evrémonde?—preguntó el que entró primero.

—¿Quién le busca?—preguntó Darnay.

—Yo... nosotros le buscamos. Te conozco, Evrémonde; te vi ayer en la sala del Tribunal. Vuelves a ser prisionero de la República.

Los cuatro hombres rodearon el grupo formado por Darnay, su mujer y su hijita, que se había abrazado a él.

—¿Cómo y por qué vuelvo a ser prisionero?

—Ven con nosotros a la Conserjería, y mañana podrás satisfacer tu curiosidad. Mañana debes comparecer ante el Tribunal.

El doctor Manette, a quien la inesperada visita había dejado en estado perfectamente atónito, hasta el punto de parecer una estatua con un candelero en la mano, sacudió su marasmo después de escuchar las palabras últimas, dejó el candelero sobre la repisa de la chimenea, encaróse con el que llevaba la voz cantante, y, asiéndole por la pechera de su camisa, roja como el gorro, dijo:

—Has dicho que le conoces; ¿me conoces también a mí?

—Sí; te conozco, ciudadano doctor.

—Todos te conocemos, ciudadano doctor—añadieron los tres restantes.

Paseó el anciano su mirada por las caras de los cuatro hombres, y después de una pausa, repuso, bajando la voz:

—¿Quieres contestarme a mí la pregunta que él te ha hecho? ¿Por qué se le prende de nuevo?

—Ciudadano doctor,—contestó con repugnancia manifiesta el que habló primero,—ha sido denunciado por la Sección de San Antonio... a la que pertenece este ciudadano—añadió, señalando con la mano al individuo que estaba a su lado.

El ciudadano aludido hizo un movimiento afirmativo de cabeza, y dijo:

—Ha sido acusado por San Antonio.

—¿De qué?

—Ciudadano doctor—replicó el primero,—no preguntes más. Si la República te exige sacrificios, tú, como buen patriota que eres, te tendrás por feliz haciéndolos. Ante todo y sobre todo la República. El Pueblo es soberano. Evrémonde, tenemos prisa.

—Una palabra más—objetó el doctor.—¿Quieres decirme quién le ha denunciado?

—Faltaría a mi deber... Mañana podrás preguntarlo a San Antonio.

Dirigió entonces el doctor una mirada a otro de los hombres, quien se movió con cierta expresión de malestar, se frotó la barba, y dijo:

—¡Vaya! Verdad es que no podemos decirlo sin faltar a nuestro deber; pero no tengo inconveniente en manifestar que le ha acusado... por cierto de grandes crímenes, el ciudadano y la ciudadana Defarge... y además, otra persona.

—¿Quién es esta otra persona?

—¿Lo preguntas tú, ciudadano doctor?

—Sí.

—Lo sabrás mañana—contestó el de San Antonio con entonación extraña.—¡Ahora, soy mudo!

VIII. UNA PARTIDA ORIGINAL

Sumida en la feliz ignorancia de la nueva desgracia acaecida a la familia, la señorita Pross dejaba a sus espaldas una porción de callejuelas estrechas y atravesaba el río por el Puente-Nuevo, repasando en su imaginación el número de compras que tenía que hacer. A su lado caminaba Lapa, portador de la cesta. Uno y otro, aunque al parecer no tenían ojos más que para examinar las tiendas abiertas a derecha e izquierda de las calles que atravesaban, avizoraban las manadas de patriotas, sobre todo, si eran muy numerosas, y variaban con frecuencia el itinerario a fin de evitar el encuentro de los que hablaban con animación excesiva. Era una tarde fría y húmeda. Los puntos de luz que salpicaban la capa gris que cubría el río indicaban los sitios donde estaban ancladas las barcazas convertidas en talleres por los que fabricaban armas para el ejército de la República. ¡Desgraciado el mortal que osase burlarse de aquel ejército! ¡Desgraciado del que ocupase en aquel ejército un grado que no mereciera! Valiérale más que nunca le hubiese crecido la barba, pues la Navaja Barbera Nacional se la afeitaba que era una bendición.

Luego que compró una porción de artículos de comer, y una cantidad de aceite para la lámpara, la señorita Pross pensó en adquirir el vino que le hacía falta. Desdeñó una porción de tabernas y al fin mereció su preferencia una, puesta bajo la advocación del Buen Republicano Bruto de la Antigüedad, situada a corta distancia del Palacio Nacional, antes de las Tullerías, establecimiento más tranquilo que ninguno de sus similares encontrados hasta allí, en el cual es cierto que se veían bastantes gorros colorados, pero abundaban menos que en los otros. Consultado Lapa, y visto que era de su misma opinión, la señorita Pross penetró en el templo del Buen Republicano Bruto de la Antigüedad, acompañada por su caballero.

Sin reparar apenas en las luces mortecinas, en los hombres que pipa en boca jugaban con barajas mugrientas o con dominós amarillentos, en el jornalero que, arremangadas hasta los hombros las mangas de la camisa y con el pecho desnudo leía a gritos un periódico a un grupo de tipos que escuchaban con la boca abierta, en las armas que llenaban las mesas o pendían de las cinturas de los bebedores, ni en los tres o cuatro parroquianos que dormían sus monas, tendidos de bruces en el suelo, y que, más que hombres, tenían aspecto de osos o de mastines yacentes, los dos compradores se acercaron al mostrador y pidieron lo que necesitaban.

Mientras el tabernero medía el vino, un sujeto, que con otro hablaba en un rincón del establecimiento, se levantó y echó a andar. Para salir a la calle tenía que pasar forzosamente junto a la señorita Pross, lo que nada tiene de particular, pero sí lo tuvo el que, no bien tropezó con ella, rasgó los aires un alarido penetrante seguido de un semi-desmayo de la señorita.

Cuantas personas había en la taberna se pusieron en pie. Tan corriente era ver que las personas se asesinaban bonitamente por motivo tan justificado como defender una opinión cualquiera, que todos miraron para ver quién era el mortal que caía sin vida en tierra, pero con asombro general, lo único que vieron fué a una pareja, hombre y mujer, que se miraban mutuamente con extraordinaria fijeza, y que el hombre parecía francés, y republicano rojo, y la mujer era a no dudar inglesa.

Las frases pintorescas con que expresaron su desencanto los buenos discípulos del Buen Bruto Republicano de la Antigüedad, sonaron en los oídos de la señorita Pross y de su acompañante como si en hebreo o en caldeo hubieran sido dichas. No se enteraron sino de que fueron pronunciadas a gritos, que no otra cosa les consintió su sorpresa. Hablamos en plural porque, si la señorita Pross quedó sorprendida, Jeremías Lapa estuvo a dos dedos de caer al suelo bajo el golpe violento de su estupefacción.

—¿Qué hay?—preguntó el hombre que fué causa del chillido de la señorita Pross.

Las dos palabras habían sido pronunciadas en inglés, con acento brusco y amenazador y tono de voz muy bajo.

—¡Oh Salomón... Salomón querido!—exclamó la señorita Pross, juntando las manos.—¡Al fin te encuentro, después de tantos años de ausencia, después de tantos años pasados sin noticias tuyas!

—No me llames Salomón. ¿Buscas mi muerte, desgraciada?—preguntó aquel hombre, dirigiendo en derredor miradas de espanto.

—¡Hermano... hermano mío!—exclamó la señorita Pross, hecha un mar de lágrimas—¿Tan mal me he portado contigo para que me hagas una pregunta tan cruel?

—¡Pues métete en el bolsillo esa lengua endiablada!—gruñó Salomón.—Si quieres decirme algo, salgamos fuera. Paga el vino y vámonos... ¿Quién es ese hombre?

—Es el señor Lapa—contestó con desaliento la señorita Pross.

—Pues que salga también... ¿Pero qué es eso? ¿Me toma ese individuo por un aparecido?

La pregunta estaba muy en su lugar, pues Lapa le miraba en realidad como se mira a un espectro. No despegó, sin embargo, los labios, y la señorita Pross, derramando lágrimas, pagó el vino. Mientras tanto, Salomón se dirigió a los discípulos del Buen Bruto Republicano de la Antigüedad y les dió, en lengua francesa, algunas explicaciones que bastaron para que todos ellos volvieran a sus puestos respectivos.

—Veamos—dijo Salomón, una vez llegó a un rincón obscuro de la calle—¿Qué es lo qué quieres de mí?

—¡Es horroroso encontrarse con un hermano querido que no da la menor muestra de afecto a la hermana que siempre fué con él tierna y cariñosa!

—¡Bah! ¡Tonterías!—exclamó Salomón, rozando con sus labios la frente de la señorita Pross—¿Estás contenta ahora?

La señorita Pross movió la cabeza y rompió a llorar de nuevo.

—Si te figuras que me has dado una sorpresa, te engañas de medio a medio; no me ha sorprendido encontrarte. Sabía que estabas en París, pues bueno es que sepas que son muy pocos los que en París viven sin que lo sepa yo. Si no quieres poner en peligro grave mi existencia... tentado estoy de creer que esa es tu intención... sigue tu camino lo más pronto posible, y deja que yo siga el mío. Tengo muchas ocupaciones... Soy funcionario público.

—¡Mi hermano Salomón, inglés de nacimiento y de alma, mi hermano Salomón, que en su patria hubiera podido ser uno de los más grandes hombres, funcionario público en país que no es el suyo, dependiendo de hombres que no son ingleses... y qué hombres, Cielo santo! ¡Hubiese preferido encontrarte muerto en su...!

—¡Lo creo!... ¡Lo suponía!... ¡Lo sabía de cierto!—exclamó su hermano interrumpiéndola.—Lo que tú quieres es mi muerte. Mi tierna, mi cariñosa hermana hará que me hagan figurar entre los sospechosos... Es decir; lo está haciendo ya.

—¡No lo permita Dios!—gritó la señorita Pross.—Mucho te he querido, Salomón, mucho te quiero; pero hubiese preferido no volver a verte más, a encontrarte como te encuentro. Dime una palabra de cariño, dime que no me aborreces, que no nos separa el odio, y me voy sin detenerte un segundo más.

Salomón estaba pronunciando la palabra de cariño solicitada, dando pruebas de una condescendencia que seguramente no habría tenido de haber estado invertidas las posiciones respectivas, cuando inopinadamente terció Jeremías Lapa en la conversación, poniendo una zarpa sobre el hombro del cariñoso hermano y diciendo con voz ronca:

—Me parece que también a mí se me permitirá colocar una pregunta. ¿Quiere usted decirme si su nombre es Juan Salomón o Salomón Juan?

El funcionario público, por toda contestación, se volvió hacia quien rompía su mutismo para dirigirle una pregunta que le intranquilizó, y quedó mirándole de hito en hito con visible recelo.

—Estoy esperando—repuso Lapa.—¿Ha quedado usted mudo de repente? ¿Juan Salomón o Salomón Juan? ¿En qué quedamos? La señorita le llama Salomón, y es de suponer que conozca bien su nombre, toda vez que es su hermana, según veo. Pero es el caso que yo le conozco como Juan. ¿Cuál de los dos nombres es el verdadero? Otro tanto digo acerca del apellido. En Inglaterra no se llamaba usted Pross.

—¿Pero qué está usted diciendo?

—Ni yo mismo lo sé muy bien, pues confieso que no recuerdo el apellido que usted llevaba en la orilla opuesta del Canal.

—¿Lo ha olvidado?

—Sí; pero juraría que era un apellido de dos sílabas.

—¡De veras!

—De veras. Pross no tiene más que una sílaba; el otro tenía dos... En nombre del Padre de la Mentira, que indudablemente es su padre de usted, ¿quiere decirme cómo se llamaba cuando ejercía el honroso ejercicio de soplón del Old Bailey?

—¡Barsad!—contestó otra voz, terciando en la conversación.

El que acababa de hablar era nuestro antiguo amigo Sydney Carton. Colocadas ambas manos a la espalda bajo los faldones de su levita, habíase puesto junto a Lapa, afectando la misma negligencia con que solía asistir a las vistas del Old Bailey.

—No se alarme usted, señorita Pross—repuso.—Ayer tarde me presenté en el domicilio del señor Lorry, con no poca sorpresa de este señor, que estaba muy lejos de esperar mi vista. Convinimos los dos en que no me dejaría ver en parte alguna hasta después que el asunto estuviera resuelto definitiva y satisfactoriamente, o bien hasta tanto no fuera necesaria mi presencia. Ateniéndome a lo pactado, me he personado aquí, porque es indispensable que cruce cuatro palabras con su hermano. Muy de veras lamento que sea usted hermana de un sujeto tan poco recomendable; muy de veras lamento que tenga por hermano a un mirlo del verdugo.

Era éste el nombre con que solían designarse los espías.

—¿Cómo se atreve usted—preguntó el espía, pálido como un difunto—a decirme...?

—Me explicaré, para que vea usted que no hablo a tontas y a locas—contestó Carton.—Me hallaba yo hace media hora contemplando los muros de la Conserjería, cuando vi salir a usted por sus puertas. Entre otras cualidades, buenas unas, malas otras, tengo la de recordar bien las caras, y cuente que la suya es de las que con dificultad se despintan. Me sorprendió ver a usted en aquel lugar, y como por otra parte, tengo mis motivos para relacionar la persona de usted con las desgracias de un amigo, en este instante más desgraciado que nunca, se me ocurrió la idea de seguirle. Pisándole los talones entré tras de usted en la taberna y me senté a su lado. De la conversación de usted, y de los rumores de admiración que arrancó a sus oyentes, no me fué difícil inferir cuál es el oficio de usted. Lo que en un principio había yo hecho al azar, fué convirtiéndose gradualmente en objetivo determinado, señor Barsad.

—¿Y ese objetivo?...—preguntó el espía.

—Sería molesto, y hasta peligroso, explicarlo en la calle. ¿Tiene usted la bondad de favorecerme con su compañía durante algunos minutos... hasta el Banco Tellson, por ejemplo?

—¿Bajo amenaza?

—¡Bah! ¿He hablado de amenazas?

—Entonces, ¿a santo de qué voy a ir allí?

—Con franqueza, señor Barsad; no puedo decirlo.

—¿No puede, o no quiere, señor?—preguntó con cierta indecisión el espía.

—Me interpreta usted maravillosamente bien; no quiero.

Fué auxiliar muy poderoso de la habilidad prodigiosa de Carton el tono de glacial indiferencia con que hablaba. Su vista de lince lo advirtió desde el primer momento, y dicho está que sacó de ello todo el partido posible.

—¡Acuérdate de lo que te digo y no lo olvides nunca!—exclamó Barsad, dirigiendo a su hermana una mirada de furiosa reconvención.—Obra tuya será, si me ocurre una desgracia.

—¡Vamos, vamos, señor Barsad!—dijo Carton—No sea usted ingrato. Agradezca el respeto que su hermana me inspira la benignidad con que me conduzco haciéndole una proposición que ha de dejarnos satisfechos a todos. ¿Me acompaña al Banco?

—Sí; le acompaño. Estoy pronto a escuchar lo que desee decirme.

—Ante todo, escoltaremos a su hermana de usted hasta la esquina de la casa donde vive. Tenga la bondad de aceptar mi brazo, señorita Pross. Dadas las circunstancias por que la ciudad atraviesa, no debe usted ir sola y sin protección, y como quiera que el hombre que la acompaña a usted conoce al señor Barsad, me tomo la libertad de invitarle a venir con nosotros al domicilio del señor Lorry. ¿Estamos dispuestos? ¿Sí? Pues en marcha.

Más tarde recordó la señorita Pross, y no lo olvidó en su vida, que al aferrarse al brazo de Carton y mirarle a la cara para dirigirle una súplica muda, pero elocuente, en favor de su hermano, observó en la fortaleza del brazo y en la expresión de los ojos de aquel algo que no sólo estaba reñido con la ligereza de tono y de modales de Carton, sino también transformaba y elevaba al hombre. Si por el momento no le llamó la atención, fué porque la preocupaban demasiado los temores que la inspiraba la suerte de un hermano tan poco merecedor de su afecto para hacer observaciones.

Después de despedirse de la señorita Pross en las inmediaciones de la casa del doctor, Carton, caminando entre Barsad y Jeremías Lapa, dirigióse hacia el edificio del Banco Tellson, muy poco distante.

Lorry, que acababa de comer, y se hallaba sentado al amor de la lumbre, volvió la cabeza al oir los pasos de los que le visitaban, y no pudo evitar un gesto de extrañeza al ver una cara desconocida.

—Le presento al hermano de la señorita Pross—dijo Carton,—el señor Barsad.

—¿Barsad?—repitió Lorry.—¿Barsad? Me parece recordar ese apellido... y el rostro de quien lo lleva.

—¿No dije antes a usted que tiene una cara de las que difícilmente se despintan, señor Barsad?—preguntó con frialdad Carton.—Hágame el favor de sentarse.

Carton, al mismo tiempo que acercaba una silla, suministró a Lorry el eslabón que éste andaba buscando para enlazar la cadena de sus recuerdos.

—Testigo de aquella causa—dijo sencillamente Carton.

Fué lo bastante para que Lorry recordara, y también para que mirase a Barsad con repugnancia visible.

—La señorita Pross ha reconocido en el señor Barsad al hermano cariñoso de quien tantas veces la ha oído usted hablar—observó Carton.—No ha negado Barsad el parentesco... Pero pasemos a otras noticias peores; Darnay ha sido encarcelado de nuevo.

—¡Qué me dice usted!—exclamó Lorry, profundamente consternado.—No hace dos horas que le dejé en su casa libre y contento, y ahora mismo me disponía a ir a verle.

—Pues está preso. ¿Cuándo le prendieron, Barsad?

—En todo caso, habrá sido hace un momento.

—Barsad es en este asunto fuente de información segura—observó Carton.—De sus labios escuché la noticia cuando se la contaba, entre copa y copa de aguardiente, a un amigo suyo, soplón como él. Parece que acompañó a los encargados de prenderle hasta la puerta de la casa del doctor, alejándose al ver que el portero les franqueaba el paso. La duda, pues, es imposible.

Lorry comprendió que la desgracia era cierta. En su cerebro sintió el rudo batallar de mil ideas confusas y contradictorias, pero se dió cuenta de lo muchísimo que le convenía no perder la presencia de espíritu y, a costa de esfuerzos titánicos, se dominó, recobró la serenidad, y permaneció callado y atento.

—Es de esperar... esa confianza abrigo—repuso Carton—que el nombre del doctor y su influencia en las masas sean tan eficaces mañana... ¿No dijo usted, Barsad, que ha de comparecer mañana ante el Tribunal?

—Sí; creo que la comparecencia será mañana.

—... Tan eficaces mañana, y tan decisivas, como hoy; pero no es imposible que ocurra lo contrario. Confesaré, señor Lorry, que me inspira vivos temores el hecho de que el doctor no haya podido impedir la prisión.

—Quizá no sospechase siquiera la posibilidad del peligro—contestó Lorry.

—Lo que, a juicio mío, sería circunstancia altamente alarmante, visto lo identificado que está con su yerno.

—Es verdad—contestó Lorry, apoyando la barbilla sobre la palma de la mano y mirando a Carton con expresión de abatimiento.

—En suma—continuó Carton:—cuando se entabla una partida desesperada y se cruzan apuestas desesperadas, fuerza es recurrir también a medidas desesperadas. Juegue en buena hora el doctor con las cartas de ganar, que yo manejaré, mientras, las de perder. Empeñe el doctor la partida encaminada a sacar a su yerno de la Conserjería; que yo, mientras tanto, jugaré otra independiente y con vistas a encerrar a un amigo en la Conserjería. El amigo que me propongo encerrar, señor Barsad, es usted.

—Muy buenas cartas tendrá usted que reunir para ganar ese juego, replicó el espía.

—Las he reunido ya, y voy a ponerlas boca arriba... pero ya sabe usted, señor Lorry, lo torpe que soy si no aplico a mi cacumen el acicate de unas copas. Si me diera una copita de brandy, se lo agradecería.

Fuéle servido el licor, del que tomó dos copas consecutivas.

—El señor Barsad—dijo, separando la botella y hablando como si en la mano tuviera una colección de cartas,—mirlo del verdugo, emisario de los comités republicanos, hoy calabocero, ayer prisionero, siempre espía y soplón secreto, cuya valía aquí aumenta considerablemente por la circunstancia de ser inglés, y por tanto, menos expuesto a sospechas que ningún francés, se presenta a los mismos a quienes sirve bajo nombre supuesto; este triunfo es de primer orden. El señor Barsad, a sueldo hoy del Gobierno revolucionario francés, sirvió, no ha mucho tiempo, al Gobierno aristocrático inglés, enemigo jurado de Francia y de sus libertades; me parece que acabo de enseñar otra carta que difícilmente se falla. Si ahora entramos en el terreno de las sospechas y deducciones, encontraremos una, clara como la luz del sol, sospecha que expresaré con las palabras siguientes: el señor Barsad, soplón asalariado del Gobierno aristocrático inglés, lo es al mismo tiempo de Pitt, enemigo artero que herirá a la República en medio del corazón, inglés traidor, agente, instrumento, autor de todas esas indignidades de que todo el mundo habla y nadie es capaz de probar. Este es un triunfo que casi asegura la partida. ¿Va usted siguiendo mi juego, señor Barsad?

—Voy haciéndome cargo de la importancia de las cartas, pero aun ignoro cómo piensa usted jugarlas—contestó el espía visiblemente intranquilo.

—Principio jugando el triunfo siguiente: Denuncia contra el llamado Barsad ante el Comité del distrito más próximo. Vea usted sus cartas, Barsad, y juegue... sin precipitaciones, que nadie nos corre.

Tomó de nuevo la botella, se sirvió otra copa, la bebió con calma imperturbable y esperó. Vió que el espía temía que de las libaciones resultase una denuncia inmediata, y, sin duda para acrecentar el temor, se sirvió y apuró la cuarta copa.

—Tómese todo el tiempo que quiera, Barsad, no sea que pierda la partida a la primera jugada.

Era Barsad adversario más débil de lo que Carton había supuesto. A decir verdad, en su juego tenía cartas muy malas, y él lo sabía, aunque no lo supiese Carton. Sabía, por ejemplo, que, destituído de su honroso cargo en Inglaterra, como resultados de imperdonables torpezas cometidas en el ejercicio de aquél, atravesó el Canal y ofreció sus servicios en Francia, donde fueron aceptados, al principio, para tentar y sonsacar a sus compatriotas, y más tarde, para tentar y sonsacar a los franceses. Sabía que, durante el gobierno derribado, estuvo encargado de vigilar el barrio de San Antonio y la taberna de Defarge; que recibió de la policía los datos necesarios acerca del cautiverio, libertad e historia del doctor Manette, merced a los cuales creyó que conseguiría hacerse amigo confidencial de los Defarges, aunque muy pronto hubo de convencerse de que, en algunas ocasiones, el que va por lana vuelve trasquilado. Siempre recordó con terror que aquella tabernera terrible había hecho calceta mientras él intentaba sonsacarla, y se echaba a temblar cada vez que se acordaba de que le miraba con expresión sombría mientras sus dedos se movían vertiginosos. Habíala visto desde entonces infinidad de veces en el distrito de San Antonio, armada de sus registros hechos a punto de media y denunciando personas cuyas cabezas no tardaba en cercenar la guillotina. Sabía, como lo saben todos los que ejercen empleos como el suyo, que sobre su cabeza rugía a todas horas la tormenta; que su cabeza corría peligro, que la fuga era imposible, que por momentos acercaba su pescuezo a la cuchilla, y que, pese a los servicios prestados a la causa del terror imperante, una sola palabra bastaba para llevarle al patíbulo. No bien le denunciasen, fulminando contra él todos o parte de los gravísimos cargos que acababan de insinuarle, comprendió que aquella formidable mujer, de cuyo carácter implacable había visto pruebas sobradas, exhibiría el registro fatal que disiparía la última posibilidad de salvación. Unase a esto la ley, mil veces comprobada, de que todos los soplones, todos los delatores secretos, son cobardes por temperamento, hombres que se amedrentan sin dificultad, y se comprenderá la la disposición de ánimo en que quedó Barsad.

—Parece que no son muy de su gusto sus cartas—dijo Carton con la calma de siempre.—¿No juega usted?

—Creo, señor—respondió Barsad, volviéndose hacia Lorry y hablando con humildad rastrera,—que me veo en el caso de solicitar de un caballero de sus años y de su benevolencia el favor de que recabe de este otro caballero, mucho más joven que usted, que desista de jugar la carta de que acaba de hablarme. Confieso que soy un espía, y reconozco que el oficio a nadie honra, aunque me admitirán ustedes que alguno ha de desempeñarlo; pero este caballero no es espía, este caballero no es delator; y puesto que ahora no lo es, ¿que necesidad tiene de serlo en lo sucesivo?

—Jugaré mi carta, señor Barsad—dijo Carton, sin esperar a que contestase Lorry,—sin el menor escrúpulo y dentro de cinco minutos.

—Yo había dado cabida a la esperanza, señores, de que, por consideración a mi hermana...

—El mayor favor que podemos hacer a su hermana, es librarla para siempre de un hermano como usted—replicó Carton.

—¿Lo cree usted así, señor?

—Estoy convencidísimo de ello.

El espía, con toda su humildad, que tanto contrastaba con su indumentaria de terrorista y probablemente con su manera ordinaria de ser, recibió golpe tan rudo de la inescrutabilidad de Carton, que siempre fué un misterio para hombres más honrados y más listos que él, que vaciló, tembló, y se dió por perdido. Mientras desconcertado, estupefacto, callaba sin saber cómo salir del atolladero, repuso Carton:

—Estoy examinando otra vez mis cartas, y encuentro una, tan buena como las enumeradas, de la que no había hecho mención. ¿Quién es aquel colega suyo, que hablaba como quien toda su vida se la ha pasado paciendo en las cárceles?

—Es un francés; no le conoce usted—respondió vivamente el espía.

—¿Francés, eh?—exclamó Carton, como si no pensase en lo que estaba diciendo—puede ser.

—Lo es... se lo aseguro... aunque eso es lo de menos—dijo el espía.

—Aunque eso es lo de menos...—repitió Carton como maquinalmente—aunque eso es lo de menos... Sí... es lo de menos... Pero es el caso que yo conozco esa cara.

—Creo que no... Desde luego aseguro que no... No es posible...

—No es posible...—murmuró Carton, llenando por quinta vez su copa, que por fortuna era pequeña.—No es posible... Habla francés con corrección... pero con acento ligeramente extranjero...

—Acento provinciano—explicó el espía.

—¡No! ¡Acento extranjero!—replicó Carton, descargando un puñetazo sobre la mesa.—¡Es Cly! ¡Disfrazado, desfigurado, pero el mismísimo Cly! Lo he tenido muchas veces ante mi vista en el Old Bailey.

—Se arrebata usted con facilidad, señor—dijo Barsad con sonrisa que acentuó la inclinación hacia un lado de su nariz aguileña,—lo que pone en mis manos una ventaja sobre usted. Cly, mi colega en otro tiempo, no tengo inconveniente en confesarlo, murió hace una porción de años. Le cuidé yo mismo durante su última enfermedad. Fué enterrado en Londres, en el cementerio de la parroquia de San Pancracio. No le acompañé hasta el cementerio, porque temí a las muchedumbres, pues mi amigo y colega tuvo la desgracia de hacerse extraordinariamente impopular; pero ayudé a los que le encerraron en el ataúd.

De pronto Lorry vió proyectada en la pared la sombra de un trasgo o cosa análoga. Volvió la cabeza buscando el origen de la proyección, y con sorpresa que no es para ser descrita, advirtió que estaba en la cabeza de Jeremías Lapa, cuyos cabellos, semejantes a aceradas púas, se habían puesto de punta.

—Póngase usted en razón, señor, y no se deje engañar por suspicacias que no tienen base racional—repuso el espía.—Para demostrar a usted cuán engañado está, y la ninguna base de su suposición, voy a presentarle un certificado en regla de la defunción de Cly, certificado que siempre llevo en el bolsillo. Tómelo usted—añadió, ofreciendo a su interlocutor un papel doblado.—¡Léalo, léalo... tómelo en sus manos, examínelo con detenimiento... no es falso, no, sino auténtico y muy auténtico!

Lorry observó que la sombra proyectada en la pared se prolongaba. Era que Lapa se había levantado del asiento y se aproximaba al espía, a cuyo lado se colocó sin ser visto ni oído por él. Poniendo su diestra sobre el hombro de Barsad, preguntó:

—¿Conque fué usted el que puso a Rogerio Cly dentro del ataúd?

—Yo fuí; sí.

—¿Y quién le sacó de él?

Barsad, echándose sobre el respaldo de su silla, balbuceó:

—¿Qué significan sus palabras?

—Significan—contestó Lapa—que el cadáver de Cly nunca estuvo dentro del ataúd. ¡No... y no! ¡Que me corten la cabeza si estuvo!

El espía miró alternativamente a los dos caballeros, los que, a su vez, contemplaban con estupefacción infinita a Lapa.

—Y añado—repuso Jeremías Lapa—que enterrasteis adoquines de calle y tierra dentro de aquel féretro. No me venga aquí con monsergas ni con pretensiones de hacerme creer que enterraron a Cly, que yo, y dos hombres más, sabemos muy bien lo que había dentro del ataúd.

—¿Pero cómo lo sabe usted?

—¿Y a usted qué le importa?—gruñó Lapa.—Hace mucho tiempo que aborrezco a usted, sí, señor, porque hasta en asuntos tan graves como la muerte se atreve a engañar a menestrales honrados que sólo ambicionan trabajar. ¡Sepa usted, señor mío, que por menos de media guinea lo agarraría por el pescuezo y lo estrangularía!

Tanto Carton como Lorry, cuyo asombro había llegado al colmo, rogaron a Jeremías Lapa que se moderase y que les explicase lo que para ellos era enigma de imposible solución.

—Otro día lo haré, señor—replicó Lapa, poco propicio a dar las explicaciones que se le pedían,—que no es esta ocasión conveniente para entrar en explicaciones. Lo que yo quiero dejar sentado es que ese individuo sabe muy bien que Cly no pensó nunca en ser encerrado en aquel ataúd. Que se atreva a repetirlo ese embustero, y lo ahogo entre mis zarpas o salgo corriendo a delatarlo.

—¡Hum!—gruñó Carton.—Me encuentro con otro triunfo, Barsad. Aquí en París, donde se respira la atmósfera de las sospechas, bien seguro es que no sale con vida de una denuncia el que, como usted, sostiene relaciones estrechas con otro espía aristócrata de su misma calaña, sobre quien pesa el misterio de haberse fingido muerto y enterrado para resucitar contra todas las leyes divinas y humanas. Maquinaciones contra la República fraguadas por extranjeros que la República tiene a sueldo... ¡Malo, malo! Es un triunfo muy grande... el triunfo de la Guillotina, Barsad. ¿No juega usted?

—¡No! ¡No juego!—contestó el espía.—¡Me rindo! Confieso que nos habíamos hecho tan impopulares con la vil gentuza, que yo logré escapar de Inglaterra donde corría riesgo de ser ahorcado, y Cly se vió tan comprometido, que si no se muere es bien cierto que ni por los aires habría podido salir. Lo que me maravilla, lo que me aturde, lo que me vuelve loco, es que ese hombre sepa que Cly no fuera enterrado. ¿Cómo lo averiguó?

—No se caliente usted los cascos, señor mío—contestó Lapa—Harto hará con prestar atención a lo que éstos caballeros le dicen. Pero no olvide que por menos de media guinea le estrangulo con mis propias manos.

El mirlo del verdugo se volvió hacia Carton, y dijo con decisión que hasta aquel instante no había tenido:

—Entro de servicio dentro de muy poco, y no me es posible entretenerme más. Me dijo usted que deseaba hacerme una proposición; ¿tiene la bondad de formularla? Principiaré por decirle que no me pida grandes cosas, que no pretenda exigirme nada que esté reñido con mi cargo, nada que ponga mi cabeza en mayor riesgo del que ahora corre, pues prefiero abandonar mi vida a las contingencias de una negativa que a las de un consentimiento. Antes habló usted de una partida desesperada; ya estamos todos desesperados; por mi parte, confieso que lo estoy como el que más. Otra cosa; sin el menor escrúpulo delataré a usted si veo que me conviene, pues cuando se hunde la casa, uno busca salida entre los montones de ruinas. Hechas estas advertencias, que conviene que no pierda usted de vista, dígame qué desea de mí.

—Muy poca cosa. ¿No es usted calabocero de la Conserjería?

—En vez de contestar su pregunta, le diré que no hay escape posible—replicó con entereza el espía.

—Y yo exijo que conteste lo que acabo de preguntar.

—Lo soy algunas veces.

—¿Puede serlo cuando quiere?

—Puedo entrar y salir de la Conserjería cuando quiero.

Carton llenó otra copita de licor, la vertió gota a gota en el suelo, y al cabo de algunos instantes de reflexión dijo:

—Hasta aquí, hemos hablado en presencia de estos dos señores, porque me convenía que alguien, además de nosotros dos, tuviera noticia del valor de las cartas que tengo, pero lo que falta, es cosa que debe quedar entre usted y yo. Acompáñeme a esa habitación, donde cambiaremos las pocas palabras que faltan.

IX. HECHO EL JUEGO

Mientras Sydney Carton y el mirlo del verdugo, encerrados en la habitación contigua, conferenciaban con voz tan baja que ni el rumor más insignificante se filtraba por las rendijas de la puerta, Lorry contemplaba a Jeremías Lapa con recelo manifiesto y profunda desconfianza. Bueno será advertir que el efecto producido por la insistente mirada del buen banquero sobre el honrado menestral no era el más indicado para disipar prevenciones; variaba la pierna sobre la cual gravitaba el peso de su cuerpo con tanta frecuencia como si hubiese dispuesto de cincuenta extremidades y desease probar la robustez de todas; examinaba sus uñas con atención tan escrupulosa, que llegaba a inspirar sospechas, y cuantas veces sus ojos tropezaban con los escrutadores de Lorry, acometíale un acceso de tos que le obligaba a llevar la mano a la boca, síntoma que rara vez, acaso nunca, acompaña a la franqueza perfecta de carácter.

—¡Jeremías!—exclamó de pronto Lorry.—¡Venga usted acá!

Aproximóse Lapa caminando a la usanza cangrejil, es decir, de costado.

—¿Qué oficios ha tenido usted además de ordenanza del Banco?

A vuelta de una meditación bastante detenida, y después de buscar una idea luminosa en la mirada fija de su superior, contestó Lapa:

—He sido agricultor.

—Abrigo fundados temores—replicó Lorry, moviendo con fiero ademán la mano—de que usted ha sido ordenanza del respetable Banco Tellson para despistar, para tener una pantalla que encubriera otras ocupaciones contrarias a la Ley, ocupaciones sencillamente infames. Si así es, no espere de mí consideración alguna tan pronto como lleguemos a Inglaterra; si así es, no espere tampoco que yo guarde el secreto. Debe conocerlo Tellson, y lo conocerá.

—No puedo creer, señor,—contestó con humildad Lapa—que un caballero como usted, un caballero en cuyo servicio he encanecido, se resuelva a causarme perjuicios de tanta consideración sin antes pensarlo muy bien..., aun cuando lo que sospecha fuera cierto. Yo no digo que lo sea; pero si lo fuese, siempre confiaría que usted no me había de tratar tan mal. Suponiendo que fuera lo que usted teme, aun entonces habría que estudiar el asunto desde dos puntos de vista, puesto que no tiene uno solo, sino dos. Doctores en medicina hay, y no pocos, que encuentran guineas de oro allí donde un menestral honrado no halla más que míseros peniques... ¡Ni peniques siquiera! Medios peniques... Y ni medios peniques; cuartos de penique... y gracias. ¿Y qué me dice usted de los que entran y salen del Banco Tellson pasando delante del honrado menestral que está junto a la puerta, sentado en un banquillo viejo, mientras ellos van arrellanados en lujosos carruajes? ¿No es un espectáculo para despertar el apetito más dormido? Añada usted a todo eso la presencia en Inglaterra de una señora Lapa que se pasa el día y la noche de rodillas y rezando para estropearle todos los negocios al marido, mientras las mujeres de los médicos y las de los que pasean en carruajes lujosos, rezan para que prosperen los asuntos de sus casas respectivas. Otra cosa; si lo que usted sospecha fuese cierto, que yo no digo que lo sea, ¿cree usted que me haría muy rico tomando los desperdicios de los empresarios de pompas fúnebres, lo que no quisieran los sacristanes, lo que desdeñasen los vigilantes de los cementerios? ¡No, señor Lorry, no! es un oficio perdido; créame usted.

—¡Uf!—exclamó Lorry—¡Me horroriza verle a usted!

—El ofrecimiento que con toda la humildad me atrevo a hacer a usted, aun cuando fuera cierto lo que usted sospecha, que yo no digo que lo sea, es...

—¡No venga usted con embustes!

—No, señor; hablaré con verdad. El ofrecimiento que humildemente deseo hacer es el siguiente: sobre el banquillo emplazado en la acera del Tribunal, se sienta un hijo mío, que ya casi es un hombre, que hará recados, vigilará y se desvivirá por desempeñar las funciones que hasta aquí he desempañado yo, si así lo quiere usted. Si lo que usted teme fuera cierto, que yo no digo que lo sea, ni tampoco que no lo sea, porque no quiero mentirle a usted, den a mi hijo el cargo de su padre y que se encargue al propio tiempo de su madre, y mientras, deje al padre en libertad de cavar la tierra como se le antoje. Esto es, señor Lorry—añadió Lapa, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano,—lo que yo deseo ofrecer a usted.

—¡Calle, Jeremías! ¡Calle y no diga ni una palabra más! Quién sabe si me decidiré a tratarle como hasta aquí, si con obras, no con palabras, me demuestra su arrepentimiento. Palabras no las quiero; no me convencen.

Salieron en aquel instante Carton y Barsad.

—Adiós, Barsad—dijo el primero;—quedamos entendidos. Nada tema de mí.

Tomó asiento junto a Lorry, quien le preguntó.

—¿Qué han hecho?

—Poca cosa; si la suerte del prisionero se pone obscura, me permitirán hacerle una visita; nada más.

El desaliento de Lorry se acentuó.

—No puedo hacer más—repuso Carton.—Pedir demasiado, equivalía llevar a ese hombre a la guillotina, y, como dijo muy bien él, mayor desgracia no podría sobrevenirle aun cuando le delatásemos. Demos gracias a lo comprometido de su posición, pues de otra suerte, nada habríamos conseguido.

—Pero llegar hasta él, en el caso de que le condenen, no es salvarle—objetó Lorry.

—Nunca dije que le salvaría—replicó Carton.

Los ojos de Lorry buscaron gradualmente el fuego que ardía en la chimenea. El dolor que le produjo la segunda prisión del marido de la niña que tanto amaba abatió todas sus energías. Ya no era un hombre joven, a pesar de sus muchos años; era un viejo aniquilado por la ansiedad. Las lágrimas almacenadas en su pecho subieron hasta sus ojos y rodaron silenciosas por sus arrugadas mejillas.

—Tiene usted un gran corazón y es amigo leal de sus amigos—dijo Carton con voz alterada.—Perdóneme si he sido portador de una noticia que tan dolorosamente le ha afectado. Me sería imposible ver llorar a mi padre y conservar mi tranquilidad, y yo le juro que no respeto menos su dolor que respetaría el de mi padre.

Tanto respeto, tanto interés, tanto sentimiento había en el tono y en la expresión de las palabras que quedan transcriptas, que Lorry, que no había tenido ocasión de apreciar el lado bueno de Carton, experimentó una de las sorpresas más grandes de su vida. Tendió silencioso una mano a su interlocutor, quien la estrechó con efusión.

—Volviendo al pobre Darnay—repuso Carton,—diré que no es conveniente que hable usted a su esposa de la conferencia que acabamos de tener, ni de lo que he conseguido del espía. Ella no podría llegar hasta el calabozo, y si sabía que iba yo, acaso pensase que mi intención era proporcionar a su marido los medios de adelantarse a la ejecución de la sentencia.

No había pensado en ello Lorry, quien al oir las palabras anteriores, volvió con viveza sus ojos hacia Carton, como para cerciorarse de si lo que no quería que pensase Lucía era precisamente lo que él tenía en su pensamiento.

—Pensaría tal vez eso—añadió Carton,—y podría sospechar mil otras cosas, cada una de las cuales sería una tortura añadida a las que ya la atosigan. No le hable siquiera de mí. Conforme dije a usted al llegar a París, no la veré; conviene que no la vea. Lo que yo pueda hacer por ella, lo haré mejor no viéndola. ¿Va usted ahora a visitarla? Vaya cuanto antes, sí, pues esta noche debe de estar desesperada.

—Voy ahora mismo.

—De lo que me alegro en el alma. Le quiere a usted mucho y tiene en usted confianza sin límites. ¿Cómo está ahora?

—Nadando en espantoso mar de ansiedades, pero hermosa como siempre.

—¡Ah!

Fué una exclamación profunda, larga, semejante a un gemido, a un sollozo ahogado. Los ojos de Lorry se volvieron hacia los de Carton con rapidez bastante para sorprender, mientras los de este último se clavaban en la lumbre de la chimenea, el paso por ellos, fugaz como una exhalación, de una luz o de una sombra; el anciano caballero no se hubiese atrevido a precisar si fué lo uno o lo otro.

—¿Ha terminado usted ya la comisión que aquí le trajo?—preguntó Carton al cabo de breves segundos.

—Sí. Conforme estaba diciendo a ustedes anoche, cuando tan inopinadamente llegó Lucía, he hecho cuanto podía hacerse. No esperaba más que verlos a cubierto de peligro y contentos para abandonar a París. Pensaba marchar muy pronto; pero...

Ambos quedaron silenciosos.

—Largo es el libro de su vida, señor Lorry, ¿verdad?—preguntó Carton, sin duda por decir algo.

—He cumplido los setenta y ocho años.

—Setenta y ocho años bien empleados; setenta y ocho años durante los cuales ha sido útil a sus semejantes y respetado por éstos; ¿eh?

—Casi desde que tengo uso de razón me he dedicado a los negocios; sin exagerar puedo decir que, desde muchacho, soy hombre de negocios.

—Su laboriosidad le ha valido ocupar un puesto envidiable. ¡Cuántos le echarán de menos cuando deje vacante ese puesto!

—No lo crea usted—replicó Lorry moviendo la cabeza—¿Quién ha de verter una lágrima a la memoria de un solterón viejo y solitario como yo?

—¡No diga usted eso! ¿No llorará por usted ella? ¿No llorará su hija?

—Sí... sí... Llorarán... ¡gracias a Dios! Perdone usted; no sabía lo que decía.

—Es un consuelo que bien merece que por él se den a Dios las gracias; ¿no es cierto?

—Mucho, sí... de acuerdo.

—Si esta noche pudiera usted decirse con verdad las palabras siguientes: «No he sabido granjearme el cariño, la estimación, la gratitud ni el respeto de nadie; en ningún corazón humano he conseguido despertar ecos de simpatía, nada he hecho bueno, nada que sea útil a mis semejantes, nada digno de ser recordado», sus setenta y ocho años de edad serían setenta y ocho mil años de remordimientos; ¿no es verdad?

—Tiene usted razón, Carton; creo que no me cansaría de maldecirlos.

Clavó nuevamente Carton su mirada en la lumbre, permaneció largo rato pensativo, y al fin, dijo:

—Otra pregunta desearía hacerle; cuando se acuerda usted de su niñez, ¿la encuentra demasiado distante? ¿Le parece que ha transcurrido mucho tiempo desde los días felices en que se sentaba sobre las rodillas de su dulce madre?

Lorry, con tono de voz inseguro por el efecto de la emoción que le embargaba, contestó:

—Hace veinte años, sí; hoy, no. Me ocurre lo que al que viaja siguiendo un círculo; comienza alejándose del punto de partida; pero a medida que llega al final, se acerca más y más al principio. Con frecuencia despiertan hoy en mi corazón recuerdos tiernos largos años dormidos, con frecuencia veo a mi santa madre, tan joven, tan hermosa... mi madre muy joven y yo muy viejo... con frecuencia me acuerdo de incidentes de la vida ocurridos cuando el mundo no era para mí tan real como es hoy, ni en mí habían echado raíces las faltas.

—Lo comprendo—exclamó Carton enrojeciendo vivamente.

—Y esos recuerdos, lejos de dejarle sabor amargo, le serán gratos, ¿verdad?

—En efecto; me producen una sensación de pesar dulce.

Carton ayudó a poner el sobretodo a su interlocutor.

—Usted, en cambio, es muy joven—repuso Lorry, volviendo al mismo tema.

—Sí... no soy viejo; pero mis caminos juveniles nunca fueron los que llevan a la vejez.

—¿Va usted a salir?—preguntó Lorry.

—Acompañaré a usted hasta la puerta de su casa. Ya conoce usted mi manera de ser inquieta y mis costumbres de vagabundo, así que, si me paso muchas horas rondando al azar por esas calles sin volver a casa, esté usted tranquilo, que yo reapareceré si no hoy, mañana. ¿Piensa asistir mañana a la vista de la causa?

—Con harto dolor de mi alma tendré que asistir.

—Allí estaré yo, pero entre el público. Mi espía me encontrará sitio... ¿Quiere usted aceptar mi brazo?

Cogidos del brazo bajaron la escalera y salieron a la calle. Minutos después llegaban frente a la casa del doctor Manette, donde se separaron. Lorry entró en la casa y Carton se alejó de ella pero por muy poco tiempo, pues breves instantes después, volvía a estacionarse junto a la puerta cerrada.

—Ella sale todos los días por aquí—se dijo Carton;—toma aquella dirección... ¡Cuántas veces habrá pisado esas piedras!... ¡Seguiré sus pasos!

Sonaban las diez de la noche en los relojes de la ciudad cuando Carton ponía fin a su paseo frente a los sombríos muros de la cárcel de La Force. Un aserrador de madera, después de cerrar su taller, fumaba tranquilo su pipa frente a su establecimiento.

—Buenas noches, ciudadano—dijo Carton, observando que el aserrador le dirigía miradas inquisitivas.

—Buenas noches, ciudadano.

—¿Qué tal anda la República?

—Supongo que te referirás a la Guillotina... No anda mal. Hoy sesenta y tres; no tardaremos en llegar a cien por día. Sansón y sus ayudantes se quejan de que el trabajo es excesivo, de que se les agotan las fuerzas... ¡Ja, ja, ja! ¡Qué gracioso es el buen Sansón! ¿Has visto en tu vida barbero más atareado?

—¿Le ves con frecuencia...?

—¿Afeitar? Todos los días... ¡Vaya un barbero! ¿Le has visto alguna vez en funciones?

—Nunca.

—Pues no dejes de ir a verle cuando tiene tarea por delante. Es una delicia verle trabajar... Figúrate tú, ciudadano; hoy, sesenta y tres en menos de dos horas... ¡En menos de dos horas, palabra de honor!

En tal extremo repugnó a Carton la fruición con que el aserrador explicaba las faenas del verdugo, que le volvió la espalda para no estrangularle, como era su deseo más ferviente.

—Pero tú no eres inglés, aunque como inglés vistes, ¿verdad?—preguntó el aserrador.

—Inglés soy—contestó Carton, volviendo la cabeza.

—Pues hablas como un francés auténtico.

—Fuí estudiante aquí.

—¡Ah...! Casi francés, entonces. Buenas noches, inglés.

—Buenas noches, ciudadano.

—No dejes de ir a ver al amigo Sansón.

Alejóse Carton, pero no se había separado gran cosa del taller del aserrador, cuando se detuvo bajo un farol y escribió algunas palabras con lápiz en un pedazo de papel. Cruzando a continuación una porción de calles obscuras y sucias, con el paso decidido del que sabe perfectamente a donde va, hizo alto frente a una droguería, cuya puerta estaba cerrando en aquel momento el droguero.

Luego que dió las buenas noches al ciudadano droguero, cuyo aspecto nada tenía que envidiar, por lo sucio y repugnante, a la tienda, puso sobre el mostrador el pedazo de papel en que poco antes escribiera con lápiz.

—¡Demonio!—exclamó el droguero.—¡Ji, ji, ji! ¿Es para ti, ciudadano?

—Para mí.

—¿Tendrás cuidado de guardarlos por separado, ciudadano? ¿Sabes las consecuencias de la mezcla?

—Perfectamente.

El droguero preparó unos papeles, que Carton guardó en el bolsillo interior de su levita. Pagó su importe, y sin hablar más, salió a la calle.

—Por esta noche, nada tengo ya que hacer—murmuró, alzando la cabeza.—Mañana continuaremos... Me es imposible dormir.

No reflejaba indiferencia ni aturdimiento el tono con que pronunció Carton las palabras anteriores, ni había en ellas desesperación ni reto; vibraba en su acento la resolución del hombre que, después de largos años de viajar por caminos torcidos, sin rumbo ni dirección fijas, penetra al fin en uno cuyo término le es conocido.

Largos años antes, cuando descolló entre los jóvenes de talento, entre los estudiantes que prometían grandes cosas, acompañó a su padre al cementerio. Su madre había fallecido mucho antes. Pues bien; aquellas palabras solemnes que el sacerdote leyó sobre la tumba del que le dió el ser, palabras olvidadas entre los desórdenes de una vida licenciosa, surgieron potentes en su memoria mientras esta noche recorría las calles tristes y solitarias, bajo un cielo cubierto de negros nubarrones.

«Yo soy la resurrección y la Vida; aquel que cree en Mí, aun cuando haya muerto, vivirá; y el que vive y cree en Mí, no morirá jamás.»

No hubiera sido difícil encontrar la fuerza misteriosa que evocó aquellos recuerdos en el fondo de su alma, semejante a la cadena que arranca de las profundidades del limo el ancla enmohecida, clavada largo tiempo atrás, con sólo reparar en que paseaba solo y de noche, por las calles de una ciudad sujeta a la ley de la cuchilla, recordando con dolor las sesenta y tres cabezas que aquel día habían rodado, y pensando en los desdichados que morirían sobre el cadalso al día siguiente, y al otro y al otro. No intentó, empero, buscarla; limitóse a repetir una y otra vez las palabras que quedan copiadas, y prosiguió paseando.

Concentrando todo su interés en las ventanas iluminadas correspondientes a habitaciones donde había personas que se disponían a descansar, afanosas por olvidar durante las breves horas de calma de la noche los horrores que las rodeaban durante el día, en las torres de las iglesias, donde no se celebraban ya cultos divinos, pues la revulsión popular hizo objeto preferente de sus iras a los sacerdotes, a quienes acusó de impostores, de libertinos y de ladrones; en aquellos lugares sagrados, destinados, según las inscripciones colocadas sobre las puertas, al reposo eterno; en los calabozos, rebosantes de prisioneros, y en las calles, por las que las gentes corrían al encuentro de una muerte considerada ya, en fuerza de la costumbre, tan corriente y natural, que ni los mismos encargados de manejar la guillotina veían turbados sus sueños por apariciones espectrales; puesta, en suma, toda su atención en la vida de aquella ciudad que corría desbocada a la muerte, Sydney Carton cruzó el Sena buscando calles mejor iluminadas y más animadas.

Eran muy contados los coches que se veían, pues los que podían permitirse el lujo de tenerlos, sabedores de que usarlos era tanto como solicitar ser inscriptos en el Libro de los Sospechosos, preferían caminar a pie, luciendo sendos gorros colorados y calzados con zapatos de lo más ordinario. Llenos estaban, empero, los teatros, que comenzaban a vaciarse a la hora en que Carton paseaba por las calles céntricas, donde aquéllos estaban situados. Junto a la puerta de un teatro, por la cual salían compactas masas de gentes alegres que, canturreando, se dirigían a sus casas, vió Carton a una niña, de la mano de la madre, que buscaba un sitio que la permitiera atravesar la calle sin meterse hasta las rodillas en el fango. Carton tomó a la criaturita en sus brazos, la transportó a la acera opuesta, y antes que el tímido angelito soltara los brazos que rodeaban su cuello, la rogó que le diera un beso.

«Yo soy la resurrección y la vida; aquél que cree en Mí, aun cuando haya muerto, vivirá; y el que vive y cree en Mí, no morirá jamás.»

Ya más avanzada la noche, cuando la tranquilidad en las calles era completa y el silencio absoluto, parecíale que el rumor de sus propios pasos modulaba aquellas sentencias, que la brisa las traía envueltas entre sus sutiles susurros. Dueño de sí mismo, tranquilo, resuelto, la repetía con frecuencia con los labios; pero en sus oídos sonaban siempre.

Y continuó avanzando la noche mientras Carton, inclinado sobre el pretil del puente, escuchaba los besos rumorosos del río a los muros de la Isla de París, y contemplaba la pintoresca confusión de edificios envueltos en sombras grises, sobre las cuales se alzaba arrogante la cúpula de la catedral bañada por la luz blanquecina de la luna. Vino el día. La noche, con la luna y las estrellas, palidecieron y murieron, y durante algunos minutos, pareció que toda la creación caía bajo el cetro amarillento de la Muerte.

La corriente del río, rápida, impetuosa, profunda, parecióle amigo cariñoso. Echó a andar siguiendo sus márgenes y alejándose del bullicio de la ciudad. Durmióse en la orilla; cuando despertó, continuó paseando algunos minutos más, fijos sus ojos en un remolino que giraba vertiginoso, hasta que se lo tragó la corriente y lo arrastró al mar.

—¡Como yo!—murmuró Carton.

Cuando llegó a casa, Lorry había salido ya. Carton no preguntó adónde había ido, pues sin grandes esfuerzos de imaginación podía adivinarlo. Tomó una tacita de café, se lavó y arregló, y se fué sin pérdida de momento al Tribunal. Allí encontró a Lorry, allí encontró al doctor Manette, allí encontró a ella, sentada junto a su padre.

Cuando compareció Carlos Darnay, dirigióle Lucía una mirada tan alentadora, tan llena de amor sin límites y de tierna compasión, que hizo afluir la sangre a las mejillas del reo, animó su mirada y alegró su corazón. Si alguien hubiera tenido puestos sus ojos sobre Sydney Carton, habría reparado que aquella mirada, aunque no dirigida a él, prodújole los mismos efectos que al prisionero.

Ante aquel tribunal injusto, que había principiado por desterrar el orden en los procedimientos, era perfectamente inútil que ningún acusado pretendiera hacerse oir; que no hubiese valido la pena traer la Revolución para no echar al propio tiempo a los cuatro vientos todas las leyes, reglamentos y ceremonias, para no abolir de una vez y para siempre el orden social del que tan monstruosamente había abusado el mundo para no negar a los acusados el derecho de justificarse.

El Jurado fué desde los primeros momentos el blanco de todas las miradas. Formábanlo los mismos patriotas resueltos, los mismos republicanos excelentes que lo formaban el día anterior, los mismos que lo formarían al día siguiente. Entre ellos, descollaba un hombre de cara repulsiva, un caníbal feroz en toda la extensión de la palabra, un individuo que bebía sangre, que se bañaba en sangre, que respiraba sangre. Era Santiago Tercero, aquel a quien conocimos en el barrio de San Antonio. Los demás semejaban jauría de perros anhelando destrozar la pieza.

Todos los ojos estaban fijos en los cinco jurados y en el acusador público, quien habló, poco más o menos, en los siguientes términos:

—Carlos Evrémonde, llamado también Darnay. Ayer se le puso en libertad, y ayer mismo fué acusado de nuevo y vuelto a prender. Anoche se le hizo saber la acusación fulminada contra él. Pesan sobre su cabeza los cargos de enemigo de la República, de aristócrata, de ser individuo de una familia de tiranos, miembro de una raza proscripta, que abusó de sus privilegios, hoy felizmente abolidos, oprimiendo de la manera más villana al pueblo. Carlos Evrémonde, llamado también Darnay, reo de los crímenes mencionados, es hombre muerto a los ojos de la Ley. Su cabeza pertenece de derecho al verdugo.

—¿La delación contra el acusado, es pública o secreta?—preguntó el presidente.

—¿Quién la hizo?

—Tres personas. Ernesto Defarge, tabernero de San Antonio.

—Muy bien.

—Teresa Defarge, mujer del mencionado.

—Perfectamente.

—Alejandro Manette, médico.

Este último nombre alzó en la sala una tempestad de gritos ensordecedores. En medio del tumulto, vióse que se levantaba el doctor, pálido como un cadáver y temblando como un azogado.

—Presidente—gritó,—protesto indignado contra la ruin mentira que acaba de pronunciarse aquí. Yo no he podido delatar al marido de mi hija, y el Tribunal sabe muy bien que el acusado es mi yerno. Mi hija, y las personas que la son queridas, valen para mí mil veces más que mi misma vida. ¿Dónde está el impostor que se atreve a afirmar que yo he denunciado al marido de mi hija? ¿Dónde el falso patriota que osa mentir con tanto descaro?

—Tranquilízate, ciudadano Manette. Faltar al respeto que debe merecerte la autoridad del Tribunal, sería tanto como salirte fuera de la Ley. Has dicho que hay algo que para ti vale mil veces más que tu vida; y yo no sé que para un buen patriota haya nada que valga tanto como la República.

Frenéticos aplausos premiaron la réplica del presidente. Este, luego que impuso silencio a fuerza de campanillazos, prosiguió con calor:

—Si la República te exigiera el sacrificio de tu misma hija, tu deber sería sacrificarla. Sigamos, y silencio.

El doctor Manette cayó desplomado en la silla. Sus labios temblaban, y sus ojos miraban despavoridos en derredor. El jurado de cara de caníbal se frotaba las manos con visible fruición.

Restablecido el silencio, presentóse Defarge, quien hizo una historia sucinta del cautiverio y libertad del doctor; manifestó que había sido su criado, y expuso el estado en que el cautivo se hallaba cuando se lo entregaron. Terminada la historia, el Tribunal le dirigió las preguntas siguientes:

—¿Prestaste buenos servicios en la toma de la Bastilla, ciudadano?

—Tal lo creo.

—¡Fuiste uno de los mejores patriotas!—gritó una mujer, arrebatada por el entusiasmo—¿Por qué no decirlo así? Aquel día fuiste artillero, te batiste con furia, y entraste el primero en la maldita fortaleza, luego que cayó en poder del pueblo. ¡Patriotas... creedme, porque digo la verdad!

La que acababa de hablar era La Venganza. Los aplausos de la concurrencia ensordecían. Agitó el Presidente la campanilla, pero La Venganza, enardecida por las turbas, aulló:

—¡No me da la gana callar! ¡Me río yo de la campana y de quien la toca!

Al fin calló, cuando se le agotaron las fuerzas.

—Da cuenta al Tribunal de lo que hiciste dentro de la Bastilla, ciudadano.

—Yo sabía—respondió Defarge, mirando a su mujer que desde poca distancia le estaba clavando con sus ojos—que el cautivo de quien hablo había estado sepultado en una celda que llamaban Ciento Cinco, Torre del Norte. El secreto me lo reveló él mismo, pues mientras permaneció en mi casa, haciendo zapatos, no supo que tuviera otro nombre que el Ciento Cinco, Torre del Norte. El día de la toma de la Bastilla, mientras hacía fuego con mi cañón, decidí reconocer la celda en cuestión, tan pronto como la fortaleza cayera en poder nuestro. Cayó; e inmediatamente subí al calabozo mencionado, juntamente con un compañero, que figura en el jurado, y un calabocero, que se encargó de guiarnos. La reconocí muy detenidamente, y en un agujero del muro, disimulado detrás de un sillar que había sido quitado y vuelto a colocar, encontré un papel escrito. El papel escrito es éste. He examinado varios escritos del doctor Manette, y la letra de este papel, es letra de puño del doctor Manette. Entrego este papel, escrito de puño y letra del doctor Manette, al Presidente.

—Que se lea.

El documento, leído en medio de un silencio sepulcral, mientras el reo miraba con amor a su mujer, y ésta miraba ora a él ora a su padre, y el doctor Manette no separaba los ojos del lector, y la señora Defarge clavaba los suyos con insistencia en el prisionero, y Defarge no separaba los suyos de su mujer, y todos los que llenaban la sala contemplaban al doctor que no veía a nadie, decía así:

X. LA SUBSTANCIA DE LA SOMBRA

«Yo, Alejandro Manette, médico desventurado, natural de Beauvais, y residente en París, escribo este doloroso documento en mi horrenda celda de la Bastilla en el mes último del año de 1767. Lo escribo aprovechando ratos que robo a la vigilancia y venciendo dificultades inmensas. Mi propósito es esconderlo en el interior del muro de mi tumba, donde a fuerza de trabajo he conseguido abrir un hueco. Tal vez lo encuentre alguna mano misericordiosa cuando yo y mis desventuras hayamos pasado al mundo del olvido.

»Trazo estos renglones con el óxido que he sacado de los enmohecidos hierros de la reja mezclados con sangre de mis venas, el mes último del año décimo de mi cautiverio. En mi pecho no queda ya ni un átomo de esperanza. Fenómenos terribles que en mí mismo he observado me anuncian que muy en breve me abandonará también la razón, pero declaro solemnemente que en este momento me hallo en posesión plena de mis facultades mentales... que mi memoria es exacta y circunstancial, que escribo la verdad, y que estoy pronto a responder de la veracidad de mis palabras, tanto si llegan a ser leídas algún día por los hombres, como si están condenadas al secreto eterno, ante el Juez Eterno cuya mirada lee en el fondo de los corazones.

»Una noche de la semana cuarta de diciembre (creo que el día veintidós del mes) del año 1757, hallábame yo paseando por un paraje retirado del paseo que bordea al Sena y a una hora de distancia de mi casa, sita en la calle de la Facultad de Medicina, cuando por mi espalda vi que se aproximaba un carruaje, tirado por dos caballos, a galope. En el momento de hacerme a un lado para dejar paso al carruaje y evitar ser atropellado, asomó en la ventanilla una cabeza, y una voz mandó al cochero que parase.

»Hizo alto el coche tan pronto como el cochero pudo refrenar a los caballos, y la misma voz que diera la orden de parar, me llamó por mi nombre. No paró el coche frente a mí, sino a distancia bastante para que dos caballeros tuviesen tiempo de abrir la portezuela y saltar al paseo antes que llegase yo, acudiendo al llamamiento. Observé que ambos iban perfectamente embozados en sus capas y que procuraban recatar sus rostros. Al llegar yo a su lado y encontrarlos de pie a uno y otro lado de la portezuela, reparé también en que los dos parecían ser de mi misma edad, quizá más jóvenes, y que se parecían mucho en estatura, movimientos, voz y (de lo poco que pude ver) hasta en rostros.

»—¿Es usted el doctor Manette?—me preguntó el uno.

»—Yo soy—contesté.

»—¿El doctor Manette, natural de Beauvais, joven médico y cirujano hábil y original, que desde hace uno o dos años es una verdadera notabilidad en París?—terció el otro.

»—Caballeros; soy, efectivamente, el doctor Manette, de quien ustedes hablan con benevolencia excesiva—contesté.

»—Hemos estado en su casa—repuso el que había hablado primero,—y no habiendo tenido la suerte de encontrarle, aunque sí la de que nos indicaran que probablemente estaría paseando por estos sitios, le hemos seguido llevados de la esperanza de alcanzarle. ¿Tiene usted la bondad de entrar en el carruaje?

»El tono de su voz era imperioso; mientras se cruzaron las palabras que dejo consignadas, se movieron en forma que me dejaron colocado entre ellos y la portezuela del coche, y además, iban armados y yo no.

»—Ruego a ustedes que me perdonen, caballeros—respondí,—pero es el caso que tengo por costumbre preguntar quiénes son las personas que me hacen el honor de pedir mis servicios y la índole del caso que hace necesaria o conveniente mi asistencia.

»Me contestó el que había hablado en segundo lugar:

»—Sus clientes, doctor, son personas de alta posición social. Por lo que se refiere a la índole del caso que hace necesaria su asistencia, la confianza que en su ciencia y en su habilidad tenemos es para nosotros garantía de que ha de comprenderla usted sin necesidad de explicaciones nuestras, que seguramente resultarían deficientes. Creo que con lo dicho basta. ¿Tiene la bondad de montar?

»No me quedaba más recurso que obedecer, y lo hice sin hablar palabra. Inmediatamente me siguieron los dos caballeros, habiendo recogido el estribo el que entró el último. El coche dió media vuelta y partió a galope.

»Consigno aquí la conversación tal como fué; puedo asegurar que la repito textual, palabra por palabra. Lo describo todo exactamente lo mismo que tuvo lugar, sujetando a mi imaginación y evitando que divague. Los puntos suspensivos que en mi relato se encuentren, significan que suspendo la tarea para otra ocasión y que oculto el documento en el escondite abierto al efecto...

»El carruaje atravesó muchas calles, pasó por la Barrera Norte y no tardó en avanzar por un camino, fuera de la ciudad. A dos tercios de legua de la Barrera (no calculé entonces la distancia, pero sí cuando la volví a recorrer) dejó el coche el camino real, y momentos después hacía alto frente a una casa solitaria. Saltamos a tierra los tres, y avanzamos por un mullido paseo de un jardín, cubierto de hierba, en cuyo centro había corrido una fuente en otros tiempos, hasta llegar a la puerta de la casa. Nos franquearon la entrada, no bien sonó la campanilla, y el que nos la franqueó, recibió un bofetón terrible de uno de mis acompañantes.

»Confieso que no me llamó la atención aquel acto, pues estaba muy acostumbrado a ver que los hombres de la clase baja eran tratados por los nobles con menos miramiento que si fueran perros. Una vez dentro de la casa, pude observar que el parecido entre mis dos acompañantes era tan maravilloso, que desde luego los deputé por hermanos gemelos.

»Desde que saltamos del carruaje frente a la verja del jardín, que encontramos cerrada y que abrió uno de los hermanos, cerrándola de nuevo luego que la franqueamos, venía yo oyendo gritos que tenían su origen en una de las habitaciones altas de la casa. Condujéronme en derechura a la habitación de la que partían los gritos, donde encontré tendida sobre el lecho a una enferma, presa de terrible fiebre cerebral.

»Era la paciente una mujer de belleza maravillosa y muy joven; seguramente no pasaba de los veinte años. Su hermosa cabellera ofrecía un aspecto de desorden tan completo, que entristecía el ánimo, y los brazos de la enferma estaban sujetos con tiras de tela. Observé que estas tiras eran pedazos de traje de corte de caballero, en uno de los cuales vi el escudo de armas de un noble con la inicial E.

»Estas observaciones las hice todas al minuto escaso de haber entrado en la estancia. Ocurrió que la enferma, cuya agitación era espantosa, se volvió boca abajo, una de las fajas que la sujetaban se introdujo en su boca, y vi que corría peligro de morir asfixiada. Separé, como es natural, la tira, y entonces fué cuando descubrí el escudito de armas bordado en ella.

»Volví boca arriba a la paciente, coloqué mi mano sobre su pecho a fin de calmarla y obligarla a permanecer quieta, y miré su rostro. Su mirada estaba horriblemente dilatada, y sus labios crispados repetían a gritos estas palabras: «Mi marido... mi padre... mi hermano». Luego contaba hasta doce, permanecía unos segundos escuchando con toda la atención de su alma, y comenzaba de nuevo a gritar «Mi marido... mi padre... mi hermano», y de nuevo contaba hasta doce y de nuevo hacía una pausa para escuchar. Ni en el tono, ni en los ademanes, ni en la voz había la menor variación.

»—¿Cuándo comenzó este estado de cosas?—pregunté.

»A fin de distinguir entre los dos hermanos, llamaré al uno el hermano mayor y al otro el menor, entendiendo por el mayor al que ejercía mayor autoridad.

»—Desde anoche a estas horas—contestó el hermano mayor.

»—¿Tiene marido, padre y hermano?

»—Tiene un hermano.

»—¿Y no estoy hablando con ese hermano en este instante?

»—No—replicó con tono de profundo desprecio.

»—¿La ha ocurrido recientemente algo relacionado con el número doce?»

»—¿Con el número doce?—repitió con impaciencia el hermano menor.

»—Pueden convencerse ustedes, caballeros, de lo inútilmente que me han traído aquí, tal como estoy—dije, puestas aún mis manos sobre el pecho de la enferma.—Si yo hubiese sabido lo que pasaba, habría venido provisto de lo necesario, mientras que ahora estamos perdiendo lastimosamente el tiempo. En un sitio tan solitario como es éste, no es posible encontrar medicinas.

»El hermano mayor miró al menor, quien replicó con voz altanera:

»—Tenemos aquí un botiquín.

»Momentos después lo sacaba de un armario y lo colocaba sobre la mesa...

»Abrí algunos frascos, los olí y llevé sus tapones a mis labios. Si me hubiese hecho falta administrar a la enferma cualquier substancia no narcótica ni tóxica, a buen seguro que no la hubiera medicinado con nada de lo que contenía el botiquín.

»—¿No le inspiran confianza?—preguntó el hermano menor.

»—Viendo está usted, caballero, que voy a utilizarlas—contesté sencillamente.

»No sin haber de luchar con grandes dificultades, y al cabo de largo rato, conseguí hacer tomar a la enferma la dosis de medicina que consideré conveniente. Como quiera que mi propósito era repetir la medicación y observar los efectos que en la enferma producía la primera toma, me senté a la cabecera de su lecho. Sentada con timidez y cortedad manifiestas en un ángulo, había una mujer que la cuidaba, casada con uno de los individuos de escalera abajo. La casa estaba sucia, mal cuidada y amueblada, síntomas evidentes de que la ocupaban desde fecha muy próxima y de que la intención de sus ocupantes era permanecer en ella muy poco tiempo. Habían tendido provisionalmente algunas colgaduras delante de las ventanas, sin duda para que los gritos de la enferma no llegasen al exterior. Continuaba ésta gritando como cuando llegué, repitiendo las mismas palabras y por el mismo orden: «Mi marido... mi padre... mi hermano», y contando a continuación hasta doce. Sus convulsiones eran tan violentas, que no juzgué prudente librarla de las tiras que la sujetaban, aunque las coloqué de manera que la molestasen menos. La crisis no cedía a la medicación, pero observé que la presión de mi mano sobre el pecho de la enferma ejercía sobre ella tanta influencia, que al cabo de algunos minutos se tranquilizaba. No la produjo, empero, sobre los gritos, que continuaban con la regularidad de un péndulo.

»Media hora llevaría yo sentado junto a la cama y bajo las miradas de los dos hermanos, cuando dijo el mayor:

»—Tenemos otro enfermo.

»Me alarmó la noticia, y pregunté:

»—¿Es urgente el caso?

»—Mejor será que lo vea usted por sus ojos—me contestó con tono negligente tomando una luz...

»Yacía el segundo enfermo en una habitación situada a espaldas de la casa, habitación que en rigor no era más que un desván emplazado sobre una cuadra. Parte del desván tenía techumbre muy baja y parte no. Bajo la parte cubierta había heno y paja almacenados, y el resto contenía leña y aperos de labor. Recuerdo tan bien todos estos detalles, que me parece que los estoy viendo en este instante tal como los vi aquella noche, no obstante hallarme encerrado desde hace diez años en mi calabozo de la Bastilla.

»Sobre un montón de heno y apoyada la cabeza sobre una almohada, yacía tendido un mancebo de aspecto de aldeano, de rostro agraciado, y que no contaría más de diez y siete años de edad. Estaba boca arriba, con los dientes apretados, la mano derecha crispada sobre el pecho y la mirada fija en el techo. Me arrodillé a su lado; y aunque no encontraba la herida que había recibido, desde luego vi que moría a consecuencia de una herida producida con instrumento punzante.

»—Soy médico, pobre amigo mío—dije;—deje que le reconozca.

»—No quiero ser reconocido; déjeme en paz—replicó.

»Estaba la herida situada debajo de su mano derecha, que me costó no poco trabajo y muchas instancias separar. Era una estocada recibida de veinte a veinticuatro horas antes, estocada mortal de necesidad, aunque le hubieran sido prestados todos los auxilios de la ciencia al segundo de ser inferida. Se moría a chorros. Busqué con mi mirada la del hermano mayor, y observé que éste contemplaba al herido con la indiferencia misma con que contemplaría a un pájaro, a una liebre o a un conejo heridos. Claramente se advertía que no veía en el muchacho a una criatura humana.

»—¿Quién le ha causado esa herida, caballero?—pregunté yo.

»—¡Bah! ¿A qué hablar de un siervo miserable... de un perro? Obligó a mi hermano a cerrar contra él, y cayó bajo su espada como si hubiese sido un caballero.

»En el tono de la contestación no había ni sombra de piedad, ni sombra de pesadumbre, ni sombra de remordimiento.

»Los ojos del moribundo se volvieron hacia el que acababa de hablar, fijándose a continuación en mí.

»—Doctor—me dijo;—son muy altivos esos nobles; pero también nosotros, los perros miserables, tenemos nuestro orgullo. Nos roban, nos saquean, nos ultrajan, nos vilipendian, nos apalean, pero todo ello no basta para ahogar nuestra altivez. Ella... ¿la ha visto usted, doctor?

»Llegaban hasta allí los gritos de la infeliz, bien que muy amortiguados por la distancia. A la que los daba se refería el herido como si hubiera estado a su lado.

»—La he visto, sí—contesté.

»—Es mi hermana, doctor. Habrán tenido esos nobles durante muchos años derechos vergonzosos sobre la modestia y la virtud de nuestras hermanas; pero entre nosotros quedan muchachas buenas, muchachas que saben resistir sus violencias. Yo lo sé, y he oído a mi padre afirmarlo así. Mi hermana es una de ellas. Tenía relaciones amorosas con un joven, bueno también y honrado, vasallo de este noble que está ahí... todos éramos vasallos suyos... El otro es su hermano, el representante más vil de su despreciable raza.

»El desventurado tenía que hacer esfuerzos verdaderamente sobrehumanos para poder hablar; pero si le faltaban energías corporales, sobrábanle las del alma, y hablaba con extraordinaria entereza.

»—Nos robaba ese hombre que está ahí con la frialdad e indiferencia con que nos roban a los que somos perros vulgares esos seres de naturaleza superior a la humana... nos despojaba sin compasión, nos obligaba a trabajar sin pagarnos, a llevar nuestro trigo a su molino, a alimentar sus aves de corral con nuestras cosechas, pero imponiendo pena de muerte al que tuviera la osadía de apoderarse de una de ellas, nos saqueaba y robaba hasta un grado tal, que si alguna vez, por misericordia de Dios, teníamos una piltrafa de carne que llevar a la boca, la comíamos muertos de miedo, atrancando antes las puertas y las ventanas de nuestras pobres casas, a fin de que sus gentes no la vieran y nos la robaran. Repito que de tal suerte nos despojaban, de tal suerte nos acosaban, de tal suerte nos hacían imposible la vida, que mil veces he oído decir a mi padre que era para nosotros una desgracia inmensa traer a un hijo al mundo, y que debiéramos suplicar a Dios condenase a la esterilidad a todas las mujeres de nuestra casta, a fin de que ésta se extinguiera de una vez y para siempre.

»Jamás había yo presenciado la explosión de los sentimientos de los infelices oprimidos; suponía, sí, que en el fondo de su alma guardaban almacenadas cantidades inmensas de odio contra sus opresores; pero su estallido era para mí espectáculo nuevo hasta aquella noche.

»—Mi hermana, doctor, se casó, a pesar de todo. Su pobre prometido andaba mal de salud por entonces, y mi hermana se casó para atenderle y cuidarle en nuestra cabaña... nuestra perrera, como diría ese monstruo que tenemos delante. Pocas semanas llevaba de casada, cuando tuvo la desgracia de que la viera el hermano de ese hombre; le gustó, y con la mayor naturalidad del mundo pidió a su hermano mayor que se la prestase. ¿Qué importaba que estuviera casada? ¡Son tan poca cosa los maridos entre nosotros!... El hermano mayor accedió sin inconveniente, pero mi hermana era buena y virtuosa, y por añadidura, detestaba a su admirador con tanta fuerza como le detesto yo. ¿Qué creerá usted que hicieron entonces los dos hermanos para recabar del marido de mi hermana que ejerciese sobre ésta toda su influencia hasta obligarla a rendirse a sus torpes deseos?

»Los ojos del muchacho, fijos hasta entonces en los míos, volviéronse poco a poco hacia los del noble, en cuya cara no me fué difícil leer la verdad de los cargos que se le hacían. Aun aquí, en el interior del sepulcro de la Bastilla en que me encuentro desde tantos años, creo ver las dos clases de orgullo, perfectamente distintas, que reflejaban las dos caras: indiferencia y hielo respiraba la del caballero; deseos furiosos de venganza la del muchacho campesino.

»—Usted sabe, doctor, que uno de los derechos de esos nobles consiste en aparejarnos a los que somos perros miserables, engancharnos a sus carros y obligarnos a tirar. Pues bien; al marido de mi hermana lo engancharon, convenientemente atalajado, a un carro, y le obligaron a tirar de él. Sabe usted, doctor, que entre los derechos de esos nobles figura el de obligarnos a pasarnos las noches en sus terrenos, imponiendo silencio a las ranas a fin de que sus cantos no perturben su noble sueño; el marido de mi hermana se pasaba las noches a la intemperie y los días tirando del carro. No por ello se dejó persuadir... ¡No! Un día, cuando le libraron de los aparejos y le despidieron para que se fuera a comer... si encontraba qué, exhaló doce sollozos, uno por cada campanada que daba el reloj—era mediodía—y murió en los brazos de mi hermana.

»Sólo las ansias de explicar el agravio recibido sostenían la vida en aquel cuerpo moribundo. Buscando en su determinación energías que no encontraba en su organismo, alejó las sombras de la muerte que le invadían y oprimió con mayor fuerza que nunca su herida por la cual escapaba su vida.

»—Muerto el marido de mi hermana, con la autorización de este hombre, y hasta con su apoyo material, su hermano se apoderó violentamente de la pobre viuda, a la que necesitaba para sus placeres, para su diversión de momento. La tropecé en el camino cuando se la llevaban. Llevé la noticia a nuestra casa, y al oirla mi padre, estalló en mil pedazos su corazón. Inmediatamente acompañé a mi hermana menor, tengo dos... hasta un sitio donde no se hallara al alcance de ese hombre, hasta un sitio donde no fuera su vasalla. Volví luego, seguí al hermano de ese noble, y anoche le salí al encuentro, yo, un perro despreciable, pero con la espada en la mano... ¿Dónde está la ventana?... ¿No había aquí una ventana?

»Abandonábale la vida y con la vida la luz. Tendí yo en derredor mis miradas, y advertí que el heno y la paja que cubrían el suelo estaban pisoteados y hollados, cual si allí hubiese teñido lugar una lucha encarnizada.

»—Me oyó mi hermana y acudió corriendo. Yo la dije que no se acercara hasta que estuviera muerto su infame raptor. Este me tiró algunas monedas, y a continuación, me cruzó la cara con su látigo; pero yo, no obstante ser un perro despreciable, lo abofeteé hasta obligarle a desenvainar su espada. ¡Que rompa ahora la hoja de una espada manchada con la sangre de un villano, que la haga mil pedazos, que siempre será cierto que hubo de desenvainarla para defender su vida, y que si me hirió, fué apelando a toda su habilidad!

»Momentos antes había visto yo, desparramados por el suelo, pedazos de una espada; era de caballero. Un poco más allá, sobre la paja, había otra espada vieja, una espada de soldado.

»—Incorpóreme, doctor, incorpóreme; ¿dónde está ese hombre?

»—No está aquí—contesté sosteniendo al moribundo, creyendo que se refería al hermano.

»—¡Claro! ¡Con toda su altivez de noble me tiene miedo! ¿Y el hombre que estaba aquí? ¡Vuélvame hacia él... quiero verle!

»Hícelo así, apoyando sobre mi rodilla la cabeza del muchacho; pero éste, reanimadas por un momento todas sus energías, se puso en pie, obligándome a hacer otro tanto para sostenerle.

»—¡Marqués!—gritó, con mirada dilatada y levantando el brazo.—Llegará día en que todos los hombres habrán de dar cuenta estrecha de sus actos; para ese día te emplazo a ti y a todos los tuyos, desde el primero hasta el último de tu maldita raza, para que respondáis de vuestros crímenes. Sea esta cruz que con sangre estampo sobre tu cara testimonio de mi emplazamiento. Para el día en que todos los hombres habremos de dar cuenta estrecha de nuestros actos emplazo también a tu hermano, el más vil de una raza vil y miserable, para que responda de los suyos por separado; sobre su cara estampo esta otra cruz con mi sangre, como testimonio de mi emplazamiento.

»Dos veces llevó la mano a la sangrienta herida de su pecho y con el dedo índice trazó dos cruces en el aire. Permaneció algunos segundos con el dedo índice rígido, levantado y cayó muerto...

»Cuando volví a la estancia donde dejé a la enferma, la encontré delirando como la había dejado, y repitiendo las mismas palabras y con el mismo orden de siempre. Desde luego adiviné que la crisis duraría muchas horas y que, probablemente, terminaría con su muerte.

»Repetí las medicinas y me senté junto a la cama, donde permanecí hasta que la noche estaba ya muy avanzada. Los gritos de la enferma continuaron con la misma intensidad, con el mismo orden, sin variar una sola palabra. «Mi marido... mi padre... mi hermano... Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce.»

»Treinta y seis horas hacía que la vi por primera vez, y el estado de la enferma en nada había variado. Me encontraba sentado a la cabecera de su lecho cuando la crisis comenzó a ceder. Cesaron los gritos, terminaron los estremecimientos, y al poco rato quedó aletargada, como muerta.

»Llamé entonces a la enfermera para que me ayudara a colocarla bien en la cama y a ordenar sus vestidos, desgarrados por mil sitios, y entonces me di cuenta de que la desdichada estaba encinta, y perdí las pocas esperanzas que de salvarla abrigaba.

»—¿Ha muerto ya?—preguntó el Marqués, que acababa de entrar en la estancia, después de un paseo a caballo.

»—No ha muerto, pero muerta parece—respondí.

»—¡Qué resistencia tienen estos villanos!—exclamó, contemplándola con curiosidad.

»—Las penas y la desesperación suelen resistir lo indecible—contesté.

»Mis palabras excitaron en el primer momento su risa, pero luego frunció el entrecejo. Acercó con el pie una silla a la que yo estaba sentado, mandó a la enfermera que nos dejase solos, y dijo, con voz baja:

»—Doctor, al ver a mi hermano en la dificultad en que se encontraba, le aconsejé que buscase a usted. Goza usted de una reputación envidiable, pero todavía tiene que labrarse su fortuna, y supongo que no ha de serle indiferente lo que afecte a sus intereses. Está usted presenciando cosas que pueden verse, pero nunca decirse.

»Yo fingí que prestaba atención a la respiración de la enferma y no contesté.

»—¿Me dispensa usted el honor de escucharme, doctor?

»—En mi profesión, caballero, cuantas noticias se dan al médico referentes a los enfermos, se entiende que son confidenciales—contesté, evitando comprometerme a nada, pues lo que había oído y visto llenaba mi alma de recelos.

»La respiración de la infeliz se iba dificultando en tales términos, que hube de buscar síntomas de vida en su pulso y en los latidos de su corazón. Para ello me fué preciso levantarme de la silla, y cuando volví a sentarme me encontré frente a frente de los dos hermanos...

»Tropiezo para escribir con dificultades horribles. En primer lugar, el frío es insoportable, y, como por otra parte, temo con fundamento que averigüen que escribo, en cuyo caso me encerrarían en un calabozo subterráneo adonde no llega ni un hilo de luz, conceptúo prudente abreviar todo lo posible mi narración. Mi memoria no puede ser más fresca; conservo en ella todos los detalles, todas las palabras que se cruzaron entre mí y los dos hermanos.

»Por espacio de una semana, estuvo la enferma entre la vida y la muerte; más cerca de la última que de la primera. Hacia el final de la semana, logré entender algunas palabras que me dijo, aplicando mi oído a sus labios. Me preguntó dónde se encontraba, y se lo dije; deseó saber quién era yo, y satisfice su deseo; pero fué en vano que yo la preguntara su apellido; cayó su cabeza sobre la almohada, y guardó su secreto, como lo guardara antes que ella su hermano.

»No tuve ocasión de hacerla nuevas preguntas hasta después que manifesté a los hermanos que la enferma se moría, y que no viviría un día más. Hasta entonces, aunque ninguno de los dos se dejó ver de la enferma, unas veces el uno, otras el otro, se encontraban invariablemente detrás de una cortina tendida en la cabecera de la cama; pero al comunicarles yo mi pronóstico, parece que ya no les importó que yo hablase con la moribunda; ya no trataron de impedir las confidencias que la que estaba para abandonar el mundo pudiera hacer a quien... se encontraba probablemente en el mismo caso.

»Siempre observé que el hecho de que el hermano menor (continuaré llamándole así) hubiera cruzado la espada con un muchacho, y por añadidura labriego y plebeyo, hería profundamente el orgullo de los dos. Lo que al parecer les afectaba, no eran las desgracias que habían ocasionado, sino el pensamiento de que el incidente aludido degradaba a la familia y la colocaba en situación altamente ridícula. Infinidad de veces sorprendí en los ojos del hermano menor miradas que rebosaban odio, aunque aparentemente me trataba con mayor finura que el mayor. Tampoco se me ocultó que para este último era yo estorbo molesto.

»Murió mi enferma a las diez de la noche. Me encontraba yo solo a su lado, dobló su juvenil cabeza, terminaron para siempre sus desdichas sobre la tierra.

»En la planta baja de la casa esperaban los hermanos.

»—¿Ha muerto al fin?—preguntó el mayor, al verme entrar.

»—Acaba de morir—contesté.

»—Sea en hora buena, hermano—repuso, volviéndose hacia el menor.

»Ya antes me habían ofrecido dinero, que yo no acepté, diciendo que ultimaríamos ese detalle al final. El hermano mayor me entregó un cartucho de monedas de oro, que yo recibí de su mano, pero que dejé seguidamente sobre la mesa. Había meditado el asunto, y de la meditación resultó el propósito decidido de no aceptar nada.

»—Dispénsenme ustedes—dije;—dadas las circunstancias, nada debo aceptar.

»Los hermanos cambiaron una mirada, me hicieron una inclinación de cabeza, que yo contesté con otra, montaron a caballo, y se fueron....

»Me siento cansado, rendido, extenuado... Ni leer puedo lo que mi descarnada mano ha escrito.

»A la mañana siguiente, muy temprano, trajeron a mi casa el cartucho de monedas de oro, colocado dentro de una cajita dirigida a mi nombre. Yo, entretanto, después de largas meditaciones, había resuelto ya la norma de conducta que habría de seguir. Decidí escribir aquel mismo día al Ministro, haciéndole historia de los dos casos en que había intervenido y detallando el lugar en que aquéllos ocurrieron; en una palabra: enviarle una relación circunstanciada, bien que con carácter particular. Conocía yo hasta dónde llegaban las influencias en la Corte, no eran para mí un secreto los privilegios e inmunidades de que gozaban los nobles, y, como consecuencia, suponía que mi escrito no daría ningún resultado; pero aun así, quise tranquilizar mi conciencia. Decidí no revelar a nadie mi secreto, ni siquiera a mi mujer, y así lo hice constar en la carta dirigida al Ministro. No creí que a mí me amenazase peligro alguno; pero supuse que lo correrían otros, si los comprometía haciéndoles dueños del secreto que yo poseía.

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